¡Bienvenida señora Garay!
No tenía cuarenta y ocho horas en el poblado y ya estaba haciendo las maletas para salir del lugar lo más pronto posible. Mi furia provocaba que metiera la ropa con desorden en la valija y, al mismo tiempo, repitiera:
— ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí?
Llegué a ese sitio después de siete horas de vuelo. Días antes, me sentía agotadísima y no dudé en aceptar la invitación de un amigo para reposar en su casa y después visitar la campiña.
—Véngase, verá usted que por acá se recupera. La tranquilidad del paisaje será un bálsamo para su espalda torturada y un aliciente para su alma.
Trabajé el doble en los días previos y, un viernes, volé al poblado que colindaba con la montaña y la selva. En una tarde de colores sucios, pisé tierra. Mi amigo llevaba una pancarta de cartulina, donde decía: “Bienvenida, señora Garay”. Me reí de su ocurrencia, pues llegué en un bimotor de veinte plazas. Fui a la oficina y compré el boleto de retorno, que sería en una semana. No antes, porque el servicio era cada ocho días.
Después de los saludos, abrazos y preguntas de rutina, subimos al taxi. Él se quedó callado para darme la libertad de observar el paisaje. El verde corría, dándome todas las tonalidades, pero respiré el presagio de un día bochornoso. Arribamos a la pequeña ciudad que parecía estar sacada de una colección de pueblos milenarios. Poco después, estaba dentro de su casa, muy diferente a la mía. En la construcción rústica se oía un viejo silencio. Suspiré y, aliviada, me dije que lo sustancial era descansar del ruido, sobre todo, de las tensiones causadas por el empleo.
Mi amigo, a quien llamaré Salvador, era un hombre de cuarenta años de edad de complexión atlética, nariz gruesa sin llegar a ser abultada; la mirada viva, que en momentos se retraía. Un lunar le enrojecía parte de la ceja derecha y cambiaba de tonalidad. Moreno, con facciones más de aborigen que de criollo, su charla era pausada y su trabajo consistía en asesorar empresas en políticas de contabilidad. Me relacioné con él porque asistimos a una fiesta en la capital del estado, donde fuimos padrinos. Yo, por parte de la novia; él, del novio. Compartimos la misma mesa y entablamos una conversación trivial, pero él siguió en contacto por medio de cartas, postales, o bien a través de terceras personas.
Trato de ordenar mis ropas en la maleta, mas por mi enojo, sólo amontono. ¡Tengo que volver a hacerla! Entonces, acumulo más coraje.
Ya en el interior de la casa, saludé a la señora y a su pequeño hijo. Ella mantenía el aseo y el orden. Era una mujer de mediana edad con facciones gruesas, obesa. El crío tendría unos tres años; al ver a Salvador, le extendió -de inmediato- sus brazos, y por la manera en que se estrecharon, percibí que había un vínculo especial. La vivienda tenía dos recámaras. El calor empezaba a percutirme las sienes y, después del viaje, lo que deseaba era darme un baño y tirarme en una cama.
— ¡Estás en tu casa! Regreso después. Tengo una cita que no me fue posible posponer. Me dijo.
Salvador se fue al trabajo. Quedé sola, porque, también, desaparecieron la señora y el niño. Me di un baño, calcé una bata de algodón y me tiré cuan larga era en la cama de él. Cuando desperté, todo estaba en silencio; sólo se escuchaba el chillido de algunas aves. Respiré hondo. Mentalmente, vi a mis hijos y sonreí. Escuchaba el golpe de mi corazón y el sudor hacía pequeñas vejigas sobre la frente. Era la primera vez que me alejaba de ellos, y su presencia se hacía más grande en cada latido. No pude contenerme y me pregunté, ¿qué hago aquí? Para darme ánimos, me contestaba en voz alta: vengo a descansar. ¡Mis hijos casi son unos hombres!
Febrero es un mes de recuerdos intensos, pues fue en las fiestas de carnaval cuando Sigue leyendo «¡Bienvenida señora Garay!»
Moliendo café
Temprano, iba hacia los cafetales, a cortar la cereza. La vereda bajaba o subía y la yegua resoplaba como un acordeón desafinado. Sobre su lomo llagado, tres fardos bamboleaban. Sentía lástima y hacía que parara, para que resollara a placer. Al llegar a la finca, el patrón -desde su poltrona- ya me esperaba.
—Gelasio, dale maíz a la Yegua y suéltala para que retoce en el campo. Le hará bien revolcarse. Luego, regresa y saca agua del pozo, para que Ponciana termine de lavar las porquerizas.
Se hacía la noche, y en el silencio se oía el taconeo de las botas de piel del Señor.
Los regalos del abuelo
Siempre me han encantado los domingos, porque es el día en que visitamos a la abuela. Abue Meche vive en la parte alta de la loma, en una casita rodeada de árboles frutales y de rosas. El corredor es amplio, fresco y melodioso por el canto de las aves.
Mi abuela sabe preparar unos deliciosos panes que le enseñó a hacer su mamá cuando era pequeña y después, cuando se casó con el abuelo, aprendió otros, pues él traía recetas de muchas partes del mundo. Me parece verlo sentado en su poltrona, contándonos leyendas de los países que visitó y cuando alzaba el dedo era para que pusiéramos atención. Tenía su voz clara que matizaba con el brillo de sus ojos.
— Sientan el aroma del pan de nueces y canela. Eso lo olí una mañana en un pueblito de los Andes. La buena señora me dio la receta y ahora mamá grande lo está horneando— nos dijo.
Era su forma de recordar a la gente que le dio cariño. Siempre que nos llevaba a caminar por el jardín, y hacía un alto, era para explicarnos algo: “No basta con ver, hay que mirar bien. Una rosa nos enseña mucho. Si la ves cuando la agita el viento, la guardas en tus ojos; si la miras en la alborada, la encontrarás cubierta de rocío. Miren la armonía de sus partes, no hay duda de que la rosa está hecha por las manos de Dios.
Uno de esos domingos, después de comer los panecillos que el abuelo aprendió a hacer en los Andes, mi hermano me llamó para decirme un secreto.
—Viri, ven conmigo al sótano para que veas lo que he encontrado…
Mientras papá y mamá conversaban con la abuela, fuimos sigilosos hacia la parte de abajo de la casa. Allí, en el sótano, la abuela guardaba su pasado.
—El día que quieran descubrirlo, sólo tienen que pasar, —solía decirnos. Pero nunca habíamos tenido curiosidad hasta que Adrián encontró debajo de unas sábanas viejas, un baúl repleto con todas las cosas del abuelo. ¡Y entre todo aquello, encontramos unas cartas para nosotros! Leí nerviosa la mía.
Querida Viri:
Desde que naciste vi en tus ojos mi retrato. Cuando recién aprendiste a caminar empezaste a descubrir un mundo en cada paso y en tu media lengua, me contabas y contabas. ¿Qué me habrás dicho? Nunca lo supe. Sólo intuía que dentro de ti había un mar de imágenes y de palabras. Igual que yo, que guardaba recuerdos de playas, valles, montañas y rostros de gente que me ofreció su amistad. De más grande, cuando regresabas de la escuela, me pedías que te contara cuentos. Por eso, los libros que encuentres en este baúl son para ti. ¡Sé que los leerás todos! A través de ellos conocerás muchas de mis historias. Algunas son de nuestra tierra, otras de pueblos distantes en los que estuve dando conciertos con la guitarra. Descubrirás el amor del gaucho hacia sus pampas y los ritmos de los Andes. Comprenderás que los lugares tienen magia y que en el alma de la gente, viven sueños y fantasías.
Abajo encontrarás un tesoro de pequeños objetos que fui adquiriendo cuando llevaba nuestra música a esas tierras. Siempre cargaba conmigo artesanías hechas con las manos de nuestro México y regresaba con otras, hechas con el corazón de otros pueblos. La última vez que toqué fue en Loíza, un pueblo en la costa Norte de Puerto Rico. Al final del concierto, una niña tan bella como tú, me dio un beso y el mejor regalo que he recibido: una máscara de vejigante; yo, a cambio, le di una muñequita con un vestido típico de la mujer totonaca y una mantilla de seda bordada de flores. Le prometí volver, pero uno propone y Dios dispone. Confío que Adrián, a quien le obsequiaré mi guitarra, pueda con paciencia llenarla de música y arrancar melodías que hagan enternecer a los corazones y que a través de su arte pueda hermanar al mundo. Y Tú, que en tu linda cabeza guardas tantos cuentos y fantasías, puedas hacerlos brillar y emocionar con ellos a los niños de la Tierra.
Dedos en fuga
De equilibrios
El encargo
Luego de un viaje de veinte horas, el cansancio era visible en las mujeres. La del pelo corto, entre cano y delgada, traía de la mano a una jovencita de doce años. Tocó a la puerta con temor y pensó en voz alta: “espero sea la casa”. De lejos se escuchó una voz “Ya voy, ya voy”. Abrió una señora carirredonda y baja de estatura, que las recorrió con la mirada y confundida preguntó:
— ¿Qué desean?
— ¿Vive doña Sandra?
— Sí, aún vive, pero ella no recibe visitas.
Doña Sandra, debilitada, sólo acogía en su dormitorio a hijos y amistades de años. Hace tres meses había dicho, que no deseaba platicar con nadie. “Se me acabaron las palabras y las ganas de hablar”.
—Si Dios aún le conserva la memoria, dígale que venimos de muy lejos… ¡Imagínese, tenemos más de un día de viaje y no sabemos de una cama!
—Yo soy la hija de doña Sandra y conozco todas las amistades de mi mamá. A usted, perdone, no la recuerdo.
—Es que cuando conocí a Doña Sandra, usted no estaba, vine con su hijo, —el finado—. Ella se portó gentil y me ofreció un té.
—Le preguntaré a ella. ¿Cómo se llama?
— Por mi nombre no se acordará. Menciónele que la visité acompañada del finado por la mañana y ella platicaba con una comadre.
La señora musitó entre dientes un “ahora regreso” y se fue por la calzada que conduce hacia la vivienda.
La niña apretó el brazo de su madre.
— Mamá tengo sueño.
— Aguántatelo, que pronto regresaremos.
“Mi hermano tiene años de muerto y todavía hace sonar campanas. Mi mamá duerme mucho, mas bien creo dormita, porque a veces la he visto sonreírse”
Mamá Sandra estaba en su recuerdo. Se veía a orillas del río, cuando acompañaba a su hermana y a su mamá. Mientras lavaban la ropa, ella se divertía viendo los peces juguetear por entre las piedras.
Después se miraba de jovencita y sonreía cuando los muchachos competían nadando de orilla a orilla del río. Fue época de bonanza pues los grandes buques cargaban sus bodegas de naranja y se veía gente de todos colores.
Noventa y cuatro años cumpliría ese mes y sabía que la muerte se había tardado en llegar; estaba lista, sin embargo, había relámpagos en los sueños que le inyectaban un desasosiego; un algo que no se acomodaba.
— Mamá, ¡mamá!, hay un señora que desea saludarte.
Sin abrir los ojos, arrugó la frente, como preguntándole “… y quién es”
La hija le respondió que nunca la había visto. Dice que estuvo aquí; que vino con José y que tu le invitaste un té. La abuela volvió a arrugar la frente y la hija interpretó.
—No sé que quiera mamá. ¿Le digo que estás dormida?
—No. Hazla pasar. Pero antes péiname y entreabre la ventana y busca mis lentes.
—Le diré que la vas a recibir y que aguarde en la sala.
Los años la habían debilitado, las fuerzas eran parcas para ir y venir, pero sus ojos aún podían reconocer y sus oídos escuchaban con claridad. En cuanto su hija se fue, ella sintió rodar por su mejilla un hilillo de lágrimas. Hubiese deseado no presenciar las exequias de su hijo, pero son designios de Dios. —¿Quién será? —Se preguntó. Visualizó al finado y en la penumbra de la memoria recordó la vez que llegó de improviso para que conociese a la amiga. Fueron unos instantes, pero suficientes para darse cuenta que en la figura breve de la invitada, había esa clara luz que distingue.
La mujer delgada y de cabellos cortos no pudo evitar el recuerdo de aquel día caluroso de invierno -Inesperadamente le había llegado un intenso dolor de cabeza que taladraba las sienes causándole una visión borrosa-. Después del té, le pareció escuchar las palabras de José: “Esta estatuilla la modelé yo”., y la voz de Doña Sandra que le decía pegando su voz al oído de ella: “ fue el unico de mis hijos que quiso ser artista” La voz chillona de la hija de la anciana la sacó de su evocación.
—Puede pasar.
—Gracias.
Entró en silencio, frente a la anciana, ella la tomó por sus hombros, acercó su cara y la besó, Se mantuvo cerca de ella y doña Susana le correspondió.
— ¿Eres la amiga de José? —Le dijo al oído, e irrumpió en sollozos pequeños.
Minutos después ambas lloraban. Las palabras se quedaron mudas y sólo las manos hablaban. Ella acariciaba con sus palmas los hombros de la anciana y la abuela recorría la pulpa de sus dedos sobre las mejillas.
—Te esperaba. Deseaba mirar una vez más la cara de la mujer que comprendió cabalmente a mi hijo.
—Lo quiero mucho, aún de que no esté.
—El paisaje más íntimo es el que está en el corazón y tú llegaste a esta tierra, no por los ríos o las playas, llegaste por un mandato.
— Le traigo dos regalos, uno está en el sobre, el otro afuera. El sobre contiene los recuerdos de aquel día.
— ¿Afuera?
La mujer llamó a la niña.
La anciana al verla la abrazó y sus manos palparon la cara. La besó plena con sus labios marchitos.
—Saca, por favor, de este cajón —señalaba un buró— una cajita de madera que tiene grabada una casa y dos árboles otoñales y dámela.
La anciana con sus dedos temblorosos la abrió y sacó una medalla con la virgen de Guadalupe donde tenía inscrita la frase “Para mi hija Mari” Se la puso en el corazón a la niña y después, tomando con sus dos manos la cajita le dijo:
—Esto te pertenece.
La mujer de pelo entrecano y corto, sólo gimió un instante, tomó su pañuelo y se lo restregó en sus ojos.
— Me siento mucho mejor, este encargo, me dio los alientos para esperarte. Ahora sé que podré descansar y mañana estaré jugando a las escondidas con mi hijo, como lo hice cuando él era pequeño.
El búho
El búho alisa sus plumas de la testa, los mofletes y lava su pico antes de dormir. Hoy no saldrá de caza el búho.
La luna canturrea bajo las estrellas.
Y él, la acompaña con el tambor de su pensamiento. No quiere disgustarla, sólo desea estar con su recuerdo; cuando pase por su viejo árbol, cantará de pico hacia fuera.
Dentro de él hierven vientos agitando el polvo que el tiempo ha depositado.
Es gracioso y él se da cuenta, que no puede evitar su pensamiento analítico; después expele un silbido que solo escuchan los vampiros.
No es extraño, es la manera en que los búhos suspiran.
Ha perdido la figura esbelta y por más que alisa el plumaje siempre da la impresión de ser un paréntesis. Nunca está solo, siempre acompañado por sus pensamientos filosóficos que laten en las sienes de su testa.
Es cierto tuvo amores pasados, que fueron y vinieron como esos chubascos que de un de repente pasan y se van.“Las féminas estorban las cadenas de mi inferencia”, solía decir, luego de un apetito corporal. Sin embargo , se enamoró de una que no tenía cursos, ni recursos y su método de análisis era un champurrado de tonterías.
La veía aletear alrededor de él demostrándole su entusiasmo. Hubo momentos que él sonreía, pero después, ella se hizo insoportable. Realmente no estaba hecho para el dulce y un buen día se alejó y, anidó en otras tierras.
Hoy la recuerda en su vejez y, comprende que hay fulgores que el pensamiento no puede obsequiar: el método magnifica la inmensa soledad en que vive.
Él ya no suspira y, ahora risotea como lo hace la hiena. La verdad es que llora, sólo que disfraza su emoción, pues no es saludable que pierda compostura e imagen y canta alargando el tono como lo hace el bandolón.
La luna pasó de prisa.
El instante
Esta calle no es de nadie, sólo mis pasos resuenan en el vacío del silencio. Ningún recuerdo me saluda, no escucho campanas que llamen a misa ni damas piadosas que pasen presurosas sacándose de la boca el Jesús. Nada, sólo yo con lo vivido. Lo llevo en una bolsa con jareta que cuando desate el nudo no tendré el sentido para escuchar una palabra o ver como se desliza una lágrima.
¡Cómo olvidarla!
Después de bañarnos subía mis piernas sobre su regazo, con habilidad masajeaba mis plantas y cortaba mis uñas,
luego retozábamos hasta la media noche. Un día, furiosa me gritó diciendo que la engañaba
y blandió el machete; la desarmé y sucio de ira, de un golpe le cercené la cabeza.
Desde entonces ando a salto de mata y el dolor se abre en los dedos cuando tropiezo con las piedras.
¡Nadie como ella! Tenía mano de santa para restaurar mis pies.
Pueden verla con imágenes en :http://www.youtube.com/watch?v=u2PXKKaeV-E
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Un hombre llamado José
Con cariño para: Stellamantrana y José Cruz jr.
Me recuesto en el asiento mullido del autobús y, logro un recuento de lo que me acontecía hace más de sesenta años. El ómnibus rodea la ciudad y, el paisaje fluye veloz. Estas tierras parceladas, eran exuberante selva. Pronto llegaré a la brecha de los Barriles y allí me apearé.
Los árboles que conocí, los cercenaron. Los recuerdo enormes, colmados de heno, con raíces gruesas y barbas, que salían de la obesidad del tronco. Sólo dejaron el zapote. En aquellos tiempos era un mozuelo que se abría. Ahora es el único gigante que mira hacia los pastizales donde rumia el ganado. La brecha, actualmente es un camino de terracería, pero, me llevará por el sendero que transitaba con mis mulas, cargadas de refacciones e hilos.
—¿Le alquilo un caballo? -dije al ranchero. Se quedó incrédulo.
—¿para qué? Solo espere al autobús y le dice al chofer donde desea bajarse. Además si lo tumba el caballo, no creo que aguante el golpe.
-No se preocupe, se montar bien y si algo me pasara, le dejo el costo del animal.
El caballo tiene paso ligero y responde. ¡Esto es placer! Lo del camión, con asientos mullidos es: comodidad. Lo escucho resoplar, es fiel a sus instintos. Él soporta mi peso y yo acaricio sus crines, le hablo y parece entenderme.
Salimos de la carretera y tomamos la vereda. Es el viejo camino a dos arbolitos.Sigue leyendo «Un hombre llamado José»
Barrunto
Despierto en la madrugada con la boca seca. Voy a la cocina, abro la nevera y saco la jarra,que en vez de agua contiene una cara con la boca abierta por donde sale una lengua polvosa y aplanada.Tengo sed, me dijo con voz aniñada. Con violencia me incorporo de la cama con lumbre en la garganta y mi corazón a galope. Estoy inmóvil y aniquilado esperando la mañana.
De ti
No era difícil que él descubriera mi culpa. Si me hubiese tocado se habría dado cuenta de mi piel enfebrecida, del calor que me dejaron unos besos ajenos, el latido de mis senos y el rocío de mi intimidad. Me alejé, no quise que me rozara con sus manos y que me despojara de las sensaciones que tú dejaste. Me quedé sola, con el pensamiento distante y pegando un botón que se derretía entre mis dedos. ¡Dios! Sólo las puntadas que atravesaron sus pequeños huecos saben mi secreto.
Cofradía
Marchan los borrachos dando traspiés por el camino terroso. Van de dos en dos haciendo altos súbitos. El más sobrio es quien lleva la garrafa de caña. Son cuatro litros que pondrán al centro. Ellos acomodarán sus traseros alrededor del galón y terminarán cuando no quede olor a caña. Éste es su sitio preferido: un solar baldío donde la
hierba crece y un árbol de naranja agria los provee de sombra y fruto.
Estarán tomando en cofradía. Brindando por lo que pudo ser y no fue. ¿Por qué más brindaran? ¿Por la mujer que abandonaron, por los hijos que no han visto, o por el rencor que tienen acumulado?
El final es una calca de otros ayeres, quedan tirados y camuflados por la hierba. Hay uno en pie, es un perro que siempre los acompaña y convidan de lo que comen y beben y él agradecido lame cara y boca, mientras ellos sueñan y sus manos anestesiadas acarician la testa del can.








