Temprano, iba hacia los cafetales, a cortar la cereza. La vereda bajaba o subía y la yegua resoplaba como un acordeón desafinado. Sobre su lomo llagado, tres fardos bamboleaban. Sentía lástima y hacía que parara, para que resollara a placer. Al llegar a la finca, el patrón -desde su poltrona- ya me esperaba.

—Gelasio, dale maíz a la Yegua y suéltala para que retoce en el campo. Le hará bien revolcarse. Luego, regresa y saca agua del pozo, para que Ponciana termine de lavar las porquerizas.

Se hacía la noche, y en el silencio se oía el taconeo de las botas de piel del Señor.