Mujer en el baño de ERNEST DESCALSCelia gustaba del baño diario. Su ángel de la guarda, cada que ella se envolvía en el vapor, la desamparaba, ya que su plumaje era frágil a la humedad y el calor, así que esperaba fuera. La oía resollar de placer. Jamás se imaginó que había un fauno, que con caricias precisas, la hacía exclamar intensos gimoteos, cada vez que columpiaba la cadera llenando su centro. El querubín sonreía, porque a ella se le notaba una santa paz en su cara, cuando salía del baño.

LA ENFERMEDAD

—Es grave. Muy grave lo que tiene. Su padecer me pone la carne de gallina, un frio se acurruca en mi nuca.  Tengo necesidad de correr por un manojo de hierba del negro que sirva para protegerme.

—¿Es muy contagioso lo que tengo?

El se santigua, reza en su dialecto, como si le hablara a su corazón. Me ve con una mirada rápida, como si tuviera miedo de fijar en mí  sus ojos. Me preocupo.

—No, no es contagioso, pero su espíritu, tiene movimientos de gato,  brilla como espejo y quiere bailar y bailar sobre nubes y cielos estrellados. Sus ojos lo engañan, pues todo lo mira adornado. Le desagradan  oscuros y sepias. y la vida, amigo,  tiene de todo.

—Me quiere decir ¿qué tengo?

Debajo de la mesa de los santos y veladoras, sacó un manojo de hierbas que tenía en un recipiente, se me acercó anteponiendo entre su boca y mi oído el ramaje de la hierba del negro, y me dice muy quedo: está enamorado.