Lo deletreo en el agua, lo escucho en la corteza de los árboles y la bóveda de mi oído lo escribe y reescribe en sus paredes. Hace millones de años besé tu boca de reptil y fuimos uno en el nido de los hongos. Beso helecho que cae desde la montaña, beso viejo de tiempos, beso anfibio que respiro en mis lagunas y me lo repite el toc toc del pájaro carpintero.
Páramo
Llegaste humedeciendo mi páramo cuando la hierba asoleada no esperaba la lluvia. Salieron de los nidos los batracios, las blancas mariposas y el olor profundo de la tierra mojada. Te fuiste, y dentro quedó un vientecillo renuente. Aire fresco que no conoce el tiempo y que en el claroscuro de la tarde aparece silbando.El regreso
Salieron antes de la medianoche.
—¡Aguanta! Ya verás que llegando con el médico te compondrás —le dice suplicante al hijo, en medio del silencio.
La aldea de Portilla está en la cresta de la montaña, y el camino se vuelve complicado para las bestias. Con nitidez, se oye cómo el fierro de la herradura golpea y se desliza por el limo que cubre parte de las lajas. El cielo negro, el ruido de la cascada y el viento helado saben del esfuerzo que tienen que hacer para no romper en sollozos. Sostiene, con lo terso de sus manos, la cabeza de su hijo; y con su pecho y vientre forma un nido, para que encaje el pequeño cuerpo de Moisés. Tiene cuatro años, conoce la estatura del maíz, el dulce de sus granos, el siseo de la víbora y la cereza del café que corta cuando el fruto colorea; ahora, sus ojos son estrellas lejanas cubiertas por un párpado sin resorte.
San Juan conoce el camino y guía con precaución a la bestia, pues recuerda lo que dijo su compadre:
—Es una yegua mansa, pero a veces pajarea y se espanta. El golpe de los cascos sobre la roca se vuelve estridente cuando la bestia patina, y tiene que gritarle.
— ¡Oh, Oh, Oh, bestia, bestia! —para que se calme y vuelva a su paso. No mira, sólo atiende al camino. Y de golpe se le viene al pensamiento que su mujer no le dio más hijos y siente que en el pecho se están amasando bolas que le impiden hablar. Al cruzar el riachuelo, una estrella se mira en el cielo y la madre se persigna.
— ¡Gracias a Dios ya casi llegamos! —Exclama, mientras besa la nuca de su hijo, que revienta en fiebre –– Vas a ver que te vas a componer ––le dice al oído, y luego––:
-¡Apúrate, Celedonio, apúrate, que siento que el niño se desguanza!
Alumbrado por unos candiles y unas lámparas, el niño es puesto en un catre. La aguja busca encontrar la superficie de una vena, pero ésta se esconde en una piel que se arruga de seca. ¡Por fin, la encuentra! Un hilillo de sangre se diluye en el agua, señal de que se está dentro de la vena. Es crucial meter en el pivote de la aguja el conducto por donde bajará el suero. Con violencia, el niño intenta sentarse; el padre y la madre le detienen, mientras el médico se apronta para fijar la aguja. Después, se afloja, tan rápido, que se vuelve nada.
—¡Mi hijo! —Grita la madre.
El médico alumbra y la boca está llena de restos de alimento. Le voltea la cara, mete sus manos en la garganta y extrae los pedazos. La boca de él cubre la boca del niño dándole aire. Le golpea el corazón y sus manos muellean con angustia el tórax. Los instantes caen como la rosa que el viento deshoja. La madre estalla en gritos y le habla en balbuceos, entrecorta las palabras, gime y sus lágrimas caen como un rosario que se rompe, pero el hijo, no despierta.
Regresan hacia Portilla. El viento frío trajo la lluvia. El caballo resbala, y en el “¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh!, ¡bestia!”, San Juan se muerde el labio y llora.
Ramo de ojos
Impulsado por un olor, se levanta. No lo piensa dos veces. Busca el bordón, traspone la puerta y camina hacia las afueras del pueblo. Claramente escucha el roce del viento en las plataneras, el silbido profundo de las aves insomnes y el grito lejano de los animales del monte.
Va rumbo a la cañada ensimismado. trata de recordar los hilachos de su sueño cuando, al pasar por debajo de un enorme zapote, un pájaro aletea cerca de su cara y el susto lo hace trastabillar. Después, pasos adelante, un aroma se le escurre por su nariz aguileña. Sube con dificultad. La humedad de las lajas hace que resbale, y tiene que detenerse para afirmar bien el paso.
Cuando llega a una cima, la luz de la luna le muestra la sombra de la higuera y, abajo, sobre la falda del cerro, se perfila el cementerio.
Allá, camino al río, vivió con su madre. La visualiza lavando montones y montones de ropa ajena, barriendo la minúscula hoja del tamarindo y dándole a los pollos las sobras de la comida.
Ahí se recordaba él, en el patio. Con su pantalón raído, flaco, mugriento y con la mirada atenta.
Absorto, veía cómo un polluelo apresaba con el pico una lombriz y, detrás de él, dos de ellos lo correteaban ferozmente por todo el patio. Se fue tras los pollos, los apresuró hasta que vio que daban vueltas, piaban lastimeramente, y caían al suelo con los ojos muy abiertos.
Repetía la historia las veces que podía, siempre burlando la atención de los mayores; hasta que, cierta vez, a mitad de la diversión, se dio cuenta que su madre iba detrás de él, con una vara afilada que, al blandirla, zumbaba como lo hacen las moscas del inodoro. Se ocultó bajo el guayabo que, por estar cargado de frutos, hacía que las ramas se doblaran ofreciendo un buen escondite. Tirado en el suelo, percibió el alboroto que hacían las gallinazas cuando buscan sitio para dormir; una de ellas se vino hacia abajo, arrastrando frutos maduros y media docena de larvas negras y peludas que cayeron sobre su espalda. Empezó a dar gritos de dolor que llamaron la atención de la mamá.
Tres días estuvo en cama sacudido por las fiebres.
Tiempo después, discretamente, volvía a las andadas. Buscaba entre los montes aves extraviadas, o bien él las hacía perdidizas para corretearlas en los potreros , o entre los helechos que crecían en el monte.
Les sacaba los ojos por el espanto y después miraba cómo daban vueltas, en un piar sin freno, que terminaba cuando el ave doblaba la cabeza y caía de lado, dando dos o tres aletazos, poco antes de morir
El alba ya viene; el viento mecía los frutos sacándole los olores y esparciéndolos en el camino. Por un momento, parecería que atardece y, que la noche caerá en una brevedad. En ese clarooscuro el bordón resbala; pierde el equilibrio, da varias vueltas, cae y, sin poder detenerse, la inercia lo saca de la vereda y rueda, golpeándose; quiere asirse de las raíces, pero éstas se le escapan de entre los dedos y rueda hasta el fondo de la cañada.
Su cabeza, su cuerpo, dan vueltas, respira con ansiedad, percibe la humedad y el sonido del agua que corre, así como la sombra de un frutal que se recuesta en la mitad de su cuerpo.
Tirado, su corazón corre con frenesí. Quiere sentarse y, al apoyar la mano, rompe la corteza de un fruto: por su mano corren mil pies. No puede evitar la nausea, cuando los gusanos reptan por su palma y suben hacia su brazo.
Al dirigir la mirada hacia arriba observa a unas aves encuclilladas que, en hilera, lo escrutan con fingida indiferencia. Aletean al parejo, como si quisieran iniciar el vuelo.
Pero no; sólo llaman a otras plumíferas que planean en círculo y que se retratan, sonrientes, en los ojos del viejo.
La mañana se abre con un insolente olor a guayabas.
Negrura
Hace tiempo dañaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos y carcomidos. No discriminaste. Hoy te tienen encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para hacerte más letal. Me excita pensar que un descuido, puede ser mi fatalidad. Un día, cuando sólo seas referente en libros empolvados, quitaré tus candados y te dejaré olvidada en el aeropuerto y quince días después brotarías en forma de vesículas hediondas de pus y de muerte. En la hecatombe, te preguntaré: ¿Estás satisfecha?
La bestia
El tren rezongaba. Parecía un becerro arisco, subiendo hacia el pueblo. Sobre los gruñidos de la máquina, las campanas repiqueteaban alocadas. Como todos los domingos en la plaza, la gente compraba y vendía. Del carruaje, salió un sujeto con una bocina parlante, invitando a las personas a ver el espectáculo del mediodía: “Podrán contárselo a los nietos de los nietos y siempre dudarán. Sólo sus ojos darán crédito” Dos horas después, el gentío se arremolinaba para mirar el acto.
La bestia era dócil y gran imitadora de animales. La gente reía. Sin embargo, cuando rompió en un rugido más potente que el de un león, todos enmudecieron. Abrió las fauces y el voceador del espectáculo metió la cabeza; poco después, sólo los zapatos quedaron fuera. El animal hizo una contracción ventral y el sujeto desapareció. Llovieron monedas y aplausos de la multitud. Ella caminó en círculo, levantó los brazos y agitando unas alas que brotaron de su espalda, voló hasta perderse por encima de los cedros.
El tren ha quedado en la plaza. A media noche, el viejo más viejo del pueblo agoniza, y sobre el padrenuestro del cura, se escucha el tañer alocado de la campana. Es una noche sin viento y solo gime el silencio. El difunto era el último que recordaba aquel suceso. Ahora, nadie sabe.
La metamorfosis (2)
Soñé que corría desorientado por los arenales y los hilos de las telarañas cruzaban mi cara. Respiraba haciendo hipos y por el frío de la madrugada mi cuerpo era un temblor. Anteayer cuando leía el periódico, miré hacia la ventana y no pude percibir el reflejo de mi rostro. Lo atribuí al cansancio. Una mañana frente al espejo, quitándome una escama de la cara, vi que uno de los dedos faltaba. Sonreí. Pues me percaté que éste se escondía detrás de los otros.
Los sueños no variaban. Corría entre los arbustos preso de confusión sobre los médanos. En las espinas quedaban jirones de piel. Algunas veces escuchaba el ruido sordo de mis pisadas; en otras, el murmullo del mar y el silbido de la brisa cuando ésta roza los tallos secos de las ramas.
Siempre de la oficina a la casa. Si acaso pasaba a una tienda a comprar víveres, la mayor parte de las veces latas de salmón, en la creencia que el aceite era bueno para las funciones mentales. Leía y leía; y de pie, miraba la calle y a la muchedumbre hasta que ésta quedaba solitaria, moviéndose solamente los colores del semáforo.
Las noches transcurrían con lentitud. Mi corazón parecía anunciar con su tambor un espectáculo circense. Ése, donde el lanzador de cuchillos parte a la mitad una manzana que descansa en la testa de una mujer hermosa.
Revoloteaba en la cama como una libélula que aletea dentro de un frasco de vidrio. Cuando me situaba en posición fetal, el corazón parecía ubicarse dentro de mi boca, y el latido repercutía en las sienes. Las horas se hacían lentas, y la mente era una pizarra que cultivaba voces e imágenes que una tras otra se proyectaban y desaparecían, para dar inicio a otra serie. Escuchaba el carro pasar, un grito lejano y el ulular de una patrulla. Veía la transparencia de la luna reflejada en los vidrios de la ventana. ¿A qué horas el sueño llegaba en mi ayuda? No lo sé, pero cuando abría los ojos, rumiaba un cansancio apelmazado.
Un domingo lluvioso desperté. El frío dormía en mis pies y busqué otra frazada, temblé, hasta que el sueño – bendito sea- llegó. Bajo las sábanas vi la hora, eran cerca de las cuatro de la tarde. Recordé que la despensa estaba vacía y con gran pereza me vestí para ir al supermercado. Antes, pensé en tirar la basura acumulada de hace una semana, pero me dije: mañana. En la tienda, después de comprar lo de costumbre, tuve dificultades para coger la billetera y sacar el importe.
– ¿Le pasa algo, me dijo la cajera? ¡Se ve transparente!
Sonreí, le di las gracias y contesté.
– Debe de ser el frío de diciembre.
Un día me sorprendí por no percibir el olor del café, observé que mi foto en el buró era sólo una mancha de claroscuros y que el recuerdo de su visita a mi departamento se había envejecido.
Recordé súbitamente que ella, al mencionar nuestras vivencias, las refería siempre en pasado. Miré el algodón de la fina camiseta que un día me obsequió, había máculas de un rojo óxido. Un algo del corazón me dijo que debía acariciarla, pero al hacerlo noté con gran pesar que la tela ya no respondía a mis manos. Entonces caminé de un lado a otro sin sentir mi peso y observé que al fondo del cuarto, se abría un rayo de luz y que en la parte superior danzaban finos corpúsculos. Salté una, dos y tres veces hasta que conseguí atraparlos y tenerlos entre mis manos. Curiosamente después de mi esfuerzo, me perdí entre ellos.
Desasosiego dos
¡Bendito el marido que me ha tocado! Tiene horas que se fue, pero mi corazón me dice que se quedó la mitad de él. No puedo dejar nada que lo haga imaginar que hay en la habitación una respiración diferente de la mía porque es capaz de todo.
Hasta el viento que mueve las persianas me causa zozobra. Quemé mi agenda de soltera frente a sus narices y sonrió como diciéndome: ¡eso no basta!
Cuando pienso hablarle a alguno de mis amigos, repiquetea el teléfono.
¿—Qué haces? — Me dice con voz recelosa.
—Aquí, limpiando los viejos libros que heredé de la abuela.
— ¡Tirálos, eso es basura!
—Lo haré a su tiempo.
Mis ojos se detienen en el pez dorado que parece mirarme , mientras él se despide con instrucciones y besos por el teléfono.
La abuela, siempre lozana y viuda.
Variola
Hace tiempo desollaste a reyes y aldeanos. Los que sobrevivieron quedaron ciegos o carcomidos.No discriminaste. Hoy vives encarcelada. En mis noches de perversidad mezclo tus ácidos para sumar tu letalidad. Tiemblo al pensar que un error puede serme fatal. El rechazo que la institución me impone, estimula mi deseo de ponerte en libertad. Tan sencillo como dejarte olvidada en algún aeropuerto y quince días después, brotarías en los cuerpos transformada en pequeñas vesículas hediondas de pus y muerte.
La sospecha
Cuando su hijo cerraba la puerta, le lanzó un beso chasqueando la lengua. Ella entrecerró los ojos y creyó ver a su esposo que, hace dieciocho años, se había ido de viaje. Aún lo recuerda con la ceja levantada y aquella sonrisa coqueta con la cual se despidió. Para ella no era extraño que él se ausentara algunos días. Aquella vez, fue un otoño, y el frío se colaba por las rendijas de la puerta.
Vivían en un gran condominio donde los edificios parecían haber sido calcados. Lo recuerda como una buena persona, amoroso, sin embargo, eran notorias sus ausencias. Muchas veces tuvo que golpearle la mejilla para que volviera a la realidad. A veces lo sueña. Ella piensa que lo mataron, tal vez por robarle, tal vez…
Hace dieciocho años él entrecerró la puerta, había ordenado ropa para una semana, pero al ir bajando la escalera, se preguntó, ¿Qué tanto me amará mi mujer? Sería bueno saberlo. Y en vez de irse a la estación, se dio a buscar un cuarto de renta. Lo encontró y se quedó allí. En unos minutos, vivía cerca de su casa, y podría decirse que era un vecino nuevo de sí mismo. No salió durante semanas. Su barba creció. Compró ropa holgada de colores oscuros y un sombrero que abarcaba toda la testa. Meses después vigilaba el edificio donde vivía su familia. La seguía cuando iba a comprar a la comisaría; en ocasiones, y oculto en espacios estratégicos, podía observar su mirada sin brillo y el rostro adelgazado. Pasó el tiempo, la mujer siempre sola, y con una rectitud ejemplar. Cierta vez coincidieron en algún puesto del mercado y pudo escuchar alguna conversación con la verdulera. Su voz era clara, suave, y caía como si nada más hablara para sí misma. Recordaba su tono; recién se habían casado y aunque suave, comunicaba una alegría que podía sentirse porque le hacía cosquilla en el lóbulo de la oreja.
Muchos años pasaron. Y casi para cumplir los veinte se dio cuenta de que su mujer era íntegra; ahora estaba seguro de que no lo reconocería e intentaría enamorarla. Se hizo coincidir con ella, logró sacarle algunos monosílabos, y hasta pudo entablar una charla en la soledad de un parque, donde sin rodeos le habló como la primera vez. Ella sintió que una aguja se le clavaba en el corazón. Y aquellos ojos tristes volvieron a prenderse como un cerillo. Ella se llenó de una fina lluvia y en un instante pensó que había algo mágico en aquel hombre y al verlo con los labios entreabiertos lo tomó de la mejilla y lo besó como lo haría una muchacha de veinte años. Reconoció los labios del hombre que se ausentó y dio gracias a Dios por habérselo regresado. Él se retiró ofuscado, perdiéndose en los vericuetos de la gran ciudad y nunca más volvió a verla.
La prueba
Ella estaba en un rincón de la sala orquestando sus manos largas que más que ganchos parecían batutas. Él fumaba y tamborileaba pensamientos; nada le parecía relevante. Intentaba recordar, pero las evocaciones pasaban veloces y livianas.
— ¿Qué haces?
—Tejo.
— ¿Es una corbata?
Ella ignoró el sentido irónico y siguió con la labor.
—Solo practico un punto que resista cualquier embate.
Él salió dando un portazo. Respiró hondo; la fina lluvia rápidamente lo cubrió.
— ¡Tu gabardina! —le gritó.
—Eres divina, estás en todo.
—Te cuido— Le dijo paciente.
Se internó por las callejuelas del barrio. La luz mortecina dejaba ver los grafitis y bajo el dintel de un viejo portón, miró a un ciego que cantaba, percutiendo con sus pies un bote de lata. Entró en el bar, pidió un tequila, después otro. La luz traspasaba indiferente los dobleces del humo que salían de la boca de los escasos parroquianos. Un saxofonista resoplaba el instrumento. No aguantó más y pidió la cuenta.
Por la mañana, su esposa lo encontró colgado con el lienzo que ella había tejido. Dijo para sí: “El punto no es tan bueno, tendré que ajustarlo”, y empezó a vestirse de negro.

Célibe
Célibe camina por la playa, agradecida por el cosquilleo que hacen las burbujas que revientan entre los dedos de los pies.
Sentada contempla la puesta del sol en un lugar sombreado y solo. La brisa llega con olores de ostra que alborotan su pelo.
Entre sueña. Se desabotona la blusa para percibir el roce del viento. Entrecruza las piernas. Sus manos descansan en su vientre. No piensa, solo atiende al momento.Relajada disfruta del mar. Dormita y recrea a la hermana sentada sobre las piernas del novio, moviendo discretamente las caderas.
Llega un aire que despeina a la niña-mujer. Respira profundo, sus pechos empujan la blusa; y al contacto con la brisa brotan los pezones. Busca acomodo entrelazando sus piernas una y otra vez o abriendo y cerrando el compás. La brisa hurga en su interior. Se inquieta y suda. Llega un calor que rebalsa y recorre todo el cuerpo dejando un tic-tac de latidos en su bajo vientre. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.
Después de la media noche
Casi es la media noche y las cuentas no ajustan. Me falta abrir y leer correspondencia que llegó del Ministerio de Hacienda. Mi espalda pide algo blando. ¡El calor es desesperante! Los abanicos no son suficientes. Abriré la ventana y levantaré un poco la cortina metálica para que corra aire fresco. A esta hora la gente se retira a sus casas, y la calle, poco a poco, se deshabita. Soy contador, superviso los estados financieros y hago el cálculo del tributo que el comerciante pagará al estado.
Tener trato para atender a los jefes de las dependencias, a los empleados que agilizan los trámites y a quienes nos contratan, es un trabajo arduo que exige discreción.
Miraré la correspondencia. El estilete para abrir cartas lo guardo en la bolsa de mi camisa. Si lo dejara en el escritorio, desaparecería entre los papeles.
Veamos, ésta es del Diario de la Federación dónde manifiestan un cambio en la norma 00325. Para fortuna mía, se refiere a las iglesias. Mis cincuenta años ya golpean. Ahora comprendo lo que el viejo tuvo que trabajar para comprar este espacio. ¡Me lo dejó de herencia! A los sesenta seguía con la fabricación manual de zapatos. Es un local que está en el subsuelo de un edificio de principios del siglo XX que, con el paso del tiempo, ha quedado en el primer cuadro de la ciudad.
Escucho el paso presuroso de la gente. El sonido de la sirena en la lejanía.
Me doblo como arco tratando de que el dolor disminuya, pero no, se hizo cruel. Decido reposar en el sofá que dispongo para mis clientes. Me digo que sólo será un momento. Boca abajo, y levantando un poco la testa es como mejor descanso. En dicha posición, mis ojos pueden mirar hacia la calle y ver el paso de las personas que transitan.
Ocho días después despierto sobresaltado en la cama de un hospital. Una luz mortecina sale de una lámpara que está sobre el buró. Mi esposa duerme profundamente en una poltrona acojinada. Yo trato de ubicarme mentalmente.
¿Cómo llegué a este lugar? Me questiono.
Recordé que en el momento de sumergirme en el sueño, había visto borrosamente las zapatillas de una mujer y, después, el ruido de su cuerpo recargado parcialmente contra la cortina. Al mirar sus piernas torneadas vi que una mano alzaba su falda. Ella respondía con suspiros entrecortados y gemidos. En un instante, el individuo levantó la cortina y, agachados, se introdujeron en mi local. Retozaban sobre la vieja alfombra, sin percatarse de mi presencia. Con la blusa abierta, él destrabó el sostenedor y acercando los pezones al centro, los succionaba a la vez. Ella, en silencio, metía sus dedos entre la abundante cabellera. Quedé estupefacto cuando él sacó un delgado puñal que hundió de un golpe por debajo del pezón izquierdo.
– ¡Estúpida, mil veces estúpida! –le gritaba. ¡A mí no me engañas! ¿Acaso crees que no me daría cuenta de que tú y el dueño de este sitio tienen amores?
Después de esa exclamación de odio, sacó el puñal del pecho y se abalanzó sobre mí. Cuando me daba vuelta para enfrentarlo, parte de la luz cayó sobre su rostro y, con sorpresa, comprobé que se trataba de una mujer. Fue lo último que divisé antes de sentir la punta acerada en mi carne, y la sangre que se deslizaba humedeciendo mis ropas.
La llegada del médico a la sala interrumpió mis pensamientos.
–Le daré el alta –dijo – luego de revisarme, y agregó antes de salir.
-Pero no me explico su estado de inconsciencia, ya que la herida no interesó ninguna zona vital.
Tampoco comprendió la tensión muscular en la expresión de mi cara y la crispación de mis manos cuando le pregunté por el cadáver de la mujer.
– ¿Cuál mujer, cuál cadáver? – Contestó tartamudeando.
–La que mataron frente a mí.
– ¿Se siente bien? No había ningún cadáver, usted estaba solo, tirado sobre un sillón, boca abajo, con parte del estilete clavado muy cerca de la arteria axilar. ¡No había nadie más!
Se retiró negando con la cabeza. Quedé abrumado.
–Seguramente aluciné –atiné a decir.
Una semana después, cuando estaban remodelando el despacho, ordené que quitaran el piso de madera para cambiarlo por cerámica. El obrero encontró un pequeño puñal, fino, largo, que parecía de juguete. Miró en forma furtiva a ambos lados y, sigilosamente, lo escondió debajo de sus ropas.
Yo bajé la mirada y preferí callar.


