Tejos en el río

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Solo silencio.

Agua fría de la montaña

Y grandes peñascos

Que esconden pequeños camarones de río.

Bajo el agua los peces se comen

Y en el fondo yacen los tejos

De finitos colores y formas,

Tienen vida como el pez o el camarón,

Tejos de un arroyo

Piedras de otro.

Ruedan más que las ruedas de un viejo molino.

Húmedas, con su corazón de piedra.

Esperan quizá siglos

Para encontrar la que rueda y pulsa como ella.

Y se encuentran en un recodo de la corriente

Se tallan

 Se miman, se regodean

 Se acicalan

Y a las diez de la mañana

Llega un niño   toma una de ellas y la tira viendo como hace giros entre las ondas de agua.

 

El dios del Trueno

tajin
Leyenda Totonaca

El leñador despertó estirando el cuerpo. Se calzó las botas y tomó sus arreos, comprobó el filo. Observó la lejanía inclinando la testa a los cuatro puntos. Se movió en círculos e inició una danza de gratitud por los bienes recibidos. Ceñía el mango del hacha, lo giraba, cortaba el viento. Los tacones de sus botas en el piso parecían miles de búfalos trotando sobre la estepa. Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. El sudor hacía regatos que escurrían por el perfil muscular de su cuerpo; después la mirada caía sobre los grandes árboles y se oía el estruendo por los golpes certeros del hacha. El sudor del enorme cuerpo fluía. Los leños se disponían en gruesas. Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban. El leñador corría de un lado a otro tratando de detenerlos. Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre el acero se convertían en relámpagos. Poseído por el enojo disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra. El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas saltando hacia la tierra. Danzaba, danzaba y al danzar llegaba el cansancio y la calma; daba fin a la furia y dormía ocupando la mitad del cielo.

Leyenda

 

El puente

Si hubiera vientos, este puente sería un ave dispuesta al vuelo.

puente ave

Ser lluvia

beso despues de la lluvia de jorge blanco

Siento venir la lluviabeso despues de la lluvia de jorge blanco
La veo en el desierto,

Emplumada 
Late, rompe.
Me siento tejado 
Enmudezco, corre, tintinea. 
Me percute.
Mi espalda florea en diminutos que festejan dando vueltas.
Me siento tallo. Entregado a ella exhalo aroma.
Si me pienso mujer, corro desnudo y percibo el oleaje debajo de mi vientre.
al ser hombre busco el tam tam que hacen los pechos, y al encontrar tu sexo bailo contorsionando mis caderas; 
húmedos de gemidos nos volvemos estrella.

El enano

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En días de hastío, se acostaba en la playa, e imaginaba que de un mar de olas pequeñas, llegaban cientos de hombrecillos y lo sujetaban.

Nadando hacia el horizonte

horizonte

Ajado, desfalleciente, libro mi batalla por escribir. Miro a la montaña, al viento que mueve la arboleda y al horizonte donde nado persiguiendo al sol. Vuelvo la cabeza y te observo jugando con la pandilla. Deseo recorrer a pie las grandes avenidas y percibir el frío helado que adormece.

Los hijos ya son hombres, nadie me acompaña; y el eco de mis tacones solo suena para mí. A veces llegan olores de jazmines y me deleito, de alegre vainilla que golpea, del intenso café que me hace latir. Caricias olvidadas, mujeres que sombrean la pared. Sigo en el camino apretando contra mi pecho la esperanza.

Llueve, y el horizonte cada vez más cerca. Nadar cerca del sol será bello.

 

 

 

 

 

La palabra

niña mirando el mar.Antonieta VralloCaminé sobre el principio del final. Reflexioné que lo mejor está dentro. Abrí ventanas y azucé pensamientos; que vuelen y vuelen para que lleguen a ser.He vivido entre párrafos. «Mis ojos ardían y las letras danzaban”. Encontré camino en la palabra. Ella es corazón. Me hace lanzarla y embelesa hacerla flor, cielo o mar.

Gea

20170306_161501Es tarde

inminencia nocturna

la bellota del plátano cercana a la tierra

Punta que te harás mata. No tardara la lluvia

y la hoja sera una percusión

tambor que fabrica la nube.

Tambor de mi corazón

Oh Gea cuanto nos amas.

 

 

Soledad y desigualdad

mujeres lavando

El árbol extiende su sombra
es refrescante para las rocas.
¡tanta lejanía!

 Cuando el ave planea en el desfiladero

Se oyen voces que parece vienen de un velorio de hace años,
pero no
son las mujeres que cuchichean
mientras sus manos callosas tallan la ropa en el vientre de las lozas
Cerca de ahí los hombres platican,
mientras la espuma de la cerveza resbala por la boca.

Los niños grandes cuidan a los chicos
y las mujeres parece que rezan.
Pero no, es el río que murmura cuando arrastra las piedras

Los hombres  salen
las mujeres en fila cargan la ropa

El ave se ha ido,
dejando soledad en la boca del desfiladero

Soñar es peligroso

 

sala

Estoy entresoñando. Te mueves en la oscuridad con la destreza de un ciego en su casa. Dejé la puerta del dormitorio entreabierta y a través de la rendija tu sombra me estremece. Desapareces.
En la mañana que sorbo el café y muerdo el pan, siento la insistencia de tus ojos. Tienen fuerza. Levanto la cara y desvías la mirada. Tal vez piensas que me molestaría si me vieses comer. Para nada, pues seguiría haciéndolo y sonreiría.

Estoy en tu casa como un invitado extraordinario, pues sé que no introduces a nadie que no sea de tu familia y yo no lo soy. Soy tu invitado que llegó del norte. Es complicado definirme, pero diré que soy un amigo íntimo al que no conocías en persona. Los niños se han ido a la escuela, y pronto iras al laburo. El carro de la compañía ha llegado y alcanzo a escuchar el ronroneo del motor.

El tiempo se ha echado encima. El taconeo de tus botas en la duela del piso, es fiel reflejo de tu prisa. Miro a través de la ventana, las buganvilias ofrecen nuevos ramos y la perra retoza en la grama. Sé que observas mis espaldas. Tienes la mirada pesada y tersa como es el mercurio. Pero en este momento, en que la perra persigue a la libélula, le agregas el deseo de no ir al trabajo y quedarte conmigo a contemplar el jardín. Sé que sacudiste la cabeza e hincaste tu tacón en las vetas de la madera. No tanto para que me diera cuenta, sino para decirte que volar es peligroso.

El beso que me dejas en la mejilla tiene humedad, presión y, un grito contenido. Todo lo transformas. Sudo. Tengo caballos en el corazón y en el bajo vientre una caricia no concretada. Cierras la puerta, pero alcanzo a escuchar tu respiración entrecortada y, luego el ruido del motor que se aleja.

El palomo

mujer.folklorEl cañón rugió. Tronó como en los tiempos de la revolución. Así era como el Palomo anunciaba a las comunidades aledañas que habría fiesta: una pareja de nativos se casaría el próximo domingo. Siempre vestía de blanco con sus botines de charol. Paseaba por las tardes en la plaza del pueblo para descubrir a los enamorados.

—¿Se quieren casar? —preguntaba.

La mujer se tapaba la cara con el velo rosado que le servía de adorno. El novio se quedaba serio. Y luego un diálogo de miradas en silencio. El Palomo sabía entonces que había un sí, todo era cuestión del tiempo. Ese domingo habría boda. Él se encargaría de comprarles el ajuar, contratar a los músicos, colocar la tarima en el salón, una choza de palma en las afueras, y tener dispuesto el refino, el refresco y la cerveza. La primera ronda era para brindar por los novios y corría a cuenta de él; las siguientes, de los comensales. Ese era su negocio.

Aquel domingo llegaría la caña transparente con su olor de azúcar vieja; transportada en tambores a lomo de mula, bajo la vigilancia del dueño del cañaveral.

La fiesta empezó al pardear la tarde y terminaría al amanecer rompiendo el tablón al golpe de los huaraches. Los músicos,destrozándose el pulpejo de los dedos. La luz ámbar de los quinqués daba la sensación de tener pedazos de luna colgados sobre aquella rústica pista de baile. Jacinto, cortador de caña, con reverencia alargó la mano hacia una joven morena. Ella lo observó discreta, movió la cabeza y luego distrajo la mirada hacia otro lado. Él fue a un lugar sombrío. Tragó un sorbo de caña que bajó con un buche de cerveza.

La mujer se estuvo quieta, movía los ojos como buscando algo, al rato aceptó bailar con otro. La falda amplia semejaba una mariposa danzando. Él, de lino blanco, con un pañuelo rojo al cuello, hacía tronar sus tacones contra la madera, como si disparara.

Jacinto, furioso, se interpuso, y sacando la hoz, arremetió contra él; con un gesto de dolor, el hombre abrazó su vientre. Las tripas, como pequeñas víboras brotaban de entre los brazos y las manos. Al agresor en un santiamén lo desarmaron. El herido fue puesto a pocos metros del entarimado; los intestinos, libres de la pared, se acomodaron en la tierra. La sangre poco a poco dejó de correr. Los quejidos parecían el eco del violín.

Al victimario lo ataron a un poste que servía para sostener el cielo de la pista. Manos, brazos y muslos estaban sujetos por gruesos mecates; sólo podía mover las piernas y los pies, con los cuales taconeaba sobre las costillas de la madera al son del bajo. Los quejidos ya no se oían. Los músicos terminaron cuando el sol irrumpió y en el aire había olores de pan recién horneado. Otra música llegaba: el zumbido de las moscas.

El día que fuimos

mar y parejaUn día me invitaste a tu casa. Me instalé en tu hogar. Nos hicimos reales, caminamos por las calles, fuimos a fiestas. Por las noches, alargábamos el tiempo. En las mañanas, cuando ellos dormían, hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Una noche, nos acostamos y la vida nos hizo vivir lo que nunca sucedió en los sueños.

El diluvio

sirena

Noé escuchó el canto de una sirena que pedía posada en el nombre de Dios. Estuvo tentado a decirle que sí, mas recordó la fiereza de los gatunos; la dureza del instinto. Ella se fue. Y él, quedó con latidos entre las piernas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dónde están los dictadores tan temidos

mujer-joven-mirando-hacia-fuera-al-mar-6078515Breve el placer, el amor, el tiempo;
larga la muerte.
Todo se abrevia: te duermes y no eres.
Las palabras son palomas,
hojas que caen,
flores que abren,
estrellas que muertas nos alumbran.
nuestra dimensión, 
se oscurece en el sueño,
o en la infinita soledad.
El deseo nos hace perseguir la vida, 
ser aire y gaviota. 
Se nos abrevian los sentidos, 
se oscurecen, 
pozos sin luz, 
¡Somos briznas en el tiempo!
¿Dónde los dictadores temidos?, 
¿dónde los convertidos en oro…? 
¡Nada! Sólo un río de olvido.

Piedra y río

Las lavanderas
tallan sobre la piedra
los rumores del río.

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