taza caf

Me vestí con un short hecho de una tela delgada, adherente y un suspensorio. Terminaba de calzarme los tenis para ir a trotar cuando oí sus pasos.
— ¡Ah… ya hizo café! –Exclamé.
¿Quiere que le sirva una taza?
Dije que sí

Había un sofá de tela aterciopelada verde oscuro. Ella sentada. De reojo la veía. Me acuclillé y quedamos cara a cara. No recuerdo que le decía acerca de la vida. Dejamos de hablar. Sólo murmullos, pulsos, alientos cortados. Mis labios en su oído, su cuello, sus senos. ¡Ah… sus senos! Los respiré. Mis manos exploraban por dentro del vestido, los muslos duros. Sentí el elástico de sus bragas, metí los pulgares y con lentitud empecé a tirar hacia abajo. No opuso resistencia, facilitó al levantar sus caderas. Yo seguía en cuclillas, besaba sus rodillas, y ella relajó sus piernas. Rodaban mis labios por su piel, mi humedad buscó la suya. Labio con labio. Su cadera y la mía se amoldaban; sudor, respiración y nuestros gemidos que fueron ocultados por el griterío de los vendedores ambulantes.

Minutos después salí a correr por un viejo camino real lleno de árboles de naranjo. Imposible no recrear lo que había pasado a cada zancada, la brevedad del short, el roce constante de la tela volvió a incendiarme y retorné para degustar otro café.