Roe a la piedra
la corriente del río.
Nadie lo cruza.
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Tiene ojos negros.



La yegua tenía asma y sudaba copiosamente. Encharcado el lomo. La silla se movía de un lado a otro. Íbamos pegados a la montaña. Al pasar sobre una peña, la silla resbaló a un lado, y mi cabeza quedó hacía abajo, y los pies arriba.

El río corre dando golpes y revuelca remolinos. Bajo el chapoteo del agua, anima el canto intermitente de las ranas. La noche se da por instantes al silencio; y al sopor, le crecen olores de flores trituradas. Nada perturba. Los gusanos dejan de roer; y el sopor, el silencio y las sepias se tensan cuando el monte pare el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.
La luz del faro aluza al viento que persigue a la red, a las sirenas y a las olas. Tiemblan los peces. En la memoria de la noche se oyen pasos de viejos naufragios. El mar contempla a las almas que abrazadas al viejo tablón sucumben al ojo espumoso del remolino.
El médico ordenó que dejara café, cigarro y tequila; que no comiera asados, ni fritangas. No seguiré sus consejos. ¡Quiero tener buena sazón y ser la delicia de mis gusanos!
