El médico del coronel Gabo

EL MÉDICO DEL CORONEL AURELIANO BUENDÍA. Frag «cien Años de soledad»Gabo.

¿Algo más? -le preguntó el coronel Aureliano Buendía-. El joven coronel apretó los dientes.
-El recibo -dijo.
El coronel Aureliano Buendía se lo extendió de su puño y letra. Luego tomó un vaso de limonada y un pedazo de bizcocho que repartieron las novicias, y se retiró a una tienda de campaña que le habían preparado por si quería descansar. Allí se quitó la camisa, se sentó en el borde del catre, y a las tres y cuarto de la tarde se disparó un tiro de pistola en el circulo de yodo que su médico personal le había pintado en el pecho. A esa hora, en Macondo, Úrsula destapó la olla de la leche en el fogón, extrañada de que se demorara tanto para hervir, y la encontró llena
de gusanos
-¡Han matado a Aureliano! -exclamó.
Miró hacia el patio, obedeciendo a una costumbre de su soledad, y entonces vio a José Arcadio Buendía, empapado, triste de lluvia y mucho más viejo que cuando murió.
traición -precisó Úrsula- y nadie le hizo la caridad de cerrarle los ojos.» Al anochecer vio a través de las lágrimas los raudos y luminosos discos anaranjados que cruzaron el cielo como una exhalación, y pensó que era una señal de la muerte.
Estaba todavía bajo el castaño, sollozando en las rodillas de su esposo, cuando llevaron al coronel Aureliano Buendía envuelto en la manta acartonada de sangre seca y con los ojos abiertos de rabia.
Estaba fuera de peligro. El proyectil siguió una trayectoria tan limpia que el médico le metió por el pecho y le sacó por la espalda un cordón empapado de yodo. «Esta es mi obra maestra -le dijo satisfecho-. Era el único punto por donde podía pasar una bala sin lastimar ningún centro vital.» El coronel Aureliano Buendía se vio rodeado de novicias misericordiosas que entonaban salmos desesperados por el eterno descanso de su alma, y entonces se arrepintió de no haberse dado el tiro en el paladar como lo tenía previsto, sólo por burlar el pronóstico de Pilar Ternera.
-Si todavía me quedara autoridad -le dijo al doctor-, lo haría fusilar sin fórmula de juicio. No por salvarme la vida, sino por hacerme quedar en ridículo.

medico rural

El tren de media noche

En el tren va una pareja de recién casados. Pasa de la media noche. En una litera, el varón ansioso, ardiente. susurros, suspiros y besos. El resto de los  pasajeros escuchaban ¿de quien son esos ojos?
-Son tuyos cariño. contestaba la novia.
¿ Estas orejitas?
-También.
-¿Tus hermosos pechos?
-Tuyos mi amor.
¿Tus caderas en flor?
Se hace un silencio, los pasajeros no logran conciliar el sueño.
– También son tuyas.
Se escuchan besos apasionados, suspiros con volumen… algún quejido.
-¿Y es culo de quién es amor?
profundo silencio, se escucha mejor el tránsito que hace el tren. Con voz clara vuelve
– ¿Dime de quién es este culo vida mía?
Largo silencio, sólo el carraspeo de algún pasajero. Con voz más fuerte vuelve.
¿De quién es este culo mujer? – tres, cuatro, cinco veces más y el silenció persiste, los pasajeros no encuentran acomodo. Casi gritando
-Esposa, ¿ Dime de quién es este culo?
Un pasajero no puede contenerse y en voz alta grita.
– ¡ Ya dile que es mío! pero dejen dormir…

 

tren

Diario de mujer

El primer beso.
El primero que puso en mis labios.
El segundo acariciamos la humedad.
Un tercero dirá el momento de encontrar mi rostro.
Tus manos revolotearan mi pelo y llevarás mi cara a tu pecho.
Son instantes que veo tu interior y perfilo al horizonte.
Me hago viento, tierra, fuego.
Llamarada que viene de los pastizales secos de la soledad, que pulsa y contrae;
pidiendo lo inevitable.

beso-Edvard-Munch

Tiempos modernos

El Novio dice :
Mi amor, pero… ¡Tú no eres virgen!
Ella al botepronto le contesta: ¡Ni tú San José!, ¿venimos a tener sexo o a armar un pesebre?

pesebre

Hoy es el día amada

Una noche especial. Prenderé el fuego lunar, tus ojos caerán atrapados por el ombligo saltón del conejo, tomaremos el te entre los pinares de la montaña; a los píes de las flores silvestres; con la intermitencia de las luciérnagas, el canto lejano del ave de las mil voces y el aroma de viejas manzanas. Olvidaba decirte que es la fiesta de tu no cumpleaños.

olio su tela, cm 95,5 x 122,2 Southampton City Art Gallery

 

La aldovranda en el mercado de Ema Wolf (Arg)

La aldovranda vesiculosa entró en el mercado.
Como es una planta carnívora, venía a buscar algo para la cena, así que fue derecho al puesto del carnicero y se puso en la cola con las otras viejas.
Delante de ella había una cargando un perro del tamaño de un monedero, friolento y quejoso. La aldovranda lo miró con gula. Se relamió.
-¡Qué lindo perrito! ¡Y qué chiquito! Seguro que hace pis en un bonsail… -hizo ademán de agarrarlo¿Me deja que se lo tenga?
La mujer, horrorizada, escondió el perro en el escote.
La planta ponía muy nerviosa a la clientela.
Sin nombrarla directamente, dejaron caer algunos comentarios maliciosos:
-Yo a mis plantas las alimento con agua y abono, no con milanesas…
-¡Si este mundo es una degeneración,
m’hija! ¿No ve que están desapareciendo todos los gatos del barrio?
La planta, como si oyera llover.
El carnicero la apreciaba. Era una buena clienta y se comía las moscas del negocio. Ella le sonreía. La simpatía era mutua.
En cambio, la aldovranda odiaba al verdulero del puesto de enfrente. ¡Sólo un monstruo podía vender vegetales para que otros se los comieran! Cada vez que el hombre pasaba a su lado rumbo a la balanza con los brazos rebalsando mandarinas, le susurraba al oído: “¡Caníbal!”. El verdulero soñaba con verla hervida.
Pero más la odiaba por todo lo que sucedía después.
Esta vez, como otras veces, la aldovranda empezó con su rutina:
-¡AY, ESAS TRISTES ZANAHORIAS DESENTERRADAS!
Al rato:
-¡POBRES PEREJILES MUSTIOS! ¡POBRES ESPINACAS PRISIONERAS!
La gente se puso muy incómoda.
El verdulero miró al carnicero con furia acusadora por tener semejante cosa entre sus parroquianos. El carnicero la defendió con el alma en los ojos.
Ella siguió:
-¿CUÁL FUE EL PECADO DE ESOS ZAPALLITOS PARA QUE LOS ARRANCARAN TIERNOS DE SU MADRE PLANTA?
Arreciaron los comentarios. La cola de la verdulería defendió al verdulero. La de la carnicería se sintió en el deber de ser fiel al carnicero aunque la aldovranda no fuera santa de su devoción.
Discutieron. Se juntó más gente, que tomaba partido por uno u otro bando.
-¡Hagan callar a ésa! -gritaron los verdes apuntando a la planta.
-¡La gente tiene derecho a opinar! -retrucaron los otros.
A todo esto la aldovranda papaba moscas y aullaba:
-¡INFELICES REMOLACHAS MANIATADAS, ALGúN DíA LES LLEGARÁ LA LIBERTAD!
El verdulero avanzó como para apretarle el pescuezo. Lo sujetaron entre varios.
-¡No se meta con mis clientas! -bramó el carnicero.
-¡Vivan las proteínas! ¡Arriba el asado con cuero! -respondieron sus leales, y arrancaron con un malambo.
Una mujer contó a voz en cuello cómo se había hecho vegetariana el día que sono que comía una vaca viva entre dos rodajas de pan. Lloró a mares recordando cómo la miraba la vaca. Muchos la apoyaron con gritos de “¡Aguante la fruta!”, “¡Vitaminas sí, otras no!”. La discusión se hizo tan violenta que algunos llegaron a las manos.
La aldovranda vociferó:
-¡PELADAS, CORTADAS, HERVIDAS Y APLASTADAS! ¡QUÉ DESTINO EL DE LAS PAPAS!
Entonces se produjo el desbande.
Unos se fueron a sus casas protestando porque cada vez que aparecía la planta se armaba el mismo pandemónium. Otros se quedaron para ver una vez más el gran duelo: el carnicero y el verdulero frente a frente, uno con la sierra de separar costillas y el otro con la de cortar zapallo.
En medio del mercado, como dos gladiadores del futuro, quedaron trenzados en combate feroz. El destello azul de las sierras al cruzarse iluminaban la ganchera en la penumbra del atardecer.
Entre los alaridos de los dos ninjas, se oyó la voz de la aldovranda:
-¡HERMANAS VERDURAS, VOLVERÉ!
Y se fue. Esta vez con una pierna de cordero porque a la noche tenía visitas.

planta-car

A ella le gusta mirar las estrellas.

Amo a la mujer con quien tengo coincidencias; flores que nacen una al lado de la otra. Amo las diferencias, sin ellas, seríamos fábula. Gusta de las estrellas. Yo sueño con montar un cometa. Disfruta la soledad, estar con bata bajo la luz de la luna. Yo la atormento con la guitarra, canto en la noche a la rueda cobriza que salta de rama en rama. Lejos aullan los perros y se escucha el motor de los camiones que van hacia la montaña.

Pau cezanne

El adiós

!Qué silencio!
¡cuánto peso tiene el adiós!
Escucho mis palabras mudas,
la lluvia fría que resbala por el parabrisa.
Es insoportable tener el  fuego en mi mar.
Carentes hasta de tus silencios,
enfrento el crepúsculo.
desarticulado  mi pensamiento.
los destellos perturban.
La oscuridad sabe a barro y hueso.
Tal vez esté en la ventana,
Recordando la primera vez que pronuncié su nombre.
Voy a cien kilómetros por hora
y las espigas de la hierba
desprenden su adiós  con el viento.
¡Golpeo el volante!
¿Los adioses son para mí?
o  para el viento que pasa.
Me siento ridículo;
moviendo la mano
al igual que lo hacen los limpiaparabrisas.

 

Juan palomino

La cosa de Luisa Valenzuela

luisa valenzuela

Él, que pasaremos a llamar sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que como es natural llamaremos el objeto, se encontraron una noche cualquiera y así empezó la eeqod_minifalda-sexy-bg-sMileycosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados.
Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá –con un poco de suerte- se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto –objeto de palabras abusivas, objeto del comentario crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de su carne, lo de siempre.
La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más proclive. El objeto asumió de inmediato –casi instantáneamente- la inobjetable actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.