Los momentos

El instante se fue. Quedó el almizcle de tus manos, recorrieron mi nuca y el cinturón de la espalda.
A tientas voy por el camino de aromas -es inútil, lo se. Tus besos fueron pájaros delincuentes.

pajaros al vuelo

Violeta de Felipe Garrido

Mamá me dijo que se la había llevado el Diablo, que no pensara en ella ni la buscara; que nunca iba a regresar. Y Lalo y Myriam, que son más grandes que yo, me hicieron señas de que era cierto, que eso había pasado con Violeta, nuestra hermana mayor. Yo tendría tres años; me daba miedo. Empecé a sentir una sombra. Iba de un lado a otro volteando, y me persignaba. Por un tiempo busqué su ropa, sus libros, sus cosas y si oía que en la noche un carro se paraba frente a la casa me levantaba para ver si había vuelto. La soñaba encadenada, envuelta en llamas y me despertaba llorando. La extrañaba. Ella me consentía, me rascaba la cabeza, dejaba que me durmiera en su cama. Y luego un día, mucho después, yo ya estaba en la escuela, vi a una pareja en la cola de un cine, con una niña. El hombre la tenía de la mano y abrazaba por la cintura a la señora, la besaba en la cara y ella se parecía mucho, mucho a mi hermana Violeta.

Mujer de reboos rojo

Cuando te avizoro

Fugaz, siempre fugaz como las chupa rosas que van a ninguna parte. ¿De dónde eres?  En tarde soñolienta, brumosa, se que vas delante porque tu cadera desprende manzanilla, muelle y flor.

 

mujer en paris

La culta dama de josé de la colina

Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado
“El dinosaurio”.
Ah, es una delicia – me respondió – ya estoy leyéndolo.

 

mujer llorando

Del diario de una mujer 6

No tarda en llegar el taxi para ir a la oficina. Él ríe de «Nieve»; a través de la ventana se ve a la perra persiguiendo a la libélula en el jardín. Al encontrarme con sus ojos sonreímos los dos.  Tibia mañana, de café con pan. Nadie llegará hasta después del mediodía. Él vino de un trópico distante. Me perturba. Hinco el cuero de la bota en la duela del piso, no tanto para que se fijara en mis formas de mujer, sino para decirme que volar con algo que no es tuyo, es peligroso.  La tonadilla de una canción suena en mi cabeza.
lara la la la…La vida es una autopista que no tiene regreso, lalala-lala…
Salí apresurada hacia la puerta de mi casa, le pagué al taxista y regresé.

carretera

 

 

El héroe de Rabindranath Tagore

Madre, figúrate que vamos de viaje, que atravesamos un país extraño y peligroso.
Yo monto un caballo rubio al lado de tu palanquín.
El sol se pone; anochece. El desierto de Joradoghi, gris y desolado, se extiende ante nosotros.
El miedo se apodera de ti y piensas: ‘¿Dónde estamos?’
Pero yo te digo: ‘No temas, madre’.
La tierra está erizada de cardos y la cruza un estrecho sendero.
Todos los rebaños han vuelto ya a los establos de los pueblos y en la vasta extensión no se ve ningún ser viviente.
La oscuridad crece, el campo y el cielo se borran y ya no podemos distinguir nuestro camino.
De pronto, me llamas y me dices al oído: ‘¿Qué es aquella luz, allí, junto a la orilla?’ Se oye entonces un terrible alarido y las sombras se acercan corriendo hacia nosotros.
Tú te acurrucas en tu palanquín e invocas a los dioses.
Los portadores, temblando de espanto, se esconden en las zarzas.
Pero yo te grito: ‘¡No tengas miedo, madre, que yo estoy aquí!’ Armados con largos bastones, los cabellos al viento, los bandidos se acercan.
Yo les advierto: ‘¡Deténganse, malvados! ¡Un paso más y son muertos!’
Sus alaridos arrecian y se lanzan sobre nosotros.
Tú coges mis manos y me dices: ‘¡Hijo mío, te lo suplico, escapa de ellos!’
Y yo contesto: ‘Madre, vas a ver lo que hago’.
Entonces espoleo a mi caballo y lo lanzo al galope. Mi espada y mi escudo entrechocan ruidosamente.
La lucha es tan terrible, madre, que morirías de terror si pudieras verla desde tu palanquín.
Muchos huyen, muchos más son despedazados.
Tú, inmóvil y sola, piensas sin duda: ‘Mi hijo habrá muerto ya’.
Pero yo llego, bañado en sangre, y te digo: ‘Madre, la lucha ha terminado’.
Tú desciendes del palanquín, me besas, y estrechándome contra tu corazón me dices: ‘¿Qué habría sido de mí si mi hijo no me hubiera escoltado?’
Cada día suceden mil cosas inútiles. ¿Por qué no ha de ser posible que ocurra una aventura semejante? Sería como un cuento de los libros.
Mi hermano diría: ‘¿Es posible? ¡Siempre lo tuve por tan poca cosa!’
Y la gente del pueblo proclamaría: ‘¡Qué suerte la de la madre al tener a su hijo a su lado!’
Tomado de cd Seva

 

 

el príncipe Velazquz

D Velázquez

 

La apuesta

Bochorno y sed. El bar concurrido. Asientos libres solamente en la barra.
Llega un cliente, pide una cerveza, saluda a los demás.
-¿Le gustan las apuestas? le habla al Barman
-Depende. -contesta 
-¿Depende de que? y da un gran trago a la cerveza.
-Si tengo muchas probabilidades de ganar,  lo hago.
– Cuanto apuesta que entre mi compañero y yo tenemos cinco huevos. ¿Le parece cien dólares? -da de palmadas en el hombro del compañero de sed, que tranquilo sorbe su amargosa.
El barman abre la caja y toma los cien dólares y los pone en la barra. El de a lado, se le acerca al sujeto de la apuesta y le dice a la oreja.
-Oiga mi amigo, si usted tiene 4 huevos la tenemos ganada, yo solamente tengo uno.

bar.

Apuntes de un niño-visitando el monte

Tenía seis años, el primo, por primera vez me llevó al monte. Fui con camisa de manga larga, un sombrero de palma, botas por debajo de la rodilla.  En el camino topé con sembradíos de maíz y partes fangosas donde crecían vainas que en la punta terminaban en capuchones de tal manera que parecían cohetes, de los que explotan y caen colores del cielo.
—La almohada que tienes, está hecha con la planta que ves— dijo el primo.
 —¿Recuerdas cuando llevé un manojo de esas vainas a la casa?, mamá Camila las puso al sol, después de tres días, obtuvo una pelusa, con la que llenó una funda de tela. Así las almohadas se hacen frescas, suaves.
A medida que avanzábamos, la maleza se hacía tupida, Enrique desenfundó el machete para abrir camino; las enredaderas reptaban por los arbustos, brincaban hacia los árboles, de las ramas descendían lianas que se enroscan como serpientes. Lo que sorprendió es que de los tallos salían raíces que parecían barbas verdes, rizadas, que llegaban hasta el suelo para perderse  entre la hierba. 
—¡Ten cuidado!,   gritó Enrique, —fíjate bien donde pones la mano, pues nunca sabes que está escondido. ¿Qué quieres hacer…?
—Tocar. 
Tomó el machete lo introdujo entre las barbas y las sacudió. Ahora sí, puedes hacerlo.
Sentí las raíces duras, largas, verde opacas, llenas de retoños, que al estirarlas crecían más que las reglas que usaba en la escuela.
Regresé con otros ojos.
 Semanas después, pasó una muchacha a saludar a mamá Meche, preguntando por Enrique. Me acarició la barbilla. contó a mi madre. 
—Hoy me enseñaron la raíz cuadrada.
Me llegó la imagen del monte. Tantas raíces vi, nunca que fuese cuadrada. ¿Cómo sería ésta?  Por la noche pensé en ella, y no pude imaginarla. No cabía en mi cabeza.
 La soñé como si fuesen los dados que aventaba en el juego de la escalera y reí de mi bobera. 
Por la mañana, le dije serio a mamá. 
¿Quiero conocer la raíz cuadrada?
Mi mamá no supo que decirme, solo contestó que me esperara hasta que llegase Enrique. En la mañana fui directo al cuarto de Enrique, ya no estaba.  En la noche prometí no dormir hasta que  llegase. Cuando el sueño me vencía, corría al lavabo y me lavaba la cara.  Cuando escuchó los pasos,  antes de le hiciera un cariño, le dijo.
—¡Quiero conocer la raíz cuadrada! – Como se quedó en silencio, volví a repetir.
—Quiero conocer la raíz cuadrada.
—Estás peque, no la entenderías.
Tanto le insistí que no le quedó otra, que buscar un cuaderno y nos sentamos en la mesa.
Cuando terminó la explicación le dije:
—Esto no es la raíz cuadrada, es aritmética.
 La raíz cuadrada debe ser diferente, debe de  estar más allá del monte. En algún lugar.  pensé.

selva pantano