Once años de Manuel Moya

No lo hice a posta. Salí de aquel pueblo una mañana de abril con todos los catálogos. No había hecho más que doblar dos o tres curvas cuando se desató la tormenta. Creo que me confundí de carretera y como no había carteles, acabé en el quinto infierno. Pasé por tremendas tempestades, por pruebas difíciles y tentaciones sin cuento y de todas escapé. Al llegar a una especie de aldea desierta vi a una anciana y le pregunté el camino a casa, pero ella se encogió de hombros y al cabo apareció con un ciego. El ciego, que se llamaba Tiresias, me escuchó en silencio y me d ibujó en un croquis el camino que debía tomar. Al llegar a casa el perro me reconoció, pero vi que la fachada estaba cuarteada y sucia. Llamé al timbre. Una mujer que llevaba en la mano unas madejas de lana, se quedó de piedra al verme con la maleta en el suelo y la carpeta de los catálogos bajo el brazo. Era mi mujer. Te creía muerto, musitó con miedo y dio un paso hacia atrás. Me disponía a entrar en casa, cuando escuché el llanto de un bebé. La miré desconcertado. Han pasado once años, se excusó temblando. Volví sobre mis pasos, me metí en el coche, encendí un cigarro, giré la llave, el motor gruñó. Creo que eso fue todo.

hombre.

 

Diario íntimo 17

En el avión, de regreso a casa, pensaba en mi manera de ser. Me vi en el espejo, puedo ser tierna, compartida con las cosas que amo; asegurar que los pequeños detalles estén presentes, ellos son los que cubren de alegría nuestra vida. Es cierto que algunas veces escapo a mis tristezas, a mis enojos, dolores que toda mujer tiene; valoro una caricia en la mejilla, un roce de labios en la frente o un beso en la piel de mis senos. Atesoro caminar bajo un atardecer o refugiarme en los brazos de él, al escuchar el estallido de los truenos. Hoy, que ha pasado todo, puedo decir que el amor es esto; pero falta algo más, algo que no tiene nombre, que es inefable y que Salvador nunca tendrá.
La gente bailaba con la música de carnaval, lejos los rumores del río. Nosotros entregados en el abrazo y nuestras bocas reunidas. Beso sin tiempo que aún pulsa, permanece. Mi esposo vive.

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La vida amorosa de los pianos por Marcial Fernández

Cuando se cerraba el telón y los músicos desaparecían, el piano de cola se tocaba solo. Sus melodías solían ser evocaciones amorosas en andante moderato, presto y allegro agitato para concluir en silencio, respirando con dificultad y encendiendo un cigarrillo. De ahí que muchas de sus teclas estuvieran manchadas de nicotina.
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Un bebe indeciso

Voy en el bus sentado junto a una mujer joven y su bebe, cuando de repente, el niño comienza a llorar, ella saca su seno (calculo un 38C) y el bebe no lo quiere, a lo que ella le dice:
-Si no queres, se lo voy a dar al señor…
El niño sigue en lo mismo, lo agarra un poquito y lo suelta, ella vuelve y le dice:
-Si no queres, se lo voy a dar al señor…
Yo sigo muy atento a esa plática por largo rato, hasta que por fin no puedo más y le digo:
-¡Mire señora, dígale al bebé que se decida, si lo va agarrar o no, que yo hace como media hora tenia que bajarme!

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La mujer de lejos

En la montaña
entre el desfiladero
planea el ave.
En lo profundo, el río
corre rezando.
La mujer lava
con dolores de espalda.
Los peces van y vienen.
Los niños ríen.
Arrinconada
por el marido;
ella cierra los ojos.

 

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Odin de Borges

Se refiere que a la corte de Olaf Tryggvason, que se había convertido a la nueva fe, llegó una noche un hombre viejo, envuelto en una capa oscura y con el ala del sombrero sobre los ojos. El rey le preguntó si sabía hacer algo, el forastero contestó que sabía tocar el arpa y contar cuentos. Tocó en el arpa aires antiguos, habló de Gudrun y de Gunnar y, finalmente, refirió el nacimiento de Odín. Dijo que tres parcas vinieron, que las dos primeras le prometieron grandes felicidades y que la tercera dijo, colérica:
-El niño no vivirá más que la vela que está ardiendo a su lado.
Entonces los padres apagaron la vela para que Odín no muriera. Olaf Tryggvason descreyó de la historia, el forastero repitió que era cierto, sacó la vela y la encendió. Mientras la miraban arder, el hombre dijo que era tarde y que tenía que irse. Cuando la vela se hubo consumido, lo buscaron. A unos pasos de la casa del rey, Odín había muerto.

Odin

 

 

El tlacuache

Se propuso para robarle el fuego a los dioses que habitaban en la montaña. Llegó cuando dormían. Tomó el carbón enrojecido con su peluda cola, se enroscó y descendió como una pelota.

Desde ese entonces se le ve con la cola brillante y lisa. Recuerdo de la hazaña de traer el fuego y darlo a los hombres.

Leyenda náhuatl

 

tlacuache

Niño grande de Montaña Campón Pérez

La risa un poco ronca y una barba que siempre pincha. Su madre solo le deja salir las tardes de tormenta, cuando el riachuelo espontáneo que se forma en la calle le permite flotar sus barquitos de papel. -¡Mirad! –increpa a la cuadrilla que regresa del trabajo-. Hoy sí que va deprisa el mío, os voy a ganar… ¡Os voy a ganar! Lo que él no comprende es que aquéllos, sus amigos de siempre, hace más de treinta años que ya no juegan a los barcos.

barcos de papel

 

Los recados

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Estoy medio bajoneado. Anoche me quise recrear un poco, y fui a un cabaret. Cuando estaba entrando vi que había dos puertas, y leí:
«Si es viejo entre por ésta y si es joven por aquí».
Pensé: «¡Mierda! no soy tan joven pero tampoco viejo, bueno me voy por la del viejito para ir tranqui.
Cuando entré vi dos puertas, una decía:
«Si la tiene grande entre por ésta, y si la tiene chica por aquí»
Pensé y dije: «¡ madre!, me voy por la de los que la tienen chica, no vaya a ser que por ahí me la midan y no llegue a la medida que consideran grande».
Y cuando entro encuentro dos puertas, una decía:
«Si tiene mucho dinero entre por ésta y si no tiene tanto entre por aquí».
Por lo tanto me voy por la puerta de los que no tienen dinero, y cuando paso por esa puerta vi que salí a la calle de nuevo.
Ahí leo un letrero que decía¡Lárgate a tu casa a dormir viejo cabrón!»

«Si estás viejo, la tienes chiquita y no tienes plata… Qué hacés por aquí ?