Paraísos paralelos de Amélie Olaiz

Para Agustín Monsreal

Ella escribe sobre las bellezas marinas. Él, que nunca ha salido de la urbe de concreto, no ceja en su intento de hacerle creer que el mar no existe. Ella sale del ciber café acuático, sacude la cola y se zambulle de lleno en el agua.

sirena

 Amélie Olaiz.

Nació en León, Guanajuato, México.

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Rodando las piedras se encuentran

El río corre
golpeando paredes
de ancianas rocas;
ruedan las piedras
que vienen de la cima;
otras corrientes
bajan, y hacen lo mismo
con otras lajas.
En las puertas del valle
todo se encuentra:
está el sauce llorón,
las lavanderas,
el murmullo del agua,
y las piedras rodantes.

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La hechura de una casa

Lo vi un sábado por la tarde en la cantera, llevaba la carretilla llena de piedra que amontonaba frente a su casa de tarro. El domingo, día en que la gente bajaba de las rancherías hacia el pueblo, dejaban a su cuidado las bestias para que les cambiase el herraje. 
-El domingo gano dinero, estoy haciendo un ahorro para comprar cal y cemento. Va a ver, en menos de un año, si Dios quiere, haré mi casa.
En la vivienda de tarros y laminas de cartón vivía con su esposa, tres hijos, el padre senil, un hermano con su mujer y prole. En esa casa había crecido.
A las cinco de la mañana salía, y regresaba cuando los tordos buscaban el cobijo de las ceibas. Por la noche platicaba con sus vecinos o bien jugaban a la pelota donde incluían a los niños mayores.
Medio año después ya había levantado las paredes. Una casa de laja. Faltaban ventanas, puertas.
-Está chimuela. Ahorraré para comprar madera. Poco a poco iré armando.
Un día pasó el presidente municipal y le decía a su secretario.
-Mira este cabrón a quién se chingaría para hacer esta casa, ya casi está mejor que la mía. Anotalo para subirle el impuesto.
Días después supe que salió a media noche con el sargento, responsable de la partida militar, discutieron y el militar le tronó un balazo cerca del oído. “Conmigo y mis amigos, no se meta presidente, porque el otro disparo no será para que lo escuche”
Tres meses después me invitó a comer mole de guajolote para celebrar, por supuesto también estaba el sargento y su esposa.

casa

Piedad para la belleza

En el siglo IV a. de C., una de las hetairas o cortesanas más famosas de la Grecia clásica llamada Mnesarete, más conocida como Friné (literalmente “sapo”, al parecer por el color de su piel), fue considerada como una de las más hermosas mujeres de toda Grecia. Su esbelto cuerpo sirvió como modelo a Praxíteles, uno de sus muchos amantes, para realizar la estatua de la diosa Afrodita conocida como “Venus de Cnido” y, durante una fiesta, se soltó los cabellos, se desnudó y se sumergió en el mar, inspirando al pintor Apeles para pintar su famosa “Afrodita Anadiomene” (“Venus saliendo del mar”, con los brazos alzados y las manos recogiendo desde ambos lados la cabellera suelta). Pues bien, en cierta ocasión, tras rechazar repetidamente los requiebros y las solicitudes de un tal Eutías, éste la denunció, acusándola de impiedad al profanar los misterios eleusinos -ritos de iniciación anuales  al culto a las diosas agrícolas Deméter y Perséfone que se celebraban en Eleusis (cerca de Atenas).
Mnesarete compareció ante el tribunal de los heliastas -antiguos magistrados de Atenas- y, cuando estaba a punto de ser condenada a muerte, tomó la palabra en su defensa un famoso orador llamado Hipérides. Su bello y encendido alegato a favor de la acusada no conmovió sin embargo a los miembros del jurado. En un último y desesperado intento, Hipérides despojó a la acusada del peplo y la mostró desnuda ante el tribunal, al tiempo que exclamaba:
-Olvidad, si os parece, todos mis argumentos anteriores. Pero, ¿no lamentaréis condenar a muerte a la propia diosa Afrodita? ¡Piedad para la belleza!
Tan convincente e inapelable resultó el argumento que Friné, absuelta de todos los cargos por el tribunal, fue puesta inmediatamente en libertad.

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Los sueños Borges

Los sueños – dice Borges – constituyen el más antiguo y el no menos complejo de los géneros literarios. El sueño es el lugar donde los espacios se contaminan, se cruzan , se confunden y el narrador traspone las barreras del propio texto en un espacio y un tiempo diferentes.

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Viernes de bohemia

Visitaba a un buen amigo que tenía habilidad para tocar el piano. Nos reuníamos no más de cuatro. Los viernes eran para disfrutar con algo helado en la mano. ¡Qué fría cerveza!, y escuchar a Rachmaninoff y ya con dos litros de la amargosa venían episodios románticos con Agustín Lara. A la media noche parábamos y él decía “muchachos no hagan ruido, por favor más respeto para los cadáveres de vidrio”.

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Truman Capote

El único recurso que conozco es el trabajo. La escritura tiene leyes de perspectiva, de luz y sombra, igual que la pintura o la música. Si naces conociéndolas, perfecto. Si no, apréndelas. Y entonces reacomoda las reglas para que se adapten a ti. Incluso Joyce, nuestro más extremo inconforme, era un espléndido artesano; él pudo escribir Ulises precisamente porque pudo escribir Dublineses. Demasiados escritores parecen considerar que escribir cuentos es una especie de ejercicio con los dedos. Bueno, en tales casos lo único que hacen es ejercitar sus dedos…

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La desconfianza

Los resultados de las muestras de orina, de la joven se le dio por equivocación a una señora viuda sesentona que al abrirlo decía «Positivo a Embarazo»  la señora pensando en voz alta dijo, «ya no se puede confiar en nadie, ni en las velas»

 

tortuga.

A Ella dos

A ella le gustan las estrellas.
Yo sueño con montar una cometa.
Ella gusta de  la soledad y pasearse en bata bajo la luz de la luna.
Yo en cambio, con una guitarra le canto a la noche.
Estamos juntos, nos besamos, vemos las estrellas
pero somos diferentes.

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La gallina de Clarice Lispector

Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.
Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto, hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza. Todavía vaciló un instante -el tiempo para que la cocinera diera un grito- y en breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo desordenado, alcanzó un tejado. Allí quedó como un adorno mal colocado, dudando ora en uno, ora en otro pie. La familia fue llamada con urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una chimenea. El dueño de la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente algún deporte y almorzar, vistió radiante un traje de baño y decidió seguir el itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde ésta, vacilante y trémula, escogía con premura otro rumbo. La persecución se tornó más intensa. De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la calle. Poca afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que fuese la presa había sonado para él el grito de conquista.
Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada, muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de tejados y mientras el chico trepaba a otros dificultosamente, ella tenía tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces parecía tan libre!
Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en fuga. ¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina es un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su única ventaja era que había tantas gallinas, que aunque muriera una surgiría en ese mismo instante otra tan igual como si fuese ella misma.
Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar su fuga, el muchacho la alcanzó. Entre gritos y plumas fue apresada. Y enseguida cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada en el piso de la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco, entre cacareos roncos e indecisos.
Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios la gallina puso un huevo. Sorprendida, exhausta. Quizás fue prematuro. Pero después que naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella. Sentada sobre el huevo, respiraba mientras abría y cerraba los ojos. Su corazón tan pequeño en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas, llenando de tibieza aquello que nunca podría ser un huevo. Solamente la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas consiguió desprenderse del acontecimiento, se despegó del suelo y escapó a los gritos:
-¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, puso un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!
Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, ella no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:
-¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!
-¡Y yo tampoco -juró la niña con ardor.
La madre, cansada, se encogió de hombros.
Inconsciente de la vida que le fue entregada, la gallina empezó a vivir con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba el portafolios lejos sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. El padre todavía recordaba de vez en cuando: ¡”Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!” La gallina se transformó en la dueña de la casa. Todos, menos ella, lo sabían. Continuó su existencia entre la cocina y los muros de la casa, usando de sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.
Pero cuando todos estaban quietos en la casa y parecían haberla olvidado, se llenaba de un pequeño valor, restos de la gran fuga, y circulaba por los ladrillos, levantando el cuerpo por detrás de la cabeza pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza la traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su especie mecanizado.
Una que otra vez, al final más raramente, la gallina recordaba que se había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En esos momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si se les hubiese dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, cuando menos quedaría más contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la expresión de su vacía cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando dio a luz, o mordisqueando maíz, la suya continuaba siendo una cabeza de gallina, la misma que fuera desdeñada en los comienzos de los siglos.
Hasta que un día la mataron, se la comieron y pasaron los años.
GALLINA CLUECA

En el crepúsculo

Las mañanas frías me hacen tiritar.
Camino cuando aún está oscuro,
gusto de mirar mi entorno a media luz.
Todo se torna misterioso
He estado aprendiendo a comunicarme con los recuerdos en este silencio.
Trabajo, no como antes.
sino con la certeza de la necesidad íntima.
Vivo de manera austera.
En las tardes camino hacia casa
pisando las hojas de otoño,
silbando una canción de rocola.
Espero los domingos para gozar de la familia
.Mi casa tiene risas infantiles
olores de pimiento,
y tequila reposado que rueda por mis venas.
La música entumece el presente,
mientras la poltrona se mueve
al compás de un vientecillo renuente.

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El grillo maestro de A.Monterroso

Allá en tiempos muy remotos, un día de los más calurosos del invierno, el Director de la Escuela entró sorpresivamente al aula en que el Grillo daba a los Grillitos su clase sobre el arte de cantar, precisamente en el momento de la exposición en que les explicaba que la voz del Grillo era la mejor y la más bella entre todas las voces, pues se producía mediante el adecuado frotamiento de las alas contra los costados, en tanto que los pájaros cantaban tan mal porque se empeñaban en hacerlo con la garganta, evidentemente el órgano del cuerpo humano menos indicado para emitir sonidos dulces y armoniosos.
Al escuchar aquello, el Director, que era un Grillo muy viejo y muy sabio, asintió varias veces con la cabeza y se retiró, satisfecho de que en la Escuela todo siguiera como en sus tiempos.

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