Lo vi un sábado por la tarde en la cantera, llevaba la carretilla llena de piedra que amontonaba frente a su casa de tarro. El domingo, día en que la gente bajaba de las rancherías hacia el pueblo, dejaban a su cuidado las bestias para que les cambiase el herraje. 
-El domingo gano dinero, estoy haciendo un ahorro para comprar cal y cemento. Va a ver, en menos de un año, si Dios quiere, haré mi casa.
En la vivienda de tarros y laminas de cartón vivía con su esposa, tres hijos, el padre senil, un hermano con su mujer y prole. En esa casa había crecido.
A las cinco de la mañana salía, y regresaba cuando los tordos buscaban el cobijo de las ceibas. Por la noche platicaba con sus vecinos o bien jugaban a la pelota donde incluían a los niños mayores.
Medio año después ya había levantado las paredes. Una casa de laja. Faltaban ventanas, puertas.
-Está chimuela. Ahorraré para comprar madera. Poco a poco iré armando.
Un día pasó el presidente municipal y le decía a su secretario.
-Mira este cabrón a quién se chingaría para hacer esta casa, ya casi está mejor que la mía. Anotalo para subirle el impuesto.
Días después supe que salió a media noche con el sargento, responsable de la partida militar, discutieron y el militar le tronó un balazo cerca del oído. “Conmigo y mis amigos, no se meta presidente, porque el otro disparo no será para que lo escuche”
Tres meses después me invitó a comer mole de guajolote para celebrar, por supuesto también estaba el sargento y su esposa.

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