Noticias sobre literatura Australiana

10 TÍTULOS IMPRESCINDIBLES DE LA LITERATURA AUSTRALIANA

Literatura australiana

¿Qué se ha escrito digno de mención en nuestras antípodas? En nuestro deseo por explorar todas las literaturas del mundo, sin excepción alguna, hacemos una incursión en un destino exótico, lo más lejano posible y a priori, fácil de recorrer, porque es una literatura joven, con solo un par de siglos de vida (los pueblos autóctonos de Australia no conocían la escritura, y por lo tanto, su obra poética se fue trasladando oralmente, y no fue recogida por escrito hasta el siglo XX).

Otra ventaja de la literatura australiana es que, al estar escrita mayoritariamente al inglés, tiene fácil salida al mercado internacional. De hecho, es probable que todos hayamos leído algún libro de algún autor australiano sin saber que lo estábamos haciendo. Sin embargo, veremos también que la mitad de estos libros imprescindibles no están traducidos al castellano. 

En todo caso, si quieres indagar en esa literatura australiana, te traemos hoy 10 propuestas indispensables. Al menos, en opinión de Philip Mead, profesor de literatura australiana en la Universidad de Western Australia. Aunque reconoce que elegir 10 libros es una tarea difícil y muy subjetiva. Pero estas son sus recomendaciones esenciales:

1. ‘The Fortunes of Richard Mahony’ – Henry Handel Richardson (1930)

‘Fortunas de Richard Mahony’, que no he conseguido encontrar en castellano, es una trilogía que cuenta las aventuras de Richard Mahony, un hombre respetable acosado por una enfermedad mental, durante la época de la fiebre del oro australiana (que tuvo lugar en los años 50 del siglo XIX). Sí podemos leer en Alba Editorial otra novela de la autora, que además ya os hemos recomendado en otra ocasión: ‘El principio de la sabiduría‘.

2. ‘Tierra ignota ‘ – Patrick White (1957)

Cuenta la historia de una expedición al interior del continente australiano, comandada por  el alemán John Ulrich Voss, en 1845 (está basada vagamente en la expedición real de Ludwig Leichhardt) y seduce por sus descripciones de una Australia aún salvaje y por la profundidad de sus personajes. Fue publicado en castellano por la editorial Icaro Ediciones en 2008.

3. Poemas de Kenneth Slessor

Kenneth Slessor (1901-1971) es uno de los poetas australianos más famosos, de estilo modernista, pero no es posible encontrar ningún poema suyo en castellano.

4. ‘The broken shore’ – Peter Temple (2005)

Peter Temple es uno de los autores de novela negra más reconocidos de Australia. Este libro está protagonizado por un detective que vuelve a su pueblo natal para investigar la muerte de un hombre rico de la zona. En castellano podemos leer ‘La verdad
‘, gracias a RBA libros, también sobre una serie de asesinatos de la alta sociedad, en este caso, de Melbourne.

5. ‘Carpentaria’ – Alexis Wright (2006)

Esta novela del autor índigena Wright cuenta varias historias interconectadas que suceden en una ciudad ficticia del norte de Australia, y que tienen relación con diversos conflictos a los que se enfrenta un clan aborigen.

6. ‘ El hombre que amaba a los niños‘ – Christina Stead (1940)

Escalofriante novela de la vida familiar, de un hombre y una mujer que se odian, y de como manipulan a sus hijos para conseguir sentirse mejor.  Fue ambientada en Estados Unidos para lograr mayor proyección internacional, pero al principio pasó sin pena ni gloria. Hoy es considerada un clásico contemporáneo y está publicada en castellano por Pre-textos .

7. ‘La verdadera historia de la banda de Kelly‘ – Peter Carey (2001)

Ned Kelly fue el bandolero más famoso de la Australia de su época (años 70 del siglo XIX) y en este libro es él mismo el que nos cuenta su (verdadera) historia:  huérfano, Edipo, ladrón de caballos, granjero, reformista, asaltador de bancos, asesino de tres policías, y finalmente, el Robin Hood de Australia.  La edición española corre a cargo de El Aleph.

8. ‘For the Terms of His Natural Life’ – Marcus Clarke (1874)

La novela está ambientada en una colonia penal australiana de principios del siglo XIX, y sigue las aventuras de Rufus Dawes, un hombre condenado por un robo que no cometió, y que aún así, como todos los convictos, se ve abocado a un tratamiento cruel e inhumano.

9. ‘The transit of Venus’ – Shirley Hazzard (1980)

Cuenta la historia de dos hermanas huérfanas que, tras la segunda II Guerra Mundial, dejan Australia para iniciar una nueva vida en Inglaterra. Aunque es considerada su mejor obra, no está disponible en castellano. Sí podemos leer, sin embargo, ‘El gran incendio ‘ (editorial Destino) sobre un héroe de guerra de la II Guerra Mundial que vuelve a Japón al fin de esta, para documentarse para su próxima obra sobre las consecuencias de la contienda en una sociedad ancestral.

10. ‘La bofetada ‘ – Christos Tsolkas (2008)

Una mirada penetrante a la familia moderna a partir de un incidente conflictivo: la bofetada de un hombre, en una barbacoa, a un niño que no es hijo suyo. Lo publicó en castellano RBA libros.

http://www.libropatas.com/listas/10-titulos-imprescindibles-de-la-literatura-australiana/

El viaje

El tren sube a la montaña. Quedaron atrás los pastizales, las vacas amontonadas bajo la sombra de los cedros.
Parda tarde que se refleja en la pereza del río. En las ramas de la imponente ceiba, las aves arman su alboroto y poco después, el silencioso brillo de las luciérnagas, Dicen que entre las cuevas de la montaña viven los espantos, otros en los desfiladeros. Lo cierto es que de esos vericuetos, salen en bandada los murciélagos a su festín de frutas e insectos.
En las tierras que habito nunca ha pasado nada y nada pasará y si pasa, siempre diremos que no pasó nada.
La máquina asmática del tren puja en la cuesta, fuera, vive el vacío en los profundos desfiladeros, Algunas veces, en un silencio se escuchan golpes de agua, corrientes furiosas, remolinos que se atragantan de grandes árboles. Por un ojo de ventana llega el reflejo de un cielo hermoso y entre las ramas de los pinares el canto del pájaro de cuatrocientas voces. Ha llegado el tren a la cima y poco a poco van quedando atrás las sombras. La alborada nos ha pintado de rosa y a lo lejos, saliendo del horizonte, el sol tibio despierta el griterío de las urracas.
Algún día no escucharemos a las urracas y tampoco pasará nada.

 

tren.

Escritores de Australia

Intentaremos encontrar algunos fragmentos de la literatura de Australia y disfrutar de buena prosa.
Escritores de Australia
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De insomnios

Aquellas noches largas e insomnes han quedado atrás. Acepto que la relación es un tren en fuga, Comprendo mejor al niño que llora cuando ve partir el globo hacia el espacio. Doblo la cabeza, cierro los ojos, y entiendo que lo que inicia, termina. Duele con la pesadez de una loza, mas pasará como todos los dolores que nos invaden. Al fin y al cabo, el mazo de la vida me dice que algo debo de pagar por los encuentros felices que me diste. La óptica es diferente, tal vez para ti, sólo sea el prólogo de una libertad deseada. No lo sé.

nublado

Los ciclos

Aquellas noches quedaron atrás;
doblo la cabeza, cierro los ojos.
El mazo cae y te azota hasta en los sueños.
Duele , asfixia como la tierra que cae sobre la tumba.
Todo pasará, pasará como pasan todos los dolores de la tierra.
Entiendo,
entiendo bien que el tren corre en fuga;
comprendo al niño cuando ve que el globo se va, se pierde…
Nada es eterno y todo lo que inicia, también termina:
los ciclos se cierran
y el espacio tarde o temprano volverá a poblarse de lo que decidas.

México 2000

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La bamba como Rock, son jarocho y danza

La bamba es una canción tradicional mexicana de autor anónimo. Pertenece al género musical denominado «Son Jarocho» y es reconocida como un himno popular de la ciudad de Veracruz. 

Como danza tradicional, «La Bamba» se inscribe dentro del contexto de las llamadas «Danzas de pareja», siendo normalmente bailada por un hombre y una mujer, aunque en algunas comunidades la bailan dos o más parejas.


La versión más difundida comercialmente fue popularizada por artistas de rock and roll en los años 1950, destacándose la interpretación deRitchie Valens. Ha obtenido éxito a nivel mundial, siendo la primera y única canción en español que llegó a ocupar el primer puesto en losBillboard Hot 100

Origen:

Se presume que «La bamba» fue creada en los últimos años del siglo XVII. Inicialmente, la canción satirizaba los esfuerzos tardíos e inútiles realizados por el virrey de México para defender a los ciudadanos del puerto de Veracruzde los piratas.

Asimismo, su nombre alude también a un baile de origen español denominado «bamaba», que era popular en esa época. En los registros históricos del género tradicional llamado Son Jarocho, las referencias más antiguas que se conocen de «La bamba» provienen de la localidad de Alvarado, donde -según ellas- se interpretaba con un ritmo muy jovial y fresco, en comparación con la forma de interpretación más lenta y pausada propia de la región de Los Tuxtlas y la planicie costera de Sotavento.

Durante más de tres siglos, «La bamba» continuó siendo cantada y danzada sobre todo en Veracruz, donde adquirió un carácter muy emblemático y representativo de ese estado.

http://capsulasasisucede.blogspot.com/2013/09/las-canciones-mas-mexicanas-y-sus_11.html

 

En el vídeo se aprecia estampas del estado de Veracruz y al final un arreglo de la famosa bamba en un baile colectivo.

 

 

Es así como la cantan, este grupo  forma parte de la Universidad Veracruzana

 

De Veracruz al mundo

 

 

 

Lejanía

La cortina era agitada por la brisa y tu pelo lacio danzaba en mi pecho. Reflejaban tus pupilas una lejanía cercana al paraíso. Por un instante el golpe de nuestros cuerpos parecía coincidir con las avalanchas de agua sobre las rocas. En medio de las sibilancias, el sudor se abría paso. Mis ojos te decían que en la pre historia de mis años solo estabas tú. Desperté sin ti; nadie dijo nada. Las olas  seguían rompiéndose en el risco.

marina y tortuga

Epitafio:“Dijo el cuervo: nunca más”

“Dijo el cuervo: nunca más”

El cuervo de Edgar Allan Poe

Traducción de Julio Cortázar

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,

mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,

inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,

cabeceando, casi dormido,

oyóse de súbito un leve golpe,

como si suavemente tocaran,

tocaran a la puerta de mi cuarto.

“Es —dije musitando— un visitante

tocando quedo a la puerta de mi cuarto.

Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo

de un gélido diciembre;

espectros de brasas moribundas

reflejadas en el suelo;

angustia del deseo del nuevo día;

en vano encareciendo a mis libros

dieran tregua a mi dolor.

Dolor por la pérdida de Leonora, la única,

virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.

Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante

de la seda de las cortinas rojas

llenábame de fantásticos terrores

jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,

acallando el latido de mi corazón,

vuelvo a repetir:

“Es un visitante a la puerta de mi cuarto

queriendo entrar. Algún visitante

que a deshora a mi cuarto quiere entrar.

Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,

y ya sin titubeos:

“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón

imploro,

mas el caso es que, adormilado

cuando vinisteis a tocar quedamente,

tan quedo vinisteis a llamar,

a llamar a la puerta de mi cuarto,

que apenas pude creer que os oía.”

Y entonces abrí de par en par la puerta:

Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura

permanecí largo rato, atónito, temeroso,

dudando, soñando sueños que ningún mortal

se haya atrevido jamás a soñar.

Mas en el silencio insondable la quietud callaba,

y la única palabra ahí proferida

era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”

Lo pronuncié en un susurro, y el eco

lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”

Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,

toda mi alma abrasándose dentro de mí,

no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.

“Ciertamente —me dije—, ciertamente

algo sucede en la reja de mi ventana.

Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,

y así penetrar pueda en el misterio.

Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,

y así penetrar pueda en el misterio.”

¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,

y con suave batir de alas, entró

un majestuoso cuervo

de los santos días idos.

Sin asomos de reverencia,

ni un instante quedo;

y con aires de gran señor o de gran dama

fue a posarse en el busto de Palas,

sobre el dintel de mi puerta.

Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano

cambió mis tristes fantasías en una sonrisa

con el grave y severo decoro

del aspecto de que se revestía.

“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,

no serás un cobarde,

hórrido cuervo vetusto y amenazador.

Evadido de la ribera nocturna.

¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”

Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado

pudiera hablar tan claramente;

aunque poco significaba su respuesta.

Poco pertinente era. Pues no podemos

sino concordar en que ningún ser humano

ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro

posado sobre el dintel de su puerta,

pájaro o bestia, posado en el busto esculpido

de Palas en el dintel de su puerta

con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.

Las palabras pronuncio, como vertiendo

su alma sólo en esas palabras.

Nada más dijo entonces;

no movió ni una pluma.

Y entonces yo me dije, apenas murmurando:

“Otros amigos se han ido antes;

mañana él también me dejará,

como me abandonaron mis esperanzas.”

Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio

tan idóneas palabras,

“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice

es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido

de un amo infortunado a quien desastre impío

persiguió, acosó sin dar tregua

hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,

hasta que las endechas de su esperanza

llevaron sólo esa carga melancólica

de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía

de mis tristes fantasías una sonrisa;

acerqué un mullido asiento

frente al pájaro, el busto y la puerta;

y entonces, hundiéndome en el terciopelo,

empecé a enlazar una fantasía con otra,

pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,

lo que este torvo, desgarbado, hórrido,

flaco y ominoso pájaro de antaño

quería decir graznando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,

frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,

quemaban hasta el fondo de mi pecho.

Esto y más, sentado, adivinaba,

con la cabeza reclinada

en el aterciopelado forro del cojín

acariciado por la luz de la lámpara;

en el forro de terciopelo violeta

acariciado por la luz de la lámpara

¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire

se tornaba más denso, perfumado

por invisible incensario mecido por serafines

cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.

“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,

por estos ángeles te ha otorgado una tregua,

tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!

¡Apura, oh, apura este dulce nepente

y olvida a tu ausente Leonora!”

Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabólica!

¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio

enviado por el Tentador, o arrojado

por la tempestad a este refugio desolado e impávido,

a esta desértica tierra encantada,

a este hogar hechizado por el horror!

Profeta, dime, en verdad te lo imploro,

¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?

¡Dime, dime, te imploro!”

Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!

¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!

¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,

ese Dios que adoramos tú y yo,

dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén

tendrá en sus brazos a una santa doncella

llamada por los ángeles Leonora,

tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen

llamada por los ángeles Leonora!”

Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida

pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.

¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.

No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira

que profirió tu espíritu!

Deja mi soledad intacta.

Abandona el busto del dintel de mi puerta.

Aparta tu pico de mi corazón

y tu figura del dintel de mi puerta.

Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.

Aún sigue posado, aún sigue posado

en el pálido busto de Palas.

en el dintel de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse. ¡Nunca más!

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El Cuervo, de Edgar Allan Poe

Minibiografía

  • Edgar Allan Poe nació el 19 de enero del año 1809 en Boston. Era hijo de Elizabeth y David Poe, unos actores de teatro que fallecieron cuando él aún era muy joven.
  • Fue criado por John Allan, que en el año 1815, cuando tenía seis años, le llevó a Inglaterra y le envió a un internado privado.
  • En el año 1820 continuó estudiando en centros privados y consiguió entrar en la universidad de Virginia, donde estudió durante un sólo año. En esos momentos ya escribía poemas influenciado por otros poetas ingleses.
  • En el año 1827 ya empezó a acumular deudas que su padre adoptivo se negó a pagar, y le obligó a conseguir un trabajo para ahorrar dinero. Durante ese tiempo viajó a Boston para publicar anónimamente su primer libro, llamado ‘Tamerlán y otros poemas”.
  • Más tarde se alistó al ejército, donde sólo estuvo dos años.
  • En 1829 publicó su segundo libro de poemas llamado ‘Al Aaraf’ y consiguió reconciliarse con su padre adoptivo, John, que le consiguió un cargo en la Academia militar. Desgraciadamente a los pocos meses su superior le expulsó de su cargo.
  • Al año siguiente publicó su tercer libro llamado ‘Poemas’ y viajó a Baltimore para vivir con su tía y su prima. Su obra seguía influenciada por poetas ingleses como Milton y Shelley, y el 1832 su cuento ‘Manuscrito encontrado en una botella’ le hizo ganar un concurso de literatura.
  • En el año 1835 se casó en Boston y consiguió un trabajo como redactor en varios revistas en Filadelfia y Nueva York. Como redactor, su trabajo consistía en reseñar libros y escribir varias críticas de ellos. Eso le dio algo de fama y sus obras fueron aceptadas por la crítica.
  • En el año 1847 su mujer Virginia Clemm murió después de sufrir una larga enfermedad. Él cayó enfermo y el 7 de octubre del 1849 murió también en Baltimore.

 

Su obra

Edgar Allan Poe escribió artículos, poemas y cuentos, aunque mayoritariamente se dedicó a la poesía. Su estilo siempre estuvo influido por otros poetas ingleses, y sus primeras obras las publicó de manera anónima.

En su libro ‘El cuervo y otros poemas’, de 1845, se deja ver la tristeza y el pesimismo que le provocan la larga enfermedad y la muerte de su esposa, y desde entonces todos su poemas tendrán un aire melancólico.

De sus obras más famosas, se destaca: ‘El cuervo’, ‘Las campanas’, ‘Lenore’, ‘Los crímenes de la calle Morgue’ y ‘El misterio de Marie Rogêt’.

Fue el creador del género literario de misterio y policíaco que ahora se encuentra en la novela moderna.

Un cuento elogiado por Cortázar

El barril de amontillado

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.
Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.
Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.
Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.
-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.
-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!
-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
-¡Amontillado!
-Tengo mis dudas.
-¡Amontillado!
-Y he de pagarlo.
-¡Amontillado!
-Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. Él es un buen entendido. Él me dirá…
-Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.
-Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.
-Vamos, vamos allá.
-¿Adónde?
-A sus bodegas.
-No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi…
-No tengo ningún compromiso. Vamos.
-No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.
-A pesar de todo, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.
Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas.
Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors.
El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.
-¿Y el barril? -preguntó.
-Está más allá -le contesté-. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.
Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.
-¿Salitre? -me preguntó, por fin.
-Salitre -le contesté-. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?
-¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!…!
A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.
-No es nada -dijo por último.
-Venga -le dije enérgicamente-. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío. Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos. Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi…
-Basta -me dijo-. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.
-Verdad, verdad -le contesté-. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.
Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.
-Beba -le dije, ofreciéndole el vino.
Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludó con familiaridad. Los cascabeles sonaron.
-Bebo -dijo- a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.
-Y yo, por la larga vida de usted.
De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.
-Esas cuevas -me dijo- son muy vastas.
-Los Montresors -le contesté- era una grande y numerosa familia.
-He olvidado cuáles eran sus armas.
-Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.
-¡Muy bien! -dijo.
Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.
-El salitre -le dije-. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos…
-No es nada -dijo-. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.
Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender.
Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.
-¿No comprende usted? -preguntó.
-No -le contesté.
-Entonces, ¿no es usted de la hermandad?
-¿Cómo?
-¿No pertenece usted a la masonería?
-Sí, sí -dije-; sí, sí.
-¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?
-Un masón -repliqué.
-A ver, un signo -dijo.
-Éste -le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.
-Usted bromea -dijo, retrocediéndo unos pasos-. Pero, en fin, vamos por el amontillado.
-Bien -dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.
Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París.
Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.
En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.
-Adelántese -le dije-. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi…
-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.
En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.
-Pase usted la mano por la pared -le dije-, y no podrá menos que sentir el salitre. Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.
-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.
-Cierto -repliqué-, el amontillado.
Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tardé en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.
Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás.
Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.
Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:
-¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je!, a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!
-El amontillado -dije.
-¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.
-Sí -dije-; vámonos ya.
-¡Por el amor de Dios, Montresor!
-Sí -dije-; por el amor de Dios.
En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:
-¡Fortunato!
No hubo respuesta, y volví a llamar.
-¡Fortunato!
Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. In pace requiescat!

Tomado de ciudad Seva

 

Que se las lleve el diablo de Nadime Gordimer, premio Nobel

Que se las lleve el diablo.
Un hombre que había tenido mala suerte con las mujeres decidió vivir solitario por un tiempo. Dos veces se había casado por amor. Despejó la casa de cuanto de alguna manera se le había escapado a su abnegada segunda esposa cuando se largó con las posesiones favoritas que juntos habían coleccionado -cuadros, cristal fino, hasta los mejores vinos sacados de la cava-; botó los libros en cuya guarda la primera mujer había escrito, amorosa, su nuevo nombre de casada. En seguida se fue de vacaciones sin llevar consigo a ninguna mujer. Por primera vez, que pudiera recordar.
Pero aquellas rameras y vagabundas de quienes se creyó enamorado habían resultado tan infieles como las honestas esposas que juraron quererlo eternamente.
Se fue solo a un balneario donde las rocas lanzaban el mar hacia arriba en forma de abanicos ásperos y la marea siseaba y se chupaba las charcas. No había arena. Sobre piedras, semejantes a confites hirvientes, a rayas, punteadas o estriadas, la gente -las mujeres- se acostaba en colchonetas descoloridas por la sal y se acariciaba con aceites aromáticos. Aquel año llevaban el cabello recogido y sujeto por gorros elásticos de flores artificiales, o chorreaba suelto -al salir del agua con cuentas cristalinas como joyas sobre sus brillantes miembros- y cogido por hebillas doradas que intercambiaban señales luminosas con las candongas que formaban un aro en sus orejas. Los senos iban desnudos y sobre el pubis vestían triángulos invertidos de tela fosforescente, asegurados por un cordón que subía por la división entre las nalgas, para encontrarse con dos cordones que bajaban del vientre y las caderas. En su línea de visión, mientras se alejaban hacia el mar, parecían totalmente desnudas; cuando subían del mar, acezando de placer, en dirección a su línea de visión, sus pechos danzaban y se colgaban al agacharse; reían mientras recogían toallas, peines y bronceador. Los cuerpos de algunas tenían diseños parecidos a telas estampadas: listones y parches blancos o rojos donde la ropa había tapado algunos trozos de sus cuerpos de la llameante inmersión en el sol. Otras tenían los pezones en carne viva, como fresas, y se podía observar que a duras penas soportaban tocarlos con bálsamo. Había hombres, pero él no los veía. Cuando cerraba los ojos y oía el mar alcanzaba a oler a las mujeres -el aceite.
Nadaba mucho; adentrándose en la serena bahía, entre surfistas crucificados contra sus vistosas velas, o más cerca a la orilla, donde la espuma le golpeaba la cabeza bajo aludes de aguas blancas. Un cardumen de madres jóvenes andaba con sus infantes por las aguas poco profundas. Desnudos, apoyados contra su carne blanda, los niños se aferraban a ellas, tan recientemente separados de allí que parecían aún formar parte de aquellos cuerpos femeninos en los que habían sido sembrados por varones como él. Se acostaba sobre las piedras a secarse. Le gustaba su roce duro y se retorcía para ajustar sus huesos a ellas, hundiéndolos con sus movimientos hasta que lograba acomodarlos en las depresiones, de suerte que las curvas de su cuerpo, más que ofrecer resistencia, fuesen recibidas por ellas. Dormía, y despertaba para ver piernas afeitadas pasar junto a su cabeza -mujeres-. Gotas desprendidas de los cabellos mojados de aquellas caían sobre sus hombros cálidos. A veces se encontraba nadando bajo el agua, debajo de ellas, y su cuerpo de piel áspera pasaba rozándolas, como un tiburón.
Como suelen hacer los hombres cuando están solos, echaba piedras al mar, recordando -recuperando- el arte de lograr hacerlas besar la superficie saltando. Acostado boca abajo fuera del alcance de los últimos arroyuelos, colaba puñados de piedras pulidas por el mar, entresacaba algunas y, de cerca, comenzaba a verlas como los adultos han dejado de ver: como un niño mira y remira una flor, una hoja o una piedra, siguiendo sus vetas aluviales, sus fragmentos de color misteriosos, las placas de mica allí sepultadas, sintiendo (lo hacía) su forma de huevo o de rombo, pulida por la mano aceitosa y acariciadora del mar.
No todas las piedras eran en realidad piedras. Había óvalos ambarinos aplanados que el océano, tallador de gemas, había pulido a partir de botellas de cerveza quebradas. Había cabujones de vidrios azules y verdes (otra botella ahogada) que podrían haber pasado por aguamarinas o esmeraldas. Los niños los recogían en gorras o en baldes. Y una tarde, entre tales tesoros, mezclados con trozos de espuma de estireno -desechos de barcos de carga-, y con otras echazones que se arrojan al mar y flotan de nuevo para ser botadas otra vez en las playas de todo el mundo, encontró en las piedras con las que ocupaba una mano, como un monje que pasa las cuentas de su camándula, un auténtico tesoro. Entre los pedruscos de vidrio de color había un anillo de diamante y zafiro. No estaba sobre la superficie de la playa pedregosa, así que era evidente que ninguna mujer lo había dejado caer aquel día. Alguna querida, algún tesoro del hombre rico (o alguna esposa oculta), al zambullirse desde un yate, allá lejos, con sus joyas puestas mientras se iba despojando con elegancia de otros ropajes, debió sentir que uno de los anillos se le resbalaba del dedo por acción del agua. O no lo sintió, solo lo percibió al regresar a cubierta, y corrió a buscar la póliza de seguros, mientras el mar arrastraba el anillo cada vez más hondo; y luego, cansándose de él con el correr de los días, de los años, y empujándolo con lentitud, lo echó afuera, y lo tiró a tierra. Era un anillo hermoso. Un zafiro, largo y oblongo, circundado de chispas redondas; y a lado y lado de este brillante montículo, un diamante tallado en forma de baguette que servía de puente a un círculo grabado.
Aunque lo había sacado de una profundidad de más de seis pulgadas mientras excavaba con sus dedos al azar, miró a su alrededor, como si la dueña tuviera que estar allí, de pie, encima de él.
Pero ellas se estaban embadurnando, estaban secando a los infantes con las toallas, se depilaban las cejas observándose en espejos diminutos, estaban sentadas con las piernas cruzadas y los senos apoyados sobre las mesas bajas donde el mesero del restaurante había colocado sus ensaladas y botellas de vino blanco. Subió al restaurante a llevar el anillo: tal vez alguien hubiese informado de una pérdida. La administradora se echó hacia atrás, como si un reducidor le hubiese estado ofreciendo bienes robados. Es valioso. Llévelo a la policía.
La sospecha despierta la atención; tal vez hubiera, en este lugar extranjero, algún motivo para sospechar, aun de la policía. Si nadie reclamaba el anillo, alguno de los lugareños se lo embolsillaría. Así pues, qué importaba -y lo echó en su propio bolsillo, o mejor, en la bolsa donde guardaba el dinero, las tarjetas de crédito, las llaves del carro y las gafas de sol. Y regresó a la playa, a acostarse otra vez sobre las piedras, entre las mujeres. A pensar.
Puso un aviso en el periódico local: Hallado anillo en la Playa Horizonte Azul, el martes primero, junto con el teléfono y el número de su habitación en el hotel. La administradora tenía razón: hubo muchas llamadas.
Algunas de hombres que aducían que, en efecto, sus esposas, madres o novias habían de veras perdido un anillo en aquella playa. Cuando les pedía que lo describieran corrían el albur: un anillo de diamante. Pero cuando los presionaba, pidiéndoles más detalles, solo les quedaba la mentira. Si una voz de mujer era lisonjera, congraciadora (incluso llorosa a veces), identificable como la de una estafadora de mediana edad, colgaba en el momento en que ella intentaba describir su anillo perdido. Pero si la voz era atractiva y a veces claramente juvenil, suave, aun vacilante en su mentirosa osadía, le pedía a su dueña que viniera al hotel a reconocer el anillo.
Descríbalo.
Las sentaba cómodamente frente al balcón abierto para que la luz del mar indagara en sus rostros. Solo una lo convenció de haber de veras perdido un anillo; lo describió en detalle y se marchó, apesadumbrada por haberlo molestado. Otras -algunas bastante atractivas o incluso muy, muy bonitas, vestidas para seducir- se habrían conformado con un resultado diferente de la visita si no lograban salirse con la suya al inventar su descripción del anillo. Parecían calcular que un anillo es un anillo: si es valioso, debe tener diamantes, y una o dos tuvieron el ingenio suficiente para decir que sí, que llevaba otras piedras preciosas, pero era una herencia (abuela, tía) y no sabían en realidad los nombres de las piedras.
¿Y el color? ¿La forma?
Se marchaban como ofendidas; o si reían con nerviosismo culpable era que solo habían venido por aventurarse, para divertirse un poco. Y era bien difícil deshacerse de ellas de manera educada.
Pero hubo una cuya voz era diferente a la de cualquiera de las demás llamadas, quizás la voz dominada de una cantante o actriz, que expresaba timidez. Había perdido toda esperanza. De encontrarlo… mi anillo. Había visto el aviso y pensado no, no, es inútil. Pero ¿y si había una posibilidad en un millón…? Le pidió que viniera al hotel.
Con seguridad tenía cuarenta años, una belleza innata de grandes ojos serenos de un gris verdoso, que solo necesitaba ayuda para conservar el color negro azabache de su cabello, que, comenzando en un penacho de forma de pico que se elevaba sobre la frente curva, se recogía en un bucle sobre la coronilla, brillante como plumas suavizadas. No había huellas de ningún pliegue allí donde se unían sus senos, firmemente separados en el escote de su vestido, tan negro como el cabello. Tenía manos hechas para anillos; extendió unos dedos largos, volteó las palmas hacia afuera: Y entonces se perdió; vio su reflejo por un instante en el agua.
Descríbalo.
Lo miró a los ojos, volvió la cabeza para apartar la mirada, y comenzó a hablar. Muy trabajado, dijo, platino y oro… Usted sabe, es difícil de precisar cuando se trata de un objeto que uno ha usado durante tanto tiempo, que ya ni lo nota. Un diamante grande… varios. Y esmeraldas, y piedras rojas… rubíes, pero creo que se habían caído antes… Fue al cajón del escritorio tocador y de debajo de unas carpetas que describían restaurantes, programas de TV por cable y servicios disponibles en la habitación, extrajo un sobre. Aquí tiene su anillo, dijo. Los ojos de la mujer no cambiaron. Lo extendió hacia ella. Su mano se dirigió lenta hacia él, como si nadara bajo el agua. Tomó el anillo y comenzó a ponérselo en el dedo del corazón de la mano derecha. No le servía, pero ella corrigió su movimiento con veloz acto de prestidigitación y se lo deslizó sobre el dedo anular, donde se acomodó.
La llevó a cenar y no se hizo alusión al tema. Nunca jamás. Ella se convirtió en su tercera esposa. Viven juntos y no hay entre ambos más cosas no dichas que las que se dan en otras parejas.
Dotada de un oído perfecto y una formidable imaginación, Nadine Gordimer ofrece una orquesta de extrañas voces narrativas en las que ninguna nota suena falsa. Y como siempre , su visión se salva del sentimentalismo por una rigorosa ironía.
Zoe Heller, Independent Sunday.
Nadine Gordimer nada como pez en el agua en el cuento y en El Salto alcanza una maestría, insuperable en este género: Escribe sobre negros y sobre blancos pero su atenta mirada alcanza a percibir algo gris allí. Se podría denominar naturaleza humana y seria correcto.
Pero su verdadero tema es el hombre como en el caso de todos los grandes escritores.
Sobre el autor:
NADINE GORDIMER. SPRINGS (SURÁFRICA), 1923.
Valorada por su estilo apasionado y ameno. Su obra se nutre de los sentimientos de frustración social y política en una Suráfrica dividida racialmente, y refleja su postura crítica a la censura política y al racismo. Nació en una familia judía de clase media y estudió en la Universidad de Witwatersrand. Publicó su primer cuento a los 15 años. Después de La suave voz de la serpiente (1956), su primer libro importante de cuentos, publicó Seis pies de tierra (1956), La huella del viernes (1960, ganadora del premio literario W.H. Smith and Son de 1961 y No para publicarlo (1960). Estos libros narran incidencias de la vida cotidiana en Suráfrica. Sus novelas Mundo de extraños (1958), Ocasión para amar (1963) y El desaparecido mundo burgués (1966) también abordan estos temas. Gordimer presenta la situación de la gente de color con gran sensibilidad para expresar los sentimientos encontrados de la gente blanca liberal, forzada a vivir en un sistema que creen equivocado. Su novela El conservador (1974), que describe cómo un hombre blanco explota a sus empleados negros para su lucro personal, compartió en 1974 el premio Booker. La hija de Burger (1979) explora los sentimientos divididos de una mujer blanca sobre el apartheid cuando su padre comunista es encarcelado por oponerse al sistema. Gente en julio (1981) mira hacia el futuro retratando una familia blanca que logra huir de una guerra civil gracias a la ayuda de sus criados negros. En La historia de mi hijo (1990) un joven negro trata de entender los conflictos de la vida privada y pública de su padre. En 1991, Gordimer ganó el Premio Nobel de Literatura. En 1994 escribió la novela Nadie que me acompañe.

nadime

El perro aterrado

Adaptación del cuento popular de la India

Érase una vez un perro llamado Kutta que vivía en una gran ciudad de la India. No tenía dueño y se dedicaba a vagar por las callejuelas olfateando todas las esquinas,  casi siempre buscando algo para comer.
Su vida era tan solitaria que solía recurrir a la imaginación para hacerse una idea de cómo eran las cosas, de cómo funcionaba el mundo. Se puede decir que Kutta se pasaba el día haciendo conjeturas de esto, lo otro y lo de más allá.
Por ejemplo, si una señora lanzaba a la vía pública las sobras del caldo, él pensaba:
– ‘¡Oh, qué generosa es esa mujer! Seguro que me ha visto, se ha dado cuenta de que tengo hambre, y muy amablemente ha tirado los huesos para que yo me los zampe.’
O si un chaval arrojaba un palo al aire, sonreía y se decía a sí mismo:
– ‘¡Qué chico tan simpático! Lo lanza lejos porque sabe que a los perros nos encanta ir a buscar palitos y pelotas. Estoy convencido de que lo que quiere es jugar conmigo y que si pudiera me adoptaría.’
Kutta veía la vida a su manera, desde su punto de vista particular, y era feliz.
Sucedió que un día pasó por delante de una verja que servía para delimitar un espléndido jardín. Casualmente, el portón de entrada estaba abierto de par en par.
– ¡Oh, qué sitio tan bonito! … ¡Y no parece peligroso! Daré una vueltecita a ver qué encuentro.
Kutta entró y se paseó tan campante, como si fuera el señor de la propiedad, entre árboles altísimos y flores exóticas. Por fin, después de un largo recorrido, llegó a un estanque lleno de pececitos azules.  Ante una visión tan encantadora comenzó, como siempre, a fantasear.
– ¡Oh, qué preciosidad! Esto debe ser el paraíso en la tierra porque todo en este lugar es maravilloso. Me  apuesto la cena de esta noche a que aquí vive un príncipe.
Rodeó el estanque, cruzó una arboleda, y ante sus ojos apareció un increíble palacio de mármol, coronado por una cúpula dorada que relucía bajo el sol.
– Ma… ma… ¡madre mía, qué pasada de casoplón!
Tras el impacto inicial, a Kutta le faltó tiempo para retomar su manía de sacar conclusiones de todo.
– ¡¿Pero dónde estoy?!… ¡Este lugar es alucinante! A la vista está que el dueño es  alguien muy inteligente porque para conseguir esta mansión hay que ser espabilado y saber cómo ganar mucho dinero.
Jamás había visto nada tan hermoso. Fascinado, siguió haciendo cábalas.
– Lo que está clarísimo es que se trata de una persona elegante, apuesta, de exquisito gusto. ¡Seguro que viste las mejores sedas del país y adora las joyas!
Kutta se moría de ganas de entrar, por lo que dejándose llevar por sus cuatro patas flacuchas se plantó en la impresionante escalinata de la entrada.  No vio a nadie y siguió barruntando quién sería el afortunado poseedor de esa casa tan fabulosa.
– No hay duda de que quien vive aquí es una persona muy feliz. ¡Imposible ser desdichado cuando se tiene tanto!… Sí, es innegable que su vida es maravillosa.
Kutta estiró el cuello y subió de puntillas los escalones, actuando como si fuera  un tipo distinguido acudiendo a un baile de gala. Al llegar arriba, se sorprendió.
– ¡Anda, pero si esta puerta también está abierta!
Levantó las orejas y solo escuchó el canto de los pajarillos.
– ¡Voy a investigar, pero lo haré muy rápido no vaya a ser que aparezca alguien por sorpresa y me meta en un buen lío!
Kutta pasó a toda velocidad y apareció en un inmenso salón cuyas paredes estaban cubiertas de arriba abajo por muchos espejos diferentes. El pobre nunca había visto ninguno y no sabía lo que eran, por lo que al entrar se encontró un montón de perros corriendo en dirección contraria… ¡hacia donde él estaba! Su reacción fue mostrar los colmillos para infundir miedo a sus enemigos, pero en ese mismo instante, todos los sabuesos levantaron el hocico y también le enseñaron los dientes.
Kutta sintió tanto terror que se quedó paralizado, en el centro de la sala, sin ni siquiera pestañear. En medio del pánico se le ocurrió gruñir apretando fuertemente las mandíbulas; la respuesta fue que inmediatamente todos los perros tensaron la cara y le gruñeron a él. ¡Estaba literalmente rodeado!
– Esto es el final… ¡No tengo escapatoria!… ¿O sí?
Movió las pupilas y pudo ver que la puerta estaba a escasa distancia. Sin pararse a pensar ni mirar atrás salió escopetado y apareció en el soleado jardín. Una vez allí corrió y corrió durante al menos cien metros, hasta que se dio cuenta de que nadie le seguía. Entonces, frenó en seco, se giró hacia la fachada del fastuoso palacio, y una vez más empezó a elucubrar.
– ¡Oh, qué raro!… Había por lo menos treinta perros y ninguno me ha perseguido. ¡Eso es porque en el fondo son tan cobardes que no se atreven a salir al exterior!
Kutta se sentó un rato en la hierba para recuperar el aliento y bajar las pulsaciones del corazón. Cuando se encontró más calmado se levantó y tomó el camino de vuelta,  completamente convencido de que los perros que había visto en el salón del palacio existían de verdad. Una lástima, porque si se hubiera dado cuenta de su error,  habría aprendido algo muy importante: que la imaginación nos puede jugar malas pasadas y que no podemos pasarnos el día hablando de lo que no sabemos por la sencilla razón de que las cosas no siempre son lo que parecen.

Adaptación de CRISTINA RODRÍGUEZ LOMBA

perro.

Luis Arcaraz el compositor, el cantante y el director de orquesta

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Prisionero del mar, se le mira en 1947 figurando al lado de «Bésame mucho» «Chacha linda» «lo siento por ti» Incontables versiones por diferentes cantantes, escuchemos al colombiano Victor Hugo Ayala  (me encantó, nunca lo había escuchado)

 

Arturo chacón con bonita

«Originario de Sonora, México, es un tenor con una emocionante y exitosa carrera internacional que se ha consolidado en los teatros de mayor renombre y las más importantes salas de concierto en todo el mundo. Ha cantado más de 50 papeles en más de 25 países.

En los últimos meses se presentó en Macao y Palermo (Elixir de Amor), Moscú (La Traviata), Génova y Budapest (La Rondine), Los Angeles, (Rigoletto), Oviedo (Tosca), Barcelona (Werther), Monte Carlo (Des Grieux en Manon), Palermo y Zurich (Don José en Carmen), Roma, Munich y Valencia (Alfredo en La Traviata), Moscú (La Damnation de Faust), Los Angeles y Viena (Macduff en Macbeth), San Francisco y Hamburgo (La Boheme), la Arena de Verona con Rigoletto y con una Noche Española acompañando a Plácido Domingo. También se presentó en el Royal Festival Hall de Londres con un concierto de música mexicana con la Filarmónica de Londres…»

La versión de Juanga

No es de mi agrado, pues lo hace monótono.

 

 

El maestro: compositor, cantante y el director de orquesta