La coma antes y después de los adverbios

¿Es correcto el uso de comas antes y después de los adverbios como en el caso de los conectivos?

Respuesta de Castellano Actual:

Estimada Guadalupe:

Según la Nueva gramática de la lengua española (2011: 2358) la mayor parte de los adverbios y las locuciones adverbiales que se emplean como conectores discursivos, se caracteriza por su relativa independencia fónica y sintáctica respecto de la oración, por tanto, es frecuente que aparezcan precedidos o seguidos de pausa, y también suelen formar grupo entonativo propio: La experiencia del viaje, con todo, resultó muy positiva; Por cierto, supe que ayer encontraste a Pedro y a Juan en la fiesta. Se trata, en la mayoría de los casos, de los llamados «conectores parentéticos».

Sin embargo, como refiere Estrella Montolío (2000: 113), existen algunos conectores «integrados en la oración» que no van entre pausas y presentan un elemento subordinante en su formación, que puede ser la conjunción subordinante que (a pesar de quesalvo quedado que) como una preposición, generalmente de (a pesar deen vista dea fin de) o a (pese adebido a): En caso de que no consiga trabajo en Piura, se tendrá que ir a Lima.

Castellano Actual

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http://udep.edu.pe/castellanoactual/duda-resuelta-coma-antes-y-despues-de-los-adverbios/

La quinta de las celosías Amparo Davila

Había anochecido y Gabriel Valle estaba listo para salir. Solía ponerse la primera corbata que encontraba sin preocuparse de que armonizara con el traje; pero esa tarde se había esforzado por estar bien vestido. Se miró al espejo para hacerse el nudo de la corbata, se vio flaco, algo encorvado, descolorido, con gruesos lentes de miope, pero tenía puesto un traje limpio y planchado y quedó satisfecho con su aspecto. Antes de salir leyó una vez más la esquela y se la guardó en el bolsillo del saco. En la escalera se encontró con varios compañeros. Todos comentaron su elegancia; recibió las bromas sin molestarse y se detuvo en la puerta para preguntar a la portera cómo iba su reúma.
—Está usted muy contento, joven — dijo la vieja, que estaba acostumbrada a que pasaran frente a ella y ni siquiera la vieran. En la mañana, cuando le llevó la carta, lo encontró tumbado sobre la cama, sin hablar, fumando y viendo el techo. Ella la había dejado sobre el buró y se había salido. Así eran esos muchachos, de un humor muy cambiante.
Gabriel Valle caminaba por las calles con pasos largos y seguros, se sentía ligero y contento. Quedaban aún restos de nubes coloreadas en el cielo. No había mucha gente. Los domingos las calles se encuentran casi solas. A él le había gustado siempre caminar por la ciudad al atardecer, o a la medianoche; caminaba hasta cansarse, después se metía en algún bar y se emborrachaba suavemente; entonces recordaba a Eliot… «vayamos pues, tú y yo, cuando la tarde se haya tendido contra el cielo como un paciente eterizado sobre una mesa; vayamos a través de ciertas calles semidesiertas… (a veces nadie lo oía, pero a él no le importaba) la niebla amarilla que frota su hocico sobre las vidrieras lamió los rincones del atardecer… (otras veces venían los músicos negros y se sentaban a escucharlo, sin lograr entender nada, o improvisaban alguna música de fondo para acompañarlo) ¡y la tarde, la noche, duerme tan apacible! alisada por largos dedos, dormida, fatigada… (el cantinero le obsequiaba copas) ¡no! no soy el príncipe Hamlet ni nací para serlo; soy un señor cortesano, uno que servirá para llenar una pausa, iniciar una escena o dos… («¿Quién es ese tipo que recita tantos versos?» preguntaban a veces los parroquianos), «nos hemos quedado en las cámaras del mar al lado de muchachas marinas coronadas de algas marinas rojas y cafés hasta que nos despiertan voces humanas y nos ahogamos…» entonces se iba con la luz del día muy blanca y muy hiriente a ahogarse en el sueño.
Unas chicas que andaban en bicicleta por poco lo atropellaron, pero aquel incidente no le provocó el menor disgusto. Era tan feliz que no podía enojarse por la torpeza de unas muchachas. Se sentía generoso, comprensivo, comunicativo también. Le hubiera gustado saludar cortésmente a todos los que encontraba a su paso, aun sin conocerlos: «¡Buenas tardes, o buenas noches, señora!», «¡Adiós, señor, que la pase bien!» «Permítame que le ayude a llevar la canasta», hubiera querido decirle a una pobre vieja que llevaba un canastón de pan sobre la cabeza. Llegó a la esquina donde tenía que esperar el tranvía, empezaron a caer gotas de lluvia. Se levantó el cuello del saco y se refugió bajo el toldo de una tienda de abarrotes… ¡Qué mal se había sentido aquella vez que acompañó a Jana hasta su casa, después de insistirle mucho que se lo permitiera; ella siempre se negaba, aquella vez accedió con desgano. Lloviznaba cuando llegaron a la quinta, pensó que lo invitaría a entrar mientras la lluvia pasaba, «será mejor que te vayas rápido, para que no te mojes» había dicho Jana mientras abría la reja y se alejaba hacia la casa sin volverse. Pensó tantas cosas en aquel momento. Nunca se había sentido tan humillado. Se quedó un rato contemplando la quinta, después se alejó caminando lentamente bajo la lluvia. Por el camino se tranquilizó y llegó a la conclusión de que todo había sido una mala interpretación de su parte. Jana no era capaz de ofender a nadie, mucho menos a él; tal vez le había parecido inconveniente invitarlo a pasar a esa hora, por vivir sola… El tranvía llegó y Gabriel Valle lo abordó de varias zancadas para no mojarse. Se acomodó al lado de una muchacha muy pálida y muy flaca, que apretaba nerviosamente entre las manos unos guantes sucios («esta mujer está muy angustiada») y sintió entonces un gran deseo de poder trasmitir a los demás siquiera un poco de aquella felicidad que ahora tenía. La muchacha flaca revolvía dentro del bolso buscando algo. . .
—Parece que ya no llueve —dijo él para iniciar una conversación.
—Pero lloverá más tarde —repuso ella en tono amargo—; no es ya suficiente que sea domingo, sino que llueva… Lo miró entonces con una mirada fría, totalmente deshabitada; él sintió que se había asomado al vacío.
— ¿Le entristecen los domingos?
— Los domingos y todos los días, pero… —se puso a mirar por la ventanilla mientras sus manos seguían estrujando los viejos guantes. De pronto continuó:
—Los domingos son tan largos, uno tiene tantas cosas que hacer y sin embargo no se quiere hacer nada, da una pereza horrible tener que lavar y planchar la ropa para la semana… después se acaba el domingo y uno se acuesta sin poder recordar nada, sino que pasó un domingo más, igual que todos los otros…
¡Pobre muchacha! Lo que le pasaba era que debía sentirse muy sola, no había de tener quien la quisiera, y era bien fea; sería difícil que encontrara marido o novio así de flaca y desgarbada; el pelo seco y mal acomodado, los ojos inexpresivos, los labios contraídos, la pintura corrida, y tan mal vestida, tan amarga… Recordó entonces a Jana y la satisfacción asomó a su rostro.
—. y la lluvia —seguía diciendo la muchacha flaca— siempre la lluvia a toda hora, todos los días… ¿o es que a usted le gusta la lluvia?
—Muchas veces me molesta, claro está, sobre todo cuando hay que salir, pero es tan agradable oírla de noche, cuando ya no hay más ruido que el de ella misma, cayendo lenta, continuadamente, fuera y dentro del sueño…
La muchacha lo interrumpió: —»Me quedo en la próxima parada, que le vaya bien»— y ella se fue toda flaca y toda amarga hasta la puerta de salida. Se corrió entonces al asiento de la ventanilla. Le gustaría hacer un largo viaje, en tren, con Jana; ver pasar distintos paisajes, no tener que preocuparse por nada, conocer juntos muchas cosas, ciudades, gentes, tener dinero para gastar, y gastarlo sin pensar; sería bueno poder hacer el equipaje y partir, ahora mismo, mañana… Subió una pareja de jóvenes, la muchacha se sentó al lado de Gabriel y él se quedó de pie junto a ella; se veían muy contentos, platicaban en voz baja, cogidos de la mano, reían… Los miraba con gusto («también son felices») ; le hubiera gustado tener esa confianza con Jana, esa sencilla intimidad, pero era tan tímida, tan delicada, no se atrevía ni siquiera a tomarle una mano por temor a molestarla, ¡cuánto trabajo le había costado comenzar a salir con ella!
—Siempre me ha parecido una muchacha hosca, huraña y hasta agresiva; tal vez se siente muy superior a todos nosotros —le dijo un día Miguel.
—Estás muy equivocado, lo que sucede es que Jana es muy tímida, pero yo la entiendo bien, además ha sufrido mucho, la forma como murieron sus padres fue terrible…
—No discuto eso, claro que fue una verdadera tragedia, pero…
—El dolor hace que las gentes se encierren en sí mismas y se muestren aparentemente hoscas; pero es sólo un mecanismo de defensa, una barrera inconsciente para protegerse de cualquier cosa que les pueda hacer daño nuevamente…
—Puede ser… pero también puede ser cosa propia de su temperamento alemán —dijo Miguel. No cabía duda de que a Miguel no le simpatizaba Jana, y no era de extrañar. Miguel tenía cierta torpeza interior que no le permitía penetrar en los demás, él entendería de fútbol, de rock and roll, de tonterías, ¡qué superficial era!
—Y siempre huele a formol y a balsoformo…
Gabriel se había ido sin contestarle, ¡qué estúpido podía ser cuando se lo proponía! Si bien era cierto que al principio a él también le resultaba muy desagradable aquel olor que despedía Jana, parecía que estaba impregnada totalmente de él, y así tenía que ser, pues manejaba todos los días aquellas sustancias. Pronto se había acostumbrado y no le molestaba más. Cuando se casaran no le permitiría que siguiera en el anfiteatro ¡y vaya que le iba a costar mucho disuadirla! Porque tomaba demasiado en serio aquel trabajo; le parecía sumamente interesante y estaba convencida de que llegaría a ser una magnífica embalsamadora; había estudiado los procedimientos de que se valían los egipcios para conservar sus muertos; conocía muchos métodos diversos y tenía fórmulas propias que estaba perfeccionando y que pensaba poner en práctica muy pronto; además estaba escribiendo un libro…, esto le había dicho aquella tarde en que él se había arriesgado a tocar el tema. ¡Sí que iba a resultar difícil! El Dr. Hoffman también protestaría; él la había llevado a trabajar al hospital y era su colaboradora. ¡Y qué mal genio tenía el viejo! Cuando algo le salía mal se restregaba las manos, escupía, se rascaba el mentón, mascaba algo imaginario… ¡pero qué extraordinario cirujano era! Aquella trepanación parietal que… Gabriel se dio cuenta que ya era su parada y apresuradamente se levantó.
Había dejado de llover; olía a tierra húmeda y a hierba mojada. Estaba fresco pero no hacía frío. Resultaba agradable caminar por aquella larga avenida de cipreses que conducía a la quinta. Miró el reloj, faltaban veinte minutos para las ocho. Llegaría a tiempo. La esquela decía que lo esperaba a las ocho.
Se debia de vivir muy tranquilo por allí; sin ningún ruido, con tanto aire puro, pero estaba muy retirado y muy solo. No le gustaba que Jana hiciera ese recorrido por las noches. Resultaba peligroso para cualquiera; había pocas casas y poca gente; si uno gritaba ni quién lo oyera. En los periódicos siempre aparecían noticias de asaltos y de… No le haría ningún reproche a Jana por aquel silencio, ¡pobrecita! también ella debía haber sufrido. Más de un mes había pasado sin tener noticias. Le parecía inexplicable aquella actitud de Jana. Recordó aquellas noches que fue hasta la quinta tratando inútilmente de verla, o aquellas largas esperas en la puerta del anfiteatro… Sus dedos palparon el sobre y sintió un gran alivio; con esto había terminado la angustia. Lo mejor sería casarse pronto; una ceremonia sencilla, sin invitados; les avisaría a sus padres cuando ya estuvieran casados, así no podrían oponerse; los conocía bien, su madre era capaz de enfermar, de ponerse grave, tal vez hasta de morirse. ¿Pensaría Jana que vivieran en la quinta? No sabría qué decidir. No se atrevería a llevarla a la pensión: un cuarto solamente, una cama estrecha y dura, el baño compartido con veinte estudiantes, y la comida tan mala, que se quedaría siempre sin comer. Tendría que hacer a un lado su orgullo y venirse a la quinta. Por lo menos podría estudiar tranquilo, sin ruido de tranvías, sin gente molesta, solo él con Jana…
Cuando llegó, la quinta se hallaba como de costumbre a oscuras; las celosías no permitían que la luz del interior se filtrara. La reja estaba sin candado, Gabriel llegó a través del jardín hasta la puerta de la casa y tocó el timbre. Oyó el sonido de una campanilla, volvió a tocar. Por fin abrieron. Allí estaba Jana, con un vestido de seda gris, casi blanco, pegado al cuerpo; el pelo rubio suelto cayendo suavemente sobre los hombros. Lo saludó como si lo hubiera visto el día anterior. Muy desconcertado la siguió a través de un oscuro pasillo hasta el salón profusamente iluminado. Era una sala con muebles imperio, con muchos cuadros, la mayoría retratos, tibores, lámparas, gobelinos, bibelots, un piano alemán de media cola, estatuillas de mármol, una gran araña colgando en el centro del salón…
—Éstos son los retratos de mis padres —dijo de pronto Jana mostrándole dos retratos colocados sobre la chimenea.
—Muy bien parecidos —repuso cortésmente Gabriel.
—Sí, eran realmente hermosos… los retratos por otra parte son bastante buenos. Los hizo un pintor austríaco desterrado, a quien mi padre protegía. Me encanta el color y la pureza del tratamiento: observa la frescura de la tez, la humedad de los labios, parece como si estuvieran…
El sonido de unos pasos en el corredor interrumpió a Jana, se volvió y miró hacia la entrada; también Gabriel pensó que alguien iba a aparecer.
Mira qué bello piano —dijo Jana, a tiempo que lo abría y acariciaba las teclas— mamá tocaba maravillosamente.
—¿Tú también tocas? —preguntó Gabriel interrumpiéndola.
—Me gustaba oírla tocar —continuó ella como si no hubiera oído la pregunta de Gabriel—; por las noches interpretaba a Mozart, a Brahms, mi padre leía los periódicos, yo la escuchaba embelesada… sus manos eran finas, los dedos largos, ágiles, tocaba dulcemente, casi con sordina, nos decía tantas cosas cuando tocaba… Otra vez los pasos llegaron hasta la puerta, Gabriel se quedó esperando… nadie entró. Jana subió una ceja como solía hacerlo cuando algo le desagradaba y cerró el piano bruscamente. Le ofreció un cigarrillo a Gabriel y lo invitó a sentarse. Ella se acomodó en una butaca grande, tapizada con terciopelo verde oscuro, distinta de los demás muebles. Gabriel se encontraba muy incómodo en aquella elegante sala tan llena de cosas valiosas, tan cargada de recuerdos. Quería hablar con Jana, había estudiado el diálogo palabra por palabra y ahora no sabía cómo empezar. Se encontraba torpe, molesto, y comenzaba a sentirse nervioso. Le hubiera gustado que estuvieran en algún café, o en el parque, en cualquier sitio menos allí… Se acomodó en una silla cerca de ella.
—Pasaron tantos días sin saber de ti —dijo tratando de iniciar su conversación.
—Aquí se sentaba siempre papá, a veces se quedaba dormido, ¡me enternecía tanto!, vivía cansado, trabajaba mucho, para que nada nos faltara a mamá y a mí, decía siempre cuando le reprochábamos, ¡pobre papa!… a veces jugaba ajedrez con el Dr. Hoffman, los domingos en la tarde; mamá servía el té y las pastas, después cogía su bordado, siempre bordaba flores y mariposas, flores de durazno y violetas; de cuando en cuando dejaba la costura y observaba a papá jugando con el Dr. Hoffman, lo miraba con gran ternura como si hubiera sido un niño, su niño. Papá sentía aquella mirada, buscaba sus ojos y sonreían; «esos novios», solía decir el viejo Hoffman… Alguien había llegado hasta la puerta y Gabriel podía escuchar una respiración acelerada; Jana calló bruscamente y su cara se endureció. Nunca había visto Gabriel aquella expresión tan dura, tan fría, tan distinta de la que él amaba, de la que él guardaba dentro de sí… Seguía escuchando la respiración cerca de la puerta, tan fuerte, tan agitada como la de una fiera en celo… se sentía mal, cada vez más, disgustado con todo y con él mismo, aquella atmósfera le resultaba asfixiante, aquellos pasos, aquella respiración, aquella mujer tan lejana, tan desconocida para él. Había hecho tantos proyectos, había planeado lo que iba a decirle, lo que ella contestaría, todo, y ahora lo había olvidado todo, no sabía ya qué decir ni de qué hablar. Recorría con la vista los cuadros, los retratos, las estatuillas, el gobelino lleno de figuras que danzaban en el campo sobre la hierba, la gran araña que iluminaba el salón, todo parecía rígido allí y con ojos, miles de ojos que observaban, que lo cercaban poco a poco, y la respiración, detrás de la puerta, aquella respiración que empezaba a crisparle los nervios.
—¡Basta ya, Walter!— gritó de pronto Jana —¡basta, te digo!
Gabriel se levantó y fue a sentarse junto a ella, tomó su mano, estaba fría y húmeda…
Jana, querida, salgamos de aquí; vamos a caminar un poco, a platicar, vamos a… Ella retiró la mano y lo miró fijamente. Entonces él vio de cerca sus ojos, por primera vez esa noche, estaban increíblemente brillantes, las pupilas dilatadas, inmensas y lagrimeantes… sintió que un escalofrío le corría por la espalda mientras la sangre le golpeaba las sienes… Jana se levantó y fue a tocar un timbre, nadie apareció, volvió a tocar, no hubo respuesta.
—Quiero el té, bien caliente —gritó Jana. Gabriel quería salir de allí, respirar aire puro, no ver más los retratos, ni el piano, salir de aquella sala agobiante, de aquel mundo de objetos, de tantos recuerdos, de aquella noche desquiciante, de aquel aturdimiento. El gran candil con sus cien luces calentaba demasiado. Necesitaba aire y el aire no alcanzaba a penetrar a través de las celosías, la puerta de cristales que comunicaba con el jardín se encontraba cerrada… El reloj de la chimenea dio la media, la noche se había eternizado para Gabriel y el tiempo era una línea infinitamente alargada. Jana regresó a sentarse en la misma butaca y encendió un cigarrillo.
—¿Qué ha sucedido, Jana? Dímelo. —Así era yo entonces —dijo ella señalando el retrato de una jovencita.
No está conmigo, pensó dolorosamente Gabriel.
—El día que me hicieron el retrato, cumplía dieciséis años; mamá me había hecho el vestido, era de organza azul; «es del mismo color que los ojos», dijo papá; por la tarde fuimos a tomar helados y después al teatro, mamá comentó que la obra era un poco atrevida para una niña; «ya es una joven», agregó papá con una sonrisa, «está bien que vaya sabiendo algunas cosas»; el doctor Hoffman me regaló el collar que tengo en el retrato, ¿no es lindo.. . ?, era de cristal de roca color turquesa, el color azul siempre ha sido mi predilecto, ¿a ti te gusta?
—Es el color de tus ojos, pero… ¿por qué no hablamos de nosotros?
Se escuchó el ruido de una mesa de té que alguien arrastraba; Jana se levantó precipitadamente y salió de la sala; regresó con la mesa. Gabriel recordó en ese momento la primera vez que la vio en el hospital, conduciendo aquella camilla. . .
—Le mandé decir que no había terminado de prepararlo —le dijo Jana al doctor Hoffman.
—Está bien, Jana, no estorbe ahora. Ella se hizo a un lado sin decir más y se sentó en una banca; desde allí observaba con gran atención las manos del doctor Hoffman trabajando hábilmente en aquel cuerpo muerto…
Jana servía el té. —¿Con crema o solo?
—Prefiero solo. Cuando le dio la taza Gabriel volvió a mirar de cerca aquellas pupilas enormemente dilatadas y lagrimosas y sintió algo extraño casi parecido al miedo; «ojos que no me atrevo a mirar de frente cuando sueño», estos ojos no podría él guardarlos para su soledad, para aquellas noches en que vagaba por la ciudad y no tenía más refugio que meterse en algún bar y beber, beber, hasta que la luz del día lo obligaba a hundirse en las sábanas percudidas de su cama de estudiante.
—¿Está bien de azúcar?
—Sí, gracias —contestó él. Qué importancia podía tener ahora el azúcar, las palabras, si todo estaba roto, perdido en el vacío, en el sueño tal vez, o en el fondo del mar, en el capricho de ella, o en su propia terquedad que lo había hecho creer, concebir lo imposible, aquellos meses… todo falso, fingido, planeado, actuado tal vez. Sintió de pronto un enorme disgusto de sí mismo y el dolor de haber sido tan torpe, tan ciego, tan iluso; dolor de su pobre amor tan niño. La miró con rencor, casi con furia, con furia, sí, desatada, de pronto desenfrenada y terrible. Ella sonreía con aquella sonrisa que bien conocía, aquella sonrisa inocente que tanto lo había conmovido y…
—¿No está muy caliente el té? —preguntó Jana. No le contestó, la seguía mirando sonreír, las pupilas dilatadas, los dientes blancos, agudos; detrás de ella los retratos también lo miraban sonrientes… Los pasos llegaron nuevamente hasta la puerta…
—Te dije que no molestaras, que no molestaras. Gabriel advirtió que su frente y sus manos estaban empapadas en sudor, y comenzó a sentir el cuerpo pesado y un extraño hormigueo que poco a poco lo iba invadiendo; estaba completamente mareado y temía, de un momento a otro, caer de pronto en un pozo hondo; se aflojó la corbata, se enjugó el sudor; necesitaba aire, respirar; caminó hasta una ventana, había olvidado las celosías (aquí todo es recuerdo, hasta el aire); se tumbó de nuevo en la silla, pesadamente. Encendió un cigarrillo y miró a Jana como se mira una cosa que no dice nada.
—Tú querías conocer mi casa, mi vida… estás aquí…
El rostro sonriente de Jana se iba y regresaba, se borraba, aparecía, los dientes blancos que descubrían los labios al sonreír, las pupilas dilatadas, se perdía, regresaba otra vez, ahora riendo, riendo cada vez más fuerte, sin parar; él se pasó la mano por los ojos, se restregó los ojos, todo le daba vueltas, aquel extraño gusto en el té, todo giraba en torno de él, los retratos, el gobelino, las estatuillas, los bibelots; Jana se iba y volvía, riéndose; la araña con sus mil luces lo cegaba, el piano negro, los pasos en el pasillo, las ventanas con celosías blancas, la respiración, el rostro de Jana blanco, muy blanco, entre una niebla perdiéndose, regresando, acercándose, los dientes, la risa, los pasos nuevamente, la respiración detrás de la puerta, las figuras danzando sobre la hierba en el gobelino, saliéndose de allí, bailando sobre el piano, en la chimenea, aquel sabor, aquel gusto tan raro del té… Jana decía algo, la vio levantarse y abrir la puerta de cristales que daba al jardín y salir.
Gabriel se incorporó dando traspiés; cuando alcanzó la puerta y respiró el aire fresco de la noche, sintió que se recobraba un poco, lo suficiente para caminar. Jana caminaba por un sendero hacia el fondo del jardín, él la seguía torpemente, tambaleándose; cada vez sentía que era el último paso, su último paso en aquella húmeda noche de otoño; todo fallaba en él, su cuerpo no le obedecía, sólo su voluntad lo llevaba, era ella la que arrastraba al cuerpo; oyó los pasos que venían detrás de él, duros, sordos, pesados no intentó ni siquiera darse la vuelta, era inútil ya, no podría hacer nada, todo estaba perdido, ya no había esperanza ni deseo de buscarla, quería apresurar el final y caer en el olvido como una piedra en un pozo; perderse en la noche, en lo oscuro, olvidar todo, hasta su propio nombre y el sonido de su voz… y los pasos cada vez más cerca, una sombra se proyectaba adelante y él ya no sabía cuál de las dos sombras era la suya; los pasos estaban ahora junto a él y aquella respiración jadeante…
Jana había llegado hasta una puerta al fondo del jardín y por allí entró. Cuando Gabriel logró llegar, las dos sombras se habían juntado. Un golpe de aire dulzón y nauseabundo le azotó la cara; el estómago se le contrajo, trató de salir al jardín nuevamente y respirar. Ya habían cerrado la puerta… estaba oscuro y sólo una débil claridad de luna se filtraba a través de las celosías; distinguió a Jana hacia el centro del salón, desde allí lo miraba desafiante, en medio de dos féretros de hierro… aquel aire pesado, dulce, fétido le penetraba hasta la misma sangre, un sudor frío le corría por todo el cuerpo, quiso buscar un apoyo y tropezó con algo, cayendo al suelo; algo muy pesado, grande, cayó entonces sobre él; rodaron por el suelo a oscuras, entre golpes, gritos, carcajadas, olor a cadáver, a éter y formol, entre golpes sordos, brutales, de bestia enloquecida, resoplando, cada vez más… Y los ojos claros de Jana eran como los ojos de una fiera brillando en la noche, maligna y sombría… Sobre Gabriel caía una lluvia de golpes mezclados con terribles carcajadas…
-Sheeesss, no tanto ruido, que puedes despertarlos —decía Jana.

Reflexiones de Ana María Shua acerca de los microrelatos

. En algunos de mis propios textos hay más relación con la poesía, (pero no en todos), sobre todo en su construcción, porque los microrrelatos exigen un tipo de perfección que sólo se puede comparar con el de un poema. Cada palabra tiene que estar calibrada y ajustada. No se trata sólo del sentido, el micro debe tener un ritmo, un sonido redondo y perfecto. En tanta brevedad no hay margen para el más mínimo error, desliz, disonancia. Así es como después resultan tan difíciles de traducir.

«A veces me despierto de visiones horribles, agitada, angustiada, llorando. Para calmarme le pido a mi marido que me deje apoyar la cabeza en su cuerpo y me abrace bien fuerte con todos sus tentáculos»

http://unlibroaldia.blogspot.com/2014/09/ana-maria-shua-la-suenera.html

Shua, Ana María | From the Hill

Quién era Amparo Davila, qué dicen de ella los que saben; si era amiga de Cortázar…Texto de Bernardo Esquinca

El olvido literario sobreviene por razones varias; quizá la más perniciosa y constante de todas sea la asfixia que provocan, parafraseando a Gabriel Zaid, los demasiados libros. La multitud sofoca a las pequeñas joyas y los autores de culto cada vez quedan más lejos. Aunque no sea nada nuevo y la historia de los raros se escriba de este modo, siempre es bueno actualizar el panorama de memorables al borde del olvido.

Hoy inicia una serie de posts en los que un escritor, una vez por semana, destaca la obra de algún autor imprescindible, no necesariamente excéntrico, simplemente poco visto.

– La redacción

 

Las manzanas son un enigma

Amparo Dávila es una de las cuentistas más extrañas, originales e interesantes de la literatura mexicana del siglo XX. Paradójicamente, su obra no ha gozado de una difusión y un reconocimiento dignos de su estatura. Aunque le fue otorgado el Premio Villaurrutia en 1977, recibió un homenaje de Bellas Artes en el 2008 por sus 80 años de edad y el Fondo de Cultura Económica publicó sus Cuentos reunidos en 2009, sigue siendo una escritora de culto. Como suele suceder, ha tenido más eco en el extranjero, donde ha aparecido en aproximadamente cincuenta antologías en idiomas como el francés, el alemán, el italiano y el inglés. Afortunadamente, su obra sigue cautivando a nuevas generaciones de escritores mexicanos, y ha sido leída atentamente por autoras como Cristina Rivera Garza, Vivian Abenshushan y Bibiana Camacho, quienes la han convertido en tema de novelas o artículos.

Nacida y criada en Pinos, Zacatecas(1928), y trasladada posteriormente al Distrito Federal, en sus relatos confluye una mezcla de provincianismo y transgresión que le confiere a su obra un tono profundamente inquietante. Ella misma explica en una entrevista que puede consultarse en YouTube, que creció en su pueblo natal mirando las caravanas fúnebres que iban hasta Pinos para enterrar a sus difuntos, ya que era el único cementerio cercano. Ya fuera en una carreta o sobre el lomo de una mula, los muertos desfilaban como “un espectáculo”. Desde la biblioteca de su padre, la pequeña Amparo se entretenía, literalmente, “viendo pasar la muerte”. También echaba mano, por supuesto, de los libros que la rodeaban. Entre ellos, la Divina Comedia de Dante, lectura que la horrorizó porque el libro venía acompañado de los dibujos de Doré.

Pero no es la provincia ni la urbe lo que sobresale en sus cuentos, sino las trabajadas atmósferas y la creación de los personajes, siempre atrapados en un destino funesto al que no pueden –o no quieren– eludir. “No hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos”, dice uno de los protagonistas de “El patio cuadrado”. Esa fatalidad permea sus relatos, es una gotera implacable que cae sobre sus personajes, desquiciándolos y orillándolos al abismo, a esa frontera donde realidad y fantasía son una misma y asfixiante pesadilla.

Enclavados en la literatura fantástica y de terror, los cuentos de Amparo Dávila están habitados por personas comunes y corrientes, que se ven enfrentadas a amenazas externas (presencias ominosas, íncubos, doppelgangers, espectros) o a su propia e incomprensible locura. Ya sean solitarios alienados como el protagonista de “Fragmento de un diario”, cuyo objetivo es perfeccionar su escala de dolor, o miembros de una familia tradicional y abnegada, como los que se entregan a su destino de cuidar a un hijo-ogro en “Óscar”, sus criaturas deambulan por una cotidianidad extraordinariamente reconstruida y palpable. Esto permite que la oscuridad y las calamidades irrumpan en las historias con una fuerza sobrecogedora y más “natural” que “sobrenatural”.

Amparo Dávila narra desde una época muy concreta, y eso le confiere a sus relatos una sensación de estar detenidos en el tiempo que, lejos de restarles efectividad, los potencia al hacer sentir al lector que ha traspasado a una dimensión paralela, donde puede verse a sí mismo viviendo en otra vida. En sus relatos se bordan pañuelos, se teme a la tuberculosis, se espera a los tranvías, se usan guantes, gabardinas y sombreros, hay gobelinos y pianos de cuarto de cola, se sirven cremas y licores, y se pagan centavos. “Aquí todo es recuerdo, hasta el aire”, dice uno de los protagonistas de “La quinta de las celosías”, uno de sus mejores textos.

Una de las cualidades más notables de la narrativa de Amparo Dávila es el estilo. Sus relatos están dotados de una prosa afilada y precisa, no existe una frase de más, están trabajados con la paciencia de una escritora que nunca tuvo prisa, y que solamente publicó cuatro compilaciones: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964), Árboles petrificados (1977), y Con los ojos abiertos (incluido en el mencionado Cuentos reunidos). Ella misma comenta que las fatalidades de la vida –como si se tratara de uno de sus propios personajes– le impidieron escribir más o corregir más aprisa sus textos. Lo cierto es que desde sus relatos tempranos escribió con audacia y visión, cultivando una manera singular de entender la vida y la literatura, una donde los caminos rectos e iluminados carecían de su interés.

Lo que más se le agradece, es que siempre evadió las obviedades. Sus terrores no pueden catalogarse con facilidad, porque nunca está claro de dónde proceden. El ejemplo más significativo está en su pequeña obra maestra: “Alta cocina”, un cuento de apenas página y media en el que la protagonista recuerda un platillo de su niñez, que preparaban en su casa a base de un extraño ingrediente que crecía en la temporada de lluvias, que poseía unos ojillos redondos y negros, y que no dejaba de chillar en su lenta agonía en el caldero. Uno no llega a saber exactamente qué es aquello que cocinaban, lo que acrecienta lo escalofriante de la historia.

Hay un principio básico para todo narrador de lo paranormal: para poder escribir sobre ello, tienes que creer en ello. Amparo Dávila cuenta que de niña era visitada por el fantasma de un hombre que había sido dueño de la finca en la que habitaba con sus padres. Un señor con una pata de palo que la hacía sonar cuando se acercaba a ella… La biografía personal entrelazada con la obra literaria. El territorio que crean aquellos a los que la realidad les parece insuficiente. Lo expresa inmejorablemente uno de los personajes de “Música concreta”: “A veces uno sin querer, sin darse cuenta, mezcla la realidad y la fantasía y las funde, se deja atrapar en su maraña y se abandona a lo absurdo, es como irse de viaje hacia una ciudad que nunca ha existido”. Hacia allá nos empujan las historias de Amparo Dávila. La ciudad no tiene nombre, pero en ella hay árboles, penumbra y un viento helado. Y una única certeza: en ese lugar hasta las manzanas son un enigma.

Memorables y el olvido: Amparo Dávila

La señorita Julia de Amparo Davila

http://revistasacademicas.ucol.mx/index.php/generos/article/view/914/pdf

Alta cocina de Amparo Davila

http://revistasacademicas.ucol.mx/index.php/generos/article/view/914/pdf

Amparo Dávila: la paradoja de lo cotidiano - La TempestadLa Tempestad

mparo Dávila nació en Pinos, un pueblo minero de Zacatecas, México, en 1928. fue una niña rebelde y valiente que pasaba horas aislada en el campo con tan solo cinco años. Estudió en el colegio de religiosas en San Luís Potosí. Sus primeras lecturas fueron fruto de la biblioteca de su padre, un hombre culto. En 1950 publicóSalmos bajo la luna, al que siguieron Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de soledades. Se trasladó a Ciudad de México para cursar estudios universitarios, allí se convirtió en la secretaria de Alfonso Reyes.

Amparo Dávila se casó con el pintor Pedro Coronel, con el que tuvo dos hijas.

En 1959 apareció su libro de cuentos Tiempo destrozado, y en 1964 Música concreta.En 1966 obtuvo una beca del Centro Mexicano de Escritores. Su siguiente obra, Árboles petrificados fue fruto de esa experiencia y en 1977 le valió el premio Xavier Villaurrutia.

Perteneciente a lo que algunos han llamado Generación de medio siglo, Dávila es una de las pocas cuentistas mexicanas cuya literatura parece rebasar la realidad sin entregarse a la fantasía, motivo por el que resultaría impreciso categorizar su obra como literatura fantástica, que impresionó al mismo Cortázar, con el que le unió una gran amistad.

 

EL HUÉSPED DE AMPARO DAVILA, Fallece la Autora del cuento fantástico

Avatar de Rubén Garcia García - SenderoPUROCUENTO

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer. No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas. Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía

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Cármina Burana desde Bellas Artes México

Contigo a la distancia trae la versión de Cármina Burana representada en México.

 

Cármina Burana es una colección de cantos goliardos de los siglos XII y XIII, reunidos en el manuscrito encontrado en Benediktbeuern, Alemania, en el siglo XIX. Fueron encontrados en latín medieval, otros pocos en alto alemán medio y otros con rastros de francés antiguo. Algunos de ellos son textos macarrónicos; es decir, una mezcla de latín y de alemán o de francés vernáculo.

Los autores fueron estudiantes y clérigos de la época en que el latín era la lengua franca en toda Italia y en el occidente de Europa para los académicos viajeros, para las universidades y para los teólogos. La mayor parte de los poemas y canciones parecen ser obra de los goliardos, clérigos o estudiantes que llevaban una vida errante y desordenada.

 

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Estos poemas hacen gala del gozo por vivir y del interés por los placeres terrenales, por el amor carnal y por el goce de la naturaleza; y con su crítica satírica a los estamentos sociales y eclesiásticos, dan una visión contrapuesta a la que se desarrolló en los siglos XVIII y segunda parte del XIX acerca de la Edad Media como una “época oscura”.

Las composiciones más características son las Kontrafakturen que imitan con su ritmo las letanías del antiguo Evangelio para satirizar la decadencia de la curia romana, o para construir elogios al amor, al juego y, sobre todo, al vino, en la tradición de los carmina potoria.

 

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Estos cantos son transmitidos desde el Palacio de Bellas Artes y forma parte de las actividades del programa Contigo en la Distancia, una campaña que busca que las personas nos quedemos en casa con diversas actividades entretenidas.

El Cármina que se lleva a cabo es la obra del alemán Carl Orff, un músico nacido en una familia culta y acomodada, criando entre libros y música compuesta en el siglo XX. Desde los 5 años tocaba el piano y fue unos años más tarde cuando comenzó a componer temas para acompañar sus representaciones de teatro.

 

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Esta transmisión de su obra maestra es esencial y evoca a los monjes cantando en el monasterio de la antigüedad. Es una cantata basada en textos escritos es una delicia que no te puedes perder.

Te dejamos con este increíble espectáculo para que lo veas desde casa.

Cármina Burana desde Bellas Artes

La épica versión de Cármina Burana en Bellas artes desde tu casa

EL TIEMPO Y LA HISTORIA — manologo

Según todos, la Historia ha tenido como padre a un señor llamado Herodoto y esa vieja casquivana ahora, al mirar en el vaso con agua donde coloca con cuidado cada noche su sonrisa postiza, ha encontrado otra vez que está vacío y que no puede remojar su mueca… El Tiempo, su también viejo amante que […]

a través de EL TIEMPO Y LA HISTORIA — manologo

Kjell Askildsen – El final del verano Noruega

La verdad es, aunque tal vez no sea esa la palabra más adecuada para empezar, no pretendo…, mi intención no es sino aportar una versión, mi versión, porque yo lo seguí todo muy de cerca, a distancia, bien es verdad, normalmente no habría podido pronunciarme de no haber sido por los prismáticos de mi padre, con los que tenía prohibido enfocar a las personas, era un telescopio, de manera que todo lo veía boca abajo, pero uno se acostumbra a eso. Así pues, veía todo sin oír nada, tenía dieciséis años, mi padre estaba de congreso en Irlanda, era otoño o final del verano, a principios de septiembre, mi madre había ido a casa de una amiga y yo había cogido los prismáticos del despacho y estaba incumpliendo la prohibición de mi padre —la mujer estaba sentada leyendo un libro fino, con un cigarrillo en la mano y yo nunca había estado tan cerca de ella—, entonces comprendí perfectamente el sentido de aquellas palabras que mi padre había escrito, creo que con tinta, en el estuche de los prismáticos: Para el que es limpio, todo es limpio, excepto unos prismáticos. Es cierto que ya la había visto una vez a través de los prismáticos, claro está, pero en aquella ocasión todo fue muy rápido, ella cogió tres rosas en un abrir y cerrar de ojos, el grado de cercanía tiene que ver con el tiempo, y aunque esperé con infinita paciencia, ella no volvió a salir.

Estaba sentada de espaldas a la casa, y cuando levantaba la vista del libro tenía delante el campo de centeno y el estrecho camino de carruajes que dividía el campo en dos y conducía al Bosque de las Cornejas, que no era un bosque de verdad, sino un grupo de árboles nada más, de un tiro de piedra de largo y la mitad de ancho, donde había igual de cornejas que en todas partes; más allá, demasiado lejos ya para verlo a simple vista, estaba el Peñasco Gris, que tampoco se correspondía con su nombre, pues no era un peñasco, sino una montaña que resguardaba de los vientos del mar.
Debí de perderme en ensoñaciones, porque sin que me diera cuenta ella había desaparecido, la silla estaba vacía, no, vacía no, pues el libro seguía allí, lo que significaba que volvería. Pero antes llegó otra persona, un desconocido, que cogió el libro, se sentó y se puso a leer. Aunque yo lo estaba viendo boca abajo, estaba seguro de no haberlo visto nunca. Ella volvió a salir enseguida y él se levantó, puso un dedo bajo la barbilla de la mujer y acto seguido le plantó un rápido y ligero beso en la boca. Luego hablaron, ella vehemente, él sonriente, yo estaba muy excitado, no por celos, eso no puede decirse, no en aquel momento, estaban los dos muy juntos, cuando él no la miraba a los ojos, le miraba los pechos, sacaba a la mujer casi una cabeza, debían de estar muy seguros de que nadie los veía, solo podían ser vistos desde mi habitación, y la distancia era tan grande que si yo no hubiera tenido los prismáticos… No pensarían en eso, claro está, tendrían la casa para ellos solos, suponía yo, el marido estaría fuera. El marido era un hombre muy simpático, siempre cortés y casi siempre amable; una vez que me lo encontré en el camino de carruajes entre el Bosque de las Cornejas y el Peñasco Gris se detuvo y dijo: Si no fuera por nosotros dos, este camino acabaría cubierto por la vegetación. Pues sí, te he visto, chico, esa es una buena manera de llegar a ser tú mismo. No puedo asegurar que esas fueran sus palabras exactas, las repito tal y como aparecieron ante mí cuando las extraje de mi memoria y las pesé o me pesé a mí en ellas, él no sabe, no puede saber lo que esas palabras significaron para mí, coronaron mi soledad; bueno, basta ya de eso, como estaba diciendo, seguramente tenían la casa para ellos solos y no creo que se sintieran vigilados, y cuando él la besó por segunda vez, ella lo abrazó y vi cómo la mano de él estaba muy…, yo solo tenía dieciséis años y era completamente pudoroso en el sentido de que nunca había puesto en práctica mis deseos, no me había atrevido a realizar mis sueños por temor a Dios y al sexo, además, mis padres no habían abierto ni una rendija de la cortina a su vida erótica en común, estaban tan desprovistos de sexo como solo pueden estarlo los padres, incluso hoy, cuando ya llevan un montón de años bajo tierra, soy incapaz de pensar en el instante en que fui concebido sin asquearme, admito que esto tiene poco que ver con el asunto que nos ocupa, pero bueno, allí estaba yo, viendo la mano de él, sin que ella protestara o se alejara, y no es de extrañar que aquella noche no consiguiera dormir, que tuviera miedo de morirme con tanto pecado sobre la retina, ni tampoco es de extrañar que la tarde del día siguiente y el resto de las tardes me quedara en mi cuarto con los prismáticos preparados en la mesa junto a la ventana. Y esa persistente atención mía sería la razón de que presenciara parte del drama, y si no drama, esa no es en cierto modo la palabra adecuada, tal vez porque lo vi todo boca abajo o porque no oí ni un sonido, aunque pude ver cómo se gritaban o porque los decorados eran tan idílicos que constituían un contraste demasiado grande: los árboles con sus copas tupidas e inmóviles, los dos arriates paralelos de dalias que acababan en una pila para pájaros en la que un amorcillo apuntaba al sol, la hiedra que subía por la pared y los rosales trepadores que cubrían la madera del porche, las losas bajo la ventana del salón, la pequeña mesa con mantel azul junto a la que tal vez había estado sentada ella por la mañana mientras yo estaba en el colegio, no había nada que augurara lo que iba a ocurrir, nada.
Lo primero que sucedió fue que Ferdinand Storm bajó por la escalera del porche. Yo no lo habría reconocido de no haber sido por los prismáticos, él había herido mis sentimientos al menos en dos ocasiones, no diré de qué manera, como si yo no tuviera ya suficientes complejos, siempre parecía ser el dueño del suelo que pisaba, ahora también —yo era demasiado inexperto como para entender lo que haría él en el jardín de ella, ni siquiera se me ocurrió— él tenía las manos en los bolsillos del pantalón y hacía chasquear la lengua; entonces apareció ella, vestida con falda y jersey, con un cigarrillo en la mano, no pude ver a los dos a la vez hasta que se sentaron junto a la mesa, él de espaldas —si a ella no se le ocurrió que yo podía verla sería por el gran árbol que había delante de mi ventana, así suele ser, lo lejano cubre lo que está detrás, yo estaba sentado a horcajadas en una silla, con los prismáticos apoyados en el alto respaldo, disfrutando así de una buena vista sobre ese jardín antaño del Edén. Ella se esforzaba por agradarle, él estaba en el último curso de bachillerato y ella casi podía ser su madre, yo no sospeché nada hasta que vi la manera en la que ella jugueteaba con los dedos de él, y una vez él le apretó con fuerza el antebrazo desnudo; daba la impresión de haberle hecho daño y me pareció que ella dijo ¡oh!, pero con una sonrisa. Estaba tan absorto en ellos dos que no reparé en el marido que de repente estaba allí, al pie de la escalera del porche, como si hubiera estado allí siempre, inmóvil, callado, tenía que saberlo, nada indicaba que estuviera sorprendido. Entonces avanzó cuatro o cinco pasos, se detuvo y dijo algo. Ferdinand Storm se levantó y contestó. Ya no parecía el dueño del suelo que pisaba, pero estaba desafiando el derecho a la propiedad. Sus respuestas eran escuetas, acompañadas de un movimiento de cabeza, tenía que estar empleando palabras descaradas, porque de repente Beck avanzó tres pasos y le golpeó con la palma de la mano. Ferdinand Storm le devolvió el golpe, rápido y preciso y probablemente con todo el peso de su sentimiento de culpa. Beck se tambaleó. Su mujer se levantó e intentó…, ella, la manzana de la discordia, intentó impedir más actos violentos colocándose entre ellos, de lo que no podía salir nada bueno, claro está; Beck le dio un empujón para que se apartara, con tanta fuerza que ella cayó de espaldas sobre el seto bajo, no resultó cómico, aunque no se hizo daño, y no mereció más miradas que la mía, Beck solo tenía ojos para Ferdinand Storm, quien, según dijo Beck luego en el juicio, representaba la suma de intrusos en el territorio de su matrimonio, no es pues de extrañar que empleara todas sus fuerzas. La lucha no fue larga, creo que duró menos de un minuto, y eso que Ferdinand Storm no era un alfeñique, ni un cobarde; tal vez perdió por sentirse moralmente inferior. Por un instante llevó ventaja, pero vaciló, y enseguida Beck se abalanzó sobre él, golpeándole, según pude ver, la cabeza contra una de las losas de pizarra, y la lucha acabó. Aunque no hubiese oído ni un solo sonido, pude ver el silencio que se instaló. Beck estaba al lado del joven, no podía verle la cara, pero sí la estrecha espalda y los brazos colgando, así permaneció un rato, luego se acercó a la escalera del porche y entró en la casa sin echar siquiera un vistazo en dirección a su mujer. Ella se levantó lentamente y se inclinó sobre Ferdinand Storm, que yacía inmóvil con la cara vuelta hacia el otro lado. No lo tocó, se limitó a mirar, yo no sabía si estaba muerto o solo inconsciente; luego ella se enderezó y echó a andar muy pensativa por el sendero del jardín entre las dalias, pasó por delante de la pila para los pájaros y el amorcillo, salió por la verja, se internó en el camino de carruajes donde yo nunca la había visto, y desapareció entre los árboles del Bosque de las Cornejas. Entonces dejé los prismáticos, entiendo lo que quería decir Beck al asegurar que no sabía lo que hacía, pero no podía haber hecho otra cosa…, yo también sabía lo que hacía cuando me puse a seguirla, presa de un impulso que borraba en mí cualquier reserva, me metí por los campos de centeno y crucé el Bosque de las Cornejas, ella no estaba en ninguna parte, tendría que haber llegado hasta el Peñasco Gris, pero no, no era así, porque de repente estaba sentada a solo veinte metros de mí, donde el camino se desviaba, ella me vio a mí antes de que yo la viera a ella, me vio vacilar…, yo seguí andando, con las piernas rígidas y la espalda demasiado recta, lo sabía, pero no podía remediarlo, tampoco podía remediar mi sonrojo, agaché la cabeza y me acerqué, ella estaba sentada con la barbilla apoyada en una rodilla, miré la hora, estaba ya muy cerca de ella, levanté la vista y la saludé sin mediar palabra, pero ella no me vio, ni siquiera…, me ignoró…, me…
… y cuando regresé, no sé al cabo de cuánto tiempo, pues me había tumbado boca arriba entre los árboles, despojando el futuro de todas sus plumas, en lo que tardé lo mío, el sol estaba a punto de ponerse, pues era septiembre, entonces ella ya no estaba allí, pero pude ver dónde había estado sentada. Volví a casa, subí a mi cuarto y dirigí los prismáticos hacia un jardín vacío.
Escritor noruego, Kjell Askildsen es conocido por su maestría en el arte del relato corto, considerado uno de los autores contemporáneos más importantes de su país.

Traducido prácticamente en todo el mundo, Askildsen comenzó su andadura literaria en 1953 con Desde ahora te acompañaré a casa y desde entonces ha ganado premios como el Nacional de la Critica Noruega y recibido el reconocimiento de la prensa y el público.

De entre su obra cabría destacar obras como Últimas notas de Thomas F. para la humanidad  Los perros de Tesalónica.

Kjell Askildsen - El final del verano

La magia de la madera RGG

Los carpinteros la acarician con la mirada, la miden, la trazan, la cortan y una a una las colocan bajo el sol; las voltean para que se deshidraten; por la tarde, las acuestan una encima de otra, ubicando pequeñas calzas, para que el viento pueda ir y venir y las vacune contra el tiempo. Tiempo después con el ojo afinado la delinean y saben milimétricamente donde pasaran la garlopa, así las piezas medirán lo mismo tanto por el lomo como por la panza. El banco de trabajo despide olores. Huele a tiempo. Ese santo olor de cedro tan íntimo…, tan especial. Ellos transforman el vacío y la soledad, y cuando terminan, cierras la puerta y escuchas su respiración: la casa vive.

50 casas rústicas espectaculares

Rubem Fonseca muere el 15 de abril 2020 flores para quién se nos adelantó, brasileño, cuento de amor

Cuando serví en el Ejército me volví especialista en bombas. Sé fabricar cualquier tipo de bomba portátil, muy usada por terroristas. La bomba que estaba haciendo debía tener un efecto fulminante, para que la víctima no sufriese. Y antes de la explosión, era necesario que emitiese un rayo deslumbrante que advirtiera a la víctima la inminencia de la explosión.

La persona que quería matar era mi hijo João.

Jane, mi mujer, estaba embarazada cuando fui enviado al exterior con un contingente del Ejército al servicio de las Naciones Unidas. Estuve ausente cerca de dos años. Escribía constantemente a Jane y ella me respondía. Cuando mi hijo nació y recibió el nombre de João, las cartas de Jane fueron bien extrañas. Decía que necesitaba hablar conmigo un asunto muy serio, pero no sabía cómo. Le respondía impaciente para que me lo dijera de cualquier manera, pero ella persistía en su falta de claridad y empeoraba cada vez más. Al final, Jane dejó de responder mis cartas.

Cuando volví de la misión de la ONU, corrí a casa tan pronto llegué al aeropuerto.

Jane me abrió la puerta. Su aspecto me sorprendió. Estaba envejecida, pálida y parecía enferma.

–¿Dónde está João? –pregunté.

Jane comenzó a llorar convulsivamente, señalando la puerta del cuarto donde él estaba.

Entré al cuarto, seguido de Jane.

João estaba tendido en la cuna, un niño muy lindo que sonrió al verme. Lo tomé en mis brazos. Entonces tuve una sorpresa que me dejó atónito. João sólo tenía una pierna y un brazo, eran los únicos miembros que poseía.

Jane me extendió un papel, todo arrugado, una fórmula médica donde estaba escrito: este niño padece focomelia, una anomalía congénita que impide la formación de brazos y piernas.

Jane atendía de João con dedicación y cariño. Pero se debilitaba cada vez más y murió cuando João tenía seis años. Pedí la baja en el Ejército para cuidar de mi hijo. Cuando le preguntaba si quería alguna cosa, decía: “Quiero ir a la guerra”.

Su deficiencia física se agravaba con la edad. Tenía quince años pero no podía caminar y le era imposible realizar hasta las mínimas actividades físicas.

–Quiero ir a la guerra –me pidió más de una vez.

Entonces decidí que iría a la guerra. Fue cuando preparé la bomba.

Con la bomba en la mano le dije:

–Hijo, fuiste convocado para ir a la guerra.

–Gracias, padre querido, te amo mucho.

Yo lo amaba todavía más.

Puse la bomba en su mano.

–Esta bomba va a explotar. Es una guerra –dije.

–Es una guerra –repitió feliz.

Salí del cuarto donde estábamos. Poco después vi el destello.

João también vio ese destello, feliz, antes de que la bomba explotara y lo matara.

Yo amaba a mi hijo.

El enemigo, un cuento de Rubem Fonseca

 

http://triunfo-arciniegas.blogspot.com/2015/07/rubem-fonseca-cuento-de-amor.html

Ansias digitales de Elisa de Armas

Tengo que decirte que se me ha abierto una boca en cada dedo. Las diez están deseando aprender a besar.

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Nací y vivo en Sevilla (España), donde me gano la vida como profesora de Lengua y Literatura en un instituto de secundaria. Buscando claves para enseñar a redactar a mis alumnos, me inscribí en mi primer taller de narrativa y allí se inició mi pasión por el microrrelato. Mis escritos han obtenido algún reconocimiento que otro, estoy especialmente orgullosa de haber ganado el concurso Caperucita Roja en Tiempos de Twitter (convocado por el sitio argentino Cuentos y más) y el IX Certamen de Microcuento Fantástico miNatura 2011. Algunos de mis textos han sido publicados en Historias de las historias (Ediciones del Ermitaño, 2011) y Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia (Ficticia, 2011) así como en otras publicaciones digitales o en papel.

Desde febrero de 2009 mantengo el blog, Pativanesca (http://pativanesca.blogspot.com). En diciembre de 2010 recalé en la Marina, taller de minificciones de Ficticia (http://www.ficticia.com/marina.php), donde participo asiduamente y tengo la osadía de ejercer como tallerista.