APUNTES DE NARRATIVA

1. No repetir
La repetición reiterada de una palabra de significado pleno (nombre, verbo, adjetivo o
adverbio) en un periodo breve provoca monotonía y aburrimiento. No importa que sea
una palabra bonita, corta, básica (es, tiene, punto…) o la central de un tema (…).
2. Evitar las muletillas
(…) A menudo algunas expresiones actúan como auténticas muletillas o clichés
lingüísticos. Se pueden utilizar para llenar vacíos o articular una frase coja – ¡y también
para estar a la moda verbal! -, pero demasiadas veces se abusa de ellas sin motivo. He
aquí las principales (las que llevan asterisco no se consideran correctas):
* a nivel de en cualquier caso
* a raíz de * en función de
* a través de es evidente
* bajo el punto de vista evidentemente
como muy de cara a
como mínimo de entrada
de alguna manera para empezar
el acto de personalmente
el proceso de pienso que
el hecho de que quiero decir que
*en base a (…)
3. Eliminar los comodines
Si el comodín es la carta que encaja en cualquier juego, la palabra-comodín es aquel
nombre, verbo o adjetivo, de sentido bastante genérico, que utilizamos cuando no se
nos ocurre otra palabra más específica. Son palabras comodín las que sirven para todo,
Consejos para redactar y revisar
que se pueden utilizar siempre, pero que precisan poco o nada el significado de una
frase. Si se abusa de ellas, empobrecen la prosa y la vacían de contenido.
Ejemplo:
aspecto, cosa, elemento, hecho, información,
problema, tema… Nombres
Verbos decir, hacer, poner, tener…
Adjetivos bueno, interesante, positivo… (…)
4. Preferir palabras concretas a palabras abstractas
Las palabras concretas se refieren a objetos o sujetos tangibles; el lector las puede
descifrar fácilmente porque se hace una clara imagen de ellas asociándolas a la
realidad. En cambio, las palabras abstractas designan conceptos o cualidades más
difusos y suelen abarcar un número mayor de acepciones. El lector necesita más tiempo
y esfuerzo para captar su sentido: no hay referentes reales y hay que escoger una
acepción apropiada entre las diversas posibles (…)
5. Preferir palabras cortas y sencillas
A veces la lengua nos permite escoger entre una palabra usual o una equivalencia más
culta, más extraña. La palabra corriente es a menudo más corta y ágil y facilita la
lectura del texto. (…)
6. Preferir las formas más populares
La lengua también nos ofrece dos formas posibles en algunos aspectos de fonética,
ortografía o morfosintaxis.
Consejos para redactar y revisar
En las siguientes parejas la solución de la derecha, más llana y popular, también resulta
más recomendable:
septiembre setiembre
transcendente trascendente
substantivo sustantivo
El hotel de Venecia en el cual nos … donde nos hospedamos
hospedamos era limpio y barato.

El Roses se coloca a sólo tres puntos
del líder, el Vic, al cual visitará el … el Vic, antes de visitarlo…
próximo domingo.
7. Evitar los verbos predicativos
Los verbos ser y estar recargan innecesariamente la frase. Los verbos de predicación
completa son más enérgicos y claros. Otros verbos débiles que a veces podemos
sustituir son hacer, encontrar, parecer, llegar a, haber. (…)
8. Tener cuidado con los adverbios en –mente
Los adverbios de modo terminados en –mente poseen algunas particularidades:
Son propios de registros formales. El estilo coloquial prefiere los adverbios más
vivos y breves. (…)
Si se abusa de los adverbios en –mente, se recarga la prosa y se hace pesada,
porque son palabras largas. (…)
Es aconsejable evitar el tic de iniciar un texto o una unidad textual mayor
(apartado, página) con un adverbio de este tipo, excepto cuando su función sea la de
marcador textual (…)
Consejos para redactar y revisar
9. Marcadores textuales
Señalan los accidentes de la prosa: la estructura, las conexiones entre frases, la función
de un fragmento, etc. Tienen forma de conjunciones, adverbios, locuciones conjuntivas
o incluso sintagmas, y son útiles para ayudar al lector a comprender el texto. (…)

Consejo (consulta) - Wikipedia, la enciclopedia libre

 

 

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Que voz le dará a su personaje. para recordar, o saber…

La imagen puede contener: 1 persona, texto

Si conoce otras añadala y nos sirve a los que disfrutamos escribir.

Shere -Sade de Rosa Beltrán

Tengo un amante 24 años mayor que yo que me ha enseñado dos cosas. Una, que no puede haber pasión verdadera si no se traspasa algún límite, y dos, que un hombre mayor sólo puede darte dinero o lástima. Rex no me da dinero; tampoco lástima. Por eso dice que nuestra pasión, que ha rebasado los límites, corre el peligro de comenzar a extinguirse en cualquier momento.

Noche primera

Hasta antes de conocerlo yo había asistido a dos presentaciones de libros y nunca había ocurrido nada, lo cual es un decir, porque bien mirado cuando no ocurre nada es cuando realmente están ocurriendo las cosas. Y esa vez ocurrieron del siguiente modo: yo estaba sola, en medio de un salón atestado, preguntándome por qué había decidido torturarme de esa forma cuando me di cuenta de que Rex, un famoso escritor a quien sólo conocía de nombre, estaba sentado junto a mí. Cuando terminó la lectura del primer participante, aplaudí. Acto seguido, Rex levantó la mano, increpó al participante, volvió a acomodarse en su asiento. Con pequeñísimas variantes ésta fue la dinámica de aquella presentación: se leían ponencias, se aplaudía y Rex alababa o destrozaba al hablante, comentando siempre con alguna de las Grandes Figuras que tenía cerca. Alguien leía, Rex criticaba, otro más leía, Rex criticaba, yo aplaudía. Si el minimalismo es previsibilidad y reducción de los elementos al menor número de variantes posible ésta fue la presentación más minimalista en la que he estado. Terminada la penúltima intervención a cargo de una autora feminista, Rex criticó, yo aplaudí, fui al baño. Lo oí decir que la estupidez humana no podía caer más bajo. Al regresar, antes de que se diera por terminado el acto, noté que Rex tenía puesta la mano abierta sobre mi asiento y distraído conversaba con alguien. Cuando señalé el sitio en el que había estado sentada y en el que ahora su mano autónoma y palpitante aguardaba como un cangrejo, Rex clavó la mirada en mí y dijo: “la puse ahí para que se mantuviera caliente”. Dos horas después estábamos haciendo el amor, frenéticamente. Así se dice: “frenéticamente”. También: “enloquecidamente”. En el amor todo son frases prestadas y uno nunca está seguro de decir lo que quiere decir cuando ama. Pero cuando uno quiere con todas sus fuerzas no estar allí y no puede hacerlo, ¿cómo se dice?

Noche tercera

Lo primero que tengo que admitir es que no sé muy bien en qué consiste el decadentismo nihilista porque nunca antes de conocer a Rex me lo había planteado. Según él, ese término define a la Generación X, la más decadente y desdichada de las generaciones de este siglo, a la que desafortunadamente pertenezco. Yo no hice nada para pertenecer a ella. Pero si quisiera ponerme en el plan en el que según Rex debiera, podría arrepentirme sólo de un hecho: haberme sentado junto a él, un escritor tan famoso, en una presentación de libros. La regla de oro entre los asistentes a este tipo de actos es que nadie se involucre con nadie y que las amistades, si es que prospera alguna, estén cimentadas en el más puro interés (te doy, me das; te presento, me presentas; te leo, me lees) o en el descuido. Rex dice que toda relación que no provenga del alcohol es falsa.

Noche séptima

Hoy Rex y yo decidimos algo muy original: que nadie, nunca, se había amado como nosotros. Y para confirmarlo, usamos las frases que usan todos los amantes. Un sólo ser en dos cuerpos distintos. Dos almas gemelas entre una multitud de extraños. Cien vaginas distintas y un sólo coño verdadero.

Noche décima

Ocurrió desde la primera vez, pero me había olvidado de contarlo. Estábamos en el momento culminante, haciendo el amor frenéticamente, como he dicho, y de pronto el cuarto se nos llenó de visitas. La primera que llegó fue la Extremadamente Delgada De Cintura. Rex comenzó a hablar de esta antigua amante suya porque mi postura se la recordaba. Era decidida, ardiente y pelinegra. Había que cogerla muy fuerte de la cintura, a la Extremadamente Delgada, porque si no era capaz de despegar. “Así”, dijo, apretándome. “¡Ah, cómo subía y bajaba aquella mujer!”, añadió, mientras me sostenía, nostálgico. Pero luego de un rato, levantando el índice, me advirtió:

-Podrán imitarla muchas, pero igualarla, ninguna.

Y hundido en esta reflexión fue a servirse un whisky. Al cabo de unos minutos en los que yo misma, una vez caída en una especie de ensueño, pensaba en la pasión tan grande entre Rex y yo, él rompió el silencio:

-Eran unas cuclillas perfectas -dijo, refiriéndose a aquella otra mujer-. Mírame: se me pone la carne de gallina nada más de recordarlo.

Era verdad: la blancura enfermiza de la piel a la que por años no le había dado el sol se había llenado de puntitos.

-Como un émbolo de carne -dijo, casi en estado de trance-. Arriba y abajo, fuera de ella, sobre mí, dando unos alaridos impecables.

Según Rex aquella mujer de las cuclillas tuvo un excelente performance: lo hizo tocar el cielo, sin exagerar, unas seis veces. El mismo día de su entrega, antes de despedirse, la Extremadamente Delgada De Cintura le pidió que le hiciera el amor por detrás.

-Quería hacerme una ofrenda -me explicó Rex, conmovido- un regalo.

Después de esta confesión, para mí insólita, se hizo de nuevo un silencio. Creí que la historia de Rex era una forma más bien oblicua de pedirme algo, así que me abracé a una almohada y me ofrecí, en cuatro patas, de espaldas a él. “No te muevas”, me dijo, y unos segundos más tarde sentí el flash de una cámara. Esperé un poco más, pero nada ocurrió, y tras angustiosos minutos oí que alguien junto a mí roncaba.

Noche 69

-¿Por qué me gusta tanto que me hables de tus antiguas amantes? -mentí.

-Porque la carne es la historia -me explicó Rex, muy serio-. Aunque esto muy pocos lo entienden.

Y luego, acercándose a mi oído me dijo, bajito:

-La carne por la carne no existe.

Noche 104

Dos semanas después me trajo la foto. Junto con una carta que decía: (“adoro la negra estrella de tu frente, pero adoro mil veces más a la otra, la impúdica, ese insondable abismo que nos une”). Todo lo demás eran loas interminables: a mis senos, más blancos y bellos que los de Venus emergiendo del océano; a mis nalgas, redondas, plenas como una pintura de Ingres; a mis muslos, inspiración de Balthus, a mi espalda perfecta y a mi vientre. A cada centímetro de mi cuerpo, siempre en comparación con otras. Nunca, nadie había sido más hermosa que yo: ni los labios, mejillas, cabellos, ni los largos cuellos que me antecedieron podían competir conmigo, según Rex. Freud dice que en toda relación sexual hay en la cama al menos cuatro. En nuestro caso, había cuando menos veinte. O treinta. O eso creí al principio. Poco a poco fui dándome cuenta de que si hubieran llegado las ex amantes de Rex a instalársenos al cuarto habríamos tenido que salirnos por falta de espacio.

-¿No sería bueno que usáramos condón? -sugerí.

Pero Rex fue categórico:

-¿Qué habría sido de los Grandes Amantes de la Historia de haberse andado con esas mezquindades? -dijo.

Acto seguido se levantó de la cama, se vistió y salió azotando la puerta.

Noche 386

Por alguna razón, me siento obligada a aclarar que tuve una infancia feliz, que mi padre me quiso mucho y que no fue machista. O tal vez sí, tal vez fue tan machista como otros. Pero esto nada tiene que ver entre Rex y yo. Lo que me pasa con él es cuestión de simple polaridad: los hombres buenos me aburren, igual que a todas las mujeres de mi generación que, como he dicho, es la X. Esto lo he podido constatar. La “corrección política” no es más que una forma cínica de la hipocresía. Es la pretensión de asepsia en los guantes de médicos con el bisturí oxidado. Y el mundo no es un quirófano.

Noche 514

Por las noches, después de despedirnos, Rex pone mi nombre debajo de su lengua. Allí lo guarda y paladea, como si fuera un chocolate. Para mí, en cambio, sus gestos se diluyen. Cuando no está, su cuerpo sobre mí desaparece. Sólo puedo recordar su voz. Como en una película que vi donde los personajes se dan cita por teléfono sin encontrarse jamás, Rex se me ha vuelto una presencia sonora, incorpórea. Rex es la forma de sus palabras. Y sus palabras, el amor que le han inspirado las mujeres que llegaron antes de mí.

Noche 702

Ayer trajo más mujeres al cuarto. Los nombres me sorprenden más que ellas mismas, me hacen imaginar mil y una posibilidades. La Que Lloró Con Ciorán; La Escorpiona; La Amada Inmóvil; La Monja Desatada. Todas con una historia y un modo de hacer el amor muy específicos.

-Mis mujeres fueron siempre voluntariosas -dice Rex-. Sabían elegir sus posiciones. Arriba, o con las piernas cruzadas, de lado, cada cual según su gusto y preferencias.

Mi papel no hablado era imitarlas. Y más aún: superarlas. Si improvisaba algún gesto, Rex me llevaba sutilmente a la postura de alguna de ellas, La Mujer De Alcurnia Ancestral, por ejemplo, muy derechita sobre él aunque viendo al mundo con mirada desdeñosa, y me contaba su historia. Nunca llegué a conocer sus nombres verdaderos.

-Es por respeto -dijo Rex-. Para evitar que un día vayan a toparse por la calle.

Una tarde, haciendo el amor, tuve un levísimo atisbo de improvisación y al emprender, besando, el camino de su ingle a sus párpados me comparó con Eva. “La primera mujer”, pensé orgullosa, y en respuesta caminé desnuda por todo el cuarto antes de que llegara Jehová y me corriera del paraíso.

Noche 996

Había perdido la cuenta de la frecuencia con que nos veíamos, dada la relatividad con que había empezado a transcurrir el tiempo y los caprichos de Rex habían crecido, como es lógico. Para llevarlos a cabo comenzó a posponer sus viajes y conferencias, lo que no era poca cosa dados los ingresos que percibía o, más bien, que dejaba de percibir por estar conmigo. Inventaba pretextos cada vez más inverosímiles para no llegar a las citas, para estar lejos de su familia, y comenzó a ejercer sus funciones amatorias como un corredor de bolsa de Wall Street, a tiempo y de modo implacable. Yo era su amante, dijo, se debía a mí. ¿Qué otra cosa podía hacer sino corresponder con el mismo fervor a semejante entrega? De la noche a la mañana me vi obligada a superar las cuclillas de la Extremadamente Delgada, a sostener las piernas en vilo, por horas, como la Escorpiona, a perfeccionar los tiempos de La Rana o a quedarme quieta de perfil, como La Cucharita De Canto. Más frecuentemente, sin importar mi cansancio, debía moverme con frenesí extremo, agitando la melena al viento, como La Medusa De Ayer, la amante que más trabajo le había dado olvidar. Junto con los efectos de mi gimnasia amatoria debía soportar el hambre por horas, incluso días completos, pálida y ojerosa, sostenida sólo del comentario de Chateaubriand de que la Verdadera Amante ha de resistir los embates como una ciudad en ruinas. Por si esto fuera poco, uno de los días en que habíamos hecho el amor durante horas, sin dar tregua a los días anteriores, Rex decidió prender la tele del cuarto de hotel donde nos citábamos. Casi muero de espanto al ver el estoicismo con que Sharon Stone, totalmente desnuda y sentada sobre su amante, se ponía una corbata alrededor del cuello y, sin dejar de moverse, aguantaba la respiración mientras él, hundido en el más puro gozo, la estrangulaba durante el coito.

-Déjale ahí -dijo Rex, sirviéndose otro whiskito- no vayas a cambiarle.

Y luego, mirándome con intención:

-Así luego podemos tomar algunas ideas.

Me levanté como pude y, adolorida, caminé al servibar. Me explicó lo que haría conmigo cuando entrara al baño, cuando me agachara, intentando -inútilmente- vestirme, cuando horas después, me durmiera. “No habrá tregua”, advirtió.

Tomé una lata de Coca-Cola y la acerqué a mi oído. A través de ella pude oír el bombardeo virtual de una ciudad imaginaria.

Noche 1000 y una

Ayer, por la tarde, quise ponerle un ultimátum: o ellas o yo. Fue un momento de desesperación, lo reconozco. Estaba agotada de competir contra otras, quería ser amada por mí. “¡Pero si tú las contienes a todas!”, dijo Rex, emocionado. En ocasiones como ésa siento que no puedo defraudarlo. Lo peor que puede ocurrir es que llegue el día de mañana y que yo, solícita, me vea obligada a superar el placer de las noches anteriores. Lo segundo peor es que, agotado el repertorio, Rex me vea por fin tal como soy y decida entonces que ha llegado el momento fatal de hacerme formar parte del inventario.

Rosa Beltrán - Detalle del autor - Enciclopedia de la Literatura ...

«…En su oportunidad Jorge Volpi, Premio Alfaguara de novela 2018 y Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), describió a la homenajeada como “una de las narradoras más notables de México y de América Latina de los últimos años, con visión al mismo tiempo erudita, irónica y polifacética, para acercarse a muchos de los problemas de nuestro tiempo, como la violencia de género”.

El escritor destacó su inteligencia para la sátira e ironía sutil y al mismo tiempo provocadora, su enorme rigor y esa distancia maligna, constantes en las obra de la autora, quien cursó la licenciatura de Literatura Hispánica en la UNAM y un doctorado en Literatura Comparada en la Universidad de California.

Rosa Beltrán, miembro del Sistema Nacional de Creadores del Fonca y Directora de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, fue descrita por la escritora y periodista Mónica Lavín, como “una cronista natural de tono natural, desenfadado y sincero, que la hace tan próxima a la crónica, que ha fundado una colección en la dirección de literatura de la UNAM alrededor de esta”, recordó.

Ana García Bergua, ofreció un recorrido descriptivo por las novelas de Beltrán, “en cada una de las cuales da muestra de su enorme pericia narrativa”, aseguró la creadora, galardonada en 2003 con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela La bomba de San José,  en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Entre sus temas recurrentes, también destaca la deformidad del cuerpo humano y sus exigencias, lo que se pone de manifiesto en su obra Efectos secundarios (2011), donde dibuja “a un país convertido en una pesadilla de muertos y descabezados, lo que lleva a la cuestionarse el papel de la literatura en este contacto atroz, cuando lo violento roza lo fantástico”, detalló García Bergua.

Narradora, ensayista y académica, con una gran pasión por la lectura, de la que surge su faceta como editora, desde que fuera subdirectora del suplemento La Jornada Semanal, que sigue siendo evidente en la Dirección de Literatura de la UNAM, donde ha publicado antologías de cuento y crónica, géneros a los que se les presta muy poca atención en nuestro país…»

Nelli Campobello: El ahorcado

Cuentista, poeta y bailarina mexicana. Está considerada la cronista de la Revolución mexicana en el periodo 1916-1920. Se dice que su obra como escritora fue marginada por villista y por mujer. Como bailarina y coreógrafa también publicó estudios sobre el folclore mexicano. Estudiosos como Sergio López Mena han revindicado su obra. En palabras de Mena: «Cien años de soledad no hubiera sido posible sin Pedro Páramo y Pedro Páramo no hubiera sido posible sin Cartucho de Nellie Campobello».
Este cuento/crónica pertenece a Cartucho, publicado en 1931, una colección de relatos sobre la Revolución en el norte de México.

El hombre que tenía la mano salida de la ventanilla, amoratada y con las uñas negras -parecía estrangulada-, hablaba tan fuerte que el cigarro de macuchi detrás de la oreja se le movía mucho, parecía que iba a caérsele hasta el suelo; yo tenía ganas de que se le cayera. «Máquinas, la tierra, arados, nada más que maquinarias y más maquinarias», decía abierto de brazos, meciendo sus ideas en el ir del tren. «El Gobierno no sabe, el Gobierno no ve.» Nadie le había contestado. Al llegar el hombre de las sodas, todos pidieron una botella, le ofrecieron. «No, yo nunca bebo agua, en toda mi vida, café, sólo café, el agua me sabe mal -dijo sonando la boca-, cuando lleguemos a Camargo tomaré café.»
Habló en diez tonos distintos, para pedirle a un fantasma la misma cosa: maquinarias.
Santa Rosalía de Camargo Sandías, todos comían sandías; mi nariz pecosa la hundí en una rebanada que me dio Mamá; cuando de pronto, vimos un montón de hombres a caballo junto a un poste de telégrafo, tratando de encaramar una reata; cuando ya la pasaron, le dieron la punta a uno de ellos, picó ijares, el caballo pegó el arranque, en la otra punta estaba el que colgaban. El del caballo estaba a cierta distancia, con la reata tirante, y miraba al poste haciendo un gesto como de uno que lee un anuncio de lejos; fue acercándose poco a poco, hasta dejar al colgado a una altura razonable. Le cortaron el pedazo de reata. Se fueron llevándose la polvareda en las pezuñas de sus caballos. Mamá no dijo nada, pero ya no comió la sandía. El asiento de adelante quedó vacío; el hombre de la mano en la ventanilla estaba ahorcado enfrente del tren, a diez metros de distancia, ya se le había caído el cigarro de macuchi, el colgado parecía buscarlo con la lengua. El tren fue arrancando muy despacito. Dejó balanceándose en un poste al hombre que tomó café toda su vida.

Historia y biografía de Nellie Campobello

La treceava mujer de Lydia Davis

En una ciudad de doce mujeres vivía una treceava. Nadie aceptaba que vivía ahí, no llegaba ninguna correspondencia para ella, nadie hablaba de ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie devolvía su mirada, nadie tocaba su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el sol nunca brillaba sobre ella, el día nunca atardecía para ella, la noche nunca llegaba para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su casa no tenía número, su jardín estaba descuidado, su camino no era caminado, nadie dormía en su cama, su comida no se comía, su ropa no se usaba; y aun así, a pesar de todo esto, seguía viviendo en la ciudad sin ningún resentimiento.

La Mujer Olvidada - Yayaza_Galarza - Wattpad

A mano de Sara Gallardo

 

El más tranquilo de los hombres, en el bar me consultan. Soy juicioso, por cierto. Acuclillado en el cajón de lustrador miro pasar la gente. O lustro. Conozco los zapatos de mis parroquianos.

«Estoy a mano con la vida», digo.

Ellos me admiran. Estoy a mano, es cierto.
A mi hijo —único— puse un nombre pensado. El del abuelo, el mío, y el que decía la verdad en tercer sitio. Carlos Fidel Deseado. Apellido, González. Pude costearle los estudios, escuela, colegio, medicina. Se recibió a los veintidós. Lo celebramos con asado. No faltó ni un vecino. Aquella noche lo mató un tranvía. Veintidós, ya lo dije.

Tardé treinta y seis años en vengarlo. Veneno. Uno por uno hasta llegar a veintidós. ¿Quién iba a sospechar? La nieta de mi hermana completó la cuenta.

Estoy a mano con la vida, es cierto. En calma, miro pasar la gente. Los mozos me consultan. Soy juicioso. Doy consejos, el corazón frío.

Fotos de stock de Lustrador de zapatos, imágenes sin royalties de ...

Orgullo de Rubem Fonseca

En varias ocasiones había oído decir que por la mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se acordó de cosas olvidadas, de la noticia del periódico según la cual en su infancia pobre él usaba zapatos agujerados, sin calcetines y se pintaba el dedo del pie para disimular el hoyo, pero él siempre había usado calcetines y zapatos sin hoyo, calcetines que su madre zurcía cuidadosamente, y se acordó del huevo de madera muy liso y suave que ella metía en los calcetines y zurcía, zurciendo todos los años de su infancia, y se acordó de que desde niño no le gustaba beber agua y si se bebía un vaso lleno se quedaba sin aire, y por eso permanecía el día entero sin beber una gota de líquido pues no tenía dinero para jugos o refrescos, y que a veces a escondidas de su madre hacía refresco con la pasta de dientes Kolynos, pero no siempre tenían pasta de dientes en su casa, y en el momento en que moría también se acordó de todas las mujeres que amó, o de casi todas, y también del piso de madera roja de una casa en la que había vivido, aunque angustiado no logró recordar qué casa era aquélla, y también del reloj de bolsillo ordinario que rompió el primer día que lo usó, y también del saco de franela azul, y del dolor que lo había hecho arrastrarse por el suelo, y del medico que decía que necesitaba hacerle una radiografía de las vías urinarias, y cuanto más lo cercaba la muerte más se mezclaban los recuerdos antiguos con los recientes, él llegando atrasado al consultorio del médico que ya estaba vestido para salir, ya hasta había permitido que se fuera la enfermera, y el médico con prisa, ansioso como alguien que va a encontrar a una novia muy deseada, mandándole que se quitara el saco, se levantara las mangas de la camisa y que se acostara en una cama metálica, explicándole que a fin de cuentas la radiografía no se tardaría mucho, sólo había que inyectar el contraste y sacar las placas, y el médico se inclinó sobre la cama para aplicar el contraste en la vena del brazo y él sintió el olor delicado de su perfume y pudo observar su corbata de bolitas, y no pasó mucho tiempo cuando empezó a sentir que la laringe se le cerraba impidiéndole respirar y él intentó alertar al médico pero no logró emitir sonido alguno y todas las reacciones vinieron a su mente, la noticia del periódico, el saco azul, el piso de madera, las mujeres, el huevo liso de madera de su madre, mientras el médico en una esquina del consultorio hablaba por teléfono en voz baja, y como sabía que se estaba muriendo golpeó en la cama de metal con fuerza, el médico se asustó y después muy nervioso sacaba los cajones de los armarios, maldiciendo, culpando a la enfermera y diciéndole a él que se calmara, que iba a ponerle una inyección antialérgica, pero no encontraba dónde estaba el maldito medicamento, y él pensó me estoy muriendo sofocado, la vida y la muerte corriendo al parejo, y consciente de que su muerte era inminente e inevitable, se acordó de las palabras de un poema, debo morir pero eso es todo lo que haré por la Muerte, pues siempre se había rehusado a tener el corazón atormentado por ella, y en ese momento en que moría no iba a dejar que ella se hiciera cargo de su alma, pues lo más que la Muerte haría de él sería un muerto, así es que pensó en la vida, en las mujeres que había conocido, en su madre zurciendo calcetines, en el huevo liso de madera, en la noticia del periódico, y golpeó con fuerza la mesa de metal, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, estoy pensando en las mujeres que amé, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, pensando en mi madre, y en ese momento el médico, sin saber qué hacer, atormentado y sobresaltado por los ruidosos golpes que él descargaba en la cama metálica, lo miró con gran conmiseración y tristeza, y él gritó nuevamente ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba al médico, ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba a todo el mundo, mientras su mente recorría velozmente las reminiscencias de la vida, y el médico, ahora entregado a su impotencia, desesperado y confundido, le quitó los zapatos y le levantó la cabeza y vio sus pies vestidos con calcetines negros, y vio en el calcetín del pie derecho un hoyo que dejaba aparecer un pedazo del dedo grande, y se acordó de cuán orgullosa era su madre y de que él también era muy orgulloso y que eso siempre había sido su ruina y su salvación, y pensó no voy a morirme aquí con un hoyo en el calcetín, no va a ser esa la imagen final que le voy a dejar al mundo, y contrajo todos los músculos del cuerpo, se curvó en la cama como un alacrán ardiendo en el fuego y en un esfuerzo brutal logró que el aire penetrara en su laringe con un ruido aterrador, y cuando el aire era expelido de sus pulmones hizo un ruido aún más bestial y horrible, y se escapó de la Muerte y ya no pensó en nada. El médico, sentado en una silla, se limpió el sudor del rostro. Él se levantó de la cama metálica y se puso los zapatos.

El principio es mejor de Isidoro Blaisten

 

En el principio fue el sustantivo. No había verbos. Nadie decía: «Voy a la casa». Decía simplemente:«casa» y la casa venía a él. Nadie decía «te amo». De-
cía simplemente «amor» y uno simplemente amaba.

En el principio era mejor.

Ilustración de Abrazos Naturaleza Amor Concepto Dibujo Del Árbol y ...

Olvido César Antonio Alurralde

 

Busco a mi perro que lo apodamos Olvido, cuyo mote jamás recuerdo. Mi mujer le colgó del cogote un collar con la palabra Olvido para ayudarme. Todo resultó en vano pues el perro se lo pasa en la calle. Yo en casa, y con mi falta de memoria, traté de llamarlo por su nombre que siempre olvido, aunque de solo pensarlo, él viene.

Cómo enseñar a tu perro a usar collar? — Mis animales

Un minuto a la deriva

Avatar de Maria Jesus BeristainMJB Maria Jesus Beristain

 

 

Un minuto a la deriva…

Te escucho en la distancia
y tiemblo en el vacío
eres como el fruto de un veneno
con corazón de lirio.

Un minuto a la deriva…

Recuerdo tu roce como un trote de palomas
dibujando paisajes en mi espalda
con las alas llenas de lluvias tiernas.

Un minuto a la deriva…

Llévame lejos, amor
por el camino intacto de la nieve
al instante escrito sin palabras
en las  heridas del silencio.

Un minuto a la deriva,
dame un minuto, amor, solo un minuto
a la deriva.

@mjberistain
De mi poemario «Apuntes de Salitre»

Imagen: ArtQuid


 

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Amor 77 Julio Cortázar

 

Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

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La montaña de Enrique Anderson Imbert

 

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sen-
tirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del niño una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, in-
móviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
—¡Papá, papá! —llamó, a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
—¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Escalada en hielo - Wikipedia, la enciclopedia libre

.La última noche del mundo de Ray Bradburi

 

¿Qué harías si supieras que esta es la última noche del mundo?

-¿Qué haría? ¿Lo dices en serio?

-Sí, en serio.

-No sé. No lo he pensado.

El hombre se sirvió un poco más de café. En el fondo del vestíbulo las niñas jugaban sobre la alfombra con unos cubos de madera, bajo la luz de las lámparas verdes. En el aire de la tarde había un suave y limpio olor a café tostado.

-Bueno, será mejor que empieces a pensarlo.

-¡No lo dirás en serio!

El hombre asintió.

-¿Una guerra?

El hombre sacudió la cabeza.

-¿No la bomba atómica, o la bomba de hidrógeno?

-No.

-¿Una guerra bacteriológica?

-Nada de eso -dijo el hombre, revolviendo suavemente el café-. Solo, digamos, un libro que se cierra.

-Me parece que no entiendo.

-No. Y yo tampoco, realmente. Solo es un presentimiento. A veces me asusta. A veces no siento ningún miedo, y solo una cierta paz -miró a las niñas y los cabellos amarillos que brillaban a la luz de la lámpara-. No te lo he dicho. Ocurrió por vez primera hace cuatro noches.

-¿Qué?

-Un sueño. Soñé que todo iba a terminar. Me lo decía una voz. Una voz irreconocible, pero una voz de todos modos. Y me decía que todo iba a detenerse en la Tierra. No pensé mucho en ese sueño al día siguiente, pero fui a la oficina y a media tarde sorprendí a Stan Willis mirando por la ventana, y le pregunté: “¿Qué piensas, Stan?”, y él me dijo: “Tuve un sueño anoche”. Antes de que me lo contara yo ya sabía qué sueño era ese. Podía habérselo dicho. Pero dejé que me lo contara.

-¿Era el mismo sueño?

-Idéntico. Le dije a Stan que yo había soñado lo mismo. No pareció sorprenderse. Al contrario, se tranquilizó. Luego nos pusimos a pasear por la oficina, sin darnos cuenta. No concertamos nada. Nos pusimos a caminar, simplemente cada uno por su lado, y en todas partes vimos gentes con los ojos clavados en los escritorios o que se observaban las manos o que miraban la calle. Hablé con algunos. Stan hizo lo mismo.

-¿Y todos habían soñado?

-Todos. El mismo sueño, exactamente.

-¿Crees que será cierto?

-Sí, nunca estuve más seguro.

-¿Y para cuándo terminará? El mundo, quiero decir.

-Para nosotros, en cierto momento de la noche. Y a medida que la noche vaya moviéndose alrededor del mundo, llegará el fin. Tardará veinticuatro horas.

Durante unos instantes no tocaron el café. Luego levantaron lentamente las tazas y bebieron mirándose a los ojos.

-¿Merecemos esto? -preguntó la mujer.

-No se trata de merecerlo o no. Es así, simplemente. Tú misma no has tratado de negarlo. ¿Por qué?

-Creo tener una razón.

-¿La que tenían todos en la oficina?

La mujer asintió.

-No quise decirte nada. Fue anoche. Y hoy las vecinas hablaban de eso entre ellas. Todas soñaron lo mismo. Pensé que era solo una coincidencia -la mujer levantó de la mesa el diario de la tarde-. Los periódicos no dicen nada.

-Todo el mundo lo sabe. No es necesario -el hombre se reclinó en su silla mirándola-. ¿Tienes miedo?

-No. Siempre pensé que tendría mucho miedo, pero no.

-¿Dónde está ese instinto de autoconservación del que tanto se habla?

-No lo sé. Nadie se excita demasiado cuando todo es lógico. Y esto es lógico. De acuerdo con nuestras vidas, no podía pasar otra cosa.

-No hemos sido tan malos, ¿no es cierto?

-No, pero tampoco demasiado buenos. Me parece que es eso. No hemos sido casi nada, excepto nosotros mismos, mientras que casi todos los demás han sido muchas cosas, muchas cosas abominables.

En el vestíbulo las niñas se reían.

-Siempre pensé que cuando esto ocurriera la gente se pondría a gritar en las calles.

-Pues no. La gente no grita ante la realidad de las cosas.

-¿Sabes?, te perderé a ti y a las chicas. Nunca me gustó la ciudad ni mi trabajo ni nada, excepto ustedes tres. No me faltará nada más. Salvo, quizás, los cambios de tiempo, y un vaso de agua helada cuando hace calor, y el sueño. ¿Cómo podemos estar aquí, sentados, hablando de este modo?

-No se puede hacer otra cosa.

-Claro, eso es; pues si no estaríamos haciéndolo. Me imagino que hoy, por primera vez en la historia del mundo, todos saben qué van a hacer de noche.

-Me pregunto, sin embargo, qué harán los otros, esta tarde, y durante las próximas horas.

-Ir al teatro, escuchar la radio, mirar la televisión, jugar a las cartas, acostar a los niños, acostarse. Como siempre.

-En cierto modo, podemos estar orgullosos de eso… como siempre.

El hombre permaneció inmóvil durante un rato y al fin se sirvió otro café.

-¿Por qué crees que será esta noche?

-Porque sí.

-¿Por qué no alguna otra noche del siglo pasado, o de hace cinco siglos o diez?

-Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí. Quizá porque esa fecha significa más que ninguna otra. Quizá porque este año las cosas son como son, en todo el mundo, y por eso es el fin.

-Hay bombarderos que esta noche estarán cumpliendo su vuelo de ida y vuelta a través del océano y que nunca llegarán a tierra.

-Eso también lo explica, en parte.

-Bueno -dijo el hombre incorporándose-, ¿qué hacemos ahora? ¿Lavamos los platos?

Lavaron los platos, y los apilaron con un cuidado especial. A las ocho y media acostaron a las niñas y les dieron el beso de buenas noches y apagaron las luces del cuarto y entornaron la puerta.

-No sé… -dijo el marido al salir del dormitorio, mirando hacia atrás, con la pipa entre los labios.

-¿Qué?

-¿Cerraremos la puerta del todo, o la dejaremos así, entornada, para que entre un poco de luz?

-¿Lo sabrán también las chicas?

-No, naturalmente que no.

El hombre y la mujer se sentaron y leyeron los periódicos y hablaron y escucharon un poco de música, y luego observaron, juntos, las brasas de la chimenea mientras el reloj daba las diez y media y las once y las once y media. Pensaron en las otras gentes del mundo, que también habían pasado la velada cada uno a su modo.

-Bueno -dijo el hombre al fin.

Besó a su mujer durante un rato.

-Nos hemos llevado bien, después de todo -dijo la mujer.

-¿Tienes ganas de llorar? -le preguntó el hombre.

-Creo que no.

Recorrieron la casa y apagaron las luces y entraron en el dormitorio. Se desvistieron en la fresca oscuridad de la noche y retiraron las colchas.

-Las sábanas son tan limpias y frescas…

-Estoy cansada.

-Todos estamos cansados.

Se metieron en la cama.

-Un momento -dijo la mujer.

El hombre oyó que su mujer se levantaba y entraba en la cocina. Un momento después estaba de vuelta.

-Me había olvidado de cerrar los grifos.

Había ahí algo tan cómico que el hombre tuvo que reírse.

La mujer también se rió. Sí, lo que había hecho era cómico de veras. Al fin dejaron de reírse, y se tendieron inmóviles en el fresco lecho nocturno, tomados de la mano y con las cabezas muy juntas.

-Buenas noches -dijo el hombre después de un rato.

-Buenas noches -dijo la mujer.

Ray Bradbury: biogarfía, libros, frases, muerte y mucho más

Tercer hijo de Leonard Spaulding Bradbury y Esther Marie Moberg Bradbury. En 1926, la familia se mudó a Tucson, Arizona, para volver a Waukegan en mayo de 1927.

En el año 1931 empezó escribiendo su propias historias. En 1932, después de que su padre dejó su trabajo como instalador de líneas telefónicas, la familia de Bradbury se mudó de nuevo a Tucson y otra vez volvió a Waukegan el año siguiente. En 1934, durante la Gran Depresión la familia se mudó a Los Angeles, California.


Vendió periódicos en las esquinas de Los Angeles de 1938 a 1942.

Durante su niñez, fue propenso a pesadillas y horribles fantasías que acabó por plasmar en sus relatos. Se graduó en 1938 en Los Angeles High School.

En sus inicios su obra esta fuertemente influenciada por Lovecraft y en sus relatos aparecen temas de terror y fantásticos. La primera historia de Bradbury publicada fue «El Dilema de Hollerbochen,» aparecida en 1938 en Imagination!, revista amateur. En 1939, publicó cuatro números de Futuria Fantasia, su propia revista amateur, donde la mayor parte del material era suyo. La primera publicación pagada de Bradbury fue «Pendulum» en 1941. En 1942, escribió «The Lake«, la historia en la qué descubrió su estilo de escritura distintivo.

Escritor de culto, genio de la ciencia-ficción, desde 1943 se dedicó plenamente a la literatura. Sus obras más famosas son Crónicas marcianas (1950), novela sobre la conquista de Marte, que le consolidó como autor de ciencia ficción, El hombre ilustrado (1951) y Farenheit 451 (1953) donde los libros están prohibidos y que inmortalizara en el cine François Truffaut. Ha trabajado escribiendo guiones de televisión, y es autor también de ensayos y poemas. Fue autor de más de 27 novelas, colecciones de cuentos y más de 600 relatos. En 1988 fue nombrado Gran Maestro Nebula y dio nombre a un asteroide: (9766) Bradbury.


Falleció el 6 de junio de 2012 en Los Ángeles.

Bibliografía

Relatos

Crónicas marcianas (1950)
El hombre ilustrado (1951)
Las doradas manzanas del sol (1953).
El país de octubre (1955)
Icarus Montgolfier Wright (1956)
Remedio para melancólicos (1960)
Las maquinarias de la alegría (1964)
Fantasmas de lo nuevo (1969)
Mucho después de medianoche (1974, 1975)
Cuentos de dinosaurios (1983)
Memoria de crímenes (1984)
El convector Toynbee (1988)
La bruja de abril y otros cuentos (1994)
Más rápido que el ojo (1996)
A Ciegas (1997)
De la ceniza volverás (2001)
Algo más en el equipaje (2003)
El signo del gato (2005)

Novelas

Fahrenheit 451 (1953)
El vino del estío (1957)
La feria de las tinieblas (1962)
El árbol de las brujas (1972)
La muerte es un asunto solitario (1985)
Cementerio para lunáticos (1990)
El ruido de un Trueno (1990)
Sombras verdes, ballena blanca (1992)
Matemos todos a Constance (2004)
El verano de la despedida (2006)
Ahora y siempre (2009). Now and Forever

Teatro

El maravilloso traje de color vainilla (1972)
Columna de fuego y otras obras para hoy, mañana y después de mañana (1975)

No ficción

Ayermañana. Respuestas evidentes a futuros imposibles (1991)
Zen en el arte de escribir (2002)
Bradbury habla (2008)

*buscabiografias.com

 

 Artículo: Biografía de Ray Bradbury 
 Autor: Víctor Moreno, María E. Ramírez, Cristian de la Oliva, Estrella Moreno y otros
 Website: Buscabiografias.com
 URL: https://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/7710/Ray%20Bradbury 
 Publicación: 2013/08/21 
 Última actualización: 2019/11/28 

Kashtanka de Chejov

Obras completas (vol. IV, edición de Adolf Marks, 1899);

MALA CONDUCTA

      Una perrita rojiza, entre zarcera y podenca, de hocico muy semejante al de la zorra, corría de un lado a otro por la acera, mirando inquieta a su alrededor. De cuando en cuando, se detenía gimoteante, y, levantando tan pronto una pata como otra, parecía querer aclararse a sí misma cómo había sido posible que se hubiera perdido.
Recordaba perfectamente cómo había pasado el día y cómo había ido a parar a aquella acera desconocida.
El día había comenzado así: su amo, el carpintero Luka Aleksándrich, se encasquetó el gorro, se colocó debajo del brazo un objeto de madera envuelto en un pañuelo rojo, y le gritó:
—¡Vamos, Kashtanka!
Al oír su nombre, la mixta de zarcera y podenca salió de debajo del banco, donde dormía sobre un lecho de virutas, desperezóse dulcemente y corrió tras el amo. Los clientes de Luka Aleksándrich vivían lejísimos; tan lejos, que antes de llegar a la casa de cada uno, el carpintero tenía que hacer escala en varias tabernas para reparar fuerzas. Kashtanka recordaba que se había portado muy mal todo el camino. Llena de júbilo porque la habían sacado de paseo, saltaba, ladraba a los tranvías tirados por caballos, penetraba en los patios y corría detrás de los perros. El carpintero la perdía de vista a veces, se paraba y le reñía enojado. En una ocasión llegó a agarrarla por una de sus orejas de raposa, y, con cara de pocos amigos, la zarandeó mientras gruñía, alargando las palabras:
—¡A-sí re-vien-tes, mal nacida!
Después de visitar a los clientes, Luka Aleksándrich pasó un momento por el domicilio de su hermana, donde se tomó unas copas y un bocado; de allí salió para la casa de un encuadernador conocido; luego entró en una taberna; de la taberna se fue a ver a su compadre; y así sucesivamente. Dicho de otro modo, cuando Kashtanka se vio en la acera desconocida, oscurecía ya; y el carpintero, más borracho que una cuba, agitando los brazos y jadeando profundamente, tartamudeaba:
—En el pecado me engendró mi madre dentro de las entrañas. ¡Oh pecados, pecados! Vamos andando por esta calle y miramos a los faroles; pero después de muertos arderemos en el gehena del fuego…
O bien, enternecido súbitamente, llamaba a la perrita y le decía:
—No eres más que un insecto, Kashtanka. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dotador comparado con un carpintero…
Mientras le hablaba de esta suerte, se oyó de repente el estruendo de una banda de música. Kashtanka miró en la dirección del ruido y vio venir hacia ella todo un regimiento. Como la música la enervaba, se puso a ladrar agitada. Pero, ante su asombro, el carpintero, en lugar de asustarse y de lanzar alaridos, sonrió con toda su cara, se cuadró y saludó llevándose los cinco dedos a la sien. Al ver que el dueño no protestaba, Kashtanka arreció en sus ladridos y, sin reparar en lo que hacía, atravesó la calle a la carrera y se fue a la acera de enfrente.
Cuando quiso percatarse había desaparecido el regimiento con su música. Kashtanka corrió a la acera opuesta buscando a su amo; pero, ¡ay!, ya no le encontró allí. Corrió hacia adelante, corrió hacia atrás, tornó a cruzar la calle… Y el carpintero sin aparecer. Diríase que se le había tragado la tierra… Kashtanka se puso a olfatear la acera con la esperanza de encontrarle por el olor de las huellas; mas algún canalla había pasado por allí con unos chanclos de goma y ahora todos los olores delicados se confundían con el acre hedor del caucho, de modo que era imposible sacar nada en limpio.
Kashtanka erró de acá para allá, sin dar con Luka Aleksándrich. Mientras tanto, iba oscureciendo. A ambos lados de la calle encendieron los faroles. Se iluminaron las ventanas de las casas. Caían gruesos copos de nieve, tiñendo de blanco el pavimento, los lomos de los caballos y los gorros de los cocheros; y cuanto más se oscurecía el aire tanto más blancos se tomaban los objetos.
Junto a Kashtanka, limitando su campo visual y empujándola con los pies, pasaban sin cesar, en una y otra dirección, clientes desconocidos. (Ella dividía a toda la Humanidad en dos partes: dueños y clientes. Entre aquéllos y éstos existía una diferencia esencial: los primeros tenían derecho a pegarle a ella, y a los segundos tenía ella derecho a morderles en las pantorrillas). Los clientes en cuestión iban de prisa, sin prestarle la menor atención.
Cuando oscureció del todo, la desesperación y el miedo se apoderaron de Kashtanka que, acurrucándose en un portal, se echó a llorar amargamente. Extenuada de caminar todo el día con Luka Aleksándrich; tenía, además, heladas las patas y las orejas, y un hambre voraz la martirizaba.
En toda la jornada había conseguido comer algo tan solo un par de veces: en casa del encuadernador tuvo ocasión de engullir un poco de cola de almidón; y en una de las tabernas visitadas por su amo, encontró un trozo de pellejo de embutido. De haber sido una persona, y no una perra, de fijo que hubiera pensado:
“Es imposible vivir así. Esto es para pegarse un tiro”.

II
EL DESCONOCIDO MISTERIOSO

      Pero Kashtanka no pensaba nada. Limitábase a llorar. Cuando la nieve, blanda y esponjosa, le cubrió totalmente el lomo y la cabeza, y cuando ella, exhausta, comenzaba a sumirse en un pesado sopor, se abrió de pronto la puerta entre chirridos, golpeándole un costado. El animal pegó un salto. Por la puerta salió un hombre perteneciente a la categoría de los clientes. Como Kashtanka, al saltar, chilló y se enredó en las piernas del desconocido, éste no pudo por menos de advertir su presencia. Agachándose un poco, le dijo:
—¡Oh, qué perrilla! ¿De dónde has salido? ¿Te he hecho daño? ¡Pobrecita, pobrecita! No te enfades. Perdóname.
Kashtanka miró a través de los copitos de nieve pendientes de sus pestañas, y vio a un individuo grueso y chaparrete, de cara rasurada y redonda, sombrero de copa y abrigo desabrochado.
—¡No te apures! —continuó el desconocido, quitándole la nieve del lomo—. ¿Dónde está tu amo? ¿Te has extraviado? ¡Pobre perrilla! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Percibiendo en la voz del desconocido una nota cálida y afectuosa, Kashtanka le lamió la mano y reanudó sus gemidos con más fuerza que antes.
—¡Hombre, qué gracia tienes! —dijo el hombre—. Pareces enteramente una zorra. Bueno, qué le vamos a hacer… Vente conmigo. A lo mejor sirves para algo. ¡Hala, hala!
Acompañó sus palabras con un chasquido de los labios y un ademán que solo podía significar una cosa: “¡Vamos!”. Y Kashtanka obedeció.
Antes de media hora, ya estaba tendida en un aposento grande y claro; con la cabeza ladeada, miraba curiosa y conmovida al desconocido que, sentado a la mesa, cenaba y le echaba alguna que otra cosilla… Empezó dándole pan y corteza verde de queso; luego le tiró un trozo de carne, media empanadilla, huesos de pollo… Y ella, impulsada por su hambre canina, lo devoró todo con tal rapidez, que ni siquiera se dio cuenta de su sabor. Y cuanto más comía, tanto más se acrecentaba su hambre.
—Muy mal te alimentaba tu amo —comentó el desconocido al verla engullir con tanta voracidad, sin masticar siquiera lo que le llegaba a la boca—. ¡Qué canija estás! No tienes más que huesos y pellejo…
Kashtanka comió como una bárbara; pero, lejos de hartarse, lo único que hizo fue embriagarse con la comida. Terminada la cena, se estiró en el suelo; y, notando en el cuerpo una pesadez grata, meneó el rabo. Mientras su nuevo amo, repantigado en una butaca, fumaba un hermoso habano, ella movía la cola y se preguntaba dónde se estaba mejor, con el desconocido o con el carpintero. En la nueva casa todo era pobre y feo: quitando las butacas, el diván, la araña del techo y las alfombras, no había nada más; y la habitación parecía estar vacía; en cambio, el piso del carpintero estaba lleno de cosas atractivas: una mesa, un banco de trabajo, un montón de virutas, escoplos, formones, sierras, un pardillo en una jaula, una tinaja… El aposento del desconocido no tenía ningún olor, mientras que en casa del carpintero flotaba siempre una nube de humo y olía maravillosamente a cola, a barniz y a virutas. Eso sí: el desconocido poseía una gran ventaja: daba mucho de comer y, además, había que reconocerlo, cuando Kashtanka, sentada junto a la mesa, le miraba suplicante, él no le pegaba, no le daba puntapiés, ni le gritaba: “¡Fuera, maldita!”.
Una vez que se fumó el cigarro puro, su nuevo dueño pasó a otra habitación y regresó al instante trayendo un colchoncito.
—¡Eh, perrilla, acuéstate aquí a dormir! —la invitó, extendiendo el colchón en un rincón al lado del diván.
Hecho esto, apagó la luz y se marchó, Kashtanka se acomodó en su cama y cerró los ojos. De pronto oyó un ladrido procedente de la calle. Quiso responder, pero se sintió embargada de súbita tristeza. Se acordó de Luka Aleksándrich, de su hijo Fediushka, de su confortable dormitorio debajo del banco… Recordó que en las largas veladas del invierno, mientras el carpintero cepillaba madera o leía el periódico, Fediushka solía jugar con ella. Tirándole de las patas traseras, la sacaba de debajo del banco y hacía tales diabluras, que a ella se le nublaban los ojos y le dolían todos los huesos. La obligaba a andar en dos patas: le hacía “la campana”, es decir, la suspendía del rabo, moviendo el brazo y riéndose de sus gritos y alaridos; le daba rapé; y la peor de las “bromas” era la siguiente: ataba a una cuerda un trozo de carne, se lo echaba a Kashtanka y, cuando ella se la había tragado, tiraba de la cuerda y se lo sacaba del estómago entre risotadas estruendosas. Cuantos más fuertes eran los recuerdos, tanto más y con tanta mayor tristeza gemía la pobre.
Mas el cansancio y el calor no tardaron en imponerse a la melancolía… Kashtanka se adormiló. Vio con la imaginación perros que corrían. Entre ellos pasó un lulú viejo y lanudo al que había visto por la tarde: tenía una nube en un ojo y mechones de lana rodeándole el hocico. Fediushka, con un cincel en la mano, se puso a perseguir al lulú; pero, de pronto, él mismo se cubrió de hirsuta lana, rompió a ladrar con alegría y apareció junto a Kashtanka. Los dos se olfatearon amigablemente los hocicos y se fueron a la calle…

III
NUEVOS Y AGRADABLES CONOCIDOS

      Despertó Kashtanka ya con luz. De la calle le llegaron ruidos propios del día. En la habitación no había ni un alma. La perrita se desperezó, bostezó y dio unos paseos por el aposento, enojada y triste. Olfateó los rincones y los muebles, se asomó al recibidor y no encontró nada digno de interés. Además de la puerta que daba al recibidor había otra. Tras un breve instante de indecisión, Kashtanka la arañó con las dos manos, la abrió y pasó al cuarto vecino. Allí estaba, durmiendo en su cama y cubierto con una manta, el cliente de la víspera.
—¡Brrrr! —gruñó el animal, pero al acordarse de la cena del día anterior, se puso a menear el rabo y a olfatear todo cuanto tenía a su alcance. Aplicó el hocico a la ropa y a las botas del desconocido, percibiendo un olor muy semejante al de los caballos. Otra puerta, cerrada también, conducía desde el dormitorio a algún sitio. Kashtanka se apoyó de manos en ella, la empujó con el pecho, la abrió y notó, en seguida, un olor extraño y sospechoso. Temerosa de un encuentro desagradable, gruñendo y mirando recelosa, penetró en un cuartito empapelado y sucio, pero retrocedió asustada. Acababa de ver algo espantoso: un ganso gris avanzaba hacia ella con la cabeza a ras de tierra, abiertas las alas y siseando. A poca distancia, sobre un jergoncillo, yacía un gato blanco que, al ver a Kashtanka, se levantó de un brinco, arqueó el lomo, metió el rabo entre las patas, erizó el pelo y soltó un “¡fu!” nada tranquilizador. La perrita se atemorizó muy en serio; mas, para guardar las formas, ladró fuertemente y se lanzó hacia el gato. Éste combó más aún el lomo, exhalo un bufido y asestó; un manotazo a la agresora. Kashtanka reculó, agazapándose sobre las cuatro patas; y, alargando el hocico hacia el minino, emitió unos ladridos penetrantes y largos. En esto, el ganso llegó por detrás y le atizó un doloroso picotazo en la rabadilla. Kashtanka se revolvió arremetió contra él.
—¿Qué pasa aquí? —se oyó la voz enojada del desconocido, entró envuelto en una bata de casa y con un habano entre los dientes—. ¿Qué significa esto? ¡A su sitio todo el mundo!
Acercándose al gato le dio un papirotazo en el arqueado lomo y le dijo:
—¿Qué es esto, Fiódor Timófeich? ¿Una pelea? ¡Oh, viejo canalla! ¡Tiéndete!
Y dirigiéndose al ganso, le gritó:
—¡Iván Ivanich, a tu sitio!
El felino se acostó dócilmente en su jergón y cerró los ojos. A juzgar por su hocico y sus bigotes, no parecía muy satisfecho de haberse calentado más de la cuenta y de haber entrado en riña.
Kashtanka gimió ofendida; y el ganso, alargando el cuello, se puso a hablar a la carrera, con vehemencia y sonoridad, aunque no se le entendía.
—Está bien, está bien —bostezó el amo—. Hay que vivir en paz y armonía. —Y después de acariciar a Kashtanka, prosiguió—: Y tú, pelirroja, no tengas miedo… Esta es buena gente y no te hará daño. Espera: ¿qué nombre vamos a ponerte? No puedes seguir sin nombre, hermana.
El desconocido estuvo pensativo un momentito y decidió:
—Pues mira, te llamarás Tiotka. ¿Me has entendido? ¡Tiotka!
Después de repetir el nombre varias veces, salió. Kashtanka sentóse y se puso a observar. El gato, inmóvil en su jergón, fingía dormir. El ganso, alargando el cuello y pataleando en el mismo sitio, continuaba hablando rápidamente, como enojado. Debía de ser muy sabio. Al final de cada parrafada retrocedía, sorprendido; y daba la impresión de admirarse de su discurso. Después de oírle y de responderle con un gruñido, Kashtanka comenzó a husmear por los rincones. En uno de ellos, dentro de un barreño, vio guisantes húmedos y un poco de salvado. Probó los guisantes y no le gustaron; probó el salvado y se puso a comérselo. El ganso no se molestó al ver que la perra intrusa se comía el almuerzo. Por el contrario, empezó a parlotear con más calor todavía; y, para patentizar su confianza, se acercó al barreño y engulló unos cuantos guisantes.

IV
MILAGROS

       A poco tardar, regresó el desconocido trayendo un objeto extraño, parecido a una puerta o a la letra A. En el travesaño de aquella tosca A de madera pendía una campana y había una pistola atada. Del badajo de la primera y del gatillo de la segunda salían sendas cuerdas. El desconocido colocó la A en medio de la habitación, estuvo un buen rato atando y desatando algo; y, por último, miró al ganso y le dijo:
—Iván Ivánich, tenga la bondad.
El ganso se le aproximó y se le colocó en posición de espera.
—A ver —ordenó el desconocido—. Comencemos desde el principio. Ante todo, haz la reverencia. ¡Vivo!
Iván Ivánich alargó el cuello, miró en tomo suyo, inclinándose, y terminó cuadrándose.
—¡Magnífico! Ahora muérete.
El ganso se tendió boca arriba pataleando. Después de varios trucos de tan poca monta como éste el desconocido se llevó las manos a cabeza, puso cara de horror y comenzó a gritar:
—¡Socorro, fuego, socorro!
Iván Ivánich corrió a la A, agarró la cuerda con el pico y se puso a repicar la campana.
El desconocido quedó muy contento. Acarició al ganso y le felicitó:
—¡Bravo, Iván Ivánich! Y, ahora, figúrate que eres joyero y que tienes una tienda donde hay alhajas, oro y brillantes. Un buen día llegas y encuentras en ella ladrones. ¿Qué harías en semejante caso?
El ganso tiró con el pico de la otra cuerda y sonó un disparo ensordecedor. A Kashtanka le hizo gracia el tañido de la campana; pero el disparo le produjo tal júbilo, que empezó a corretear ladrando alrededor de la A.
—¡A tu sitio, Tiotka! —le gritó el desconocido— ¡A callar!
El trabajo de Iván Ivánich no terminó con el disparo. El desconocido lo tuvo toda una hora dando vueltas alrededor de él atado a una cuerda y haciendo restallar el látigo; después, el ave tuvo que saltar por encima de una barrera y a través de un aro, sentarse sobre la cola y agitar, al mismo tiempo, las patas. Kashtanka no le quitaba ojo; ladrando de alegría, corrió muchas veces alrededor de Iván Ivánich. Cansados ya el ganso y el desconocido, éste se enjugó el sudor de la frente y gritó:
—María, que venga Javrona Ivánovna.
Antes de un minuto se oyeron gruñidos. Kashtanka rugió, adoptó una posición belicosa; y, por si acaso, se colocó lo más cerca posible del desconocido. Abrióse la puerta, asomó la cabeza una vieja y, pronunciando unas palabras, dio paso a un cerdo muy feo. Sin reparar en los rugidos de Kashtanka, el cochino levantó el hocico y emitió alegres gruñidos. Diríase que le complacía ver a su amo, al gato y a Iván Ivánich. Cuando se acercó al felino, empujándole con la cabeza en la barriga, y luego, cuando se puso a conversar con el ganso, sus movimientos, su voz y la vibración de su minúsculo rabo denotaron un gran afecto. Kashtanka comprendió en seguida la inutilidad de rugir o de ladrar a semejantes sujetos.
El dueño retiró la A y ordenó:
—Tenga la bondad de venir, Fiódor Timófeich.
Levantóse el gato, se desperezó cansino; y, a regañadientes, como quien hace un favor, se acercó al cerdo.
—Empezamos por la pirámide de Egipto —dijo el dueño.
Se pasó un buen rato dándoles explicaciones, al cabo de lo cual gritó:
—¡Una, dos, tres!
Al oír la última palabra Iván Ivánich abrió las alas y subió de un vuelo al lomo del cochino. Una vez que, equilibrándose con ayuda de las alas y del cuello, logró asentarse en la peluda espalda, le llegó el tumo a Fiódor Timófeich: flojo y perezoso, con evidente desgana y aire despreciativo para su propio arte, se subió, primero al lomo de Javrona Ivánovna; a renglón seguido, también como contra su voluntad, se encaramó encima del ganso; y una vez allí, se puso en pie sobre las patas traseras. Era lo que el desconocido llamaba “pirámide de Egipto”. Kashtanka chilló de júbilo, pero en aquel mismo instante, el viejo minino bostezó; y, perdiendo el equilibrio, cayó del ganso; Iván Ivánich, a su vez, también se vino por los suelos. El desconocido, vociferante, agitó los brazos y se puso a dar nuevas explicaciones. Después de dedicar una hora a la pirámide, el infatigable dueño procedió a enseñar a Iván Ivánich a montar a caballo sobre el gato; luego empezó a enseñar al gato a fumar, y así sucesivamente.
Los ensayos terminaron cuando el desconocido, enjugándose el sudor de la frente, se marchó. Fiódor Timófeich bufó con hastío, se tumbó en el jergón y cerró los ojos. Iván Ivánich se encaminó al barreño, y al cerdo se lo llevó la vieja. Gracias a las muchas impresiones, el día pasó casi sin que Kashtanka lo sintiera. Por la tarde, la perrita fue trasladada, con su jergón, a la habitacioncilla empapelada y sucia. Durmió en compañía de Fiódor Timófeich y del ganso.

V
¡ARTE! ¡ARTE!

      Transcurrió un mes.
Kashtanka se había acostumbrado a que todas las tardes le diesen bien de comer y a que la llamasen Tiotka. También se habituó a vivir con el desconocido y con sus compañeros de habitación. La vida transcurría plácidamente.
Todos los días comenzaban de la misma manera. El primero en despertarse era Iván Ivánich, que se acercaba inmediatamente a Tiotka o al gato, doblaba el cuello y se ponía a parlotear con vehemencia; pero sin que fuese posible entenderlo. A veces, estiraba el pescuezo; y, levantada la cabeza, pronunciaba largos monólogos. En los primeros días, Kashtanka atribuía su locuacidad a su inteligencia; pero, pasado un tiempo, le perdió completamente el respeto. Cuando el ganso le venía con aquellos largos sermones, ya no meneaba la cola como al principio, sino que le trataba como a un charlatán fastidioso que a nadie dejaba dormir; y, sin ningún miramiento, le contestaba con un gruñido.
Fiódor Timófeich era otra clase de caballero. Al despertarse no hacía el menor ruido, ni se movía, ni abría los ojos siquiera. De buena gana, ni se hubiera despertado, porque estaba clara su aversión a la vida. Nada le interesaba; su actitud era siempre descuidada y desidiosa; despreciaba al mundo entero, e incluso mientras engullía su sabrosa comida, bufaba con asco.
Al despertarse, Kashtanka daba un paseo por las habitaciones, olfateando los rincones. A ella y al gato se les permitía recorrer todo el piso. El ganso no tenía derecho a salir del cuartucho empapelado. Y Javrona Ivánovna vivía en una zahúrda en el patio, presentándose en la habitación solamente a la hora de los ensayos. El dueño se despertaba tarde; y, después de desayunar, la emprendía con sus trucos. A diario traían la A, el látigo y los aros; y siempre se hacía lo mismo. Los ejercicios duraban tres o cuatro horas, de modo que, a veces, Fiódor Timófeich se tambaleaba de cansancio, como un borracho, Iván Ivánich abría el pico, jadeante; y el amo, rojo como un tomate, no daba abasto a limpiarse el sudor de la frente.
Los ejercicios y el almuerzo amenizaban el día. En cambio, las tardes resultaban un poco aburridas; como regla general, el dueño salía, llevándose al ganso y al pato. Al quedarse sola, Tiotka se tendía en el colchoncillo y se ponía triste. La tristeza llegaba imperceptiblemente y se apoderaba de ella poco a poco, como las tinieblas de la habitación. Empezaba por perder la gana de ladrar, de comer, de corretear por el piso y hasta de mirar a cualquier parte; luego aparecían en su imaginación dos figuras imprecisas, quizá perros o quizá personas, de caras simpáticas y atractivas, aunque incomprensibles; Tiotka, al verlas, movía el rabo, creyendo haberlas visto en alguna parte y haberles tenido cariño alguna vez. Y mientras se adormilaba, percibía el olor de aquellas figuras: olor a cola, a virutas y a barniz.
Ya acostumbrada a la nueva vida y convertida, de una perrilla escuálida y huesuda, en una perra alimentada y rolliza, el dueño la acarició una vez, antes de los ensayos, y le dijo:
—Va siendo hora de que hagamos algo, Tiotka. Basta de comer la sopa boba. Quiero hacer de ti una artista. ¿Te gustaría serlo?
A partir de entonces comenzó a instruirla en varias ciencias. Durante la primera lección, aprendió a mantenerse y a andar con las dos patas traseras, cosa que le gustó muchísimo. En la segunda, el dueño la hizo saltar y atrapar con la bota un trozo de azúcar que el maestro le mostraba a buena altura. En lecciones posteriores, bailó, dio vueltas atada a una cuerda, aulló acompañada de música, tocó la campana y disparó el revólver.
Al cabo de un mes estaba ya en condiciones de sustituir a Fiódor Timófeich en la “pirámide de Egipto”. Ponía aplicación y se alegraba de sus progresos. Las vueltas atada a la cuerda, los saltos por el aro y los paseos a caballo sobre el viejo cerdo, le causaban un placer enorme. Acompañaba cada cosa que aprendía con ladridos de contento.
El maestro se asombraba, lleno también de alegría, y se frotaba las manos.
—¡Arte, arte! —exclamaba— Tienes arte. No cabe duda de que triunfarás.
Y Tiotka se acostumbró de tal modo a la palabra arte, que, cuando la pronunciaba el dueño, ella volvía la cabeza, como si se tratase de su nombre.

VI
UNA NOCHE INTRANQUILA

      Tiotka soñó —sueños perrunos— que el guarda de una casa la perseguía con una escoba. Y se despertó asustada.
La habitación estaba silenciosa y oscura. Hacía bochorno. Picaban las pulgas. Tiotka nunca temió a la oscuridad; pero en esta ocasión, sin que se sepa el motivo, sintió miedo y deseo de ladrar. En la habitación contigua suspiró profundamente el amo. Al poco rato, gruñó el cerdo en su pocilga; y tornó a hacerse el silencio. Cuando uno piensa en la comida nota cierto alivio. Tiotka recordó que aquella tarde había robado una pata de pollo, a Fiódor Timófeich, escondiéndola luego en la sala de estar, entre el armario y la pared, donde abundaban las telarañas y el polvo. No estaría mal ir a cerciorarse de si seguía en el mismo sitio, pues podía haberla encontrado el dueño y habérsela comido. Pero hasta el amanecer no se permitía salir. Era una regla. Tiotka cerró los ojos para dormirse antes, porque sabía, por experiencia, que cuanto más pronto se duerme uno tanto antes amanece. De repente, a poca distancia, resonó un grito extraño que la hizo temblar y ponerse en pie. Había gritado Iván Ivánich: y su grito no era persuasivo y charlatanesco, como de costumbre, sino salvaje, penetrante, antinatural, parecido al chirriar de las puertas cuando se abren. Como no distinguiera nada en las tinieblas ni comprendiera nada, Tiotka se atemorizó más aún y soltó un rugido:
—¡Jrrrr!
Transcurrió algo de tiempo, el necesario para roer un buen hueso; y el grito no se repitió. Poco a poco, Tiotka se tranquilizó y se adormiló. Vio, en sueños, dos enormes perros negros, con mechones de lana en las ancas y en los costados, comiendo en una gran tinaja desperdicios que exhalaban un humillo blanco y un olor exquisito. De cuando en cuando, los perros miraban a Tiotka, le enseñaban los dientes y gruñían: “¡A ti no te damos!”. En esto, salió de la casa un muzhik vestido con una pelliza y los echó a latigazos. Tiotka aprovechó la oportunidad y se puso a comer en la tinaja; pero, apenas el muzhik desapareció tras el portalón, los dos perros negros se abalanzaron sobre ella, rugientes; y volvió a oírse el grito penetrante.
—¡Kiii! ¡Kiii! —chilló Iván Ivánich.
Tiotka despertó, incorporándose; y, sin salirse del jergón, comenzó a lanzar aullidos. Ahora se le antojaba que no había gritado Iván Ivánich, sino un extraño. Y el cerdo tornó a gruñir en su pocilga, por no se sabía qué razón.
Por fin, se oyó ruido de zapatillas que se arrastraban por el suelo. Entró el dueño con una palmatoria en la mano y envuelto en una bata. La oscilante luz deshizo las tinieblas y revoloteó, en pequeños resplandores, por el sucio empapelado y por el techo. Tiotka comprobó que no había en la habitación un solo extraño. Iván Ivánich, posado en el suelo, no dormía. Tenía las alas y el pico abiertos, y por su aspecto parecía muy cansado y deseoso de beber. El viejo Fiódor Timófeich también estaba en vela. Acaso le habrían despertado los gritos.
—¿Qué te pasa, Iván Ivánich? —preguntó el amo al pato—, ¿por qué chillas? ¿Estás enfermo?
El pato quedó callado. El dueño le palpó el cuello, le acarició la espalda y le dijo:
—¡Qué tonto eres! Ni duermes ni dejas dormir.
Cuando el dueño salió de la habitación llevándose la palmatoria, volvieron a reinar las tinieblas. Tiotka sentía miedo. Aunque el ganso no chillaba, ella seguía imaginándose que en la oscuridad acechaba un extraño. Y lo peor de todo era que no había modo de morder al intruso por ser invisible y no tener forma concreta, Tiotka intuía algún mal para aquella noche. Fiódor Timófeich también se mostraba intranquilo: se le oía removerse en el jergón, bostezar y sacudir la cabeza.
Allá, en la calle, llamaron a una puerta; y en la zahúrda gruñó el marrano. Tiotka exhaló un aullido, estiró las patas delanteras y apoyó en ellas la cabeza. En las llamadas a la puerta, en el gruñir de Javrona Ivánovna, en las sombras y en el silencio, se le antojó percibir algo triste y pavoroso, como en el graznido de Iván Ivánich. Todo era inquietud y alarma; pero ¿por qué? ¿Quién era aquel ser extraño e invisible? A un palmo de Tiotka relumbraron, de pronto, dos chispas verdes y mortecinas: los ojos de Fiódor Timófeich, que se le acercaban por primera vez desde que trabaron conocimiento. ¿Qué necesitaría? Tiotka le lamió una pata; y, sin preguntarle el motivo de su aproximación, se puso a aullar por lo bajo y en diversos tonos.
—¡Kiii! ¡Kiii! —graznó Iván Ivánich.
Abrióse de nuevo la puerta y penetró el dueño con la vela. El ganso continuaba posado como antes, abiertos el pico y las alas, pero con los ojos cerrados.
—¡Iván Ivánich! —lo llamó el señor.
El ganso no se movió. Sentóse el amo a su lado, en el suelo; le estuvo contemplando cosa de un minuto, y dijo:
—¿Qué viene a ser esto, Iván Ivánich? ¿Te nos mueres? ¡Ay, ahora recuerdo! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Ya sé lo que ha sido! ¡Esta tarde te pisó un caballo! ¡Dios mío, Dios mío!
Tiotka no entendía las palabras del dueño; pero, por su cara, notaba que iba a suceder algo horrible. La perrita alargó el hocico hacia la oscura ventana, por la que, según ella creía, estaba mirando el ser extraño; y se puso a dar alaridos.
—¡Se está muriendo, Tiotka! —le dijo el amo juntando las manos apenado—. Sí, sí, se muere. Ha venido la muerte a vuestra habitación. ¿Qué vamos a hacer?
Pálido y alarmado, el amo se volvió a su dormitorio suspirando y moviendo la cabeza. Tiotka, temerosa de quedarse sola en la oscuridad, le siguió. El amo se sentó en la cama y repitió varias veces:
—¡Dios mío! ¿Qué hacer ahora?
Tiotka daba vueltas junto a sus pies, sin comprender la tristeza y la intranquilidad de él; y, deseosa de desentrañar el misterio, seguía atentamente todos sus movimientos. Fiódor Timófeich, que rara vez abandonaba su jergón, también vino al dormitorio del dueño; y no hacía más que restregarse los costados por sus piernas. Sacudiendo la cabeza, como si quisiera arrojar de ella pensamientos amargos, miraba, receloso, debajo de la cama.
El amo cogió un platillo, echó en él un poco de agua de la palangana y se la llevó al ganso.
—Toma, bebe —le dijo cariñosamente, poniéndole el plato por delante—. Bebe, salado.
Pero Iván Ivánich no se movió ni abrió los ojos. El dueño le llevó la cabeza hasta el plato y le metió el pico en el agua; mas la pobre ave, lo único que hizo fue extender más las alas mientras el pico, inmóvil, quedaba dentro del agua.
—No, no hay nada que hacer —suspiró el amo—. Se acabó. Nos podemos despedir de Iván Ivánich.
Por sus mejillas resbalaron unas gotas brillantes como las que solían aparecer en las ventanas cuando llovía. Sin comprender lo que pasaba, Tiotka y Fiódor Timófeich se apretujaron contra él, mirando horrorizados al ganso.
—¡Pobre Iván Ivánich! —se lamentó el señor, suspirando tristemente—. ¡Yo que pensaba llevarte al campo en primavera y pasear contigo por la hierba verde! ¡Simpático animal y buen compañero mío! ¿Cómo voy a arreglarme sin ti?
Tiotka se figuró que a ella le sucedería lo mismo; es decir, que sin saber por qué, cerraría los ojos, estiraría las patas, abriría la boca y todos la mirarían con horror. Al parecer, los mismos pensamientos bullían en el cerebro de Fiódor Timófeich. Nunca había estado tan sombrío y tan lúgubre el viejo gato.
Amanecía; y ya no estaba en la habitación el extraño ser invisible que tanto atemorizaba a Tiotka. Cuando aclaró por completo, entró el dvornik [el encargado de la limpieza en las casas], agarró de las patas al ganso y se lo llevó. Y a poco tardar apareció la vieja y se llevó el barreño.
La perrita fue a la sala y miró detrás del armario: el dueño no se había comido la pata de pollo, que continuaba en su sitio entre polvo y telarañas. Mas no por ello se alegró Tiotka: estaba aburrida, triste, con ganas de llorar. Ni siquiera olió la pata; se refugió debajo del diván, se echó allí y comenzó a gemir con aullidos lastimeros:
—¡Jiii! ¡Jiii!

VII
UN “DEBUT” INFORTUNADO

      Un buen día, el amo entró en la habitación de los animales; y, frotándose las manos, dijo:
—Bueno…
Quería añadir algo, pero se marchó sin hacerlo. Tiotka, que durante las lecciones había estudiado perfectamente su cara y su entonación, adivinó que estaba inquieto, preocupado y quizá mohíno. Al poco rato regresó el amo diciendo:
—Hoy me llevo a Tiotka y a Fiódor Timófeich. Tú, Tiotka, sustituirás al difunto Iván Ivánich en la “pirámide de Egipto”. ¡Menuda faena! No tenemos nada preparado ni aprendido… Como hemos ensayado tan pocas veces… ¡Podemos fracasar, cubrirnos de ridículo!
Salió de nuevo; y un minuto más tarde regresó con el abrigo y la chistera puestos. Acercándose al gato, lo agarró de las patas delanteras, lo levantó en vilo y se lo metió en el pecho bajo las solapas del abrigo, siendo de notar que Fiódor Timófeich se mostró indiferente y ni siquiera se tomó el trabajo de abrir los ojos. Al parecer, le daba igual estar tendido que ser levantado por las patas, revolcarse en su jergón que reposar sobre el pecho y bajo el abrigo del señor.
—En marcha, Tiotka —la invitó el dueño.
Sin comprender nada, y haciendo fiestas con el rabo, Tiotka le siguió; minutos después iba sentada en un trineo, a los pies del dueño, oyéndole decir mientras tiritaba de frío y de nerviosismo:
—¡Fracasaremos! ¡Haremos el ridículo!
El trineo se detuvo ante una casa grande y rara, semejante a una sopera boca abajo. Entraron en un largo pasillo, con tres puertas de cristales, alumbrado por una docena de refulgentes faroles. Las puertas se abrían tintineando; y, como bocas gigantescas, se tragaban a la gente que iba y venía de un lado para otro. El público era mucho; llegaban con frecuencia caballos; pero no se veía un solo perro.
Agarrando a Tiotka, el amo la metió en el mismo sitio en que se hallaba Fiódor Timófeich. Aquello estaba oscuro y era difícil respirar; pero no hacía frío. Por un instante, brillaron dos resplandores verdosos y mortecinos: el gato había abierto los ojos, inquieto al sentir junto a él las frías y ásperas patas de su vecina. Tiotka le lamió una oreja; y, queriendo acomodarse lo mejor posible, se removió, aplastó al minino con sus heladas extremidades y sacó la cabeza impensadamente; pero acto seguido volvió a ocultarla bajo el abrigo con un gruñido de irritación. Creía haber visto una habitación enorme, mal alumbrada y llena de monstruos: tras las vallas y las rejas que se alzaban a ambos lados asomaban las caras más horribles —de caballo, con cuernos, orejudas— y un enorme hocico con un rabo gordísimo en lugar de nariz y dos largos huecos completamente roídos colgando de la boca.
El gato emitió un ronco maullido bajo las garras de Tiotka, pero en aquel preciso instante se abrió el abrigo, el dueño gritó: “¡Hop!”, y los dos animales saltaron al suelo. Se encontraban en un cuarto de grises paredes de madera. Todo el mobiliario consistía en una mesilla, un espejó, un taburete y unos trapos colgados por los rincones; en lugar de lámpara o de vela ardía una luz muy clara, en forma de abanico, adherida a un tubo que salía de la pared. Fiódor Timófeich se alisó con la lengua la piel despeinada por Tiotka, se fue bajo el taburete y se tendió. El dueño, nervioso todavía y frotándose las manos, comenzó a desnudarse. Se quedó como solía quedarse en casa para dormir; es decir, en ropas menores, tras de lo cual tomó asiento en el taburete y, mirándose al espejo, comenzó a hacer cosas la mar de peregrinas. Ante todo se puso una peluca con una raya en medio y dos rizos semejantes a cuernos; luego se embadurnó la cara con una pintura blanca, sobre la cual se dibujó unas cejas largas y unos bigotes; y se coloreó de rojo la cara. Mas no terminaron aquí sus rarezas: después de ensuciarse los caprinos y el cuello, se enfundó en un traje estrafalario y disparatado, que Tiotka no había visto nunca, ni en la calle ni en las casas. Figúrense ustedes unos pantalones anchísimos, de percal, con flores muy grandes, como las que se usan en muchas casas para las cortinas y para la guarnición de los muebles, que se abotonaban junto a los sobacos. Una pernera era color castaño y otra amarillo claro. Después de desaparecer en el descomunal pantalón, el dueño se puso una blusa de gran cuello con muchas puntas y una estrella de oro en la espalda, dos medias de colores distintos y unas botazas verdes…
A Tiotka se le nublaron los ojos y el alma. Aquella figura de saco tenía el olor del amo y su voz era también parecida; pero había momentos en que la perrita, hecha un mar de dudas, hubiera huido de la abigarrada figura y se hubiera puesto a ladrarle. El cambio de casa, la luz en abanico, el olor y la metamorfosis del amo, le infundían un temor vago, acompañado del presentimiento de que a cada paso podía encontrarse con algo tan horrible como el enorme hocico que tenía un rabo descomunal en lugar de nariz. Para colmo de males, a cierta distancia, al otro lado de la pared, tacaba la odiosa música y resonaba un rugido incomprensible. Lo único que la tranquilizaba era la impasibilidad de Fiódor Timófeich, que dormitaba, muy a su sabor, bajo el taburete, sin abrir los ojos ni siquiera cuando lo movían.
Un caballero de frac y chaleco blanco asomó la cabeza por la puerta y anunció:
—Ahora sale miss Arabella. Después le toca a usted.
El dueño no respondió. Sacando de debajo de la mesa un maletín, se sentó y quedo a la espera. Sus labios y sus manos denotaban turbación; y Tiotka advirtió la trémula irregularidad de su respiración.
—Ha llegado su turno, monsieur George —gritó alguien en el pasillo.
Levantóse el amo, se persignó tres veces, agarró al gato de debajo del taburete y lo metió en el maletín.
—Vamos, Tiotka —dijo en voz baja.
Tiotka, sin entender palabra, se dejó elevar. El dueño la besó en la frente y la puso al lado de Fiódor Timófeich. Tras esto siguió la oscuridad. La perra pisoteaba al gato, arañaba las paredes del maletín; y el miedo le impedía producir el menor sonido. El maletín se balanceaba como si fuera a merced de las olas.
—¡Aquí estoy! —se oyó gritar al amo—. ¡Aquí me tienen ya!
Tiotka notó que después de este grito, el maletín chocó contra un objeto duro y dejó de balancearse. Resonó un gran estruendo: a alguien le tocaban palmas; y este alguien, que, por lo visto, era el del hocico con un rabo en lugar de nariz, aullaba y se reía con tanta fuerza que hacía temblar las cerraduras del maletín. Respondiendo al estruendo, sonó una risa, estridente y chillona, del dueño, una risa que no era la de casa.
—¡Ja, ja, ja! —trató de sobreponerse con sus carcajadas al ruido que se oía—. Respetable público: acabo de llegar de la estación; ha fallecido mi abuela dejándome una herencia. Traigo en el maletín algo muy pesado. De seguro que es oro. ¡Ja, ja, ja! A lo mejor hay aquí millones. Abriremos para verlo…
Chasqueó la cerradura del maletín. Una luz muy intensa impresionó a Tiotka, que saltó al suelo; y, ensordecida por el estruendo, se puso a corretear asustada en tomo a su amo, ladrando con toda la fuerza de sus pulmones.
—¡Ja, ja! —gritó el amo— ¡Querido tío Fiódor Timófeich! ¡Adorada tía! ¡Inapreciables parientes! ¡Así os llevara el diablo!
Acto seguido se tiró de bruces sobre la arena y comenzó a abrazar al gato y a Tiotka. Ésta, mientras él la abrazaba, echó un vistazo a aquel mundo al que la había arrastrado el destino; y, asombrada de su grandiosidad, permaneció un instante como embelesada de júbilo; pero luego escapó de los brazos del dueño y, desconcertada por tan fuertes impresiones, se puso a dar vueltas como una peonza, en el mismo sitio. El nuevo mundo era grande y lleno de luz brillante: a dondequiera que dirigía la vista, desde el suelo hasta el techo, no había más que caras y más caras.
—¡Haga el favor de sentarse, tía! —le rogó el dueño.
Acordándose del significado de esta orden. Tiotka saltó a una silla y se sentó en ella. Al mirar al amo encontró que sus ojos tenían la habitual expresión de seriedad y dulzura: pero su cara, y en particular la boca y los dientes, estaba deformada por una sonrisa amplia e inmóvil, Como le veía reír, saltar, mover los hombros y fingir alegría, Tiotka creyó que verdaderamente estaba contento. Y de pronto, percatándose de que la contemplaban miles de ojos, levantó el hocico de zorra y exhaló un alegre aullido.
—Estese quieta, tía —dijo el amo—, mientras el tío y yo bailarnos una kamarinskaia [el tema musical del folclore ruso, compuesto en 1848 por Mijaíl Glinka].
Fiódor Timófeich, en espera de que le obligaran a hacer tonterías, examinaba los alrededores con indiferente mirada. ¡Bailó desganado, sin entusiasmo, tristemente, y tanto en los movimientos de su cuerpo como en los de su cola y sus bigotes se advertía desprecio por el gentío, por la luz, por el amo y por sí mismo! Después de ejecutar unas danzas, bostezó y se sentó en el suelo.
—Y ahora, tía —propuso el amo—, usted y yo cantaremos y, después, bailaremos. ¿Qué le parece?
Sacó del bolsillo una flauta y se puso a tocar. Tiotka, tan refractaria a la música, se removió alterada en la silla y comenzó a aullar.
Alrededor resonaron gritos aprobatorios y aplausos. El amo hizo una reverencia; y, restablecido el silencio, volvió a tocar. En el momento de tomar una nota muy alta, alguien lanzó una exclamación en las filas de arriba:
—¡Pero si es Kashtanka! —gritó una voz infantil.
—¡Sí, es Kashtanka! —asintió otra, aguardentosa—. ¡Es Kashtanka! ¡Que Dios me castigue si no lo es, Fediushka!
Se oyó un silbido entre el público; y dos voces —una de niño y otra de hombre— llamaron, a voz en grito:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka se estremeció y miró al lugar donde habían sonado las voces. Dos rostros —uno barbudo, con sonrisa de borracho, y otro redondo, rosado, temeroso— impresionaron al animal, como antes le impresionara la luz. Reconociendo aquellas caras, saltó de la silla, dio con todo su cuerpo en la arena, levantóse y, chillando alborozada, se lanzó en la dirección de donde la llamaban. Estalló de nuevo un griterío ensordecedor mezclado con silbidos. Y en medio de aquel fragor, destacaba una penetrante voz infantil:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka saltó la barrera de la pista, pasó por encima de alguien y fue a parar a un palco. Para subir al piso siguiente había que superar una alta pared. Tiotka dio un salto, pero no llegó arriba. Después pasó de hombro en hombro, lamió manos y caras, ascendió poco a poco y, por fin, llegó hasta el paraíso…

* * *

       A la media hora, Kashtanka iba ya tras dos personas que olían a cola y a barniz. Luka Aleksándrich se tambaleaba; e, instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mantenerse a distancia de la cuneta.
—Por mi culpa me encuentro en el abismo del pecado —balbucía—. Y tú, Kashtanka, no representas nada. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dolador comparado con un carpintero.
A su lado caminaba Fediushka con la gorra de su padre. Kashtanka les miraba por detrás, le parecía que llevaba mucho tiempo siguiéndoles, y se alegraba de que la vida no se hubiera interrumpido un solo instante.
Recordaba la habitación con el empapelado sucio, al ganso, a Fiódor Timófeich; recordaba también las suculentas comidas, los ensayos, el circo; pero todo se le representaba como una larga pesadilla.

Retrato de Antón Chéjov, 1903 de Valentin Alexandrovich Serov ...

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Un sabio cuentero ruso. Un dios del cuento.