Diferencia entre cuento y relato

 

 

La principal característica de los relatos históricos es que se enfocan exclusivamente en temas del pasado. La finalidad es dejar registro de acontecimientos de importancia en las comunidades, y hacerlo de una forma expositiva que sea accesible y atractiva al público en general.

Se basa en hechos del pasado

Un relato histórico desarrolla temas que ya han ocurrido. Además, estos deben ser relevantes para un público en específico.

Pueden ser de un pasado lejano o cercano, pero en definitiva todos los relatos de carácter histórico desarrollan sucesos que ya han sucedido.

Contiene elementos de estilo

Este tipo de relato se considera una expresión literaria. Esto implica que la narración en general debe contener elementos de estilo propios de la literatura.

Los relatos históricos se narran en prosa, las frases deben ser construidas con énfasis en generar un texto armonioso y entretenido para el lector.

Utiliza el orden cronológico

Una de las características más destacadas de los relatos históricos es la forma en la que se narran los hechos: en general se respeta el orden cronológico de los acontecimientos.

La idea de este tipo de relatos es expresar de una manera clara y precisa cómo se desarrollaron determinados hechos en un contexto específico, y a través del orden cronológico es posible exponer dicha idea de forma eficiente.

Vale acotar que ciertos relatos históricos hacen uso de una narrativa no lineal, a través de la cual exponen hechos que en la realidad ocurrieron de manera simultánea; en este tipo de relatos es válido utilizar este recurso.

Es necesario el conocimiento cabal de los hechos históricos a exponer

El escritor debe conocer profundamente cuáles fueron los acontecimientos enmarcados en el momento histórico que relatará, así como cuáles fueron sus causas, consecuencias y otras implicaciones.

Para esto el escritor debe realizar una investigación exhaustiva a través de la cual pueda acceder a información fidedigna, verificada y de relevancia.

Puede incluir elementos ficticios

Dentro de la narración que ha desarrollado el escritor es válido incorporar elementos —o incluso narrativas completas— que no hayan tenido lugar en la realidad.

Sin embargo, es importante aclarar que siempre deben basarse en los hechos acontecidos. Lo más importante de un relato histórico es que debe ser fiable y verídico, aunque se apoye en elementos ficticios para el desarrollo de la trama.

Puede incluir la mirada personal del escritor

Los relatos históricos muestran la mirada del o los escritores, quienes se basan en determinadas fuetes bibliográficas e históricas, así como en sus propios criterios y análisis crítico.

Por esto, los relatos de este tipo pueden ofrecer una interpretación de los autores ante un determinado hecho histórico.

Tiene principio y fin

Como ya mencionamos anteriormente, los temas que se desarrollan ya deben haber ocurrido en el tiempo. Además, es necesario que hayan experimentado un final; la idea es tomar una situación completa, de principio a fin, y exponerla a través del relato histórico.

El cuento moderno

Muchos podrían asociar la idea de cuento con el didáctico o el moralizador, con una fábula o que su contenido está dirigido a un público infantil. Otros podrían pensar que solo es una novela corta o un intento de esta.  Con frecuencia se desconoce que el cuento es un género literario perse. “Mariano Baquero Goyanes –crítico español- afirma que este no es un producto híbrido ni un género menor ” (Piña-Rosales 2009).

Pueden encontrarse distintas formas de clasificar los cuentos. Básicamente existe el  tradicional, transmitido oralmente y el  moderno, que es el tema en el que me enfocaré.  El primero lo consideraría como sustrato del segundo.

El origen del cuento, como indica Zavala (2006), “se hunde en las raíces de la memoria colectiva”. “La historia profunda del hombre es la que este ha ido escribiendo con sus cuentos”, expone Alberca (1985). Así se puede deducir que este es un género vinculado estrechamente a la naturaleza humana y que ese estatus  no hace más que reivindicar su existencia.

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Edgar Allan Poe (1809-1849)

El cuento moderno, considerado como tal, surge a mediados del siglo XIX a partir de la obra de Edgar Allan Poe. (Alberca, 1985; Zavala, 2006; Piña-Rosales, 2009)  También es llamado comúnmente ‘relato’ (Zavala, 2006). Julio Cortázar, (1973) refirió que Poe “se dio cuenta antes que nadie del rigor que exige el cuento como género y de que sus diferencias con la novela no eran solo una cuestión de brevedad” (Alberca, 1985). Es, por lo tanto, muy importante conocer sus características.

El argumento se reduce a un suceso único, desprovisto de pormenores anecdóticos. De este rasgo fundamental derivan los demás elementos. La brevedad es consecuencia de que para contar un solo acontecimiento no se necesitan muchas palabras, por lo tanto, no es una característica propia del relato. (Alberca, 1985)

Desde una determinada perspectiva temporal, generalmente se narra el suceso (narración) en tiempo pasado. (Alberca, 1985) Las modalidades narrativas pueden ser de corte tradicional, realista o de tendencia vanguardista, experimental (Piña-Rosales, 2009). El verdadero personaje del relato es el suceso. Los personajes carecen de relieve propio, están concebidos en función del acontecimiento central. (Alberca, 1985)

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Franz Kafka (1883-1924)

El cuento exige una lectura de un tirón. Para conseguirlo debe tener, de principio a fin, tensión y efecto. Con un final efectista se culmina la tensión. (Alberca, 1985) El desenlace puede ser sorpresivo o violento (Piña-Rosales, 2009). Sin embargo, a diferencia de los relatos de Poe, el argumento y la narración en los cuentos de raíz kafkiana no se estructuran en función del efecto final. En estos el hecho narrado permanece en una especie de presente absoluto, sin un final explícito (Alberca, 1985).

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Julio Cortázar (1914-1984)

Los lineamientos anteriores no limitan la creación literaria del cuento moderno, solo asienta una base. Cortázar lo consideró “un género no encasillable” (Alberca, 1985, pág.214), y Zavala (2006) indica que “existan textos genéticamente puros es una hipótesis”. “Al fin y al cabo, un género no se mantiene idéntico a sí mismo (…) se adapta al gusto de la época, se robustece o adelgaza, según los tiempos” (Piña-Rosales, 2009). Una evidencia es la variedad de “subgéneros como el policíaco, el humorístico, el satírico, el fantástico, el alegórico o el de horror, etc.” (Zavala, 2006).

Disfruta de la lectura de los textos de algunos cuentistas famosos en los vínculos al final de esta entrada. Sin duda descubrirás en ellos varias de las características que se han detallado en este texto.

Características del cuento moderno

https://www.lifeder.com/relato-historico/

Händel de Lydia Davis

Hay un problema en mi matrimonio: simplemente no me gusta Georg Friedrich Händel tanto como a mi marido. Es una verdadera barrera entre nosotros. Envidio a una pareja que conocemos, por ejemplo, ambos aman a Händel tanto que a veces viajan en avión hasta Texas solo para escuchar una de sus operas interpretada por un tenor en particular. Incluso han convertido a otra de nuestras amigas en común en una admiradora de Händel. Estoy sorprendida porque la última vez que ella y yo hablamos de música, me dijo que a quien realmente admiraba era a Hank Williams. Los tres juntos tomaron un tren a Washington D.C. este año para escuchar a Giulio Cesare in Egitto. Yo prefiero a los compositores del siglo diecinueve y particularmente a Dvořák. Pero soy bastante abierta a todo tipo de música y normalmente si estoy en contacto con algo lo suficiente, termina por gustarme. Pero aunque mi marido ponga música de Händel todas las noches si no hago algo para evitarlo, no he podido hacer que Händel me guste. Afortunadamente, acabo de descubrir que hay un terapeuta no tan lejos de aquí, en Lenox, Massachusetts, que se especializa en Terapia de Händel, y voy a darle una oportunidad. (Mi marido no cree en la terapia y yo sé que él no iría a una Terapia de Dvořák conmigo aun cuando existiese una).

George Frideric Handel | Christian History

Amor Raúl Brasca

I
A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Le doy pasión envuelta en palabras. Muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con las apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado.Somos felices.

II
Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él solo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor. Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.

Minificciones argentinas

12 animales que tienen una sola pareja TODA la vida | En Pareja

 

Crónica roja Eduardo Gotthelf

Necesitaban dinero para irse lejos. Ella estaba muy enamorada, pero sabía que su familia nunca iba a aceptar a un simple leñador, para colmo feo, de ojos saltones y dientes grandes. Esa tarde fueron juntos a la casa de la abuela para robarle sus joyas. Comola anciana los sorprendió, no les quedó más remedio que matarla. Después inventaron una historia, y le echaron la culpa al lobo.

La verdadera historia de Caperucita Roja - Infobae

Medicina moderna Laura Nicastro

Le dolía la cabeza al caminar. Por error, le hicieron una radiografía de la cadera.
—Hay que operársela —diagnosticaron.
Le sacaron la cabeza del fémur. Ahora camina sin dolores y sin memoria.

Sindrome de Cotard | Apocalipsis Z Roleplay Amino

Micros argentinos, edición de Clara Obligado.

Beatriz Espejo: El emparedado

Cuando me diste entrada en el jardín de tu amor
me ofreciste una flor que ya estaba deshojada.

Son jarocho

Aunque me advirtieran que no alquilara esa casa ¿dónde encontraría en todo Tlacotalpan otra así? Tenía muros que medían metro y medio, largos corredores que daban a un gran patio, con recámaras y salones inmensos para recibir en cena de gala a un ejército entero. Y la tomé y no me arrepentí a pesar de que las criadas se fueran despavoridas haciéndose cruces y contando cuentos. Estuvieron a mi servicio tías, primas y hermanas. Todas me plantaban a las ocho horas. Intenté pedirles alguna explicación y sólo conseguí respuestas incoherentes, palabras entrecortadas mientras se apretaban las manos o retorcían la punta de la enagua. Ninguna dijo nada. Se iban aprisa, tomaban sus cosas y me dejaban con un palmo de narices. Me acostumbré y ya ni la lucha les hice. Uno de los asistentes de mi marido se ocupaba de lavar patios y sótano. El resto de la casa yo misma lo medio limpiaba y de la ropa y la comida se encargaban dos mujeres que quisieron venir unas horas diariamente, siempre juntas, cuidándose las espaldas. Pero los niños estaban chicos y Humberto viajaba mucho y me gustaba aquella construcción adusta de techos altos situada a las afueras del pueblo.

Una tarde jugábamos canasta uruguaya. A punto de llevarse el pozo, boquiabierta y con ojos de plato, Dolores Prieto le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi!— y las dos se levantaron en el acto decididas a partir llevándose consigo a Loreto Herrero que no había visto nada porque se hallaba muy entretenida en sus cartas.

—¿Por qué no me explican de una vez lo que pasa? Ya me cansaron sus misterios.

—Bueno, chulita —me contestó Dolores, pálida como cirio pascual—. Te lo cuento; pero te lo cuento en el jardín. Yo no me quedo en este cuarto ni un minuto más.

Apresurada, con los pelos de punta, en tanto caminábamos por un sendero rumbo a sus coches, me dijo que en el vano de la puerta apareció una muchacha muy triste. Llevaba falda larga, dos trenzas sobre el pecho y lágrimas cuajadas como diamantes en las mejillas.

—¿De dónde vino? —pregunté.

—¿A poco eres tan tonta que después de vivir seis meses entre estas paredes no lo sabes? —repuso un poco exasperada.

—Pues no lo sé —dije sinceramente.

—Es la novia del capataz, la hija del hacendado, la que busca sin encontrar.

—¿Qué busca y qué no encuentra? —insistí casi gritando.

—A veces se nos olvida que no creciste en Tlacotalpan —intervino la Nena Olguín—. Busca al amado que le arrebató el padre traidor, don Ildefonso. ¿Nunca oíste las coplas?

—Eres algo lela, Victoria, con razón el general te hace guaje y ni cuenta te das.

—Eso creen ustedes. Yo acepto que a los hombres les encanta andar de capillita en capillita y me conformo con ser la catedral…

Así nos despedimos. Volví a la casa, les di de cenar a mis hijos y los acosté. Durante un rato estuve ensimismada. Acababa de pasar muchos días sola y aburrida matando el tiempo en tonterías. Reflexioné en eso y me asaltó la idea de que me había equivocado al casarme con Humberto. Sin ganas de otra cosa permanecí al borde de una mecedora viendo a mis muchachitos dormir con la respiración acompasada. De pronto, movida por una fuerza ajena a mi albedrío, tomé la palmatoria y me puse a caminar. Recorrí todas las piezas. En mi dormitorio contemplé la enorme cama vacía y mi silueta reflejada en la luna del tocador. Contemplé mis ojos hundidos, mi nariz chata, mis ojeras profundas como si este sufrimiento no encontrara un consuelo. A pesar de la penumbra quise perfumarme para sentirme envuelta en un manto de nardos. Con manos temblorosas tomé el frasquito de esencia y me eché unas gotas detrás de las orejas y otra gotita entre los senos. Luego, dispuesta para un encuentro, bajé las escaleras al ritmo de mi sombra. Los retratos colgados en los aposentos acosaban mi peregrinación con sus ojos pintados. Abrí la puerta de la sala, abrí el piano y me senté en el banquillo antes de empezar a tocar; pero nunca supe tocar el piano, no me interesaron las lecciones del profesor ruso que contrató mi papá.

Y toqué la mazurca de Chopin que tanto te gustaba, Julián. Muchas veces afirmaste que te complacían aquellas melodías febriles. A la nota final siguió una catarata de aplausos que me procuró la concurrencia. Se oían alabanzas sobre mi destreza, sobre la habilidad de mis dedos fugaces atrapando escalas y arpegios. No me halagaban. Sabía que afuera, tras los vidrios, aguantabas la rabia parado junto a la ventana. Observabas lo que ocurría a tu pesar, te consumías de impotencia viéndome departir con los invitados. Sé que odiabas a Roberto Villasaña, sé que te torturaron unos celos atroces porque creíste que me casaría con él. Para remediar tu tormento procuré darte una señal de mi amor. Prendí al traje de tafeta la rosa que me regalaste esa tarde. Cerca de Roberto la rosa manifestaba tu presencia, tus ojos ansiosos persiguiendo mis movimientos a través del cristal. Cerré el piano, sua­vemente pasé la yema de los dedos sobre la tapa negra y reluciente como un espejo maléfico donde la lumbre de mi vela semejaba una estrella, y fui al comedor. Mi padre me había reservado la cabecera de la mesa. Roberto me pidió sonriendo con sonrisa de niño que le colocara la mano en el corazón para que se lo sintiera latir con ese roce, y encontré el bulto de un estuche bajo su saco. Era un anillo de compromiso. Retiré la mano asustada de que te dieras cuenta. Otro me amaba también, e incliné la cabeza hacia el hombro para sentir en mi mejilla los pétalos de la flor que me diste. Mi padre conversaba distraído y al cabo de un rato propuso un brindis por la felicidad de los presentes y en particular por la dicha de su hija que creció con tanto esmero en los mejores colegios europeos, su única heredera. Brindé contigo que no te­nías copa y que te morías de cólera pensando en mí. No lo adivinaste, Julián, a cada vuelta del vals entre los brazos de Roberto yo rememoraba nuestros encuentros secretos, nuestros paseos a caballo, el viento que me golpeaba la cara, esa risa tuya descubriendo tus dientes blancos y parejos como dos hileras de perlas. Roberto elogiaba mi vestido y yo recordaba que tú dejabas resbalar mis ropas. A la orilla del río me besabas el cuello, me tomabas por la cintura y nos metíamos a nadar. O recordaba que nos echábamos manotazos de agua y el agua nos caía encima simulando chaquira, luces de Bengala. Bajo el brillo de mi vela llegué a la cocina. En la penumbra parpadeante vislumbré las canastas de frutas y legumbres, las cazuelas, los cazos de cobre. Todo eso me llevó a pensar en mi mansedumbre doméstica, en la pobreza de mi alcoba, en las caricias desganadas y rápidas que me hacía Humberto, en mi sed siempre sin apagar. Y yo te deseaba, Julián, nunca imaginarás cuánto te deseaba aunque me rebajara esta pasión de hembra que no conoce barreras. Bastaba con reconstruir en la fantasía la forma de tus piernas, de tu pecho algo lampiño, bastaba con acordarme de tu sexo boscoso para volver a sentir cosquillas en mi centro y estar se­gura de que sólo había nacido para tenerte dentro de mí. Quererte, Julián, eso nada más me importaba. Tocarte, Julián, tocarte junto a mi cuerpo. Enternecerme al comprobar tu agradecimiento por las trenzas que me tejo para no agraviarte con peinados de señorita. Y Roberto decía que no dudara en aceptarlo porque no viviríamos aquí sino en México, lejos de tanto indio pata rajada. Prometía organizar fiestas y comprarme alhajas en las joyerías de Plateros. Al compás de la danza yo reconstruía tu rostro, evocaba tus mimos y me estremecía de puro placer. A mi padre debió parecerle un momento oportuno. Suspendió la música y con voz atronadora anunció el matrimonio. Los asistentes nos felicitaron, afirmaban que hacíamos buena pareja y que tendríamos una descendencia hermosa. Roberto se los agradecía contento y yo me ruborizaba en mi turbación. Las sirvientas descubrieron nuestro cariño. Fue Chole quien te contó cuanto sucedía en la casa grande, en las habitaciones interiores donde no podías espiar. Lo supiste enseguida. Todavía fantaseo con tu coraje al enviarme el recado en que me pedías verte. Planeaba acudir a tu cita esa noche como siempre, y me impacientaba que la gente tardara en irse. La angustia me tiró el papel al suelo. Mi padre se agachó a recogerlo, reconoció la letra y lo leyó. Intentaba autoconvencerme de que nada ocurriría, que las cosas seguirían igual, que nos encontraríamos en el campo durante los crepúsculos. Mi padre procuró no dar espectáculos frente a nadie; pero me atrajo a una esquina y me aseguró colérico que no iba a permitir mis relaciones con un desarrapado. Le supliqué inútilmente. Mi llanto sirvió para despertar su malicia, para descubrir la índole de nuestros amores. Y mandó que me encerraran en mi recámara y mandó a varios peones por ti.

El tizne había escrito viejas historias en el fogón. Me cansé de leerlas y fui al vestíbulo. Arriba de un sofá abracé mis rodillas y apoyé encima de ellas la cabeza. La vela debió consumirse y debí dormirme. En la madrugada, allí se tropezó conmigo Humberto. Creyó que lo aguardaba. No quise desengañarlo, ni confiarle mi recorrido, ni explicarle que no había hallado a la que busca sin encontrar.

Nadie me informó nada. Quienes pretendieron narrarme el cuento lo ignoraban, y quienes lo sabían se negaban a contarlo. Una mañana a la salida de misa, en el atrio de la iglesia oí que el cieguito del arpa cantaba el sonsonete de sus coplas. Hablaba de un capataz desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra, una novia desesperada y un padre dueño de la venganza. Sólo eso. Ninguna noticia nueva. Y mis hijos nunca se asustaron acostumbrados a que las criadas se fueran como almas que se lleva el diablo porque no soportaban los suspiros recorriendo los pasillos, ni los murmullos que entraban desde el patio.

Con la aguilota en la gorra, Humberto cada vez inventaba más pretextos para inspeccionar la zona. Conmigo se quejaba de sus muchas obligaciones y a sus amigas les alegraba la oreja y el bolsillo. El caso es que me fastidiaba en aquella soledad y el día de Todos Santos se me ocurrió levantar una ofrenda. Pretendí arreglarla bonito y que algunos conocidos vinieran sin poner caras de condenados a muerte ni castañetear los dientes. En la huerta crecía cempasúchil, corté unos manojos amarillos que relumbraban al sol, compré panes, tamales. Sobre un mueble extendí un mantel deshilado, acomodé los retratos de mis fieles difuntos y en un saloncito, como achicado a la fuerza, decidí juntarlo todo y colgar mi Dolorosa creyendo que su aflicción y sus puñales serían una garantía para visitas. Le dije al asistente que sostuviera el cuadro de una alcayata de plata encontrada sabe Dios dónde. El primer martillazo sonó hueco, el segundo causó un boquete y el tercero lo agrandó. Nos dedicamos a escarbar y entre los dos abrimos un agujero. Al principio supusimos que adentro brillaba un collar de perlas. Después nos quedamos perplejos. Eran los dientes de una calavera. Habíamos descubierto a un emparedado. El altar cobró de pronto una verosimilitud sorprendente. Como primera reacción se me ocurrió tapar el hoyo, dejar las cosas calladas y no prestarle al pueblo más leña verde; pero comprendí mi deber cristiano. Traje al cura y al jefe de policía y le di a ese hombre una sepultura honrada. Las Josefinas rezaron un novenario, la finca se regó con agua bendita, se exorcizaron las remembranzas y hasta se ofició un responso frente al muro derribado. Todo Tlacotalpan conoció tales medidas. Mis amigas cobraron confianza y decidieron volver a jugar. Llegaron alegres y dicharacheras. Con el asistente mandé decirles que me esperaran un momento en el cuarto acostumbrado. Cuando me paré bajo el dintel de la puerta, Dolores Prieto se puso blanca. Le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi! —y las dos salieron en el acto llevándose consigo a Loreto Herrero.

Recibe Beatriz Espejo la Medalla Bellas Artes | La Crónica de Hoy

Sedoka a la fugacidad, RGG

Eres libélula
ágil y nacarada
que se pierde en el cielo.

Tu levedad
rebasa mis sentidos;
fugaz, siempre fugaz.

LA LIBÉLULA, UNO DE LOS INSECTOS MÁS ANTIGUOS Y SORPRENDENTES DEL ...

Surrealismo a sus cien años.

Eduardo Mosches ha dedicado el número 145/146 de su revista, Blanco Móvil, a celebrar los primeros cien años del movimiento surrealista.

Los primeros pasos

[…] Ese movimiento de vanguardia que vino a detonar la ruptura de postulados soberbios y rígidamente académicos ante la postura de que el arte tiene un deber social que es el de dar salida a las angustias de su época. Citando a otro poeta [André Breton] leemos: … Abierto el camino de la libertad por la poesía, se establece automáticamente su acción subversiva. La poesía se convierte entonces en un instrumento de lucha en pro de una condición humana en consonancia con las aspiraciones totales de los hombres…
Entrelazado, en un posible remedo de escritura automática, entrego un collage de imágenes de algunos poetas iniciando con [Ricardo Molinari]: … El lecho es esa tierra dorada donde germinan las plantas ardientes del amor/ con sus raíces flotando entre las espumas de la memoria/ un espejo que reflejaba la serenidad, la pureza, la suave alegría, la claridad que la ineluctable sombra se ha tragado./ Soñadores que se toman de la mano como ciegos atraviesan la plaza./ El paraguas de las estrellas se cubre de labios./ El cielo entre las hojas aparecía huraño y duro como una libélula./ Tuve tiempo de apoyar mis labios/ en tus muslos de vidrio./ La noche ha cerrado su llaga de corsario por donde viajaban extraños fuegos de artificio entre el pavor sostenido de los perros./ Aquellos que miran sufrir al león en su jaula se pudren en la memoria del león./ Palabra y vida, incendio y sueño se mezclan/ recojamos la cosecha de labios/ abandonemos el diente olvidado en el mordisco del amor/ para buscar la calma hay que predicar el desorden.
Así abrimos este amplísimo paisaje de diálogos florecientes de imágenes y metáforas, cargados de rupturas, de impaciencias poéticas, de indispensables acciones transgresoras, en un mundo pleno de angustias, de humanos buscando edenes inexistentes, pero buscando incansablemente.

Eduardo Mosches (1944)
Blanco Móvil Poesía: 100 años de surrealismo
145/146, México, otoño-invierno 2019-2020

Letrada Noni Benegas

Iban a hacerla desaparecer a la manera egipcia, el detalle era que le cortaban la mano derecha porque había sido una letrada. Escondían el cuchillo dentro de un pez color plata abierto a lo largo y lo llevaban hasta donde ella estaba. Luego, veía sus cenizas en una urna. Pero no la mano. Pensaba en esa mano que seguiría viva, tecleando. El aire era dulce como en Egipto.

Mujer De La Mano Del Negocio Que Usa El Ordenador Y Escribiendo En ...

Minificciones  de Argentina

 

Las golondrinas invernales Alejandro Dolina

 

En el mes de mayo llegan a Flores algunas banda-das de golondrinas. Permanecen en el barrio durante todo el invierno. Cuando se vislumbran los calorcitos de octubre, las aves migran hacia el norte buscando la fresca. ¿Qué les pasa realmente? ¿Por qué andan con el vuelo cambiado?
Algunos piensan que esta especie odia el calor,como sucede con algunos canallas que no usan camiseta. Sin embargo, yo las he visto temblar y sufrir con los vientos de agosto. Me parece que las golondrinas invernales han elegido el dolor y el padecimiento por razones espirituales, como muchos se hacen guitarristas pudiendo ser agentes de bolsa.

A qué lugar van las golondrinas en invierno

Cordero asado de Roald Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel -estaba en el sexto mes del embarazo- había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

-¡Hola, querido! -dijo ella.

-¡Hola! -contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir -como siente un bañista al calor del sol- la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

-¿Cansado, querido?

-Sí -respondió él-, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

-Yo te lo serviré -dijo ella, levantándose.

-Siéntate -dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

-Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? -Le observó mientras él bebía el whisky-. Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día -dijo ella.

El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

-Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

-No -dijo él.

-Si estás demasiado cansado para comer fuera -continuó ella-, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

-Bueno -agregó ella-, te sacaré queso y unas galletas.

-No quiero -dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

-Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

-No me apetece -dijo él.

-¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

-Siéntate -dijo él-, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada -. Vamos -dijo él-, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

-Tengo algo que decirte.

-¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

-Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo -dijo-, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

-Eso es todo -añadió-, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

-Prepararé la cena -dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

-Por el amor de Dios -dijo él al oírla, sin volverse-, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

«Bien -se dijo a sí misma-, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

-Hola, Sam -dijo en voz alta. La voz sonaba rara también-. Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

-Hola, Sam -dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

-¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

-Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

-Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche -le dijo-. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

-¿Quiere carne, señora Maloney?

-No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

-¡Oh!

-No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

-Personalmente -dijo el tendero-, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

-¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

-¿Nada más? -El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía-. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

-Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

-¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

-Magnífico -dijo ella-, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

-Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

«Eso es -se dijo a sí misma-, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

-¡Patrick! -llamó-, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

-¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

-¿Quién habla?

-La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

-¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

-Creo que sí -gimió ella-. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

-Iremos en seguida -dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida -en realidad conocía a casi todos los del distrito- y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

-¿Está muerto? -preguntó ella.

-Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo dela Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno -allí estaba, asándose- y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

-¿A qué tienda ha ido usted? -preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

«…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

-No -dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

-Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? -preguntó Jack Nooan.

-No -dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

-Es la vieja historia -dijo él-, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

-¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? -le preguntó-. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

-No tenemos jarrones de metal -dijo ella.

-¿Y un atizador?

-No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

-Jack -dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado-, ¿me quiere servir una bebida?

-Sí, claro. ¿Quiere whisky?

-Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

-¿Por qué no se sirve usted otro? -dijo ella-; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

-Bueno -contestó él-, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

-Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

-¡Dios mío! -gritó ella-. ¡Es verdad!

-¿Quiere que vaya a apagarlo?

-¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

-Jack Nooan -dijo.

-¿Sí?

-¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

-Si está en nuestras manos, señora Maloney…

-Bien -dijo ella-. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

-Ni pensarlo -dijo el sargento Nooan.

-Por favor -pidió ella-, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

-¿Quieres más, Charlie?

-No, será mejor que no lo acabemos.

-Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

-Bueno, dame un poco más.

-Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

-Por eso debería ser fácil de encontrar.

-Eso es lo que a mí me parece.

-Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

-Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

-Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

Una hermosa mujer detrás de la ventana | Foto Premium