Amor Raúl Brasca

I
A ella le gusta el amor. A mí no. A mí me gusta ella, incluido, claro está, su gusto por el amor. Le doy pasión envuelta en palabras. Muchas palabras. Ella se engaña, cree que es amor y le gusta; ama al impostor que hay en mí. Yo no la amo y no me engaño con las apariencias, no la amo a ella. Lo nuestro es algo muy corriente: dos que perseveran juntos por obra de un sentimiento equívoco y de otro equivocado.Somos felices.

II
Pretende que yo estoy enamorada del amor y que a él solo le interesa el sexo. Dejo que lo crea. Cuando su cuerpo lo estremece, lo atribuye a su propio ardor. Pero me ama. Y no lo saco de su engaño porque lo amo. Sé muy bien que seremos felices lo que dure su fe en que no nos amamos.

Minificciones argentinas

12 animales que tienen una sola pareja TODA la vida | En Pareja

 

Crónica roja Eduardo Gotthelf

Necesitaban dinero para irse lejos. Ella estaba muy enamorada, pero sabía que su familia nunca iba a aceptar a un simple leñador, para colmo feo, de ojos saltones y dientes grandes. Esa tarde fueron juntos a la casa de la abuela para robarle sus joyas. Comola anciana los sorprendió, no les quedó más remedio que matarla. Después inventaron una historia, y le echaron la culpa al lobo.

La verdadera historia de Caperucita Roja - Infobae

Medicina moderna Laura Nicastro

Le dolía la cabeza al caminar. Por error, le hicieron una radiografía de la cadera.
—Hay que operársela —diagnosticaron.
Le sacaron la cabeza del fémur. Ahora camina sin dolores y sin memoria.

Sindrome de Cotard | Apocalipsis Z Roleplay Amino

Micros argentinos, edición de Clara Obligado.

Beatriz Espejo: El emparedado

Cuando me diste entrada en el jardín de tu amor
me ofreciste una flor que ya estaba deshojada.

Son jarocho

Aunque me advirtieran que no alquilara esa casa ¿dónde encontraría en todo Tlacotalpan otra así? Tenía muros que medían metro y medio, largos corredores que daban a un gran patio, con recámaras y salones inmensos para recibir en cena de gala a un ejército entero. Y la tomé y no me arrepentí a pesar de que las criadas se fueran despavoridas haciéndose cruces y contando cuentos. Estuvieron a mi servicio tías, primas y hermanas. Todas me plantaban a las ocho horas. Intenté pedirles alguna explicación y sólo conseguí respuestas incoherentes, palabras entrecortadas mientras se apretaban las manos o retorcían la punta de la enagua. Ninguna dijo nada. Se iban aprisa, tomaban sus cosas y me dejaban con un palmo de narices. Me acostumbré y ya ni la lucha les hice. Uno de los asistentes de mi marido se ocupaba de lavar patios y sótano. El resto de la casa yo misma lo medio limpiaba y de la ropa y la comida se encargaban dos mujeres que quisieron venir unas horas diariamente, siempre juntas, cuidándose las espaldas. Pero los niños estaban chicos y Humberto viajaba mucho y me gustaba aquella construcción adusta de techos altos situada a las afueras del pueblo.

Una tarde jugábamos canasta uruguaya. A punto de llevarse el pozo, boquiabierta y con ojos de plato, Dolores Prieto le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi!— y las dos se levantaron en el acto decididas a partir llevándose consigo a Loreto Herrero que no había visto nada porque se hallaba muy entretenida en sus cartas.

—¿Por qué no me explican de una vez lo que pasa? Ya me cansaron sus misterios.

—Bueno, chulita —me contestó Dolores, pálida como cirio pascual—. Te lo cuento; pero te lo cuento en el jardín. Yo no me quedo en este cuarto ni un minuto más.

Apresurada, con los pelos de punta, en tanto caminábamos por un sendero rumbo a sus coches, me dijo que en el vano de la puerta apareció una muchacha muy triste. Llevaba falda larga, dos trenzas sobre el pecho y lágrimas cuajadas como diamantes en las mejillas.

—¿De dónde vino? —pregunté.

—¿A poco eres tan tonta que después de vivir seis meses entre estas paredes no lo sabes? —repuso un poco exasperada.

—Pues no lo sé —dije sinceramente.

—Es la novia del capataz, la hija del hacendado, la que busca sin encontrar.

—¿Qué busca y qué no encuentra? —insistí casi gritando.

—A veces se nos olvida que no creciste en Tlacotalpan —intervino la Nena Olguín—. Busca al amado que le arrebató el padre traidor, don Ildefonso. ¿Nunca oíste las coplas?

—Eres algo lela, Victoria, con razón el general te hace guaje y ni cuenta te das.

—Eso creen ustedes. Yo acepto que a los hombres les encanta andar de capillita en capillita y me conformo con ser la catedral…

Así nos despedimos. Volví a la casa, les di de cenar a mis hijos y los acosté. Durante un rato estuve ensimismada. Acababa de pasar muchos días sola y aburrida matando el tiempo en tonterías. Reflexioné en eso y me asaltó la idea de que me había equivocado al casarme con Humberto. Sin ganas de otra cosa permanecí al borde de una mecedora viendo a mis muchachitos dormir con la respiración acompasada. De pronto, movida por una fuerza ajena a mi albedrío, tomé la palmatoria y me puse a caminar. Recorrí todas las piezas. En mi dormitorio contemplé la enorme cama vacía y mi silueta reflejada en la luna del tocador. Contemplé mis ojos hundidos, mi nariz chata, mis ojeras profundas como si este sufrimiento no encontrara un consuelo. A pesar de la penumbra quise perfumarme para sentirme envuelta en un manto de nardos. Con manos temblorosas tomé el frasquito de esencia y me eché unas gotas detrás de las orejas y otra gotita entre los senos. Luego, dispuesta para un encuentro, bajé las escaleras al ritmo de mi sombra. Los retratos colgados en los aposentos acosaban mi peregrinación con sus ojos pintados. Abrí la puerta de la sala, abrí el piano y me senté en el banquillo antes de empezar a tocar; pero nunca supe tocar el piano, no me interesaron las lecciones del profesor ruso que contrató mi papá.

Y toqué la mazurca de Chopin que tanto te gustaba, Julián. Muchas veces afirmaste que te complacían aquellas melodías febriles. A la nota final siguió una catarata de aplausos que me procuró la concurrencia. Se oían alabanzas sobre mi destreza, sobre la habilidad de mis dedos fugaces atrapando escalas y arpegios. No me halagaban. Sabía que afuera, tras los vidrios, aguantabas la rabia parado junto a la ventana. Observabas lo que ocurría a tu pesar, te consumías de impotencia viéndome departir con los invitados. Sé que odiabas a Roberto Villasaña, sé que te torturaron unos celos atroces porque creíste que me casaría con él. Para remediar tu tormento procuré darte una señal de mi amor. Prendí al traje de tafeta la rosa que me regalaste esa tarde. Cerca de Roberto la rosa manifestaba tu presencia, tus ojos ansiosos persiguiendo mis movimientos a través del cristal. Cerré el piano, sua­vemente pasé la yema de los dedos sobre la tapa negra y reluciente como un espejo maléfico donde la lumbre de mi vela semejaba una estrella, y fui al comedor. Mi padre me había reservado la cabecera de la mesa. Roberto me pidió sonriendo con sonrisa de niño que le colocara la mano en el corazón para que se lo sintiera latir con ese roce, y encontré el bulto de un estuche bajo su saco. Era un anillo de compromiso. Retiré la mano asustada de que te dieras cuenta. Otro me amaba también, e incliné la cabeza hacia el hombro para sentir en mi mejilla los pétalos de la flor que me diste. Mi padre conversaba distraído y al cabo de un rato propuso un brindis por la felicidad de los presentes y en particular por la dicha de su hija que creció con tanto esmero en los mejores colegios europeos, su única heredera. Brindé contigo que no te­nías copa y que te morías de cólera pensando en mí. No lo adivinaste, Julián, a cada vuelta del vals entre los brazos de Roberto yo rememoraba nuestros encuentros secretos, nuestros paseos a caballo, el viento que me golpeaba la cara, esa risa tuya descubriendo tus dientes blancos y parejos como dos hileras de perlas. Roberto elogiaba mi vestido y yo recordaba que tú dejabas resbalar mis ropas. A la orilla del río me besabas el cuello, me tomabas por la cintura y nos metíamos a nadar. O recordaba que nos echábamos manotazos de agua y el agua nos caía encima simulando chaquira, luces de Bengala. Bajo el brillo de mi vela llegué a la cocina. En la penumbra parpadeante vislumbré las canastas de frutas y legumbres, las cazuelas, los cazos de cobre. Todo eso me llevó a pensar en mi mansedumbre doméstica, en la pobreza de mi alcoba, en las caricias desganadas y rápidas que me hacía Humberto, en mi sed siempre sin apagar. Y yo te deseaba, Julián, nunca imaginarás cuánto te deseaba aunque me rebajara esta pasión de hembra que no conoce barreras. Bastaba con reconstruir en la fantasía la forma de tus piernas, de tu pecho algo lampiño, bastaba con acordarme de tu sexo boscoso para volver a sentir cosquillas en mi centro y estar se­gura de que sólo había nacido para tenerte dentro de mí. Quererte, Julián, eso nada más me importaba. Tocarte, Julián, tocarte junto a mi cuerpo. Enternecerme al comprobar tu agradecimiento por las trenzas que me tejo para no agraviarte con peinados de señorita. Y Roberto decía que no dudara en aceptarlo porque no viviríamos aquí sino en México, lejos de tanto indio pata rajada. Prometía organizar fiestas y comprarme alhajas en las joyerías de Plateros. Al compás de la danza yo reconstruía tu rostro, evocaba tus mimos y me estremecía de puro placer. A mi padre debió parecerle un momento oportuno. Suspendió la música y con voz atronadora anunció el matrimonio. Los asistentes nos felicitaron, afirmaban que hacíamos buena pareja y que tendríamos una descendencia hermosa. Roberto se los agradecía contento y yo me ruborizaba en mi turbación. Las sirvientas descubrieron nuestro cariño. Fue Chole quien te contó cuanto sucedía en la casa grande, en las habitaciones interiores donde no podías espiar. Lo supiste enseguida. Todavía fantaseo con tu coraje al enviarme el recado en que me pedías verte. Planeaba acudir a tu cita esa noche como siempre, y me impacientaba que la gente tardara en irse. La angustia me tiró el papel al suelo. Mi padre se agachó a recogerlo, reconoció la letra y lo leyó. Intentaba autoconvencerme de que nada ocurriría, que las cosas seguirían igual, que nos encontraríamos en el campo durante los crepúsculos. Mi padre procuró no dar espectáculos frente a nadie; pero me atrajo a una esquina y me aseguró colérico que no iba a permitir mis relaciones con un desarrapado. Le supliqué inútilmente. Mi llanto sirvió para despertar su malicia, para descubrir la índole de nuestros amores. Y mandó que me encerraran en mi recámara y mandó a varios peones por ti.

El tizne había escrito viejas historias en el fogón. Me cansé de leerlas y fui al vestíbulo. Arriba de un sofá abracé mis rodillas y apoyé encima de ellas la cabeza. La vela debió consumirse y debí dormirme. En la madrugada, allí se tropezó conmigo Humberto. Creyó que lo aguardaba. No quise desengañarlo, ni confiarle mi recorrido, ni explicarle que no había hallado a la que busca sin encontrar.

Nadie me informó nada. Quienes pretendieron narrarme el cuento lo ignoraban, y quienes lo sabían se negaban a contarlo. Una mañana a la salida de misa, en el atrio de la iglesia oí que el cieguito del arpa cantaba el sonsonete de sus coplas. Hablaba de un capataz desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra, una novia desesperada y un padre dueño de la venganza. Sólo eso. Ninguna noticia nueva. Y mis hijos nunca se asustaron acostumbrados a que las criadas se fueran como almas que se lleva el diablo porque no soportaban los suspiros recorriendo los pasillos, ni los murmullos que entraban desde el patio.

Con la aguilota en la gorra, Humberto cada vez inventaba más pretextos para inspeccionar la zona. Conmigo se quejaba de sus muchas obligaciones y a sus amigas les alegraba la oreja y el bolsillo. El caso es que me fastidiaba en aquella soledad y el día de Todos Santos se me ocurrió levantar una ofrenda. Pretendí arreglarla bonito y que algunos conocidos vinieran sin poner caras de condenados a muerte ni castañetear los dientes. En la huerta crecía cempasúchil, corté unos manojos amarillos que relumbraban al sol, compré panes, tamales. Sobre un mueble extendí un mantel deshilado, acomodé los retratos de mis fieles difuntos y en un saloncito, como achicado a la fuerza, decidí juntarlo todo y colgar mi Dolorosa creyendo que su aflicción y sus puñales serían una garantía para visitas. Le dije al asistente que sostuviera el cuadro de una alcayata de plata encontrada sabe Dios dónde. El primer martillazo sonó hueco, el segundo causó un boquete y el tercero lo agrandó. Nos dedicamos a escarbar y entre los dos abrimos un agujero. Al principio supusimos que adentro brillaba un collar de perlas. Después nos quedamos perplejos. Eran los dientes de una calavera. Habíamos descubierto a un emparedado. El altar cobró de pronto una verosimilitud sorprendente. Como primera reacción se me ocurrió tapar el hoyo, dejar las cosas calladas y no prestarle al pueblo más leña verde; pero comprendí mi deber cristiano. Traje al cura y al jefe de policía y le di a ese hombre una sepultura honrada. Las Josefinas rezaron un novenario, la finca se regó con agua bendita, se exorcizaron las remembranzas y hasta se ofició un responso frente al muro derribado. Todo Tlacotalpan conoció tales medidas. Mis amigas cobraron confianza y decidieron volver a jugar. Llegaron alegres y dicharacheras. Con el asistente mandé decirles que me esperaran un momento en el cuarto acostumbrado. Cuando me paré bajo el dintel de la puerta, Dolores Prieto se puso blanca. Le preguntó a la Nena Olguín:

—¿Viste?

La Nena respondió: —¡Vi! —y las dos salieron en el acto llevándose consigo a Loreto Herrero.

Recibe Beatriz Espejo la Medalla Bellas Artes | La Crónica de Hoy

Sedoka a la fugacidad, RGG

Eres libélula
ágil y nacarada
que se pierde en el cielo.

Tu levedad
rebasa mis sentidos;
fugaz, siempre fugaz.

LA LIBÉLULA, UNO DE LOS INSECTOS MÁS ANTIGUOS Y SORPRENDENTES DEL ...

Surrealismo a sus cien años.

Eduardo Mosches ha dedicado el número 145/146 de su revista, Blanco Móvil, a celebrar los primeros cien años del movimiento surrealista.

Los primeros pasos

[…] Ese movimiento de vanguardia que vino a detonar la ruptura de postulados soberbios y rígidamente académicos ante la postura de que el arte tiene un deber social que es el de dar salida a las angustias de su época. Citando a otro poeta [André Breton] leemos: … Abierto el camino de la libertad por la poesía, se establece automáticamente su acción subversiva. La poesía se convierte entonces en un instrumento de lucha en pro de una condición humana en consonancia con las aspiraciones totales de los hombres…
Entrelazado, en un posible remedo de escritura automática, entrego un collage de imágenes de algunos poetas iniciando con [Ricardo Molinari]: … El lecho es esa tierra dorada donde germinan las plantas ardientes del amor/ con sus raíces flotando entre las espumas de la memoria/ un espejo que reflejaba la serenidad, la pureza, la suave alegría, la claridad que la ineluctable sombra se ha tragado./ Soñadores que se toman de la mano como ciegos atraviesan la plaza./ El paraguas de las estrellas se cubre de labios./ El cielo entre las hojas aparecía huraño y duro como una libélula./ Tuve tiempo de apoyar mis labios/ en tus muslos de vidrio./ La noche ha cerrado su llaga de corsario por donde viajaban extraños fuegos de artificio entre el pavor sostenido de los perros./ Aquellos que miran sufrir al león en su jaula se pudren en la memoria del león./ Palabra y vida, incendio y sueño se mezclan/ recojamos la cosecha de labios/ abandonemos el diente olvidado en el mordisco del amor/ para buscar la calma hay que predicar el desorden.
Así abrimos este amplísimo paisaje de diálogos florecientes de imágenes y metáforas, cargados de rupturas, de impaciencias poéticas, de indispensables acciones transgresoras, en un mundo pleno de angustias, de humanos buscando edenes inexistentes, pero buscando incansablemente.

Eduardo Mosches (1944)
Blanco Móvil Poesía: 100 años de surrealismo
145/146, México, otoño-invierno 2019-2020

Letrada Noni Benegas

Iban a hacerla desaparecer a la manera egipcia, el detalle era que le cortaban la mano derecha porque había sido una letrada. Escondían el cuchillo dentro de un pez color plata abierto a lo largo y lo llevaban hasta donde ella estaba. Luego, veía sus cenizas en una urna. Pero no la mano. Pensaba en esa mano que seguiría viva, tecleando. El aire era dulce como en Egipto.

Mujer De La Mano Del Negocio Que Usa El Ordenador Y Escribiendo En ...

Minificciones  de Argentina

 

Las golondrinas invernales Alejandro Dolina

 

En el mes de mayo llegan a Flores algunas banda-das de golondrinas. Permanecen en el barrio durante todo el invierno. Cuando se vislumbran los calorcitos de octubre, las aves migran hacia el norte buscando la fresca. ¿Qué les pasa realmente? ¿Por qué andan con el vuelo cambiado?
Algunos piensan que esta especie odia el calor,como sucede con algunos canallas que no usan camiseta. Sin embargo, yo las he visto temblar y sufrir con los vientos de agosto. Me parece que las golondrinas invernales han elegido el dolor y el padecimiento por razones espirituales, como muchos se hacen guitarristas pudiendo ser agentes de bolsa.

A qué lugar van las golondrinas en invierno

Cordero asado de Roald Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel -estaba en el sexto mes del embarazo- había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

-¡Hola, querido! -dijo ella.

-¡Hola! -contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir -como siente un bañista al calor del sol- la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

-¿Cansado, querido?

-Sí -respondió él-, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

-Yo te lo serviré -dijo ella, levantándose.

-Siéntate -dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

-Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? -Le observó mientras él bebía el whisky-. Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día -dijo ella.

El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

-Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

-No -dijo él.

-Si estás demasiado cansado para comer fuera -continuó ella-, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

-Bueno -agregó ella-, te sacaré queso y unas galletas.

-No quiero -dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

-Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

-No me apetece -dijo él.

-¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

-Siéntate -dijo él-, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada -. Vamos -dijo él-, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. Él había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

-Tengo algo que decirte.

-¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

-Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo -dijo-, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

-Eso es todo -añadió-, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

-Prepararé la cena -dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

-Por el amor de Dios -dijo él al oírla, sin volverse-, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

«Bien -se dijo a sí misma-, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

-Hola, Sam -dijo en voz alta. La voz sonaba rara también-. Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

-Hola, Sam -dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

-¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

-Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

-Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche -le dijo-. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

-¿Quiere carne, señora Maloney?

-No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

-¡Oh!

-No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

-Personalmente -dijo el tendero-, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

-¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

-¿Nada más? -El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía-. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

-Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

-¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

-Magnífico -dijo ella-, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

-Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

«Eso es -se dijo a sí misma-, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

-¡Patrick! -llamó-, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

-¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

-¿Quién habla?

-La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

-¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

-Creo que sí -gimió ella-. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

-Iremos en seguida -dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida -en realidad conocía a casi todos los del distrito- y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O’Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

-¿Está muerto? -preguntó ella.

-Me temo que sí… ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O’Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo dela Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno -allí estaba, asándose- y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

-¿A qué tienda ha ido usted? -preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

«…, parecía normal…, muy contenta…, quería prepararle una buena cena…, guisantes…, pastel de queso…, imposible que ella…»

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

-No -dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

-Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? -preguntó Jack Nooan.

-No -dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

-Es la vieja historia -dijo él-, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

-¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? -le preguntó-. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

-No tenemos jarrones de metal -dijo ella.

-¿Y un atizador?

-No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

-Jack -dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado-, ¿me quiere servir una bebida?

-Sí, claro. ¿Quiere whisky?

-Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

-¿Por qué no se sirve usted otro? -dijo ella-; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

-Bueno -contestó él-, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

-Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

-¡Dios mío! -gritó ella-. ¡Es verdad!

-¿Quiere que vaya a apagarlo?

-¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

-Jack Nooan -dijo.

-¿Sí?

-¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

-Si está en nuestras manos, señora Maloney…

-Bien -dijo ella-. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

-Ni pensarlo -dijo el sargento Nooan.

-Por favor -pidió ella-, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

-¿Quieres más, Charlie?

-No, será mejor que no lo acabemos.

-Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

-Bueno, dame un poco más.

-Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

-Por eso debería ser fácil de encontrar.

-Eso es lo que a mí me parece.

-Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

-Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

-Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

Una hermosa mujer detrás de la ventana | Foto Premium

23. «La mujer del almacén», de Kathernine Mansfield — manologo

a través de 23. «La mujer del almacén», de Kathernine Mansfield — manologo

 

Durante todo el día hizo un calor terrible. El suelo levantaba un viento cálido, que silbaba entre los montecillos de hierba y se arrastraba por todo el camino, empujando. El blanco polvo calcáreo se elevaba en remolinos, impulsado por el viento, envolviéndonos la cara y posándose sobre nuestros cuerpos como otra piel reseca e irritante. Los caballos iban con paso lento, resoplando. El que llevaba la carga estaba enfermo, con una gran llaga abierta que hería su vientre. De vez en cuando se detenía en seco, giraba la cabeza para mirarnos, como a punto de llorar, ¿relinchando? Cientos de alondras gemían en el aire. El cielo se había teñido de un color brilloso y los gemidos de las alondras me parecieron los que hacía la tiza al escribir en un pizarrón. Se veía sólo una extensión de manojos de hierba, una fila tras otra de montones de hierba, con alguna flor púrpura perdida o zarzas secas cubiertas de telarañas densas.
Jo cabalgaba adelante. Llevaba una camisa azul de tela gruesa, pantalones de pana y botas altas de montar. Un pañuelo blanco con lunares rojos —parecía que acababa de limpiarse la sangre de las narices— le rodeaba el cuello. Bajo las alas anchas de su sombrero se veían mechones de cabellos blancos; sus cejas y el bigote estaban cubiertos de polvo. Jo cabalgaba balanceándose muy suelto sobre la silla y se quejaba de tanto en tanto. Ni una sola vez en el día, cantó aquello que decía:
“No me interesa, porque verás, tengo a mi suegra siempre delante”.
Era el primer día, luego de un mes de estar juntos, en que no le habíamos oído canturrear aquella canción. Su silencio nos ponía melancólicos. Jim iba junto a mí, blanco de polvo, de la cabeza a los pies. Su rostro parecía el de un payaso y sus ojos negros brillaban más que nunca en esa máscara empolvada; a cada rato, sacaba la lengua para humedecerse los labios. Su chaqueta corta, de tela gruesa de algodón y los pantalones azules, sostenidos por un cinturón muy ancho, mostraban su color ante los huecos abiertos en la capa de polvo. Apenas si habíamos cruzado algunas palabras desde el amanecer.
A mediodía nos detuvimos junto al borde barroso de un arroyo para almorzar galletas duras y duraznos.
—Tengo el estómago como buche de gallina —dijo Jo—. Veamos, Jim: tú que eres el guía de nuestro grupo, ¿dónde diablos está ese almacén del que siempre nos hablas? “Por supuesto”, nos dices, “yo conozco un buen almacén, con sus troncos gruesos para atar los caballos y una pradera verde bordeada por un arroyo. Su dueño es un buen amigo mío”, nos has dicho, “un tipo correcto que te ofrece un trago de whisky y luego te da la mano”. Me gustaría ver ese almacén, Jim, aunque sólo fuera para calmar mi curiosidad. No quiero decir con eso que dude de tu palabra, tú lo sabes muy bien, pero…
Jim se echó a reír.
—No olvides que en el almacén hay una mujer, Jo; una hermosa mujer de ojos azules y cabello rubio como el oro, que te ofrece algo mejor que el whisky antes de estrecharte la mano. Métete eso en la cabeza y no lo olvides.
—El calor te debilita la cabeza —comentó Jo, subiendo al caballo. Clavó las espuelas en los ijares y nosotros lo seguimos unos metros más atrás. A poco de andar me quedé medio dormida sobre la silla y, entre sueños, tuve la desagradable sensación de que todos los caballos se detenían. De pronto me vi encima de un caballito de madera y mi madre, que se hallaba detrás de mí, me retaba por levantar tanto polvo de la alfombra. “La has gastado tanto que sus hermosos dibujos desaparecieron”, me decía y se abalanzó sobre mí para darme un golpe en los riñones. Empecé a llorar en voz baja y me desperté asustada y encontré a Jim inclinado sobre mí, sonriendo con malicia.
—Esa sí que es buena —me dijo—. Acabo de sorprenderte. ¿Qué te sucede? ¿En qué mundo andabas?
—Ninguno —le respondí con énfasis, alzando la cabeza—. ¡Gracias a Dios, por fin llegamos a alguna parte!
Estábamos al pie de la colina y, más abajo, se veía un techo de chapa acanalada. Ocupaba el centro de un amplio jardín, distanciado del camino. A su alrededor, una pradera verde se extendía con un arroyo zigzagueante. El paraje estaba aislado por una cantidad de sauces jóvenes. Por la chimenea, ascendía recto un hilillo de humo azul, asomando por un rincón del techo. Mientras observaba la forma de aquel cobertizo vi salir a una mujer seguida por una niña y un perro ovejero. La mujer parecía llevar en la mano una larga vara negra. Nos había visto y estaba haciéndonos alguna seña. Los caballos soltaron un prolongado y sonoro resoplido final. Jo se quitó el ancho sombrero, dio un grito, sacó pecho y empezó a cantar aquello de “no me interesa, porque ya ves…” De repente, el sol reapareció entre las nubes pálidas e iluminó con brillosos resplandores aquella escena. Uno de los rayos acentuó el cabello rubio de la mujer, resplandeció el delantal agitado por el viento y brilló también el rifle que llevaba en la mano. La chiquilla se escondió detrás de su madre, y el perro ovejero, de pelaje blanco y sucio, regresó trotando al cobertizo, con la cola entre las patas. Tiramos de las riendas, los caballos se detuvieron en seco y desmontamos.
—¡Hola! —gritó la mujer—. Creía que eran tres buitres. Mi chica llegó corriendo, azorada. “Mamá”, me dijo, “vienen bajando por la colina tres cosas grises”. Yo me preparé para recibirlas, estén seguros de eso. “Tienen que ser buitres”, le respondí a la chica. No saben la cantidad de buitres que hay por aquí.
La niña nos dirigió la mirada con uno de sus ojos, por detrás de las faldas de su madre, y se ocultó de nuevo.
—¿Dónde está su hombre? —preguntó Jim.
La mujer parpadeó rápidamente, se pasó una mano por la boca y giró la cabeza para observarnos.
—Se fue a la esquila —nos dijo, demorando su respuesta—. Hace casi un mes que anda fuera. Supongo que no permanecerán aquí, ¿verdad? Una tormenta se avecina.
—No se intranquilice, pero nos quedamos —afirmó Jo—. ¿De modo que está sola, señora?
Permaneció quieta, con la cabeza gacha y empezó a acomodar los pliegues del delantal. Luego nos miró de reojo, uno a uno, con una expresión de pajarito hambriento. Me sonreí al pensar en la burla que le había hecho Jim a Jo, hablándole siempre sobre aquella hermosa mujer del almacén. Cierto era que ella tenía los ojos azules y el poco pelo que le quedaba era rubio como el oro viejo, pero no era bonita. Su figura tenía un aspecto ridículo que daba lástima. Al observarla, se tenía la impresión de que bajo su blanco delantal, sólo había palos y alambres retorcidos. Los dientes de delante le faltaban, sus manos largas, agrietadas y enrojecidas, le colgaban inútiles de los brazos y llevaba un par de botas de hombre arrugadas, cubiertas de polvo.
—Voy a soltar los caballos en el prado —dijo Jim—. ¿No tiene por casualidad algún linimento? El pobre Poi tiene una llaga hecha un demonio.
—¡Un momento! —gritó la mujer con algo de histérica. Se quedó en silencio, mirándonos, llena de ira: las narices se le dilataron, temblándole al respirar. Y volvió a gritar con el mismo tono chillón—. Es mejor que no se detengan. Váyanse y se acabó. No quiero que los caballos pasten en mi prado. Tienen que irse; no tengo nada para ofrecerles.
—¡Vaya, que me cuelguen! —dijo Jo sorprendido. Me apartó hacia un costado—. El diablo salió de su cuerpo —murmuró—. Será porque hace tiempo que está sola. Si la tratamos con respeto, volverá a la coherencia.
Pero no fue necesario poner en práctica la propuesta. La mujer había vuelto a sus cabales por sí sola.
—Quédense, si quieren —nos dijo de mala gana, encogiendo los hombros. Luego giró y me dijo—: Si viene conmigo, le daré el linimento para el caballo.
—Muy bien, yo se los llevaré después al prado.
Seguí por el largo sendero que atravesaba el jardín. A ambos lados había plantado repollos y tal vez por eso el lugar olía a agua podrida. También había flores: una fila de amapolas dobles y toda una plantación de arvejillas de olor. Me llamó la atención una porción de tierra removida en medio de las flores, señalada por hileras de conchas y caracoles. Al rato advertí que aquel terreno pertenecía a la niña, porque al pasar frente a él se desprendió de las faldas de su madre y corrió para escarbar esa porción de tierra con una percha rota. El perro atravesaba el umbral de la puerta, matando las pulgas a mordiscos. La mujer lo apartó de nuestro camino, de una patada.
—¡Eh, fuera de aquí, bestia inmunda…! La casa está desordenada. No tuve tiempo de arreglarla… Estuve planchando. ¡Adelante!
La “casa” era tan sólo una habitación amplia cuyas paredes estaban empapeladas con las hojas de viejos diarios londinenses. A primera vista, me pareció que el número más actual era de la época del jubileo de la Reina Victoria. Había una mesa con una tabla de planchar, un cubo de agua, algunos recipientes de madera, un diván desarmado con un forro de crin negro y varias sillas de cañas rotas y apoyadas contra la pared para que no se cayeran. La repisa que se hallaba encima de la estufa estaba adornada con papel encarnado, flores, tallos y hojas secas en floreros cubiertos de polvo y con una imitación de Richard Seddon en colores. Había cuatro puertas: una, por el olor, parecía dar al almacén; la otra, seguramente al patio trasero; en la tercera, que estaba entreabierta, se podía ver una cama. Las moscas, volando en bandada, zumbaban contra el cielo raso. Y sobre las cortinas de la única ventana tenía adheridos papeles matamoscas y un montón de tréboles secos.
De repente me encontré sola en la amplia habitación. La mujer se había ido al almacén a buscar el linimento. Oía sus pasos recios y sus murmullos groseros. Hablaba sola, se preguntaba y se respondía: “Tengo linimento”, decía. “¿Dónde habré puesto la botella? Estará detrás del frasco de los pepinillos… No está”. Desocupé un rincón sobre la mesa para sentarme allí, balanceando las piernas. Oía la lejana voz de Jo, cantando en el prado y los golpes del martillo de Jim clavando las estacas para afirmar la tienda de campaña. Era el momento del crepúsculo. En Nueva Zelanda los días no gozan de la penumbra del poniente: tienen una media hora de luz extraña y siniestra, donde todo es grotesco, deforme y espantoso, como si el alma salvaje del país emergiera de repente sobre antiguos poderes y renegara de lo que contemplaba. Al verme sola en la gran habitación, iluminada por la escabrosa luz del poniente neocelandés, sentí miedo. Aquella mujer tardaba demasiado en encontrar el linimento. ¿Qué estaría haciendo allí dentro? Me pareció que la había oído golpear con las manos alguna mesa y la escuché quejarse otra vez, luego toser y limpiarse la garganta. Tuve deseos de gritar que regresara, pero me contuve y esperé en silencio. “¡Qué vida atroz, Dios mío!”, pensaba yo. “¿Cómo será eso de compartir un día tras otro, con esa niña roñosa y el perro sucio siempre cerca? ¿Qué será eso de planchar aquí y de…? ¡Loca! ¡Claro que está loca! Quisiera saber hace cuánto tiempo que vive aquí. Quisiera que me hablara…”
En ese preciso momento, la mujer asomó su largo perfil por la puerta.
—¿Qué era lo que querían? —me preguntó.
—Linimento.
—¡Ah, me había olvidado! Ya lo encontré. Estaba junto al frasco de pepinillos —al decir esto, me alargó la botella—. Se la ve nerviosa —agregó—. Le voy a preparar unos panecillos dulces para la cena. Hay un poco de lengua en el almacén y si les gusta, cocinaré un repollo.
—Muy bien, gracias —repuse sonriendo—. Luego venga a nuestra tienda, en el prado, y lleve a la niña para que nos acompañe a tomar la merienda.
Sacudió la cabeza, mostrando los labios.
—Oh, no. Creo que no iremos. Les mandaré a la niña con las cosas, cuando termine de cocinar los panecillos. ¿Quiere que le amase algunos más para llevarlos mañana?
—Gracias.
Se quedó de pie en la puerta, apoyada contra el marco.
—¿Qué edad tiene la niña?
—En Navidad cumplirá seis años. Tuve muchos dolores de cabeza con ella, por varias cuestiones. No pude darle leche hasta que la chica tuvo un mes, estaba desnutrida y flaca como una varilla.
—No se parece a usted. ¿Salió a su padre?
Así como se había exaltado antes, cuando nos indujo a que nos fuéramos, ahora se enfadó contra mí.
—¡No! ¡No es verdad! —gritó hecha una furia—. Se parece a mí. Es mi vivo retrato. Hasta un ciego puede verlo. —Luego, se dirigió a la niña, que seguía removiendo su terreno.
—Ven acá, rápido, Else, y deja de remover esa tierra.
Me encontré con Jo pasando sobre el cerco del prado.
—¿Qué tiene la vieja bruja en el almacén? —me preguntó.
—No sé. No entré.
—¡Vaya! ¡Qué tontería! Jim te anda buscando. ¿Qué estuviste haciendo durante todo este tiempo?
—Buscando el linimento. Oye, Jo: qué elegante y bien peinado estás.
Jo se había aseado, traía el pelo reluciente, peinado con raya al medio. Había elegido un saco limpio por encima de la camisa. Me hizo un guiño.
Jim me quitó de las manos la botella de linimento. Me fui sola, a través del prado, donde los sauces se juntan, para bañarme en el arroyo. El agua clara me cubría el cuerpo, suave como el aceite. Entre las hierbas y las raíces de las orillas, el agua formaba orlas de espuma que se agitaban. Me quedé en el agua mirando cómo los sauces movían sus hojas por un momento y luego las dejaba quietas. El aire traía olor a lluvia. Me olvidé de la mujer y de su hija, hasta que regresé a la tienda. Jim estaba tendido sobre el césped, mirando el fuego de la hoguera que acababa de encender. Le pregunté si la chica había traído algo de comer y dónde estaba yo.
—¡Bah! —repuso Jim con disgusto, girando su cuerpo para acostarse de espaldas y observar de cara al cielo—. ¿No te has dado cuenta de que Jo está como embrujado? Se fue al almacén demasiado prolijo y me dijo: “¡Que me cuelguen si esa mujer no es más bonita de noche que de día! De todas maneras, muchacho, es carne de mujer”. Esas palabras me dijo.
—Recuerda que tú tienes la culpa por haber hecho creer a Jo, y a mí también, que había una mujer bella en este almacén.
—No. No se trata de eso. Escucha: no puedo entenderlo. Hace cuatro años pasé por este lugar y permanecí dos días aquí. El marido de esa mujer fue compañero mío cuando ambos deambulábamos por las costas occidentales. Es lo que yo llamo un buen tipo, del tamaño de un toro y con una voz similar a un trombón. La mujer había sido camarera en una cabaña de la costa, hermosa como una muñeca. Cuando estuve en este almacén, cada quince días, la diligencia pasaba. Todo esto era antes de que inauguraran el ferrocarril de Napier. Y puedo asegurar que aquella mujer no perdía el tiempo. Recuerdo que me dijo, en un momento de confesión, que ella besaba de ciento veinticinco maneras diferentes y todas sensuales e irresistibles.
—¡Vamos, Jim! Por supuesto que no se trata de la misma mujer.
—Tiene que serlo…, de otra manera no me lo explico. Lo que yo creo es que su marido se fue y la abandonó. Que engañe a otro con la historia de la esquila. ¡Qué terrible soledad! Los únicos que aparecerán por aquí, de vez en cuando, serán los maoríes.
A pesar de la oscuridad, divisamos el blanco delantal de la niña. Caminaba arrastrándose hacia nosotros, con una enorme canasta al brazo y una olla de leche en la mano. Revisé dentro de la canasta mientras la chica me miraba hacer.
—Ven aquí —le dijo Jim haciéndole gestos con el dedo.
Se acercó. La lámpara que colgaba del techo de la tienda la alumbró de cuerpo entero. Era una pobre criatura escuálida y débil, con el cabello blancuzco y los ojillos tristes. Se había parado con las piernas abiertas y el vientre al aire.
—¿Qué haces durante el día? —le preguntó Jim.
La chica escarbó con el dedo meñique su oreja, miró lo que había sacado y respondió:
—Dibujo.
—¿Eh? ¿Qué dibujas? ¡Deja de escarbarte las orejas!
—Dibujos.
—¿Dónde los haces?
—En papeles llenos de grasa, con el lápiz de mamá.
—¡Vaya! ¡Cuántas palabras de golpe! —Jim la miraba sonriendo, con algo de afecto—. ¿Ovejitas que hacen beee y vaquitas que hacen mu?
—No. Todas las cosas. Los dibujaré a todos antes de que se vayan, a sus caballos y a la tienda y a ésa con ningún vestido en el arroyo —dijo, señalándome a mí—. Yo la veía desde un lugar donde ella no me veía.
—Te felicito —le respondió Jim—. Así llegarás lejos en la pintura.
Entonces, le preguntó algo atrevido:
—¿Dónde está papá?
La chica pareció asustarse y comenzó a balbucear.
—No se lo voy a decir porque no me gusta su rostro. Y volvió a escarbarse la otra oreja.
—Bueno —le dije—. Vete a casa, llévate la canasta y avísale al otro hombre que venga a comer.
—No quiero.
—¡Te voy a dar una cachetada si no obedeces! —la amenazó Jim, con suma violencia.
—¡Ay, ay! Se lo diré a mamá, se lo diré a mamá —dijo la chica y salió corriendo.
Comimos hasta hartarnos. Había llegado la hora del café y los cigarrillos, cuando Jo regresó, muy colorado y contento, con una botella de whisky en la mano.
—Bébanse los dos un trago —nos dijo alzando muy fuerte la voz y sacudiendo la botella en nuestras narices—. ¡Vamos! ¡Levanten las copas!
—Ciento veinticinco maneras distintas… —le murmuré a Jim en el oído.
—¿Eh? ¿Cómo dicen? ¡Basta de eso! —dijo Jo, serio—. ¿Por qué se la agarran siempre conmigo? Parecen niños de escuela dominical en una excursión. Si quieren saberlo, nos ha invitado a los tres para que visitemos su casa esta noche y charlemos. Yo —levantó la mano, como si quisiera detener nuestras felicitaciones antes de tiempo— he sabido tratarla y sé cómo tranquilizarla.
—Te creo —comentó Jim riendo—. Pero ¿te dijo dónde está su marido?
Jo lo miró entre sorprendido e irritado.
—En la esquila. Ella misma te lo dijo, idiota.
La mujer había limpiado y arreglado la habitación, incluso la adornó con un ramo de arvejillas en el centro de la mesa. Fui a sentarme al lado de ella, frente a Jo y Jim. Además de las flores de adorno, sobre la mesa había una lámpara de petróleo, la botella de whisky, vasos y una jarra de agua. La chica, arrodillada en el suelo, dibujaba en un papel de envoltura. Me pregunté, sobresaltada, si acaso no estaría reproduciendo la escena del arroyo.
No había duda de que Jo tenía razón cuando dijo que la mujer se vería mejor de noche. En verdad, esa noche presentaba mejor aspecto. Las hebras de su cabello rubio estaban prolijas, recogidas y alisadas, tenía cierto color en las mejillas y brillaban sus ojos. Y advertimos que sus pies se hallaban apretados, bajo la mesa, por las botas de Jo. Su delantal grasoso había sido reemplazado por una falda de lana negra y una blusa blanca. La chica llevaba una cinta azul en el pelo. Así, en la atmósfera asfixiante de aquella habitación, entre el zumbido de las moscas que giraban en espirales ascendentes hacia el techo y descendían sobrevolando la mesa, nos emborrachamos lentamente.
—Ahora escúchenme —interrumpió la mujer dando puñetazos sobre la mesa—. Hace seis años que me casé y he tenido cuatro abortos. Le dije a mi marido: ¿Quién crees que soy yo para que me tengas aquí? Si estuviéramos en la Costa, te haría colgar por infanticidio. Y le repetía: has doblegado y sometido mi espíritu, me has arruinado el cuerpo, la apariencia. ¿Para qué? ¡Eso es lo que quiero saber! ¿Para qué? —Se agarró la cabeza con las manos, apoyó los codos sobre la mesa, mirándonos fijamente. Y comenzó a hablar de nuevo, con rapidez—. Durante días enteros, que sumados formaban meses, me torturaban la cabeza aquellas dos benditas palabras. ¿Para qué? A veces estaba aquí, frente a la estufa, cocinando papas, y al levantar la tapa de la cacerola para moverlas, oía las mismas palabras de siempre y no sólo aquel “¿Para qué?”, con las papas y con la chica y con… Quiero decir que… quiero decir… —un ataque de hipo la interrumpió—. ¡Usted sabe lo que quiero decir, señor Jo!
—Lo sé —dijo Jo rascándose la cabeza.
—Lo peor era —continuó la mujer, inclinándose sobre la mesa— que me dejaba sola mucho tiempo. Cuando las diligencias dejaron de venir, se iba por muchos días, semanas y hasta meses, dejándome encargada del almacén. Y después regresaba, contento como en Pascuas. “¡Hola!”, me decía. “¿Cómo has estado? Ven aquí y dame un beso”. Y yo iba. Y cuando me negaba a ser afectuosa, él volvía a irse, a desaparecer sin decir nada. Aunque si yo me mostraba complaciente, también se iba. Cuando lo recibía, esperaba hasta hacerme bailar sobre un dedo y después se despedía: “Bueno; hasta siempre. Ya me voy”. ¿Y creen que yo podía retenerlo? ¡No! Yo, no.
—Mamá —gritó la chica—. Hice un dibujo de todos ellos, bajando por la colina, y de ti y de mí y el perro, abajo.
—¡Cállate! —gritó la mujer.
La luz de un relámpago iluminó en forma eléctrica la habitación y a los pocos segundos se oyó el sacudón del trueno.
—Menos mal que se larga —comentó Jo—. El clima nos ha estado sofocando desde hace tres días.
—¿Dónde está ahora su marido? —insistió Jim, acentuando cada palabra.
Metió la cabeza entre sus brazos, apoyados sobre la mesa, y empezó a lloriquear.
—Se ha ido a la esquila y otra vez me dejó —gritó entre gemidos.
—¡Eh! ¡Cuidado con esos vasos! —exclamó Jo—. Levante la cabeza y tome otro trago. No tiene sentido alguno llorar por maridos ausentes. La has hecho buena, Jim.
—Señor Jo —suspiró la mujer, levantando la cabeza y secándose las lágrimas con la solapa de su chaqueta blanca—, usted es un tipo decente. Si yo fuera mujer de secretos, le confiaría todo a usted. Y no crea que me opongo a beberme otro vaso de whisky.
La luz de los relámpagos era cada vez más fuerte, lo mismo que la potencia de los truenos. Jim y yo estábamos en silencio. La chica seguía de rodillas, apoyada en el banco y sin moverse. Tenía la punta de la lengua fuera de la boca y, de vez en cuando, soplaba sobre el papel en que dibujaba.
—Es la soledad —exclamó la mujer, dirigiéndose hacia Jo, que la escuchaba con afecto—. Es la tristeza de estar aquí, como una gallina ponedora en su nido.
Jo extendió su brazo sobre la mesa y tomó la mano de la mujer. A pesar de que la posición de los dos parecía muy incómoda, sobre todo al servirse whisky y al beberlo, mantuvieron unidas sus manos, como si estuvieran adheridas.
Me levanté para acercarme a la niña. Ella, por su parte, se incorporó con decisión y se sentó sobre el banco y los papeles de sus dibujos, mirándome con desconfianza.
—No puede verlos —dijo, desafiante.
—Vamos, no seas tonta.
Jim se acercó a nosotros. Los dos habíamos bebido bastante, tomamos a la niña por los brazos y la arrancamos del banco para ver sus dibujos. Los analizamos y, para mi asombro, estaban bien hechos, algo repulsivos y groseros. Eran las composiciones de un lunático, hechas con la habilidad de un lunático. No había duda de que la niña tenía la mente perturbada. Y ahora se mostraba alegre de que viéramos sus dibujos. A medida que los mostraba, sus nervios eran crecientes, reía, temblaba y tiritaba en nuestros brazos con una fuerza muy particular.
—¡Mamá! —gritó en un momento dado, en un punto extremo de la excitación—. Voy a hacerles el dibujo que tú me dijiste que no hiciera nunca. Lo haré ahora.
Con una velocidad inusitada, la mujer se levantó de la mesa, se lanzó hacia su hija y la golpeó con brusquedad en la cabeza, con las dos manos abiertas.
—¡Te daré azotes desnuda si te atreves a decir eso otra vez! —le gritaba, convertida en una fiera.
Jo estaba muy embriagado como para darse cuenta de lo que sucedía. Jim tomó los brazos de la mujer para que no siguiera pegando a la niña. La niña no lloró ni lanzó un solo grito. Al terminar el forcejeo, se acercó pausadamente a la ventana y se quedó allí despegando las moscas del papel.
Todos volvimos a la mesa. Esta vez me senté junto a Jim para que la mujer se ubicara al lado de Jo y se reclinara sobre su pecho. Nos quedamos los cuatro diciendo estupideces. “Este cayó cerca. Otro más, y otro”, y Jo, justo en medio del estruendo de un trueno: “Ahora viene. Ya está. Agárrense. Ya llega”, hasta que empezaron a caer gotas gruesas sobre el techo de chapas acanaladas, que perturbaban.
—Será mejor que esta noche se queden a dormir aquí —dijo la mujer.
—Así es —afirmó Jo que, por otra parte, estaba más que interesado por el ofrecimiento.
—Saquen lo que necesiten de la tienda. Ustedes dos pueden dormir en el almacén junto con la niña, que ya está acostumbrada a dormir allí y no le importará.
—Nunca he dormido ahí, mamá —interrumpió la niña.
—¡Cállate y no digas mentiras! El señor Jo puede dormir aquí.
La distribución de lugares resultó absurda, pero era inútil cambiar su propuesta. Sin duda, Jo y la mujer ya se habían puesto de acuerdo.
Mientras ella organizaba este plan, Jo permaneció inmóvil en su silla, con una seriedad pocas veces vista en él, con los carrillos enrojecidos y jugando con el bigote.
—Préstanos una linterna —dijo Jim—. Iré a buscar las cosas a la tienda.
Salimos juntos. La lluvia nos golpeaba la cara y al caminar sentíamos debajo de nosotros la tierra blanda, como si fueran cenizas. Como niños frente a una aventura, y corriendo por el prado, saltando, gritando, riendo entre el pavoroso estruendo de los truenos.
Al volver al almacén, la niña ya estaba acostada sobre el mostrador. La mujer nos entregó una lámpara y Jo tomó, de manos de Jim, el bolso con su ropa y salió con la cabeza baja, cerrando la puerta.
—¡Buenas noches! —gritó desde el otro lado.
Jim y yo nos dejamos caer sobre dos bolsas de papas, sin poder aguantar la risa. De las vigas del techo colgaban bolsones repletos de cebollas y piernas de jamón. Por doquiera que miráramos se hallaban los anuncios del “Café Camp” y estantes con latas de carne. Nos los mostrábamos uno al otro, tratando de leer los títulos de letras más pequeñas, entre risas e hipos. La niña nos miraba desde el mostrador, sin otra expresión que su mirada triste. De pronto, arrojó a un costado la frazada y saltó al suelo. Se quedó donde había caído, muy seria, con su camisón de franela gris, rascándose el empeine de un pie con la uña del dedo gordo del otro pie. No le prestamos casi nada de atención.
—¿De qué se ríen? —nos preguntó molesta.
—¡De ti! —repuso Jim, rápido—. De ti y de tu tribu, niña mía.
La niña se ofuscó de pronto y se daba golpes con los puños, gritando:
—¡No quiero…, no quiero que se rían de mí! ¡Malos! ¡Malditos!
Jim se acercó a la chica, la alzó con poca firmeza y la arrojó con violencia sobre el mostrador.
—¡Duérmete y calla! O dibuja, si quieres. Aquí tienes lápiz, y usa si quieres el libro de cuentas de tu mamá.
Nos quedamos sentados en silencio, y entre el murmullo de la lluvia oímos claramente los pesados pasos de Jo en el piso de madera de la habitación vecina, luego una puerta que se abría, y un rato después, cerrarse la misma puerta.
—Es la soledad —murmuró Jim.
—¡Pobre de él! ¡Ciento veinticinco distintas maneras de besar, señor mío!
La chica arrancó violentamente una hoja del libro de cuentas de su madre y, desde el mostrador, la arrojó hacia donde estábamos nosotros.
—¡Allí está! —nos dijo con su voz chillona de niña caprichosa—. Aunque no lo quiere mamá, lo hice. Lo hice porque me encerró aquí, con ustedes. El dibujo que ella no quiere que haga. Dijo que me mataría si lo hacía, pero lo hice igual. ¡No me importa! ¡No me importa!
La chica había dibujado a una mujer disparando un rifle contra un hombre y a la misma mujer haciendo un foso en la tierra para enterrar al muerto. Saltó del mostrador y se puso a caminar por el interior del almacén, mordiéndose las uñas. Jim y yo nos quedamos sentados sobre las bolsas, sin decir palabra, al lado del dibujo, hasta que comenzó a aclarar. La lluvia había cesado y la niña dormía respirando con dificultad. Salimos rápidamente del almacén y corrimos hacia el prado, a nuestra tienda. En el cielo color rosa transitaban pequeñas nubes blancas y soplaba un viento frío con olor a hierba mojada. Cuando montamos para partir, Jo salió de la casa y nos hizo señas de que nos fuéramos.
—Los alcanzaré después —gritó.
En el primer recodo del camino, perdimos de vista aquel lugar.

Statu quo Roberto Perinelli

 

Cierta mañana, un niño tocó el timbre y cuando la mujer le abrió la puerta, se metió dentro y se instaló con la desenvoltura de quien se siente en su verdadero hogar.

Hay que lamentar que, con su presencia, el niño quebró la frágil armonía matrimonial, porque el ama de casa lo encontró muy parecido a su marido y armó el escándalo, asegurando a los gritos que esa criatura era el fruto de un desliz del hombre con al-
guna mujerzuela.

El esposo se resignó y aceptó el cargo. Cómo negarlo cuando el niño, además de ser su fiel reflejo,lo copiaba hasta en los menores gestos.

Varios días después un niño llamó a la puerta y también se alojó con la confianza del primero. Este era, a ojos de cualquiera, un calco de la mujer: una misma manera de caminar, de pararse, la misma seductora sonrisa y hasta el defecto de bizquear cuando se sorprendía.

Desde entonces la pareja permanece alerta, aten- ta al sonido del timbre. Cuando suena, y no importa cuál de los cónyuges sea el que atienda, si se trata
de un niño lo echan a las patadas, escaleras abajo, puesto que estando las cosas a la par, un tercer hijo daría por tierra con la recuperada concordia conyugal.

Su hijo había muerto hace 3 años, un día un niño toca la puerta y ...

Micros argentinos, edición de clara Obligado.