Estiu de 1972 / Verano de 1972 — metáfora de un grito

Malgrat la pluja uns ulls de cotó em miren darrere una finestra de somnis o amagats sota les cortines del temps perdut vigilant el pati vigilant l’infant que vaig ser de l’escola un capvespre d’estiu el 1972 A pesar de la lluvia unos ojos de algodón me miran detrás una ventana de […]

a través de Estiu de 1972 / Verano de 1972 — metáfora de un grito

Conitos de Murakami

Estaba hojeando distraídamente el periódico de la mañana cuando, en una esquina, descubrí el siguiente anuncio: “Famosos Pasteles Conitos. Concurso para la creación de los Nuevos Conitos. Gran sesión informativa”. No tenía ni idea de qué diablos eran aquellos Conitos. Pero lo de “famosos pasteles” hacía suponer que se trataba de algún tipo de dulce. Yo soy un poco quisquilloso en lo que a los dulces se refiere. Y, como no tenía nada que hacer, decidí asomar las narices por la “gran sesión informativa”.

            La “gran sesión informativa” se celebra en el salón de un hotel e incluso ofrecían té y pasteles. Los pasteles eran, ¡cómo no!, Conitos.

            Probé uno, pero su sabor no me entusiasmó precisamente. Lo encontré empalagoso y la corteza me pareció demasiado reseca. No podía creer que a los jóvenes de mi generación les gustara un dulce semejante.

            Sin embargo, a la sesión informativa únicamente se presentaron chicos de mi edad, o incluso más jóvenes. A mí me asignaron el número 952 y, después, llegaron todavía unas cien personas más; es decir, que debieron de asistir a la reunión más de mil personas. Lo que no es poco.

            A mi lado estaba sentada una chica de unos veinte años, llevaba unas gafas de muchas dioptrías. No era guapa, pero parecía tener buen carácter.

            -Oye, ¿tú habías comido alguna vez Conitos? –le pregunté.

            -Pues, claro –respondió ella-. Son muy famosos.

            -Sí, pero no valen mucho la pe… -La chica me dio una patada en la espinilla y no me dejó acabar la frase. Los individuos a mi alrededor me lanzaron una mirada despectiva. ¡Qué mal ambiente! Pero yo puse cara de inocente tipo Pooh, el osito barrigón, y dejé pasar la tormenta.

            -¿Tú eres tonto o qué? –me susurró la chica al oído poco después-. ¿Cómo se te ocurre venir aquí a criticar los Conitos? Mira que si te agarran los Cuervos Conitos, no sales de ésta con vida.

            -¿Los Cuervos Conitos? –grité sorprendido-. ¿Y qué son…?

            -¡Chist! –dijo la chica. La sesión informativa ya había empezado.

            La abrió el presidente de “Confiterías Conitos” para hablar de la historia de los Conitos. Según uno de aquellos relatos de verdad incierta debías remontarte a la Era Heian* para encontrar a no sé quién que hizo no sé qué a resultas de lo cuál nació  el primer Conito. El hombre llegó a decir que en el Kokinshu** figuraba un poema sobre los Conitos. Al oír semejante barbaridad estuve a punto de echarme a reír, pero, a mi alrededor, todo el mundo escuchaba con una cara tan seria que me contuve. También influyó el miedo que me inspiraban los Cuervos Conitos.

            La explicación del presidente de la compañía se alargó durante una hora. Aburridísima. Lo único que quería decir era, en definitiva, que los Conitos eran pasteles con historia. Pues podía haber acabado con una sola línea.

            Luego, salió el director general y nos informó sobre el concurso para la creación del nuevo producto. Ni siquiera los Conitos, unos pasteles famosos en todo el país que se enorgullecían de su larga historia, podían prescindir de la incorporación de savia nueva que hiciera posible un desarrollo dialéctico apto para responder a las exigencias de las distintas generaciones. Eso sonaba muy bien, pero lo que quería decir, en definitiva, era que el gusto de los Conitos estaba pasado de moda y que habían bajado las ventas, por lo cual querían ideas nuevas de la gente joven. Podía haberlo dicho así, tal cual.

            Al terminar nos dieron las bases del concurso. Elaborar un pastelito

tomando como base los Conitos y presentarlo al cabo de un mes.

            El importe del premio ascendía a dos millones de yenes. Con esos dos millones podía casarme con mi novia y mudarme a un departamento nuevo.

            Y decidí hacer el Nuevo Conito.

            Tal como he dicho antes, soy un poco quisquilloso en lo que respecta a los dulces. Pasteles de anko***, crema u hojaldre puedo prepararlos de todos los tipos  imaginables. Para mi era pan comido hacer en un mes el Nuevo Conito de la Edad Contemporánea. El día en que expiraba el plazo hice dos docenas de Conitos y los llevé a Confiterías Conitos.

            -¡Mmmm! ¡Qué buena pinta tienen! Parecen buenísimos –me dijo la chica de recepción.

            -Son buenísimos –aseguré yo.

            Un mes después recibí una llamada de Confiterías Conitos diciendo que me apersonara en la empresa al día siguiente. Me puse una corbata y salí para allá. Hablé con el director general de la sala de visitas.

            -El pastel Nuevo Conito que usted ha presentado ha tenido una excelente acogida en la compañía –dijo el director-. Ha recibido muy buenas críticas, especialmente, ¡ejem!, entre el sector joven de la empresa.

            -Muchas gracias –le dije.

            -Por otra parte, ¡ejem!, entre lo miembros de más edad hay quien dice que su pastel no es un Conito. En definitiva, ¡ejem!, que cabe hablar de confrontación de ideas.

            -¡Ah! –dije. No tenía ni idea de adónde quería ir a parar.

            -En consecuencia, la junta directiva ha acordado pedirles la opinión a los señores Cuervos Conitos.

            -¡Los Cuervos Conitos! –exclamé-. ¿Y que son los Cuervos Conitos?

            El director general me miró con expresión atónita.

            -¿Usted se ha presentado al concurso sin saber quiénes son los señores Cuervos Conitos?

            -Lo siento mucho. Nunca me entero de qué va el mundo.

            -¡Menudo problema! –exclamó el director y sacudió la cabeza-. Con que ni siquiera conoce a los señores Cuervos Conitos… Bueno, ¡en fin!, sígame.

            Salí de la habitación en pos de él, caminé por el pasillo, subí al sexto piso en ascensor y, luego, avancé por otro pasillo. Al fondo había un gran portalón de hierro. Cuando el director llamó al timbre, apareció un fornido guarda y, después de pedirle al director que se identificara, dio la vuelta a la llave y nos abrió la gran puerta. Unas medidas de seguridad extremas.

            -Aquí dentro se encuentran los señores Cuervos Conitos –me explicó el director-. Los señores Cuervos Conitos son una familia de cuervos especiales que vienen alimentándose exclusivamente de Conitos desde tiempos inmemoriales.

            Sobraba cualquier otra explicación. Dentro de la estancia, había más de cien cuervos. Se trataba de una habitación vacía, parecida a un almacén, de más de cinco metros de altura, con un montón de palos horizontales que iban de pared a pared y en los que estaban posados, unos al lado de otros, los Cuervos Conitos. Eran más grandes que los cuervos ordinarios y los mayores debían de medir un metro de largo.

            Incluso los más pequeños alcanzaban los sesenta centímetros. Al fijarme bien descubrí que no tenían ojos. En lugar de eso, sólo tenían pegado un bulto blanco de grasa. Además, sus cuerpos estaban tan embotados que parecían a punto de reventar.

            Al oírnos entrar, los Cuervos Conitos empezaron a graznar a coco mientras batían las alas. Al principio creí que eran simplemente graznidos, pero cuando se me habituó el oído, comprendí que gritaban: “¡Conitos! ¡Conitos!”. Sólo de mirar a aquellos pajarracos se te helaba la sangre en las venas.

            El director sacó algunos Conitos de una caja que llevaba y los fue arrojando al suelo. Cien cuervos se abalanzaron a la vez sobre los pasteles.

            Y en su búsqueda desesperada de Conitos se daban picotazos los unos a los otros en las patas, incluso en los ojos. ¡Uf! ¡Con razón se habían quedado ciegos!

            Acto seguido, el director fue esparciendo por el suelo unos pasteles, parecidos a los Conitos, que sacó de otra caja.

            -Mire. Éstos son los pasteles de uno de los participantes que ha sido eliminado del concurso.

            Los cuervos se arrojaron, como antes, sobre los pasteles, pero en cuanto se dieron cuenta de que no eran Conitos los vomitaron y empezaron a graznar con irritación. Gritaban:

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            Sus graznidos retumbaban en el techo hasta clavarse en los oídos.

            -¡Mire! Sólo comen Conitos auténticos –dijo el director, convencido-.

            Las imitaciones ni las tocan.

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -¡Conitos!

            -Y, ahora, vamos a ofrecerles los pasteles que usted ha elaborado.

            Si se los comen, será usted eliminado.

            “¡A ver cómo va!”, pensé inquieto. No sé por qué, pero tenía un mal presentimiento. Era un error hacerles decidir a aquellos bichos el resultado del concurso. Pero el director, haciendo caso omiso de mis opiniones, esparció profusamente por el suelo los Nuevos Conitos que yo había presentado a concurso. Los cuervos volvieron a abalanzarse sobre los pasteles. Y, acto seguido, empezó el jaleo. Algunos cuervos se los comían satisfechos, otros los escupían gritando: “¡Conitos!”. A continuación, los cuervos que no habían podido coger ninguno clavaban excitadísimos el pico en la garganta de los que se los acababan de tragar.

            La sangre se esparcía por todas partes. Un cuervo cogió el pastel que otro había vomitado, pero otro cuervo gigantesco, al grito de “¡Conitos!”, lo atrapó y le abrió el vientre en canal. Y, de este modo, empezó una batalla sin cuartel. La sangre llamaba a la sangre, el odio llamaba  al odio. Se trataba sólo de unos insignificantes pasteles, pero éstos lo eran todo para los cuervos. Para ellos era cuestión de vida o muerte si los Conitos eran auténticos o no.

            -¡Mire lo que ha conseguido! –Le espeté al director-. Arrojárselos de ese modo, tan de repente, ha sido un estímulo demasiado poderoso.

            Luego salí solo de la estancia, bajé en ascensor y abandoné el edificio de Confiterías Conitos. Perder los dos millones de yenes era una verdadera lástima, pero no quería ni oír hablar de vivir el resto de mis días acompañado de unos pajarracos como aquéllos.

            Yo sólo hago la comida que yo quiero comer y me la como yo.

            Y los cuervos; ¡qué se mueran todos pegándose picotazos los unos a los otros!

Cuervo: 10 curiosidades que lo convierten en una de las mejores aves

Actualmente, se toma más en consideración las aficiones y preferencias de la gente para elaborar un perfil; prueba de esto es Facebook, donde los usuarios tienen la opción de declararse fans de cualquier cosa, desde un escritor o artista hasta una bebida o una golosina. El conflicto ético surge cuando el narrador protagonista constata la diferencia de calidad entre el producto de la empresa y su fórmula, al ver cómo los cuervos se desesperan por acabar su golosina gritando “¡Conitos! ¡Conitos!”

Los cuervos son una élite de fanáticos de esta golosina, miden la calidad porque vomitan los conitos de uno de los perdedores del concurso. Su consulta, semeja los experimentos de fármacos en ratas para calibrar efectos de posible ocurrencia en seres humanos. El narrador teme que su golosina desate un caso de histeria colectiva en los consumidores por analogía con la conducta de estas aves. La empresa tuvo la culpa de mantener un estándar bajo de calidad antes de la llegada del narrador.

  

Ser consecuente con la ética: Las empresas en expansión no siempre mantienen niveles altos de calidad, muchas veces el tamaño del producto y los ingredientes son rebajados para mantener el precio del mercado o buscar la plusvalía. El narrador se declara quisquilloso respecto a sus preferencias en dulces, el es la conciencia del relato y de cierta forma debe tomar distancia de la postura del resto de los personajes. El narrador se siente responsable de lo que puede causar su fórmula y decide rechazar el premio.

Murakami opone el gusto elevado al de las masas. En el cuento los consumidores y aficionados a Confitería Conitos son seres pasivos, que no pretenden llegar a ser gourmets. La empresa vulgariza el talento al consultar la calidad con animales rabiosos, no deja margen para un control adecuado, su nivel es experimental, pensando en abrir mercado y lucrar. También vale el celo del repostero que no quiere corromper su secreto con una empresa de esta índole y prefiere seguir su vida cotidiana.

La ética se corresponde a un buen vivir espiritual, que encuentra fortaleza en la persona para rechazar premios que pueden corromper la conducta. Cuando el oficio se toma como un arte, el dinero tiene un fin accesorio. El artista no puede rebajar su calidad por satisfacer a masas desinformadas de criterios técnicos elevados. A la empresa no le importaba vender un producto empalagoso antes del concurso, ni mucho menos desencadenar la histeria colectiva con una nueva fórmula.

El lugar de la excelencia: El narrador abandona el edificio de Confitería Conitos, chocado por la grotesca guerra entre los cuervos. Su conciencia le impide firmar un contrato con una empresa que rebajaría su talento a las necesidades inmediatas del lucro. El director de la empresa aparenta mucha frialdad, no se inmuta ni con los cuervos caídos por la histérica gresca. La empresa tiene un aura de misterio que al ser develada revela animalización y ambición sin ética.

La ética de los negocios debe buscar la excelencia del producto. En este relato el narrador podía cubrir la calidad pero la organización de la empresa era tensa y desagradable, no brindaba la paz necesaria para dedicarle una vida de trabajo, menos aún teniendo que supeditarse el trabajador al criterio de los cuervos. Los métodos capitalistas y la arremetida de la globalización en la expansión de mercados es cuestionada por Murakami, cuando el lucro es el criterio predominante.

La política y el espíritu de la empresa desaniman al narrador de colaborar con ella. Ahí todo es siniestro, los cuervos, su refugio tras una puerta de hierro guardada por un fornido agente de seguridad y el director de la empresa, inconmovible, ambicioso y corrupto. El talento necesita de un espacio propicio para desenvolverse, mientras no hallan estas condiciones, los empresarios exageran su pedido al trabajador de laborar bajo presión física y psicológica.

Conclusión: El talento del narrador protagonista le vale ganar un concurso de repostería y le permite distanciarse del gusto de las masas. El nota la falta de calidad de la empresa productora de los conitos, lo constata cuando su fórmula enloquece a los cuervos que eran los encargados de probar la calidad del producto. Las políticas de mercado que prescinden de la ética con el fin de lucrar, representan un tipo de astucia que se distancia del deber ser de la cultura, el talento y la excelencia.

El trabajador no puede formar equipo con una empresa que lo desmotiva. Esta crítica surge de la ironía que aplica Murakami con el caso de los cuervos, que simbolizan las oscuras ambiciones de los grupos de poder económicos que llegan a liderar en el mercado por una buena estrategia publicitaria en vez de ofrecer la calidad deseada en sus productos.

http://arealibros.republica.com/cuentos/conitos-de-haruki-murakami.html

La verdad de Agamenon Frag de Javier Cercas

Alter Ego on Twitter: "Jajajaj Talll cual… "

 

«Transcurrieron varios días, pero nadie contestó el mensaje, así que decidí salir de dudas. Llamé al servicio de información de telefónica y, sin poder evitar sentirme un poco ridículo, le pregunté a la telefonista por el número de un señor llamado Javier Cercas, residente en Granada, en el número trece de la avenida Salvador Allende. Tras un instante, la telefonista me dijo que no había ningún abonado con ese nombre viviendo en ese número de esa calle. ¿Tampoco hay ninguno que se llame así en toda Granada?, insistí. Tras otro instante, la telefonista me informó: Tampoco. Confirmadas mis sospechas, estaba sonriendo mentalmente, preguntándome cuál de mis amigos o conocidos sería el responsable de la humorada, cuando un resto de incertidumbre me dictó una idea. Volví a llamar a información, pedí el número de teléfono de la Facultad de Letras de la Universidad de Granada y lo marqué. Facultad de Letras, dígame, recitó una voz de mujer. ¿Podría hablar con Javier Cercas?, pregunté. Un momento, por favor, contestó. Incrédulo, esperé, y al cabo de un rato mi tocayo se puso al teléfono. Me identifiqué; su reacción no fue cálida. He buscado el número de teléfono de tu casa, dije por decir algo, como si me disculpara por llamarle al trabajo. Pero no lo he encontrado. El teléfono está a nombre de mi mujer, contestó. Ah, dije. Bueno, sólo quería agradecerte tu carta. Ya me la agradeciste por correo electrónico, dijo. ¿Lo recibiste?, pregunté. Claro, respondió. No le pregunté por qué no había contestado a mi correo: a esas alturas ya era evidente que no estaba muy contento de que le hubiera llamado, lo que me irritó un poco, porque después de todo había sido él quien primero se había puesto en contacto conmigo. Traté de contemporizar, sin embargo. ¿Sabes?, creí que era una broma, reconocí jovialmente. ¿El qué?, preguntó. Tu carta, contesté. ¿Por qué iba a ser una broma?, preguntó. Bueno, nuestro nombre no es nada habitual, expliqué. Yo creía que todos los que lo llevábamos éramos de la misma familia, o por lo menos veníamos del mismo pueblo. Pues ya ves que te equivocaste, dijo. La conversación continuó en el mismo tono durante un rato, pero poco a poco conseguí suavizar la aspereza o el recelo inicial de mi interlocutor. Le pregunté por su trabajo, por su mujer y por sus hijos, por sus aficiones literarias, por las reseñas que publicaba. También escribes novelas, ¿no? No, replicó. Todavía no. ¿Todavía no?, pregunté. Quiero decir que a lo mejor algún día lo hago, aclaró. Bueno, en realidad ya lo he hecho, pero el resultado no me gustó. En fin, supongo que soy demasiado exigente conmigo mismo. El comentario me pareció petulante: la clásica bravata de quien ni puede ni sabe ni quiere de verdad escribir, pero su vanidad le impide reconocerlo. Por supuesto, no dije nada, pero tampoco supe reprimir un atisbo de compasión por mi interlocutor. Continuamos hablando, y al final nos despedimos con alguna cordialidad, más, en todo caso, de la que presagiaba el inicio de nuestra conversación, quedando vagamente en que seguiríamos en contacto. Como es natural, no seguimos en contacto. »

https://www.epdlp.com/texto.php?id2=5076

Para recordar…Cómo diferenciar entre comparación, imagen y metáfora por Santiago Moll

Diferenciar entre una comparación, una imagen y una metáfora es posible. En este artículo os mostraré cómo podéis enseñárselo a vuestros alumnos. Pero no sólo de figuras retóricas trata el artículo. También me gustaría incidir en algo que llevo aplicando para algunas de mis clases y que me está dando magníficos resultados. Se trata de explicar varios conceptos a la vez y no de forma escalonada o en sesiones lectivas distintas. Intentaré explicarlo a partir de los tres recursos retóricos que aparecen en el título del artículo.

Como profesor de lengua y literatura, debo decir que me apasionan las metáforas. De hecho, es un tema que me encanta explicar porque creo que conecta muchísimo con los alumnos. Y conecta porque las usamos en el lenguaje común, en nuestra forma de hablar y de entender el mundo. Es lo que denominamos metáforas lexicalizadas. Aquí van algunos ejemplos:

  • una columna

Años atrás, explicaba las tres figuras retóricas de forma escalonada. ¿Qué quiere decir eso? Pues que en una sesión lectiva explicaba la comparación, en otra la imagen y en la tercera y última la metáfora. Os aseguro que ponía todo mi empeño en explicarlo lo mejor que sabía, pero año tras año comprobaba que una parte de mi alumnado no asimilaba correctamente estos conceptos. Hasta que probé explicarlos al mismo tiempo y en la misma sesión lectiva. Y funcionó.

Explicando los tres conceptos en una misma clase aumenta enormemente la comprensión y la asimilación de los conceptos. Anteriormente he dicho que lo aplico en varias de mis Unidades Didácticas. Aquí tenéis el método que utilizo para explicar las figuras retóricas de la comparación, la imagen y la metáfora:

Comparación, Imagen y Metáfora

Este es el cuadro que proyecto en la pizarra digital. Prestad atención a los siguientes aspectos:

Idiosincrasia de Rubén García García

Llegaron al puesto de una comunidad, un anciano y dos jóvenes sin barba.

El viejo pidió tres cervezas.

—Mejor refrescos. Dijo uno de los chicos.

—Los invité y son tres cervezas. Si no hubiera sido por ustedes, la carreta y el caballo seguirían atascados en el lodo del pantano. ¡Salud! Ustedes me salvaron. ¡Salud! Otras tres cervezas.

—No, ya no. Dijo el más chaparro.

Tienen cara de niños, terceo el tendero.

—Claro que sí, dijo el anciano, pero también tienen cara de borrachos. Así que más vale que empiecen temprano para que terminen más pronto.

Salud, salud, salud.

JURASSIC WORLD FALLEN KINGDOM – Martínez al Día

 

Aprendiendo de Ana María Shua* de Rosas navarra frag uno

Frag escrito por Rosa Navarro

Los relatos de Ana María Shua presentan un espectáculo circense en el que las palabras hacen equilibrismos en los trapecios de la ironía, la crítica y la reflexión literaria. En un caos solo aparente, el lector puede encontrar las cuerdas invisibles que sostienen su estructura. Después del espectáculo, el público atento descubre en cada malabarismo las claves del género del microrrelato, así como los rasgos formales, pragmáticos y temáticos que lo caracterizan. En el microrrelato los elementos del texto se sintetizan hasta el límite: la trama carece de complejidad estructural, desaparece la progresión tradicional tripartita (planteamiento-nudo-desenlace) y algunos componentes desaparecen mientras otros adquieren mayor relevancia. Por ejemplo, el título es muy importante en toda la narrativa breve, pues suele conformarse como la base de identificación del texto. Puede actuar como llamada o reclamo, tener función descriptiva o situar el texto dentro de un marco determinado. En la microficción, el título suele formar parte de la estructura al completar el significado del texto u orientar la lectura de este y hacernos tomar una línea de interpretación u otra, marcándonos los elementos que debemos tener en cuenta. Del mismo modo, el comienzo y el final son fundamentales en la microficción. Como ya hemos señalado, la estructura del microrrelato rompe con la tradicional progresión planteamiento-nudo-desenlace del cuento clásico. De hecho, un comienzo habitual de este género es in medias res, comienzo muy adecuado a esa estructura basada en la intensidad, pues se anulan descripciones o caracterizaciones circunstanciales. Por otro lado, los finales suelen ser sorprendentes, pues ponen de manifiesto significados que habían estado ocultos en el texto durante todo el tiempo. Es frecuente el final que produce un cambio en la significación o en el contexto y nos obliga a releer el relato a través de una mirada distinta.

  • El título es mío.
  • Ana María Shua: “Me habría gustado escribir la Biblia” | Babelia ...

Diferencias entre el cuento y la narración

Las diferencias que podemos encontrar en el cuento y la narración, son las siguientes: La narración debe de ser un relato que se exprese con un orden cronológico, en cambio el cuento no necesita ser contado bajo ningún orden de tiempo. El cuento debe de ser un cuento breve y entendible a la audiencia, la narración debe de ser relatada con una estructura larga y con el desenvolvimiento de este de una manera más lenta que en el cuento. El cuento pueden ser historias reales o ficticias, pero siempre tendrán algo de imaginario y se trata de disfrazar la realidad con algo más ficticio, a diferencia de la narración que suele ser más real. Realmente entre el cuento y la narración no existe mucha diferencia, ya que el cuento se considera como un relato más breve, es decir una narración más corta, sin embargo, posee algunos factores que los diferencian el uno del otro.

Sinaloa lee: ¡Diles que no me maten! de Juan Rulfo

http://la-narracion.com/que-diferencia-hay-entra-un-cuento-y-una-narracion

Consejo de Mempo Giardinelli

 

La mañana del día en que murió el abuelo, general de brigada que supo luchar a las órdenes de Villa, Obregón y Carranza, llevaron al pequeño Agustín ante su lecho para que le diera el último beso. Eran los años cuarenta y el abuelo se moría dejando una leyenda de heroísmo, mentiras y arbitrariedades, como en cualquiera de tantas familias acomodadas por la Revolución. El niño vestía pantaloncillos de terciopelo, abombachados y cortos hasta las rodillas, camisa de lino blanco con cuello de broderí ymancuernillas de oro. Calzaba medias de seda y zapatos de charol con hebillas de plata. Lo acercaron a la alta cama entarimada y allí se arrodilló sobre un cojín de finísimo terciopelo. Miró al anciano, que respiraba dificultosamente por la boca, sumergido en almohadones de plumas bordados de hilos de plata y oro, y esperó no sabía qué. No se atrevía a tomarle la mano, acción que por otra parte le hubiera producido repugnancia. El viejo primero lo miró de reojo, después ladeó la patricia y blanca cabeza, y con una seña hizo que todos salieran de la habitación. Cuando quedaron solos miró francamente al muchacho, hizo una mueca como de asco con los labios y estiró una mano flaca y huesuda que agarró el antebrazo del niño.

—Te voy a dar un solo consejo, muchacho —carraspeó, casi sin fuerzas—: vende todo y huye.

QUÉ SIGNIFICA SOÑAR CON A UN ANCIANO DESCONOCIDO

Selección de Clara Obligado Ficiones argentinas

La llave de Tanizaki

Este año me propongo escribir libremente sobre un tema del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda
leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida. Me atrevería a decir que sabe con precisión dónde lo guardo, pero he decidido no seguir preocupándome por ello. Desde luego, la rígida educación que recibió en Kioto le ha dejado un gran
poso de moralidad chapada a la antigua, y la verdad es que más bien me enorgullezco de ello. Me parece improbable que se dedique a hojear los escritos íntimos de su marido. Sin embargo, no lo puedo descartar por completo. Si ahora, y por primera vez, mi diario se centra principalmente en nuestra vida sexual, ¿será ella capaz de resistirse a la tentación? Es una mujer sigilosa por naturaleza, amante de los secretos, que practica siempre la ocultación y finge no saber nada. Y lo peor del caso es que para ella todo eso no es más que pudor femenino. A pesar de que dispongo de varios lugares en los que esconder la llave del cajón donde guardo este cuaderno, es muy posible que una mujer como ella los haya registrado todos. Y, además, no le costaría nada hacerse con un duplicado de la llave. Acabo de anotar que he decidido no preocuparme, pero tal vez haya dejado de hacerlo mucho tiempo atrás. Puede que en mi fuero interno haya aceptado que ella lo lea, e incluso haya confiado en que lo haga. En tal caso, ¿por qué cierro el cajón y escondo la llave? Posiblemente sea para satisfacer esa necesidad que tiene ella de espiar. Por otro lado, si lo dejo donde es probable que lo encuentre, quizá crea que escribo pensando en que ella me va a leer y sea reacia a confiar en que digo la verdad. Incluso podría pensar que oculto el auténtico diario en alguna otra parte.

¡Ah, Ikuko, mi amada esposa! No sé si vas a leer estas páginas. Sería inútil que te lo preguntara, pues seguramente me responderías que tú no haces esas cosas. Pero en el supuesto de que lo hicieras, créeme, por favor, si te digo que lo anotado aquí
no es ninguna invención, que cada palabra es sincera. No voy a insistir más, pues solo conseguiría resultar más sospechoso. Que el propio diario sea testigo de la verdad que contiene. No voy a limitarme, por descontado, a las cosas que a ella le
gustaría leer. No debo evitar las cuestiones que serán desagradables, incluso dolorosas, para ella. El motivo de que me sienta obligado a escribir sobre esos temas es la extremada reticencia de Ikuko, su «refinamiento», su «feminidad», su presunto pudor, todo cuanto hace que le avergüence hablar conmigo de cualquier cosa de naturaleza íntima, o que le impide escucharme en las excepcionales ocasiones en que intento contarle alguna anécdota subida de tono. Incluso ahora, después de más de veinte años casados, con una hija ya lo bastante mayor
para casarse, Ikuko está dispuesta a poco más que realizar la cópula en silencio. Jamás susurra palabras tiernas y amorosas cuando yacemos abrazados. ¿Es eso propio de un verdadero matrimonio?
Me impulsa a escribir la frustración de no tener jamás la oportunidad de hablar con ella acerca de nuestros problemas sexuales. A partir de ahora, tanto si lee estas páginas como sino, supondré que lo hace y que le estoy hablando de una manera indirecta.

Ante todo, quiero dejar claro que la amo. Esto es algo que le he dicho no pocas veces, y creo que ella se percata de que es cierto. Pero mi vigor físico no está a la altura del suyo. Este año cumpliré cincuenta y cinco (ella debe de tener ahora cuarenta y cuatro), una edad en la que uno no está especialmente decrépito, pero aun así me fatigo con facilidad cuando hacemos el amor y una frecuencia semanal o cada diez días es suficiente para mí. Hablar con franqueza sobre este tema es lo que a ella más le desagrada, aunque lo cierto es que, a pesar de la debilidad de su corazón y de que su salud es más bien frágil en general, mi mujer se muestra anormalmente vigorosa en la cama. Eso es lo único que rebasa mi comprensión, y no sé cómo tomármelo. No me pasa desapercibido que soy un marido que
no da la talla, y no obstante… Supongamos que ella tuviera una relación con otro hombre. (La mera sugerencia escandalizará a Ikuko y me acusará de llamarla inmoral, pero solo estoy planteando un caso hipotético.) Eso sería más de lo que yo
podría soportar. Me basta imaginar semejante cosa para sentirme celoso. Pero lo cierto es que, por consideración a su salud, ¿no debería ella esforzarse un poco por reducir sus excesivos apetitos? Lo que más me irrita es el declive constante de mi energía. Desde hace algún tiempo, el acto sexual me deja exhausto, y durante el resto de la jornada estoy demasiado cansado para pensar… Pese a ello, si me preguntara si me disgusta hacerlo contestaría que no, todo lo contrario. En modo alguno actúo con desgana, y jamás el sentido del deber es un acicate
de mi deseo. Para bien o para mal, la amo apasionadamente, y al decir esto he de hacer una revelación que ella juzgaría de repugnante. Debo decir que posee cierto don natural, del que es por completo inconsciente. De haber carecido yo de
experiencia con muchas otras mujeres, tal vez no hubiera sabido reconocerlo, pero estoy acostumbrado a ese placer desde mi juventud, y sé que muy pocas mujeres tienen la adecuación física de mi esposa para el acto sexual. Si la hubieran vendido
a uno de aquellos burdeles elegantes del viejo barrio de Shimabara, hubiera causado sensación; hubiera llegado a ser una gran celebridad y todos los libertinos de la ciudad se habrían arracimado en torno a ella. (Quizás no debería mencionar esto, pues, como mínimo, podría perjudicarme. Pero ¿cuál será su
reacción cuando lo sepa? ¿Le agradará, se sentirá avergonzada o tal vez insultada? ¿No es probable que finja enojo cuando, en su fuero interno, se sienta orgullosa?) Tan solo pensar en ese don suyo provoca mis celos. Si, por casualidad, otro hombre lo supiera, y supiera también que soy un cónyuge indigno de ella, ¿qué sucedería?
Esta clase de pensamientos me trastornan, aumentan mi sentimiento de culpabilidad hacia ella, hasta que el remordimiento se vuelve intolerable. Entonces hago cuanto puedo por mostrarme más ardiente. Le pido que me bese los párpados,
por ejemplo, puesto que soy especialmente sensible al estímulo en ese lugar. Y por mi parte, hago cualquier cosa que a ella parezca gustarle –besarle las axilas o lo que sea– a fin de estimularla y, de ese modo, excitarme todavía más. Pero ella no
reacciona y opone una testaruda resistencia a esos «juegos antinaturales», como si estuvieran fuera de lugar en una relación sexual convencional. Por más que intente explicarle que esta clase de excitación preliminar no tiene nada de malo, ella se
aferra a su «recato femenino» y se niega a ceder. Por otro lado, Ikuko sabe que siento cierta inclinación fetichista por los pies y que adoro los suyos, tan extraordinariamente bien formados, que nadie diría que son los de una mujer
de mediana edad. Aun así, o precisamente a causa de ello, casi nunca me permite verlos. Ni siquiera en plena canícula se descalza. Si quiero besarle el empeine, exclama: «¡Qué asco!» o «¡No deberías tocar semejante parte!». En resumen, me resulta más difícil que nunca tratar con ella.
Que comience el nuevo año dejando constancia de mis quejas parece un tanto mezquino por mi parte, pero creo que es mejor poner estas cosas por escrito. Mañana será la «primera noche» del nuevo año y, sin duda, ella querrá que seamos ortodoxos y sigamos la ancestral costumbre. Insistirá en la observación solemne del rito anual.

Hoy ha sucedido algo curioso. Últimamente tenía muy descuidado el estudio de mi marido y, esta tarde, mientras él había salido a dar un paseo, me dispuse a adecentarlo. Allí, en el suelo, delante de la estantería en la que yo había puesto un florero con narcisos, estaba la llave. Quizás haya sido tan solo un accidente, pero no puedo creer que se le haya caído por puro descuido. Eso habría sido muy impropio de él. Lleva un diario desde hace muchos años, y jamás había hecho nada parecido.
Por supuesto, hace largo tiempo que conozco la existencia del diario. Lo guarda en el cajón del escritorio y esconde la llave en algún lugar entre los libros o debajo de la alfombra. Pero eso es todo lo que sé, y no tengo interés en saber más. Jamás
se me había pasado por la cabeza abrir ese cuaderno. Pero lo que me duele es que él sea tan suspicaz. Al parecer, no se siente seguro si no se toma la molestia de encerrarlo y ocultar la llave. En ese caso, ¿por qué la habrá dejado tan a la vista? ¿Acaso ha cambiado de idea y ahora quiere que lo lea? Tal vez comprende que, si me lo pidiera, yo me negaría a hacerlo, así que me está diciendo: «Puedes leerlo en privado: aquí está la llave». ¿Significa eso que cree que no la he encontrado? ¿O quizás lo que dice es que: «A partir de ahora reconozco que lo estás leyendo, pero seguiré fingiendo que no lo haces»? En fin, no importa. Al margen de lo que él piense, jamás lo leeré. No tengo el menor deseo de comprender su psicología
más allá de los límites que yo misma me he fijado. No me gusta permitir que los demás sepan lo que pienso, y tampoco me interesa curiosear en lo que ellos piensan. Además, si él quiere mostrármelo, se me hace cuesta arriba creer que lo escrito sea cierto. Y tampoco creo que me resultara agradable leerlo. Mi marido puede escribir y pensar lo que le plazca, y yo haré lo mismo. Este año doy comienzo a mi propio diario. Una mujer como yo, que no abre su corazón al prójimo, por lo menos tiene que hablar consigo misma. Pero no cometeré el error de dejarle sospechar lo que me propongo. He decidido esperar a que él salga de casa para ponerme a escribir, y ocultar el cua- derno en cierto sitio en el que mi marido jamás se le ocurrirá pensar. En realidad, uno de los atractivos que el diario tiene
para mí es que, aunque sé exactamente dónde encontrar el suyo, él ni siquiera imaginará que también yo llevo un diario, y eso me proporciona una deliciosa sensación de superioridad.

Anoche tuvo lugar el primer acontecimiento del nuevo año… pero ¡cómo me avergüenza poner por escrito una cosa así! Mi difunto padre solía decirme: «La discreción ante todo». ¡Ah, si él supiera, cuánto lamentaría la manera en que me he
degradado!… Como de costumbre, mi marido experimentó la culminación del placer y, como de costumbre, yo me quedé insatisfecha. Luego me sentí despreciable. Él siempre me pide disculpas por su insuficiencia y no obstante me ataca porque soy fría. Lo que quiere decir al llamarme fría es que, según
él, soy demasiado «convencional», estoy «inhibida» en exceso; en una palabra, soy demasiado aburrida. Al mismo tiempo, dice que soy muy activa en la faceta sexual, hasta un punto que es del todo anormal; solo en ese aspecto no soy pasiva ni
reservada. Pero se queja de que durante veinte años nunca he estado dispuesta a desviarme del mismo método, de la misma postura. Y, sin embargo, mis calladas insinuaciones jamás le pasan desapercibidas; es sensible a la menor indirecta, y sabe de inmediato lo que quiero. Tal vez ello se deba a que teme la
excesiva frecuencia de mis solicitudes.
Mi marido me considera prosaica y poco romántica. «No me quieres ni la mitad de lo que yo te quiero», me dice. «Me consideras una necesidad, y defectuosa, por cierto. Si me amaras de veras, deberías ser más apasionada, deberías acceder a
cualquier cosa que te pida.» Según él, yo tengo en parte la culpa de que no pueda satisfacerme plenamente, pues si intentara excitarle un poco él no sería tan incapaz. Dice que no hago el menor esfuerzo por cooperar con él… que, por hambrienta que esté, lo único que hago es cruzarme tranquilamente de
brazos y esperar a que me sirvan. Cree que soy una mujer insensible y rencorosa.
Supongo no es irracional que mi marido piense eso de mí, pero mis padres me educaron en la creencia de que una esposa debe ser reservada y modosa, y, ciertamente, jamás agresiva hacia el hombre. No es que yo carezca de pasión, sino que en una mujer de mi temperamento la pasión se encuentra en lo más profundo de su ser, está a demasiada profundidad para que se manifieste. En el momento en que intento que aflore, empieza a desvanecerse. Mi marido no parece capaz de comprender que mi pasión es como una llama pálida y secreta, no
resplandeciente.
He empezado a pensar que nuestro enlace fue un terrible error. Es probable que existiera una pareja mejor para mí, y también para él. Lo cierto es que no podemos ponernos de acuerdo sobre nuestros gustos sexuales. Me casé con él porque mis padres deseaban que lo hiciera, y durante los años transcurridos he creído que el matrimonio es siempre así. Pero ahora tengo la sensación de que acepté a un hombre totalmente inadecuado para mí. Tengo que aguantarle, por supuesto, ya que es mi legítimo esposo, pero hay ocasiones en las que me siento incómoda solo con verle. No exagero, y no se trata de una sensación nueva para mí. La experimenté la primera noche de nuestro matrimonio, durante la luna de miel –hace ya tanto tiempo–, cuando me acosté con él por primera vez. Todavía recuerdo
que me estremecí al verle el rostro cuando se quitó las gafas de miope. Las personas que usan gafas siempre parecen un poco raras sin ellas, pero la cara de mi marido parecía de improviso cenicienta, como la de un muerto. Entonces se inclinó, acercándose a mí, y noté que sus ojos me perforaban. Le devolví la mirada sin poder evitarlo, parpadeando, y en cuanto vi aquella piel suave y brillante como el aluminio, me estremecí de nuevo. Aunque no lo había notado durante el día, vi que los pelos del bigote y la barba le despuntaban bajo la nariz y alrededor de los
labios (tiende a ser velludo) y también eso me causó una vaga repugnancia. Tal vez se debió a que nunca hasta entonces había visto tan de cerca el rostro de un hombre, pero incluso hoy no puedo mirarle con atención durante largo tiempo sin experimentar la misma repulsión. Apago la lámpara que está al lado de la
cama para no verlo, pero es entonces, precisamente, cuando
él la quiere encendida y desea examinar mi cuerpo con detenimiento, con tanto detalle como le sea posible. (Intento rechazarle, pero él insiste tanto, sobre todo en la contemplación de mis pies, que he de dejarle que los mire.) Nunca he tenido
relaciones íntimas con otro hombre, y me intriga saber si todos tienen unos hábitos tan desagradables. ¿Son esas innecesarias caricias juguetonas y pegajosas lo que una ha de esperar de todos los hombres?

Hoy Kimura nos ha hecho una visita para felicitarnos por el Año Nuevo. Yo había empezado a leer Santuario, de Faulkner, y regresé a mi estudio en cuanto hubimos intercambiado los saludos. Él habló con mi mujer y Toshiko durante un rato en
la sala de estar, y entonces, alrededor de las tres, se las llevó al cine, a ver Sabrina. Regresó con ellas a las seis, se quedó a cenar y, tras la sobremesa, se marchó hacia las nueve. Durante la cena, todos, excepto Toshiko, tomamos un poco
de coñac. Últimamente Ikuko parece beber algo más. Fui yo quien la inicié, pero a ella le gustó desde el principio. Si la estimulas a hacerlo, beberá una cantidad considerable. Es cierto que nota los efectos del alcohol, pero de una manera furtiva,
secreta, sin que se trasluzca. Reprime su reacción tan bien que a menudo la gente no se da cuenta de lo mucho que ha bebido. Esta noche Kimura le ha servido dos copas y media de coñac. Ella se ha puesto un poco pálida, pero no parecía embriagada. En cambio, Kimura y yo hemos enrojecido. Él no aguanta muy
bien el licor, la verdad es que no lo aguanta tan bien como Ikuko. Pero ¿no ha sido esta noche la primera vez que ha permitido que otro hombre la persuadiera a beber? Él le había ofrecido una copa a Toshiko, quien la rechazó y le dijo: «Dásela
a mamá». Desde hace algún tiempo observo que Toshiko se muestra
reservada con Kimura. ¿Es porque cree que él tiene demasiadas atenciones hacia su madre? Esa idea también se me había pasado por la cabeza, pero llegué a la conclusión de que estaba siendo celoso y la descarté. Tal vez estuviese en lo cierto, a fin de cuentas. Aunque mi mujer suele mostrarse fría con los invitados, sobre todo con los hombres, con Kimura es bastante cordial. Ninguno de nosotros lo ha mencionado, pero se parece a cierto actor norteamericano, que resulta ser el actor
favorito de Ikuko. (He observado que no deja de ver ninguna de sus películas.)
Naturalmente, procuro que Kimura nos visite con frecuencia, porque le considero un posible candidato a la mano de Toshiko, y le he pedido a mi esposa que observe qué tal se llevan los dos. Sin embargo, Toshiko no parece en absoluto interesada
por él, y hace cuanto puede para no quedarse a solas en su compañía. Cada vez que viene a verla, incluso cuando van al cine, siempre le pide a su madre que los acompañe.
–Lo estropeas todo al ir con ellos –le digo a Ikuko–. Déjalos solos.
Pero ella se muestra disconforme y dice que, como madre, tiene la responsabilidad de ir con ellos. Cuando le replico que esa manera de pensar es anticuada, que debería confiar en ellos, admite que tengo razón, pero dice que Toshiko quiere
que los acompañe. Suponiendo que así sea, ¿no se deberá a que la muchacha sabe que a su madre le gusta Kimura? De alguna manera, no puedo evitar la sensación de que han llegado a un acuerdo tácito al respecto. Es posible que Ikuko no lo sepa y
crea que tan solo hace de carabina, pero creo que Kimura le parece sumamente atractivo.

Anoche estaba un poco bebida, pero mi marido lo estaba mucho más. Me pidió una y otra vez que le besara los párpados, algo en lo que no había insistido últimamente, y yo había ingerido el coñac suficiente para hacerlo. Eso no hubiera tenido mayores consecuencias, de no haberle visto por descuido lo único que no soporto: su cara sin gafas. Al besarle cierro los ojos, pero anoche los abrí antes de terminar, y su piel como de alumino apareció ante mí como un primer plano en cine-
mascope. Me estremecí y tuve la sensación de que yo misma palidecía. Por suerte, no tardó en ponerse de nuevo las gafas
y, como de costumbre, empezó a examinar mis manos y pies. No dije nada y apagué la luz. Él extendió la mano, en busca del interruptor, pero yo empujé la lámpara y la alejé de él.
–¡Espera un momento! –me rogó–. Déjame que te mire otra
vez. Por favor…
Tanteó en la oscuridad, pero no pudo encontrar la lámpara y, finalmente, abandonó el intento… Su abrazo fue mucho más largo que de costumbre. Siento un profundo desagrado hacia mi marido, pero le amo casi con la misma intensidad. Por mucho que él me repugne, jamás me entregaré a otro hombre. De ninguna manera podría
abandonar mis principios que me obligan a la fidelidad. Pese a lo mucho que me exaspera su manera morbosa y repulsiva de hacer el amor, es evidente que sigue enamorado de mí y siento que, de alguna manera, he de responder a su afecto.
Ojalá hubiera conservado en mayor medida su vigor de antaño… ¿Por qué se ha reducido tanto su vitalidad? Según él, la culpa es mía, porque soy demasiado exigente. Dice que las mujeres pueden tolerarlo, pero no los hombres que trabajan
con el intelecto, a quienes esa clase de excesos pronto hacen mella. Me azora al decirme esas cosas, pero sin duda sabe que no tengo la culpa de mis necesidades físicas. Si realmente me quisiera, debería aprender a satisfacerme. No obstante, confío en que recuerde que no puedo soportar esos innecesarios hábitos juguetones que, lejos de estimularme, dan al traste con mi buena disposición de ánimo. Mi naturaleza siempre me inclina hacia las costumbres tradicionales, y quiero realizar el acto ciegamente, en silencio, bajo gruesos edredones, en el dormitorio
a oscuras. Es un terrible infortunio para un matrimonio que los gustos de cada uno estén tan enfrentados en este aspecto. ¿No habrá alguna manera de que lleguemos a un acuerdo?

Tanizaki

La filosofía en once frases por Darío Sztajnszrajber

Disfrútelo, buen provecho. Se recomienda silencio y el tinto a la mano.

UN RAYO DE INCIDENCIA

Avatar de Julie SopetránEltiempohabitado's Weblog

Sin ser azules
Sin tener estrellas
Hay rincones
que parecen cielos…
… te invitan a sentir el aire
como un viaje de luz
en el silencio.

Sin calles, sin aceras
Sin farolas
Sin párpados
que miren de costado
los encuentros…
…sabemos, que es a solas
cuando nos puede el beso.

A contraluz
destellan nuestros labios
son reflejos
de la llama que quema
el Universo…
porque somos espejo
de luces en la sombra. 

Sin ser azules
Sin tener estrellas
En la distancia del fugaz empeño
tú sabes que hay rincones
creados para el beso…

©Julie Sopetrán

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La mujer que no

Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré… En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién, o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus gran­des ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cerca­nas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo… su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.

Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cer­canos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un medio­día brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una doce­na de veces era mucho. Le puse una mano en la gar­ganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y con hijos, que yo había te­nido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impul­sos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de en medio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importante, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza… hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.

un cuento de Jorge IbargüengoitiaDespués del accidente, fuimos al SEP de Tamauli­pas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.

Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha… fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal par­te”; y desapareció.

¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparci­miento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gra­cias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!

Al día siguiente acudí a la cita con puntualidad. Entré en el recinto y la encontré ejerciendo el oficio que la hacía sudar copiosamente. Me miró satisfecha, orgullosa de su pericia y un poco desafiante, y también como diciendo: “Esto es para ti.” Estuve absorto durante media hora, admirando cada una de las partes de su cuerpo y comprendiendo por primera vez la esencia del arte a que se dedicaba. Cuando hubo terminado, se preparó para salir, mirándome en silen­cio; luego me tomó del brazo de una manera muy elocuente, bajamos una escalera y cuando estuvimos en la calle, nos encontramos frente a frente con su chingada madre.

Fuimos de compras con la vieja y luego a tomar café a Sanborns otra vez. Durante dos horas estuve conteniendo algo que nunca sabré si fue un sollozo o un alarido. Lo peor fue que cuando nos quedamos solos ella y yo, empezó con la cantaleta estúpida de: “¡Gracias, Dios mío, por haberme librado del asqueroso pecado de adulterio que estaba a punto de cometer!” Ensayé mis recursos más desesperados, que consisten en una serie de manotazos, empujones e intentos de homicidio por asfixia, que con algunas mujeres tienen mucho éxito, pero todo fue inútil; me bajó del coche a la altura de Félix Cuevas.

Supongo que se habrá conmovido cuando me vio parado en la banqueta, porque abrió su bolsa y me dio el retrato famoso y me dijo que si algún día se decidía (a cometer el pecado), me pondría un telegrama.

Y esto es que un mes después recibí, no un tele­grama, sino un correograma que decía: “Querido Jorge: búscame en el Konditori, el día tantos a tal hora (p. m.) Firmado: Guess who? (advierto al lector no avezado en el idioma inglés que esas palabras sig­nifican “adivina quién”). Fui corriendo al escritorio, saqué la foto y la contemplé pensando en que se acer­caba al fin la hora de ver saciados mis más bajos instintos.

Pedí prestado un departamento y también dinero; me vestí con cierto descuido pero con ropa que me quedaba bien, caminé por la calle de Génova durante el atardecer y llegué al Konditori con un cuarto de hora de anticipación. Busqué una mesa discreta, por­que no tenía caso que la vieran conmigo un centenar de personas, y cuando encontré una me senté mirando hacia la calle; pedí un café, encendí un cigarro y es­peré. Inmediatamente empezaron a llegar gentes co­nocidas, a quienes saludaba con tanta frialdad que no se atrevían a acercárseme.

Pasaba el tiempo.

Caminando por la calle de Génova pasó la joven N., quien en otra época fuera el Amor de mi Vida, y desapareció. Yo le di gracias a Dios.

Me puse a pensar en cómo vendría vestida y luego se me ocurrió que en tíos horas más iba a tenerla entre mis brazos, desvestida…

La joven N. volvió a pasar, caminando por la calle de Génova, y desapareció. Esta vez tuve que ponerme una mano sobre la cara, porque la joven N. venía mirando hacia el Konditori.

Era la hora en punto. Yo estaba bastante nervioso, pero dispuesto a esperar ocho días si era necesario, con tal de tenerla a ella, tan tersa, toda para mí.

Y entonces, que se abre la puerta del Konditori, entra la joven N., que fuera el Amor de mi Vida, cruza el restorán y se sienta enfrente de mí, sonriendo y preguntándome: “Did you guess right?”.

Solté la carcajada. Estuve riéndome hasta que la joven N. se puso incómoda; luego, me repuse, plati­camos un rato apaciblemente y por fin, la acompañé a donde la esperaban unas amigas para ir al cine.

Ella, con su marido y sus hijos, se habían ido a vivir a otra parte de la República.

Una vez, por su negocio, tuve que ir precisamente a esa ciudad; cuando acabé lo que tenía que hacer el primer día, busqué en el directorio el número del teléfono de ella y la llamé. Le dio mucho gusto oír mi voz y me invitó a cenar. La puerta tenía aldabón y se abría por medio de un cordel. Cuando entré en el vestíbulo, la vi a ella, al final de una escalera, vestida con unos pantalones verdes muy entallados, en donde guardaba lo mejor de su personalidad. Mientras yo subía la escalera, nos mirábamos y ella me sonreía sin decir nada. Cuando llegué a su lado, abrió los brazos, me los puso alrededor del cuello y me besó. Luego, me tomó de la mano y mientras yo la miraba estúpidamente, me condujo a través de un patio, hasta la sala de la casa y allí, en un couch, nos dimos entre doscientos y trescientos besos… Hasta que llegaron sus hijos del parque. Des­pués, fuimos a darles de comer a los conejos.

Uno de los niños, que tenía complejo de Edipo, me escupía cada vez que me acercaba a ella, gritando todo el tiempo: “¡Es mía!”. Y luego, con una impu­dicia verdaderamente irritante, le abrió la camisa y metió ambas manos para jugar con los pechos de su mamá, que me miraba muy divertida. Al cabo de un rato de martirio, los niños se acostaron y ella y yo nos fuimos a la cocina, para preparar la cena. Cuando ella abrió el refrigerador, empecé mi segunda ofen­siva, muy prometedora, por cierto, cuando llegó el marido. A él le dio un ron Batey y me llevó a la sala en donde estuvimos platicando no sé qué tonterías. Por fin estuvo la cena. Nos sentamos los tres a la mesa, cenamos y cuando tomábamos el café, sonó el telé­fono. El marido fue a contestar y mientras tanto, ella empezó a recoger los platos, y mientras tanto, tam­bién, yo le tomé a ella la mano y se la besé en la palma, logrando, con este acto tan sencillo, un efecto mucho mayor del que había previsto: ella salió del comedor tambaleándose, con un altero de platos su­cios. Entonces regresó el marido poniéndose el sacro y me explicó que el telefonazo era de la terminal de camiones, para decirle que acababan de recibir un revólver Smith & Wesson calibre 38 que le mandaba su hermano de México, con no recuerdo qué objeto; el caso es que tenía que ir a recoger el revólver en ese momento; yo estaba en mi casa: allí estaba el ron Batey, allí, el tocadiscos, allí, su mujer. Él regresaría en un cuarto de hora. Exeunt severaly: él vase a la calle; yo, voyme a la cocina y mientras él encendía el motor de su automóvil, yo perseguía a su mujer. Cuando la arrinconé, me dijo: “Espérate” y me llevó a la sala. Sirvió dos vasos de ron, les puso un trozo de hielo a cada uno, fue al tocadiscos, lo encendió, tomó el disco llamado Le Sacre du Sauvage, lo puso y mientras empezaba la música brindarnos: habían pasado cuatro minutos. Luego, empezó a bailar, ella sola. “Es para ti”, me dijo. Yo la miraba mientras calculaba en qué parte del trayecto estaría el marido, llevando su mortífera Smith & Wesson calibre 38. Y ella bailó y bailó. Bailó las obras completas de Chet Baker, porque pasaron tres cuartos de hora sin que el marido regresara, ni ella se cansara, ni yo me atreviera a hacer nada. A los tres cuartos de hora decidí que el marido, con o sin Smith & Wesson, no me asustaba riada. Me levanté de mi asiento, me acerqué a ella que seguía bailando como poseída y, con una fuerza completamente desacostumbrada en mí, la levanté en vilo y la arrojé sobre el couch. Eso le en­cantó. Me lancé sobre ella como un tigre y mientras nos besarnos apasionadamente, busqué el cierre cíe sus pantalones verdes y cuando lo encontré, tiré de él… y ¡mierda!, ¡que no se abre! Y no se abrió nunca. Estuvimos forcejando, primero yo, después ella y por fin los dos, y antes regresó el marido que nosotros pudiéramos abrir el cierre. Estábamos ja­deantes y sudorosos, pero vestidos y no tuvimos que dar ninguna explicación.

Hubiera podido, quizá, regresar al día siguiente a terminar lo empezado, o al siguiente de  o cualquiera de los mil y tantos que han pasado desde entonces. Pero, por una razón u otra nunca lo hice. No he vuelto a verla. Ahora, sólo me queda la foto que tengo en el cajón de mi escritorio, y el pensamiento de que las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la his­toria) son más numerosas que las arenas del mar.

Un cuento de Jorge Ibargüengoitia: La mujer que no