No te diré mi nombre. Te bastará saber te conozco hace tiempo y, aunque no quieras creerlo, jamás me has visto. He admirado cada uno de tus pasos y, me sonrojo al reconocerlo, con sana envidia hecontemplado el transcurrir de tu vida. Esperaba compartir las horas contigo, algún día, y extasiarnos en sublimes y prolongadas charlas sobre los temas que, sé, son de tu gusto y el mío. Pero no he podido creer que al conocerla a ella te alejaras tanto. No pude soportar verte feliz a su lado y tan retirado de mí. Aun cuando los celos me fueron desconocidos hasta este momento, lograron crecer hasta obligarme a dar este paso. Espero, sinceramente, que sufras tanto como estoy sufriendo yo. Creo que jamás volveremos a vernos, ni sabrás más de mí.
Con afecto, tu amigo hasta hoy. P.D.: En la encomienda que adjunto encontrarás la cabeza de tu amada
Daniel Frini. (Berrotarán, Córdoba, 1963). Es Ingeniero Mecánico Electricista, escritor y artista plástico. Publicó Poemas de Adriana (2000), Manual de autoayuda para fantasmas (2015) y El Diluvio Universal y otros efectos especiales (2016). Colabora en numerosos blogs y espacios digitales. Sus ficciones integraron diversas antologías, y fue traducido a varios idiomas. Participa en el Laboratorio Literario de San Martín Lee (San Martín, Buenos Aires) e integra el CILSAM (Círculo Literario de San Martín)
En una ciudad lejana, Elisa y Miguel se enamoraron locamente y empezaron a vivir en una fiestaperenne. Gozaron la gula, la lujuria, la pereza y otros placeres. Pronto fueron un ejemplo y todas las mujeres y hombres de esa villa les imitaron. Allí, la naturaleza también resplandece: los abedules parecen querer tocar el cielo, las amapolas inundan con sus flores rosas todo lo que los ojos ven, las aves cantan desde el alba hasta el siguiente amanecer. Por amor a la vida dejaron de comer animales así que vivieron felices para siempre sin comer perdices.
Escucharon golpes dentro del ataúd de madera. La familia abrió el féretro con la esperanza de que la niña estuviera viva, pero su corazón seguía sin latidos, su piel estaba pálida y sus brazos rígidos sostenían una muñeca antigua. La madre se abalanzó sobre la pequeña y tuvieron que sacarla forcejeando, pero estuvieron atentos porque también ellos habían escuchado sonidos dentro de la caja, aunque al final la cerraron. Oraron con devoción, los ojos cerrados, las manos al cielo y dejaron olvidada a la muñeca en el piso, que se escapó de ser enterrada junto con la muerta.
(Buenos Aires, Argentina, 22.07.1922 – Buenos Aires, 22.03.2016)
La señora de Sei, que había enviudado muy joven, adoraba a sus hijos y no permitió que nadie, excepto ella, se pusiera en contacto con los mismos hasta llegar a la pubertad. Cuando los hijos de la señora de Sei llegaron a la pubertad, el mayor se hizo monje anacoreta, el segundo entomólogo y la hija menor fue a dar, luego de ciertos hechos que no vienen al caso, a un burdel donde concedió sus favores a monjes anacoretas y entomólogos.
Llego todos los sábados a medianoche para ver el espectáculo. La música acelera, las luces disminuyen hasta quedar el escenario en excitante oscuridad, y de entre el público aparece César, el unicornio. Camina hasta el tubo que se eleva firme en el centro y comienza a subir uno, dos, tres metros; se sostiene de un brazo y lanza la cadera al aire, quedando en una posición más contorsionada que creíble. Por primera vez nota mi presencia entre el público; me lanza una sonrisa traviesa y al pasar me susurra: “te espero en el camerino, guapo”.
Más tarde descubropor qué le dicen “unicornio”.
Vimarith Arcega-Aguilar (Colima, Colima). Estudiante de la maestría en Estudios Literarios de Universidad Autónoma del Estado de México. Crítica literaria. Tallerista sobre diversidad sexual. Activista y performer Drag King. Sirena, híbrida, bestia.
Veo a un hombre joven, alto, delgado, sombrío como un enigma, de los que cuando te miran sientes que estás ante algo misterioso, alguien que resulta inabordable; es poco posible que alguien pueda acercarse a su mente, mucho menos delatarle…
No lleva chistera. Aparece en el escenario en mangas de camisa —blanca— remangado. Su presencia — sentado con corrección en una sencilla silla, su espalda erguida apoyada en el respaldo, sus piernas abiertas y sus manos sobre las rodillas— es de una fuerza espectacular y poderosa. Su mirada es lenta y larga, pasional, oscura, inteligente; impenetrable. Su imagen, su figura, su postura me hacen pensar en una energía imprevista y volcánica. Momento de fascinación.
Creo en él. Percibo la verdad del poder de su personaje; de su propio poder representando al mago. Aunque hay un límite borroso entre él y yo. Me resulta difícil distinguir entre realidad e ilusión. El, sin embargo, defiende su magia —nada es lo que parece—, mientras un escalofrío recorre mi espalda cuando nos recuerda que quizás existen poderes superiores a los del hombre, sea él o nó quien los posea, o que es posible que todo sea un simple truco de magia.
¿Qué pasa si un mago realmente hace magia?
¿Y si realmente es capaz con su actuación de trasladarnos al oscuro y agitado corazón del mundo mágico?
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Se llama Edward Norton. Era uno de mis actores preferidos y en este caso he quise referirme, no a su mejor película, sino a la caracterización en el personaje del mago Eisenheim en “El Ilusionista”.
Nota: actualizado 2020
@mjberistain adaptado de LaButaca.net fotografía maribelubeda.org
Me di a la tarea de contar el número de seres marinos que tenía aquella costa. Luego de unas horas me encontré con un grupo de sirenas que cuchicheaba cerca del muelle, refugiado en la parte inferior. Quise acercarme, pero me tentó la idea de observarlas primero. Con la curiosidad de quien se niega a creer, registré en mi libreta los detalles de su apariencia estilizada. Ellas me observaban cada vez que volvía la vista. Una, de rostro fugitivo, sonrió. Más por educación que por empatía, hice lo mismo. Las demás se rieron agitando la cola y las aletas, acaso seduciéndome. Me apenó ser víctima de su hermosura. Eran once en total, y apunté. Al volver la mirada, se habían ido y restaba sólo aquélla, la más alegre. Al fin, azorado, me acerqué a entrevistarla, pero me abordó al instante con una voz rasposa que no encajaba con su apariencia: “¿Qué te trae por estas aguas?”, preguntó. Supe, entonces, que no era una sirena, sino una imitación, lograda de forma fiel y quizá mejor asimilada, de mamífero. Más que extrañamiento, las palabras que mencionó enseguida me causaron cierta fascinación: “Los tritones también sabemos cantar”, presumió y, ante mi silencio absoluto, se alejó saltando por las olas.
Roberto Abad (Cuernavaca, Morelos, 1988). Escritor y músico. Estudió Educación en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Premio CONAFE 2011. En 2018, obtuvo el Premio Nacional de Narrativa de los XI Juegos Florales Ramón López Velarde. Tiene publicado el libro La orquesta primitiva (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha colaborado en Tierra Adentro, Regional del Sur y Punto en Línea.
No me cuentes todo lo que sabes: Cómo triunfar con la elipsis narrativa –Técnicas de escritura
Hoy voy a proponerte que no cuentes toda la verdad. Porque si haces eso, tu historia puede ser aún más interesante.
La técnica narrativa de la que voy a hablarte no es nada nuevo; sin embargo, sigue siendo un buen recurso de la literatura actual para mantener el suspense de la historia y/o para conseguir la brevedad del texto. Voy a hablarte de la elipsis, aunque también puedes conocer esta técnica como “la teoría del iceberg” de Hemingway o, si lees a Vargas Llosa, quizás lo conozcas por “el dato escondido”.
¿Qué es la elipsis narrativa (“teoría del iceberg” o “dato escondido”)?
La elipsis narrativa es omitir una parte o un elemento de la historia– piopíalo
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No hay que confundir esta elipsis con la gramatical, que es cuando suprimimos alguna palabra que damos por sobreentendida o que no es necesaria en el discurso (te recuerdo este ejemplo de elipsis gramatical tan conocido: “Lo bueno, si [es] breve, [es] dos veces bueno”).A continuación te lanzo algunas ideas para ayudarte a poner en práctica la elipsis narrativa– piopíalo
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Reflexiona cuáles son tus objetivos
Quizás te estás preguntando por qué te va a interesar callar todo lo que has estado trabajando, no en vano has pensado en cada detalle de la trama y de los personajes para que el lector tenga una buena idea de ellos, ¿verdad? Entonces, ¿por qué no contarlo todo?
Como es evidente, si decidimos “comernos” una parte de nuestra historia, antes tendremos que pensar porqué queremos hacerlo. En otras palabras, tendremos que tener claro qué objetivo deseamos conseguir con ello. Aquí te dejo tres objetivos para los que esta técnica puede ser útil:
Conseguir la brevedad: A veces necesitamos abreviar una parte o la totalidad del texto. Como ya supondrás, esto se vuelve especialmente útil en el caso del microrrelato y del relato.
Agilizar el ritmo de la historia: En ocasiones notamos que los puntos especialmente importantes de nuestra trama están demasiado distanciados entre sí. Esto puede hacer que el lector se impaciente al no llegar rápidamente a ese otro hito importante de nuestra historia. En este caso, también nos podemos plantear realizar elipsis que agilicen el ritmo.
Aumentar el suspense: Quieres que tu lector no levante la mirada de las páginas de tu libro, ¿verdad? Una manera puede ser que no se lo cuentes todo. Provoca que el lector se haga preguntas sobre eso que falta, que se lo invente o que conjeture sobre ello. Haz que tus silencios activen su curiosidad y fantasía.
Como ya supones, no tienes porqué perseguir uno solo de estos objetivos en tu texto. Puedes combinar varios de ellos o bien perseguir otros. De una forma o de otra, lo interesante es que lo reflexiones. Tener una idea lo más clara posible de por qué queremos hacer la elipsis, nos ayudará a elegir mejor qué momento o elemento de la historia callar.
Elige el elemento de la narración más adecuado para omitirlo
Ahora es cuando viene lo compliado: decidir qué omitir para que tu relato o novela tenga sentido y a la vez aprovechar todo el potencial de esta técnica. Como te comentaba antes, tu silencio dependerá, entre otras consideraciones, del objetivo que te hayas marcado.
A grandes rasgos, puedes realizar dos tipos de silencios:
OMITIR UNA PARTE SOBREENTENDIDA O POCO IMPORTANTE DE LA HISTORIA: Si deseas acelerar el ritmo o bien ganar en brevedad, eliminar lo que el lector ya supone puede ser una buena idea. Por ejemplo, puedes suprimir…
Acciones poco importantes para la historia: Hay partes de nuestra trama que no tienen una gran trascendencia en el conjunto de la obra. Quizás hemos considerado necesario escribirlas porque creemos que nos sirven de enlace entre escenas o porque nos ayudan a reforzar a algún personaje. Sin embargo, cuando las desarrollamos nos damos cuenta de que se alarga la distancia entre los hechos verdaderamente importantes en nuestra historia. Esto puede provocar, como te explicaba antes, que el ritmo se ralentice y que perdamos la atención del lector. Si notas que éste es tu caso, que no te tiemble el pulso y borra lo que no es necesario y que el lector puede suponer o inventar. (Sí, ya sé que a veces nos da penilla borrar, después de todo el trabajo… pero tendrás un mejor resultado final).
Parte del planteamiento de la historia que el lector puede sobreentender: Como sabes, la estructura de la historia es planteamiento-nudo-desenlace. Pero, ¿verdad que en ocasiones no es necesario escribir al detalle el planteamiento e incluso se puede sobreentender casi en su totalidad? No dudes en crear una elipsis de esta parte siempre que lo consideres necesario, especialmente si estás trabajando microrrelatos o relatos, géneros donde es obligada la brevedad.
Algunos rasgos de los personajes: En ocasiones nos servimos de personajes estereotipados (por ejemplo: la madre, el ladrón, el banquero…) de los que el lector ya tiene una idea sobre cómo son. Otras veces, nuestro afán por caracterizar bien a los personajes nos conduce a dotarlos de rasgos o hacerlos desarrollar acciones que no aportan nada significativo ni a su carácter ni a la historia. En estos casos, también puedes plantearte suprimir estos elementos y dejar que el lector los construya o invente.
Etc.
OMITIR UN ELEMENTO RELEVANTE O MUY RELEVANTE PARA LA HISTORIA: Esta elipsis supone ir un paso más allá de lo que te exponía en el punto anterior. Es más complicada de realizar pero tremendamente efectiva si lo que deseas es aumentar el suspense de tu novela o relato. En concreto, es a este tipo de elipsis a la que se refiere Hemingway en su teoría del iceberg: al igual que del iceberg únicamente es visible lo que está por encima de la superficie del agua, el lector sólo “verá” una parte mínima (la que tú como autor quieras dejar impresa sobre la superficie de la página) de lo que sería la historia al completo. Vargas Llosa, por su parte, también comenta que es preciso que el “dato escondido” por del autor sea muy significativo porque de este modo se azuza al lector a intervenir de manera activa en la elaboración de la historia con sus conjeturas y suposiciones. Para que analices un ejemplo, aquí te dejo un enlace al relato “Los asesinos” de Heminway. En esta obra, el autor calla elementos tan importantes como porqué quieren matar a Ole Anderson y porqué éste no huye a pesar de que sabe que están buscándole para matarlo. Estos silencios crean el suspense del relato y hacen que el lector tenga que “intervenir” en la historia uniendo los datos que el autor va dejando para construir o inventar la historia completa de Anderson.
En conclusión
El silencio que creamos con la elipsis narrativa no es un silencio mudo– piopíalo
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Por el contrario, es un silencio que habla tanto al lector como a la trama escrita. Por un lado, al lector le dice que invente, que ponga en marcha su fantasía y que construya lo no dicho en la historia. Por otro lado, este silencio está interpelando constantemente a la parte escrita de la historia, lanzándole preguntas que el lector tendrá que responder.
Por esta razón, no “te comas” de manera arbitraria fragmentos de tu historia. Sé consciente de porqué lo haces y piensa cuál es la mejor manera de hacerlo. Es posible que estés pensando que esto no es fácil pero… ¿quién dijo que iba a ser coser y cantar? Esa ha sido la parte de la historia que no te he contado, pero aquí te lo digo bien claro para que no quede dudas: escribe, borra, equivócate… y aprende.
Y tú, ¿has empleado este recurso en algunos de tus textos? ¿Habías oído hablar antes de esta técnica? ¿Habías pensado en por qué emplearla?
Nunca se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados. «Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros no era novedad. Laura subía casi todas las noches. Su piel fría y su aliento de niebla eran lo único que no quemaba de aquel verano infernal. Al amanecer, Laura se perdía escaleras abajo, en silencio. Durante el día yo aprovechaba para dormitar. Los vecinos de la escalera tenían esa amabilidad mansa que confiere la miseria. Conté seis familias, todas con niños y viejos que olían a hollín y a tierra removida. Mi favorito era don Florián, que vivía justo debajo y pintaba muñecas por encargo. Pasé semanas sin salir del edificio. Las arañas trazaban arabescos en mi puerta. Doña Luisa, la del tercero, siempre me subía algo de comer. Don Florián me prestaba revistas viejas y me retaba a partidas de dominó. Los críos de la escalera me invitaban a jugar al escondite. Por primera vez en mi vida me sentía bienvenido, casi querido. A medianoche, Laura traía sus diecinueve años envueltos en seda blanca y se dejaba hacer como si fuera la última vez. La amaba hasta el alba, saciándome en su cuerpo de cuanto la vida me había robado. Luego yo soñaba en blanco y negro, como los perros y los malditos. Incluso a los despojos de la vida como yo se les concede un asomo de felicidad en este mundo. Aquel verano fue el mío. Cuando llegaron los del ayuntamiento a finales de agosto los tomé por policías. El ingeniero de derribos me dijo que él no tenía nada contra los okupas, pero que, sintiéndolo mucho, iban a dinamitar el edificio. «Debe de haber un error», dije. Todos los capítulos de mi vida empiezan con esa frase. Corrí escaleras abajo hasta el despacho del administrador de fincas para buscar a Laura.
Cuanto había era una percha y medio palmo de polvo. Subí a casa de don Florián. Cincuenta muñecas sin ojos se pudrían en las tinieblas. Recorrí el edificio en busca de algún vecino. Pasillos de silencio se apilaban debajo de escombros. «Esta finca está clausurada desde 1939, joven -me informó el ingeniero-. La bomba que mató a los ocupantes dañó la estructura sin reme-dio.» Tuvimos unas palabras. Creo que lo empujé escaleras abajo. Esta vez, el juez se despachó a gusto. Los antiguos compañeros me habían guardado la litera: «Total, siempre vuelves.» Hernán, el de la biblioteca, me encontró el recorte con la noticia del bombardeo. En la foto, los cuerpos están alineados en cajas de pino, desfigurados por la metralla pero reconocibles. Un sudario de sangre se esparce sobre los adoquines. Laura viste de blanco, las manos sobre el pecho abierto. Han pasado ya dos años, pero en la cárcel se vive o se muere de recuerdos. Los guardias de la prisión se creen muy listos, pero ella sabe burlar los controles. A medianoche, sus labios me despiertan. Me trae recuerdos de don Florián y los demás. «Me querrás siempre, ¿verdad?», pregunta mi Laura. Y yo le digo que sí.