De Rubén García García
Soy tan infiel que mi sombra me cela, piensa que tengo otra.

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De Rubén García García
Soy tan infiel que mi sombra me cela, piensa que tengo otra.

Sé que es él. No me cabe la menor duda. Su perfume, negro
como la noche que me habita, lo delata. Siempre viene a la misma
hora, cuando creen que ya duermo. Ella lo espera con ansia. Se
empeñan en ser cautelosos, pero yo los sigo, atento, imaginando lo que
se me niega. Parapetado tras la sombra que un día se posó sobre mis
ojos llevo tiempo planeándolo. No quiero que se me escape el más
nimio detalle. No quiero fracasar. No puedo. Debo calcular con
matemática precisión la distancia exacta para no tropezar y errar el
precioso objetivo. Ese que está en la mira desde que mi amigo nos
vista con tanta frecuencia.

De Georges Aguayo
Son las ocho de la mañana. Jean Colas, inspector de la Police
Judiciaire de París, se levanta de la cama con un terrible dolor de cabeza.
Es febrero, los escolares de la región parisina están de vacaciones. Su
familia está en la montaña practicando esquí. Ayer, a las seis de la
tarde, habló con ellos por teléfono. Además del dolor de cabeza, hay
otra cosa que le molesta y angustia. Después de esa conversación con
su esposa y sus hijos no se acuerda de nada de lo que hizo ayer por la
noche.
Cuando llega a su cuartel, 36 de quai des Orfebres, se encuentra
con una enorme sorpresa. El inspector Pierre Durand, con el cual
competía para ocupar el puesto del comisario Maigret, que está por
jubilarse, había sido asesinado en su casa. La noche anterior con toda
seguridad. Parte al domicilio del asesinado. A su llegada un especialista
de la policía científica le informa que el inspector Durand fue ultimado
con un arma blanca bien particular. La hoja no es recta, sino ondulada.
«Como un kris malayo», dice espontáneamente el inspector Colas, gran
coleccionista de dagas antiguas. El resto de la diligencia policiaca
transcurre con algunas dificultades. El asesinato del inspector Durand
atrae a la prensa. Tiene que parar en seco las preguntas de una
periodista demasiado curiosa. En la tarde lo primero que hace al llegar
a casa es constatar si su kris malayo está en su lugar de siempre. No lo
encuentra.
Escritor chileno residente en Francia desde hace décadas. Libros
publicados: Cuentos parisinos (RIL editores, 2011); traducción al francés
de Subterra, de Baldomero Lillo (Edilivre 2013); Santiago mon amour
(RIL editores, 2014).
Antología digital de microrrelatos Dispara usted o disparo yo. Santiago
de Chile, marzo de 2017.
estadounidense
Hoy es un muy buen día para morir.
Cada cosa viviente está en armonía conmigo.
Cada voz canta un estribillo dentro mío.
Toda la belleza ha venido a mis ojos.
Todos mis malos pensamientos se han marchado.
Hoy es un muy buen día para morir.
Mi tierra está llena de paz a mi alrededor.
Mis campos han sido preparados por última vez.
Mi casa está llena de risa.
Mis hijos han venido a casa.
Sí, hoy es un muy buen día para morir
Karla Barajas
Karla Barajas
Desde pequeña practiqué el fino arte de la falsificación de firmas
en reportes, permisos y materias reprobadas. A los 17 años me
superé en la técnica del engaño; para recoger una boleta de
calificaciones con cinco materias reprobadas, llevaba ropa y
maquillaje en la mochila. A la hora de la entrega, entré al baño y
me pinté la cara. Me puse en la fila de padres de familia y al llegar
a donde las secretarias entregaban las boletas, dije que era la
hermana de la irresponsable alumna. Creo que no me creyeron,
pero por los niveles de desesperación que habrán notado en mí,
aguantaron la risa y finalmente dijeron: Firme aquí.
Minidecamerón compiladora Paola Tena
por Elena Casero Viana
Tomé asiento, a una indicación del hombre, frente a su escritorio.
Todo en aquel despacho era de sello antiguo como si el tiempo se
hubiera detenido en un pasado indefinido. Junto al escritorio
había un perchero de cinco brazos del que colgaba con desmayo
un gabán de color caqui.
El hombre sacó unos papeles y me dijo que los leyera con
detenimiento. Me advirtió de que no firmara nada sin estar
absolutamente seguro porque ya no habría marcha atrás.
—No habrá problemas al final, ¿verdad?
—En absoluto, esto es absolutamente legal, amparado
por la Ley. No ha de tener usted ningún temor.
Yo no estaré presente cuando este hombre u otro
semejante se presente en mi casa, vestido con el gabán caqui y una
cartera negra bajo el brazo con los papeles firmados por mí. Yo
no estaré presente, pero me voy riendo de antemano al imaginar
la cara de mis hijos cuando se den cuenta de que nunca he estado
más cuerdo.
Elena Casero Viana (España). Soy Técnico de Empresas
Turísticas. He trabajado en una multinacional del automóvil hasta
mi jubilación. He publicado cinco novelas, un libro de relatos y
uno de microrrelatos, “Luna de Perigeo” (Editorial Enkuadres,
2016). Alguno de ellos han sido publicados en antologías y
traducidos al francés. Actualmente estudio piano y oboe.
De Rubén García García
El gato duerme,
y sueña con ratones;
lo busca el perro
para ladrarle
en la boca del oído…
Rubén García
Se oye un grito, cierro la ventana para que no entre. Ahora es intenso y proviene de la recámara…es mi mujer que amamanta sus pesadillas y una de ellas, la mordió.

Rodolfo Lobo Molas
«¡Te voy a matar, te voy a matar!», me decía cada vez que yo
hacía alguna travesura de grueso calibre. Y yo, rebelde y desafiante,
corría riéndome de ella. La pobre, entonces, volvía sobre sus pasos
mascullando su rabia. Hasta el día que escuché un ruido ensordecedor
cerca de mi oreja, y ya no pude ver cómo la policía se llevaba esposada
a mi abuelita.
Noticias policiales
No fue posible encontrar el arma homicida. Su suicidio había
sido un crimen perfecto.
Rodolfo Lobo Molas. Catamarca, Argentina. Es Poeta,
Escritor, Investigador del lenguaje, historia e idiosincrasia de su región,
Aviador Civil, Locutor, Periodista. Publicó el ensayo Catamarca ensueño y
leyenda, a través de la Universidad de Catamarca y el libro de poesías
Los pájaros de la lluvia, por Phaway Ediciones. Ha participado de 24
antologías nacionales e internacionales. Obtuvo diversos premios y
distinciones, entre ellas de la Municipalidad de la Capital y la
Legislatura de Catamarca.
Dina Grijalva
Las dos cruzan el umbral de la casa. Sonríen con timidez mientras Eva cierra la puerta. Se miran, sus mejillas se sonrojan, casi se escucha el palpitar de dos corazones inquietos. El mundo parece suspendido en ese instante. Tal vez tomen té y conversen y sea todo. Pero no, Eva María mira los labios de su amiga y un galope de caballos salvajes recorre su sangre, nunca he acariciado unos labios de mujer, cómo acercarme, cómo empezar, cómo tocar el fulgor de su piel. Triunfa el deseo y acerco lenta, muy lentamente una mano, acaricio su rostro, ella sonríe y lleva mis dedos a sus labios entreabiertos. Dedos y dientes juguetean. Sólo después sabré que ella también siente por vez primera el tacto, el temblor, la intensidad de otra mujer. Ahora es un vértigo dulce y un sumergirnos en silencio en esta tarde de descubrimiento. Un despojarnos de ropas, collares y ataduras. Un gozar esta vorágine de miel y de ambrosía. Un saborear salivas, senos, párpados estremecidos. Un reconocernos con asombro en el cuerpo de la otra. Un aspirar esencias corporales primigenias, desgajarnos y flotar en abismos de placer y de ternura. Un tocar el cielo con los labios y besar otro cuerpo y abrazar otros ojos como entrar en el espejo.
Dina Grijalva
(Ciudad Obregón, Sonora). En la primavera de 2008 visitó Buenos Aires y nació como minificcionista. Desde entonces es hacedora y promotora de ese maravilloso género. Sus libros de minificción
son: Goza la gula, Las dos caras de la luna, Abecé sexy, Mínimos deleites y Cuestión de tiempo. Ama a
los Cronopios, cultiva un bonsái y sueña con habitar en Liliput. Minificciones suyas han sido incluidas enuna veintena de antologías.

Ana María Shua
Quiero dormir. Ante los Dioses del Sueño, postrada, imploro.
Este es tu sueño me responden furiosos. Entonces, quiero
despertar. Caminarás, me ordenan, por un largo pasillo.
Hallarás dos puertas. Una de ellas guarda tu despertar. La
otra, la más monótona de las pesadillas, que es la muerte.
Debes abrir una: el azar o tu ingenio pueden favorecerte.
Camino por un largo pasillo hasta alejarme de los Dioses del
Sueño. Veo dos puertas. Junto a ellas, inmóvil, espero.
Creado por Dioses tan poderosos como los del sueño, tarde o
temprano sonará el despertador.
Ana María Shua (Buenos Aires,
1951)
Sus cuatro libros de minificciones, género en el que
ha obtenido amplio reconocimiento en el mundo de
habla hispana, son ‘La sueñera’, ‘Casa de geishas’, ‘Botánica del
caso’ y ‘Temporada de fantasmas’.
También ha escrito varios libros de cuentos, entre ellos
‘Viajando se conoce gente’. Como cuentista obtuvo el
Premio Municipal y el Diploma al Mérito Konex.
En 1980 ganó con su novela ‘Soy paciente’ el premio de
la editorial Losada.
Sus otras novelas son ‘Los amores de Laurita’ (llevada al
cine), ‘El libro de los recuerdos’ (Beca Guggenheim), ‘La
muerte como efecto secundario’ (Premio Club de los
Trece y Premio Municipal de Novela) y ‘El peso de la
tentación’.
También es autora de poesía y de literatura infantil, con
la que ha obtenido varios premios, entre ellos el del
Banco del Libro en Venezuela y el White Raven, en
Alemania. Sus libros han sido publicados en Brasil,
España, Italia, Francia, Alemania, Corea y Estados
Unidos.
José Manuel Dorrego
Últimamente venía notando que el número de Zambo y Chuky –
el payaso triste y el payaso alegre de nuestro circo– no estaba a la
altura del resto de los números. No es que el público silbase, nada
de eso, pero al terminar la actuación se escuchaban unos aplausos
levísimos y monótonos, de trámite, como diciendo: “Aplaudimos
porque se nota cierto esfuerzo, pero no es lo que esperábamos”.
Por eso decidí que Zambo hiciese también de payaso alegre, así
que nos ha quedado un número divertidísimo. ¿Qué se pierde el
contraste Alegría versus Tristeza? Completamente de acuerdo. A
veces tenemos que dejar ciertos principios tirados por el camino,
gajes de la vida, pero a cambio, la gente no para de reír. Un
público contento es siempre un público que aplaude. Y un
público que aplaude es incapaz de pedirte que les devuelvas el
dinero de la entrada porque no les ha convencido el espectáculo.
Al fin y al cabo, si lo piensas, nos pagan para divertirse. Para
desgracias, las que tienen ahí afuera, en cuanto acabe esta
cuarentena, empiecen a abandonar la carpa del circo en fila de a
uno, abran la puerta de sus hogares y se les caiga la casa encima.

Rubén García García
Todo se fue,
solo quedó la lumbre
de nuestro invierno.

Vagaba durante todo el día, sucio, hambriento y menesteroso. Nadie sabía cómo pudo llegar a ese estado, y a vivir de limosnas y debajo del puente. Le llamaban La Loca, muchos en el barrio, y siempre que podían lo humillaban.
En otro tiempo había sido guapo, aunque de eso ya no quedaba nada, sólo un vanidoso contoneo de caderas que rechazaba huir del cuerpo ajado, pese a que era precisamente eso lo que excitaba la burla de la gente.
Una noche tuvo un sueño en el que volvía a su pasado, pero nada era como lo recordaba. Su padre, su madre, sus hermanas lo amaban y apoyaban su salida del clóset. Entonces le decía a su padre que quería ser “artista”, “cantante”, y éste hacía lo posible para que su hijo cumpliera su sueño, grabase sus discos y actuara en películas y fuera el ídolo juvenil que tanto anhelaba…¡Cómo le habría gustado que todo eso fuera verdad!, ¡cuánto tiempo llevaba mendigando un poco de cariño! Tal vez por eso fue que, durante el sueño, tomó la decisión de no despertar más, para quedar atrapado en esa onírica felicidad eterna.
Cuando algún vecino lo descubrió al día siguiente, los pálidos ojos miraban un mundo diferente al nuestro y su boca tenía una sonrisa que antes nadie, ni siquiera él, había conocido.
Asmara Gay (Ciudad de México, 1975). Autora y coautora de varios libros, entre ellos la antología de minificciones Resonancias (BUAP, 2018). En el año 2011 ganó el I Concurso de Microrrelatos Negros, organizado por el Centro Cultural La Bòbila y la editorial RBA.

De Jorge Enrique Hadandoniou Oviedo
Como en cualquier película de moda, el arma del malvado se
quedó sin balas. La quiso arrojar, para suplantar la falta, pero la víctima
estaba demasiado lejos. Buscó entonces algo contundente o punzante.
El único cuchillo con filo apropiado estaba a una brazada del infeliz
blanco. Y ese barrote pesado no quiere soltar el bloque adonde quedó
incrustado. Ahogarlo con sus manos, no; porque dejaría la evidencia de
sus pulgares. ¿Y si el otro llegaba antes al cuchillo blanco? Allí estaba
durmiendo (o al menos así parecía), sentado en esa hamaca que para
colmo comenzó un balanceo irregular e impredecible. ¡Tantos
kilómetros recorridos para esto! La luz de un auto o camión lo
sobresaltó, al filtrarse en riego sudoroso sobre la escena. No se movió
siquiera, aunque le pareció escuchar un bostezo interrumpido; y la hoja
de un árbol casi le hace perder la experiencia madura de tantos casos
resueltos. Encontraría sigilosamente la solución requerida. Como todo
debía ser discreto y sin huellas, quitó el silenciador, guardó todo entre
sus ropas y al dar el primer paso, cayó a un pozo cuya tapa se cerró
herméticamente.
