Sin huellas

De Jorge Enrique Hadandoniou Oviedo


Como en cualquier película de moda, el arma del malvado se
quedó sin balas. La quiso arrojar, para suplantar la falta, pero la víctima
estaba demasiado lejos. Buscó entonces algo contundente o punzante.
El único cuchillo con filo apropiado estaba a una brazada del infeliz
blanco. Y ese barrote pesado no quiere soltar el bloque adonde quedó
incrustado. Ahogarlo con sus manos, no; porque dejaría la evidencia de
sus pulgares. ¿Y si el otro llegaba antes al cuchillo blanco? Allí estaba
durmiendo (o al menos así parecía), sentado en esa hamaca que para
colmo comenzó un balanceo irregular e impredecible. ¡Tantos
kilómetros recorridos para esto! La luz de un auto o camión lo
sobresaltó, al filtrarse en riego sudoroso sobre la escena. No se movió
siquiera, aunque le pareció escuchar un bostezo interrumpido; y la hoja
de un árbol casi le hace perder la experiencia madura de tantos casos
resueltos. Encontraría sigilosamente la solución requerida. Como todo
debía ser discreto y sin huellas, quitó el silenciador, guardó todo entre
sus ropas y al dar el primer paso, cayó a un pozo cuya tapa se cerró
herméticamente.

José David ASESINÓ a su MAMÁ por correrlo de su casa

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