Rubén García García
Es Rock pesado.
Bebidas adulteradas.
La estridencia es un zipper
que no deja pasar
ni el gemido de un orgasmo;
mucho menos
el camino vascular de una daga.

El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
Rubén García García
Es Rock pesado.
Bebidas adulteradas.
La estridencia es un zipper
que no deja pasar
ni el gemido de un orgasmo;
mucho menos
el camino vascular de una daga.

Cuenta Nelson Mandela
Después de convertirme en presidente, le pedí a algunos miembros de mi escolta que fuésemos a pasear por la ciudad. Tras el paseo, fuimos a almorzar a un restaurante.
Nos sentamos en uno de los más céntricos, y cada uno de nosotros pidió lo que quiso. Después de un tiempo de espera, apareció el camarero trayendo nuestros menús. Fue justo entonces cuando me di cuenta de que en la mesa que estaba frente a la nuestra, había un hombre solo, esperando ser atendido.
Cuando fue servido, le dije a uno de mis soldados «ve a pedirle a ese señor que se una a nosotros».
El soldado fue y le transmitió mi invitación. El hombre se levantó, cogió su plato y se sentó a mi lado.
Mientras comía sus manos temblaban constantemente y no levantaba la cabeza de su comida. Cuando terminamos, se despidió de mí, sin apenas mirarme, le di la mano y se marchó.
El soldado me comentó:
Madiva, ese hombre debía estar muy enfermo, ya que sus manos no paraban de temblar, mientras comía.
¡No, en absoluto! la razón de su temblor es otra. Me miraron extrañados y les conté:
Ese hombre era el guardián de la cárcel donde yo estuve encerrado. A menudo, después de las torturas a las que me sometían, yo gritaba y lloraba pidiendo un poco de agua y él venía me humillaba, se reía de mí y en vez de darme agua, se orinaba en mi cabeza.
Él no estaba enfermo, estaba asustado y temblaba, quizás esperando que yo, ahora que soy presidente de Sudáfrica, lo mandase a encarcelar y le hiciese lo mismo que él me hizo, torturarlo y humillarlo. Pero yo no soy así, esa conducta no forma parte de mi carácter, ni de mi ética. Las mentes que buscan venganza destruyen los estados, mientras que las que buscan la reconciliación construyen naciones.
Adriana Azucena Rodríguez
Tomado del Microdecamerón compilación de Paola Tena
“En un mes volverá la normalidad…”, “Cuando regresemos a la normalidad…” Pero tú no estás. La normalidad sigue aquí. Tan normal como siempre. Todos siguieron diciendo necedades.

Tomado de «cien fictiminimos» de Jorge Oropesa
El mundo recibió con desconfianza el portal de internet que anunciaba ser creado y atendido por el mismísimo Todopoderoso. Sin embargo, conforme los milagros fueron conociéndose, la gente sintió tocadas las fibras más íntimas de su ser en renovadas olas de fe. Sonriente, el demonio respondía todos los mensajes que llegaban hasta el portal; por fin había logrado revivir la vieja quimera de que Dios existe.
*Nació en la Ciudad de México. Licenciado en Informática por la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), con maestría en Educación. Está antologado en Vampiros transmundanos y tan urbanos (2011) y en varias revistas y suplementos literarios. Ha participado en el portal http://www.ficticia.com desde la fundación de la ciudad.


Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia es una selección de microrrelatos de escritores procedentes de diversas nacionalidades que han participado en el Taller de Minicuento del portal digital de Ficticia, llamado La Marina.
Estos textos han sido elegidos por especialistas y escritores del mundo hispanoamericano y por los ficticianos, de entre 25 mil obras publicadas y trabajadas en red
Los escritores que han sido recogidos en esta antología: Jorge Oropeza, Joseph M. Nuévalos, Erendida Herrera, Gustavo Marcovich, Alfonso Pedraza, Luis Bernardo Pérez, Miriam Chepsy, Luis Torregrosa, Lola Díaz-Ambrona de Llera, Berta Sileno, S.M. Hernández, Amélie Olaiz, Delia Guerrero, Carlos De Bella, Jorge Pardo Pedrosa, C. Pérez Cárdenas, Isabel Segura Boutry, José T. Espinosa-Jácome, Lucía Díaz, José Manuel Dorrego Sáenz, Beatriz Patraca, Verónica Mendoza, Rubén García García, Ricardo Robles, Gerardo de Torre, Ojo Rojo, José Luis Vasconcelos, Nélida Vidal, José Luis Sandin, Laura Hermosilla, Rafael García Z., Sergio Patiño Migoya, Paola Cescón, Manuela Fernádez, Juan Lobaces, Juan Carlos Sánchez, Víctor Antero Flores, Elizabeth Pérez Ramírez, Mónica Ortelli, Rubén Pesquera Roa, Laura Elisa Vizcaíno Mosqueda, Gabriel Bevilaqua, Gilberto Marti Lelis, Elisa de Armas, Hugo López Araiza Bravo, José Manuel Ortiz Soto, Ponciano Palacios.Este artículo fue publicado en Antología, Concursos de microrrelatos, Género literario, Noticias y etiquetado Alfonso Pedraza, Amélie Olaiz, Beatriz Patraca, Berta Sileno, C. Pérez Cárdenas, Carlos De Bella, Delia Guerrero, Elisa de Armas, Elizabeth Pérez Ramírez, Erendida Herrera, Gabriel Bevilaqua, Gerardo de Torre, Gilberto Marti Lelis, Gustavo Marcovich, Hugo López Araiza Bravo, Isabel Segura Boutry, Jorge Oropeza, Jorge Pardo Pedrosa, José Luis Sandin, José Luis Vasconcelos, José Manuel Dorrego Sáenz, José Manuel Ortiz Soto, José T. Espinosa-Jácome, Joseph M. Nuévalos, Juan Carlos Sánchez, Juan Lobaces, Laura Elisa Vizcaíno Mosqueda, Laura Hermosilla, Lola Díaz-Ambrona de Llera, Lucía Díaz, Luis Bernardo Pérez, Luis Torregrosa, Manuela Fernádez, Miriam Chepsy, Mónica Ortelli, Nélida Vidal, Ojo Rojo, Paola Cescón, Ponciano Palacios., Rafael García Z., Ricardo Robles, Rubén García García, Rubén Pesquera Roa, S.M. Hernández, Sergio Patiño Migoya, Verónica Mendoza, Víctor Antero Flores por Ana Calvo Revilla. Enlace permanente.
De esta obra estaremos tomando ficciones que por su calidad literaria enriquecera los textos de sendero.blog.
Atte el administrador: Rubén García García

Nació en Santiago de Chile en 1972. Narradora. Desde el año 2007 participa de talleres literarios. Sus
trabajos han sido publicados en diferentes antologías. Autora del libro A pesar del miedo, Editorial Mosquito, 2009.
Sin prisas. Recauación. Textos para disfrutar. tomado de «O dispara usted o disparo yo» selección de Lilian Elphick.
Sin pistas
Meses enterrada en papeles e informes inútiles que le gritaban la misma conclusión: ni una sola prueba; ni la más mínima pista. La PDI había puesto a su disposición el mejor equipo humano y 2
técnico para resolver estos crímenes. Pese al minucioso y exhaustivo trabajo, seguían sumando cuerpos. Estaban igual que al principio. No dejaba de sentir cierta simpatía por el homicida. La elección de sus víctimas no podía ser al azar, cada uno de ellos merecía, al menos, la silla eléctrica: pedófilos, violadores, torturadores; todos criminales de la peor calaña. Se encontraba frente a un solitario justiciero, pero la ley era clara y no podía hacer ninguna excepción aunque quisiera: encontrar al culpable, quien debía pagar sí o sí. En sus manos estaban todas las autopsias e informes de criminología. No se cansaba de revisarlos una y otra vez, pero no encontraba ninguna evidencia que los guiara a su autor. El asesino era excepcionalmente inteligente. El murmullo suave de una carcajada contenida interrumpió sus pensamientos. Su inquilino interior se reía sabiendo que no podrían
atraparlo jamás.

Recaudación
Sentada en la endeble silla en el pórtico de su casa, pausadamente masticaba coca para el dolor. Su mirada vacía oscilaba entre el suelo y el horizonte velado. Las facciones reflejaban el espíritu
inquebrantable de su dueña. Sabía que ya le quedaba poco tiempo, que él vendría a llevársela
en cualquier momento, pero no le importaba nada. Los causantes de cada una de las grietas que cubrían su rostro, habían pagado un elevado precio por ello y ella había quedado conforme. Por eso, ahora él vendría a cobrarse la deuda pactada.

José Manuel Dorrego
Tomado del Microdecamerón- Paola Tena organizadora
No entiendo por qué no ovacionan ustedes con más entusiasmo. A veces, querido público, me indigna su indiferencia, esa manera tan intrascendente de presenciar nuestro espectáculo, como si estuviesen hojeando con desgana el suplemento de un periódico dominical en busca del sudoku. Sinceramente, he visto estatuas aplaudir de manera más efusiva. ¿Acaso no les gusta el número de nuestro funambulista? ¿Les incomoda que no se caiga? ¿Echan de menos algo de tragedia en su número? Sí, es eso: les molesta su perfección, pensar que todo sale según lo previsto. Pues pasen ustedes por taquilla todas las tardes y quizá algún día de estos puedan contemplar cómo, en ocasiones, tiene un traspié. Y ese día, el día que nuestro funambulista pierda el paso y se precipiteal vacío, descubrirán ustedes su verdadero truco: comprobarán, en fin, que en realidad solo sabe volar.

de Rubén García García
Me gusta dormir boca abajo para relajar el cuello. Debí soñar que ella me daba masaje, tenía arte para hacerlo. últimamente me ofrecía una aspirina. Solo sentí un piquete y las luces se apagaron. Me enterraron en el sótano. Cosa graciosa en este lugar yo me hacía el muerto para no ser descubierto en el juego de las escondidas,
Salí del encierro a nuestra recámara. Dormía de espaldas a su amante, la desperté acariciando su frente. Abrió los ojos. espantada de ver mi cara llena de gusanos, los suficientes para ocasionarle un infarto en un corazón ingrato, pero ya dañado por una fiebre que tuvo en su juventud. El sujeto dormía boca abajo muy parecido a como yo lo hacía. Encontré la aguja de raquea y entró sin resistencia, profundamente en su médula espinal. Le di la vuelta y lo reconocí. Siempre supuse que mi otro yo me envidiaba.

Pia Barro
EXÁMENES FINALES
La calle está desierta. Desde la esquina se aproxima el hombre dispuesto a cruzar en diagonal la plaza.
Desde la esquina opuesta, un grupo de colegialas viene apuradas, cabeza gacha, los doce años contenidos en el jumper azul y la blusita blanca. Se cruzarán en breve. Una de las chicas parece saludar con el brazo en alto. Las otras cinco se detienen apretadas a ella.
El hombre sonríe confiado.
Una descuelga la mochila de su espalda, las otras imitan el gesto.
Lo rodean. El hombre pierde aplomo, intenta unas palabras.
– Mañana a las diez, recuerden el examen de química.
La que había levantado el brazo, incrusta lo que ha extraído de la mochila en su costado.
– Ni ese examen ni ningún otro bajo la falda, profe.
La plaza entera vibra con el estampido.
Las seis se alejan a paso breve hacia la noche.
Pía Barros Bravo nació en Melipilla, Chile, en 1956. Ha destacado en el cuento, aunque también ha escrito algunas novelas. Además, ha publicado una treintena de libros-objeto con material literario ilustrado por destacados artistas gráficos chilenos, lo que le ha valido la obtención del Fondart (Fondo Nacional de las Artes) en dos oportunidades. Obtuvo también la Beca de la Fundación Andes, con la que escribió la primera novela de difusión digital en Chile, Lo que ya nos encontró, y la Beca del Escritor, del Consejo Nacional del libro y la lectura.
Dirige los talleres literarios Ergo Sum desde 1976; también es directora de Ediciones Asterión. Sus cuentos han sido publicados en más de treinta antologías.
de Alex Daniel Barril de Saldivia chile
Ayer pinté mis uñas temprano para no atrasarme, lavé los pies y
les puse crema. Pero igual me cuesta ponerme los tacos. Se resisten.
Doblegué el izquierdo y el derecho quedó suelto. Me veo al espejo.
Mierda. Barba de un día. Aplico el after shave de mi viejo. Old Spice olor
a Leña. Sonrío. El pachulí lo disimula. Salgo. Estoy a tres cuadras.
Mientras camino, me arreglo las tetas. Me muevo despacio. Siento
venir un auto a mi espalda. Cambio de luces. Se detiene a mi lado. Baja
la ventanilla. Yo me inclino coqueta. Nunca digo nada, solo lo miro.
Mi voz sigue siendo grave y eso los espanta. Se engrupen con lo que
ven. Sube, me dice. Me siento. Me arreglo el pelo y paso la mano por
mi cuello. Y justo ahí siento el olor a leña de mi viejo. Mierda. Busco
disimuladamente el pachuli en mi cartera. No está. Lo veo en el baño
de casa al lado del lavamanos. Semáforo en rojo. Me mira. Estira su
mano a mis piernas y se acerca a besarme el cuello. Me huele. No
puedo evitarlo. Él se aleja rápido y frunce el ceño. Qué te pasa,
conchetumadre, ¡huevón maricón! ¡Me querías cagar! Semáforo en verde.
El auto no se mueve. Siento cómo me golpea. Cierro los ojos y
escucho un estruendo y el olor a leña ahora es pólvora. Se abre la
puerta y me empuja a la calle. Intento moverme y el taco derecho se
quiebra. Me caigo. No tengo fuerzas para abrir los ojos. La sangre.
Llega a mis tobillos. A mis tacos. Ellos sabían que no debía salir hoy.
Una lágrima
Murió convencido que el silencio era su mayor acto de
resistencia, que su inmovilidad era la respuesta más directa a los
movimientos de aquel hombre apretando el gatillo. En el mismo
segundo en que el arma expulsaba rabiosa la bala de su cañón, una
lágrima comenzaba el derrotero a través de su mejilla hasta llegar a sus
labios secos. La humedad de la muerte y de su llanto se anidaron
simultáneas en su boca.
Alex Daniel Barril Saldivia. Es Periodista y Magíster en
Antropología y Desarrollo. En 2006, publicó su novela La Memoria
del Caracol, bajo el sello de MAGO Editores. Algunos de sus cuentos
han sido publicados en antologías sobre la narrativa chilena actual,
producidas por la misma casa editorial. Ha participado en los talleres
literarios de las escritoras Lilian Elphick, Diamela Eltit y Ana María
Del Río.

Rubén García García
Bajo la sombra,
se abrazaron con ansia,
con beso y fiebre.
las piernas de ella;
compás acanelado…
flor en la oscuridad.

De Ildiko Nassr
Tomado de la antología del Microdecamerón
En la casa, hay un silencio diferente. Los enfermos han dejado de quejarse y su lamento es un zumbido de abejas. La nieve ha dado paso a un frío agradable. Algunos brotes se abren paso en la tierra
yerma. Los que permanecieron sanos tienen un ánimo diferente: se sienten inmunes y eso les otorga una acidez particular a lo que escriben.
Hay humo en algunas partes de la casa que comparten. Dos hombres fuman sin piedad y sin respeto hacia los demás. Inundan todo con su olor. La mujer de los ojos celestes los increpa sin piedad y los incita a salir al bosque:
–Son cobardes para ir afuera, pero no para contaminar la casa –les dice y ellos no saben qué hacer y apagan sus cigarrillos.
El silencio parece devorarlo todo alrededor.

de Gregorio Angelcos
Tomado de la antologia de «Dispara usted o disparo yo»
Luego de una llamada telefónica, el Inspector Pastrana se dirigió
junto a un par de subalternos al sitio del suceso, a exceso de velocidad
y con la baliza sonando constantemente, se detuvo con el vehículo
policial en marcha, y descendieron corriendo hasta un costado de la
rivera.
Encontraron a un viejo vagabundo con una lata de cerveza en la
mano, a una mujer en ropa interior y con serios síntomas de
encontrarse bajo el efecto de las drogas, y a un oficial en retiro del
ejército con su gorra de servicio, parecía estar un tanto enajenado.
—¿Dónde está el cadáver? —preguntó Pastrana. —Se lo llevó el
río —contestó el oficial—, los otros policías rastrearon el lugar sin
encontrar vestigio de un posible crimen. Pastrana observó a los
testigos, y sin dudarlo, procedió a la detención inmediata de los tres.
—Son antropófagos —afirmó—, y se comieron al muerto. Sus
acompañantes enmudecieron ante la asertiva decisión del oficial de
policía, mientras tanto, el narrador se detuvo en este segundo de la
historia, fue a la cocina, abrió la olla y revolvió la sopa en la que
cocinaba la vaca que había degollado durante la tarde en un suburbio
de Nueva Delhi.
Gregorio Angelcos
es un escritor, periodista y profesorde literatura. Ha incursionado en los géneros de poesía, ensayo y
narrativa, destacándose sus libros de microficción: Dios necesita un siquiatra; El Abuelo que comía mariposas; 69 puñaladas a la realidad; La muerte está en mi conciencia; Reptilia, y Angelcos selecto (300 microcuentos).
