La rana y el charco de Armando Alanis

Tomado de antología de pequeficciones

Era una rana que vivía en un charco. Pasaba los días cantando y saltando. Un día la atrapó una princesa que le dio un beso. Al instante, se convirtió en príncipe. La princesa lo condujo a su palacio y le dijo: “Todo esto es tan mío como tuyo”.
El tiempo transcurría y el príncipe, que antes era rana, se sentía muy infeliz rodeado de gente rica que pasaba los días contando el oro que tenía. Él pensaba que la felicidad no se podía comprar.
Una noche, se escapó por una ventana y se fue a buscar su charco. Cuando lo halló, le dio tanto gusto que, sin darse cuenta, se convirtió otra vez en rana.
Desde entonces, la rana que antes era príncipe pasa los días cantando y saltando con las otras ranas y se siente muy feliz de vivir en un charco.

La microficción y Armando Alanís | SinEmbargo MX


Armando Alanís (México, 1956). Es profesor universitario y dirige talleres de minificción y cuento. Ha publicado el libro de cuentos La mirada de las vacas y cinco libros de minificciones: Fosa común;Narciso, el masoquista; Coitus interruptus; Sirenas urbanas y De rojo me gustas más, este último editado por El Tapiz del Unicornio en 2020, poco antes de la pandemia. Tiene tres novelas: Alma sin dueño, La vitrina mágica y Las lágrimas del Centauro; la tercera sobre el mítico
Pancho Villa. Prepara otra novela
.

Del Microdecamerón: Veraneando

por Karla Barajas


En la última tarea antes de vacaciones, la mayoría de mis alumnas escribe que jugará con el agua de las albercas, de mares o ríos; que la piel se tostará bajo el sol hasta que arda, que caminará descalza sobre el suelo caliente. Voy manejando, recuerdo esas historias. En el semáforo, me cae una cascada de agua proveniente de una botella, veo a dos de mis alumnas limpiando mi parabrisas, pies descalzos sobre el pavimento. Las niñas tienen las mejillas rojas y los brazos quemados por el sol.
–¿Trabajan en vacaciones?
–Solamente en verano trabajamos en las calles, maestra.

LA NIŇA DEL SEMÁFORO | Grecia Portes de Suero

Pequeficciones: El despertador

De Jorge Aguiar de Argentina

Se compró un despertador de acción interna. La cirugía fue sencilla. Pocas horas después, ya podía utilizarlo. Solo bastaba programar, desde el display injertado en su brazo, la hora a la que se quería levantar. Cuando se cumplía esa hora, si estaba durmiendo, se despertaba automáticamente y sin sueño. Lo maravilloso de su nueva adquisición era que también funcionaba como dormidor, o sea que programaba la hora a la que decidía dormir y exactamente a esa hora entraba en un sueño profundo. Todo marchaba perfecto hasta el día del paseo en el bosque. Ese día, se programó una siesta de dos horas y se quedó durmiendo entre los árboles. En ese lapso, se le acabó la pila al dispositivo. Yahí quedó, en ese letargo, a la espera de que algún príncipe azul la despierte con un beso.

Jorge Aguiar (Argentina, 1981). Nació en Buenos Aires y reside en Mendoza desde 1988. Es ingeniero en sistemas, fotógrafo y escritor. Sus microficciones han sido publicadas en revistas y antologías de
Argentina, Perú, México y España. En mayo del 2020 edita su primer libro Lo que no se dice. Publica sus textos en el blog https://jorgeaguiar81.wixsite.com/microficciones y en Instagram.

Poesía Japonesa

Rubén García García

Temblor de manos.
El bolero de amor
solo se oye en la memoria
.

Escogí esta canción, una porque es hermosa, la otra es que la primera voz del trío los Galantes, se llama Ovidio Hernández. Es originario de Poza Rica Veracruz. Posteriormente dio el salto a ser la primera voz de los «Panchos». En una gira que hicieron a sudamérica, se contagió de Encefalitis equina, una enfermedad que puede llegar a los humanos por la picadura de un mosquito. En mi ciudad tiene un busto en la plaza de Garibaldi.
Ovidio Hernández - Wikipedia, la enciclopedia libre
Aquí actuando con el trío » Los panchos»
No son los pancho , pero como se le parece. Una muy buena imitación. Para los amantes del bolero. Un chiste sin gracia. Ya identifique el el enorme trío los Reyes.

Pequeficciones antología, organizada por José Manuel Soto y Chris Morales

Palabras preliminares

¿Qué tú nunca has escuchado la palabra pequeficciones? Debe ser porque nosotros inventamos esa palabra para ti. Pero… ¿qué son las pequeficciones? Son cuentos que, como Pulgarcito, nacieron diminutos, y no crecen por más que se alimenten con palabras o tomen jarabes o vitaminas. Lo único
que hará crecer a una pequeficción es la imaginación de las niñas y niños que la lean. Pero si todavía no te queda muy claro qué son las pequeficciones, dejemos que te lo explique el escritor Luis
Bernardo Pérez:
Había una vez un cuento pequeñito… Era un relato tan, pero tan corto que no alcanzaba a llenar ni
media página. Por eso los cuentos largos le hacían burla y las novelas lo miraban con desprecio. Lo que nadie sabía era que, pese a su brevedad, guardaba para sus lectores esbeltas palmeras, una playa de fina arena, un faro, un marinero y un barco de vela. Incluso tenía espacio para un mar con todo y sus
peces. Los compiladores de este libro agradecemos a Lorena Escudero, Fernando Sánchez Clelo y Paola Tena el entusiasmo que pusieron en este proyecto. Pero sobre todo queremos dar las gracias a las escritoras y escritores que, desinteresadamente, nos regalaron sus pequeficciones para
llenar esta piñata de historias, con la que hoy celebramos a peques de toda Hispanoamérica, y más allá.
Los compiladores: José Manuel Ortiz Soto & Chris Morales

PequeFicciones, un libro para niñas y niños! – Ceremonia de Palabras

Marianela Puebla, Chilena, de la antología » O dispara usted o disparo yo»

Bajo la supervisión de Lilian Elphick


Fin de una historia

Sherlock Holmes mató de un solo disparo a su amigo de siempre y colega en sus investigaciones, el Dr. Watson. La discusión se había alargado tanto que las enfermeras de la casa de reposo no lo podían creer, era casi inaudito pensar que ese sería el destino final de un personaje tan importante en las aventuras del detective privado. Cuando se le preguntó por qué lo hizo, éste respondió que no recordaba nada. La pistola que usó pertenecía al guardia del recinto que había sido engañado por Holmes, aduciendo que necesitaba trasladarse a su dormitorio, momento en que el guardia se acercó lo suficiente para que, sin notarlo, Holmes le sustrajera el arma de servicio.
Lo interesante de esas peleas acaloradas entre Holmes y Watson, era que olvidaban quiénes eran; el Alzhéimer se paseaba por el establecimiento como Pedro por su casa y estos dos personajes después de esa airada discusión de quién era quién, terminaron por dispararse el uno al otro, sólo que Watson usó una cuchara, pero Holmes lo hizo con un arma de verdad.

La calle

La calle solitaria abre sus fauces y la convence de seguir su ruta. Los faroles guiñan sus ojillos crepusculares llenos de un enjambre de polillas encandiladas. Ella se ampara en su buena suerte, la lleva colgando de su cuello como un amuleto, colgando de un precipicio imaginado.
La soledad se le pega a su vestido, tiene terror de encontrarse cara a cara con el bullicio de algún burdel, clientes satisfechos bajan con el cigarrillo a medio fumar; ellas, después de verificar que el dinero está a salvo debajo de sus escotes, entre los mullidos senos, cierran la puerta tras una fingida sonrisa.
Es la misma calle de ayer a esa hora en donde todo sucedió, el recuerdo la estremece, toca su cartera; claro, el hombre quiso arrebatársela, pero ella no cedió, esperó un instante que se hizo un siglo y cuando ya no veía escapatoria, le blandió el puñal que llevaba en su mano, una, dos estocadas y un bulto cayó con quejido de piedras. No quiso darse vuelta a mirar, corrió hasta quedar sin aliento.
Hoy no tiene miedo, la calle lo sabe, por eso no la asedia, la incita a seguir sin apuro; nadie se cruzará en su camino, se lo garantiza, con esa daga que lleva empuñada en su mano izquierda será difícil que
alguien la intimide. Por eso, deja que se vaya junto al silencio que va cubriendo sus pisadas, más allá de la discordia.

Marianela Puebla.

Ha publicado seis libros. En el año 2009 ganó una beca de Creación Literaria del Consejo Nacional de la
Cultura y las Artes de Chile. Ha recibido premios Internacionales, Canadá, México (Jalisco, ganadora Juegos Florales 2004), España, Inglaterra y Chile. Primer lugar narrativa, revista El Grifo 2009, Santiago, Chile. Segundo lugar narrativa, Nuestra Palabra, 2008, Toronto, Canadá.

“Envuelta por diferentes géneros tratados, y todos ellos desde la sensibilidad extrema de una mujer dedicada, durante muchos años a sembrar la palabra. Marianela Puebla, poeta, narradora, con una perspectiva amplia, con giros que nos hacen bailar en la lectura”.
 
Raquel Viejobueno, escritora y editora España.
 

Del Microdecamerón: «Visto o no visto»

Autor : José Manuel Dorrego


Hay que reconocer que si algo tenemos en nuestro circo, es un extraordinario fondo de plantilla. Por ejemplo, no solamente contamos con Jack Turpin, “El hombre invisible”, sino que
además tenemos en nómina a Hellen Defoe, “La mujer invisible”. La relación entre Turpin y Defoe, eso sí, no es todo lo fluida que podría esperarse entre dos seres incorpóreos. Defoe siempre ha estado enamorado de Turpin pero él, por quien realmente pierde la cabeza es por Dévora Wallace, La Fantástica Mujer Bala.
Incluso cuentan que un día, en un estado de semiinvisiblilidad, Defoe llegó a arrodillarse en la pista central del circo, sacó un anillo de su bolsillo izquierdo y le pidió matrimonio. En el mundo
de los seres invisibles, siempre son ellas quienes toman la iniciativa. Él, con esa arrogancia propia de los seres invisibles, fue tajante:
—Lo siento, cariño, pero te falta presencia.

José Manuel Dorrego (@JMDorrego) | Twitter
Escritor español con una prosa fluida y un ingenio sobresaliente.

Dos relatos del Chileno:Óscar Olivares (Chuquicamata, 1952)

O dispara usted o disparo yo de la antología de Lilian Elphick


Flores para mi amor


Inclinó la cabeza ante la dura mirada del policía, tenía plena
certeza que había sido descubierta y no le quedaba más remedio que
contarlo todo, estaba segura que había cubierto muy bien los posibles
indicios que la acusarían, sin embargo, debía aceptar la realidad; el
cuerpo del hombre yacía a los pies de la escalera, indicando una
posible caída desde el piso superior, era su esposo, y ella había
reportado un accidente.
Tenía por costumbre revisar las prendas de su marido cada vez
que le correspondía lavado, sin imaginar que ese acto tan cotidiano
sería la causa de una tragedia; al interior de su camisa de algodón,
había un pequeño papel escrito con la siguiente frase: «Donde Alicia,
mañana a las dos».
Siempre sostuvo la posibilidad de la infidelidad de parte de su
marido, pero jamás en situación de comprobarlo. La discusión fue
fuerte, él negaba el engaño, y no pudo explicar el significado de lo
escrito, «te vas a dar cuenta que estás en un error», decía, pero ella no
quiso escuchar.
Permanecía junto al policía ante el cadáver de su esposo, cuando
un mensajero se presentó en la puerta principal, portando un hermoso
y gran ramo de rosas rojas, con una tarjeta que decía: «Hace once años
te conocí en un día como hoy, te amo», las flores cayeron al suelo
mientras la lividez de su rostro fue notoria a todos, el logo de la tarjeta
decía, «Florería Alicia».

Por un pelo

Después de mucho tiempo el muchacho había ido a visitar a su
abuela, la que vivía sola en una gran casona del barrio antiguo de la
ciudad; gozaba de buena salud salvo los achaques propios de la edad,
los que aliviaba con un sinnúmero de hierbas que jamás faltaban en su
cocina; algunas de ellas las colgaba detrás de la puerta para secarlas.
Había llegado temprano encontrándola aún con su bata de
dormir.
Cuando la anciana ingresó al baño, su nieto se apresuró por
alcanzar el dormitorio, afanosamente buscó al interior del velador
ubicado al lado derecho de la cama, no hallando lo que buscaba, desde
un rincón de la habitación el gato angora de su abuela lo observaba
atentamente, «debe llevarlo puesto», pensó, decidiendo esconderse en
el armario a esperar que saliera del baño.
Se abalanzó sorpresivamente sobre ella, dirigiendo su mano
hacia el cuello para arrebatarle la gruesa cadena de oro que portaba,
toda resistencia fue inútil, fue anulada por un certero golpe en la
cabeza.
La policía lo sindicaba como principal sospechoso de la muerte
de la anciana, pero todo intento de ubicarlo en la escena del crimen
resultaba inútil, no había rastros de sangre, ni huellas de ningún tipo, y
nadie informó haberlo visto ingresar o rondar la casa, hasta que
determinaron revisar rigurosamente las ropas que vestía el día del
asesinato, el examen permitió descubrir en sus pantalones un fino y
delicado pelo, pertenecía al gato angora de su abuela.

Óscar Olivares.

Ganador del XXVI Certamen Literario de
Relato y Poesía González-Waris de España, modalidad Relato;
Mención Honrosa del XIV Concurso Literario Nacional Vita Mayor,
de Chile; Ganador del Tercer Concurso Literario Nacional de Adultos
Mayores Líneas de Vida, de Chile, además de diversas publicaciones en
antologías de diferentes partes del mundo. Su preferencia literaria son
los relatos cortos o microrrelatos.

Hombre Inconsciente Tirado En La Escalera Foto de stock y más banco de  imágenes de Adulto - iStock

Poética del Micro

Por Margarita del Brezo

El microrrelato es un arte. Como pintar un cuadro, componer una canción, hacer una tortilla de patata o escuchar. No, no sirve cualquiera.

Tiene que ser intenso, arrollador, corto, impactante, sugerente, atrevido. Igual que el amor a primera vista. Porque o te enamoras en la primera línea o te arriesgas a que no haya una segunda y te quiebres las ganas contra el margen.

Que no te tiemble el pulso al escribirlo.

Tendrás que sajar las palabras, desenterrar sus raíces, ponerlas del revés, extraerles sufijos, prefijos y toda su descendencia, estrujarlas hasta conseguir que confiesen su cuarta acepción, cambiarles el género, el número, las letras,… En suma, tendrás que sudar. Sudor y tinta.

Mímalo como si fueras a despertar el resto de tus días a su lado.

No olvides que todas las palabras cuentan.

Y cuando alguien lo lea, que le tiemblen las ideas y se pare su reloj. Que sienta un hormigueo de cigarras. Que imagine. Que se emocione. Que se enamore. Que tenga ganas de cantar, de salir huyendo, de sentarse del susto, de gritar de contento, de saltar, de llamarte por tu nombre, de inventar algo viejo, de tener tres orejas para oírte mejor. De lo que sea, pero que sean ganas.

Con permiso de Calderón: Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los micros, sueños son.

https://escribirsobrelapuntadelai.es/category/microrrelatos/

Margarita del Brezo recogió agradecida el VIII Premio de Microrrelatos del  Colectivo Manuel J. Peláez | Zafra - Hoy

El León no es como lo pintan

Rubén García García


Tiene los ojos de muñeco. Buscó sus cigarros, tocó su cabeza, su cara, la barba. Su coleta había desaparecido. Miró a su derredor: las paredes impolutas, lisas y un cielo azul. El pasto mullido, la sombra acostada de los árboles que invitaba a la oración. Musica de chelos brotaba del suelo.
Iracundo gritó: ¡No! ¡basta! ¡basta!, ¡pongan a Metálica! ¡Mac Sabbath! ¡Ladybird! ¡quiero morir!, quiero morir!
—Estás muerto
—Quiero ir al infierno
—En él, estás. Y diviértete, …tu angelito al que siempre mandabas a la chingada.

Del Microdecamerón «Elección»

Carmen de la Rosa


Me bastaba con tus labios, con tu calor, con tus dedos, con tus dientes, con tus brazos, con tu voz, con tus años, con tus canas, con los puentes de tus coronarias, me bastaba con eso. Te lo dije mil veces pero tú preferías siempre la pastilla azul, el latido de tu sangre despertando al viejo dragón que duerme entre tus piernas. Lo preferías a él, tenso y erguido, yo no. Yo hubiera preferido siempre que siguiera latiendo tu corazón.

MicroDecamerón – Quarks Ediciones Digitales

CASTILLOS DE ARENA — manologo

¿Quién que, viviendo en la costa, cerca del mar, y teniendo playas con arena a disposición, en el verano, cuando chico, no se ha entretenido haciendo castillos de arena en la orilla, llenando de arena húmeda el baldecito de metal o de plástico (depende de la edad que se tenga al leer esto), primero con […]

CASTILLOS DE ARENA — manologo

Diego Muños Valenzuela y dos ficciones

Del libro «O dispara usted o disparo yo»

Antología de la minificción organizada por Lilian Elphick

Vengador sucesivo

Lo atravesó con una certera estocada y murió ipso facto. El
desdichado contendor se derrumbó y el espadachín lo abrió en cruz.
Por el tajo salió un hombre más pequeño que el anterior. De inmediato
se tornó belicoso y atacó al asesino de su predecesor. El diestro
esgrimista se apresuró a darle muerte y cuando -de acuerdo a su
inveterada costumbre- lo destripó, de su interior emergió un enano
furioso. Aunque menudo, el chico era de cuidado; con un salto se
precipitó al cuello del criminal, que aprovechó el momento para
demediarlo con un solo alfanjazo. Una vez más, de los restos mortales
surgió un vengador tan furioso como minúsculo.
Y así sucesivamente, hasta que el adversario alcanzó el tamaño
de un ínfimo mosquito. El espadachín no pudo asestarle ni un solo
golpe, y el ente microscópico se introdujo por el oído hasta el cerebro
y le ordenó cortarse en dos a sí mismo. Obedeció. No tenía a nadie
más en su interior.

Crimen novelesco

Hubo momentos en que el escritor estuvo a punto de tomar su
libreta para registrar la terrible historia que la anciana le narró aquella
noche. Se trataba de su propia vida, pero con revelaciones de un
calibre sorprendente, inimaginable en aquella mujer suave y
distinguida. Crímenes espantosos, conspiraciones inconmensurables.
¿Por qué había decidido revelársela a él y en esa precisa oportunidad?
¿Presentía su muerte? ¿Deseaba consciente o inconscientemente que él
escribiera esa historia para darla a conocer? ¿Obedecería a una
tendencia autodestructiva? ¿Estaba genuinamente arrepentida y
pretendía expiar sus culpas mediante esa confesión?
No podía revelar aquella verdad sin destruir la vida de su
anciana amiga. Pero tampoco podía renunciar a escribir la historia que
lo llevaría ciertamente a la fama. Por ambas razones la asesinó. Y al
momento de hacerlo, concluyó que sería el final perfecto para la novela.

Diego Muñoz Valenzuela

Ha publicado once libros de cuentos y microcuentos,
incluyendo dos libros ilustrados de microcuentos, y cuatro novelas. Se
distingue como cultor de la ciencia ficción y del microrrelato. Libros
suyos han sido publicados en Argentina, España, Croacia e Italia.
Obras suyas han sido traducidas al croata, francés, italiano, inglés, ruso,
islandés y mapudungun. Premio Consejo Nacional del Libro en 1994 y 1996

Descontexto: “El verdugo”, de Diego Muñoz Valenzuela

Bajo el volcán

Rubén García García

En las noches de frío intenso te hacías bolita y tus pies se calentaban entre los míos; mi pierna derecha cubría tu redondez con fiebre y olor a canela. Ayer, dijiste que me apropié de la frazada y en la madrugada te despertaste. Vi en el reclamo de tus ojos una luz de enojo con regusto a quina. Dejamos de abrazarnos y había en la cama lejanía; cada uno comenzó a abrigarse con su propio cobijo de lana. En la noche, el frío regó cristales de sal en la casa.
No puedes conciliar el sueño, porque tu cuerpo no responde al acomodo; yo me cubro hasta la cabeza y, aunque mis ojos permanecen abiertos, solo veo una profunda oscuridad –fría como la menta– Afuera el viento ulula.

Adriana Azucena Rodriguez: Chanza

Tomado del libro el Microdecamerón organizado por Paola Tena


Una estudiante bonita es mayor estímulo para un profesor que cientos de evaluaciones, solía decir el profe Chaires, que se volvió loco por Sheila, quien, para su buena suerte, iba mal en todas sus materias y le propuso algunas sesiones de sus asesorías especiales. Sheila sugirió un cuarto de limpieza oscuro y discreto, que quién sabe cómo conocía. Corrió con Meche, su compañera más ruda pero menos agraciada. A la hora de la cita, fue por el director con su cara más combativa y denunció dónde y cuándo. Chaires fue descubierto y él descubrió que no había obtenido a Shaila. El director, para evitar el escándalo, tuvo que acceder a cuantos exámenes especiales pusieran en manos de Sheila su certificado.
Meche quedó muy a gusto.

RAB