Respuesta

Mi soledad
pesa más que el mar.
y el recuerdo tuyo en vez de ofrecerme flores
me asfixiaba.
Me rebelé.
Suspiré hondo
y me acerqué al bullicio de una estación
compré boleto a cualquier parte y abordé.
Mi amnesia sería entonces mi escudo.
Sepultado el recuerdo
esperaría en silencio el prurito de mi cicatriz.

La travesura

En algún momento
fuí una línea.
No había pájaros,
sólo un trazo,
una acción,
como si fuese un núcleo verbal.

Fui indiferencia.
Aplanado de la emoción,
me dije:
Estoy en equilibrio.
Sin felicidad,
sin tristeza,
sólo la inercia.

Cuando caminé por la floración
hice a un lado las copas, los colores.

Miré el horizonte.
tras de mí una voz pequeña gritó: papá;
me volví.
Y el equilibrio se rompió,
cuando su beso sorprendió a mi corazón.

¡Me gustas toda!

Me gustas toda.
Eres como una tierra llena de asombros, con flores de nieve sobre las montañas. Osos que parecen pedazos de hielo y arboledas que cubren elefantes y gacelas.
¡Me gustas toda como la tierra!
Tu ternura es  sombra que refresca los ardores de la espalda. Percibo la vida cuando tus pies son agua que humedece mis entrañas.  Eres tristeza cuando el sol es cubierto y el cielo revienta en cuchillos fríos. Me gustas en tu grito y en tu prudencia. Pues luego habrá sobre mis manos  margaritas.
Me gustas como la tierra. Tu ardor que sale de los volcanes, el agua termal de tu vientre
y la paz de un cielo que cubre la floración del maíz. Me gustas circular. Abrazada a mí como el lazo de un gigantesco anillo y canto enloquecido uniendo mi grito al de la vida.
Grito sideral que corre tras las cometas, diciéndote que estás en mí, como yo estoy en la tierra.
Me gustas, eso es todo.
Que importa si no te gusto.
Eres para mi como la mariposa que acaricia, y se va.
¡ Lo bello es saber que llegó a mí! ¡Qué importa que no te guste!  Lo esencial es admirarse: cómo se admira la tierra, cómo me sublima la luna. Tú eres circular, no hay parte de ti que no sea como la tierra.  Cuando te canto, también me canto. Y así caminaremos por las copas de los árboles. Seremos nubes, niebla, lluvia y anillo de colores que despierte las alboradas.
¡Me gustas toda cómo la tierra!

El trabajo de un dios

basado en una leyenda Totonaca

El leñador se desperezó estirando el cuerpo.
Se calzó las botas y fue por sus arreos.
Con el dedo pulgar comprobó el filo.
Observó a la lejanía y con una leve inclinación de la testa saludó a los cuatro puntos.
Respiró hondo y de a poco fue moviéndose en círculos,
iniciando una danza de gratitud por los bienes concedidos.
Con las manos ceñía el mango del hacha y lo giraba,
cortando gajos de viento con el borde plateado.
Los tacones de sus botas sonaban en el piso como si miles de potros trotaran sobre la estepa.
Avanzaba, se detenía y daba vueltas por encima del piso. Parecía una libélula.
El sudor hacía regatos dibujando el perfil muscular de su cuerpo.
Después la mirada caía sobre los grandes árboles y el sonido de caballos presurosos se transformaba en golpes certeros sobre los tallos.
Provocando el miedo germinal por los estruendos.

El sudor del cuerpo corría por cordones de cristal… .

Las gruesas de leña se disponían como tambores acostados.
Del norte y del sur llegaban vientos que revolvían la oscuridad del cielo. Los hatos rodaban.
El leñador corría de un lado a otro tratando de detener los tambores.

Enojado levantaba el hacha y las luces que caían sobre filo,
se convertían en relámpagos.
Poseído, disparaba rayos hacia la luna, hacia la tierra.
El sudor incesante formaba arroyos que al resbalar por los promontorios cuajaban en cascadas ahogando las ínsulas.
Al volver a danzar, llegaba la calma y daba fin a la furia cuando se dormía ocupando la mitad del cielo.