EL HUÉSPED DE AMPARO DAVILA, Fallece la Autora del cuento fantástico

Avatar de Rubén Garcia García - SenderoPUROCUENTO

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer. No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas. Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía

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Cármina Burana desde Bellas Artes México

Contigo a la distancia trae la versión de Cármina Burana representada en México.

 

Cármina Burana es una colección de cantos goliardos de los siglos XII y XIII, reunidos en el manuscrito encontrado en Benediktbeuern, Alemania, en el siglo XIX. Fueron encontrados en latín medieval, otros pocos en alto alemán medio y otros con rastros de francés antiguo. Algunos de ellos son textos macarrónicos; es decir, una mezcla de latín y de alemán o de francés vernáculo.

Los autores fueron estudiantes y clérigos de la época en que el latín era la lengua franca en toda Italia y en el occidente de Europa para los académicos viajeros, para las universidades y para los teólogos. La mayor parte de los poemas y canciones parecen ser obra de los goliardos, clérigos o estudiantes que llevaban una vida errante y desordenada.

 

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Estos poemas hacen gala del gozo por vivir y del interés por los placeres terrenales, por el amor carnal y por el goce de la naturaleza; y con su crítica satírica a los estamentos sociales y eclesiásticos, dan una visión contrapuesta a la que se desarrolló en los siglos XVIII y segunda parte del XIX acerca de la Edad Media como una “época oscura”.

Las composiciones más características son las Kontrafakturen que imitan con su ritmo las letanías del antiguo Evangelio para satirizar la decadencia de la curia romana, o para construir elogios al amor, al juego y, sobre todo, al vino, en la tradición de los carmina potoria.

 

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Estos cantos son transmitidos desde el Palacio de Bellas Artes y forma parte de las actividades del programa Contigo en la Distancia, una campaña que busca que las personas nos quedemos en casa con diversas actividades entretenidas.

El Cármina que se lleva a cabo es la obra del alemán Carl Orff, un músico nacido en una familia culta y acomodada, criando entre libros y música compuesta en el siglo XX. Desde los 5 años tocaba el piano y fue unos años más tarde cuando comenzó a componer temas para acompañar sus representaciones de teatro.

 

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Esta transmisión de su obra maestra es esencial y evoca a los monjes cantando en el monasterio de la antigüedad. Es una cantata basada en textos escritos es una delicia que no te puedes perder.

Te dejamos con este increíble espectáculo para que lo veas desde casa.

Cármina Burana desde Bellas Artes

La épica versión de Cármina Burana en Bellas artes desde tu casa

EL TIEMPO Y LA HISTORIA — manologo

Según todos, la Historia ha tenido como padre a un señor llamado Herodoto y esa vieja casquivana ahora, al mirar en el vaso con agua donde coloca con cuidado cada noche su sonrisa postiza, ha encontrado otra vez que está vacío y que no puede remojar su mueca… El Tiempo, su también viejo amante que […]

a través de EL TIEMPO Y LA HISTORIA — manologo

Kjell Askildsen – El final del verano Noruega

La verdad es, aunque tal vez no sea esa la palabra más adecuada para empezar, no pretendo…, mi intención no es sino aportar una versión, mi versión, porque yo lo seguí todo muy de cerca, a distancia, bien es verdad, normalmente no habría podido pronunciarme de no haber sido por los prismáticos de mi padre, con los que tenía prohibido enfocar a las personas, era un telescopio, de manera que todo lo veía boca abajo, pero uno se acostumbra a eso. Así pues, veía todo sin oír nada, tenía dieciséis años, mi padre estaba de congreso en Irlanda, era otoño o final del verano, a principios de septiembre, mi madre había ido a casa de una amiga y yo había cogido los prismáticos del despacho y estaba incumpliendo la prohibición de mi padre —la mujer estaba sentada leyendo un libro fino, con un cigarrillo en la mano y yo nunca había estado tan cerca de ella—, entonces comprendí perfectamente el sentido de aquellas palabras que mi padre había escrito, creo que con tinta, en el estuche de los prismáticos: Para el que es limpio, todo es limpio, excepto unos prismáticos. Es cierto que ya la había visto una vez a través de los prismáticos, claro está, pero en aquella ocasión todo fue muy rápido, ella cogió tres rosas en un abrir y cerrar de ojos, el grado de cercanía tiene que ver con el tiempo, y aunque esperé con infinita paciencia, ella no volvió a salir.

Estaba sentada de espaldas a la casa, y cuando levantaba la vista del libro tenía delante el campo de centeno y el estrecho camino de carruajes que dividía el campo en dos y conducía al Bosque de las Cornejas, que no era un bosque de verdad, sino un grupo de árboles nada más, de un tiro de piedra de largo y la mitad de ancho, donde había igual de cornejas que en todas partes; más allá, demasiado lejos ya para verlo a simple vista, estaba el Peñasco Gris, que tampoco se correspondía con su nombre, pues no era un peñasco, sino una montaña que resguardaba de los vientos del mar.
Debí de perderme en ensoñaciones, porque sin que me diera cuenta ella había desaparecido, la silla estaba vacía, no, vacía no, pues el libro seguía allí, lo que significaba que volvería. Pero antes llegó otra persona, un desconocido, que cogió el libro, se sentó y se puso a leer. Aunque yo lo estaba viendo boca abajo, estaba seguro de no haberlo visto nunca. Ella volvió a salir enseguida y él se levantó, puso un dedo bajo la barbilla de la mujer y acto seguido le plantó un rápido y ligero beso en la boca. Luego hablaron, ella vehemente, él sonriente, yo estaba muy excitado, no por celos, eso no puede decirse, no en aquel momento, estaban los dos muy juntos, cuando él no la miraba a los ojos, le miraba los pechos, sacaba a la mujer casi una cabeza, debían de estar muy seguros de que nadie los veía, solo podían ser vistos desde mi habitación, y la distancia era tan grande que si yo no hubiera tenido los prismáticos… No pensarían en eso, claro está, tendrían la casa para ellos solos, suponía yo, el marido estaría fuera. El marido era un hombre muy simpático, siempre cortés y casi siempre amable; una vez que me lo encontré en el camino de carruajes entre el Bosque de las Cornejas y el Peñasco Gris se detuvo y dijo: Si no fuera por nosotros dos, este camino acabaría cubierto por la vegetación. Pues sí, te he visto, chico, esa es una buena manera de llegar a ser tú mismo. No puedo asegurar que esas fueran sus palabras exactas, las repito tal y como aparecieron ante mí cuando las extraje de mi memoria y las pesé o me pesé a mí en ellas, él no sabe, no puede saber lo que esas palabras significaron para mí, coronaron mi soledad; bueno, basta ya de eso, como estaba diciendo, seguramente tenían la casa para ellos solos y no creo que se sintieran vigilados, y cuando él la besó por segunda vez, ella lo abrazó y vi cómo la mano de él estaba muy…, yo solo tenía dieciséis años y era completamente pudoroso en el sentido de que nunca había puesto en práctica mis deseos, no me había atrevido a realizar mis sueños por temor a Dios y al sexo, además, mis padres no habían abierto ni una rendija de la cortina a su vida erótica en común, estaban tan desprovistos de sexo como solo pueden estarlo los padres, incluso hoy, cuando ya llevan un montón de años bajo tierra, soy incapaz de pensar en el instante en que fui concebido sin asquearme, admito que esto tiene poco que ver con el asunto que nos ocupa, pero bueno, allí estaba yo, viendo la mano de él, sin que ella protestara o se alejara, y no es de extrañar que aquella noche no consiguiera dormir, que tuviera miedo de morirme con tanto pecado sobre la retina, ni tampoco es de extrañar que la tarde del día siguiente y el resto de las tardes me quedara en mi cuarto con los prismáticos preparados en la mesa junto a la ventana. Y esa persistente atención mía sería la razón de que presenciara parte del drama, y si no drama, esa no es en cierto modo la palabra adecuada, tal vez porque lo vi todo boca abajo o porque no oí ni un sonido, aunque pude ver cómo se gritaban o porque los decorados eran tan idílicos que constituían un contraste demasiado grande: los árboles con sus copas tupidas e inmóviles, los dos arriates paralelos de dalias que acababan en una pila para pájaros en la que un amorcillo apuntaba al sol, la hiedra que subía por la pared y los rosales trepadores que cubrían la madera del porche, las losas bajo la ventana del salón, la pequeña mesa con mantel azul junto a la que tal vez había estado sentada ella por la mañana mientras yo estaba en el colegio, no había nada que augurara lo que iba a ocurrir, nada.
Lo primero que sucedió fue que Ferdinand Storm bajó por la escalera del porche. Yo no lo habría reconocido de no haber sido por los prismáticos, él había herido mis sentimientos al menos en dos ocasiones, no diré de qué manera, como si yo no tuviera ya suficientes complejos, siempre parecía ser el dueño del suelo que pisaba, ahora también —yo era demasiado inexperto como para entender lo que haría él en el jardín de ella, ni siquiera se me ocurrió— él tenía las manos en los bolsillos del pantalón y hacía chasquear la lengua; entonces apareció ella, vestida con falda y jersey, con un cigarrillo en la mano, no pude ver a los dos a la vez hasta que se sentaron junto a la mesa, él de espaldas —si a ella no se le ocurrió que yo podía verla sería por el gran árbol que había delante de mi ventana, así suele ser, lo lejano cubre lo que está detrás, yo estaba sentado a horcajadas en una silla, con los prismáticos apoyados en el alto respaldo, disfrutando así de una buena vista sobre ese jardín antaño del Edén. Ella se esforzaba por agradarle, él estaba en el último curso de bachillerato y ella casi podía ser su madre, yo no sospeché nada hasta que vi la manera en la que ella jugueteaba con los dedos de él, y una vez él le apretó con fuerza el antebrazo desnudo; daba la impresión de haberle hecho daño y me pareció que ella dijo ¡oh!, pero con una sonrisa. Estaba tan absorto en ellos dos que no reparé en el marido que de repente estaba allí, al pie de la escalera del porche, como si hubiera estado allí siempre, inmóvil, callado, tenía que saberlo, nada indicaba que estuviera sorprendido. Entonces avanzó cuatro o cinco pasos, se detuvo y dijo algo. Ferdinand Storm se levantó y contestó. Ya no parecía el dueño del suelo que pisaba, pero estaba desafiando el derecho a la propiedad. Sus respuestas eran escuetas, acompañadas de un movimiento de cabeza, tenía que estar empleando palabras descaradas, porque de repente Beck avanzó tres pasos y le golpeó con la palma de la mano. Ferdinand Storm le devolvió el golpe, rápido y preciso y probablemente con todo el peso de su sentimiento de culpa. Beck se tambaleó. Su mujer se levantó e intentó…, ella, la manzana de la discordia, intentó impedir más actos violentos colocándose entre ellos, de lo que no podía salir nada bueno, claro está; Beck le dio un empujón para que se apartara, con tanta fuerza que ella cayó de espaldas sobre el seto bajo, no resultó cómico, aunque no se hizo daño, y no mereció más miradas que la mía, Beck solo tenía ojos para Ferdinand Storm, quien, según dijo Beck luego en el juicio, representaba la suma de intrusos en el territorio de su matrimonio, no es pues de extrañar que empleara todas sus fuerzas. La lucha no fue larga, creo que duró menos de un minuto, y eso que Ferdinand Storm no era un alfeñique, ni un cobarde; tal vez perdió por sentirse moralmente inferior. Por un instante llevó ventaja, pero vaciló, y enseguida Beck se abalanzó sobre él, golpeándole, según pude ver, la cabeza contra una de las losas de pizarra, y la lucha acabó. Aunque no hubiese oído ni un solo sonido, pude ver el silencio que se instaló. Beck estaba al lado del joven, no podía verle la cara, pero sí la estrecha espalda y los brazos colgando, así permaneció un rato, luego se acercó a la escalera del porche y entró en la casa sin echar siquiera un vistazo en dirección a su mujer. Ella se levantó lentamente y se inclinó sobre Ferdinand Storm, que yacía inmóvil con la cara vuelta hacia el otro lado. No lo tocó, se limitó a mirar, yo no sabía si estaba muerto o solo inconsciente; luego ella se enderezó y echó a andar muy pensativa por el sendero del jardín entre las dalias, pasó por delante de la pila para los pájaros y el amorcillo, salió por la verja, se internó en el camino de carruajes donde yo nunca la había visto, y desapareció entre los árboles del Bosque de las Cornejas. Entonces dejé los prismáticos, entiendo lo que quería decir Beck al asegurar que no sabía lo que hacía, pero no podía haber hecho otra cosa…, yo también sabía lo que hacía cuando me puse a seguirla, presa de un impulso que borraba en mí cualquier reserva, me metí por los campos de centeno y crucé el Bosque de las Cornejas, ella no estaba en ninguna parte, tendría que haber llegado hasta el Peñasco Gris, pero no, no era así, porque de repente estaba sentada a solo veinte metros de mí, donde el camino se desviaba, ella me vio a mí antes de que yo la viera a ella, me vio vacilar…, yo seguí andando, con las piernas rígidas y la espalda demasiado recta, lo sabía, pero no podía remediarlo, tampoco podía remediar mi sonrojo, agaché la cabeza y me acerqué, ella estaba sentada con la barbilla apoyada en una rodilla, miré la hora, estaba ya muy cerca de ella, levanté la vista y la saludé sin mediar palabra, pero ella no me vio, ni siquiera…, me ignoró…, me…
… y cuando regresé, no sé al cabo de cuánto tiempo, pues me había tumbado boca arriba entre los árboles, despojando el futuro de todas sus plumas, en lo que tardé lo mío, el sol estaba a punto de ponerse, pues era septiembre, entonces ella ya no estaba allí, pero pude ver dónde había estado sentada. Volví a casa, subí a mi cuarto y dirigí los prismáticos hacia un jardín vacío.
Escritor noruego, Kjell Askildsen es conocido por su maestría en el arte del relato corto, considerado uno de los autores contemporáneos más importantes de su país.

Traducido prácticamente en todo el mundo, Askildsen comenzó su andadura literaria en 1953 con Desde ahora te acompañaré a casa y desde entonces ha ganado premios como el Nacional de la Critica Noruega y recibido el reconocimiento de la prensa y el público.

De entre su obra cabría destacar obras como Últimas notas de Thomas F. para la humanidad  Los perros de Tesalónica.

Kjell Askildsen - El final del verano

La magia de la madera RGG

Los carpinteros la acarician con la mirada, la miden, la trazan, la cortan y una a una las colocan bajo el sol; las voltean para que se deshidraten; por la tarde, las acuestan una encima de otra, ubicando pequeñas calzas, para que el viento pueda ir y venir y las vacune contra el tiempo. Tiempo después con el ojo afinado la delinean y saben milimétricamente donde pasaran la garlopa, así las piezas medirán lo mismo tanto por el lomo como por la panza. El banco de trabajo despide olores. Huele a tiempo. Ese santo olor de cedro tan íntimo…, tan especial. Ellos transforman el vacío y la soledad, y cuando terminan, cierras la puerta y escuchas su respiración: la casa vive.

50 casas rústicas espectaculares

Rubem Fonseca muere el 15 de abril 2020 flores para quién se nos adelantó, brasileño, cuento de amor

Cuando serví en el Ejército me volví especialista en bombas. Sé fabricar cualquier tipo de bomba portátil, muy usada por terroristas. La bomba que estaba haciendo debía tener un efecto fulminante, para que la víctima no sufriese. Y antes de la explosión, era necesario que emitiese un rayo deslumbrante que advirtiera a la víctima la inminencia de la explosión.

La persona que quería matar era mi hijo João.

Jane, mi mujer, estaba embarazada cuando fui enviado al exterior con un contingente del Ejército al servicio de las Naciones Unidas. Estuve ausente cerca de dos años. Escribía constantemente a Jane y ella me respondía. Cuando mi hijo nació y recibió el nombre de João, las cartas de Jane fueron bien extrañas. Decía que necesitaba hablar conmigo un asunto muy serio, pero no sabía cómo. Le respondía impaciente para que me lo dijera de cualquier manera, pero ella persistía en su falta de claridad y empeoraba cada vez más. Al final, Jane dejó de responder mis cartas.

Cuando volví de la misión de la ONU, corrí a casa tan pronto llegué al aeropuerto.

Jane me abrió la puerta. Su aspecto me sorprendió. Estaba envejecida, pálida y parecía enferma.

–¿Dónde está João? –pregunté.

Jane comenzó a llorar convulsivamente, señalando la puerta del cuarto donde él estaba.

Entré al cuarto, seguido de Jane.

João estaba tendido en la cuna, un niño muy lindo que sonrió al verme. Lo tomé en mis brazos. Entonces tuve una sorpresa que me dejó atónito. João sólo tenía una pierna y un brazo, eran los únicos miembros que poseía.

Jane me extendió un papel, todo arrugado, una fórmula médica donde estaba escrito: este niño padece focomelia, una anomalía congénita que impide la formación de brazos y piernas.

Jane atendía de João con dedicación y cariño. Pero se debilitaba cada vez más y murió cuando João tenía seis años. Pedí la baja en el Ejército para cuidar de mi hijo. Cuando le preguntaba si quería alguna cosa, decía: “Quiero ir a la guerra”.

Su deficiencia física se agravaba con la edad. Tenía quince años pero no podía caminar y le era imposible realizar hasta las mínimas actividades físicas.

–Quiero ir a la guerra –me pidió más de una vez.

Entonces decidí que iría a la guerra. Fue cuando preparé la bomba.

Con la bomba en la mano le dije:

–Hijo, fuiste convocado para ir a la guerra.

–Gracias, padre querido, te amo mucho.

Yo lo amaba todavía más.

Puse la bomba en su mano.

–Esta bomba va a explotar. Es una guerra –dije.

–Es una guerra –repitió feliz.

Salí del cuarto donde estábamos. Poco después vi el destello.

João también vio ese destello, feliz, antes de que la bomba explotara y lo matara.

Yo amaba a mi hijo.

El enemigo, un cuento de Rubem Fonseca

 

http://triunfo-arciniegas.blogspot.com/2015/07/rubem-fonseca-cuento-de-amor.html

Ansias digitales de Elisa de Armas

Tengo que decirte que se me ha abierto una boca en cada dedo. Las diez están deseando aprender a besar.

La imagen puede contener: una o varias personas y primer plano

Nací y vivo en Sevilla (España), donde me gano la vida como profesora de Lengua y Literatura en un instituto de secundaria. Buscando claves para enseñar a redactar a mis alumnos, me inscribí en mi primer taller de narrativa y allí se inició mi pasión por el microrrelato. Mis escritos han obtenido algún reconocimiento que otro, estoy especialmente orgullosa de haber ganado el concurso Caperucita Roja en Tiempos de Twitter (convocado por el sitio argentino Cuentos y más) y el IX Certamen de Microcuento Fantástico miNatura 2011. Algunos de mis textos han sido publicados en Historias de las historias (Ediciones del Ermitaño, 2011) y Cien fictimínimos. Microrrelatario de Ficticia (Ficticia, 2011) así como en otras publicaciones digitales o en papel.

Desde febrero de 2009 mantengo el blog, Pativanesca (http://pativanesca.blogspot.com). En diciembre de 2010 recalé en la Marina, taller de minificciones de Ficticia (http://www.ficticia.com/marina.php), donde participo asiduamente y tengo la osadía de ejercer como tallerista.

El Hayku según Ocatavio Paz

En palabras del propio Octavio Paz, el haiku es “un organismo poético muy complejo. Su misma brevedad obliga al poeta a significar mucho diciendo lo mínimo. Desde un punto de vista formal, el haikú se divide en dos partes. Uno da la condición general y la ubicación temporal y espacial del poema (otoño o primavera, un ruiseñor); la otra, relampagueante, debe contener una elemento activo. Una es descriptiva y casi enunciativa; la otra, inesperada. La percepción poética surge del choque entre ambas. La índole misma del haikú es favorable a un humor seco, nada sentimental. El haikú es una pequeña cápsula cargada de poesía capaz de hacer saltar la realidad aparente”.

Si lo que quieres es escribir un haiku, estos son algunos consejos que puedes seguir.

  • Sé natural.
  • No te preocupes por las antiguas reglas gramaticales, la puntuación, etc.
  • Escribe para ti; si lo que escribes no te agrada ¿cómo esperas que agrade a los demás?
  • Ten en cuenta la perspectiva. Las cosas grandes lo son, sin duda, pero también las pequeñas pueden ser grandes si se ven de cerca.
  • Un haiku no es una proposición lógica y no debe mostrar el proceso reflexivo.
  • Sé conciso; omite cuanto no es útil.
  • Omite al máximo los adverbios, verbos y preposiciones.
  • Emplea imágenes tomadas de la fantasía y de la realidad, pero prefiere estas últimas. Si empleas imágenes irreales puedes lograr haikus buenos y malos, pero los primeros serán escasos. Si empleas imágenes reales aún te será difícil lograr un haiku excelente, pero te será relativamente fácil componer el haiku del segundo tipo, que tendrá algún valor con el transcurso del tiempo.
  • Conoce todos los tipos de haiku, pero ten tu estilo propio.
  • Haz acopio directo de material; no lo tomes de otros haiku.
  • Conoce también algo de otros géneros literarios.
  • Conoce, un poco al menos, las demás artes.

Por último, el gran poeta mexicano muere de cáncer a los 84 años de edad en abril de 1998, seis meses antes que su primera esposa y amor de su vida, Elena Garro, quien en una entrevista tras el funeral de Paz comenta “Paz simplemente se me adelantó”.

El haiku es una forma poética que siempre me ha fascinado, ya que se necesita una habilidad especial para decir lo que quieres en tan pocas palabras, o letras según las sílabas que en ellas existan.

Como un aficionado a la poesía he de admitir que el haiku tiene características únicas que tocan esa fibra sensible en mi ser, alentando al poeta en mi interior a dar vida a esas figuras poéticas tan cortas y a la vez tan complejas.

Como crítico es mi deber mencionar que, si bien la poesía es para todo aquel que esté dispuesto a abrir su corazón, el haiku demanda más que una ofrenda de sangre, demanda apertura de mente, una sensibilidad extraordinaria para convertir a la naturaleza en palabras y una claridad imprescindible, para de esa forma, dejar una enseñanza e invitar a la reflexión, que a fin de cuentas es el propósito del haiku.

Biografia de Octavio Paz

 

El poema de Kobayashi Issa

Como adición al tradicional haiku, Kobayashi Issa (1763-1827) agrega al elemento de la naturaleza la interacción de animales y personas, como se puede apreciar en los siguientes ejemplos.

Para el mosquito
también la noche es larga
larga y sola.

Mi pueblo todo
lo que me sale al paso
se vuelve zarza.

Al Fuji subes
despacio
pero subes, caracolito.

Miro en tus ojos
caballito del diablo
montes lejanos.

https://wsimag.com/es/cultura/23060-haikus-con-acento-mexicano

Dicen los que saben: Gabo

Durante mucho tiempo me aterró la página en blanco. La veía y vomitaba. Pero un día leí lo mejor que se escribió sobre ese síndrome. Su autor fue Hemingway. Dice que hay que empezar, y escribir, y escribir, hasta que de pronto uno siente que las cosas salen solas, como si alguien te las dictara al oído, o como si el que las escribe fuera otro. Tiene razón: es un momento sublime.

Es un embeleso que he sentido, pero que dura muy poco y es de vez en cuando. RGG

Gabo imprescindible: Tres obras Gabriel García Márquez que debes ...

La debutante de Leonora Carrington, pintora y escritora

En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.

Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.

-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.

-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.

-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.

-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.

Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.

-No tienes más que ir en mi lugar.

-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.

-Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.

Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.

-De acuerdo -dijo de repente.

No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.

-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.

-Por supuesto -le dije.

No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.

-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.

Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:

-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?

-Sí -dije, perpleja.

-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.

-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.

-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.

-¿Y los huesos?

-También -dijo-. ¿Te parece bien?

-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.

-Bueno, eso me da igual.

Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.

-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.

-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.

Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:

-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.

Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.

-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.

Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:

-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.

Después de oír un rato la música de abajo, le dije:

-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.

Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.

-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: «Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles.» A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana.

Aunque Leonora Carrington no era mexicana, pero su amor por México era inmenso y fue bien correspondida. Leonora Carrington nació un 6 de abril de 1917 en Lancashire, Inglaterra. La pintora y escritora surrealista llegó a vivir a México en 1942, se nacionalizó mexicana e hizo de este país su hogar.

La carrera de Leonora Carrington inició en 1936 cuando ingresó a la Academia de Arte Ozenfant en Londres con tan solo 20 años. En esa misma cuidad, en 1937, conoció al pintor alemán Max Ernst con quien años más tarde tendría una relación sentimental.

Cuando conoció a Leonora, Max Ernst ya tenía 47 años y era casado —además de gozar de bastante fama como surrealista—, por esta razón el padre de Leonora al saber del romance del pintor con su hija se opuso a la relación; sin embargo, al poco tiempo la pareja se reencontró en París para consolidar su relación.

Leonora entró en contacto con el movimiento surrealista gracias a Max y convivió con personajes notables como Joan Miró, André Breton, así como los pintores Pablo Picasso y Salvador Dalí.

Para 1938, Carrington escribió una obra de cuentos titulada La casa del miedo y participó junto con Ernst en la exposición Internacional de Surrealismo en París y Ámsterdam.

Para 1939, declararon a Max Ernst enemigo del régimen de Vichy, fue detenido y llevado a la prisión de Argentière. La detención del pintor provocó que Leonora sufriera de una inestabilidad psíquica. Ante la invasión Nazi, Leonora se vio obligada a huir a España en donde fue internada por su padre en un hospital psiquiátrico de Santander, un hecho que marcó su vida y su obra.

En 1941 Leonora logró escapar del hospital psiquiátrico y llegó a Lisboa donde conoció al escritor mexicano Renato Leduc, quien se casó con ella y la ayudó a migrar a Nueva York y después a México, donde pasó el resto de sus días.

Leonora se separó de Leduc en 1943 y ya instalada en México mantuvo contacto con sus amigos surrealistas y se convirtió en inspiración de artistas como Luis Buñuel, Octavio Paz, Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis. Además, fue amiga inseparable de Edward James, quien la ayudó a impulsar su obra.

En el mundo del arte conoce a la pintora surrealista Remedios Varo con quien comparte diversas aventuras, incluso en 1944 es Remedios quien le presenta a Emerico Chiqui Weisz, un fotógrafo que era compañero inseparable de Robert Capa, y con quien Leonora engendraría a sus hijos.

Gabriel y Pablo Weisz, los dos hijos de Leonora, aparecen constantemente en los cuadros de Carrignton y, en la actualidad, son los herederos del trabajo de la artista.

La obra de Leonora muestra además del mundo surrealista, su interés por la magia, la alquimia, el tarot y los cuentos de hadas que leyó de niña.

Rodrigo Román

La galería Mónica Saucedo describe en su blog el trabajo de la artista de la siguiente manera: “Las pinturas de Leonora Carrington se inspiran en un mundo personal, íntimo y subjetivo, que surge de una fértil imaginación, influenciada fuertemente por los surrealistas y estimulada por lecturas fantásticas y esotéricas que fue aprehendiendo a lo largo de su vida. Ella estaba familiarizada desde pequeña con los mitos celtas, muy presentes en sus cuadros y obras de teatro, a los que sumó los mundos mágicos y fantásticos que descubrió en México, un país que tuvo una enorme influencia en su obra por la variedad de culturas indígenas y prehispánicas”.

Los últimos años de su vida, Leonora los pasó en la Ciudad de México en su departamento en la colonia Roma ubicado en la calle de Chihuahua, en donde casi se mantenía en el anonimato.

En su libro Leonora, la escritora mexicana Elena Poniatowska señala que la figura de Carrington tomará más fuerza con el tiempo y que incluso llegará a ser tan grande como la de la propia Frida Kahlo.

El tiempo habla y actualmente ya se puede visitar el primer museo de la pintora en San Luis Potosí y muy pronto se abrirá uno en Xilitla, así como sus esculturas han visitado varios estados de la República y cada día hay más exposiciones con sus pinturas.

Leonora falleció a los 94 años el 25 de mayo del 2011 a causa de una neumonía.

Un trabajo sin cobrar por Marta Orrantia

–No tengo el dinero, Juan –dijo Carla, y encendió un cigarrillo.

Juan se quedó en silencio. Sabía que lo tenía. Era una chica rica, después de todo. Había llegado hasta su casa en un auto europeo blindado, manejado por un conductor macilento que la había despedido en la esquina, como cada jueves en la noche.

También, como todos los jueves, se iba a revolcar con él en su cama, exhibiendo impúdica un collar de platino, una argolla de bodas con siete diamantes diminutos y un anillo de compromiso con un diamante que ella llamaba Imaybé.

Tenía el pelo desordenado y unas cuantas canas le brillaban a la luz de los faroles de la calle. Era el único indicio de su edad, porque la piel parecía la de una adolescente y el cuerpo flexible, como de gato, le daba un aire infantil.

–¿Cuánto tienes? –preguntó por fin Juan.

Carla arrugó la nariz, asqueada por la pregunta. Tenía lo que quisiera, por supuesto, pero debía pedirlo. No era cuestión de sacarlo del banco. Si era honesta consigo misma, en su cuenta, a su nombre, no tenía nada. Quería ser escritora, pero su marido seguía diciendo que eso no era más que un pasatiempo, y ella había terminado por creerlo. Jamás se había atrevido a enviar un manuscrito a una editorial, así que se dedicaba a hacer traducciones comerciales del francés, un oficio que pagaba poco, mal y a destiempo.

Su marido era rico y generoso, pero todo tenía un precio. Su padre era rico y tacaño y ella era pobre y estúpida. Los vestidos que Juan la veía desfilar día tras día estaban remendados y las medias tenían pequeños huecos en los talones. Si quería algo tenía que pedirlo, y a ella no se le daba eso de mendigar.

Pero lo que más le dolía no era su condición de prisionera. Lo peor era tener que pagar por sexo con Juan. Con cualquier otro habría sido fácil, después de todo era una mujer con unos códigos morales más bien laxos, unas piernas sensacionales y uno de los culos más eróticos de la ciudad. También era inteligente, y eso no es poco en un lugar donde las chicas prefieren un marido que una educación.

Ese pensamiento la hizo sonreír. Qué estúpidas son las mujeres inteligentes, decía su abuela, y ella apenas en ese momento había entendido el significado de esa frase.
–No tengo nada, en serio –respondió y apagó el cigarrillo en un cenicero de cobre que se encontraba en el piso junto a la cama.

Juan la vio sonreír y aunque no dijo nada, pensó que se estaba burlando de él. Después de tantos años él seguía en lo mismo, pobre como una rata, con sueños de grandeza y de dinero pero con deudas que le llegaban hasta el cogote. Cuando se conocieron, él le había dicho que algún día sería rico y se la llevaría muy lejos, a vivir como una princesa. Pero seguían ahí. En un piso ruinoso y a medio amoblar, viéndose una vez a la semana, él sin un peso y ella, bueno, ella sí vivía como una princesa, pero con otro hombre.

Claro que las cosas habían cambiado mucho, pensó Juan. En todo el tiempo que llevaban juntos, él le había mostrado quién llevaba los pantalones en la relación. Ella podía ser muy fina, pero él no era ningún tonto. Al comienzo moría de amor por Carla, y cuando le había hecho esas promesas de pasar la vida juntos lo decía en serio, pero luego se dio cuenta de que ella no estaba dispuesta a sacrificar nada por él, ni su ropa, ni sus joyas, ni su matrimonio. Entonces todo cambió. Decidió que iba a vivir su propia vida, así que comenzó a salir con chicas y tuvo lo suyo. Y cómo le dolió a Carla enterarse. Pobrecita. Pero a pesar de todo ahí estaba. En su cama de nuevo. Desnuda otra vez. Servil. Así son las mujeres, pensó Juan. Ahora quiere vengarse y por eso no me da lo que necesito.

–Si no consigo el dinero para mañana al medio día… –aventuró.

–¿Qué pasa mañana al medio día?

–Es mamá. Debo pagar su casa. Si no consigo dinero para mañana al medio día, mamá quedará en la calle.

–Es muy triste –dijo Carla.

Las historias de las madres la conmovían genuinamente. Repasó en su cabeza posibles contactos que lo ayudaran a conseguir el dinero, pero no encontró ninguno. Sus amigos jamás le darían nada a un desconocido. Encendió otro cigarrillo y tomó un trago de whisky, más para ganar tiempo y no decir nada que para satisfacer una necesidad. Tampoco tenía por qué ayudarlo. Él no había sido precisamente un buen hombre con ella. Le había hecho miles de promesas y a la primera oportunidad, había ido a buscar a otra. Claro que dolió. Aún mientras estaba en su cama, no podía decidirse si lo que le había dolido era que le mintiera o que la cambiara por otra. Había vuelto, pero las cosas no eran iguales así el sexo siguiera siendo fabuloso. Se había roto algo, probablemente en ambos.

Carla sabía perdonar, lo había hecho infinidad de veces con su marido. Y había perdonado la infidelidad de Juan, si es que lo que había hecho él se podía calificar como tal. Él era su amante, después de todo, no tenía cómo exigirle nada diferente. Lo que no podía resistir era aquella libreta. La que había encontrado hacía unos días en su cartera, y que permanecía allí mismo, como el peso de un pecado mortal. Al comienzo había pensado que era de ella. Total, ambas eran de cuero negro, con un pequeño caucho que servía para cerrarlas. Pero cuando la abrió para anotar algo, se dio cuenta de que no era su letra, sino la de Juan. Le costó un rato comprenderlo. La vio, al comienzo, como algo ajeno. Unos jeroglíficos, un descubrimiento casi satánico, que la hizo tirarla al piso en medio de la cocina, para asombro de la empleada, que corrió a recogerla mientras le preguntaba si se encontraba bien. Luego Carla tuvo que encerrarse en el baño, en un extraño intento por esconderse de sí misma, para poder leer la libreta. Al comienzo saltaba apartes porque no entendía la letra, pero lentamente fue aprendiendo a descifrar las eses, las tes, las eres, y descubrió que durante todo el tiempo no hablaba de ella sino de otra mujer. Una chica llamada Sara.

Juan se refería a Sara con una devoción que antes solo guardaba para ella. Decía que era el amor de su vida y, a juzgar por lo que escribía, también a Sara le había hecho promesas que había incumplido.

–Carla…

–Mmmmhhh –respondió ella, sin ganas de que Juan la sacara de sus pensamientos.

–El dinero. Necesito el dinero.

–Mi cuenta está vacía, querido –dijo, aún ensimismada.

–¿No te deben un cheque de tu última traducción? Me habías hablado de ello el otro día…

Las pupilas de Carla se achicaron levemente, un gesto que solo un hombre observador como Juan podría notar. Ahí había algo. Juan sonrió. Sabía que tenía dinero. En esta ocasión había sido difícil. Había tenido que jugar la carta de su madre, pero había valido la pena. El solo pensamiento del dinero le dio tranquilidad y lo excitó. Deslizó sus dedos por los senos de Carla, que gimió. Siguió bajando y metió la yema de su índice en la vagina, y la encontró expectante. Te lo ganaste, muñeca, pensó. Carla abrió la boca un poco, como si fuera a decir algo, pero se contuvo, apagó el cigarrillo y se acomodó para recibir mejor la mano de Juan, que acariciaba con maestría su clítoris. Arriba. Abajo.

La libreta hablaba de ella dos veces. En la primera, aparecía justo debajo de una fecha, un día de enero. Decía “agradezco que estoy en paz y salvo con Carla y con la renta”. La comparaba con el arriendo de su casa.

Arriba. Abajo. Arriba. Era difícil de entender, por lo menos al comienzo, y tuvo que leerlo varias veces para saber que no se equivocaba, pero ahí estaba. Su nombre y la palabra renta. Como si ella fuera un bien inmueble. ¿Qué significaba paz y salvo? Tal vez era la venganza de Juan. Esa venganza ejecutada en cabeza de otras mujeres, a lo mejor con Sara.

La segunda vez, su nombre aparecía en una lista de posibles personas que podían darle dinero. El encabezado decía algo así como inversionistas o posibles contribuyentes. Había otros nombres en la lista, todos de hombres, algunos de los cuales ya había mencionado Juan en otras conversaciones. Amigos, compañeros de trabajo, conocidos. No estaba Sara.

Juan se acomodó y comenzó a lamerla. Carla gimió aún más duro y agarró las sábanas entre sus manos.
–Me gusta que te excites conmigo –dijo Juan y siguió jugando con su lengua.

Eso mismo decía en la libreta, pensó Carla. Le gusta que Sara se excite con él. Lo decía en letras de molde.
Es hermosa en realidad, pensó Juan. Hermosa y rica. ¿Qué más puede pedir un hombre? Tal vez un poco más de astucia, es cierto. Con seguridad, más juventud, pero todas envejecen. Yo mismo lo hago, y además engordo, se dijo. Siguió lamiendo con técnica, despacio, con paciencia, mientras pensaba en lo que haría con el dinero.

No había mentido, o no del todo.

Parte de ello iría al cuidado de su madre, es cierto que debía dinero al hogar de ancianos donde vivía y que el gerente había amenazado con sacarla si no pagaba pronto, por lo menos una parte. Pero con seguridad le sobraría un poco, que podría gastar en su guardarropa o tal vez en la cena del viernes. Había una mujer que le gustaba y quería invitarla a salir. A lo mejor podría hacer las dos cosas. Comprar unos zapatos nuevos y llevar a Rosa a cenar, ya vería lo que costaban los zapatos.

Por supuesto, siempre era molesto que Carla le preguntara por su vestuario todo el tiempo. ¿De dónde sacaste esa camisa? ¿Es nuevo ese abrigo? Y luego arrugaba la nariz y decía, es que como nunca tienes dinero… y cambiaba convenientemente el tema, dejando todo en el aire. Era una mojigata para tantas cosas. No para el sexo, no. Verla ahí, de piernas abiertas, gimiendo, era un espectáculo digno de filmar, pero no se atrevía. Ella no lo dejaría ni siquiera tomarle una foto. Antes sí. Le había tomado algunas, pero pronto descubrió que había chicas más hermosas que ella y decidió fotografiarlas. No tenían nada qué esconder, podían mostrar su rostro sonriendo a la cámara, y además eran suyas.

Carla no era suya. No era de nadie.

No soy de nadie, pensaba, mientras Juan le metía el pene y agarraba con fuerza sus caderas. Por supuesto le hubiera gustado ser de alguien, entregarle todo el dinero a Juan, segura de que estaría en buenas manos, pero sabía que no era para nadie más que para él, y ella tenía otras necesidades. El mercado, un viaje que quería hacer, unas resmas de papel para escribir. Tonterías, al fin y al cabo, pero era su dinero y se lo había ganado. Juan no había hecho nada para ganárselo… nada, además de estar encima suyo.

Fingió un orgasmo para que él se sintiera tranquilo y se viniera y luego quedaron tendidos el uno al lado del otro, jadeando. Cuando recobró el aliento, Carla prendió otro cigarrillo y se sentó frente a Juan.

–No te puedo dar el cheque –dijo, y le dio una calada al cigarrillo. Por más que intentó, no pudo mantenerle la mirada y tuvo que bajar los ojos. A pesar de todo, aún se sentía responsable por él.

Juan comenzó a temblar de rabia. Sus ojos se encendieron y trató de contenerse, pero su voz salió demasiado aguda cuando preguntó por qué.

Carla dudó un instante. Estuvo a punto de decirle lo de la libreta, pero decidió callar. Ya se daría cuenta él de alguna forma. Tal vez con el tiempo. Tal vez leyéndolo en algún lugar. Al fin y al cabo, Carla era escritora.

–Al final, ese trabajo tampoco me lo pagaron.

Marta Orrantia
Bogotá, Colombia (1970). Escritora. Trabajó en El Tiempo. Fundó y editó la revista Gatopardo y dirigió la revista Rolling Stone para la zona Andina. En 2009 publicó la novela Orejas de pescado, en 2013 el libro de periodismo Todopoderosos de Colombia y en 2016 la novela Mañana no te presentes. Es profesora en la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia y en la Maestría de Creación Literaria de la Universidad Central.

 

Relato seleccionado y enviado por Marta Orrantia. Publicado con autorización de Marta Orrantia. Este material también fue publicado en el Especial Autores Colombianos de Aurora Boreal® – Número 23-24, Mayo / Septiembre 2018. Publicado con autorización de Marta Orrantia. Fotografía de Marta Orrantia © Ricardo Pinzón.

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