«La escritura mágica de Alice Munro, la autora que reinventó el cuento – Infobae» https://www.infobae.com/cultura/2021/05/27/la-escritura-magica-de-alice-munro-la-autora-que-reinvento-el-cuento/?outputType=amp-type

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la flor irrumpe
en el desfiladero,
retando al mar.

Argentina
Desde que se mudaron, ha dejado de escuchar sus pasos y nadie desordena los libros de la biblioteca. No se encienden luces extrañas a medianoche.
Él cree que los fantasmas no eran suyos, sino de la otra casa.

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Cuando hablamos de tener escrúpulos, nos estamos refiriendo a dudas de conciencia sobre el carácter correcto o incorrecto de algo que hemos hecho o a la característica de ser extremadamente minuciosos y cuidadosos en el cumplimiento de una tarea.
Sin embargo, en su origen etimológico, escrúpulo denomina la piedrecita que tanto incomoda cuando se mete en el zapato; nos llegó del latín scrupulus, diminutivo de scrupus ‘piedra pequeña y puntiaguda’.
La palabra se encuentra registrada en español por primera vez en textos del siglo XIV.
| La más grande novelista de la literatura brasileña, Clarice Lispector, murió de cáncer el día 9 de diciembre de 1977. Era una mujer enigmática, solitaria, y escribía como una diosa. La mirada El tema obsesivo de Clarice Lispector es la mirada, la propia mirada. Importa mucho menos qué es lo que se mira, que la manera de mirar. Literatura de la percepción, podría ser el subtítulo de toda su obra. Desde su interioridad, observa la interioridad ajena de una manea implacable. Clarice Lispector escribe como mira, es decir, sin adornos. Un ejemplo de esto es un relato suyo muy difícil de clasificar: Seco estudio de caballos. Justamente, el adjetivo es el que mejor define la obra de Clarice y su estilo: seco. Pero esta sequedad, como en Cavafis, es una virtud; a través de esa renuncia a los fastos de la imagen, su obra llega a una profundidad sobrecogedora. Clarice Lispector escribe como ve y como piensa. Sigue el hilo de su inconsciente y el de la asociación libre. Esto explica, además, algunas de esas inserciones curiosas de sus relatos, y que ella coloca con la Habilidad del inconsciente: si esta idea apareció en su cabeza, por algo será. De ahí también sus numerosas intervenciones, nos recuerda a Velázquez que se pinta pintando a las «Meninas». Clarice mirándose escribir, se escribe a sí misma. Interviene para corregir, interviene para confesarse, interviene para hablar con los personajes, como si las historias y ella, quien las mira y las escribe, no pudieran separarse, desprenderse. Quizá sólo una mujer puede estar tan pegada a sí misma, a su mirada, al cuerpo de su texto, como para que esta unión umbilical sea in destructible. Se la ha comparado, desde luego, con Virginia Woolf, pero la literatura de Clarice termina por provocar una sutil y profunda incomodidad. El trazo del agua La literatura de Clarice Lispector me recuerda las pinturas de Remedios Varo. Pero el paisaje mental de Lispector es húmedo, sus palabras son pegajosas, un balbuceo, intenta decir lo que no se puede decir, escribe desde ese lugar de nosotros en el que estamos a solas con la propia respiración. Sus frases cortas, sincopadas, tensas, pueden romperse con el ruido del teléfono o de una puerta que se azota.El paisaje de su pensamiento es de agua. Tiene la textura del limo con raíces que se enredan y te jalan al fondo. El fondo es blando y resbaloso, oscuro como un corazón latiendo, como el deseo, como el miedo. Está hecho de ese lenguaje —que ella seguramente nutrió durante años y años con lo que amó, con todo aquello de la vida que nunca más se recupera, y que ocurre una sola vez—. Seferis escribió en su diario que en esencia el poeta tiene un solo tema, —su cuerpo—. La vida que nutre a ese cuerpo. Entre la niebla No es fácil leer a Clarice Lispector, es como esos días inexplicablemente hermosos en que no dan ganas de hacer nada, más que dejarse vivir por ellos. Dije antes, que el paisaje de su pensamiento es de agua, pero en esas aguas hay un enorme silencio y pasan muchas cosas. Tiene la fuerza de los salmones que recorren distancias enormes en contra de la corriente, para regresar al lugar del principio, aparearse y morir. Tiene la belleza casi salvaje de un volcán en erupción, o la de una leona que amamanta a sus cachorros. Es como esas mujeres que todavía se mueren de amor, como los pasadizos secretos llenos de jeroglíficos de las tumbas de los faraones, como la primera mañana del primer día de primavera, como las canciones de Chico Buarque y Luis Gonzaga, cantadas por María Bethania, es el calor al mediodía en el pueblo de María Macabea, es la pena honda, es como las noches, como el perfume rojo de las rosas, como el insomnio, como bajar entre la niebla por las cumbres de Acultzingo. Al otro lado del viento Un texto en realidad es un tejido. Viene de textus, participio pasivo de texto: tejer, coser, unir, enlazar. La literatura de Clarice Lispector es un tejido espeso, es una tela mojada que pesa una enormidad y no cubre sino más bien desnuda. El tejido es minucioso como la tela que tejen las arañas, se parece a la piel verde del agua de los cenotes, al verde de la lluvia, a la infinita paciencia de las bordadoras y puede también cansar como los monólogos silenciosos e interminables con nosotros mismos, como las obsesiones, como la rutina. Atravesar esos textos, dejarse atravesar por ellos, recorrerlos, hundirse en ellos, quedar a solas entre esas palabras, profundamente, en lo más solo de uno mismo… estoy tratando de decir algo de lo que sentí y vi al sumergirme en la lectura de Clarice Lispector. Sus palabras saben más. Gloria Gervitz http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/208-090-clarice-lispector?start=1 |

Peruano
Qué miedo me daba besar el hábito de la madre fundadora cada vez que las monjas nos arrastraban hasta la capilla del colegio para ver su cuerpo incorrupto. No me gustaban ni su cara de momia ni sus manos verdosas como bizcochuelos podridos. Aunque lo peor era esa Virgen adornada con el pelo de la madre fundadora, blanco y erizado como la telaraña de una tarántula.
Un día las monjas me encerraron en la capilla por mentirosa, amenazándome con la cachetada de la fundadora. Ellas creen que vomité de susto, pero tenía que impedir que me pegara. La mano izquierda sabía mejor.

Sendero
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Sendero. Tomado de la revista Letras Libres. Letraslibres.com
Uno. Dicen que tomaba el sol desnuda en las lápidas de los cementerios. Que era una mujer oscura, una solitaria excéntrica a la que todo el mundo observaba con condescendencia. Nunca se casó ni tuvo hijos. Dicen que era como una musa lautréamontiana. Siempre se la podía encontrar en el mítico bar Sorocabana de Montevideo, donde pasaba muchas horas sola, fumando, enfundada en una falda ajustada y unos tacones altos. Dicen que era coqueta y que hasta en las elecciones de su vestimenta se identificaba con los animales: colgante con murciélago, broche de mariposa, mantones con alas, antifaz de gato, y el pelo como si estuviera siempre en llamas, coloradas o naranjas. Dicen que presidió todas las tertulias en los cafés de su época. Que su presencia tenía una energía extática. Que era avasallante pero retraída. Tímida, aunque siempre era el centro de la atención. Con estas contradicciones parece como si sus biógrafos se hubieran dejado seducir por esos rutilantes oxímoron, esa comunión barroca de los opuestos que recorren su obra, y no pudieran ponerse de acuerdo al respecto.
Dos. María Rosa di Giorgio nació en 1932 en la localidad uruguaya de Salto. Era la primogénita de Pedro di Giorgio y Clementina Médici, quienes habían emigrado con sus familias desde la Toscana hasta la orilla oriental del Río de la Plata. Tenía una hermana menor, Nidia, con la que siempre se sintió muy unida. Su abuelo materno y su padre administraban dos fincas familiares contiguas donde se dedicaban a la plantación de árboles frutales. Estos son los entornos donde transcurrió su infancia y los que se asoman, “resplandecen”, como diría ella, en la mayor parte de su obra.
Publicó su primer libro, Poemas, en 1954. Luego le siguieron Humo (1955), Druida (1959), Historial de las violetas (1965), Magnolia (1968), La guerra de los huertos (1971), Está en llamas el jardín natal (1975) y una veintena más de títulos de poesía, compilados en Los papeles salvajes (2008), al cual la etiqueta de “Edición definitiva” le corresponde solo por haber sido publicada cuatro años después de la muerte de la autora. Con Misales (1993) inauguró sus libros de relatos eróticos, seguido por Camino de las pedrerías (1997) y Rosa mística (2003). En 1999 publicaría Reina Amelia, su única novela. Tanto su obra poética como la narrativa son deudoras de ese hijo bastardo y con “aptitudes especiales” que es la prosa poética, con la que creó en más de cincuenta años una de las obras capitales de la poesía hispanoamericana. No voy a asignarle originalidad porque eso no existía para Marosa. Sus libros son como un bar abierto las veinticuatro horas al que entramos y salimos cuando queremos y donde nos saludan, acodados en la barra, Santa Teresa junto a Rubén Darío y Severo Sarduy.
Tres. En uno de los pocos retratos que se conservan de ella, nos sostiene la mirada con elegante superioridad en un plano contrapicado, como si la persona que se lo tomó se hubiera arrodillado, evidenciando así su condición plebeya ante la “reina mariposa”, como la bautizaron su hermana Nidia y su sobrina Jazmín en su epitafio.
Cuatro. “Panteísmo” le decían algunos a la expresión religiosa que resplandece en su obra, donde el fenómeno de la vida, el sexo y la muerte se observa con asombro, con curiosidad infantil sin un atisbo de filtro moral. En sus fábulas, las vírgenes se inician en el misterio del sexo copulando con animales, plantas, ángeles y hasta con Dios, creando un continuum indisociable entre experiencias sexuales y místicas tan característico de su obra.
Cinco. Hay quienes se preguntan qué habría sido de su obra si Marosa di Giorgio no hubiera nacido en el campo, en ese Salto rural, ese transplante de la Toscana, donde su padre y su abuelo se dedicaron a la horticultura. Y sí que a sus lectores más urbanitas nos incomodan esos hurones, esos lobos, perros, ratones que se casan con las vírgenes, violan y asesinan a las flores que vuelven a renacer. El gran tema de su obra no fue la naturaleza, esa naturaleza que era puro referente, entorno, contexto, atrezo provisorio, sino el paraíso perdido de la inocencia, el desamparo ante el sexo, la muerte y los miedos de la infancia.
Seis. Su primera invención fue ella misma. Su nombre, la contracción de sus dos nombres de nacimiento, esa fue su precoz performance creativa: actuaba de Marosa. Quizá por eso prefería los recitales poéticos a las conferencias. Le encantaba memorizar sus poemas y los recitaba con sutiles inflexiones de la voz, con naturalidad, sin afectación.
Siete. Clementina, su madre, tuvo una hermana gemela, Josefina, que también había sido poeta. Pero quienes la conocieron afirman que, en realidad, Marosa siempre quiso ser actriz profesional aunque eso era imposible en el Uruguay de los años cincuenta. Por eso tuvo que conformarse con ser empleada de la oficina del Registro Civil de Salto, su ciudad natal. Cuando terminó el liceo, cursó unos meses de derecho y abandonó. Después trabajó de redactora en la sección de sociales del periódico local donde escribió sobre bautismos, casamientos y velorios. Dicen que era una dactilógrafa veloz, aunque nadie sabe por qué escribió toda su obra a mano, como ha dejado constancia Daniel García Helder en la edición de Los papeles salvajes, su obra poética completa. Así como su vida de funcionaria municipal, su muerte fue bastante prosaica: le diagnosticaron cáncer de huesos en 1993 y murió en 2004, a los 72 años. Su sobrina Jazmín dice que lo último que conversaron en su lecho de muerte fue acerca de un gato naranja con los párpados dorados que observaba a Marosa desde el alféizar de la ventana de su habitación. Y el gato le sonreía con ternura. ~
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Tomado del muro de Gonzálo Marquina en Fb
Para apreciar mejor el Shōfū Haiku (蕉風), es decir, el estilo poético desarrollado por Matsuo Bashō en sus composiciones, debemos de entender que su génesis se encuentra en una aspiración superior a la meramente literaria. Bashō concibió al Haiku como un camino de ascesis espiritual o lo que algunos autores contemporáneos llaman Dō (道): una senda, una vía, una manera, un medio, un verdadero camino de vida.Esa palabra lo define todo: Dō, término esencial que podemos rastrear en distintas artes japonesas como, por ejemplo, la exigente y hermosa disciplina de la caligrafía: Shodō (書道) o el «camino de la escritura». El calígrafo frota la barra de tinta contra una bandejita de piedra que contiene agua (elemento cargado de espiritualidad en múltiples culturas) de manera él mismo «fabrica» su propia tinta, la cual se transforma en múltiples formas esparcidas gracias al contacto entre el pincel y la fina superficie de un papel inmaculado. Quiere decir que para los japoneses como Bashō, independientemente de su tiempo, un arte como la caligrafía no se basa únicamente en escribir con pulcritud cada uno de los caracteres, sino que existe algo que va mucho más allá de lo meramente tangible y que, como hemos visto, resulta casi un ritual. Pero hay un aspecto fundamental que no puede pasarse por alto: durante el desarrollo de su actividad, el calígrafo no pretende escribir bellamente, no basa su concentración en la finalidad del trabajo sino que busca encontrarse, reflejarse, expresarse a sí mismo mediante cada trazo. Y esto mismo ocurre con el Kyūdō o «camino de la arquería», el Chadō o «camino de la ceremonia del té» o el Karatedō, el «camino del Karate o de la mano vacía». En todas estas estas disciplinas hallaremos una enorme carga espiritual contenida que empuja al desarrollo de una técnica o un estilo y que basa toda su armonía en el proceso y muy por encima del acabado o el fin, es decir, en el recorrido y no en la meta, en el camino: en el Dō. Así pues, ni el arquero, ni el hacedor de té, ni el karateca buscan realmente acertar en el blanco, preparar una taza de té con un sabor determinado o asestar un golpe preciso, sino que trascienden su propio ámbito y empalman con un punto íntimo en donde se encuentran con su propia naturaleza como seres humanos. Y esto mismo ocurre en el Haiku.Por eso, para apreciar la profundidad del estilo cultivado por Bashō es imprescindible la noción de Haikudō (俳句): el «camino del haiku». Solo así, podremos paladear mejor haikus tan enigmáticos pero hermosos como:.初雪や水仙の葉のたわむまで
Liviana nieve
primera: apenas doblalas
hojas del narciso.
(Trad. Fernando Rodríguez-Izquierdo).枯枝にからすのとまりたるや秋の暮
Se posan los cuervos
sobre una rama seca.
Tarde de otoño.(Trad. Gonzalo Marquina).古池 蛙飛びこむ水の音
Un viejo estanque:
salta una rana,
ruido del agua.
(Trad. O. Paz & E. Hayashiya).Con su estilo Bashō nos exhorta no solo al deleite estético producido por el poema, sino desarrollar una actitud de especial concentración en donde las energías del espíritu y del cuerpo se sumergen en el mundo y sus cosas continuamente. Es una invitación, pues, a recorrer con calma el camino del haiku.

Compartiendo Sendero
AL QUE A HIERRO MATA…
A decir verdad, Cupido, como dios mitológico, nunca tuvo muchas luces. Ni siquiera es un experto en el tema de arquería. Viene cumpliendo su misión con un desparpajo sin límites. Es común que sus flechas no den en el blanco y reboten en cosas y lugares impredecibles. Pero las últimas noticias de su desdeñoso oficio, nos han dejado perplejos: sin querer, se ha flechado a sí mismo y transcurre hoy sus días, como un loco, dándose besitos y caricias.
JUEGOS SIMBOLICOS
El sueño consiste en lo siguiente: camino por una fina telaraña, recorro los cientos de kilómetros que tiene su entramado. Me parezco a una eterna equilibrista de circo en el instante de la prueba decisiva. Con delicados pasos, avanzo de manera infructuosa, resbaladiza: temo caer hacia el abismo. Un ojo puesto en la delgada tela de araña, el otro en su extrema posición de vigía. El equilibro, aunque tenso, puede llegar a ser indispensable en estas instancias. En verdad, no me preocupo por la altura, solo pienso en el final, mi final y despierto. Todos los días la misma historia, todos los días el mismo sueño. Estoy harta de tanto simbolismo. El único consuelo es saber que, aparte de otros accidentes fortuitos, sea ese el más temible destino de la mosca.
SIMBIOSIS DE LA GUILLOTINA
Por un descuido, olvidé mi cabeza en la oficina del trabajo. No me fue fácil regresar a casa sin la orientación precisa de los ojos. Pero los pies, acostumbrados a las huellas del camino, enfilaron los zapatos con un rumbo fijo. Llegué a mi casa y aquí estoy, libre de toda cavilación, enteramente libre como un cuerpo sin cabeza.
REFRANES PELIGROSOS
“El ojo del amo engorda el ganado” repetía con frecuencia el estanciero. Por eso no dudó en sacrificar su vista para alimentar a las reses que, hoy día, pastan alegremente en las hectáreas de su hacienda.
ACTO FINAL
Soy mago. El mejor de los magos. Nadie podrá igualarme. Superarme, jamás. Para demostrarlo, desaparezco en los puntos suspensivos de este cuento…

Tomado del muro Fb
Visítanos en: http://haikukigo.com/
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minificionista
Natalia Madrueño es mexicana, licenciada en Letras Hispánicas y máster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universitat de Barcelona. Escribe ensayo, cuento y minificción. Publicó algunos de sus textos en distintas antologías, periódicos y plaquettes digitales.
Dirigió talleres, mesas de lectura, promoción de escritura creativa y charlas con escritores juveniles como Kevin Brooks, Antonio Malpica, Loreto Sesma, entre otros. Pertenece al jurado 2019-2020 del Programa de Fomento a la Lectura y Expresión Escrita (PFLEE) de la Universidad de Guadalajara y del concurso Minificciones desde el encierro 2020 de la editorial universitaria. En diciembre del 2018 recibió a la poeta uruguaya Ida Vitale, premio Cervantes 2018 y premio FIL2018, con un ensayo dedicado a su obra narrativa.
Es una persona increíble, dotada de muchos valores humanos. Además, a Natalia le gusta el café, las manos, el chocolate, la música, la comida y el viento.
Sus minificciones se encuentran ya en numerosas revistas nacionales e internacionales: “íkaro” (Costa Rica), “Relieves” y “Km0” (Argentina), “Revista Culturel” (El Salvador); y en las recopilaciones: “Antología virtual de Minificción mexicana”, “Mar de voces” (Ed. Universitaria) y en “Historias mínimas” (Ed. Dendro).
Escribe con un estilo particular y a manera de protesta: tocando temas necesarios y pertinentes para la actualidad.
Escritora que dedica gran parte de su obra a la microliteratura, escribiendo desde temas sociales, pasando por historia de horror, a veces, con elementos fantásticos, a veces escribe historias de fantasía y terror. Al tiempo que se muestra comprometida con la época y el mundo en que le toco nacer, a través de la microliteratura, Natalia Madrueño hace denuncia social. Sirviéndose de las letras para decir al mundo que a ella no le hace feliz tantas injusticias.
Natalia escribió y publicó, microcuentos con variadas temáticas que van desde amor hasta el terror. Podemos leer algunos ejemplos de su excelente literatura:
Desaparecida [i]
Te extraño con cierto desencanto, en partecitas, como lo acordamos aquélla vez ¿te acuerdas, o tal vez fui yo quien lo acordó? Extraño tu aroma, tu risa, tu inmediatez cuando sabías lo que quería desayunar. Extraño tus líneas y tus curvas. Quizá sea porque sigo amando tu sexo y la idea que tengo de ti ahora que no estás. Pero a ti, lo que es a ti agrupada, completita, no te extraño. Te quiero ahí, justo donde frente a ti me desnudé tantas veces sin pudor, donde me hacías el amor tantas veces nos diera la gana ¿o era yo quien te fornicaba sin razón y sin mesura? Te extraño allá donde me dijiste adiós cuando nos avisaron que debíamos permanecer guardados por la cuarentena. Extraño de ti incluso esa última vez en que dijiste –NO-.
Del día en que viví en el mar[ii]
“Llamadme Ismael” Herman Melville
Siempre fue la lucha del hombre contra la bestia. Claro, eso era bien visto por mí hasta antes de hoy, pues de un día para otro, cuando por la mañana abrí los ojos, me vi atrapado en una especie de red mientras un hombre vociferaba su triunfo al mismo tiempo en que me picoteaba con su lanza.
Cuando lo vi a los ojos, sentí amor por él, un amor extraño e incomprensible. Cuando me vio a los ojos, pude leer en él emoción y odio, un odio conocido e inconfundible. Entonces comprendí lo que pasaba, yo había dejado de ser Ahab el capitán, el marinero, el hombre, para convertirme en el cetáceo que tanto había perseguido antes.
Injusticia[iii]
Es mentira todo lo que creía sobre el amor, y si hay que culpar a alguien de mi desgracia es a mi madre, que en paz descanse, o mejor no, que no descanse. ¡Ella y sus estúpidas palabras! : “Hija, para el amor no hay edad”. Y por hacerle caso ahora sufro como nunca lo había hecho.
Sucedió cuando me armé de valor y decidí confesarlo todo, pues acababa de enterarme gracias a Martita, mi vecina, que Luis, el amor de mi vida, estaba muy enfermo. Desde entonces mi dolor se incrementó sin contar que, además, puedo sentir cómo todos me odian, empezando por su familia. No, nadie entiende ni podrá entender lo mucho que lo amo; es más, ni yo lo entiendo. Mire que enamorarme a estas alturas y además de él, de Luisito, que es tan joven y lleno de muerte a sus 16, mientras yo a mis 70 estoy tan vieja y llena de vida.
De pequeñas mordidas[iv]
Pues mire usted, comencé por mordisquear sus labios. Las personas normales suelen besar, pero yo mordisqueo. Mordí sus pies, en especial me detuve en su dedo pulgar derecho. Tan gordito él, tan suave. Perdón, pero si tan sólo supiera las miles de sensaciones que brotaban de mí cada que la mordía.
También mordí sus muslos, ahí usé un poquito más de fuerza. En ese momento supe que no le disgustaba lo que hacía, al contrario, ya gemía como si estuviera a punto de explotar; sin embargo, sé que aún no lo hacía porque en realidad sintió un orgasmo cuando llegue a su sexo. Ahí me detuve por mucho tiempo y repartí un montón de múltiples mordiditas, aunque debo confesar que algunas no tan pequeñas. Creo que cuando subí a su vientre, sin afán de alardear, ella ya había ido y vuelto unas tres veces al mundo del cosquilleo profundo y de los cuerpos entumidos. Ya ve que dicen que las mujeres son multiorgásmicas y ella de seguro lo era.
Después me suplicó que no la dejara, pero tuve que hacerlo porque soy casado. Así que no fui yo, y aunque en su cuerpo la única señal de supuesto maltrato son mis dientes, yo no la maté. Créame, debió morir de amor.
Un mito[v]
Una tarde de septiembre, entre sonrisas y café en mano conocí a un hombre que con su canción calmaba bestias y dotaba de sensibilidad algunas piedras. No debía mirarme y no debía mirarlo, pero su voz era tan hermosa que no pude evitar admirarlo.
Entonces mi suspiro.
Cuando llegó el silencio y se viró para encontrarme, ya nos habíamos perdido para siempre, y aunque sus ojos negros y profundos se encontraron con los míos que ya lo amaban, tristes los dos, aceptamos que no podíamos pertenecernos. Él tenía a su Eurídice y yo a mi Orfeo.
[i] Publicado en la antología Microbios, 2020 de Dendro ediciones.
[ii] Publicado en la antología Microbios, 2020 de Dendro ediciones.
[iii] Publicados en Mar de voces, 2017 de la editorial universitaria.
[iv] Publicados en Mar de voces, 2017 de la editorial universitaria.
[v] Publicados en Mar de voces, 2020 de la editorial universitaria.
JUEGO DE MANOS
Quizás de villanos. Estar así, rozar con intención un dedo en el acto rutinario de pasar un plato en medio del almuerzo familiar, luego los ojos, uno en uno. Entonces un tocarse en secreto, la línea del mantel como frontera de la escena, ese punto en que los comensales, suegros, cuñados, cónyuges, sobrinos, hijos, no ven, y menos imaginan que hay dos manos batallando una caricia.
Más tarde, la suerte maldita de tener un momento a solas, apenas un instante que no saben cuánto durará, ese tiempo justo en que por arte de magia los otros no están presentes, la suavidad de la tarde envolviéndolos, la algarabía de los pájaros en el crepúsculo, el rumor de los almendros y las manos, los dedos, las palmas pueden ahora hallarse enteras sobre la rugosidad de un banco de madera, reconociéndose, espejo una de la otra, una contra otra y entonces ya no evitan el contacto y la pasión sube hasta las bocas que, estremecidas, inician la lucha de labios y lenguas y dientes, en un beso culpable de villanos crueles.
TENGASE PRESENTE
Seré un montículo de cenizas y desearé quedarme detenida en tus labios, cautiva en tu lengua, prisionera en tu garganta. Querré ser condenada a permanecer en ti, cuando despojada de cuerpo, se levante la brisa y me haga volar hasta tu boca, obligándote a engullirme.
FRONTERAS DEL TERRITORIO
A las mujeres prisioneras de Venda sexi
Mi cuerpo empieza donde tus dedos lo acarician, responde a tus manos con la perfección de la palabra. Mi cuerpo se abre para recibirte, darte espacios, sumarse a tus movimientos. Mi cuerpo era con el tuyo y así estaba previsto en una historia de destinos que venía desde el silencio.
Mi cuerpo termina ahora, en esta habitación tan grande como el silencio de donde venía nuestra historia de destinos. Termina ahora mismo, cuando me tocan manos que no puedo ver porque tengo los ojos vendados. Alguien me obliga, me hiere penetrándome con la fuerza del vencedor. Mi cuerpo está hecho jirones y el dolor es extenso porque no hay fronteras para el horror. Mi cuerpo cercado es ahora un territorio de guerra.
Gabriela Aguilera Valdivia: Escritora, estudió antropología en la Universidad de Chile y realizó un diplomado en Estudios Mexicanos en la UNAM. Ha publicado Doce guijarros, (1976), Asuntos privados (Editorial Asterión, 2006), Con pulseras en los tobillos (Editorial Asterión, 2007) y En la garganta (Editorial Asterión, 2008)…
Ganó el segundo lugar en el concurso de cuentos Eusebio Lillo (1993), obtuvo una nominación en el Primer Concurso de Cuentos Eróticos de la revista Caras en 2004 y también en la segunda versión, en 2005. Ganó el segundo lugar en el concurso de cuentos de la Municipalidad de Peñalolén en 2005 y fue nominada en el concurso Jacinto Benavente, en España, el mismo año. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías de Ergo Sum y en la antología de microcuentos eróticos de mujeres latinoamericanas, Microscopios eróticos (publicada por la española Ediciones Atómicas). Es antologadora y editora de los libros objeto de Ergo Sum desde 2005, y desde 2007 forma parte del Comité Editorial de Editorial Asterión.
