Sino, si no

Apoyos gramaticales

Sino es una conjunción adversativa que se escribe en una sola palabra y se usa, principalmente, para contraponer un concepto a otro: «No estudia, sino que trabaja», mientras que si no introduce una oración condicional: «Si no estudias, no aprobarás».

Resulta muy habitual leer en los medios de comunicación grafías equivocadas como «Sino lo hubiera intervenido el juez, se habrían autorizado las obras» o «El secretario general no fue expulsado, si no que dimitió» cuando lo adecuado hubiera sido escribir «Si no hubiera intervenido el juez, se habrían autorizado las obras» o  «El secretario general no fue expulsado, sino que dimitió».

Una forma sencilla de saber cuándo debe escribirse si no es cuando se puede intercalar entre si y no algún elemento sin que se pierda el sentido en el texto: «Si (el juez) no hubiera intervenido», «No aprobará si (él) no estudia», «Si (tú) no quieres no iré».

Sino es, también, un sustantivo que significa ‘destino o fuerza desconocida que actúa sobre las personas y determina el desarrollo de los acontecimientos’.

https://www.lavanguardia.com/cultura/20110606/54166716409/la-diferencia-entre-sino-y-si-no.html#:~:text=Sino%20es%20una%20conjunci%C3%B3n%20adversativa,no%20estudias%2C%20no%20aprobar%C3%A1s%C2%BB.

La señal de Inés Arredondo

Mexicana

El sol denso, inmóvil, imponía su presencia; la realidad estaba paralizada bajo su crueldad sin tregua. Flotaba el anuncio de una muerte suspensa, ardiente, sin podredumbre pero también sin ternura. Eran las tres de la tarde.

Pedro, aplastado, casi vencido, caminaba bajo el sol. Las calles vacías perdían su sentido en el deslumbramiento. El calor, seco y terrible como un castigo sin verdugo, le cortaba la respiración. Pero no importaba: dentro de sí hallaba siempre un lugar agudo, helado, mortificante que era peor que el sol, pero también un refugio, una especie de venganza contra él.

Llegó a la placita y se sentó debajo del gran laurel de la India. El silencio hacía un hueco alrededor del pensamiento. Era necesario estirar las piernas, mover un brazo, para no prolongar en uno mismo la quietud de las plantas y del aire. Se levantó y dando vuelta alrededor del árbol se quedó mirando la catedral.

Siempre había estado ahí, pero solo ahora veía que estaba en otro clima, en un clima fresco que comprendía su aspecto ausente de adolescente que sueña. Lo de adolescente no era difícil descubrirlo, le venía de la gracia desgarbada de su desproporción: era demasiado alta y demasiado delgada. Pedro sabía desde niño que ese defecto tenía una historia humilde: proyectada para tener tres naves, el dinero apenas había alcanzado para terminar la mayor; y esa pobreza inicial se continuaba fielmente en su carácter limpio de capilla de montaña —de ahí su aire de pinos. Cruzó la calle y entró, sin pensar que entraba en una iglesia.

No había nadie, solo el sacristán se movía como una sombra en la penumbra del presbiterio. No se oía ningún ruido. Se sentó a mitad de la nave cómodamente, mirando los altares, las flores de papel… pensó en la oración distraída que haría otro, el que se sentaba habitualmente en aquella banca, y hubo un instante en que llegó casi a desear creer así, en el fondo, tibiamente, pero lo suficiente para vivir.

El sol entraba por las vidrieras altas, amarillo, suave, y el ambiente era fresco. Se podía estar sin pensar, descansar de sí mismo, de la desesperación y de la esperanza. Y se quedó vacío, tranquilo, envuelto en la frescura y mirando al sol apaciguado deslizarse por las vidrieras.

Entonces oyó los pasos de alguien que entraba tímida, furtivamente. No se inquietó ni cambió de postura siquiera; siguió abandonado a su indiferente bienestar hasta que el que había entrado estuvo a su lado y le habló.

Al principio creyó no haber entendido bien y se volvió a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que pudo ver hasta los poros sudorosos, hasta las arrugas junto a la boca cansada. Era un obrero. Su cara, esa cara que después le pareció que había visto más cerca que ninguna otra, era una cara como hay miles, millones: curtida, ancha. Pero también vio los ojos grises y los párpados casi transparentes, de pestañas cortas, y la mirada, aquella mirada inexpresiva, desnuda.

—¿Me permite besarle los pies?

Lo repitió implacable. En su voz había algo tenso, pero la sostenía con decisión; había asumido su parte plenamente y esperaba que él estuviera a la altura, sin explicaciones. No estaba bien, no tenía por qué mezclarlo, ¡no podía ser! Era todo tan inesperado, tan absurdo.

Pero el sol estaba ahí, quieto y dulce, y el sacristán comenzó a encender con calma unas velas. Pedro balbuceó algo para excusarse. El hombre volvió a mirarlo. Sus ojos podían obligar a cualquier cosa, pero solo pedían.

—Perdóneme usted. Para mí también es penoso, pero tengo que hacerlo.

Él tenía. Y si Pedro no lo ayudaba, ¿quién iba a hacerlo? ¿Quién iba a consentir en tragarse la humillación inhumana de que otro le besara los pies? Qué dosis tan exigua de caridad y de pureza cabe en el alma de un hombre… Tuvo piedad de él.

—Está bien.

—¿Quiere descalzarse?

Era demasiado. La sangre le zumbaba en los oídos, estaba fuera de sí, pero lucido, tan lucido que presentía el asco del contacto, la vergüenza de la desnudez, y después el remordimiento y el tormento múltiple y sin cabeza. Lo sabía, pero se descalzó.

Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel.

No miró al obrero, pero sintió su asco, asco de sus pies y de él, de todos los hombres. Y aún así se había arrodillado con un respeto tal que lo hizo pensar que en ese momento, para ese ser, había dejado de ser un hombre y era la imagen de algo más sagrado.

Un escalofrío lo recorrió y cerró los ojos… Pero los labios calientes lo tocaron, se pegaron a su piel… Era amor, un amor expresado de carne a carne, de hombre a hombre, pero que tal vez… El asco estaba presente, el asco de los dos. Porque en el primer segundo, cuando lo rozaba apenas con su boca caliente, había pensado en una aberración. Hasta eso había llegado para después tener más tormento… No, no, los dos sentían asco, solo que por encima de él estaba el amor. Había que decirlo, que atreverse a pensar una vez, tan solo una vez, en la crucifixión.

El hombre se levantó y dijo: “Gracias”; lo miró con sus ojos limpios y se marchó.

Pedro se quedo ahí, solo ya con sus pies desnudos, tan suyos y tan ajenos ahora. Pies con estigma.

Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención.

¿Por que yo? Los pies tenían una apariencia tan inocente, eran como los de todo el mundo, pero estaban llagados y él solo lo sabía. Tenía que mirarlos, tenía que ponerse los calcetines, los zapatos… Ahora le parecía que en eso residía su mayor vergüenza, en no poder ir descalzo, sin ocultar, fiel. No lo merezco, no soy digno. Estaba llorando.

Cuando salió de la iglesia el sol se había puesto ya. Nunca recordaría cabalmente lo que había pensado y sufrido en ese tiempo. Solamente sabía que tenía que aceptar que un hombre le había besado los pies y que eso lo cambiaba todo, que era, para siempre, lo más importante y lo más entrañable de su vida, pero que nunca sabría, en ningún sentido, lo que significaba.

FIN


El duende de Elena Garro

Sendero

A las tres de la tarde el sol se detenía en limitad del ciclo. El silencio podía estallar en cualquier instante y el jardín podía caer roto en mil pedazos. La casa entera estaba quieta. Solo Rutilio regaba las losetas del corredor. A los pocos instantes, el agua, convertida en vapor, se levantaba de los ladrillos. La valla de helechos que separaba al jardín del corredor no detenía a la ola ardiente que llegaba hasta las habitaciones.

En dos hamacas paralelas Eva y Leli se mecían. El ir y ve­nir de las hamacas columpiaba a la tarde con un ruido de reatas secas. Todos los días a esa hora, la muerte las rondaba: se detenía sobre las ramas y desde allí las miraba.

—Eva, ¿te da miedo morir?

—No, el otro mundo es tan bonito como este.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo mi abuela Francisca.

Eva lo sabía todo, era distinta, estaba en la casa porque tenía curiosidad por este mundo, pero pertenecía a un or­den diferente. Era una aliada poderosa y la única liga que Leli poseía entre este mundo y el mundo tenebroso que la esperaba. “El otro mundo es tan bonito como este”… Durante un rato la frase la dejó convencida, pero luego la puerta que la esperaba y que conducía al vacío volvió a to­mar cuerpo. Con su propio pie daría el paso que iba a pre­cipitarla al abismo por el cual iría descendiendo por los siglos de los siglos, con la cabeza hacia abajo, en una caída sin fin dentro del pozo negro que era la muerte. Por ahí caerían también su padre, su madre y sus hermanos. Y nunca se encontrarían, porque todos caerían en diferentes horas. Solo Eva se quedaría flotando en el jardín, mirando con sus ojos amarillos las cosas que pasaban en la casa.

—¿Estás segura de que el otro mundo es tan bonito co­mo este?

—Sí, y como no tenemos cuerpo no sudamos.

Era irremediable no tener cuerpo. Elisa decía lo mismo. El sacerdote decía lo mismo. El cuerpo se quedaba acá y no podíamos llevarnos ni un mechoncito de pelo, para recor­dar de qué color habíamos sido. Miró el cabello dorado de Eva. Cerca de las sienes era muy pálido y con el sudor se le pegaba a la piel y tomaba la forma de plumas muy finas. Eva se estaba mirando las manos contra la luz del sol.

—Adentro de las manos tenemos luz.

Leli recordó el día que jugando con la navaja de su padre se cortó un dedo y la sangre salió a borbotones. Sintió ver­güenza al sorprender a Eva en una mentira.

—¡Mentirosa!

—¿Has visto a Nuestro Señor? De cada dedo le sale un rayo de luz. Mis dedos se van a encender un día y me voy a ir en lo oscuro.

Era verdad que Nuestro Señor y los santos echaban luz por los dedos y por la cabeza y que a Eva no le daba miedo lo oscuro. Tampoco le daba miedo columpiarse de las ra­mas más altas de los árboles.

—¡Te vas a caer! —le gritaba Leli cuando la veía colum­piarse de las hojas altísimas de las palmeras.

—Si me caigo me detiene el Duende —explicaba Eva cuando bajaba a tierra.

El Duende, el dueño del jardín, era muy amigo suyo. Por eso cuando su padre las regañaba porque aplastaban los plátanos tiernos Eva comentaba:

—Pobre, cree que es el dueño de todo…

Esa tarde, Rutilio siguió regando los ladrillos y las tres de la tarde siguieron escritas mucho tiempo en la torre de la iglesia que se asomaba en el cielo del jardín.

—Vamos a bañarnos —dijo Eva.

Salieron al jardín. Pasaron bajo las Jacarandas, rodearon a la fuente, cruzaron el macizo de los plátanos, llegaron a los linderos del terreno y alcanzaron el pozo. El pozo era el lugar más fresco del jardín, rodeado de helechos, espadañas y otras hojas que rezu­maba humedad. Hasta allí no llegaban los rumores de la casa. Era la parte secreta del jardín. Un pretil de piedra negra guardaba a su agujero profundo. Muy abajo corría el agua de los ríos en los cuales se bañan las mujeres plateadas y los pájaros de plumas de oro.

Las niñas se desnudaron y luego subieron los cántaros llenos del agua misteriosa. El agua helada convirtió sus cuerpos en dos islas frías en el mar caliente de la tarde. El agua del pozo era un agua risueña; sin embargo, las niñas se bañaban en silencio. Era una tarde predestinada a lo que sucedió después. Leli miraba a las hojas que eran siempre las mismas hojas verdes. Detrás de las mafafas se asomaba una hoja de un verde más oscuro. La hoja tenía venas rojas y por debajo del verde oscuro había un verde clarísimo, que iluminaba al verde oscuro con reflejos de vidrio. La niña cortó una de aquellas hermosas hojas desconocidas y la mordisqueó. La hoja era muy dulce. Cor­tó más y las comió. Eva siempre hacía los descubrimien­tos. Esta vez había sido ella. Iba a reírse satisfecha, cuando sintió que una aguja le atravesaba la lengua. Se quedó quieta. Las encías empezaron a crecerle y en ese momento recordó al negro de Las mil y una noches que con el alfanje en la cintura reparte los venenos para matar a las favoritas infieles. “Estoy envenenada”, se dijo.

—No coman yerbas, se van a envenenar —les repetía Antonio.

—No le creas a mi papá. El Duende es muy amigo mío y ya les quitó el veneno a todas las plantas —le susurraba Eva a espaldas de su padre.

Eva la había engañado. “Estoy envenenada”, se repitió mirando a su hermana, que ignorante de su suerte seguía jugando con el agua. La presencia de su muerte próxima la asombró. Pronto empezaría a caer cabeza abajo por los siglos de los siglos. ¿Quién iba a darle la mano? No Eva, que ajena al mal irremediable que había caído sobre ella, seguiría regocijándose con el agua. Tenían horas diferentes. Estaban en distintos espacios y cada segundo que pasa­ba sus tiempos se separaban más y más. Los lazos que la ataban a Evita se soltaban y caían sin ruido sobre la hierba. Debía ir sola al otro mundo. Y solo era una hoja verde lo que la separaba de su hermana. Siempre son cosas minúscu­las las que determinan las catástrofes. Miró a Eva con ojos postreros. Pero no podía despedirse, ni irse sola, ni de­jarla sola. Una idea acudió a su cabeza: matar a su herma­na. Se inclinó y cortó un ramo de hojas venenosas.

—Evita, prueba estas hojas, son muy dulces.

Su voz no delató su traición y Eva aceptó agradecida el regalo. ¿Sabría que eran venenosas? Ella lo sabía todo. “¡Dios mío, haz que se las coma!” Y Dios la oyó, porque su hermana empezó a comer las hojas. ¿Y si para ella no eran mortales? Tal vez el Duende había quitado el veneno de las hojas de Eva. “¡Dios mío, que se muera!” Y Dios volvió a oírla, porque de pronto su hermana abrió la boca como para decir algo, sacó la punta de la lengua, la miró con los ojos muy abiertos y su mirada cambió del estupor al espanto.

—¡Mala!

La vio salir huyendo. Su cuerpo desnudo y delgadito se perdió entre los árboles. Un segundo grito la alcanzó:

—¡Mala!

Eva estaba en la misma hora que ella. “El otro mundo es tan bonito como este, allí no se suda porque no tenemos cuerpo”… ¿Era Evita la que le decía aquellas palabras? Leli cayó muerta.

La tendieron en su cama y corrieron el mosquitero blan­co. En la camita de junto tendieron a Eva. Por la mañana temprano, Leli abrió los ojos y miró con cuidado el día de su muerte. Desde la cama vecina Evita la miraba asqueada. Se volvió a la pared. Leli vio entrar a Elisa. Venía de puntillas, se acercó, descorrió el mosquitero y le tocó la frente como cuando tenía fiebre. Luego retiró la mano preocu­pada.

—¿Es cierto lo que dice Evita?

Leli comprendió que ninguna de las dos estaba muerta y se sintió defraudada. Eva mentía. No era verdad su amis­tad con el Duende, ni verdaderos sus poderes. La hoja ver­de les había hecho el mismo daño. Disgustada, también ella se volvió a mirar a la pared.

—¿Verdad que no es cierto?… Tú no quisiste matarla —insistió su madre, que como siempre no entendía nada.

Leli miró con visible disgusto la cal blanca de la pared.

—No sabías que eran venenosas. ¿Verdad, hijita?

La niña se sentó en la cama y miró con ojos serios a su madre.

—Sí lo sabía, y le pedí a Dios que me ayudara a matarla.

Elisa abrió la boca, sacó la punta de la lengua como para decir algo, abrió mucho los ojos y su mirada pasó del estu­por al espanto.

—¡Mala!

Se alejó de prisa de su cama.

—¡Mala! —volvió a repetir, dirigiéndose hacia la cama de Evita. Su hermana se abrazó a su madre y las dos se pu­sieron a llorar. Acudió su padre y miró a Leli con ojos asus­tados. Después entraron Estrellita y Antoñito. Su hermano levantó el mosquitero, le guiñó un ojo, puso la mano en forma de pistola y le disparó una descarga cerrada: ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! Estrellita, sola, de pie en medio de la habita­ción, pareció asombrada, como si su familia y sus crímenes le dieran mucha vergüenza.
Su padre, indeciso primero, avanzó al cabo de unos se­gundos hacia la cama de Eva. Los niños lo siguieron. Leli se quedó sola, mirada por toda la familia, que transida es­cuchaba los sollozos de Eva. Volvían a ser distintas, pero de distinta manera. Se sentó en la cama asombrada. ¿Por qué la hoja le había hecho el mismo daño a Evita? Su madre to­mó en brazos a su hermana y salió con ella de la habita­ción. Su padre y sus hermanos la siguieron. Leli se quedó sola reflexionando.

Al mediodía le llevaron un caldo desgrasado. Candelaria la miró aburrida.

—Anda, come… —le dijo con tedio.

Se bebió el caldo que sabía a trapo mojado. También ella estaba aburrida. Quiso hablar con Candelaria, pero es­ta sólo le contesto con banalidades.

—¿Hasta cuándo dejarás de hacer maldades?

Leli observó que Candelaria tenía las narices aplastadas y que su voz la aburría tanto como sus gestos. Ya no le inte­resaban sus consejos: siempre eran los mismos. Al atardecer su cuarto no le interesaba nada. Las garzas habían desapa­recido de las manchas de humedad y los rincones se habían quedado vacíos. De cuando en cuando, le llegaban desde lejos las risas de Evita y el ¡Bum! iBum! ¡Bum! de la pistola de Antoñito. Las entradas y salidas de sus padres aumenta­ban el aburrimiento. La miraban y le hacían la misma pre­gunta:

—¿Verdad que no quisiste matar a Evita?

Su respuesta afirmativa los hacía huir cada vez más asus­tados.

Cuando encendieron los quinqués, entró Estrellita. Avanzó cautelosa, descorrió el mosquitero y se sentó par­simoniosa en los pies de su cama. Desde allí la miró par­padeando, como si sus grandes pestañas le pesaran tanto que le cansaban los párpados. No dijo ni una palabra. Estrellita nunca hablaba, solo las miraba. Leli le observó las manos cruzadas sobre la faldita blanca, los pies descalzos y rosas y enredados en el velo del mosquitero y las mechas rubias y lacias sobre los hombros. Inmóvil, imperturbable, parecía un idolito dorado. Nunca se había fijado en ella. Se incorporó en la cama para mirarla mejor. Estrellita per­maneció impasible, como si Leli no se hubiera movido o como si le diera absolutamente igual cualquier cosa que hiciera.

—Estrellita, dime ¿tú has visto alguna vez al Duende?

—¿Qué duende?

—El del jardín.

—No. Yo estoy en los tejados.

—¿Y desde allí no ves al Duende?

—No. Desde allí solo te veo a ti y veo a Eva.

—¿Siempre nos ves?

—Siempre

Estrellita parecía un doctor javanés, de párpados pesados flequillo lacio y labios muy arqueados. Ningún músculo de la cara le cambiaba de sitio y las manos cruzadas con solem­nidad sobre la faldita blanca, inmóviles.

—Estrellita, yo me envenené primero. Luego le di la ho­ja a Eva y ella también se envenenó. ¿Por qué?

Estrellita la miró sin pestañear.

—Porque eran de la misma mata.

—¡Claro! Eso ya lo sé. Pero, ¿por qué se envenenó Eva?

—Porque tú quisiste matarla —contestó Estrellita impávi­da, mirando a su hermana—. ¿Te gustó matarla? —preguntó sin cambiar de voz ni de actitud.

—No… no me gustó… o tal vez sí…

Antes no se le había ocurrido que podía gustar o no gus­tar matar. Miró a Estrellita con admiración.

—¿Entonces, por qué la mataste?

—Porque quería que se muriera conmigo.

—¡Ah!

Entró Rutilio a llevarle una jarra de agua de limón, la co­locó sobre la mesita de noche, se agachó a mirar a Leli y movió la cabeza con disgusto. Antes de salir murmuró unas palabras. Estrellita no se movió para mirarlo, ni para alcan­zar un vaso de refresco.

—Rutilio no sabe nada —dijo Estrellita, que ese día no había subido a los tejados a mirar el jardín y que estaba allí, en la cama de Leli, esperando saber lo que otros no sabían.

—No, no sabe nada —confirmó Leli.

Apenas había salido Rutilio, cuando entró su madre alarmada.

—¡Estrellita!

Cogió a la niña de la mano y la sacó de la habitación. Nadie había entendido nada. Solo Estrellita, porque ella miraba desde los tejados.

En los días que siguieron, Estrellita vio desde los tejados la ruina que cayó sobre el jardín. Los plátanos, las Jacarandas, las bugambilias y los helechos se cubrieron de polvo. También desde el tejado, Estrellita miraba las cabezas aburridas de Eva y Leli que se mecían en las hamacas sin hablarse. Estrellita sabía que Leli ya sabía que Eva no tenía ningún secreto y que por menti­rosa no la frecuentaba. Eva todavía tenía la lengua llagada y trataba de ignorar a su hermana. Las dos se daban la es­palda, mientras el jardín caía en ruinas.

Una tarde Estrellita supo que Eva había tomado una de­cisión: maliciosa, le sonreía a Leli desde su hamaca. Estrellita vio que por unos instantes el jardín volvía a ser para Leli como antes, radiante de aromas, pictórico de ho­jas. Pero Leli siguió inmóvil en su hamaca, y el polvo volvió a caer sobre las ramas. Estrellita, incrédula, se limpió los ojos y esperó. Esas dos no podían estar solas.

—¡Leli! ¡Lelinca! —dijo Eva.

Su hermana se volvió a su llamado, poseída por una emoción tan violenta que llegó a los tejados.

—Lelinca, tú no fuiste…

Estrellita oyó la frase de Eva desde los tejados y movió la cabeza con disgusto.

—No, yo no fui… —repitió Leli con su voz de tonta.

Sus palabras llegaron al tejado y Estrellita, con las manos cruzadas sobre la falda blanca, constató que Leli había olvi­dado que Eva no tenía ningún secreto.

—Fue el Duende, que estaba enojado conmigo —afirmó Eva con desvergüenza.

—¡Es cierto! ¡Es cierto! Él les puso el veneno —gritó Leli abriendo la boca como una completa tonta.

Alegre, se levantó de su hamaca. Estrellita oyó que para Leli se había levantado un canto de pájaros y que los cocos de oro se mecían entre las palmas verdes. Asqueada movió la cabeza. Ella, Estrellita, miró incrédula el esplendor de aquel amor desde su tejado, y sin descruzar las manos, par­padeó varias veces, disgustada. Su faldita blanca brillaba como un hongo sobre el tejado rojo. Una teja se levantó a su lado y la niña miró hacia allí sin sorpresa.

—Tú sabes que no fui yo. ¿Verdad?

—¡Claro que lo sé! Eva es una mentirosa y Leli es una matona. No les hagas caso —dijo Estrellita con voz segura y ya acostumbrada a los crímenes de su familia.

El Duende se quitó el gorro rojo, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y desde el espacio libre de la teja levantada, miró con alivio a su única amiga: Estrelli­ta Garro.

Dos Niñas Pequeñas Que Se Sientan En La Hamaca En La Playa Fotos, Retratos,  Imágenes Y Fotografía De Archivo Libres De Derecho. Image 46165756.

En primavera de Jhumpa lahiri

Hindu

En primavera sufro; la estación no me estimula, la encuentro agotadora. La nueva luz me aturde, la naturaleza fulminante me hace sufrir, el aire cargado de polen me irrita los ojos. Todas las mañanas necesito una pastilla para mitigar las alergias, pero me da somnolencia. Me entra modorra, no hay modo de concentrarme, y a la hora del almuerzo solo tengo ganas de irme a la cama. De día sudo y por la noche me muero de frío. No existen zapatos adecuados para esta época caprichosa del año.

Todas las huellas amargas de mi vida están relacionadas con la primavera. Todos los golpes duros. Por eso me acongojan el verde intenso de los árboles, los primeros melocotones en el mercado, las faldas acampanadas y ligeras que llevan las mujeres de mi barrio. Estas cosas me remiten a pérdidas, traiciones, decepciones. Me molesta despertarme y sentirme empujada inevitablemente hacia delante. Pero hoy es sábado y no tengo que salir. Qué gozada despertar y no levantarse

Jhumpa Lahiri Biography | Chicago Public Library
Nilanjana Sudeshna Lahiri conocida como Jhumpa Lahiri es un escritora indobritánica-estadounidense. Nació el 11 de julio de 1967 en Londres (Reino Unido). Jhumpa Lahiri ganó el Premio Pulitzer de novela (2000) por su primera colección de cuentos, «Intérprete de las enfermedades» (1999), y escribió su primera novela, «El buen nombre» (2003), que fue adaptado al cine del mismo nombre en marzo de 2007, dirigida por Mira Nair y protagonizada por Kal Penn como Gogol y estrellas de Bollywood Tabu y Irrfan Khan como sus padres.
Obras
https://malsalvaje.com/2020/12/20/en-primavera-un-minicuento-de-jhumpa-lahiri/

Cocinando la minificción de Paola tena, imperdible.

Medica, pediatra y gran escritora.

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Una inteligencia artificial lo ha confirmado, sólo existen seis tipos de historias literarias

https://magnet.xataka.com/un-mundo-fascinante/inteligencia-artificial-ha-confirmado-solo-existen-seis-tipos-historias-literarias-1

Un cuento de Ray Bradburi

Norteamericano

—Tom —dijo Douglas—, prométeme algo, ¿sí?

—Prometido, ¿qué es?

—Eres mi hermano y te odio a veces, pero no te separes de mí, ¿eh?

—¿Me dejarás entonces que ande contigo y los mayores?

—Bueno… aún eso. Quiero decirte que no desaparezcas, ¿eh? No dejes que te atropelle un coche y no te caigas en algún precipicio.

—¡Claro que no! ¿Por quién me tomas?

—Y si ocurre lo peor, y los dos llegamos a ser realmente viejos, de cuarenta o cuarenta y cinco años, podemos comprar una mina de oro en el Oeste, y quedarnos allí, y fumar y tener barba.

—¡Tener barba, Dios!

—Como te digo. No te separes y que no te pase nada.

—Confía en mi.

—No me preocupas tú —dijo Douglas—, sino el modo como Dios gobierna el mundo.

Tom pensó un momento.

—Bueno, Doug —dijo—, hace lo que puede

https://malsalvaje.com/2020/12/20/prometeme-algo-un-cuento-de-ray-bradbury/

Elena Garro de Marco Aurelio Carballo

Tomado del material de lectura e UNAM

Elena Garro (1920) quería ser coreógrafa, bailarina o general, y de pronto se puso a escribir cuentos. Pero ha escrito más novelas que cuentos, si pudiera hacerse esa clase de equiparación contando el número de cuartillas publicadas. Mientras la mayoría de los escritores afirma que desde siempre ambicionaba escribir, Elena Garro sostiene, en cuanto se lo preguntan, que su vocación era otra. Quizá por esa otra vocación escribió también, antes que las novelas, varias obras de teatro que figuran en el libro Un hogar sólido, con seis piezas en un acto, y Felipe Ángeles, obra en tres actos.

Lo cierto es que la Garro ha escrito muchos cuentos y algunos, si no es que la mayoría, extraordinarios. Hasta antes de su autoexilio —Nueva York, Madrid, París— los antologadores decían que su mejor historia corta es “La culpa es de los tlaxcaltecas”. Ni aquéllos, los antologadores, ni los críticos han hecho un balance acerca de los más recientes cuentos publicados como para señalar que tal o cual texto es el mejor de lo que se ha creado en los últimos años.

Elena Garro ha dicho que sus esfuerzos, con una salud minada a partir de un corazón roto, están dedicados a escribir una novela en torno a la Revolución Rusa, más que historias cortas. En ese libro se sostendría la tesis de que la Gran Duquesa María —hija del Zar a la que se dio por desaparecida, salvándose en apariencia de la matanza— podría haber aparecido en el mundo occidental, y desde luego en el cine, con el nombre de Greta Garbo. Nadie puede asegurar, sin embargo, que no haya escrito cuentos en seguida de Andamos huyendo Lola, volumen editado por Joaquín Mortiz, aunque publicara hasta ahora otras tres novelas, luego de Los recuerdos del porvenir, la primera y más conocida. El otro libro de cuentos es La semana de colores, editado por la Universidad Veracruzana.

Los años pasan —unos ocho desde que anunció la escritura de la novela sobre la Revolución Rusa— pero se ignora si el libro está terminado y si hay algún editor comprometido ya a publicarla, como se ignoran muchas cosas de Elena Garro. Por ejemplo que tenía una máquina de escribir desvencijada y que luego pasó mucho tiempo sin máquina. Habría que especular que la novela sobre la Revolución Rusa está escrita de tal forma novelada que, a lo largo de sus páginas, habrá, seguro, minihistorias tejidas de tal suerte que el lector salte de una a otra, fascinado por el lenguaje electrizante y encantador de la Garro.

En alguna ocasión la escritora dijo en Madrid que escribía las novelas a vuelamáquina. Urgían los adelantos, en cuanto a regalías, para sobrevivir en ese país, España. Por extraños móviles iba de un hostal a otro, de un hotel a otro, huyendo de sombras inidentificables que la acosaban a ella y también a su hija, Helena Paz Garro. Quizá no fue con esa misma rapidez, empleada en las novelas, como escribió Andamos huyendo Lola, cuyos textos están bien trabajados. Aun cuando los personajes principales de los cuentos sean una madre y una hija y dos gatos que andan a salto de urbes y de países, merodean alrededor de ellos otros seres que dan fe con sus actos de lo terrible que puede ser la condición humana, hablen de ellos en inglés, en francés o en español castizo. No es el caso de que hayan sido escritos con celeridad y con descuido —se insiste—, porque son textos redondos.

Henry Miller nunca daba a leer un texto escrito tres años antes, al contrario de Juan José Arreola que cuando se ha releído, según palabras suyas, ha descubierto que sus cuentos fueron publicados sin que, al releerlos, sintiera que algo sobraba o la necesidad de agregar algo. Por supuesto, para Elena Garro, Henry Miller no es uno de los autores de su predilección, como para que siguiera ejemplos que el escritor norteamericano sugiriera copiar. Elena Garro se identifica con autores como Francis Scott Fitzgerald, por mencionar a uno, cuyos personajes son opuestos del todo a los de Henry Miller. En lugar de hombres andrajosos y de amores sórdidos, son caballeros y damas que viven y aman como gente civilizada.

Alguna vez la escritora mexicana —originaria de Puebla y que vivió su niñez en Iguala, Guerrero— deploró la existencia actual de jóvenes de arete, maquillaje, aturdidos de ruido por la música moderna, drogados y salvajes, y se preguntó: “¿Dónde están los bellos y los hermosos, llenos de ideales y de valor?”. Ella misma se respondió: “Desaparecidos para siempre”. Habría que preguntar si con la desaparición de los jóvenes bellos y valientes desaparecerán también los personajes de Elena Garro, es decir, sus cuentos, novelas y obras de teatro.

Lástima que los editores mexicanos poco hayan ofrecido más allá de Andamos huyendo Lola y de sus novelas: Los recuerdos del porvenir, Reencuentro de personajes, Testimonios sobre Mariana y La casa junto al río.

Se ignora si hay tantos más cuentos como para integrar un volumen, pero se sabe que cuando menos una novela —¿sobre la Revolución Rusa?— está terminada. No sería extraño que a Elena Garro empezaran a publicarle en francés y entonces principiara un reconocimiento que aquí se le ha regateado.

Marco Aurelio Carballo

“Estoy absolutamente sola, ya no tengo amigos”*: Elena Garro

Rendirán un homenaje a Amparo Dávila, maestra de la literatura fantástica

https://www.eluniversal.com.mx/cultura/rendiran-un-homenaje-amparo-davila-maestra-de-la-literatura-fantastica

Gajes del oficio de Karla Barajas

Mexicna


Entraremos al motel y no habrá besos, usaremos guantes
de látex para acariciarnos y mantendremos la boca
cubierta. Nos ducharemos al finalizar para no arriesgarnos,
advertí al cliente, quien a mitad de la copulación se quitó
el cubrebocas, arrancó el mío y me dejó cubierta con su
saliva y semen.
Aunque me preocupa contraer el virus porque tengo
más de sesenta, sé que son gajes del oficio.

Mujeres, hombres, niños, ancianas: la prostitución en TJ

La Pacha de Alejandra Decurge de Umbrales virulentos, antología de la cincia ficción latina

Argentina

Dice mi mamá que la Pacha se fue alejando de a poco. Fue
dando avisos pero nadie quiso verlos. Se fue como se van los
decepcionados: una noche, de puntillas. Así contaba mi mamá,
mientras clavaba la pala en la tierra gris y fría del pastizal. Por eso
colgaron esos satélites de mierda, decía. Porque era eso o nos
moríamos.
Contaba que los de antes hacían rituales parecidos, pero que
ahora para qué iba a querer La Mama embriagarse de alcohol y cigarro.
Hay que ir hondo, decía mamá, porque ahí donde está más oscuro es
donde la luz más brilla.
Yo me sentaba, la miraba y no sabía si ayudarla o decirle basta.
Era horrible verla escarbar la tierra imaginando cómo la peste
escarbaba también en mi madre.
A mi mamá no le habían ofrecido lo de ponerse parches para ser
mitad carne y metal. No quieren, dijo, cuando salió del laboratorio. Para
ellos soy un peligro.
A mí, al principio, me gustaban los satélites que controlan el
clima, los colgaron una noche. Están ahí arriba, plateados como si los
lustraran a cada rato, como un móvil sobre una cuna. Mi mamá extraña
lo de antes: la sorpresa de una lluvia fría después de días de calor rojo, el
granizo, el viento que volaba las faldas.
El clima debe ser libre, dice mamá, y hunde la pala en el polvo
mientras sostengo la semilla ancestral que es como un ojo resguardado
por mil párpados. Ella me la dio para que mis manos la entibien. Dice que
a los niños, La Mama todavía puede escucharlos. Para ellos tiene un
oído y un corazón dispuesto.
Yo ya estoy perdida, dice y escarba, se agita, se asfixia pero
sigue.
Ya me explicó qué tengo que hacer cuando la peste termine de
comérsela por dentro: “Hundí la semilla en mi ombligo, hundime en La
Mama, encendé la semilla y que arda. Pedile a La Mama y esperá. Ella
escucha a los niños, vos pedile que vuelva”.


P

Manejo de Yuyo colorado en soja y maíz – Rem