Mudez

cuetzalan_puebla02Doy a mis días vacaciones: abro la puerta de mi pecho para que el alma sacuda su tiempo de prisionera y parta. Dejo de hablar y alerto a mi oído. Escribo poemas a la mudez y a las caracolas que sólo son espejo de aguas que no existen. Aplaudo al silencio, al olvido que son, desde ahora, compañeros. Ignoro los coletazos del rio de mi sangre, del chismerío que hacen las hojas cuando las atropella el viento, también, de los cantos de sirenas que se atreven a preguntar por mí. Ruedan los días, y sigo entregado a la ausencia. Días fértiles para la nada. Cuando vuelvo al quehacer, me encuentro que no ha pasado nada, las mismas cosas: atropellados, asesinados, decapitados y politicos corruptos que pasean al perro, mientras sus guardaespaldas  abren camino ; y la pelota rebota y rebota como siempre.

Asalto

esplendor-en-la-hierbaHay días que pasan y sin que lo desees, vuelven a zarandearte.
Días periféricos que te saltan en el camino.
Turbado, intento pasar con indiferencia. Soy presa de ti, mas tus manos tienen alas en reversa. Mi boca memoriosa, autómata, repite su vejez joven:
…la hierba de tu cabello desfallecía en tu espalda; y cuando el sudor nos hacía peces, abrevaba mi furor en tu pozo, y éramos, en ese instante, gacela y felino.

El instante se fue. Sólo está el almizcle de tus manos cuando recorrieron mi nuca y el cinturón de la espalda.A tientas, sigo el camino y tus besos. Solamente son pajas de aroma y lejanía.

La Revolución

revolu Cuando la sacó del baúl,  presentaba unas manchas que sacudió con varonil delicadeza. La observó con detenimiento a contraluz: la empañaba una sutil ictericia de longevidad. La tomó entonces entre sus dedos como si de un polvorón se tratase y sacó de sus casaca verde olivo el atomizador de permanganato de tiempo.

El desierto y la montaña

el desiertoDespués del gran estallido, siguió el de las ametralladoras con sus accesos de muerte. Luego, hubo un silencio hiriente, frío que ocupó el espacio de las almas; vino el sollozo, y las lágrimas rodaban calientes por el pómulo saliente. Gritos de muerte cabalgaban en aquellas tierras de oración y fe; y entre el desierto y la montaña, incrédulos, se miraban Mahoma y Moisés.

La clase

Casi al anochecer, llegué a la escuela de idiomas, situada en una vieja casona que para mejorar el aspecto, el Director ordenó pintarla, aprovechando un fin de semana. Los pintores dejaron el inmueble desordenado: sillas por doquier, botes de pintura y olores profundos de aguarrás. Los alumnos se arremolinaban, unos en un área, otros en los pasillos, y algunos más, preguntando dónde recibirían la instrucción. Yo tenía la clase a las siete de la noche y llegué pocos minutos después de la hora, así que busqué a mis compañeros para saber dónde tomaríamos la enseñanza que nos impartiría el profesor Danoski, director del plantel.

 Danoski era alto delgado y con profundas entradas que compensaba con un bigote grueso, rojizo que contrastaba con su lechosa piel. Fui buscando mi salón, abriendo y cerrando puertas, unos vacíos, otros oscuros y, al fondo, encontré uno débilmente iluminado. Reconocí a una mujer esbelta, de cabello rizado que hurgaba entre una pila de archiveros, escritorios y maquinas de escribir.

-¿No sabe dónde está dando clases el profesor Danoski?

Al mismo tiempo que preguntaba, rodé los muebles. Ella hizo lo mismo, y quedamos enfrentados, muy cerca, cara a cara. Sentía su respiración.

 Acaricié su cabellera, su mejilla. No se movió, respiré el calor de su perfume y mis labios se escondieron entre el cuello y su hombro. Escuché su aliento entrecortado. Decidí besarla. No respondió, me despegué para mordisquearle los labios y, poco a poco, su boca fue correspondiendo. Mis manos rodearon su fina espalda, ella mi cintura. Palpé sus caderas, sus nalgas respingadas y duras, ella las mías. Sentí sus senos y sus pezones que se abrieron entre mis dedos. La mujer percibiría mi erección cuando palpaba mi entrepierna. Ya no hubo retroceso, levanté su vestido, y trabé los dedos en el elástico de sus bragas. Bajó el zíper de mi pantalón y nos llenamos de arroyos y espuma. Olíamos a intensidad, gemíamos en diminutivo cuando mis manos levantaban en vilo su esbeltez y sus piernas eran tijeras en mi cintura. Recargados en la pared nos conjugamos en fuego, sudor y sexo.

 Cuando el ahogo nos dejó, escuché -en la lejanía- la voz del maestro dictando su cátedra. No hubo beso de despedida, si acaso, el brillo intenso de los ojos que reclamaban alguna bocanada de aire fresco. Ella se fue para un lado, yo por el otro. Me sequé el sudor, arreglé la figura y entré al salón disculpándome por la tardanza. El maestro dictaba, pero nunca se dio cuenta de que yo escribía con el borrador. Mi mente era un revolcadero de emociones. Después de la clase, charlé en el frente de la escuela con algunos compañeros; en realidad, mis ojos la buscaban entre las féminas que salían. Fui afortunado al verla. Venía a un lado del maestro Danoski. Me acerqué a ellos cuando iba a hablar, el maestro me dice en inglés: I’d like to introduce you my wife.

Las buenas conciencias

Muy de mañana, Susi me esperaba sentada en un café de chinos. Cuando estuve frente a ella, pensé en la diferencia que había con aquélla que traté en la escuela del barrio. Se levantó para recibirme con un beso en la mejilla, y capté su olor a tabaco con noche.

De jóvenes concurrimos a los mismos lugares; y al caminar, las miradas de los varones siempre se movían al compás de sus caderas. Caminos diferentes nos separaron, ella fue de tumbo en tumbo; yo, entre las velas, el rosario y el recato.

Mientras sorbíamos el café, me confesó su deseo de darle un giro a su vida: poner un negocio de ropa, de costura y abandonar la vida en rosa. Me pidió una buena cantidad de dinero, en calidad de préstamo para rehacer su vida, cosa que aplaudí. Se lo prometí de corazón, ¡por los tiempos idos!

Claro, antes, continuaría trabajando -con los años de juventud que le restaban- en el salón privado donde noche tras noche se prostituía. Yo, como administradora de dichos negocios, le ahorraría un bono para su retiro.

La Curiosidad mata

 

LA CURIOSIDAD  MATA

 

 

 

La botella con los fulgores del sol cambiaba de color. El gato olisqueó cauteloso. Con la zarpa, la frotó y asomó a la boca del recipiente.La pantalla del fondo mostró su nacimiento y la destrucción de sus seis vidas. Inquieto, temblaba. Un coro lo relajó hasta el sueño. Despertó en un capullo de seda. Cerca, la araña cantaba y tejía.

El viaje

Huí, sin decirle a nadie. Salí de la tierra agrietada, del aire con sed. No me importó, pues a nadie extraño. Llegué a la ciudad. Nada fácil fue ganarse la confianza de la gente que sospecha hasta de las mismas paredes. Ayudante de velador, barrendero, mozo, limpiador de oficinas y desde hace meses me tienen en el archivo. Tengo un departamentito donde paso las noches y, aunque está en el último piso, es mi cueva que con lo que otros desechan, la he amueblado.

Desde hace meses, la inquietud me asalta. Me he percatado que mi cueva se reduce. Los programas de la televisión que me entretenían, ahora, son indiferentes. Las canciones de moda me aburren. Por accidente, escuché una estación de Radio Universidad, me gustó, pero no pude soportar el violín, sentí la necesidad de salir y caminar.

Por las noches, de regreso, hacía caminatas para engordar mi cansancio. Me veía en los espejos de los grandes almacenes: flaco, de bigote parado y de orejas caídas. El aire de las calles es voluble: humo de fritangas, olor de fábricas, coladeras sin tapa. La brisa en mi depa, me devolvía el vigor, sólo era cuestión de abrir las ventanas y el viento de la noche enriquecía el ambiente. Ahora, ha cambiado, ya no sucede y tengo que respirar frecuente, porque el aire no me llena. Iba de una ventana a otra; y de la otra, hasta la puerta. El sueño se ausentó y para calmarme, necesité fumar, se me adosó tanto, que si no tenia visible una cajetilla de cigarros frente a mí, salía a buscarla, así fuese en la madrugada. Una noche, el portero del edificio tocó al departamento, pues escuchó un grito. Le dije que había sido yo, que tuve un mal sueño. Opté, entonces, por dejar el radio prendido.

Para contrarrestar la somnolencia, abusé del café. Me sentía bien una o dos horas, pero después sobrevenía la fatiga. Un día, cuando compraba, la dependienta preguntó si estaba enfermo, le dije que no. Me siento bien y doblé el brazo para enseñarle mi “conejo”, pero la verdad, era que no rendía y hablaba sólo lo indispensable, dejé de ir a fiestas.

De vez en cuando, hacía ronda con Alberto, un amigo del trabajo; ambos tomábamos el mismo autobús.
-Andas enamorado- me decía.Sigue leyendo «El viaje»

Celia y el baño. La enfermedad ficción breve

Mujer en el baño de ERNEST DESCALSCelia gustaba del baño diario. Su ángel de la guarda, cada que ella se envolvía en el vapor, la desamparaba, ya que su plumaje era frágil a la humedad y el calor, así que esperaba fuera. La oía resollar de placer. Jamás se imaginó que había un fauno, que con caricias precisas, la hacía exclamar intensos gimoteos, cada vez que columpiaba la cadera llenando su centro. El querubín sonreía, porque a ella se le notaba una santa paz en su cara, cuando salía del baño.

LA ENFERMEDAD

—Es grave. Muy grave lo que tiene. Su padecer me pone la carne de gallina, un frio se acurruca en mi nuca.  Tengo necesidad de correr por un manojo de hierba del negro que sirva para protegerme.

—¿Es muy contagioso lo que tengo?

El se santigua, reza en su dialecto, como si le hablara a su corazón. Me ve con una mirada rápida, como si tuviera miedo de fijar en mí  sus ojos. Me preocupo.

—No, no es contagioso, pero su espíritu, tiene movimientos de gato,  brilla como espejo y quiere bailar y bailar sobre nubes y cielos estrellados. Sus ojos lo engañan, pues todo lo mira adornado. Le desagradan  oscuros y sepias. y la vida, amigo,  tiene de todo.

—Me quiere decir ¿qué tengo?

Debajo de la mesa de los santos y veladoras, sacó un manojo de hierbas que tenía en un recipiente, se me acercó anteponiendo entre su boca y mi oído el ramaje de la hierba del negro, y me dice muy quedo: está enamorado.

Freud

Tomó el puro. Lo olfateó, lo puso en su boca mordisqueándolo. Con la izquierda lo detenía; con la derecha hizo fuego. Haciendo pausas, removía el humo y chupeteaba los labios degustando el buqué del habano. Miró a la docta concurrencia que asombrada seguía sus movimientos. Golpeando sobre la mesa de honor dijo:

-Colegas, les recuerdo que también se fuma por placer y no sólo por deseos insatisfechos.

Apuntes de un niño

Pasé mi niñez en una ciudad que tiene  petróleo en sus entrañas. Los directores de la empresa vivían en el lomerío, en casas de lujo. Los obreros calificados  lo hicieron en la planicie con casas  tipo “gringo”  de madera tratada. En las afueras habitaban indígenas, en  chozas con techo de palma y paredes de barro.  Mi casa era de madera con piso de  ladrillo y un patio sombreado por árboles.

El silbato de la empresa sonaba a las seis y cuarenta y cinco de la mañana y quince minutos después,  volvía a pitar y marcaba el inicio de labores. Recuerdo que gruñía,  profundamente,  en mí oído, haciéndome creer que se trataba de un buque de vapor surcando en un mar agitado y que el capitán lo conducía  río arriba,  para que los niños conociéramos un barco de verdad. Los únicos que veía  eran los dibujados en los libros,  o bien,  los armados con hojas del cuaderno.

 

Asistí a una escuela  de dos plantas con piso de mosaico, salones amplios, luminosos y por fuera, cuadritos de cerámica color café. El patio contenía una cancha de futbol, otra de básquet y  espacios para corretearse con los amigos. Era fresca y daba gusto acostarse en sus pisos. A la escuela iba en la mañana y en la tarde.

Cuando regresaba a casa  oía  el alboroto de los cotorros y,  otras veces el cielo se oscurecía. Caían unas gotas gordas que al pegar dejaban un resabio de dolor y descargaban su furia sobre los tejados. Los arroyos se formaban en instantes y era el momento para arrancarle hojas al cuaderno y hacer el barquito de papel y situarlo sobre la corriente de agua y verlo partir rumbo al mar. Imaginarlo al lado del buque de vapor, ante la sorpresa del capitán, enfebrecido por el bochorno.

 La televisión era un bicho raro, así que después de la escuela, jugábamos al trompo, a las canicas y más tarde  a las escondidas.

Recuerdo el resplandor de los quemadores de gas, que a la distancia parecían gigantes de lumbre que se mecían con el viento, permitiéndonos retozar en aquellas calles sin cemento. Cuando mamá gritaba mi nombre, sabía que era hora de volver, cenar y dormir.

Para  mí,  había  la  temporada de los aguaceros,  la del frío con su Chipi-chipi y la de jugar en la calle al futbol. Las dos primeras asfixiaban.   Para poder llegar a la escuela tenía que ponerme unas botas de hule y un impermeable,  pues en las calles se formaban lagunas que teníamos que atravesar. —Era placentero meterse al agua y chapotearla con mis botas de goma—. El impermeable era un estorbo y más de una vez,  me lo quité para sentir las gordas gotas sobre mi rostro.

Los aguaceros, en su mayoría llegaban con el anuncio de los truenos y los rayos. Mamá corría a cubrir los espejos y luego me abrazaba fuerte, muy fuerte. Después de varios días, me asomaba a la ventana y veía que el patio y las calles estaban hechos  agua. Después vendría la recompensa, pues los charcos se cubrían de gusarapos y, salían de todos lados,  mariposas que volaban en filas y que  se posaban en mis manos. Arriba como saetas pasaban las libélulas con su iridiscencia azulada. Poco a poco,  el sol tostaba el barro y volvíamos  a jugar futbol.

Las aguas del frío me encarcelaban. La gente decía que había norte; para mí significaba pasar las vacaciones escolares metido en la casa sin poder salir a jugar por días y días. Era una lluvia fina, afilada y fría, que si caía por breves momentos, empapaba la ropa y dejaba dentro, una humedad que te hacía tiritar. Le decíamos chipi-chipi.

Esos días lo pasaba en la cocina con mamá, saboreando el café caliente y un pan recién horneado que al morderlo, crujía y esparcía el sabor de la melcocha.Afuera, estaba la monotonía: la gotera que caía en la cubeta o resbalando sobre la circunferencia de las naranjas y soportando el tac que hace al tronar sobre las hojas del plátano. Cerraba los ojos y veía en mi mente a los quemadores y cómo de su tallo se desprendían pájaros de fuego. Yo volaba en una de esas aves y recorría paisajes desconocidos. Hoy comprendo que aquella lluvia tenaz me obsequió los besos tiernos de mi madre y mi fantasía.

 

Ajedrez

Por la ventana a cuadros, pasaba la vespertina luz solar proyectando un tablero sobre la cama. La reina blanca estaba matizada por vetas canela. Él, un alfil negro, sudaba copiosamente. Acostados, soñaban aún con la batalla.

¡Bienvenida señora Garay!

No tenía cuarenta y ocho horas en el poblado y ya estaba haciendo las maletas para salir del lugar lo más pronto posible. Mi furia provocaba que metiera la ropa con desorden en la valija y, al mismo tiempo, repitiera:

— ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí?

Llegué a ese sitio después de siete horas de vuelo. Días antes, me sentía agotadísima y no dudé en aceptar la invitación de un amigo para reposar en su casa y después visitar la campiña.
—Véngase, verá usted que por acá se recupera. La tranquilidad del paisaje será un bálsamo para su espalda torturada y un aliciente para su alma.
Trabajé el doble en los días previos y, un viernes, volé al poblado que colindaba con la montaña y la selva. En una tarde de colores sucios, pisé tierra. Mi amigo llevaba una pancarta de cartulina, donde decía: “Bienvenida, señora Garay”. Me reí de su ocurrencia, pues llegué en un bimotor de veinte plazas. Fui a la oficina y compré el boleto de retorno, que sería en una semana. No antes, porque el servicio era cada ocho días.

Después de los saludos, abrazos y preguntas de rutina, subimos al taxi. Él se quedó callado para darme la libertad de observar el paisaje. El verde corría, dándome todas las tonalidades, pero respiré el presagio de un día bochornoso. Arribamos a la pequeña ciudad que parecía estar sacada de una colección de pueblos milenarios. Poco después, estaba dentro de su casa, muy diferente a la mía. En la construcción rústica se oía un viejo silencio. Suspiré y, aliviada, me dije que lo sustancial era descansar del ruido, sobre todo, de las tensiones causadas por el empleo.

Mi amigo, a quien llamaré Salvador, era un hombre de cuarenta años de edad de complexión atlética, nariz gruesa sin llegar a ser abultada; la mirada viva, que en momentos se retraía. Un lunar le enrojecía parte de la ceja derecha y cambiaba de tonalidad. Moreno, con facciones más de aborigen que de criollo, su charla era pausada y su trabajo consistía en asesorar empresas en políticas de contabilidad. Me relacioné con él porque asistimos a una fiesta en la capital del estado, donde fuimos padrinos. Yo, por parte de la novia; él, del novio. Compartimos la misma mesa y entablamos una conversación trivial, pero él siguió en contacto por medio de cartas, postales, o bien a través de terceras personas.
Trato de ordenar mis ropas en la maleta, mas por mi enojo, sólo amontono. ¡Tengo que volver a hacerla! Entonces, acumulo más coraje.
Ya en el interior de la casa, saludé a la señora y a su pequeño hijo. Ella mantenía el aseo y el orden. Era una mujer de mediana edad con facciones gruesas, obesa. El crío tendría unos tres años; al ver a Salvador, le extendió -de inmediato- sus brazos, y por la manera en que se estrecharon, percibí que había un vínculo especial. La vivienda tenía dos recámaras. El calor empezaba a percutirme las sienes y, después del viaje, lo que deseaba era darme un baño y tirarme en una cama.
— ¡Estás en tu casa! Regreso después. Tengo una cita que no me fue posible posponer. Me dijo.

Salvador se fue al trabajo. Quedé sola, porque, también, desaparecieron la señora y el niño. Me di un baño, calcé una bata de algodón y me tiré cuan larga era en la cama de él. Cuando desperté, todo estaba en silencio; sólo se escuchaba el chillido de algunas aves. Respiré hondo. Mentalmente, vi a mis hijos y sonreí. Escuchaba el golpe de mi corazón y el sudor hacía pequeñas vejigas sobre la frente. Era la primera vez que me alejaba de ellos, y su presencia se hacía más grande en cada latido. No pude contenerme y me pregunté, ¿qué hago aquí? Para darme ánimos, me contestaba en voz alta: vengo a descansar. ¡Mis hijos casi son unos hombres!

Febrero es un mes de recuerdos intensos, pues fue en las fiestas de carnaval cuando Sigue leyendo «¡Bienvenida señora Garay!»

Moliendo café

Temprano, iba hacia los cafetales, a cortar la cereza. La vereda bajaba o subía y la yegua resoplaba como un acordeón desafinado. Sobre su lomo llagado, tres fardos bamboleaban. Sentía lástima y hacía que parara, para que resollara a placer. Al llegar a la finca, el patrón -desde su poltrona- ya me esperaba.

—Gelasio, dale maíz a la Yegua y suéltala para que retoce en el campo. Le hará bien revolcarse. Luego, regresa y saca agua del pozo, para que Ponciana termine de lavar las porquerizas.

Se hacía la noche, y en el silencio se oía el taconeo de las botas de piel del Señor.

Los regalos del abuelo

Siempre me han encantado los domingos, porque es el día en que visitamos a la abuela. Abue Meche vive en la parte alta de la loma, en una casita rodeada de árboles frutales y de rosas. El corredor es amplio, fresco y melodioso por el canto de las aves.

Mi abuela sabe preparar unos deliciosos panes que le enseñó a hacer su mamá cuando era pequeña y después, cuando se casó con el abuelo, aprendió otros, pues él traía recetas de muchas partes del mundo. Me parece verlo sentado en su poltrona, contándonos leyendas de los países que visitó y cuando alzaba el dedo era para que pusiéramos atención. Tenía su voz clara que matizaba con el brillo de sus ojos.

— Sientan el aroma del pan de nueces y canela. Eso lo olí una mañana en un pueblito de los Andes. La buena señora me dio la receta y ahora mamá grande lo está horneando— nos dijo.

Era su forma de recordar a la gente que le dio cariño. Siempre que nos llevaba a caminar por el jardín, y hacía un alto, era para explicarnos algo: “No basta con ver, hay que mirar bien. Una rosa nos enseña mucho. Si la ves cuando la agita el viento, la guardas en tus ojos; si la miras en la alborada, la encontrarás cubierta de rocío. Miren la armonía de sus partes, no hay duda de que la rosa está hecha por las manos de Dios.

Uno de esos domingos, después de comer los panecillos que el abuelo aprendió a hacer en los Andes, mi hermano me llamó para decirme un secreto.

—Viri, ven conmigo al sótano para que veas lo que he encontrado…

Mientras papá y mamá conversaban con la abuela, fuimos sigilosos hacia la parte de abajo de la casa. Allí, en el sótano, la abuela guardaba su pasado.

—El día que quieran descubrirlo, sólo tienen que pasar, —solía decirnos. Pero nunca habíamos tenido curiosidad hasta que Adrián encontró debajo de unas sábanas viejas, un baúl repleto con todas las cosas del abuelo. ¡Y entre todo aquello, encontramos unas cartas para nosotros! Leí nerviosa la mía.

Querida Viri:
Desde que naciste vi en tus ojos mi retrato. Cuando recién aprendiste a caminar empezaste a descubrir un mundo en cada paso y en tu media lengua, me contabas y contabas. ¿Qué me habrás dicho? Nunca lo supe. Sólo intuía que dentro de ti había un mar de imágenes y de palabras. Igual que yo, que guardaba recuerdos de playas, valles, montañas y rostros de gente que me ofreció su amistad. De más grande, cuando regresabas de la escuela, me pedías que te contara cuentos. Por eso, los libros que encuentres en este baúl son para ti. ¡Sé que los leerás todos! A través de ellos conocerás muchas de mis historias. Algunas son de nuestra tierra, otras de pueblos distantes en los que estuve dando conciertos con la guitarra. Descubrirás el amor del gaucho hacia sus pampas y los ritmos de los Andes. Comprenderás que los lugares tienen magia y que en el alma de la gente, viven sueños y fantasías.

Abajo encontrarás un tesoro de pequeños objetos que fui adquiriendo cuando llevaba nuestra música a esas tierras. Siempre cargaba conmigo artesanías hechas con las manos de nuestro México y regresaba con otras, hechas con el corazón de otros pueblos. La última vez que toqué fue en Loíza, un pueblo en la costa Norte de Puerto Rico. Al final del concierto, una niña tan bella como tú, me dio un beso y el mejor regalo que he recibido: una máscara de vejigante; yo, a cambio, le di una muñequita con un vestido típico de la mujer totonaca y una mantilla de seda bordada de flores. Le prometí volver, pero uno propone y Dios dispone. Confío que Adrián, a quien le obsequiaré mi guitarra, pueda con paciencia llenarla de música y arrancar melodías que hagan enternecer a los corazones y que a través de su arte pueda hermanar al mundo. Y Tú, que en tu linda cabeza guardas tantos cuentos y fantasías, puedas hacerlos brillar y emocionar con ellos a los niños de la Tierra.