La musica que se escuchaba en la decada de los veintes en méxico.

https://www.preceden.com/timelines/169822-cronolog-a-del-bolero

Deseando saber más sobre el bolero me encontré esta dirección que nos da una cronología musical que  abarca desde el sigo XIX hasta 1980. Es una guía valiosa para situarse en el tiempo.
Cuando me pregunté acerca lo que había sucedido en la decada de 1930 y los mejores boleros escritos  en el mundo, en méxico, brincaron como pulgas cientos de ligas. que por razones de tiempo es complicado darles lectura. No es la intención del blog hacer una narrativa acuciosa sobre el bolero, sino dar algunos pormenores.
Tuve que hacer una distinción entre los interpretes del bolero y los compositores. También aquellos que lo componen y cantan y que antes  se le denominaban trovadores y ahora cantautores. Aunque la impresión es que éstos quizá sean buenos compositores, Obviamente hay excepciones.
Me dije que sería bueno, irlos ubicando por décadas. Hay compositores o cantantes que se saltan la línea del tiempo. Asi que fije el año de 1942 como un parte aguas, pues es el nacimiento del trío los Panchos que por sus voces, e innovaciones como la creación del requinto sirve para fijar a cantantes y boleros nacidos antes de y después de.
Si bien en este año festejamos los cien años del bolero en méxico, hay que reconocer que pocos boleres sonaban en la década de 1920. Otras canciones llegadas del país del norte nos invadían, El cuplé, la zarzuela, el tango.
Aunque grabada en 1958 fue compuesta  1922, con música de Juan Viladomat Masanas y letra de Félix Garzo. Cantada por Sarita montiel. La cantante es española.  Esta década estuvo cargada fundamentalmente por el tango y por la personalidad y voz de Carlos Gardel. Su influencia disminuye después de su muerte en aquel accidente aéreo en 1935.

 https://www.youtube.com/watch?v=04PP5aW7p1o

 

En 1927 llega una canción de un compositor yucateco Guti Cárdenas, que es elegida ganador en un concurso.  La canción es Nunca con letra del poeta Ricardo López Mendez
va con josé josé, y una  cantante yucateca hermosa María médina

 

Ahora con el trovador Guti, que murió muy joven en un pleito de cantina.

 

 

 

Estas canciones son cubanas, pero estaban en el año 1029 y30  Aquellos ojos Verdes por Utrera, y  lágrimas negras de Matamoros y Nilo menéndez.

Las he puesto para convencerme de que el bolero persiste a través de los  años, o como me digo, lo bueno existe, lo malo se queda en el olvido.

 

 

 

 

 

 

Sobre el arte de escribir cuentos dos Victor montoya

-Otra pregunta -le dije-. A tu juicio, ¿quién es el buen escritor de cuentos?
-El ñatito que ve como en una película la obra de su creación y es capaz de inventar ficciones sobre los tres pilares fundamentales de la condición humana: la vida, el amor y la muerte, así algunos críticos digan que lo más importante no es QUÉ se cuenta sino CÓMO se cuenta. Tampoco cabe duda de que un buen escritor de cuentos breves, usando los instrumentos simples de la palabra escrita, es capaz de crear personajes, a quienes les concede vida propia con su aliento y su talento, los crea no de un montoncito de tierra, como Dios creó al hombre, sino de un montoncito de palabras, como tú me estás creando contra viento y marea, soplándome vida en tus cuentos de la mina. El buen escritor posee la magia de sacar las palabras hasta por los bolsillos, como el mago saca las palomas por las mangas de la camisa.
-A propósito de ambientes y personajes, algunos de mis lectores dice que me repito demasiado, que patino sobre el mismo tema y sobre el mismo personaje.
-¡Bah! -refunfuñó el Tío-. No les hagas caso, sigue insistiendo sobre el mismo tema, sigue escribiendo sobre este Tío de la mina y, como recomendaba el viejo Tolstoi: “Describe tu aldea y serás universal”.
En efecto, me prometí para mis adentros seguir escribiendo sobre la realidad dantesca de los mineros y sobre las ocurrencias de su dios y su diablo protector encarnados en el Tío, el mismo que en ese instante conversaba conmigo sobre sus autores preferidos y sobre las claves del cuento breve, dándome la oportunidad de preguntarle una y otra vez, por ejemplo, ¿cómo elegir un buen cuento en medio de tanta palabrería?
-Eso varía de lector a lector -aclaró el Tío-. Hay cuentos y cuentistas para todos los gustos. Más todavía, los cuentos, al igual que sus autores, tienen diversas formas, tamaños y contenidos. Así hay cuentos largos como Julio Cortázar y cuentos cortos como Tito Monterroso; cuentos livianos como Julio Ramón Ribeyro y cuentos pesados como Lezama Lima; cuentos chuecos como Augusto Céspedes y cuentos borrachos como Edgar Allan Poe; cuentos humorísticos como Bryce Echenique y cuentos angustiados como Franz Kafka; cuentos eruditos como JL Borges y cuentos dandys como Óscar Wilde; cuentos pervertidos como Marqués de Sade y cuentos degenerados como Charles Bukovski; cuentos decentes como Antón Chéjov y cuentos eróticos como Anaîs Nin; cuentos del realismo social como Máximo Gorki y cuentos del realismo mágico como García Márquez; cuentos suicidas como Horacio Quiroga y cuentos tímidos como Juan Rulfo; cuentos naturalistas como Guy de Maupassant y cuentos de ciencia-ficción como Isaac Asimov; cuentos psicológicos como William Faulkner y cuentos intimistas como JC Onetti; cuentos de la tradición oral como Charles Perrault y cuentos infantiles como HC Andersen; cuentos de la mina como Baldomero Lillo, cuentos rurales como Ciro Alegría, cuentos urbanos como Mario Benedetti y así, como estos ejemplos, hay un montón de cuentos como hay de todo en la viña del Señor. El saber elegirlos no es responsabilidad del escritor sino un oficio que le corresponde al lector.
Al escuchar el chorro de nombres, en mi condición de eterno aprendiz, me quedé turulato por la sabiduría del Tío, quien conocía las técnicas del arte de narrar sin haber escrito un solo cuento. Claro que tampoco tenía por qué haberlo hecho, si en sus manos tenía a un escribano como yo, encargado de transcribir los dictados de su ingenio y su corazón de diablo.
Mi curiosidad por saber más sobre el arte de escribir cuentos breves fue in crescendo, hasta que indagué el porqué de su preferencia por el cuento breve.
El Tío se arrimó en el espaldar de su trono, irguió la cabeza, cruzó los brazos y explicó:
-Porque es una creación literaria donde se ensamblan la brevedad, la precisión verbal y la originalidad, pero también la sintaxis correcta y la claridad semántica, porque no es lo mismo decir: “Dos tazas de té, que dos tetazas”, ni es lo mismo decir: “La Virgen del Socavón, que el socavón de la virgen”.
Estaba a punto de abrir la boca cuando él, sin importarle un bledo lo que quería decirle, se me adelantó con la agilidad propia de un gran conversador:
-El cuento breve es tiempo concentrado, tan concentrado que, algunas veces, puede estar compuesto sólo por un título y una frase. Ahí tenemos “El dinosaurio”, un cuentito corto como su autor: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, dice Monterroso, seguro de haber cazado un animal prehistórico con siete palabras. Otro ejemplo, Antón Chéjov, acaso sin saberlo, anotó en su cuaderno de apuntes una anécdota, que bien podía haber sido un cuento condensado: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”. Lástima que el ruso dejó esta idea entre sus apuntes como un diamante no pulido. De lo contrario, éste podía haber sido el cuento breve más perfecto sobre la vida de un millonario suicida. ¿Qué te parece, eh? ¿Qué te parece?
-¿Y qué me dices de los cuentos de largo aliento? -le pregunté sólo por llevar más agua a su molino.
El Tío se dio cuenta de mi actitud de preguntón, paseó la mirada por doquier, se alisó los bigotes con la lengua y contestó:
-Los cuentos largos son como los largometrajes, si no terminas dormido, terminas bostezando como cuando te metes en una sopa de letras. En el cuento breve, que se diferencia de la novela por su extensión, deben figurar sólo las palabras necesarias. No en vano Cortázar decía que el cuento es instantáneo como una fotografía y la novela es larga como una película.
-O sea que la clave de un cuento breve radica en sintetizar el lenguaje -dije sin estar muy seguro de lo que decía.
-Más que sintetizar -precisó el Tío-, es necesario economizar el lenguaje, evitando la “inflación palabraria”, como dice Eduardo Galeano, quien recorrió un largo trecho hacia el desnudamiento de la palabra. El lenguaje tiene que ser llano y sencillo, lo más sencillo y claro posibles. No hay porqué escribir una prosa florida ni abigarrada, ni usar un lenguaje rimbombante ni hacer del cuento un árbol de abundante follaje y pocos frutos. Por el contrario, se trata de hacer un striptease del lenguaje, hasta dejarlo con su pura sencillez y encanto, porque en la sencillez del lenguaje se esconde la belleza del arte literario…
-Cómo es eso de desnudar la palabra -irrumpí, sin haber comprendido el meollo del asunto.
-Fácil -dijo el Tío-. ¿Recuerdas el ejemplito sobre el letrero del pescadero?
-No -contesté, rascándome la cabeza.
-Ay, ay, ay. ¡Qué cabezota, eh! -enfatizó-. Según el ejemplo de Galeano, el pescadero rotuló sobre la entrada de su tienda: “AQUÍ SE VENDE PESCADO FRESCO”. Pasó un vecino y le dijo: “Es obvio que es ‘aquí’, no hace falta escribirlo”. Y borró el AQUÍ. Pasó otro vecino y le dijo: “Es innecesario escribir ‘se vende’, ¿o acaso regala usted el pescado?”. Y borró el SE VENDE. Y sólo quedó PESCADO FRESCO. Sí. Y pasó otro vecino y dijo: “¿Acaso cree que alguien piensa que vende pescado podrido, que escribe ‘fresco’…?”. Y borró FRESCO. Ya sólo figuraba PESCADO. Así es… hasta que otro vecino pasó y le dijo al pescadero: “¿Por qué escribe ‘pescado’? ¿Acaso alguien dudaría de que se vende otra cosa que pescado, con el olor que sale de aquí?”. Así que el pescadero quitó las palabras que escribió sobre la entrada de su tienda…
El Tío parecía levitar mientras hablaba, como haciendo gala de su memoria retentiva. Hizo una breve pausa y luego continuó:
-Qué te parece la ocurrencia del pelado Galeano, ese trotamundos que, además de hacer striptease del lenguaje, logró escribir la historia de América Latina en pedacitos y con las venas abiertas.
-Muy bueno el ejemplo, muy bueno -contesté-. Pero, ¿hacía falta quitar todas las palabras del letrero?
-Está más claro que el agua. Hay cosas que no pueden ser “palabreadas” así nomás. Por eso Galeano, siguiendo las enseñazas del maestro Juan Carlos Onetti, se hizo consciente de que “las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio”.
-En eso estoy plenamente de acuerdo -le dije de golpe y porrazo-. Es como cuando se habla, si las palabras que se van a decir no son más bellas que el silencio, lo mejor es callar.
-Así es, pues -aseveró el Tío-. A veces, “la única manera de decir es callando” o como dice el verso de Pablo Neruda: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente…”.
Ahí se plantó nuestra conversa y se abrió un largo silencio.
Antes de cerrar la noche, me despedí del Tío, no sin antes agradecerle por su magistral enseñanza que, de seguir machacando mi oficio de artesano en la palabra, me ayudará a mejorar mis cuentos mal escritos, aunque sé por experiencia propia que “del dicho al hecho, hay mucho trecho”, tal cual reza el refrán popular.
Iba a franquear la puerta, cuando de pronto, a mis espaldas, escuché la voz del Tío:
-No dejes de escribir cuentos breves, como esos que a mí me gustan.
Me di la vuelta, le eché una veloz ojeada y pregunté:
-¿Como cuáles?
-Como los cuentos mineros donde cobro vida propia gracias a las aventuras de tu imaginación.
Me volví otra vez y salí de prisa, sin dejar más palabras que el silencio a mis espaldas.
FIN

lectora

 

1. Tío: Dios y diablo de la mitología andina. Los mineros le temen y le rinde pleitesía, ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.
* Víctor Montoya nació en La Paz, Bolivia, el 21 de junio de 1958. Escritor, periodista cultural y pedagogo. Vivió en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua. En 1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue perseguido, torturado y encarcelado. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en la cárcel de mayor seguridad de Chonchocoro-Viacha, escribió su libro de testimonio “Huelga y represión”. Liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó exiliado a Suecia en 1977. Egresado del Instituto Normal Superior de Estocolmo, en cuya Institución Pedagógica cursó estudios de especialización. Impartió lecciones de quechua, coordinó proyectos culturales en una biblioteca, dirigió talleres de literatura y ejerció la docencia durante varios años. Ha publicado: “Huelga y represión” (1979), “Días y noches de angustia” (1982), “Cuentos Violentos” (1991), “El laberinto del pecado” (1993), “El eco de la conciencia” (1994), “Antología del cuento latinoamericano en Suecia” (1995), “Palabra encendida” (1996), “Cuentos de la mina” (2000), “Entre tumbas y pesadillas” (2002), “Fugas y socavones” (2002), “Literatura infantil: Lenguaje y fantasía” (2003) y “Poesía boliviana en Suecia” (2005). Fundó y dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Su obra mereció premios y becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales. Actualmente escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos. Es director responsable de la edición digital de Narradores Latinoamericanos en Suecia: http://www.narradores.sey del Rincón Literario: welcome.to/heterogenesis.

Fluye el Sena Fred Vargas fragmento

Fluye el Sena
Tres casos del comisario Adamsberg
Traducción del francés de
Anne-Hélène Suárez Girard
Nuevos Tiempos Ediciones Siruela
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Salud y libertad*
Apostado en un banco público, frente a la
comisaría del distrito 5 de París, el viejo Vasco
iba escupiendo huesos de aceituna. Cinco
puntos si tocaba el pie de la farola. Esperaba
la aparición de un policía alto, rubio, de
cuerpo lacio, que salía cada mañana hacia las
nueve y media y dejaba con semblante triste
una moneda en un banco. En ese momento,
el viejo, sastre de profesión, estaba realmente
pelado. Tal como exponía a quien quisiera
prestarle oído, el siglo había doblado las campanas
por los virtuosos de la aguja. El «traje a
medida» agonizaba.
El hueso pasó a dos centímetros del pie
metálico. Vasco suspiró y echó unos tragos
* «Salud y libertad» fue publicado en el diario Le
Monde (1997).
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de cerveza a morro de una litrona. El mes de
julio era caluroso y, a las nueve, ya hacía sed;
eso por no mencionar las olivas.
El viejo Vasco llevaba más de tres semanas
instalado en el banco, mañana tras mañana,
salvo los domingos; había acabado reconociendo
varios rostros de la comisaría. Era una
buena distracción, mucho mejor de lo previsto,
y era increíble lo que se movía esa gente.
¿Para qué?, ya me contarás. El caso es que se
agitaban desde la mañana a la noche, cada
cual a su manera. Exceptuando al bajito y
moreno, el comisario, que se desplazaba siempre
muy despacio, como si anduviera bajo el
agua. Salía varias veces al día para caminar. El
viejo Vasco le decía unas palabras y lo miraba
alejarse por la calle, llevado por un ligero
tambaleo, con las manos en los bolsillos de un
pantalón arrugado. Ese tipo no se planchaba
la ropa.
El policía rubio y desgarbado bajó los escalones
de la entrada hacia las diez, presionándose
la frente con un dedo. Esa mañana llevaba
retraso, ya fuera que le doliera la cabeza o
que a la comisaría le hubiera caído encima un
caso de los gordos. Eran cosas que pasaban, al
fin y al cabo, con tanto ajetreo. Vasco lo llamó
haciéndole grandes señas, enseñándole el ciFluyeelSena.indd
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garrillo apagado. Pero el teniente Adrien Danglard
no parecía tener prisa por cruzar a darle
fuego. Miraba fijamente, junto a un banco, un
gran perchero de madera del que pendía una
chaqueta mugrienta.
–¿Eso es lo que te molesta, hermano? –preguntó
el viejo Vasco señalando el perchero.
–¿Qué es esa mierda que has instalado en la
calle? –gritó Danglard mientras cruzaba.
–Para tu información, esta mierda se llama
galán de noche y sirve para colgar el traje sin
que se arrugue. ¿Qué te enseñan en la policía?
¿Ves? Pones el pantalón en esta barra y aquí
colocas delicadamente la chaqueta.
–¿Y tienes intención de dejar eso en la acera?
–No señor. Lo encontré ayer en la basura
de la calle Grande-Chaumière. Me lo llevaré a
casa luego, y lo volveré a traer mañana. Y así
cada día.
–¿Y así cada día? –exclamó Danglard–. Pero
¿para qué demonios?
–Para colgar mi traje. Para conversar.
–¿Y tienes que colgarlo en plena calle?
Danglard echó una mirada a la chaqueta
raída del anciano.
–¿Qué pasa? –dijo el viejo–. Estoy pasando
una mala racha. Esta chaqueta viene de uno
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de los mejores fabricantes de Londres. ¿Quieres
ver la etiqueta?
–Ya me la has enseñado, tu etiqueta.
–Uno de los mejores fabricantes, te digo.
Con un buen retal, ya verás el forro que le voy
a hacer. Me suplicarás que te lo dé, mi traje
inglés. Porque a ti, se te nota que te gusta la
ropa. Tienes buen gusto.
–No puedes dejar ese trasto aquí. Está prohibido.
–No molesta a nadie. No empieces a hacerte
el madero, que no me gusta que me repriman.
Al teniente, por su parte, no le gustaba que
se metieran con él. Y le dolía la cabeza.
–Vas a tirar el galán de noche –dijo con firmeza.
–No. Es mi bien. Es mi dignidad. No se puede
quitar eso a un hombre.
–¡Que te den por saco! –dijo Danglard dándole
la espalda.
El viejo se rascó la cabeza mientras lo miraba
alejarse. Esa mañana no habría moneda.
¿Tirar su galán de noche? ¿Un hallazgo así?
Ni hablar. Mantenía bien recta su chaqueta.
Y sobre todo le hacía compañía. Es verdad,
él se aburría a morir, todos los días en ese
banco. El policía no parecía comprender esas
cosas.
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Vasco se encogió de hombros, sacó un libro
del bolsillo y se puso a leer. De nada servía esperar
que pasara el comisario bajito y moreno.
Había llegado al alba, como de costumbre. Se
veía su sombra pasar delante de la ventana del
despacho. Ése caminaba mucho, sonreía a menudo,
hablaba de buena gana, pero no parecía
llevar mucho dinero en el bolsillo.
Danglard entró en el despacho del comisario
Adamsberg con dos pastillas en la mano.
Adamsberg sabía que buscaba agua y le tendió
una botella sin mirarlo realmente. Agitaba
una hoja de papel entre los dedos, abanicándose.
Danglard conocía suficientemente
al comisario para comprender, por la variación
de la intensidad en su rostro, que algo
interesante se había producido esa mañana.
Pero desconfiaba. Adamsberg y él tenían
conceptos muy alejados de lo que se entiende
por «algo interesante». Así, al comisario le
parecía bastante interesante no hacer nada,
mientras que a Danglard le parecía mortalmente
terrorífico. El teniente echó una mirada
suspicaz a la hoja blanca que revoloteaba
entre los dedos de Adamsberg. Se tomó
las pastillas, torció el gesto por costumbre y
tapó sin ruido la botella. A decir verdad, se
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había acostumbrado a ese hombre, pese a la
irritación que le producía el comportamiento
inconciliable con su propia manera de existir.
Adamsberg se fiaba del instinto y creía en las
fuerzas de la humanidad; Danglard se fiaba
de la reflexión y creía en las fuerzas del vino
blanco.
–El viejo del banco se está pasando de la
raya –anunció Danglard guardando la botella.
–¿«Vasco de Gama»?
–Sí, «Vasco de Gama».
–¿Y de qué raya se pasa?
–De la mía.
–Ah. Eso es más preciso.
–Ha traído un gran perchero al que llama
galán de noche y en el que ha colgado un harapo
al que llama chaqueta.
–Ya lo he visto.
–Y tiene intención de convivir con ese mamotreto
en la vía pública.
–¿Le ha pedido usted que se deshaga de eso?
–Sí. Pero dice que es su dignidad, que eso
no se le puede quitar a un hombre.
–Claro… –murmuró el comisario.
Danglard abrió sus largos brazos dando
vueltas por la estancia. Desde hacía un mes,
el viejo, que además exigía que lo llamaran
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Vasco de Gama, como si no estorbara ya lo
suficiente, había instalado su campamento de
verano en el banco de enfrente. Allí comía,
dormía, leía, y escupía alrededor huesos de
aceituna y cáscaras de pistacho. Y desde hacía
un mes, como si tal cosa, el comisario lo
protegía como si fuera porcelana. Danglard
había tratado varias veces de echar a Vasco,
cuya vigilancia le parecía no sospechosa,
pero sí pesada, y Adamsberg lo había evitado
cada vez mascullando que ya lo verían más
adelante, que el viejo acabaría cambiando de
sitio. Al final, estaban ya en julio, y Vasco no
sólo se quedaba, sino que se traía su galán de
noche.
–¿Vamos a quedarnos mucho tiempo con
ese viejo? –preguntó Danglard.
–No es nuestro –contestó Adamsberg levantando
un dedo–. ¿Tanto le molesta?
–Me sale caro. Y me pone nervioso: no da
un palo al agua, se pasa el día mirando la calle
y recogiendo montones de porquerías que se
mete en los bolsillos.
–Yo creo que algo hace.
–Sí. Pone una ramita en un sobre y se lo mete
en la cartera. ¿Eso es lo que llama «algo»?
–Eso es algo, pero no me refería a eso. Creo
que hace otra cosa al mismo tiempo.

Sobre el arte de escribir cuentos Victor Montoya

El Tío1, como todo diablo de vasta cultura y declarado defensor del cuento breve -brevísimo-, aprovechó una de nuestras conversas para darme una lección sobre el arte de trabajar la palabra con la precisión de un orfebre.
-Escribir un cuento breve es como grabar un verso de García Lorca en un anillo de bodas -dijo-. Así de fácil pero a la vez difícil.
Lo miré callado, pensando en que el Tío, a pesar de sus atributos de Satanás, jamás dice las cosas al tuntún. Es un tipo asaz inteligente, sabio en las ciencias ocultas y en las ciencias de ciencias. ¿Qué no sabe? ¿Qué no puede? ¿Qué no quiere? Es un modelo de constancia y rigor intelectual. Y, lo más deslumbrante, tiene una respuesta para cada pregunta. Así un día, mientras hablábamos de literatura y literatura, dijo: “Los hombres escriben cuentos violentos”. ¿Y las mujeres?, le pregunté. “Ése es otro cuento”, me contestó.
-En tu opinión, ¿cómo se distingue al buen escritor de cuentos? -le dije a modo de tantearle sus conocimientos.
-Para empezar, al buen escritor se lo distingue incluso por la forma de andar -replicó con la sabiduría de quien posee el don del genio y la magia de la palabra-. El escritor de fuste no necesita tarjetas de presentación, críticos ni reconocimientos. En él, más que en nadie, la pasión de escribir es como estar endemoniado, una forma de levitar al borde del delirio, de hacer añicos la realidad y contar un cuento en el cual la mentira es tan cierta que nadie la pone en duda, aparte de que su vicio de escribir en soledad es una enfermedad endémica y sin remedio. Nadie lo puede librar de esa atadura voluntaria, ni siquiera Cristo en calzoncillos…
El Tío, consciente de que la virtud del intelectual consiste en simplificar lo complejo y no en hacer más complejo lo simple, se daba modos de meterme los conocimientos como con cuchara, aplicando una didáctica más eficaz que la de un profesor emérito. Por eso cuando hablaba de un tema aparentemente difícil, como es la literatura, lo hacía con gran desparpajo y muchos ejemplos.
-¿Y cómo se sabe que un cuento es un buen cuento? -le pregunté con la curiosidad de quien aprovecha una charla sobre el arte de escribir.
-Cuando te atrapa desde un principio y el lenguaje fluye con fuerza propia, cuando el lector reconoce las situaciones del cuento y empieza a identificarse con los personajes, quienes, por su verisimilitud, dejan de ser puras invenciones para hacerse creíbles a los ojos del lector. Un buen cuento se parece a un caleidoscopio, donde uno encuentra nuevas figuras literarias cada vez que lo lee y lo relee. Claro que todo esto no depende sólo de la perfección formal del cuento, incluidos el argumento, el lenguaje y el estilo, sino de la destreza del autor, quien debe mantener el suspense del lector hasta el final. En el mejor de los casos, el cuento debe tener un desenlace sorpresivo e inesperado, porque un cuento sin un final sorpresivo es como un regalo descubierto en Navidad.
-Y si el cuento no atrapa desde un principio ni mantiene tenso el ánimo del lector hasta el final, ¿qué hacer? -le pregunté, mientras rememoraba los malos cuentos que escribí en mi juventud creyéndolos obras maestras.
-¡Ah! -contestó el Tío, reacomodándose en su trono-. En ese caso lo mejor es tirarlo como cuando se tira abajo un edificio cuyas puertas y ventanas aparecieron construidas en el techo. A propósito, García Márquez dice: “El esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela”. Y si el cuento, por alguna razón misteriosa, no sale bien desde un principio, lo aconsejable es “empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura”, porque escribir un cuento que no quiere ser escrito es como forzar a una mujer que no te ama.
Me quedé pensando en que no es fácil ser albañil de la literatura, un oficio que parece reservado sólo para quienes, desde el instante en que conciben una historia en la imaginación, se sienten apresados en un torbellino de imágenes y palabras.

continuará…tomado de purocuento http://www.teecuento.com

lectora

 

Los momentos

El instante se fue. Quedó el almizcle de tus manos, recorrieron mi nuca y el cinturón de la espalda.
A tientas voy por el camino de aromas -es inútil, lo se. Tus besos fueron pájaros delincuentes.

pajaros al vuelo

Violeta de Felipe Garrido

Mamá me dijo que se la había llevado el Diablo, que no pensara en ella ni la buscara; que nunca iba a regresar. Y Lalo y Myriam, que son más grandes que yo, me hicieron señas de que era cierto, que eso había pasado con Violeta, nuestra hermana mayor. Yo tendría tres años; me daba miedo. Empecé a sentir una sombra. Iba de un lado a otro volteando, y me persignaba. Por un tiempo busqué su ropa, sus libros, sus cosas y si oía que en la noche un carro se paraba frente a la casa me levantaba para ver si había vuelto. La soñaba encadenada, envuelta en llamas y me despertaba llorando. La extrañaba. Ella me consentía, me rascaba la cabeza, dejaba que me durmiera en su cama. Y luego un día, mucho después, yo ya estaba en la escuela, vi a una pareja en la cola de un cine, con una niña. El hombre la tenía de la mano y abrazaba por la cintura a la señora, la besaba en la cara y ella se parecía mucho, mucho a mi hermana Violeta.

Mujer de reboos rojo

Cuando te avizoro

Fugaz, siempre fugaz como las chupa rosas que van a ninguna parte. ¿De dónde eres?  En tarde soñolienta, brumosa, se que vas delante porque tu cadera desprende manzanilla, muelle y flor.

 

mujer en paris

La culta dama de josé de la colina

Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado
“El dinosaurio”.
Ah, es una delicia – me respondió – ya estoy leyéndolo.

 

mujer llorando

Del diario de una mujer 6

No tarda en llegar el taxi para ir a la oficina. Él ríe de «Nieve»; a través de la ventana se ve a la perra persiguiendo a la libélula en el jardín. Al encontrarme con sus ojos sonreímos los dos.  Tibia mañana, de café con pan. Nadie llegará hasta después del mediodía. Él vino de un trópico distante. Me perturba. Hinco el cuero de la bota en la duela del piso, no tanto para que se fijara en mis formas de mujer, sino para decirme que volar con algo que no es tuyo, es peligroso.  La tonadilla de una canción suena en mi cabeza.
lara la la la…La vida es una autopista que no tiene regreso, lalala-lala…
Salí apresurada hacia la puerta de mi casa, le pagué al taxista y regresé.

carretera