Fluye el Sena
Tres casos del comisario Adamsberg
Traducción del francés de
Anne-Hélène Suárez Girard
Nuevos Tiempos Ediciones Siruela
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Salud y libertad*
Apostado en un banco público, frente a la
comisaría del distrito 5 de París, el viejo Vasco
iba escupiendo huesos de aceituna. Cinco
puntos si tocaba el pie de la farola. Esperaba
la aparición de un policía alto, rubio, de
cuerpo lacio, que salía cada mañana hacia las
nueve y media y dejaba con semblante triste
una moneda en un banco. En ese momento,
el viejo, sastre de profesión, estaba realmente
pelado. Tal como exponía a quien quisiera
prestarle oído, el siglo había doblado las campanas
por los virtuosos de la aguja. El «traje a
medida» agonizaba.
El hueso pasó a dos centímetros del pie
metálico. Vasco suspiró y echó unos tragos
* «Salud y libertad» fue publicado en el diario Le
Monde (1997).
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de cerveza a morro de una litrona. El mes de
julio era caluroso y, a las nueve, ya hacía sed;
eso por no mencionar las olivas.
El viejo Vasco llevaba más de tres semanas
instalado en el banco, mañana tras mañana,
salvo los domingos; había acabado reconociendo
varios rostros de la comisaría. Era una
buena distracción, mucho mejor de lo previsto,
y era increíble lo que se movía esa gente.
¿Para qué?, ya me contarás. El caso es que se
agitaban desde la mañana a la noche, cada
cual a su manera. Exceptuando al bajito y
moreno, el comisario, que se desplazaba siempre
muy despacio, como si anduviera bajo el
agua. Salía varias veces al día para caminar. El
viejo Vasco le decía unas palabras y lo miraba
alejarse por la calle, llevado por un ligero
tambaleo, con las manos en los bolsillos de un
pantalón arrugado. Ese tipo no se planchaba
la ropa.
El policía rubio y desgarbado bajó los escalones
de la entrada hacia las diez, presionándose
la frente con un dedo. Esa mañana llevaba
retraso, ya fuera que le doliera la cabeza o
que a la comisaría le hubiera caído encima un
caso de los gordos. Eran cosas que pasaban, al
fin y al cabo, con tanto ajetreo. Vasco lo llamó
haciéndole grandes señas, enseñándole el ciFluyeelSena.indd
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garrillo apagado. Pero el teniente Adrien Danglard
no parecía tener prisa por cruzar a darle
fuego. Miraba fijamente, junto a un banco, un
gran perchero de madera del que pendía una
chaqueta mugrienta.
–¿Eso es lo que te molesta, hermano? –preguntó
el viejo Vasco señalando el perchero.
–¿Qué es esa mierda que has instalado en la
calle? –gritó Danglard mientras cruzaba.
–Para tu información, esta mierda se llama
galán de noche y sirve para colgar el traje sin
que se arrugue. ¿Qué te enseñan en la policía?
¿Ves? Pones el pantalón en esta barra y aquí
colocas delicadamente la chaqueta.
–¿Y tienes intención de dejar eso en la acera?
–No señor. Lo encontré ayer en la basura
de la calle Grande-Chaumière. Me lo llevaré a
casa luego, y lo volveré a traer mañana. Y así
cada día.
–¿Y así cada día? –exclamó Danglard–. Pero
¿para qué demonios?
–Para colgar mi traje. Para conversar.
–¿Y tienes que colgarlo en plena calle?
Danglard echó una mirada a la chaqueta
raída del anciano.
–¿Qué pasa? –dijo el viejo–. Estoy pasando
una mala racha. Esta chaqueta viene de uno
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de los mejores fabricantes de Londres. ¿Quieres
ver la etiqueta?
–Ya me la has enseñado, tu etiqueta.
–Uno de los mejores fabricantes, te digo.
Con un buen retal, ya verás el forro que le voy
a hacer. Me suplicarás que te lo dé, mi traje
inglés. Porque a ti, se te nota que te gusta la
ropa. Tienes buen gusto.
–No puedes dejar ese trasto aquí. Está prohibido.
–No molesta a nadie. No empieces a hacerte
el madero, que no me gusta que me repriman.
Al teniente, por su parte, no le gustaba que
se metieran con él. Y le dolía la cabeza.
–Vas a tirar el galán de noche –dijo con firmeza.
–No. Es mi bien. Es mi dignidad. No se puede
quitar eso a un hombre.
–¡Que te den por saco! –dijo Danglard dándole
la espalda.
El viejo se rascó la cabeza mientras lo miraba
alejarse. Esa mañana no habría moneda.
¿Tirar su galán de noche? ¿Un hallazgo así?
Ni hablar. Mantenía bien recta su chaqueta.
Y sobre todo le hacía compañía. Es verdad,
él se aburría a morir, todos los días en ese
banco. El policía no parecía comprender esas
cosas.
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Vasco se encogió de hombros, sacó un libro
del bolsillo y se puso a leer. De nada servía esperar
que pasara el comisario bajito y moreno.
Había llegado al alba, como de costumbre. Se
veía su sombra pasar delante de la ventana del
despacho. Ése caminaba mucho, sonreía a menudo,
hablaba de buena gana, pero no parecía
llevar mucho dinero en el bolsillo.
Danglard entró en el despacho del comisario
Adamsberg con dos pastillas en la mano.
Adamsberg sabía que buscaba agua y le tendió
una botella sin mirarlo realmente. Agitaba
una hoja de papel entre los dedos, abanicándose.
Danglard conocía suficientemente
al comisario para comprender, por la variación
de la intensidad en su rostro, que algo
interesante se había producido esa mañana.
Pero desconfiaba. Adamsberg y él tenían
conceptos muy alejados de lo que se entiende
por «algo interesante». Así, al comisario le
parecía bastante interesante no hacer nada,
mientras que a Danglard le parecía mortalmente
terrorífico. El teniente echó una mirada
suspicaz a la hoja blanca que revoloteaba
entre los dedos de Adamsberg. Se tomó
las pastillas, torció el gesto por costumbre y
tapó sin ruido la botella. A decir verdad, se
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había acostumbrado a ese hombre, pese a la
irritación que le producía el comportamiento
inconciliable con su propia manera de existir.
Adamsberg se fiaba del instinto y creía en las
fuerzas de la humanidad; Danglard se fiaba
de la reflexión y creía en las fuerzas del vino
blanco.
–El viejo del banco se está pasando de la
raya –anunció Danglard guardando la botella.
–¿«Vasco de Gama»?
–Sí, «Vasco de Gama».
–¿Y de qué raya se pasa?
–De la mía.
–Ah. Eso es más preciso.
–Ha traído un gran perchero al que llama
galán de noche y en el que ha colgado un harapo
al que llama chaqueta.
–Ya lo he visto.
–Y tiene intención de convivir con ese mamotreto
en la vía pública.
–¿Le ha pedido usted que se deshaga de eso?
–Sí. Pero dice que es su dignidad, que eso
no se le puede quitar a un hombre.
–Claro… –murmuró el comisario.
Danglard abrió sus largos brazos dando
vueltas por la estancia. Desde hacía un mes,
el viejo, que además exigía que lo llamaran
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Vasco de Gama, como si no estorbara ya lo
suficiente, había instalado su campamento de
verano en el banco de enfrente. Allí comía,
dormía, leía, y escupía alrededor huesos de
aceituna y cáscaras de pistacho. Y desde hacía
un mes, como si tal cosa, el comisario lo
protegía como si fuera porcelana. Danglard
había tratado varias veces de echar a Vasco,
cuya vigilancia le parecía no sospechosa,
pero sí pesada, y Adamsberg lo había evitado
cada vez mascullando que ya lo verían más
adelante, que el viejo acabaría cambiando de
sitio. Al final, estaban ya en julio, y Vasco no
sólo se quedaba, sino que se traía su galán de
noche.
–¿Vamos a quedarnos mucho tiempo con
ese viejo? –preguntó Danglard.
–No es nuestro –contestó Adamsberg levantando
un dedo–. ¿Tanto le molesta?
–Me sale caro. Y me pone nervioso: no da
un palo al agua, se pasa el día mirando la calle
y recogiendo montones de porquerías que se
mete en los bolsillos.
–Yo creo que algo hace.
–Sí. Pone una ramita en un sobre y se lo mete
en la cartera. ¿Eso es lo que llama «algo»?
–Eso es algo, pero no me refería a eso. Creo
que hace otra cosa al mismo tiempo.