La camaleona de Rodrigo Parra Sandoval

La camaleona
—Estoy cansada de que la gente critique mis continuos cambios de color. Me dicen: “fíjate que el ornitorrinco es siempre un ornitorrinco, y el escarabajo un escarabajo”. Así que he decidido ser una camaleona de carácter, de personalidad centrada y sólida, una camaleona con identidad encapsulada.
Y dicho esto, se puso seria, hizo un gran esfuerzo, se volvió morada y no volvió cambiar de color. Pasaron por un bosque y la camaleona no se puso verde. Pasaron por un jardín de margaritas y la camaleona no se puso amarilla. Durante todo el día, a pesar de los muchos colores que presenciaron en esa variopinta tarde de verano en un trópico evanecido de sus excesos coloristas, a pesar del rojo crepúsculo incendiario, la camaleona permaneció firme en el color morado.
Al regresar de la tarde de charla literaria por la orilla del río, la camaleona les preguntó a sus amigos:
—¿Cómo os pareció mi firmeza de carácter?
El ornitorrinco y el escarabajo pelotero respondieron:
—Has mostrado una firmeza de carácter admirable. Pero ya no eres una camaleona.

Tomado del Fb

El tiempo y el relato de Proust

Marcel Proust. Considera tres
aspectos del relato en su estudio: tiempo,
modo y voz. Quizá el más novedoso,
interesante y exhaustivo sea el tratamiento
del tiempo, del cual aborda el orden,
la duración y la frecuencia.
Antes de abordar los principales factores
del tiempo, es importante aclarar
aspectos terminológicos. El tiempo de la
ficción no es equiparable al tiempo físico
de la vida real, pues el primero es un
tiempo de cuasi-ficción, no real. Además
tenemos que distinguir dos planos: el
plano de la historia, que es el plano del
significado, y el de la realidad narrada.
Este último es el del relato, del significante,
del tiempo del discurso narrativo.
El tiempo del primer plano es el tiempo
ordenado, el que trata de reproducir la
historiografía; el del segundo plano es
artístico, lo crea el narrador desde el momento
en que decide dónde empezar a
contar, dónde terminar, qué acciones requieren
mayor tratamiento, cuáles le son
baladíes y por lo tanto omitibles, dónde
realizar saltos, trastrocamientos, adelantamientos,
etcétera. Entre ambos planos
se presentan tres relaciones: el orden, la
frecuencia y la duración.
El orden
Si el escritor de ficción desea alterar el
orden de las acciones que transcurren en
el tiempo lineal, de modo que un hecho
que normalmente esperaríamos al final
lo presenta a la mitad, está incurriendo
en un descalabro lógico, quizá, pero no
literario ni psicológico. A esto se le conoce
como proyección a futuro, prolepsis
o simplemente anticipación. Aquí entramos
en el tiempo de las predicciones, de
las premoniciones, de los sueños o de
las profecías. Puede ocurrir lo contrario,
hacer que un hecho que ocurre antes
incluso de la historia que va a contar el
narrador, se presente a la mitad de la
historia, como ocurre con los recuerdos
de los personajes; entonces nos enfrentamos
a otro descalabro del orden lógico-
temporal conocido como “flash back”
en el lenguaje fílmico, y retrospección o
analepsis en la retórica clásica.
LA FRECUENCIA
Lo más sencillo sería que aquello que…ocurrió una vez en la historia, se mencionara
una vez en el relato, o que aquello
ocurrido muchas veces se mencionara
muchas veces. Pero puede darse el caso
de que lo que ocurrió una vez, lo repita
el narrador de manera inusitada en
su relatoría; o simplemente que lo que
ocurrió una o varias veces en la secuencia
de los hechos de la historia, no tenga
importancia alguna para el escritor, y por
lo tanto ni lo mencione.
La duración
Más interesante que la frecuencia es
la duración del tiempo en los mundos
imaginarios. En busca del tiempo perdido
es una obra maestra del tiempo psicológico.
De ella, Genette extrae una veta
extraordinaria para hablar de la duración
del tiempo reproducido en la literatura.
Veamos los casos posibles. a) Una conversación
realista, al reproducirse en una
narración, duraría aproximadamente el
mismo tiempo que si se llevara a cabo en
una escena de teatro o en la vida real;
b) las formas de aceleración o desaceleración
son comunes, lo cual se refiere a
eventos que ocurren lentamente, aunque
en la ficción puedan durar mucho
arbitrariamente, o viceversa. Pongamos
por caso la caída de la hoja de un árbol.
Lo más seguro es que en la realidad dure
unos cuantos segundos, pero en la narración
puede describirse dicho evento en
cinco o diez páginas y no caer todavía.
Pareciera que el tiempo se comporta
como real, pero no, es seudoreal (o sea
falso), cuasi-ficción; siempre resultará
un constructo imaginario con una duración,
un orden y una frecuencia dispares,
irregulares e imprecisos; no es posible
establecer reglas generales válidas para
toda narración ficcional, que definan su
transcurso.
Existen varios y novedosos tratamientos
del tiempo literario, diferentes
cada uno en función de la perspectiva
metodológica utilizada, de la conceptualización
teórica de la fuente disciplinar,
y también del género literario utilizado3.
Sin embargo, no dejará de ser la narrativa,
por su propia naturaleza, por el sui
generis tratamiento que hace del tiempo,
la que más atractivo posea, en especial
en aquellas narraciones extensas como la novela, porque en ellas se ve, se siente
y se oye el transcurrir del tiempo y sus
efectos en los personajes que nosotros
mismos sufrimos y gozamos .

Nasrudin el Mula-maestro- anónimo árabe

Esta historia comienza cuando Nasrudín llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente.
Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudín, que en verdad no sabía que decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba.
Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:
-Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles.
La gente dijo:
-No… ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte!
Nasrudín contestó:
-Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.
Dicho esto, se levantó y se fue.
La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudín se alejaba, dijo en voz alta:
-¡Qué inteligente!
Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice “¡qué inteligente!”, para no sentirse un idiota uno repite: “¡sí, claro, qué inteligente!”. Y entonces, todos empezaron a repetir:
-Qué inteligente.
-Qué inteligente.
Hasta que uno añadió:
-Sí, qué inteligente, pero… qué breve.
Y otro agregó:
-Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.
Entonces fueron a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de Él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.
Nasrudín dijo:
-No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.
La gente dijo:
-¡Qué humilde!
Y cuanto más Nasrudín insistía en que no tenía nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia.
Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudín se paró frente al público e insistió con su técnica:
-Supongo que ustedes ya sabrán que he venido a decirles.
La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:
-Sí, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido.
Nasrudín bajó la cabeza y entonces añadió:
-Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.
Se levantó y se volvió a ir.
La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:
-¡Brillante!
Y cuando todos oyeron que alguien había dicho “¡brillante!”, el resto comenzó a decir:
-¡Si, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!
-Qué maravilloso
-Qué espectacular
-Qué sensacional, qué bárbaro
Hasta que alguien dijo:
-Sí, pero… mucha brevedad.
-Es cierto- se quejó otro
-Capacidad de síntesis- justificó un tercero.
Y en seguida se oyó:
-Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría!
Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenía conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad de origen.
La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.
Por tercera vez se paró frente al público, que ya eran multitudes, y les dijo:
-Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar.
Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:
-Algunos si y otros no.
En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudín con la mirada.
Entonces el maestro respondió:
-En ese caso, los que saben… cuéntenles a los que no saben.
Se levantó y se fue.

Anónimo africano

Había un lobo en la selva. Un día, cuando estaba afuera paseando, encontró a un árbol que tenía unas hojas que parecían caras de personas. Escuchó atentamente y pudo oír al árbol hablar.

El lobo se asustó y dijo:

-Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No sabía durante cuánto tiempo había estado allí tendido en el suelo, pero cuando despertó estaba demasiado asustado para hablar. Se levantó inmediatamente y empezó a correr.

El lobo estuvo pensando acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podía usar el árbol para su provecho. Se fue paseando de nuevo y se encontró a un antílope. Le contó lo del árbol que hablaba, pero el antílope no le creyó.

-Ven y lo verás tu mismo -dijo el lobo- pero cuando llegues delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: “Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante”. Si no las dices, morirás.

El lobo y el antílope se acercaron hasta el árbol que hablaba. El antílope dijo:

-Has dicho la verdad, lobo, hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.

Tan pronto como dijo esto alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a casa para comérselo. “Este árbol que habla solucionará todos mis problemas”, pensó el lobo. “Si soy inteligente nunca más volveré a pasar hambre.”

Al día siguiente el lobo estaba paseando como de costumbre. Al cabo de un rato se encontró con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope, y la llevó hasta el lugar. La tortuga se sorprendió cuando vio al árbol hablante.

-No creía que esto fuera posible -dijo- hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y cayó inconsciente. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla. Pensó en hacer una estupenda sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga cazó un ave, un jabalí, y un ciervo. Nunca antes había comido mejor. Siempre usaba la misma estrategia. Contaba a sus presas que debían decir que nunca antes habían visto a un árbol hablar y que si no lo decían morirían. Todos ellos hicieron lo que el lobo les dijo y todos ellos quedaron inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. Era un plan perfecto, él lo creía simple e infalible, y agradecía a las estrellas el hecho de haber encontrado a ese árbol. Esperaba comer como un rey durante el resto de su vida.

Un día, que se sentía con algo de hambre, el lobo fue a pasear de nuevo. Esta vez se encontró con una liebre. El lobo le dijo:

-Hermana liebre, he visto algo que tú no has visto desde el tiempo de tus antepasados.

-Hermano mayor, ¿qué puede ser? -preguntó la liebre.

-He visto un árbol que habla en la selva -dijo el lobo.

Contó la misma historia de siempre a la liebre y se ofreció para llevarla a ver ese árbol hablante. Fueron juntos hasta el lugar. Cuando se acercaban al árbol el lobo le dijo:

-No olvides lo que te he contado.

-¿Qué me contaste? -preguntó la liebre.

-Lo que debes decir cuando llegues junto al árbol, o si no , morirás -dijo el lobo.

-¡Oh!, sí -dijo la liebre-.

Y empezó a hablar con el árbol.

-¡Oh!, árbol, ¡oh!, árbol -dijo-. Eres un árbol precioso.

.No, esto no -dijo el lobo.

-Perdona -dijo la liebre. Entonces habló de nuevo-. Árbol, ¡oh!, árbol, nunca pensé que pudieras ser tan maravilloso.

-¡No, no! -dijo el lobo- no un árbol precioso, un árbol hablante. Te dije que tenías que decir que nunca habías visto antes a un árbol hablante.

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se fue andando y mirando hacia el árbol y el lobo. Luego sonrió:

-Entonces, este era el plan del señor Lobo -dijo-. Se pensaba que este lugar era un comedero y yo su comida.

La liebre se marchó y contó a todos los animales de la selva el secreto del árbol que hablaba. El plan del lobo fue descubierto, y el árbol, sin herir a nadie, continuó hablando solo.

Foto Rgg. https://ciudadseva.com/texto/el-arbol-que-hablaba/


Fabula de kafka

“Ay”, dijo el ratón, “el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer”.
“Sólamente tienes que cambiar tu dirección”, dijo el gato, y se lo comió.

Anónimo Árabe

—Si mañana hace buen día, iré al mercado a comprar un asno —dijo Nasrudín a su mujer.

—Olvidaste añadir: “Si Alá lo quiere” —señaló su esposa.

Pero Nasrudín, exasperado por una racha de desgracias, dijo malhumorado:

—Nunca Alá parece querer nada. Estoy cansado de decir esas palabras cuando no tienen ninguna utilidad.

El día siguiente era soleado y el mulá se fue a la subasta de asnos, donde compró uno por un precio muy razonable. Montado en su nuevo asno, emprendió el regreso a casa.

—¿Quién necesita los buenos deseos de Dios? —se dijo feliz a sí mismo—. He encontrado una verdadera ganga, sin su aprobación.

Justo entonces, una culebra se deslizó por el camino. El asustado asno corcoveó y Nasrudín voló por el aire, aterrizando en un matorral de espino. Cuando luchaba por liberarse del matorral, las raíces del arbusto se desprendieron y rodó con el mulá cuesta abajo, hasta el pie de la ladera. Nasrudín se las arregló como pudo para liberarse de las espinas. Magullado, sangrando, con las ropas desgarradas y hechas jirones, se fue cojeando hasta su casa. Estaba tan lejos de la aldea que llegó cuando la noche había caído.
Llamó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas.

—¿Quién es? —preguntó su esposa desde dentro.

—Abre, mujer —replicó Nasrudín a punto de desfallecer—. Soy yo, si Alá lo quiere.

Anónimo hindú dos

Era un padre de familia. Había conseguido unas anciano condiciones de vida y había enviudado, después de que sus hijos se hicieran mayores y encauzaran sus propias vidas. Siempre había acariciado la idea de dedicarse a la búsqueda espiritual y poder llegar a sentir la unidad con la Conciencia Universal. Ahora que ya no tenía obligaciones familiares, decidió ir a visitar a un yogui y ponerlo al corriente de sus inquietudes, pidiéndole también consejo espiritual.

El yogui vivía cerca de un río. Cubría su cuerpo con un taparrabos y se alimentaba de aquello que le daban algunos devotos. Vivía en paz consigo mismo y con los demás. Sonrió apaciblemente cuando llegó hasta él el hombre de hogar.

-¿En qué puedo ayudarte? -preguntó cortésmente.

-Venerable yogui, ¿cómo podría yo llegar a percibir la Mente Universal y hacerme uno con Ella?

El yogui ordenó:

-Acompáñame.

El yogui condujo al hombre de hogar hasta el río. Le dijo:

-Agáchate.

Así lo hizo el hombre de hogar y, al punto, el yogui lo agarró fuertemente por la cabeza y lo sumergió en el agua hasta llevarlo al borde del desmayo. Por fin permitió que el hombre de hogar, en sus denodados forcejeos, sacara la cabeza. Le preguntó:

-¿Qué has sentido?

-Una extraordinaria necesidad y ansia de aire.

-Pues cuando tengas esa misma ansia de la Mente Universal, podrás aprender a percibirla y hacerte uno con ella.

Deseo sexual femenino — Tabutalks

Hace tiempo que desde TabuTalks queríamos tocar un tema relacionado con el deseo sexual femenino y hoy hablaremos de lo que se conoce como deseo sexual hipoactivo;

Deseo sexual femenino — Tabutalks

El tono de la narración

Las emociones nacen desde la voz del narrador. Pueden ser voces irónicas, cínicas, desafiantes, persuasivas, desconfiadas, enamoradizas, vengativas, melancólicas. La voz del escritor sobrevuela el texto desde el momento en que elegimos narrar un relato desde ahí, desde nuestro particular punto de vista, pero lo que cuenta el narrador, “cómo lo dice” (tono del discurso), es tan importante -o más- que “lo que dice” (argumento). “En literatura, no oímos al narrador y, por tanto, debemos estar atentos a otros índices de su actitud”, explica Enrique Anderson Imbert en su libro Teoría y Técnica del Cuento. Una frase literaria, dicha en tono satírico, no significa lo mismo que expresada en tono frío o distante. Es como un chiste: será más o menos gracioso no sólo por la anécdota en sí, sino más bien por cómo la transmite la persona que la cuenta. Por tanto, el tono de un relato es la actitud emocional que el narrador mantiene hacia el argumento y hacia los protagonistas. Normalmente, el cuento breve, como género literario, sostiene el mismo tono durante toda la historia, aunque la mezcla de tonalidades es también uno de los factores que lo enriquece: el tono cambia desde un personaje a otro; desde una situación a otra; desde una descripción a otra. La entonación crea un efecto de empatía en el lector, porque, según el tono con que se cuente la trama argumental, ésta puede expresar diferentes sentimientos. No es el mismo discurso afirmar que lloverá, dudar si lloverá o no lloverá o amenazar a alguien con que le lloverá encima. El tono del relato, en definitiva, puede modificar la historia y forma parte del punto de vista desde dónde quiere narrar el escritor. Cuando éste comienza un cuento, opta por una narración concreta, elige desde qué narrador va a contarla (primera, segunda o tercera persona), pero también desde qué sentimiento (tono) lo enuncia. Share/Save/Bookmark E. – – -Pu

¿Avisarías a los personajes de tu sueño? Anónimo hindú

El discípulo se reunió con su mentor espiritual para indagar algunos aspectos de la Liberación y de aquellos que la alcanzan. Departieron durante horas. Por último, el discípulo le preguntó al maestro:

-¿Cómo es posible que un ser humano liberado pueda permanecer tan sereno a pesar de las terribles tragedias que padece la humanidad?

El mentor tomó entre las suyas las manos del perplejo discípulo y le explicó:

-Tú estás durmiendo. Supóntelo. Sueñas que vas en un barco con otros muchos pasajeros. De repente, el barco encalla y comienza a hundirse. Angustiado, te despiertas. Y la pregunta que yo te hago es: ¿acaso te duermes rápidamente de nuevo para avisar a los personajes de tu sueño?

https://ciudadseva.com/texto/avisarias-a-los-personajes-de-tu-sueno/

¿Dónde radica, exactamente, la grandeza literaria de Solzhenitsyn? En el centenario de su nacimiento, este texto propone una respuesta.

https://wp.me/pAANo-K3

Sennin de Ryunosuke

Un hombre que quería emplearse como sirviente llegó una vez a la ciudad de Osaka. No sé su verdadero nombre, lo conocían por el nombre de sirviente, Gonsuké, pues él era, después de todo, un sirviente para cualquier trabajo.

Este hombre -que nosotros llamaremos Gonsuké- fue a una agencia de COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO, y dijo al empleado que estaba fumando su larga pipa de bambú:

-Por favor, señor Empleado, yo desearía ser un sennin¹. ¿Tendría usted la gentileza de buscar una familia que me enseñara el secreto de serlo, mientras trabajo como sirviente?

El empleado, atónito, quedó sin habla durante un rato, por el ambicioso pedido de su cliente.

-¿No me oyó usted, señor Empleado? -dijo Gonsuké-. Yo deseo ser un sennin1. ¿Quisiera usted buscar una familia que me tome de sirviente y me revele el secreto?

-Lamentamos desilusionarlo -musitó el empleado, volviendo a fumar su olvidada pipa-, pero ni una sola vez en nuestra larga carrera comercial hemos tenido que buscar un empleo para aspirantes al grado de sennin. Si usted fuera a otra agencia, quizá…

Gonsuké se le acercó más, rozándolo con sus presuntuosas rodillas, de pantalón azul, y empezó a argüir de esta manera:

-Ya, ya, señor, eso no es muy correcto. ¿Acaso no dice el cartel COLOCACIONES PARA CUALQUIER TRABAJO? Puesto que promete cualquier trabajo, usted debe conseguir cualquier trabajo que le pidamos. Usted está mintiendo intencionalmente, si no lo cumple.

Frente a un argumento tan razonable, el empleado no censuró el explosivo enojo:

-Puedo asegurarle, señor Forastero, que no hay ningún engaño. Todo es correcto -se apresuró a alegar el empleado-, pero si usted insiste en su extraño pedido, le rogaré que se dé otra vuelta por aquí mañana. Trataremos de conseguir lo que nos pide.

Para desentenderse, el empleado hizo esa promesa y logró, momentáneamente por lo menos, que Gonsuké se fuera. No es necesario decir, sin embargo, que no tenía la posibilidad de conseguir una casa donde pudieran enseñar a un sirviente los secretos para ser un sennin. De modo que al deshacerse del visitante, el empleado acudió a la casa de un médico vecino.

Le contó la historia del extraño cliente y le preguntó ansiosamente:

-Doctor, ¿qué familia cree usted que podría hacer de este muchacho un sennin, con rapidez?

Aparentemente, la pregunta desconcertó al doctor. Quedó pensando un rato, con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando vagamente un gran pino del jardín. Fue la mujer del doctor, una mujer muy astuta, conocida como la Vieja Zorra, quien contestó por él al oír la historia del empleado.

-Nada más simple. Envíelo aquí. En un par de años lo haremos sennin.

-¿Lo hará usted realmente, señora? ¡Sería maravilloso! No sé cómo agradecerle su amable oferta. Pero le confieso que me di cuenta desde el comienzo que algo relaciona a un doctor con un sennin.

El empleado, que felizmente ignoraba los designios de la mujer, agradeció una y otra vez, y se alejó con gran júbilo.

Nuestro doctor lo siguió con la vista; parecía muy contrariado; luego, volviéndose hacia la mujer, le regañó malhumorado:

-Tonta, ¿te has dado cuenta de la tontería que has hecho y dicho? ¿Qué harías si el tipo empezara a quejarse algún día de que no le hemos enseñado ni una pizca de tu bendita promesa después de tantos años?

La mujer, lejos de pedirle perdón, se volvió hacia él y graznó:

-Estúpido. Mejor no te metas. Un atolondrado tan estúpidamente tonto como tú, apenas podría arañar lo suficiente en este mundo de te comeré o me comerás, para mantener alma y cuerpo unidos.

Esta frase hizo callar a su marido.

A la mañana siguiente, como había sido acordado, el empleado llevó a su rústico cliente a la casa del doctor. Como había sido criado en el campo, Gonsuké se presentó aquel día ceremoniosamente vestido con haori y hakama, quizá en honor de tan importante ocasión. Gonsuké aparentemente no se diferenciaba en manera alguna del campesino corriente: fue una pequeña sorpresa para el doctor, que esperaba ver algo inusitado en la apariencia del aspirante a sennin. El doctor lo miró con curiosidad, como a un animal exótico traído de la lejana India, y luego dijo:

-Me dijeron que usted desea ser un sennin, y yo tengo mucha curiosidad por saber quién le ha metido esa idea en la cabeza.

-Bien señor, no es mucho lo que puedo decirle -replicó Gonsuké-. Realmente fue muy simple: cuando vine por primera vez a esta ciudad y miré el gran castillo, pensé de esta manera: que hasta nuestro gran gobernante Taiko, que vive allá, debe morir algún día; que usted puede vivir suntuosamente, pero aun así volverá al polvo como el resto de nosotros. En resumidas cuentas, que toda nuestra vida es un sueño pasajero… justamente lo que sentía en ese instante.

-Entonces -prontamente la Vieja Zorra se introdujo en la conversación-, ¿haría usted cualquier cosa con tal de ser un sennin?

-Sí, señora, con tal de serlo.

-Muy bien. Entonces usted vivirá aquí y trabajará para nosotros durante veinte años a partir de hoy y, al término del plazo, será el feliz poseedor del secreto.

-¿Es verdad, señora? Le quedaré muy agradecido.

-Pero -añadió ella-, de aquí a veinte años usted no recibirá de nosotros ni un centavo de sueldo. ¿De acuerdo?

-Sí, señora. Gracias, señora. Estoy de acuerdo en todo.

De esta manera empezaron a transcurrir los veinte años que pasó Gonsuké al servicio del doctor. Gonsuké acarreaba agua del pozo, cortaba la leña, preparaba las comidas y hacía todo el fregado y el barrido. Pero esto no era todo, tenía que seguir al doctor en sus visitas, cargando en sus espaldas el gran botiquín. Ni siquiera por todo este trabajo Gonsuké pidió un solo centavo. En verdad, en todo el Japón, no se hubiera encontrado mejor sirviente por menos sueldo.

Pasaron por fin los veinte años y Gonsuké, vestido otra vez ceremoniosamente con su almidonado haori como la primera vez que lo vieron, se presentó ante los dueños de casa.

Les expresó su agradecimiento por todas las bondades recibidas durante los pasados veinte años.

-Y ahora, señor -prosiguió Gonsuké-. ¿quisieran ustedes enseñarme hoy, como lo prometieron hace veinte años, cómo se llega a ser sennin y alcanzar juventud eterna e inmortalidad?

-Y ahora ¿qué hacemos? -suspiró el doctor al oír el pedido. Después de haberlo hecho trabajar durante veinte largos años por nada, ¿cómo podría en nombre de la humanidad decir ahora a su sirviente que nada sabía respecto al secreto de los sennin? El doctor se desentendió diciendo que no era él sino su mujer quien sabía los secretos.

-Usted tiene que pedirle a ella que se lo diga -concluyó el doctor y se alejó torpemente.

La mujer, sin embargo, suave e imperturbable, dijo:

-Muy bien, entonces se lo enseñaré yo, pero tenga en cuenta que usted debe hacer lo que yo le diga, por difícil que le parezca. De otra manera, nunca podría ser un sennin; y además, tendría que trabajar para nosotros otros veinte años, sin paga, de lo contrario, créame, el Dios Todopoderoso lo destruirá en el acto.

-Muy bien, señora, haré cualquier cosa por difícil que sea -contestó Gonsuké. Estaba muy contento y esperaba que ella hablara.

-Bueno -dijo ella-, entonces trepe a ese pino del jardín.

Desconociendo por completo los secretos, sus intenciones habían sido simplemente imponerle cualquier tarea imposible de cumplir para asegurarse sus servicios gratis por otros veinte años. Sin embargo, al oír la orden, Gonsuké empezó a trepar al árbol, sin vacilación.

-Más alto -le gritaba ella-, más alto, hasta la cima.

De pie en el borde de la baranda, ella erguía el cuello para ver mejor a su sirviente sobre el árbol; vio su haori flotando en lo alto, entre las ramas más altas de ese pino tan alto.

-Ahora suelte la mano derecha.

Gonsuké se aferró al pino lo más que pudo con la mano izquierda y cautelosamente dejó libre la derecha.

-Suelte también la mano izquierda.

-Ven, ven, mi buena mujer -dijo al fin su marido atisbando las alturas-. Tú sabes que si el campesino suelta la rama, caerá al suelo. Allá abajo hay una gran piedra y, tan seguro como yo soy doctor, será hombre muerto.

-En este momento no quiero ninguno de tus preciosos consejos. Déjame tranquila. ¡He! ¡Hombre! Suelte la mano izquierda. ¿Me oye?

En cuanto ella habló, Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama ¿cómo podría mantenerse sobre el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama, y luego… y luego… Pero ¿qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡se detuvo! en medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del mediodía, suspendido como una marioneta.

-Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin -dijo Gonsuké desde lo alto.

Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más alto, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes.

1. Según la tradición china, el Sennin es un ermitaño sagrado que vive en el corazón de una montaña, y que tiene poderes mágicos como el de volar cuando quiere y disfrutar de una extrema  longevidad.


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M

Anónimo dos China, el asno

Nunca se había visto un asno en Kuichú, hasta el día en que un excéntrico, ávido de novedades, se hizo llevar uno por barco. Pero como no supo en qué utilizarlo, lo soltó en las montañas.

Un tigre, al ver a tan extraña criatura, lo tomó por una divinidad. Lo observó escondido en el bosque, hasta que se aventuró a abandonar la selva, manteniendo siempre una prudente distancia.

Un día el asno rebuznó largamente y el tigre echó a correr con miedo. Pero se volvió y pensó que, pese a todo, esa divinidad no debía de ser tan terrible. Ya acostumbrado al rebuzno del asno, se le fue acercando, pero sin arriesgarse más de la cuenta.

Cuando ya le tomó confianza, comenzó a tomarse algunas libertades, rozándolo, dándole algún empujón, molestándolo a cada momento, hasta que el asno, furioso, le propinó una patada. “Así que es esto lo que sabe hacer”, se dijo el tigre. Y saltando sobre el asno lo destrozó y devoró.

¡Pobre asno! Parecía poderoso por su tamaño, y temible por sus rebuznos. Si no hubiese mostrado todo su talento con la coz, el tigre feroz nunca se hubiera atrevido a atacarlo. Pero con su patada el asno firmó su sentencia de muerte.

Ricardo pligia

De modo que un buen narrador no es solamente el que ha vivido la 
experiencia, el sentimiento de la experiencia, sino aquel que es capaz de 
transmitir esa emoción