El septimo hombre de H Murakami-extenso, pero vale la pena-

—Aquella ola estuvo a punto de engullirme una tarde de septiembre cuando tenía diez años —empezó a decir, en voz baja, el séptimo hombre.
Era el último a quien le tocaba hablar aquella noche. Las agujas del reloj señalaban ya las diez. Los hombres, sentados en círculo dentro de la habitación, podían distinguir, en la negra oscuridad de la noche, el rugido del viento que se dirigía hacia el oeste. El viento agitaba las hojas de los árboles del jardín, hacía vibrar los cristales de las ventanas y, al fin, con un chillido agudo como un silbato, se desplazaba a otro lugar.
—Era una ola gigantesca, muy distinta a las que había visto hasta entonces —prosiguió el hombre.
»No logró, por muy poco, arrastrarme consigo. Pero, a cambio, engulló lo que yo más quería y se lo llevó a otro mundo. Y yo tardé muchísimo tiempo en volver a encontrarlo, en poder recuperarlo. Un largo y precioso tiempo que jamás me será devuelto.
El séptimo hombre aparentaba estar en la mitad de la cincuentena. Era un hombre delgado. Alto, con bigote y una pequeña pero profunda cicatriz en el rabillo del ojo derecho, que podía haber sido producida por un cuchillo pequeño. Llevaba el pelo corto, con algunas ásperas canas aquí y allá. En el rostro del hombre se adivinaba la expresión que la gente suele adoptar cuando tiene dificultades para explicarse con claridad, pero, en su caso, aquella expresión se adecuaba con tanta perfección a su rostro que parecía que estuviera presente en él desde hacía mucho tiempo. Bajo la chaqueta de tweed gris llevaba una camisa lisa de color azul. De cuando en cuando, el hombre se tocaba el cuello de la camisa. Nadie conocía su nombre. Nadie sabía, tampoco, a qué se dedicaba.
El séptimo hombre carraspeó. Hundió sus palabras en el silencio.
Los demás esperaban, sin decir absolutamente nada, a que prosiguiera su relato.
—En mi caso fue una ola. No sé qué forma tomaría en el suyo, por supuesto. Pero, en mi caso, accidentalmente fue una ola. Aquello se presentó un día, de pronto, sin previo aviso, bajo la fatídica forma de una ola gigantesca.
Nací en un pueblo de la costa, en la prefectura de S. El pueblo es muy pequeño y es probable que ustedes no lo hayan oído nombrar nunca. Mi padre era el médico del pueblo y, durante mi infancia, jamás me faltó de nada. Desde que tuve uso de razón me sentía muy unido a un amigo al que le tenía un enorme cariño. Se llamaba K. Vivía al lado de casa y estaba un curso por detrás del mío. Los dos íbamos juntos al colegio y, a la vuelta, jugábamos también juntos. Podría decirse que éramos como hermanos. A pesar de que hacía mucho tiempo que nos conocíamos, no nos habíamos peleado jamás. Yo tenía un hermano, pero como era seis años mayor que yo, la relación con él no era muy estrecha. Además, si les soy sincero, éramos muy distintos de carácter y no nos llevábamos demasiado bien. En definitiva, que sentía más amor fraternal hacia ese amigo que hacia mi propio hermano. K era delgado, blanco de tez, con unas facciones tan hermosas como las de una niña. Sin embargo, tenía dificultades en el habla y le costaba expresarse. A los desconocidos podía parecerles incluso un poco retrasado mental. Era muy frágil y, por esa razón, tanto en la escuela como cuando jugábamos a la salida, yo me había erigido en su protector. Porque yo era más bien grande, se me daban bien los deportes y todos me respetaban. Que yo prefiriera estar con K se debía, básicamente, a la dulzura y bondad de su corazón. Su inteligencia era normal, pero, a causa de sus dificultades orales, sus notas no eran buenas y le costaba seguir el ritmo de las clases. Sin embargo, para el dibujo tenía un talento excepcional y, ya fuera con lápiz o con pinturas, hacía unos dibujos tan hermosos y llenos de vida que incluso los profesores se quedaban boquiabiertos. Había ganado muchos concursos y había sido galardonado innumerables veces. Estoy seguro de que hoy sería un pintor famoso. Le gustaba pintar paisajes e iba con frecuencia a la playa que se hallaba cerca de casa, no se cansaba de reproducir las vistas marinas. Yo solía sentarme a su lado y contemplaba admirado los ágiles y precisos movimientos de su pincel. Me maravillaba ver cómo, en un instante, era capaz de crear unas formas y tonalidades tan vivas sobre el lienzo blanco. Ahora me doy cuenta de que lo suyo era puro talento.
Un mes de septiembre, un gran tifón asoló la región donde yo vivía. Según la predicción meteorológica de la radio, aquél tenía que ser el tifón de mayor envergadura de los últimos diez años. Se suspendieron las clases y las tiendas cerraron bien sus puertas metálicas en previsión. Desde primeras horas de la mañana, mi padre y mi hermano tomaron un martillo y clavos y fueron fijando todas las contraventanas de la casa, y mi madre, de pie en la cocina, no paró de cocer arroz para preparar onigiri. Llenamos botellas y cantimploras de agua y cada uno de nosotros metió sus objetos más preciados dentro de una mochila, por si de repente teníamos que refugiarnos en algún lugar. Para los adultos, aquellos tifones que se presentaban casi cada año eran una molestia y un peligro, pero para los niños, tan alejados de la realidad de todo aquello, eran una especie de espectáculo que nos producía una enorme excitación.
A primeras horas de la tarde, el cielo empezó a cambiar rápidamente de
color. Se tiñó de una serie de tonalidades irreales. Yo salí al porche y estuve observándolo hasta que el viento empezó a ulular y la lluvia comenzó a azotar la casa con un extraño ruido seco, como si arrojaran puñados de arena contra las paredes. Nuestra casa permanecía con las contraventanas cerradas, sumida en la oscuridad, y toda la familia se había reunido en una habitación con el oído pegado a la radio. Por lo visto, la cantidad de agua que había descargado el tifón no era mucha, pero los daños provocados por el vendaval eran muy grandes. El fuerte viento había levantado los tejados de la mayoría de las casas y había hecho zozobrar un gran número de barcas. También habían fallecido, o resultado gravemente heridas, muchas personas al ser alcanzadas por pesados objetos que volaban por los aires. El locutor advertía, una y otra vez, que no saliéramos de casa bajo ningún concepto. A causa del fuerte viento, la casa rechinaba como si una mano gigantesca la sacudiera. De cuando en cuando se oía cómo algunos objetos pesados golpeaban con estrépito las contraventanas. Mi padre dijo que tal vez fueran tejas que habían salido despedidas de los tejados. Pendientes de las noticias de la radio, almorzamos los onigiri y el tamagoyaki que había preparado mi madre y esperamos con paciencia a que el tifón pasara por encima de nuestras cabezas y se fuera. Pero el tifón no acababa de pasar de largo. Según la radio, al llegar a la prefectura de S había disminuido bruscamente la velocidad y, por entonces, se dirigía despacio hacia el nordeste a una velocidad equivalente a la de un hombre a la carrera. El viento rugía, incansable, haciendo volar todo cuanto se hallaba en la superficie de la tierra y arrastrándolo hasta el fin del mundo. Debía de hacer una hora, aproximadamente, que había empezado a soplar el viento. De repente, todo se sumió en el silencio. No se oía nada. Incluso llegó de alguna parte el canto de los pájaros. Mi padre entreabrió la contraventana y atisbó por la rendija. El viento había amainado y ya no llovía. Los grises nubarrones iban desapareciendo despacio. Entre los jirones de nubes empezó a asomar el cielo azul. Los árboles del jardín, empapados de lluvia, dejaban que el agua goteara desde sus ramas. —Ahora estamos en el ojo del tifón —me explicó mi padre—. Durante un rato, unos quince o veinte minutos más o menos, continuará la calma. Luego volverá a desencadenarse la tempestad, igual que antes. Le pregunté a mi padre si podía salir afuera. Me respondió que sí, a condición de que no me alejara mucho. —Pero al primer soplo de viento vuelve corriendo a casa —me dijo.
Yo salí y miré a mi alrededor. Parecía increíble que hasta hacía unos pocos minutos hubiera estado rugiendo la tormenta. Alcé la vista al cielo. Me dio la impresión de que flotaba en él un enorme «ojo» que nos miraba con frialdad. Aunque no había nada semejante, por supuesto. Nosotros sólo nos encontrábamos dentro de una calma fugaz creada en el núcleo de un remolino de presión atmosférica.
Mientras los adultos rodeaban sus casas comprobando si el tifón había ocasionado algún desperfecto en ellas, yo me encaminé solo hacia la playa. El viento había arrancado y hecho volar por los aires muchas ramas que ahora estaban en mitad del camino. También había arrojadas por el suelo gruesas ramas de pino que un adulto no habría podido levantar solo. Había fragmentos de tejas por todas partes. Y coches con grandes grietas en los cristales debidas al impacto de alguna piedra. Incluso había una caseta de perro que había venido rodando de no se sabía dónde. Al ver todo aquello uno podía pensar que una gran mano se había extendido desde el cielo y había provocado el caos en la superficie de la tierra. Cuando iba andando por el camino, K me vio y salió afuera. Me preguntó que adónde iba. Al responderle que me acercaba un momento a la playa, K me siguió sin decir nada. Tenía un perrito blanco que también empezó a corretear detrás de nosotros.
—Al primer soplo de viento nos volvemos corriendo a casa —le dije, y K asintió en silencio.
El mar estaba a doscientos metros de casa. Había un malecón tan alto como yo ahora y tuvimos que subir las escaleras para bajar a la playa. Todos los días íbamos a jugar allí y conocíamos cada rincón de la arena. Pero, en el ojo del tifón, todo era distinto. El color del cielo, el color del mar, el rumor de las olas, el olor de la brisa, la amplitud del paisaje. En aquella playa, todo había cambiado. Nos sentamos en el malecón y permanecimos unos instantes contemplando la escena en silencio. Pese a hallarse en medio del tifón, el mar parecía una balsa de aceite. La línea de la costa se había adentrado en el mar. La blanca arena se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Ni siquiera con la marea baja retrocedían tanto las aguas. La playa estaba tan vacía que recordaba una enorme estancia de la que hubieran sacado todos los muebles. Objetos de diversa índole que habían llegado flotando a la deriva se alineaban en la orilla formando una especie de cinturón.
Bajé del rompeolas, empecé a andar por la seca orilla estudiando con atención todo aquello. Juguetes de plástico, sandalias, láminas de madera que parecían haber formado parte de algún mueble, ropa, una botella de forma curiosa, una caja de madera con una inscripción en una lengua extranjera, cosas cuya naturaleza era imposible de determinar, todo se extendía hasta donde alcanzaba la vista como si fuera el escaparate de una pastelería. Probablemente, las altas olas levantadas por el tifón habían transportado todo aquello, hasta allí, desde muy lejos. Cuando veíamos algo que nos llamaba la atención, lo cogíamos y lo estudiábamos con detenimiento. El perro de K permanecía a nuestro lado meneando el rabo y olisqueando cada una de las cosas que encontrábamos.
No creo que permaneciéramos allí más de cinco minutos. Sin embargo, a la que nos dimos cuenta, las olas ya habían alcanzado el punto donde nos encontrábamos. Las olas, en silencio, sin previo aviso, alargaban furtivamente la resbaladiza punta de su lengua hacia nuestros pies. Nunca hubiera podido imaginar que el oleaje se acercara con tanto sigilo, de un modo tan repentino. Yo había crecido al lado del mar y conocía sus peligros. Era consciente de la imprevisible violencia de sus embates y, por lo tanto, los dos íbamos con grandes precauciones y nos manteníamos en un lugar que se podía considerar seguro, muy alejados de donde rompían las olas. Pero éstas, en un momento dado, sin que lo advirtiéramos, habían llegado a unos escasos diez centímetros de nuestros pies. En aquel momento, el oleaje retrocedía de nuevo, con sigilo. Aquellas olas no volvieron. Las que vinieron a continuación nada tenían de amenazador. Eran unas olas que bañaban dulcemente la orilla. Pero el terrible infortunio que se ocultaba en ellas, parecido al tacto de la piel de un reptil, hizo que un escalofrío me recorriera la espalda. Era un terror injustificado. Pero auténtico. De forma instintiva, percibía que estaban vivas. No me cabía duda. Podía asegurar que aquellas olas tenían vida. Aquellas olas me habían avistado a mí y ahora se disponían a engullirme. Como un enorme carnívoro que me acechara, conteniendo el aliento, en medio de la pradera, soñando con el instante de clavarme sus afilados colmillos y devorarme. «¡Tenemos que escapar!», me dije.
Me dirigí a K y le dije: «¡Vámonos!». K estaba a unos diez metros, de espaldas a mí, acuclillado sobre algo. Yo creía haber gritado, pero parecía que mi voz no había llegado a sus oídos. O quizás él estuviera tan absorto en lo que había encontrado que no me había oído. Solía sucederle. Cuando se entusiasmaba por algo, se olvidaba de cuanto lo rodeaba. O quizás es que mi voz no había sido tan potente como yo pensaba. Me acuerdo muy bien de que no la había reconocido como mía. Me había parecido que pertenecía a otra persona.
Entonces oí un rugido. Tan fuerte que hacía temblar el suelo. No. Antes del rugido oí otro ruido diferente. Una especie de extraño goteo, como si grandes cantidades de agua estuvieran saliendo por un agujero. Ese goteo continuó por unos instantes, cesó y luego llegó, entonces sí, aquel bramido siniestro. Pero K siguió sin levantar la cabeza. Estaba inmóvil, en cuclillas, contemplando algo que se encontraba a sus pies. Se hallaba totalmente absorto en ello. K no debía de haberlo oído. No comprendo cómo pudo no percibir aquel estruendo que hacía vibrar el suelo. O quizá yo fuese el único en oírlo. Sonará raro, pero es posible que fuera un ruido de una naturaleza especial que únicamente yo podía percibir. Lo digo porque ni siquiera el perro de K, que estaba allí, parecía haberlo captado. Y los perros, como ustedes sabrán, son seres particularmente sensibles a los ruidos.
Decidí acercarme corriendo a K y arrastrarlo fuera de allí. Era lo único que podía hacer. Yo sabía que se acercaba una ola y K no lo sabía. Pero me encontré con que mis pies corrían en una dirección completamente distinta a mis decisiones. Yo me estaba dirigiendo al malecón, estaba huyendo solo. Creo que lo que me hizo obrar de ese modo fue el terrible pánico que sentía. El pánico había sofocado mi voz y, en aquel momento, movía mis piernas a su antojo. Corrí dando traspiés por la blanda arena, llegué al malecón y desde allí llamé a K.
«¡Cuidado! ¡Que viene una ola!», esta vez el grito no se ahogó en mi
garganta. Había dejado de oírse el bramido. K, finalmente, me oyó y alzó la cabeza. Pero ya era demasiado tarde. En aquel instante, una gigantesca ola se erguía hacia lo alto como una enorme serpiente y se disponía a atacar. Era la primera vez en mi vida que veía una ola tan horrenda. Era tan alta como un edificio de tres plantas. Y, sin un sonido (al menos yo no recuerdo que lo hubiera y en mi memoria siempre avanza en silencio), se alzó a las espaldas de K, tan alta que tapaba el cielo. K miraba hacia mí sin comprender qué estaba sucediendo. Luego, como si se hubiera dado cuenta de algo, se dio la vuelta de súbito. Intentó huir. Pero ya no había escapatoria posible. Un instante después, la ola ya lo había engullido. Fue como si hubiera chocado de frente con una locomotora cruel que corriera a toda máquina.
Con estruendo, dividida en innumerables brazos, la ola rompió de forma salvaje contra la arena y un mar de salpicaduras voló por los aires, como producto de una explosión, y alcanzó el malecón donde yo me encontraba. Refugiado detrás del malecón, dejé que las salpicaduras me pasaran por encima. Aquella rociada de agua que había sobrepasado el rompeolas sólo alcanzó a mojarme la ropa. Luego, subí apresuradamente a lo alto del malecón y dirigí la mirada hacia el mar. Las olas habían rotado sobre sí mismas y, en aquel momento, retrocedían llenas de energía hacia alta mar con un rugido salvaje. Parecía que, en el fin del mundo, alguien estuviera tirando con todas sus fuerzas de una gigantesca alfombra. Agucé la vista, pero la silueta de K no se veía por ninguna parte. Tampoco se veía el perrito. Las olas habían retrocedido de golpe hasta tan lejos que daba la impresión de que el mar se hubiera secado y de que, de un momento a otro, fuera a aflorar todo el fondo del océano. Me quedé petrificado en lo alto del malecón.
Había vuelto la calma. Un silencio tan desesperado como si le hubiesen arrebatado los sonidos a la fuerza. La ola se había ido muy lejos llevándose a K. ¿Qué debía hacer yo? No lo sabía. Contemplé la posibilidad de bajar a la playa. Quizá K estuviera allí enterrado en la arena. Pero me lo pensé mejor y no me aparté del malecón. Sabía por experiencia que, tras una gran ola, suelen venir dos o tres más. No recuerdo cuánto tiempo transcurrió. Creo que no demasiado. Diez o veinte segundos a lo sumo. En cualquier caso, tal como había previsto, las olas volvieron. Igual que antes, aquel estruendo hizo temblar con furia el suelo. Y, una vez hubo desaparecido, otra ola no tardó en erguir su enorme cabeza. Exactamente igual que antes. Ocultó el cielo y se levantó ante mis ojos como una pared de roca mortal. Pero esta vez no huí. Me quedé paralizado en lo alto del rompeolas, como embrujado, esperando inmóvil a que atacara. Me daba la sensación de que, como K había sido atrapado, ya no tenía ningún sentido escapar. No. Quizá sólo estuviera petrificado a causa de aquel pánico abrumador. No recuerdo bien cuál de las dos cosas me pasó.
La segunda ola no fue menor que la primera. No. Fue incluso mayor. Se fue acercando hasta reventar despacio, distorsionándose la forma, por encima de mi cabeza, como cuando se desploma una pared de ladrillo. Era tan grande que no parecía una ola real. Se diría que era algo completamente distinto que había adoptado la forma de ola. Algo distinto con forma de ola que procedía de otro mundo muy lejano. Lleno de resolución, aguardé el instante de ser engullido por las tinieblas. Mantuve los ojos bien abiertos. Recuerdo que, en aquellos momentos, oía cómo me latía el corazón con fuerza. Sin embargo, en cuanto llegó frente a mí, la ola perdió de repente todo su vigor, como si se le hubieran agotado las fuerzas, y se quedó suspendida en el aire. Duró apenas unos instantes, pero la ola, rota, permaneció inmóvil justo en aquel punto. Y en la cresta, dentro de su lengua transparente y cruel, distinguí con toda claridad la figura de K.
Tal vez a algunos de ustedes les resulte difícil creer lo que les estoy diciendo. No me extraña. A decir verdad, también a mí, incluso hoy, me cuesta hacerme a la idea de cómo pudo suceder una cosa semejante. Tampoco puedo explicarlo. Pero no fue ni una fantasía ni una alucinación. Ocurrió de verdad, tal como se lo estoy contando. En la punta de la ola, como si estuviese encerrado en una cápsula transparente, flotaba, vuelto hacia un lado, el cuerpo de K. Y no sólo eso. K miraba hacia mí y me sonreía. Ante mis ojos, al alcance de mi mano, estaba el rostro de mi mejor amigo, a quien las olas acababan de engullir. No cabía la menor duda. Él me miraba y sonreía. Pero no era una sonrisa normal. La boca de K se abría en una amplia sonrisa maliciosa que se extendía, literalmente, de oreja a oreja. Y su par de frías y congeladas pupilas permanecían fijas en mí. Entonces me tendió la mano derecha. Como si quisiera asírmela y arrastrarme consigo a aquel otro mundo. Por muy poco, su mano no logró agarrar la mía. Luego volvió a esbozar una sonrisa, aún más amplia que la anterior.
Por lo visto, perdí el conocimiento. Al recobrarlo, me encontré tendido en una cama, en el consultorio de mi padre. Cuando abrí los ojos, la enfermera salió a toda prisa a avisar a mi padre y éste acudió corriendo. Me cogió la mano, me tomó el pulso, me observó las pupilas, me puso la mano en la frente, me tomó la temperatura. Intenté mover la mano, pero me fue imposible levantarla. El cuerpo me ardía y estaba tan aturdido que no lograba hilvanar las ideas. Al parecer, una altísima fiebre me había consumido durante varios días. «Has estado tres días durmiendo sin parar», me dijo mi padre. Un vecino que lo había visto todo desde lejos cogió en brazos mi cuerpo desfallecido y me llevó a casa. Mi padre me contó también que las olas se habían tragado a K y que no había ni rastro de él. Quise decirle algo a mi padre. Necesitaba decirle algo. Pero mi lengua estaba hinchada, paralizada. No me salían las palabras. Tenía la sensación de que otro ser vivo habitaba dentro de mi boca. Mi padre me preguntó cómo me llamaba. Intenté recordar mi nombre, pero, antes de lograrlo, volví a perder la conciencia y me hundí en las tinieblas.
Permanecí en cama alrededor de una semana tomando alimento líquido. Vomité muchas veces, deliraba. Mi padre temía muy en serio que mi mente no pudiera recuperarse jamás del violento golpe sufrido, ni de las altas fiebres. Cosa que en verdad, dado el grave estado en el que me encontraba, no hubiera sido nada extraño. Sin embargo, físicamente al menos, logré recuperarme. En unas semanas pude reanudar la vida de antes. Empecé a ingerir comida normal, estuve en situación de ir a la escuela. Lo que no quiere decir que las cosas volvieran a ser como antes.
El cadáver de K no apareció jamás. Tampoco el del perrito. Los cuerpos de las personas que se ahogaban en aquella parte de la costa solían ser arrojados unos días después por las corrientes marinas a una pequeña ensenada que se encontraba hacia el este, pero el cuerpo de K jamás apareció. Las olas levantadas por aquel tifón habían sido tan descomunales que, posiblemente, se hubiesen llevado el cadáver mar adentro y era imposible que regresara a la costa. Tal vez se hubiese hundido en las profundidades marinas donde se habría convertido en alimento de los peces. La búsqueda del cuerpo de K, en la que participaron todos los pescadores de la zona, se alargó durante mucho tiempo, pero un día, por supuesto, terminó. Como faltaba el cuerpo, el funeral no se celebró íntegramente. Los padres de K casi enloquecieron de dolor y todos los días vagaban sin rumbo por la playa o bien se encerraban en su casa y recitaban sutras.
Sin embargo, pese al terrible golpe que habían sufrido, los padres de K no me reprocharon ni una sola vez que hubiese llevado a su hijo a la playa en medio del tifón. Porque sabían muy bien que yo siempre había querido y protegido a K como si fuera mi hermano pequeño. Mis padres, a su vez, intentaban no mencionar el incidente delante de mí. Pero yo lo sabía. Que si lo hubiese intentado, habría podido salvar a K. Habría podido correr junto a él y arrastrarlo hasta el lugar donde no llegaban las olas. Quizá no me hubiera sobrado ni siquiera un segundo, pero siguiendo todo el proceso dentro de mi memoria cabía pensar que hubiera sido posible. Pero yo, tal como he mencionado antes, poseído por aquel pánico abrumador, había huido solo y abandonado a K a su suerte. Que los padres de K no me reprocharan nada y que nadie en mi presencia tocara el tema, como si fuera un tumor, me atormentaba más aún. Me costó mucho reponerme anímicamente de aquel golpe. Y me pasaba los días sin ir a la escuela, sin comer apenas, tendido en la cama con la mirada clavada en el techo.
Me veía incapaz de olvidar a K, recostado en la cresta de la ola, sonriéndome maliciosamente. Aquella mano que me tendía invitadora, cada uno de sus dedos, estaba grabada en el fondo de mi cabeza. Y cuando me dormía, su cara y su mano aparecían en mis sueños como si me hubiesen estado aguardando con impaciencia. En mis sueños, K salía fuera de su cápsula de un salto, me agarraba fuertemente la muñeca y me arrastraba hacia el interior de la ola.
También tenía otro sueño. Yo estaba bañándome en el mar. Era una tarde soleada de verano y yo nadaba indolentemente dando brazadas por mar abierto. El sol me abrasaba la espalda y el agua me envolvía de un modo muy placentero.
Pero, en un momento dado, alguien, dentro del agua, me agarraba el pie derecho. Sentía el tacto gélido alrededor de mi tobillo. Me asía con tanta fuerza que yo no podía soltarme. Me arrastraba bajo el agua. Y allí estaba el rostro de K. Igual que entonces, K mostraba una amplia sonrisa maliciosa que le llegaba de oreja a oreja y mantenía los ojos clavados en mí. Yo intentaba gritar, pero la voz se ahogaba en mi garganta. Sólo tragaba agua. Y el agua iba llenando mis pulmones…
Me despertaba en las tinieblas con un alarido, anegado en sudor, sin poder respirar.
A finales de aquel año les pedí a mis padres que me dejaran marchar del pueblo lo antes posible. No podía seguir viviendo en la playa donde K había sido tragado por las olas ante mis propios ojos y donde, como ellos sabían, cada noche me asaltaban las pesadillas. Quería alejarme, aunque sólo fuese un poco, de allí. Si no lo hacía, acabaría volviéndome loco. Mi padre atendió a mis razones y lo dispuso todo para que pudiera irme del pueblo. En enero me trasladé a la prefectura de Nagano y allí empecé a ir a la escuela. La casa natal de mi padre se hallaba en Komoro y mi familia me dejó vivir en ella. Allí acabé la enseñanza primaria, empecé secundaria y, luego, pasé al instituto. Durante las vacaciones no volvía a casa. Mis padres venían a verme de vez en cuando.
Sigo viviendo en Nagano. Me licencié en ciencia e ingeniería por la universidad de la ciudad de Nagano y entré a trabajar en una fábrica de maquinaria de precisión de la zona, donde todavía sigo. Trabajo igual que todo el mundo y llevo una vida normal. Tal como ustedes pueden observar, en mí no hay nada extraño. Nunca he sido una persona muy sociable, pero me gusta mucho ir a la montaña y tengo varios buenos amigos con quienes comparto esta afición.
Poco después de abandonar mi pueblo, dejé de sufrir pesadillas con la frecuencia de antes. Lo que no significa que desaparecieran del todo. Llamaban de vez en cuando a mi puerta como un cobrador. Cuando parecía a punto de olvidarlas, me visitaban de nuevo. Siempre, absolutamente siempre, se trataba del mismo sueño. Idéntico hasta en los menores detalles. Cada vez me despertaba con un alarido. Con el futón empapado en sudor.
Ésa es probablemente la razón de que no me casara. Porque no quería despertar a quien tuviera a mi lado con mis alaridos a las dos o las tres de la madrugada. A lo largo de mi vida me he enamorado de algunas mujeres. Pero jamás he pasado la noche con una sola. El pánico se me había metido hasta la médula y me era completamente imposible compartirlo con alguien.
En definitiva, me pasé más de cuarenta años sin volver a mi pueblo, sin acercarme a aquella playa. No únicamente a aquella playa, sino al mar en general. Porque tenía miedo de que, si iba al mar, me sucediera lo mismo que en mis sueños. A mí me encantaba nadar, pero desde entonces había dejado, incluso, de nadar en la piscina. Tampoco ponía los pies en ríos profundos ni en lagos. Evitaba subir a cualquier barco. Jamás había viajado en avión para ir al extranjero. Pero, a pesar de ello, no podía alejar de mi mente la imagen de que me moría ahogado en alguna parte. Ese negro presagio me había agarrado la conciencia, como la helada mano de K en mis sueños, y no la soltaba.
Volví a pisar por primera vez la playa donde desapareció K en primavera del pasado año.
El año anterior, mi padre había muerto de cáncer y mi hermano mayor había vendido la casa para disponer de capital; y al vaciar el trastero encontró, metidas en una caja de cartón, mis pertenencias de cuando yo era pequeño y me las envió a Nagano. La mayoría eran objetos que no valían la pena, pero, entre ellos, encontré unas pinturas que K había hecho y que me había regalado. Posiblemente, mis padres me las hubiesen guardado como recuerdo. Pero a mí, el terror me dejó sin aliento. Me dio la sensación de que, a través de aquellas pinturas, el espíritu de K resucitaba ante mis propios ojos. Decidí deshacerme de ellas de inmediato, volví a envolverlas en el fino papel y las metí dentro de la caja. Sin embargo, fui incapaz de tirarlas. Tras unos días de vacilaciones, volví a abrir el papel y tomé con resolución las pinturas en la mano.
La mayoría eran paisajes, y el mar, la arena, los pinos y las calles del pueblo que yo conocía aparecían pintados con aquel colorido tan nítido propio de K. Resultaba asombroso comprobar cómo los colores de las pinturas habían conservado toda su brillantez y cómo se mantenía intacta aquella impresión tan viva que me habían producido en el pasado. Mientras las sostenía en la mano y las iba mirando, me embargó una gran añoranza. Aquellas pinturas estaban ejecutadas con mayor destreza y poseían una calidad artística aún mayor de lo que yo recordaba. En aquellos dibujos se traslucían los sentimientos más profundos de K. Reconocí con toda claridad, como si fueran míos, los ojos con los que él miraba el mundo que lo rodeaba. Contemplando aquellas pinturas, fui recordando vívidamente cada una de las cosas que había hecho junto a K, cada uno de los lugares que había visitado con K. Sí. Aquéllos eran también los ojos de mi propia infancia. Aquellos días junto a K, hombro con hombro, ambos contemplábamos el mundo con una mirada idéntica, llena de vida y sin una nube que la empañara.
Todos los días, al volver de la empresa, tomaba asiento frente a la mesa, cogía cualquiera de las pinturas de K y la contemplaba. Hubiera podido quedarme mirándola para siempre. En ellas estaban presentes los añorados paisajes de mi infancia que yo me había obstinado en apartar de mi memoria durante tanto tiempo. Al mirar aquellas pinturas podía sentir cómo algo se iba infiltrando en silencio dentro de mi cuerpo.
Y un día, tal vez habría transcurrido una semana, se me ocurrió de súbito. Que quizás había estado equivocado durante todos aquellos años. K, tendido en la punta de aquella ola, tal vez no me mirara con odio o resentimiento, quizá no desease arrastrarme a ninguna parte. Es posible que su sonrisa maliciosa no hubiera sido tal, sino una mera impresión producida por algo y que K, en aquellos momentos, ya estuviese inconsciente. O también era posible que K me estuviera sonriendo dulcemente por última vez, que me estuviera anunciando su despedida eterna. El violento odio que había creído descubrir en su expresión había sido sólo producto del profundo pánico que me dominaba en aquellos instantes. Cuanto más observaba, hasta el mínimo detalle, las pinturas que K había hecho en el pasado, más me reafirmaba en mi opinión. Podías mirarlas tanto como quisieras, pero en las pinturas de K era imposible descubrir algo más que un alma pura y pacífica.
Después permanecí allí sentado, inmóvil, durante largo tiempo. El sol se ponía y las pálidas tinieblas del atardecer fueron envolviendo lentamente la estancia. Pronto llegó el profundo silencio de la noche. Ésta avanzó sin fin hasta que, para equilibrar el gran peso de tinieblas acumuladas, llegó el amanecer. El nuevo sol tiñó el cielo de una tonalidad rojiza, los pájaros se despertaron y empezaron a cantar.
Entonces decidí que tenía que volver a mi pueblo. Sin pérdida de tiempo.
Puse cuatro cosas dentro de una bolsa de viaje, llamé a la empresa diciéndoles que un asunto urgente me impedía acudir al trabajo, tomé el tren y me dirigí al pueblo donde había nacido.
Mi pueblo ya no era el tranquilo pueblo costero que recordaba. Durante el periodo de expansión económica de los sesenta había crecido en los alrededores una ciudad industrial y el paisaje había experimentado una transformación enorme. Delante de la estación, donde antes había únicamente una tienda de regalos, ahora se alineaban bloques de tiendas y el único cine de la ciudad se había convertido en un supermercado. También mi casa había desaparecido. La habían derruido unos meses atrás y, en su lugar, sólo quedaba un solar desnudo. Los árboles del jardín habían sido talados en su totalidad y en la tierra negruzca sólo crecían, aquí y allá, hierbajos. Tampoco estaba la vieja casa donde vivió K. En su lugar había un aparcamiento de hormigón donde se alineaban los turismos y las furgonetas. Pero no me dolió. Porque aquel pueblo hacía mucho tiempo que ya no era el mío.
Caminé hasta la playa, subí las escaleras del malecón. Al otro lado, exactamente igual que en el pasado, se extendía, amplio, sin trabas, el mar. Un vasto mar. Y a lo lejos se distinguía la línea del horizonte. También la playa continuaba igual que antes. En ella se extendía la arena como antes, rompían las olas como antes, la gente seguía paseando por la orilla como antes. Eran más de las cuatro y los dulces rayos de sol de última hora de la tarde lo envolvían todo. El sol, como si estuviera sumido en profundas reflexiones, iba descendiendo despacio hacia el oeste. Me senté en la arena, dejé la bolsa a un lado y me quedé contemplando el paisaje en silencio. Era una vista verdaderamente dulce y apacible. Mirándola, resultaba imposible imaginar que alguna vez hubiera venido un gran tifón y que las altas olas me hubiesen arrebatado a un amigo irreemplazable. Tampoco debía de quedar casi nadie que recordara aquel suceso ocurrido cuarenta años atrás. Parecía que todo fuera una ilusión mía, creada por mi mente hasta en los mínimos detalles.
A la que me di cuenta, de pronto, las profundas tinieblas de mi interior ya habían desaparecido. Se habían marchado tan súbitamente como habían venido. Me alcé despacio de la arena. Me dirigí a la orilla y, sin arremangarme siquiera los pantalones, me adentré tranquilo en el mar. Y, con los zapatos puestos, dejé que las olas me lamieran los pies. Como si fuera una reconciliación, aquellas olas, idénticas a las de cuando era niño, se deshacían dulcemente contra mis pies llenas de nostalgia, tiñendo de negro mi ropa y mis zapatos. Varias olas se acercaron apacibles, abriendo un intervalo entre una y otra, y luego se fueron. La gente que pasaba me miraba con extrañeza, pero a mí no me importaba en absoluto. Sí. Después de tanto tiempo, yo había conseguido llegar hasta allí.
Alcé la mirada al cielo. Unas pequeñas nubes grises parecidas a copos de algodón flotaban en él. No había un solo soplo de viento y parecía que las nubes permanecieran clavadas en el mismo lugar. No puedo expresarlo con claridad, pero me daba la impresión de que aquellas nubes estaban suspendidas en el cielo exclusivamente para mí. Me acordé del momento en que había alzado la mirada al cielo, aquel día cuando aún era niño, buscando el gran ojo del tifón. En aquel instante, el eje del tiempo rechinó con fuerza. Cuarenta años se desplomaron en mi interior como una casa medio podrida y el viejo tiempo y el nuevo se mezclaron dentro de un único torbellino. A mí alrededor se apagaron todos los ruidos, la luz tembló. Perdí el equilibrio y me desplomé dentro de la ola que se acercaba. El corazón me latía con fuerza en el fondo de la garganta y perdí la sensibilidad de manos y pies. Permanecí largo tiempo tendido en esa posición. No podía levantarme. Pero no tenía miedo. No. No había nada que temer. Aquello ya había pasado.
A partir de entonces no he tenido más sueños espantosos. No he vuelto a despertarme con un alarido en plena noche. Ahora me dispongo a iniciar una nueva vida. No. Tal vez sea demasiado tarde para ello. Tal vez sea muy poco el tiempo que me queda en el futuro. Pero, aunque así sea, me siento agradecido por haber sido salvado, al final, de ese modo, por haber experimentado una recuperación. Sí. Porque yo tenía muchas posibilidades de acabar mi vida sin haber recibido la salvación, alzando un triste lamento dentro de las tinieblas del pánico.
El séptimo hombre permaneció unos instantes en silencio mirando a quienes lo rodeaban. Nadie dijo una palabra. Ni siquiera se los oía respirar. Nadie cambió de postura. Todos esperaban a que el séptimo hombre prosiguiera. El viento había cesado por completo y, en el exterior, no se oía nada. El hombre volvió a tocarse el cuello de la camisa buscando las palabras.
—A mí me parece que lo verdaderamente temible en esta vida no es el pánico en sí mismo —dijo el hombre unos instantes después—. El miedo existe. Eso es indudable. Se nos muestra bajo distintas formas y, a veces, domina nuestras vidas. Pero lo más temible de todo es dar la espalda a ese miedo y cerrar los ojos.
Actuando de esta manera acabamos cediéndole a algo lo más valioso que hay en nuestro interior. En mi caso…, ese algo fue una ola.
Haruki Murakami

ola

El séptimo hombre, de Haruki Murakami

Terror

Dañaste a reyes y aldeanos. La mayoría muertos, otros ciegos. En mi perversidad mezclaré tus ácidos para forjarte más letal. Me excita saber que un descuido puede ser mi mortaja. Un día, cuando nadie te nombre y solo seas referente, quitaré las cadenas y te dejaré olvidada en algún aeropuerto. Quince días después renacerás en forma de vesículas hediondas de pus y fatalidad. En la hecatombe te preguntaré desde mi fosa: ¿Estás satisfecha?
*La viruela es una enfermedad infecciosa producida por un virus. La viruela es una enfermedad exclusivamente humana, grave y contagiosa. Afortunadamente está declarada como erradicada de la tierra por la OMS (Organización Mundial de la Salud) desde el año 1979. Desde entonces solo se mantiene en dos laboratorios especializados para su estudio. Sin embargo, si se liberase el virus, por accidente o de forma deliberada, como arma biológica, volvería a asolar a la humanidad como antes de su eliminación mediante los procesos de vacunación llevados a cabo durante más de 20 años.

El poder de la lágrima fácil

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lagrima 03

Cuentan que hace tiempo atrás existía algo que se llamaba intimidad. Se dice que en este ámbito las personas solían llevar a cabo ciertas actividades que por alguna razón particular no debían ser vistas por los demás. A veces estas razones eran el decoro; otras veces era la privacidad de ciertos temas; a veces sólo se trataba de buen gusto; la cuestión era que ciertas cosas sólo se hacían en privado y lejos de la mirada indiscreta de la masa. Hoy, en cambio, cuando todo debe ser expuesto de la manera más flagrante posible, ese ámbito que, me dicen, se llama intimidad ha desaparecido (extinguido, podríamos decir para usar un término moderno, aunque nadie parece extrañarlo demasiado ni sentir pesar alguno por su ausencia como sucede con otras especies extintas).

Entre esos actos que se llevaban a cabo en la intimidad (con lo que me gusta esta palabra……

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Anhelo de Manuela Fernández Cacao

En su 72 aniversario pidió un deseo: quería ser madre. A los nueve meses tuvieron que extirparle la vesícula y los médicos se la dieron en un frasco. Ella en su casa le puso el nombre de Esther y le acomodó una habitación. Diariamente la acunaba, le hacía mimos y le contaba cuentos, pero no crecía. Se dirigió al pediatra para consultarlo y de allí la llevaron ante un psiquiatra. A la pregunta decisiva para ser internada confesó que era consciente de la farsa, todo había sido fruto de sus ansias por tener una hija y la dejaron marchar.
Ya en su casa, dirigiéndose al apéndice dijo: “Te pido perdón, siempre supe que eras niño, a partir de ahora te llamaré Antonio y te vestiré de azul.

El gigante enterrado, adelanto: Kazuo Ishiguro

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/el-gigante-enterrado/9788433979667/PN_935

Haz clic para acceder a el_gigante_enterrado__adelanto.pdf

Nacido en 1954, Kazuo Ishiguro apareció en escena relativamente temprano, al ser escogido por la revista Granta como uno de los mejores escritores ingleses jóvenes. Corría el año 1983, Ishiguro tenía sólo una novela publicada, Pálida luz en las colinas (1982). Los premios no tardaron en llegar, entre ellos el Whitbread por Un artista del mundo flotante (1986) y el Booker por Lo que queda del día (1989). Miembro de una generación brillante —que incluye a Martin Amis, Ian McEwan, Salman Rushdie y Julian Barnes—, Ishiguro es de los que publican menos: sus libros aparecen cada cuatro o cinco años. Así, en una carrera de un cuarto de siglo, conocemos de él sólo seis novelas, y ahora, por fin, su primer libro de cuentos, Nocturnos.

http://culto.latercera.com/2017/10/05/nocturnos-los-cuentos-kazuo-ishiguro/

Ishiguro: lo que queda del día y la hoja en blanco

Hace pocos días que Kazuo Ishiguro fue elegido por la Academia Sueca para formar parte del Olimpo literario compuesto por los ganadores del Premio Nobel de Literatura. El autor británico no es un escritor especialmente prolífico, pero sus obras parecen estar medidas palabra por palabra, en un ejercicio de preciosismo difícil de imitar. Por eso sorprende que el propio Ishiguro confiese que escribió Lo que queda del día, una de sus obras más conocidas, en apenas cuatro semanas.

Sí, cuatro semanas. Un mes. El tiempo en que otros autores apenas han puesto las primeras piezas de la documentación en su sitio. En un artículo de The Guardian, publicado en 2014, comentó cómo enfrentarse al bloqueo del escritor y a la página en blanco, explicando su propio método para encarar una de las novelas más importantes de su carrera y que fue adaptada posteriormente al cine con gran éxito.

Hay que tener en cuenta que entonces Ishiguro tenía 32 años, tenía problemas de trabajo y la creatividad parecía que se le escapaba. Entonces urdió una estrategia junto a su esposa, Lorna, para reactivar su parte más imaginativa. Lo que no podía esperar es que le diera un resultado tan impresionante. Según él:

Durante un periodo de cuatro meses, limpiaría sin miedo mi agenda y entraría en lo que llamamos “misteriosamente” un accidente. Durante ese accidente no haría otra cosa que escribir desde las 9 de la mañana a las 10:30 de la noche, de lunes a sábado. Tendría una hora libre para comer y dos para cenar. No miraría ni respondería el correo y no me acercaría al teléfono. Nadie vendría a casa. Lorna, pese a su propia agenda, se encargaría durante ese periodo de mi parte en la cocina y las tareas de la casa. De esa manera, esperábamos, no sólo completaría más trabajo de manera cuantitativa, sino que también entraría en un estado mental en el que mi mundo de ficción se convertiría en más real para mía que el de verdad.

Este plan de choque acabó funcionando, ya que Ishiguro escribió Lo que queda del día en esas cuatro semanas, al menos, o eso parece, la primera versión. En un mes, sólo en un mes, logró dejar atrás la crisis creativa que le amenazaba y terminar una de sus mejores obras. La concentración y la constancia como base de una voluntad volcada en la creatividad.

El mejor consejo para escribir de Kazuo Ishiguro

TACUCHI — manologo

Lo que nos falta de entendedera, lo suplimos con curiosidad y trabajo

La primera vez que oí el término “tacuchi” fue cuando mi hija se refería a una amiga suya que era bastante rellenita, pero no registré mucho el calificativo y me pareció una de esas palabras que los jóvenes de todas las épocas han inventado y usan; cuando la volví a escuchar aplicada a un muchacho, paré la oreja porque el susodicho estaba más bien gordo y me di cuenta –lentito yo- que lo que decía era “está cuchi”…

Uno de los nombres que se dan a los cerdos, marranos o chanchos, es el de “cuchi” y también se usa la palabrita para decir que algo está sucio, pero en un tono menor, casi cariñoso (se usa también para significar que algo es bonito); ahora bien, como los chanchos tienen la imagen de andar siempre en el barro y revolcarse en él (lo que hacen en realidad es eso pero para mantener fresca su piel) ensuciándose, el cerdo es un cuchi por chancho y por “sucio” o “cochino” (otro nombre que se le da al animal).

El chancho crece y engorda, o sea que un gordo sería alguien por analogía, que está “cuchi”; lo que abreviado y casi críptico resulta en “tacuchi”.

Todos los días se aprende algo: “tacuchi” me enseñó que soy lento de entendederas, pero que la curiosidad no me la quita nadie.

Fábula de artistas de Orlando vn bredam

Lo cierto es que el gato, con mucha paciencia, aprendió a ladrar. Ladraba con fuerza, con eficacia de perro adulto. Tanto ladró que se olvidó de sus maullidos. Entonces, las opiniones se dividieron entre quienes sostenían que se trataba de un gato falso y quienes, por el contrario, aseguraban que era un perro apócrifo. Nadie tenía en cuenta su virtuosismo, el estudiado empeño que exhibía cada vez que quería soltar un ladrido. Lo peor, sobrevino cuando los demás gatos lo tildaron de traidor, cobarde, obsecuente, cipayo, etc. El mismo rechazo obtuvo de los perros, para quienes era un vulgar imitador, un alcahuete, un arribista, un desarraigado, etc.
Con pesadumbre de artista postergado y vagando sin sentido, el gato llegó un día hasta mi casa. Poco nos bastó para comprendernos. Y decidimos vivir juntos, aunque ustedes no lo crean. Le conté mi drama: nadie quiere saber nada con un perro fino, delicado, que sólo emite maullidos de gato
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Mal de tren de Tanizaki

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Fue a primeros de junio pasado, estando en Kioto, cuando me amenazó la enfermedad. Por supuesto, ya había sufrido ataques en Tokio pero, absteniéndome de alcohol, tomando baños fríos y masajes e ingiriendo píldoras, me consideré recuperado. Mas después de llegar a Kioto empecé a llevar una vida cada vez más irregular y pasé muchas noches en los bares y en las casas de geishas, con lo que me encontré resbalando hacia una recaída.

Según dice un amigo, esta alteración mía —esta atormentadora y estúpida alteración en la que me asquea ahora pensar— es probablemente una especie de neurosis llamada Eisenbhankrankheit (mal de tren). Mis ataques no tienen nada que ver con la náusea y el vértigo de los mareos: sufro las agonías del propio terror. En el momento en que me subo a un tren, en el instante en que pita el silbato y las ruedas empiezan a girar y los vagones arrancan balanceándose, en ese instante, se me acelera el pulso en todas las venas como si hubiese sido estimulado por una bebida fuerte, y la sangre se me sube a la cabeza. Un sudor frío aflora por todo mi cuerpo, los brazos y las piernas empiezan a temblarme como si tuviese tercianas. Me parece que, si no me someto a un tratamiento de emergencia, toda mi sangre —cada una de sus gotas— se precipitará dentro de ese pequeño recipiente, redondo y duro, que llevo encima del cuello, hasta que el mismo cráneo, como un globo de juguete inflado más allá de su capacidad, no tenga más remedio que estallar. Y, encima, el tren, con absoluta indiferencia y tremenda energía, se lanza por los raíles a toda velocidad. “¿Qué vale la vida de un ser humano?”, parece preguntar. Vomitando como un volcán su humo hollinoso y rugiendo a lo largo de su osado y cruel camino, se lanza ansioso, implacable, hacia los túneles color azabache, a lo largo de vacilantes puentes de acero, cruzando ríos, a través de praderas, bordeando bosques. Los pasajeros, también ellos, parecen demasiado indiferentes, mientras leen, fuman, descabezan un sueño o hasta contemplan por la ventanilla el panorama que se desenrolla vertiginosamente.

“¡Socorro, me muero!”, grito en mi interior, poniéndome pálido y jadeando como embargado por un fatal paroxismo. Corro al lavabo, zambullo la cabeza en agua fría o me agarro a la ventanilla y doy patadas en el suelo agitándome con frenética desesperación.

Tratando de lanzarme fuera del tren de una forma u otra, golpeo ferozmente los tabiques de mi departamento, sin reparar en mis puños sangrantes, y rujo como un criminal encerrado en el calabozo. En el paroxismo del ataque, a duras penas puedo contenerme para no abrir la puerta y tirarme del tren, o agarrar me ciegamente al timbre de alarma. Pero, en todo caso, me las arreglo para controlarme hasta la parada siguiente, salgo dando traspiés, ofreciendo un doloroso y deplorable aspecto, y me abro camino a duras penas desde el andén hasta la puerta de salida. Tan pronto como abandono la estación, el pulso se me tranquiliza con absurda rapidez y las sombras de mi ansiedad desaparecen una tras otra.

Esta fobia mía no se limita a los trenes. Puede echárseme encima en los trolebuses, automóviles y teatros, en cualquier lugar en que el movimiento y el color, y el ruido y el bullicio de la multitud, parecen amenazar a mis nervios enfermizamente excitables. Estoy expuesto a un ataque en cualquier parte y a cualquier hora. Sin embargo, en los trolebuses y teatros, puesto que puedo escapar fácilmente, nunca me he sentido tan al borde de la locura.

Y así fue como a primeros de junio, cuando iba subido en un oscilante trolebús de Kioto, me di cuenta de que la enfermedad me tenía aún entre sus garras. Hasta entonces, había evitado escrupulosamente los trenes y abandonado toda idea de volver a Tokio hasta sentirme seguro de que no me volvería la fobia. Quería presentarme al reconocimiento militar, lo que había de hacerse antes de que pasase el verano, en cualquier lugar cercano a Kioto, al que pudiese llegar sin tomar el tren.

Desgraciadamente, supe que era demasiado tarde para sufrir el examen en cualquiera de los centros cercanos a Kioto, pero gracias a un amigo de Osaka conseguí ir a uno que había en una aldea de pescadores, en la línea de trolebuses Osaka-Kobe, siempre que transfiriese allí mi residencia legal con dos o tres días de anticipación. Los reconocimientos en aquel pueblo estaban anunciados para mediados de junio.

Estaba encantado de poder ir en trolebús, sin tener que pisar el tren, ni mucho menos hacer el viaje a Tokio. Y alrededor de las doce del día, con mi certificado oficial y una copia de mi partida de nacimiento (que me fue enviada desde Tokio) en el bolsillo, me dirigí a la estación de la línea Osaka-Kobe, que está en la calle de Gojo.

Una luz como de pleno verano resplandecía sobre las secas y polvorientas calles de Kioto, el cielo claro parecía venenosamente alisado: suave extensión de denso índigo azul. Yo llevaba una capa de seda sobre un kimono liso sin forro y en el camino hacia la estación, en rickshaw, pude sentir un suave rezumar como de pegajosas gotas de sangre desde los crecidos cabellos junto a las sienes y cómo me resbalaban por las mejillas hasta empaparme el cuello. Mirando hacia el monte Atago desde el puente de Gojo, vi las calientes olas ondulando al pie de las colinas como impulsadas desde las entrañas de un horno ardiente. Los campos distantes y los bosques estaban oscurecidos por una neblina vaporosa, mientras en el primer plano los tejados y los muros de piedras ajedrezadas y las aguas del río Kamo estaban teñidos de tan vívidos tonos, tan vivos como si fuesen pintura aún fresca, que me herían los ojos al mirarlos. Cuando empecé a bajar, tras dejar el rickshaw, a la estación, los bordes del kimono se me pegaban a las piernas empapadas de sudor y las ceñían tan estrechamente que estuve a pique de caerme.

“Todo irá bien si se trata de un trolebús”, fue lo que me dije a mí mismo queriendo darme un poco de ánimo, pero ya tenía los nervios tensos por culpa del deprimente calor. Después de sacar el billete para Osaka, decidí descansar hasta que se me calmasen los nervios y me desplomé en un banco sobre el que permanecí sentado, mirando ausente a la calle igual que un mendigo.

Coche tras coche de la línea Osaka-Kobe —construidos mucho más sólidamente que los trolebuses, tan oscuros y macizos como jaulas de fieras— llegaban, ululaban su silbido y vomitaban una multitud de viajeros a cambio de otra (que inmediatamente engullían) y se marchaban a Osaka. Llegaba un coche cada pocos minutos. Haciendo acopio de todo mi valor, me puse en pie y me acerqué a la puerta de control de billetes, pero entonces el corazón empezó a latirme salvajemente y las piernas se negaron a llevarme más lejos. Me pareció haber sido paralizado por un espantoso hechizo. Me volví tambaleante hacia el banco.

—¿Rickshaw, señor?

—No, estoy esperando a alguien —le contesté al hombre—. Voy a Osaka. —Pero después de haberme librado de él me quedé donde estaba. “Voy a Osaka”, había respondido, pero no sé por qué sonó en mis oídos “voy a morir”. Qué asombro hubiera sentido el hombre de la rickshaw si se me hubiesen cerrado los ojos y me hubiese quedado en el sitio: una cosa tan brusca como la muerte de Svidrigailov en Crimen y castigo (“¡Si alguien te pregunta, dile que me he ido a América!”), cuando se apoyó la pistola en la frente y se pegó un tiro.

Cuando miré el reloj, vi que era cerca de la una. La oficina del pueblo cerraría seguramente a las tres o las cuatro y yo tenía que estar inscrito antes de acabar el día para ser admitido a examen. De otra forma, los amables esfuerzos de mi amigo habrían sido estériles. Súbitamente inspirado, compré un botellín de whisky en una tienda cercana. Luego, me senté otra vez en el banco, me apoyé en el respaldo y empecé a vaciar el frasco a sorbitos.

De acuerdo con experiencias pasadas, el whisky me amortecía los nervios el tiempo suficiente para permitirme escapar de lo más agudo del terror. Tenía en él una fe casi supersticiosa. Pensé que si me emborrachaba hasta perder la cabeza antes de subir al trolebús, podría ser capaz de llegar a Osaka sano y salvo.

El entumecimiento iba empapando poco a poco mi abatido cuerpo. Mientras seguía pacientemente sentado, era consciente de que una loca borrachera iba pudriendo de un modo espléndido mi conciencia y embotando todos mis sentidos. Pronto empecé a mirar con ojos mortecinos y lánguidos al alegre y ruidoso pasaje, observando el flujo de las arremolinadas luces y sombras.

Las gentes que pasaban al pie del puente de Gojo iban ruborizadas, color carmín, y perladas de sudor, como figuras de gelatina derritiéndose. Hasta las guapas jovencitas envueltas en ropas de verano finas como películas sufrían ostensiblemente —se veía su cuerpo inflamado— el calor que no cedía. El sudor… el sudor de muchedumbres ingentes parecía exudar sin fin en la atmósfera bochornosa, cernerse sobre todo, adherirse pegajoso a las paredes y a cuanto era superficie. Recordé un verso de poesía decadente: “Sobre la ciudad cuelga una neblina de sudor…”.

Como una pantalla de cine que se arrugase, la calle parecía ondear hacia atrás y hacia adelante, unas veces combándose, quebrándose otras, empañándose, duplicándose… Saber que estaba borracho perdido era lo único que me envalentonaba, que me daba osadía.

Por fin, me decidí a subir al coche siguiente y tomé la precaución de comprar otra botella de whisky. También —para poder enfriarme la cabeza si, por casualidad, sintiese que iba a darme un ataque— compré un poco de hielo picado y lo envolví en el pañuelo.

Armado así, me dejé estrujar y empujar hacia la verja por la trituradora multitud, di el billete para que lo picasen y ya iba a llegar al andén cuando me sentí de nuevo bajo el hechizo. En presencia de aquel coche enfurecidamente bufante y gritador, tan impaciente por salir bramando, mis nervios se desprendieron de su protector barniz alcohólico y mi cabeza, de repente lúcida, se despejó y empezó a trepidar y temblar. Me sentía presa de un todopoderoso terror, como si se me fuese a romper la mente, como si estuviese a punto de hundirme en un negro coma o en el limbo de la locura. Instintivamente, retrocedí de prisa hacia la puerta.

—Perdón —dije sin pensar al empleado—, acaban de picarme el billete, pero tengo que esperar a un amigo, así es que tomaré el próximo coche. —Apretándome el paquete de hielo sobre la frente, me abrí camino contra la corriente de viajeros y, enervado por completo, me fugué de la estación como si me persiguiese un espíritu diabólico. Desfondándome desmadejadamente en un banco, me las arreglé para empezar de nuevo a respirar sin agobio. Sentí como si alguien, a mis espaldas, estuviese riéndose de mí sarcásticamente.

“Esto no debería haber sucedido —me dije—. Pensé que estaba bastante borracho como para conseguirlo; ¿qué diablos marcha hoy mal? ¿Están hoy mis nervios tan en carne viva que no hay whisky que pueda con ellos?”

Y dieron las dos. “Si pierdo más tiempo va a ser demasiado tarde —pensé—. Y si pierdo esta ocasión, tendré que volver pronto a Tokio. Pero supongamos que escribo una carta a las autoridades explicándoles mis cuitas”: “Dado que un viaje en tren podría matarme o volverme loco, no puedo volver a Tokio a tiempo para el reconocimiento”. Quizá me respondiesen: “Aun en el caso de morir o volverse loco, no puede dejar de presentarse a tiempo para el reconocimiento”. Esto me obligaría a coger el tren y volver a Tokio como un loco furioso… Me gustaría arremeter contra ellos el día del examen y dar un espectáculo. “¿Lo están viendo? —les diría entre sollozos—. ¡Son ustedes tan insensatos que he perdido la razón!” ¿Qué diría entonces el médico militar?, me pregunto. Quizá me felicitase indiferentemente. “Muy bien. Ha hecho usted bien en volver. Ha hecho usted bien en volver aun a costa de volverse loco. Admiro su sentido del deber.”

Todavía rebosante de whisky, dejé vagar mis pensamientos de una estupidez a otra, sentado allí, riéndome de mí mismo, enfureciéndome, rabiando o sintiendo asco.

Tras considerar seriamente la situación, decidí que solo tenía tres opciones: morirme, volverme loco o seguir sin volver a Tokio. Si no quería morirme o volverme loco, tenía que vencer mi fobia y salir para Osaka inmediatamente.

Pero supongamos que pierdo el sentido en el trolebús…

Suspirando con desconsuelo, miré foscamente al coche que se acercaba y me levanté del banco. Tal vez debería volar a una casa de geishas para olvidar mis cuitas. ¿O debería quedarme allí otro poquito en espera de tranquilizarme? El sol se pondrá, la noche se irá cerrando. Si me quedo aquí sin más hasta que parta el último de los trolebuses y entonces vuelvo a mi apartamento sin haber resuelto nada, quizá me conforme con mi suerte y sienta algún alivio.

—¡Qué bien, T! ¿Adónde vas?

Era mi amigo K. Vestía un fresco kimono de verano y un sombrero panamá, airosamente encasquetado en la nuca, sombreaba sus bien dibujadas facciones y su elegante cabellera.

Sobresaltado, como si me hubiesen cogido cometiendo un crimen, balbuceé:

—Solamente a Osaka… —y sonreí como un bobo.

—¡Ah! Aquel médico militar del que me hablaste el otro día —asintió comprensivo K.—. Precisamente voy a Fushimi. Podemos ir juntos.

—Bueno…

—Te presento a un amigo mío.

K. me presentó al instante a su compañero, que era médico: un hombre rubicundo, algo rollizo, de unos treinta y pocos años, con un encantador bigotito pulcramente recortado.

—¿Seguimos el viaje juntos? Pase delante, por favor.

—Sí, gracias —respondí, todavía indeciso. Pero me dejé llevar hacia aquel feroz coche.

—Por favor, por favor, tú primero —insistió K., casi empujándome dentro.

—Pues bueno.

Resueltamente, cerré los ojos y subí de prisa al coche. Apenas estuve dentro, me agarré a una correa con una mano, y con la otra me acerqué la botella de whisky a la boca y tomé un buen trago. El hecho de hallarme en pie y agarrado a una correa me dio la sensación de ejercer todavía algún control sobre mi destino.

—Es usted un buen bebedor, ¿no? —dijo el doctor.

—No, es que detesto los trenes. Tengo que beber o no puedo tomarlos.

Me di cuenta, de pronto, de que mi explicación podría parecer un tanto ilógica, especialmente a un médico.

Con un último resoplido del silbato, el trolebús empezó a moverse:

“¿Voy a morirme ahora? —susurró una voz dentro de mí—. Esto debe de ser lo que se siente cuando le van a guillotinar a uno.”

—¿Qué piensa usted, doctor? ¿Cree usted que superaré el examen físico?

—Vamos a ver. Lo pasará perfectamente. Un tipazo tan fortachón como usted…

Ya habíamos dejado atrás las calles de Kioto; a gran velocidad, iban pasando por las ventanillas las hojas tiernas de los árboles y arbustos suburbanos, el camino real, las bajas colinas de las afueras de la ciudad. Fue entonces cuando un pequeño brote de confianza empezó a abrirse en mi interior. Después de todo, quizá pudiese llegar a Osaka sano y salvo.

Gata*

Es la única gata cuyo nombre es Gata. Así entiende. Por la mañana me sigue hacia la cocina, mientras tomo el café, se enrosca en mi pierna y maúlla breve: cómo diciéndome «¡A qué horas, me sirves!” En la noche, al retornar a la casa, me espera en el portón, -ella reconoce el ronroneo del carro y corre a recibirme-, no es que sea muy afectuosa, sucede que tiene hambre. Maúlla suave y prolongado, diciendo: ¡qué tarde llegas!
Gata tiene una historia de sobrevivencia, en eso se parece a mí. Pasa porque la vida convida sorpresas, misterios. Y es un misterio que yo esté con vida; como también lo es para ella.

* Los textos que no escribo el nombre del autor son de mi propiedad. En este caso la foto también.

Los pañales de Yukio Mishima

El marido de Toshiko estaba siempre ocupado. Incluso esa noche había tenido que salir precipitadamente para acudir a una cita y ella había vuelto sola en un taxi. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar una mujer casada con un atractivo actor? Toshiko había sido una tonta al suponer que pasaría la noche con ella. Sin embargo, él sabía cuánto le espantaba volver a su casa tan poco acogedora con sus muebles de estilo occidental y las manchas de sangre que aún podían verse en el piso.

Toshiko había sido siempre extremadamente sensible. Tal era su naturaleza. Como resultado de un constante preocuparse por todo jamás engordaba, y ahora, ya una mujer adulta, más parecía una figura etérea que una criatura de carne y hueso. Hasta sus amistades ocasionales no podían dejar de advertir la delicadeza de su espíritu.

Aquella noche se había reunido, momentos antes, con su marido en un night club y se había sentido herida al encontrarlo relatando a sus amigos una versión del «incidente». Sentado allí, con su traje de estilo americano y un cigarrillo entre los labios, se le había antojado un extraño.

—Es un cuento increíble —decía con ademanes extravagantes intentando acaparar la atención que monopolizaba la orquesta—, fíjense ustedes que llega a casa la niñera enviada por la agencia de colocaciones para nuestro hijo y lo primero que veo es su vientre. ¡Enorme! ¡Como si tuviera una almohada debajo del kimono!, y no era de extrañar, porque en seguida observé que podía comer más que todos nosotros juntos. Nuestra provisión de arroz desapareció así… —hizo chasquear los dedos— «Dilatación gástrica». Tal fue la explicación que nos dio acerca de su gordura y su apetito. Anteayer, escuchamos quejidos y lamentos provenientes de la habitación del niño. Corrimos hasta allí y la encontramos en cuclillas, agarrándose el vientre con las dos manos, gimiendo como una vaca. En la cuna, a su lado, nuestro chico, aterrado, lloraba con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Les aseguro que era algo digno de verse! —¿Y salió el gato encerrado? —preguntó un amigo, actor de cine, como el marido de Toshiko.

—¡Vaya si salió! Me dio el susto de mi vida. Yo había aceptado sin titubear la historia de la «dilatación gástrica», ¿comprenden? Bueno, sin perder el tiempo, rescaté la alfombra fina y extendí una manta sobre el piso para que se acostara allí. Durante todo el tiempo la muchacha gritaba como un cerdo herido. Cuando llegó el médico de la clínica el chico ya había nacido. ¡La habitación había quedado convertida en un matadero!

—No me cabe la menor duda —apuntó alguien, y todo el grupo se echó a reír.

Escuchar a su marido hablar del horrible suceso como de un incidente jocoso, hizo enmudecer a Toshiko. Cerró los ojos durante un instante y vio nuevamente al recién nacido frente a ella, en el piso y su frágil cuerpecito envuelto en papel de periódico manchado de sangre.

Toshiko pensaba que el médico lo había hecho todo por despecho. Como para acentuar el desprecio que sentía por esta madre que había dado a luz a un bastardo en tan sórdidas condiciones, había ordenado a su asistente que, en vez de envolver al pequeño con los correspondientes pañales, lo hiciera con papel de periódico.

Esta dureza para con el recién nacido hirió a Toshiko. Sobreponiéndose al disgusto que le causaba toda la escena, había buscado un pedazo de franela sin usar que tenía en reserva y fajando cuidadosamente al niño lo había depositado sobre un sillón.

Esto había sucedido después de que su marido saliera de la casa. Toshiko no se lo había contado temiendo que la creyera demasiado blanda y sentimental. Sin embargo, el episodio se había grabado profundamente en ella. Lo recordaba, sentada en silencio, mientras la orquesta de jazz atronaba los aires y su marido charlaba alegremente con sus amigos. Sabía que nunca podría olvidar a aquel niño, acostado sobre el piso, envuelto en los papeles manchados. Era una escena como de carnicería.

Toshiko, cuya vida había transcurrido dentro del más sólido bienestar, sentía dolorosamente la infelicidad del niño ilegítimo.

«Soy la única que ha presenciado su vergüenza», se le ocurrió. La madre no había visto a su hijo tendido allí, envuelto en diarios y, por supuesto, el niño no lo sabría nunca.

«Si guardo silencio, este chico nunca se enterará de la verdad. ¿Por qué siento culpa, entonces? Después de todo, fui yo quien lo levantó del suelo y lo envolvió en la franela y lo depositó sobre el sillón…»

Se retiraron del night club y Toshiko subió al taxi que su marido había llamado para ella.

—Lleve a esta señora a Ushigomé —ordenó al conductor, mientras cerraba la puerta desde fuera. Toshiko observó por la ventanilla la fisonomía sonriente de su marido y sus dientes blancos y fuertes. Se recostó entonces en el asiento sintiendo con angustia que la vida entre ellos era, en cierta manera, demasiado fácil, demasiado carente de dolor. No hubiera podido expresar este pensamiento con palabras. Echó una última mirada a su marido por la ventanilla trasera del coche. Se aproximaba a grandes zancadas a su automóvil Nash y la espalda de su llamativa chaqueta de tweed no tardó en mezclarse y desaparecer entre la gente.

El taxi se alejó, cruzó una calle llena de bares y pasó, luego, por un teatro frente al cual se apretujaba la gente. Acababa de finalizar la función, las luces ya estaban apagadas y en la semioscuridad las flores artificiales de cerezo que decoraban la entrada resaltaban en forma deprimente.

Dejándose llevar por sus pensamientos, Toshiko llegó a la conclusión de que, aun cuando el niño creciera en la ignorancia de su origen, nunca se convertiría en un ciudadano respetable. Aquellos pañales de sucios diarios serían el símbolo bajo el cual se encaminaría toda su vida.

Toshiko se interrogó, «¿por qué me preocupo tanto? ¿Estoy acaso intranquila por el porvenir de mi propio hijo? Cuando, dentro de veinte años, mi niño se aya convertido en un hombre refinado y educado, podría encontrarse por una de esas casualidades del destino, frente a este otro muchacho que también tendrá entonces veinte años. Supongamos que este joven, contra quien se ha pecado, pudiera acuchillarlo en forma salvaje…»

La noche de abril era nublada y calurosa, pero los pensamientos sobre el futuro hicieron estremecer a Toshiko y la entristecieron.

«No, cuando llegue el momento, yo tomaré el lugar de mi hijo», se dijo, de pronto. «Dentro de veinte años yo tendré cuarenta y tres y me presentaré ante ese muchacho y se lo relataré todo… sus pañales de periódicos y cómo yo lo envolví en la franela y lo levanté del suelo…»

El taxi se adelantaba por el ancho camino que bordeaba el parque y el foso del Palacio Imperial. A lo lejos, Toshiko veía los puntos luminosos que señalaban los altos edificios.

Prosiguió su monólogo interior: «Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y aborreciendo a su madre. No cabía duda de que aquellos sombríos pensamiemos producían a Toshiko cierta satisfacción. Se torturaba con ellos sin cesar.

El taxi se aproximó a Hanzomon y pasó frente a la embajada británica. Las famosas hileras de cerezos se extendían desde allí en toda su mágica pureza. Toshiko decidió contemplar aquellas flores a solas, lo cual era una extraña decisión para una joven tímida y carente de espíritu aventurero. Sin embargo, se hallaba en un estado de ánimo poco usual y temía volver a su casa. Aquella noche su mente estaba invadida por toda clase de fantasías inquietantes.

Cruzó la ancha calle. Se convirtió en una delgada y solitaria figura en la oscuridad. Por lo general, cuando se movía entre el tráfico, Toshiko se aferraba con miedo a su acompañante. Sin embargo, aquella noche caminó sola rápidamente entre los autos hasta llegar al parque largo y angosto que rodea el foso del Palacio. Aquel foso se llama Chidorigafuchi, Abismo de los Mil Pájaros.

El parque se había convertido en un bosque de cerezos en flor. Las flores formaban una masa de sólida blancura bajo el cielo nublado y tranquilo. Los farolitos de papel que colgaban entre los árboles estaban apagados. Los reemplazaban lamparillas eléctricas de varios colores que brillaban tenuemente bajo las flores. Ya eran más de las diez y la mayoría de los visitantes se habían marchado. Los pocos que aún permanecían allí empujaban automáticamente con los pies botellas vacías o aplastaban los desechos de papel al caminar. «Diarios…», recordó Toshiko, y su mente retomó el hilo de los acontecimientos anteriores. Papel de periódico manchado de sangre. Si un hombre oyera hablar alguna vez de tan lastimoso nacimiento y descubriera que era el suyo, aquello bastaría para arruinar toda su vida.

«Y yo, una extraña, tendré que guardar tan gran secreto… El secreto de una vida…» Perdida en estos pensamientos, Toshiko caminó por el parque. La mayoría de los transeúntes eran parejas silenciosas que no le prestaban atención. Vio a dos personas sentadas sobre un banco de piedra al lado del foso. No miraban las flores, sino el agua. Todo estaba oscuro y envuelto en pesadas tinieblas. El sombrío bosque del Palacio Imperial se perdía tras el foso. Los árboles parecían formar una sólida masa con el oscuro cielo. Toshiko caminó lentamente por el sendero sobre el cual colgaban, grávidas, las flores. Sobre un banco de madera, ligeramente apartado de los demás, vio algo que no era, como imaginara en un principio, una cantidad de flores de cerezo ni alguna prenda olvidada por los visitantes del parque. Al acercarse, comprobó que era una forma humana echada sobre el banco. ¿Sería alguno de esos miserables borrachos que se ven durmiendo a la intemperie? Evidentemente, no era ése el caso, ya que el cuerpo había sido cuidadosamente cubierto con papeles cuya blancura había atraído la atención de Toshiko. Observó detenidamente al hombre con camiseta marrón, acurrucado sobre una cama de papeles de periódicos y, también, cubierto por ellos. Sin duda aquella era su morada ahora que la primavera había llegado.

Toshiko observó el pelo sucio y despeinado que, en ciertas partes, mostraba una irremediable decadencia. Mientras velaba el sueño del hombre envuelto en diarios, no pudo evitar el recuerdo de aquel otro niño acostado en el suelo, cubierto por sus miserables pañales. El hombro enfundado en la camiseta marrón subía y bajaba acompasadamente en la oscuridad.

Toshiko sintió, de repente, que todos sus miedos y premoniciones tomaban cuerpo. La frente pálida del hombre se destacaba en la oscuridad. Era una frente joven, aunque surcada por las arrugas de largas penurias y miserias. Había arremangado ligeramente sus pantalones color kaki y en sus pies descalzos llevaba zapatillas deshilachadas. Resultaba imposible ver su rostro y, de pronto, Toshiko sintió un deseo incontrolable de observarlo.

La cabeza del hombre estaba semioculta entre sus brazos pero, acercándose aún más, Toshiko pudo ver que era sorprendentemente joven. Observó las gruesas cejas y el fino puente de la nariz. La boca, ligeramente entreabierta, respiraba juventud.

Pero Toshiko se había acercado demasiado. La cama de diarios crujió en el silencio de la noche y el hombre abrió bruscamente los ojos. Se levantó, de pronto, al ver a la joven parada a su lado. Sus ojos brillaron en la noche y, segundos después, una mano llena de fuerza tomó la fina muñeca de Toshiko.

Ella no se asustó ni hizo esfuerzo alguno por librarse. Como un relámpago, un pensamiento atravesó su mente. ¡Ah, ya habían pasado veinte años!

El bosque del Palacio Imperial estaba tan oscuro como el azabache y un profundo silencio reinaba en él.

CORTEZA CEREBRAL: una pequeña reflexión

Avatar de AlonaDeLarkNeurociencias divertidas

La corteza cerebral, nuestro orgullo y el templo misterioso de nuestra cognición y la humanidad en todas sus dimenciones, oscuras y llenas de luz se ubica en una pequeña area de máximo 0.25 metros cuadrados con el grosor que no supera 0.5 centimetro entre todas sus 6 capas de neuronas.

Cuando de neuronas se trata, ya es sabido que el cerebro humano contiene 89 billones de las celulas nerviosas, llamadas neuronas, pero estas neuronas están distribuidas en diferentes partes del cerebro dejando para nuestra adorada corteza solo 18 billones. 18 de los 89 en total. Para comparar, el cerebelo es el lugar de ubicación de 50 billones de neuronas, más de la mitad de todas que tiene el cerebro humano. Si recordemos qué maravillas hacen estas 18 billones, podemos entender que no se trata de la cantidad en sí, sino, de las conexines que se forman. No podemos aumentar la…

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Los rostros de kawabata

Yasunari Kawabata
Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible.

No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tanta gente en la platea como esa pequeña actriz.

A los dieciséis, dio a luz a una niña.

–No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella –dijo el padre de la criatura.

–Tampoco se parece a mí –repuso la joven–. Pero es mi hija.

Ese rostro fue el primero que no pudo comprender. Y, como es de suponer, su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija. Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde lloraba, y desde donde hacía llorar a la audiencia, y el mundo real. Cuando se asomó a ese foso, vio que era negro como la noche. Incontables rostros incomprensibles, como el de su propia hija, emergían de la oscuridad.

En algún lugar del camino se separó del padre de su niña. Y con el paso de los años, empezó a creer que el rostro de la niña se parecía al del padre.

Con el tiempo, las actuaciones de su hija hicieron llorar al público, tal como lo hacía ella de joven.

Se separó también de su hija, en algún lugar del camino. Más tarde, empezó a pensar que el rostro de su hija se parecía al suyo. Unos diez años después, la mujer finalmente se encontró con su propio padre, un actor ambulante, en un teatro de pueblo. Y allí se enteró del paradero de su madre.

Fue hacia ella. Apenas la vio, se echó a llorar. Sollozando se aferró a ella. Al hallar a su madre, por primera vez en la vida lloraba de verdad.

El rostro de la hija que había abandonado por el camino era una réplica exacta del de su propia madre. Sin embargo, ella no se parecía a su madre, así como ella y su hija no se asemejaban en nada. Pero la abuela y la nieta eran como dos gotas de agua.

Mientras lloraba sobre el pecho de su madre, supo qué era realmente llorar, eso que hacía cuando era una niña actriz.

Entonces, con corazón de peregrino en tierra sagrada, la mujer se volvió a reunir con su compañía, con la esperanza de reencontrarse en algún lugar con su hija y el padre de su hija, y contarles lo que había aprendido sobre los rostros.