José Juan Tablada*

Es mar la noche negra;
la nube es una concha;
la luna es una perla.

luna...

*

México, 1871 – Nueva York, 1945) Poeta mexicano que fue uno de los principales protagonistas de la transición del modernismo a las vanguardias. Tras asistir al Colegio Militar, del que fue expulsado, José Juan Tablada trabajó como empleado ferroviario, pero muy pronto, con apenas veinte años, se inició en el periodismo.


José Juan Tablada

Su actividad en este ámbito se desarrollaría a lo largo de medio siglo, tiempo en el cual llegó a publicar cerca de diez mil artículos. Colaboró en numerosas publicaciones periódicas mexicanas, como El Universal, El Mundo Ilustrado y El Imparcial, así como en la prensa de Caracas, Bogotá y La Habana. Parte de sus crónicas (políticas, culturales y de viajes) quedarían reunidas en recopilaciones como Tiros al blanco (1910), Los días y las noches de París (1918) y En el país del sol (1919). Devoto de la cultura y, en especial, de la poesía francesa, en 1898 impulsó la creación de la Revista Moderna, principal órgano del modernismo mexicano, en la que publicó algunos cuentos propios y traducciones de Anatole France y H. G. Wells, entre otros autores.

No fue ajeno a los vaivenes de la Revolución mexicana de 1910: criticó la presidencia de Francisco I. Madero (1911-1913), apoyó la dictadura contrarrevolucionaria de Victoriano Huerta (1913-1914) y fue director del Diario Oficial durante su mandato. A la caída de Huerta, su casa fue saqueada por las tropas de Emiliano Zapata y huyó a Nueva York. Durante el régimen del constitucionalista Venustiano Carranza (1917-1920) desempeñó cargos diplomáticos en Caracas y Quito. Residió luego en Estados Unidos, y en México desde 1935, aunque la muerte lo sorprendió en Nueva York, poco después de ser nombrado vicecónsul.

Entre sus poemarios adscritos al modernismo destaca El florilegio (1899). A raíz de un viaje a Japón (1900-1901), José Juan Tablada amplió la segunda edición de este libro (1904) con una serie de haikús, de los que se le considera introductor en lengua española. La concisión del haikú, forma tradicional japonesa formada por tres versos blancos de 5, 7 y 5 sílabas que expresa una fugaz intuición a partir de un contraste de imágenes, resultaba idónea para el temperamento del autor.

De orientación vanguardista son sus libros de poesías Al sol y bajo la luna (1918), Un día (1919), Li-Po y otros poemas (1920) y El jarro de flores (1922). Además del haikú, Tablada cultivó en esta segunda etapa los ideogramas y las innovaciones tipográficas introducidas por Apollinaire en sus Caligramas (1918).

Los principales temas de la obra poética de José Juan Tablada son la naturaleza, la delicadeza de las criaturas naturales y el paisaje mexicano. Su ingenio verbal apunta a composiciones breves, pero incisivas; son visiones rápidas e intensas de la realidad no exentas de una ironía que, ocasionalmente, raya en la ternura. Sometidos a una estricta disciplina formal, sus poemas son ejemplo de contención expresiva, por lo que la rigurosa formalidad del haikú se convirtió en un vehículo perfecto para él.

De entre sus restantes obras cabe citar la novela La resurrección de los ídolos(1924). Proyectó asimismo una memorias de las que sólo llegó a publicar en libro el primer volumen, La feria de la vida (1937), que abarca desde la infancia hasta los primeros signos de madurez.

Sin bromas de Osamu Dazai*

¿Qué iba a ser de mí? Solo pensar en ello me estremecía, me consternaba hasta el extremo de quedarme en casa sentado sin hacer nada. Un día salí de mi apartamento en el barrio de Hongô y me dirigí arrastrando el bastón de bambú hasta al parque de Ueno. Era una tarde de mediados de septiembre. Mi yukata blanca ya no resultaba apropiada para la época del año y me sentía horriblemente llamativo, como si brillase en la oscuridad. Estaba tan abatido que no quería vivir más. De la superficie del estanque de Shinobazu se levantaba un viento estancado y pestilente. Las flores de loto que crecían allí habían empezado a marchitarse; sus truculentas carcasas, atrapadas entre tallos alargados y vencidos, las estúpidas caras de la gente con una expresión de agotamiento total, todo brotaba al frescor de la tarde y me llevaba a pensar que el fin del mundo debía de andar cerca.
Caminé sin proponérmelo hasta la estación de Ueno. Entre los soportales de esa «Maravilla de Oriente» pululaba una oscura, serpenteante e incontable muchedumbre. Almas derrotadas. Todas y cada una de ellas. No podía hacer nada por evitar esa impresión. Para los campesinos que viven en los pueblos del lejano noreste, todo eso no son ni más ni menos que las puertas del infierno. Pasas a través de ellas para entrar en la gran ciudad y regresas de nuevo a casa, roto, destruido, con nada más que harapos colgando de un cuerpo saqueado. ¿Qué esperabas? Me senté con una sonrisa en los labios en un banco de la sala de espera de la estación. ¿No te lo habían dicho? ¿Cuántas veces te advirtieron de que si te marchabas a Tokio no irías a ninguna parte? Hijas, hijos, padres. Sentados en los bancos a mi alrededor, despojados de todo su ingenio, ocultos tras sus ojos nublados. ¿Qué es lo que ven? Flores fantasmagóricas que bailan en la oscuridad, la historia de sus vidas desplegándose como si fueran pergaminos frente a ellos, como lámparas giratorias decoradas con rostros indescriptibles.
Me levanté para escapar de aquella sala y caminé por el andén hacia la salida. Acababa de llegar el expreso de las siete y cinco. Un enjambre de hormigas negras empujaba y zarandeaba, caían unas sobre otras en la aglomeración que se dirigía y salía del tren. Cestas y maletas por todas partes. También bolsos anticuados de viaje que yo tenía por desaparecidos hacía ya tiempo. ¿Los habrían expulsado a todos de su tierra natal?
Los hombres vestían con presunción. Portaban un tenso y agitado semblante. Pobres cabrones. Ignorantes. Una pelea con el padre y huyen precipitadamente. Imbéciles.
Un joven en concreto llamó mi atención. Fumaba de una forma espléndida y afectada. Sin duda lo había aprendido en una película e imitaba a algún actor extranjero. Salió por la puerta con una única maleta. Con la ceja arqueada inspeccionó los alrededores. Seguía actuando. Vestía un traje de cuadros chillón. Los pantalones, por no decir otra cosa, eran demasiado largos. Parecía como si le nacieran en el cuello. Gorra blanca de deporte. Zapatos de cuero rojo. Apretó las comisuras de los labios y salió a la calle, tan elegante que resultaba cómico. Me entraron ganas de tomarle el pelo. Aquellos días estaba bastante aburrido y no encontraba nada con lo que distraerme.
—¡Eh, tú! ¡Takiya! —Había visto su nombre escrito en la maleta—. Acércate un momento.
Caminé con brío delante de él sin mirarle a la cara. El chaval me siguió dócilmente, como si lo arrastrara el torbellino del destino. Tengo cierta confianza en mi conocimiento de la psicología humana y, cuando la gente está distraída, la mejor manera de hacerte con ellos es comportarte de una manera abrumadora, dominante. Se transforman en arcilla en tus manos. Tratar de tranquilizar a tu víctima actuando de forma natural, razonando con cierto tono de seguridad, puede provocar un resultado opuesto al deseado.
Caminé hacia la colina de Ueno. Subí despacio por las escaleras de piedra.
—Creo que deberías ponerte en manos de tu viejo camarada —dije.
—Sí señor —contestó él, rígido.
Me detuve al pie de la estatua de Saigo Takamori. No había nadie alrededor. Saqué un paquete de cigarrillos y encendí uno. Miré la cara del chico iluminada por la luz de la cerilla. Allí estaba él, haciendo un mohín, con toda la ingenuidad de un niño. Empecé a sentir lástima por él y pensé que ya le había tomado el pelo lo suficiente.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés.
Tenía un fuerte acento del campo.
—Tan joven, ¿eh? —Suspiré sin querer—. De acuerdo. Puedes irte.
Iba a explicarle que tan solo quería darle un pequeño susto, pero de pronto me atrapó la tentación —nada comparable a la emoción de estafar a tu propia mujer— de tomarle un poco más el pelo.
—¿Tienes algo de suelto por ahí?
Se inquietó y al cabo de un momento respondió: «Sí».
—Dame veinte yenes. —La situación resultaba cómica. Sacó el dinero.
—¿Puedo irme ya?
Con su pregunta me daba pie para echarme a reír en su cara y decirle: «Te estoy tomando el pelo. Es solo una broma, idiota. Ahora ya sabes el lugar terrible que puede ser Tokio. Vuélvete a casa y tranquiliza el corazón de tu padre». Sin embargo, no había empezado toda mi rutina solo por el placer de la diversión. Debía la renta del apartamento.
—Gracias. No me olvidaré de ti, colega.
Mi suicidio se pospuso un mes más.
*
iNacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña
ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de
once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo
fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud
crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y
sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde
pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de
Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

En 1948, cuando Osamu Dazai (39) se encontraba en la cúspide de su
carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una
joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida.

Osamu Dazai

Nasrudin siempre escoge mal- anónimo Árabe

Todos los días Nasrudin iba a pedir limosna a la feria, y a la gente le encantaba hacerlo tonto con el siguiente truco: le mostraban dos monedas, una valiendo diez veces más que la otra. Nasrudin siempre escogía la de menor valor.

La historia se hizo conocida por todo el condado. Día tras día grupos de hombres y mujeres le mostraban las dos monedas, y Nasrudin siempre se quedaba con la de menor valor. Hasta que apareció un señor generoso, cansado de ver a Nasrudin siendo ridiculizado de aquella manera. Lo llamó a un rincón de la plaza y le dijo:

—Siempre que te ofrezcan dos monedas, escoge la de mayor valor. Así tendrás más dinero y no serás considerado un idiota por los demás.

—Usted parece tener razón —respondió Nasrudin—. Pero si yo elijo la moneda mayor, la gente va a dejar de ofrecerme dinero para probar que soy más idiota que ellos. Usted no se imagina la cantidad de dinero que ya gané usando este truco. No hay nada malo en hacerse pasar por tonto si en realidad se está siendo inteligente.dos-monedas-de-libra-14973153

¿ Lo han visto?

El silencio se astillaba antes del canto de los gallos. Escuchaba el paso continuo de las bestias, aún de que me cubriera con la almohada. El ¡oh bestia, oh! de los arrieros. Mi casa recogía el eco de los cascos y los gritos de los comerciantes que venían tanto de la costa como de la montaña. Mañana es tiempo de plaza y llegarán de las rancherías, unos a vender, otros a comprar; y otros por el placer de encontrar viejos amigos, un pariente distante, o bien una madre que pregunta por su hijo y trae en las manos una vieja fotografía en blanco y negro. las autoridades y comisariados de tierras siempre tienen puntos en común: la de atender a las personas que solicita un servicio. La madre de la foto, no se cansa de recibir la misma respuesta: “no lo conocemos”, “no lo hemos visto”, ”¿ya preguntó al señor de la tienda?, López, gusta de calzar ese día, su traje de charro y traer el mejor caballo, atrás cabalga su esposa, lleva pulseras y aretes que hacen juego con el vestido. Alrededor del mediodía, la cantina principal está cerrada, solo se permite el ingreso a gente conocida por el presidente municipal o por el hermano que es quien facilita la entrada a los principales. Dentro, platican, se ríen y toman su cerveza, Aunque la energía eléctrica tiene dos meses que entró en funciones, todos la ingieren sin refrigerar. Refieren que el frío le mata el sabor y levantan la botella. En algunos la espuma no es contenida y resbala hasta el cuello causando risa y siendo objeto de bromas.
Se coló y cuando se dieron cuenta estaba en el centro de la reunión enseñando la foto gastada “Este es mi hijo por estos días estaría por cumplir los cuarenta años”
—¿Lo han visto?, ¿lo han visto? … .

foto de un hijo

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Geishas rivales de Nagai Kafu*

Komayo, con su paso menudo y rápido, se fue por la derecha del pasillo a su asiento. Mientras, Yoshioka empezó a tomar la dirección contraria también con paso rápido; pero de pronto, como si le hubiera ocurrido algo, se detuvo y volvió la cabeza. En el pasillo sólo deambulaban una joven acomodadora y una vendedora. No había ni rastro de Komayo. Se sentó entonces en uno de los bancos del pasillo, encendió un puro y se puso a divagar sobre los sucesos de siete u ocho años antes… Se había licenciado a los veinticinco años y, después de irse a Occidente, donde pasó dos años, entró en la empresa en la que estaba empleado ahora. Desde entonces, en esos seis o siete años-ahora que lo pensaba bien- había trabajado de firme en la misma compañía. Había invertido en bolsa y amasado una pequeña fortuna. Se había labrado, además, una posición social.
También lo había pasado bien; y-pensaba Yoshioka- había bebido bastante, aunque sorprendentemente su salud no se había resentido. Como decía con orgullo a las personas de su entorno, era, en suma, una persona muy ocupada: sin tiempo siquiera de pensar, ni una sola vez, en aquellos días ya lejanos. Pero esa noche en que por un puro azar acababa de reencontrarse con esa mujer que lo había introducido en el mundo de las geishas cuando él no era más que un simple estudiante, los viejos recuerdos, sin saber bien por qué, parecían rebullir y agolpársele por primera vez en la memoria.
En aquellos largos años en que no sabía nada, la simple existencia de las geishas le parecía envuelta en un hechizo misterioso e irresistible. Cualquier palabra de una de esas mujeres lo embargaba de una felicidad indescriptible. Hoy, por mucho que lo intentara, ya no podía recuperar aquella sensación ingenua y pura de entonces.
Cuando desde el escenario llegaron a sus oídos las notas del samisén, le vino a la memoria la primera vez que fue al barrio tokiota de Shinbashi. Hoy este recuerdo le parecía tan grandioso que, sin querer, una sonrisa se dibujó en sus labios. Tampoco pudo evitar sentirse un poco extraño al pensar que ahora era un hombre curtido en ese campo donde florecían diversiones de todos los colores. Incluso, al reflexionar en la astucia y el cálculo que adoptaba en su relación con la gente, llegó a sentir cierta incomodidad. «Me he servido de la astucia hasta en ese campo… pero también he sido demasiado exigente con los detalles…» Ahora lamentaba haber llegado por primera vez a este conocimiento de sí mismo.
Podía ser completamente cierto. En su empresa, a Yoshioka le habían confiado un puesto importante, el de jefe de departamento de ventas, a pesar de no llevar en ella ni diez años. El presiente y los gerentes lo valoraban como un empleado dotado de gran talento para los negocios. Por otra parte, sin embargo, no podía decirse que gozara de popularidad entre sus compañeros y subordinados.
Hacía unos tres años que mantenía una geisha de nombre Rikiji, la cual trabajaba por su cuenta e incluso poseía su propia agencia de geishas, llamada Minatoya, en el mismo barrio de Shinbashi. Pero Yoshioka no era el típico danna que podía ser manejado como a su mantenida le diera la gana. Para empezar, sabía-porque lo veía con sus propios ojos- que las facciones de Rikiji no eran bellas. Pero era una mujer que dominaba su oficio a la perfección y que en todas partes era reconocida como una neesan. Para un hombre como Yoshioka, cuyo trabajo le exigía una vida social intensa, era conveniente mantener a una o dos geishas a las que confiar los banquetes y agasajos a clientes. Fingiendo estar enamorado de Rikiji, lograba reducir gastos innecesarios.
Tenía, además, otra mantenida. Era la dueña de un machiai llamado Murasaki que por su aspecto no desdecía en aboluto del barrio en que estaba situado, en Hamacho, el centro de Tokio. Un día, Yoshioka, dominado por el síntoma habitual de quien empieza a cansarse de las geishas, se echó a las espaldas una responsabilidad mucho mayor cuando, bajo los efectos del alcohol, sedujo a esta mujer que entonces trabajaba de camarera en un restaurante del barrio de Daichi. Cuando recuperó la sobriedad, se arrepintió de lo sucedido, temeroso de que las geishas que coincidían con él en fiestas se enteraran de que había tenido una relación con una humilde camarera. En este caso, fue ella la que intentó sacar partido. Con la promesa por parte de ella de ocultar discretamente el suceso y evitarle así complicaciones posteriores, Yoshioka accedió a poner secretamente a su disposición un capital suficiente para que abriera ese establecimiento, el machiai Murasaki. Por fortuna, el establecimiento se hizo con una nutrida clientela hasta tal punto que diariamente sus salones no daban abasto para responder a la demanda. En tales circunstancias, hubiera sido absurdo no frecuentar ese machiai después de haber invertido en él un capital importante. Así que Yoshioka empezó a ir allí al principio a tomar algo, hasta acabar recayendo en la relación clandestina con la dueña. Esta mujer, que este año cumplía treinta años, estaba dotada de generosas curvas y de un cutis blanco. Aunque podía decirse, naturalmente, que era refinada comparada con las mujeres ajenas al mundo del entretenimiento, al lado de las geishas resultaba bastante tosca y producía cierta sensación de espesa gravidez. En otras palabras, su aspecto físico y su personalidad fuerte, comunes en las camareras que pululaban en el mundo de las geishas, estimulaban no el espíritu de Yoshioka, sino, como había ocurrido el día de la borrachera, simplemente su apetito carnal. Era una relación desigual de la que se arrepentía nada más consumarla físicamente, pero en la que recaía poco después.
Así, una y otra vez, con recaídas y arrepentimientos, se mantenía este lazo insatisfactorio que, sin embargo, presentaba visos de ser inquebrantable. »

*

Kafū Nagai (永井 荷風 Nagai Kafū), Tokio, 4 de diciembre de 1879 – Ichikawa, 30 de abril de 1959) fue un escritor japonés. Retrató de una forma especialmente sensual los ambientes de la Ciudad de Tokio antes de la II Guerra Mundial y permitió que se extendiera el conocimiento de la vida japonesa más allá de sus fronteras. Se movió entre el naturalismo y un tono estético muy oriental.
En la época militarista de Japón se negó a publicar y a participar en los apoyos al gobierno del Eje imperialista. .En los últimos años recuperó la escritura, pero no llegó al altísimo nivel expresivo de sus obras maestras,
Se considera que Una extraña historia al este del río es su obra maestra. . P. Modiano consideró a Kafu como el gran descriptor de Tokio, comparable en ese punto con Dostoyevski o Balzac y sus ciudades S. Petersburgo o París. Nunca se separo de su Diario

Kafu nagai

La cigarra del octavo día de Mitsuyo Kakuta fragmento

Siete años bajo tierra y sólo viven siete días cuando salen al mundo. No sé si esa historia es realmente cierta o no, pero la primera vez que la escuché me impresionó mucho que esperasen tanto tiempo para vivir una vida tan corta. Yo también era una niña cuando le expliqué a unos adultos eso mismo.
La cigarra del octavo día puede ver cosas que las demás no ven. Quizá no quiera, pero después de todo no es tan terrible. No hay necesidad de cerrar los ojos.»

Kiwako es una mujer desesperada, que lo ha perdido todo en la vida y parece que ya no tiene nada más que perder. Quizá por ello comete una de las locuras más grandes que puede cometer un ser humano: robar una vida. Una mañana se cuela en casa de un matrimonio y les roba su bebé de pocos meses. Claro, no hay nada fortuito en esta elección. Resulta que Takehiro, el padre del bebé, ha tenido una aventura de muy larga duración con Kiwako. Como siempre sucede en estos casos, el hombre casado le promete a la amante que se irá con ella y serán felices, pero nunca llega el día. En este caso hay que sumarle que la esposa de Takehiro se ha quedado embarazada y ha tenido un bebé, el bebé que Kiwako siente que debería ser de Takehiro y suyo.

Desde el primer momento, la vida de Kiwako se convierte en una huida. No tiene padres, no tiene amigos, no tiene dónde ir. Pero no le importa, tiene en sus brazos a su niña y hará lo que sea posible para cuidarla como una hija.

Me he desabrochado el botón del abrigo para meter dentro al bebé, como si lo envolviera. Después he empezado a correr a ciegas. No sé hacia dónde voy, pero en alguna parte de mi cabeza aún soy capaz de pensar con frialdad y se me ocurre que si me dirijo a la estación es muy probable que me encuentre con esa mujer. Quizá por eso mis piernas me llevan de manera automática en dirección opuesta. En un cartel leo. «Carretera de Koshu». Aprieto el paso en la dirección que indica la flecha blanca. Me doy cuenta de que se acerca un taxi libre y levanto la mano en un acto reflejo. Subo al vehículo y descubro que no sé a dónde ir. En el retrovisor se reflejan los ojos atentos del conductor.
-Parque de Koganei, por favor.
El taxi arranca. Me vuelvo y veo cómo se aleja poco a poco de esa ciudad tan poco familiar para mí. El bebé empieza a llorar bajo el abrigo.
-No llores, no llores… -Me sorprendo al pronunciar estas palabras de una manera casi instintiva-. No llores -las repito de nuevo, y le acaricio la espalda.
Hay mucho tráfico. El taxi apenas avanza. Los gimoteos, los ruiditos que hace el bebé con la nariz, cesan. Se chupa el dedo gordo y se adormece. De repente abre los ojos, como si volviera en sí. Emite un sonido débil, como si estuviera a punto de llorar, pero enseguida pone los ojos en blanco, como si estuviera vencido por el sueño. Se me amontonan los pensamientos: «Hay que comprar pañales, leche maternizada, tengo de decidir dónde vamos a dormir esta noche». Antes de ser capaz de ponerlos en orden, me asaltan las dudas: «¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer ahora mismo?». Cuanto más pienso, más me desespero. No sé por qué, pero me asalta un terrible sueño. Me adormezco igual que el bebé, constantemente. Abro los ojos al sentir su tacto suave, ese ligero cosquilleo en la nariz que me produce su olor a leche cuando lo estrecho entre mis brazos.

Mitsuyo-Kakuta

El odio de Tanizaki

Me encanta ese sentimiento llamado “odio”. Creo que es el sentimiento más directo y absoluto, el más sugestivo que pudiera existir. Nada me parece tan divertido como odiar, odiar a alguien hasta más no poder.
Supongamos que entre mis amigos hay uno al que odio en particular. Jamás rompo de manera directa mi relación con él. Al contrario, procuro ser amable, fingiendo una amistad entrañable, pero en el fondo siento unos deseos inmensos de burlarme de él, despreciándolo y portándome de forma grosera, halagándolo con ironía y mostrándole mi falta de honestidad. La vida sería muy triste para mí si no tuviera en este mundo a quien odiar.
Recuerdo muy bien el rostro de las personas que odio. Mucho más que los rostros de las mujeres que he amado. Los puedo vislumbrar en mi mente con todos los detalles como si los tuviera delante de mí. Al odiar a una persona, todo lo suyo, incluyendo la textura y el color de su piel, la forma de su nariz, sus manos y piernas, termina pareciéndome odioso. Suelo decirme: “Qué piernas tan odiosas”, “qué manos tan odiosas”, “qué piel tan odiosa”.
Descubrí el odio por primera vez durante mi infancia, a los siete u ocho años. En esa época, trabajaba en mi casa Yasutaro, un muchacho muy inquieto de doce o trece años, con cara morena y ojos redondos. Era demasiado arrogante para su edad, lo que se manifestaba en su forma fluida de hablar, no sabía obedecer y despreciaba a los empleados y sirvientes de la casa, que lo regañaban constantemente. Tomaba cursos domésticos de caligrafía todas las noches después de acabar su trabajo en la tienda, pero no aguantaba estar sentado mucho tiempo delante de su pequeño escritorio para hacer los ejercicios obligatorios. Solía quedarse dormido, y si no, le daba por entablar conversación conmigo de esta manera:
–Oiga, mi niño, véngase un rato para acá.
Y empezaba a hablar tonterías conmigo, haciendo dibujos en el cuaderno de ejercicios hasta la medianoche.
–¿Usted sabe qué es esto?
Al hacerme preguntas como ésa, Yasutaro me mostraba dibujos obscenos e inmorales hasta hacerme chillar de la risa.
Yasutaro me caía bien al comienzo. Lo consideraba un tanto vulgar, pero me gustaba ver sus dibujos cómicos, y todas las noches esperaba ansiosamente a que terminara el trabajo de la tienda para acudir a su lado.
–Yasutaro, a ver si puedes dibujarme cuando me tiro un pedo.
Escogía temas así de ridículos para sus dibujos y me moría de la risa viendo los cuadros disparatados que resultaban. Por otro lado, Yasutaro me facilitaba conocimientos poco accesibles para los niños de mi edad –misterios tales como: ¿por qué las mujeres se embarazan?; ¿cómo nacen los bebés?-. Nos hicimos tan buenos amigos en poco tiempo que hasta comencé a acompañarlo a escondidas cuando tenía que salir a hacer diligencias, y aprendí a vagabundear por las calles con él.
Fue un domingo al mediodía. Como la tienda estaba cerrada por la mañana, la mayoría de los dependientes, desde el jefe hasta el cajero, habían salido a pasear a algún sitio, pero Yasutaro, que no era sino aprendiz, se tuvo que quedar ese día porque le habían encargado el cuidado de la casa. Ya que se encontraba solo conmigo, empezó con sus idioteces de siempre, hasta que se escuchó una voz que provenía del piso de arriba.
–¡Yasu malvado, qué falta de respeto! ¡No te da vergüenza estar enseñándole al niño esas tonterías en lugar de dedicarte a los ejercicios de caligrafía!
Venía bajando la escalera, maldiciendo de aquella forma, un hombre que había salido de una habitación del segundo piso. Era Zenbei, el interino, un gordo de unos treinta y cinco años, de rostro enrojecido que, a primera vista, inspiraba repugnancia. Parecía estar listo para salir a un asunto importante, puesto que se había calzado de manera formal y vestía un kimono elegante con bordados brillantes encima de la ropa interior de rayas, y lucía su cabello peinado con un esmero poco frecuente.
–¿Para dónde va, don Zen? Anda usted muy elegante.
Yasutaro escrutó detenidamente el traje de Zenbei con una mirada maliciosa.
–¿Y eso qué te importa?
Después de detenerse un momento en el zaguán para calzarse, Zenbei se sentó en el piso de madera mirando con cierto nerviosismo el reloj de pared.
–Uhm, que disfrutes entonces –Yasutaro se dirigió a Zenbei en un tono insinuante, agachando un poco la cabeza.
–¿Qué quieres decir, mocoso? ¿Qué sabes tú, muchacho descarado?
–Seré descarado, pero no al grado de frecuentar un prostíbulo.
–¿Qué? –Zenbei se puso serio de repente y con una mirada severa enfrentó a Yasutaro–: A ver, dímelo otra vez, y verás. ¿Qué tengo yo que ver con prostíbulos? ¿Crees que puedes decir cualquier tontería que se te antoje?
–No se enoje, que no es para tanto, sólo dije que yo no conocía un prostíbulo.
–¿Y a cuenta de qué te refieres a eso? Parece que no fue suficiente la cantidad de bofetadas que recibiste el otro día como castigo.
Al ser puesto en evidencia delante de mí, Zenbei seguramente se preocupaba de que su jefe se enterara del secreto. Quizá por eso resentía mi mirada, al tiempo que descargaba un fuerte manotazo sobre el cráneo semirrapado de Yasutaro.
–¡Ay, hombre! ¡Qué le pasa, pendejo!
–Como nunca entiendes las palabras, tengo que acudir a este remedio para que te acuerdes bien quién soy. Vas a ver si sigues portándote así.
–Qué gracioso. El que va a ver es usted, que se escapa de la tienda todas las noches y no vuelve hasta la madrugada. ¡Qué ingenuo, como para creer que nadie está enterado de eso!
Yasutaro hablaba a gritos y en un tono abiertamente desafiante, tal vez para vengarse de los golpes. Y a pesar de que luego recibió una tanda de bofetadas, se enfrentó a Zenbei con los brazos cruzados.
–¡Venga, coño! Pégueme cuanto quiera. A ver, ¿qué le pasa? ¡Déle!
Zenbei vaciló un instante ponderando su conducta violenta, tal vez temeroso por la actitud decidida de Yasutaro, pero ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Lo sujetó de las solapas y lo arrojó al piso, y ahí comenzó a golpearlo a ciegas con los puños cerrados.
Aplastado de bruces como si lo hubieran colocado sobre una mesa de disección, Yasutaro forcejeaba en un intento vano por zafarse, y comenzó así a responder con contragolpes desesperados sobre las piernas de Zenbei, lanzando gritos exagerados para llamar la atención. Las mangas del vestido elegante de Zenbei quedaron destrozadas por los arañazos y pellizcos con que intentaba defenderse Yasutaro. Durante un buen rato me quedé como atontado observando en silencio aquel pleito desigual. Curiosamente, lo que más me llamaba la atención en esos momentos era el gesto miserablemente distorsionado de Yasutaro, que se encontraba aplastado bajo las rodillas de aquel hombre corpulento, y de igual forma me fijaba en el movimiento de sus piernas, que se retorcían de dolor. Al contemplar las plantas de sus pies, amarillentas y redondeadas, con los cinco dedos que se abrían y cerraban con notable fuerza, imaginé que se trataba de animales misteriosos, ajenos a la personalidad de Yasutaro. ¡Ah, y qué gracia tenía su cara con el perfil desfigurado! Desde donde estaba yo parado se veían con nitidez impresionante las fosas de su nariz chata, así como el interior rojo de su boca, que se abría cada vez que lanzaba un grito lloriqueante.
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“¡Qué fosas nasales tan feas y su­cias!”, se me ocurrió pensar. Continué así, en silencio, observando detenidamente cómo su nariz cambiaba de forma, cómo se distorsionaba según los gestos de dolor.
“¿Por qué será que el rostro humano tiene fosas nasales? Se vería mejor sin esos feos agujeros, me parece…”. No sé por qué se me ocurrió esta reflexión tan mal formulada, que reflejaba mi descontento.
Pronto una de las sirvientas acudió a separarlos y así acabó la pelea, pero esa imagen de las fosas nasales de Yasutaro no se me quitó de la mente durante varios días. Cada vez que me sentaba a la mesa para comer, se me aparecía como si la tuviera ahí mismo, delante de los ojos, y la impresión que me producía era siempre desagradable. A pesar de ese fuerte disgusto, de vez en cuando me veía impulsado por el deseo, totalmente inexplicable, de situarme al lado de Yasutaro para observar, en escorzo, la forma de su nariz.
Mirando detenidamente su nariz, me decía para mí mismo, muy en el fondo de mi mente: “De verdad que eres un tipo asqueroso. Qué feo te ves. Mírate no más esa nariz tan horrible que tienes”. Yasutaro, por quien hasta entonces había sentido cierto cariño, me comenzó a infundir una repugnancia que carecía de lógica, a medida que me habituaba a asociarlo con su fea nariz.
Obviamente, Yasutaro no se daba cuenta de lo que pasaba en mi interior. Me seguía tratando con mucho cariño y me hablaba de la misma forma relajada. Ahora que lo recuerdo, desde pequeño yo fui un niño demasiado precoz en cuanto a mañas y malicias se refiere. Era un niño tan ajeno a la inocencia que, aun cuando me disgustara alguien, jamás revelaba exteriormente ese sentimiento. Al contrario, le respondía siempre con el mismo cariño y con los mismos tratos amables. Y cuanto más me mostraba amable y alegre con él en mis tratos diarios, más crecía mi odio con una fuerza incontrolable. Además, me producía una felicidad suprema portarme como cualquier niño ingenuo sin revelar ni en lo más mínimo ese odio hirviente, bien escondido en las profundidades de mi corazón.
Rebosaba de alegría al formular secretamente en mi interior reflexiones insultantes: “Qué tipo tan fácil de engañar, este idiota incurable. Mucho mayor que yo, pero muy inferior en inteligencia”. Solía identificarme con esos subalternos listos y mañosos que aparecían en las historias de conflictos familiares de los antiguos caudillos, tales como Denzo Otsuki y Mimasaka Oguri, para disfrutar de la misma circunstancia que estaba viviendo. Hasta llegué a pensar que habría gozado más si yo hubiera sido el sirviente y Yasutaro mi amo, porque así me podría burlar más de él con lisonjas fingidas.
¿No habría manera de perjudicarlo sin que se diera cuenta de mi odio? Ya no me contentaba sólo con burlarme de él mediante una operación mental. Quería provocar algún suceso que incitara a alguien a golpear a Yasutaro tan cruelmente como en la ocasión anterior. Quería manejar a alguien a mi antojo, como a un títere, para poder disfrutar luego a hurtadillas de las lágrimas de dolor que Yasutaro tendría que tragarse. Empecé a desearle los sufrimientos más terribles. Ya no me importaba que se quedara cojo o que muriera de una vez. Sólo deseaba que recibiera los golpes más contundentes y dañinos, que hicieran sangrar su horrible nariz… Siempre imaginaba planes macabros para Yasutaro, y me mantenía alerta ante la oportunidad de poder ponerlos en práctica. Mentalmente no dejaba de saborear las imágenes de sus lloriqueos, de su cara distorsionada por la angustia, de los movimientos de sus piernas y brazos contorsionándose de dolor. Paladeaba aquellas imágenes como si fueran dulces manjares que se posesionaban de mí con una misteriosa atracción.
En esa época todavía no me podía explicar por qué había llegado a odiar a Yasutaro de semejante manera. Debería existir algún motivo que me impulsara a perder de repente todo el cariño que sentía por él, llevándome a experimentar tal aversión, que podía desearle el peor de los sufrimientos. Pero siendo como era un niño, aún no muy consciente de mis actuaciones, no se me ocurría pensar en tan complejos asuntos. Lo único que recuerdo de esos momentos con precisión es cómo me sentía con relación a Yasutaro. No se trataba de un rechazo ni de una repugnancia cualquiera, era algo mucho más radical y profundo: se podría hablar de una reacción psicológica casi irresistible. Era un sentimiento que quizá no se pueda expresar con un término tan superficial como odio. Sería más oportuno acudir a una metáfora: imaginen las horribles náuseas que sentiríamos al pensar en excrementos humanos justo cuando estamos comiendo. De eso se trataba, de algo muy cercano a esa sensación. Al ver la cara de Yasutaro, me sentía invadido por la desazón, y el asco casi me hacía vomitar, dejándome en la boca un desagradable sabor.
Por otro lado, no tengo ninguna justificación para odiar a Yasutaro. Ni siquiera era un hombre malo. Nunca me faltaba al respeto. Y tampoco tuvo ninguna culpa en la pelea con Zenbei, puesto que éste se molestó seguramente porque Yasutaro le dijo algo cierto con el propósito de provocarlo. En ese sentido, el objeto de mi odio debería haber sido Zenbei, y Yasutaro merecería más bien mi compasión. En fin, se puede suponer que mi odio hacia Yasutaro no se originó en mi ser mismo de ese entonces, sino que se produjo como consecuencia de algún factor desconocido que se había ido formando muy sutilmente en mi psiquis. En otros términos, puedo decir que fui atrapado de forma inesperada por ese fenómeno que se asocia con la llegada de la primavera.
Como ya lo conté antes, al ver cómo Zenbei golpeaba a Yasutaro, me sentí atraído –hasta el grado de alcanzar un placer casi como si estuviera escuchando una melodía muy agradable– hacia los músculos de las extremidades y del rostro, que se movían en curiosos vaivenes. Olvidando completamente la personalidad de Yasutaro, me concentré, de una forma por demás enfermiza, en cada una de las partes que componían su cuerpo.
“Siento unos deseos inmensos de pisotear sus muslos, como lo está haciendo Zenbei. Tengo ganas de pellizcarle las mejillas…”, me dije. Y ése fue el comienzo de mi odio hacia Yasutaro.
Empecé a odiar la forma de su nariz. Su aspecto físico repugnaba a mis ojos y me producía un malestar insoportable, sólo comparable con el que sentiría una persona rabiosa ante la comida que detesta. Mis sentimientos hacia Yasutaro ya estaban totalmente bajo el dominio de los estímulos sensoriales provocados por su cuerpo. Ya no podía apreciar su cuerpo más que como vestido o comida.
Su cuerpo era feo y miserable, mezquino y para colmo gordo –imagino que no era yo el único que, al contemplarlo, sentía el impulso irresistible de golpearlo, pellizcarlo o hacerle otras cosas peores–. Estoy convencido de que cualquiera de ustedes ha tenido una experiencia semejante en algún momento de sus vidas. Seguramente, algunos de mis lectores se acordarán de aquel juguete llamado arcilla de cera que se veía mucho en nuestra infancia. ¿Por qué será que ese juguete estuvo tan de moda entre los niños? Pudo ser por el placer que producía el acto mismo de trabajar la cera para hacer figuras muy variadas. Pero me parece que lo que más estimuló la curiosidad de los niños no fue otra cosa que esa sensación de lo blanduzco, viscoso y pulposo del mismo material. Ese efecto táctil, que experimentábamos al manipularlo a nuestro antojo, extendiéndolo, aplastándolo y manoseándolo, nos encantaba de una forma casi inconsciente. Ningún niño se resistía al deseo de juguetear con ese material cuando lo tenía a la mano.
Puedo nombrar otros casos semejantes. Por ejemplo, ¿por qué hay tanta gente que tiene una predilección muy especial por ciertas comidas, desabridas en sí mismas, como natillas y gelatinas? Seguro que es por el placer de esa sensación blanduzca que se experimenta al tratar de agarrarlas con cucharas o al saborearlas con la punta de la lengua. Mucha gente manifiesta ese apetito instintivo casi sin darse cuenta. De la misma manera, hay mujeres que tienen la manía de hacer cosas tan extrañas como sacarle canas a alguien o limpiar el pus de las heridas. Me parece que gustos tan exóticos son algo innato, en unos más que en otros, y comunes en todos los seres humanos.
Mi interés en el dolor del cuerpo de Yasutaro se puede explicar por el mismo placer causado por la arcilla de cera o por la gelatina. Sólo al ver cómo vibra una gelatina trémula, uno siente un placer inmenso, que tal vez no requiera de ninguna explicación. Sólo en busca de ese extraño placer era que deseaba ver de nuevo a Yasutaro forcejear de dolor.
Al fin, llegué a ingeniármelas con un truco bien elaborado. Un día, aprovechando el momento en que Yasutaro se tuvo que ausentar de casa por un encargo, robé secretamente de un cajón de su escritorio un cuchillo en cuya vaina estaba grabado su nombre, “Yasutaro Sato”. Luego me metí a hurtadillas en la habitación común de los empleados, ubicada en el segundo piso, y por fortuna la encontré completamente sola, pues era la hora en que había mucho trabajo en la tienda. Sin perder ni un minuto, abrí la maleta donde Zenbei guardaba su ropa, y de ahí saqué el vestido de gala cuidadosamente doblado, y después de maltratarlo insistentemente, le rasgué algunas partes con el cuchillo. Para completar el mandado, dejé a propósito la vaina en el fondo de la maleta, cerré la maleta hasta dejarla como la había encontrado al comienzo y bajé a mi cuarto con toda calma. Boté el cuchillo en la cloaca que pasaba cerca. Y así transcurrieron dos o tres días sin ninguna novedad.
“Seguro, antes del próximo domingo se va a armar un escándalo. Te vas a meter en tremendo lío. No sabes, idiota, lo que te espera”. Me colmaba de felicidad pensar de esta manera, mientras, en apariencia, seguía tratando a Yasutaro con el mismo cariño.
Mi truco dio su resultado el domingo en la mañana, tal como había calculado. Zenbei aguardó hasta que se fueron todos los empleados para ocuparse de Yasutaro, que se encontraba todo relajado bromeando conmigo, y lo empezó a interrogar severamente enfrentándolo a la vaina del cuchillo, que constituía una evidencia inobjetable.
–¿Te haces el tonto ante esta evidencia? Eres un tipo incorregible que no tiene ningún futuro. ¡Qué descaro! Mírame bien, malcriado, ¿todavía vas a decir que no?
–Por más que insista, no puedo admitir algo que no he hecho. Piense con calma, hombre, y verá. ¿Qué clase de idiota iba a dejar un objeto que tenga su propio nombre en esa maleta? –alcanzó a decir Yasutaro, pero no podía disimular su palidez delante del rostro desfigurado por la furia de su contrincante.
–¿Quién podría haber sido sino tú? Vas a ver cómo te entrego a la policía si no dices la verdad. A ver, ven conmigo.
La ira de Zenbei no era la de un adulto que se dirige a un niño para amonestarlo. Rebosando de la rabia que surgía desde el fondo de su alma, fijó su mirada enloquecida en su enemigo y empezó a arrastrarlo a la fuerza hacia el zaguán.
Cogido por el cuello, Yasutaro se resistía con desesperación, agarrándose a la columna y al armario, pero ante la fuerza superior de su rival no pudo hacer más nada sino dejarse arrastrar a lo largo del piso. Nadie decía ni una palabra. En medio de aquel silencio horroroso, cada quien dedicaba todas sus energías a intentar superar al otro en esta competencia singular.
De pronto se sintió un enorme estruendo: era Yasutaro que había caído de espaldas en el zaguán, quién sabe si había tropezado con algún objeto o si se había enredado en sus propios pies. Lanzando un chillido estridente que resonó por toda la casa, Yasutaro, en su desesperación, le mordió una pierna a Zenbei con las fuerzas que aún le restaban.
–¡Mierda, carajo! —Zenbei repitió varias veces ese insulto sin dejar de darle patadas a Yasutaro, a ciegas, en la cara, en las piernas, lo que acabó en un tremendo escándalo, algo nunca antes visto.
Yo observaba con calma aquella escena. El cuerpo de Yasutaro, que el traje con las solapas levantadas y las mangas enrolladas dejaba casi al descubierto, forcejeaba violentamente de dolor, un dolor aún más intenso que el de la vez pasada, y pataleaba en el vacío. Se pudo ver con nitidez cómo se contraían los músculos alrededor de esa nariz chata y horriblemente fea.
Como consecuencia lógica de aquel acto, no tardé en comenzar a manifestar mi odio hacia Yasutaro de manera directa y a maltratarlo con mis propias manos, ya sin intentar ocultar mi naturaleza demoníaca. Finalmente, me acostumbré a acosar a cualquier sirviente de la casa sin escrúpulo alguno.
–En esta casa no nos dura ninguna sirvienta, por causa de tu carácter violento —solía decir mi madre. Cada vez que llegaba una sirvienta nueva, me ocupaba de consentirla con exageración durante cierto tiempo, y comenzaba a odiar a las que llevaban más tiempo en casa, con las cuales me había encariñado en apariencia. Así sucesivamente se turnaban mis sentimientos. Yo necesitaba tanto a las sirvientas queridas como a las odiadas.
Me gradué en la escuela primaria, luego en la secundaria y al fin en la preparatoria, para continuar mis estudios en la universidad. Debo confesar, sin embargo, que cuando odio a alguien sigo dominado por el mismo sentimiento que experimenté en mi niñez. La única diferencia consiste en que ahora no lo manifiesto en mis actos, o mejor dicho, no me siento capaz de hacerlo.
Creo que el odio, al igual que el amor, brota de una fuente mucho más profunda que el interés práctico o la conciencia moral. Yo no sabía odiar de verdad hasta que descubrí el instinto sexual.

Tanizaki_1913

Franz kafka

«Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?… Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro».

Franz Kafka

Canarios de Yasunari Kawabata

Señora:

Me veo obligado a romper mi promesa y una vez más le escribo una carta.

Ya no puedo tener conmigo por más tiempo los canarios que recibí de usted el año pasado. Era mi mujer la que siempre los cuidaba. Yo me limitaba a mirarlos, a pensar en usted cuando los observaba.

Fue usted quien dijo, ¿no fue así?: “Usted tiene una mujer y yo un marido. Dejemos de vernos. Si por lo menos usted no tuviera mujer. Le entrego estos canarios para que me recuerde. Obsérvelos. Ellos son ahora una pareja, pero el vendedor simplemente tomó un macho y una hembra al azar y los metió en una jaula. Los canarios en sí no tuvieron nada que ver. De todos modos, por favor recuérdeme a través de estos pájaros. Tal vez sea desagradable entregar criaturas vivas como recuerdo, pero nuestra memoria también está viva. Algún día los canarios se morirán. Y, cuando llegue el momento de que mueran nuestros mutuos recuerdos, dejémoslos morir”.

Ahora los canarios parecen estar al borde de la muerte. La que los cuidaba ya no está. Un pintor como yo, negligente y pobre, es incapaz de hacerse cargo de estos frágiles pájaros. Lo diré claramente. Mi mujer se ocupaba de los pájaros, y ahora está muerta. Y como ella ha muerto, me pregunto si también los pájaros morirán. Y si así es, ¿era mi mujer la que me traía recuerdos de usted?

Hasta se me ocurrió dejarlos libres pero, desde la muerte de mi mujer, sus alas parecen haberse debilitado repentinamente. Además, estos pájaros no saben lo que es el cielo. Este par no tiene otra compañía en la ciudad ni en los bosques cercanos donde reunirse con otros. Y si acaso uno se fuera volando por su cuenta, morirían separados. En aquel entonces, usted aseguró que el hombre del negocio de mascotas simplemente había tomado un macho y una hembra al azar y los había metido en una jaula.

Y a propósito, no quiero vendérselos a un pajarero pues usted me los dio a mí. Y tampoco quiero regresárselos a usted, pues fue mi mujer la que los cuidaba. Por otra parte, estos pájaros – de los que probablemente ya se haya olvidado – serían una molestia para usted.

Lo diré de nuevo. Fue porque mi mujer estaba aquí que los pájaros han vivido hasta el día de hoy – sirviendo como recuerdo suyo. Por eso, señora, deseo que estos canarios la sigan a ella en la muerte. Mantener su memoria viva no fue lo único que hizo mi mujer. ¿Cómo pude amar a una mujer como usted?¿No fue acaso porque mi mujer permaneció conmigo? Mi mujer me hizo olvidar todo el sufrimiento. Ella evitaba mirar la otra mitad de mi vida. Si ella no lo hubiera hecho, seguramente yo habría desviado mis ojos o habría desalentado mi mirada ante una mujer como usted.

Señora, ¿no es correcto, entonces, que mate a los canarios y los entierre en la tumba de mi mujer?

http://escuchandoconloso… nari-kawabata.html

Antes las mujeres se callaban de Óscar Martínez Molina

Por mucho, los mejores recuerdos que tengo de mi infancia y de mi juventud pasan necesariamente por el tamiz maravillosamente modelado por las manos y el corazón de una mujer. Mi madre y su melódica voz, por supuesto en primera fila. Pero también están allí, iluminando días y días las abuelas haciendo magia con exóticos postres, con suculentas comidas, con el relato de maravillosas historias y las tías, hermanas de mi padre y mi madre, integrando mis tardes de ensoñaciones ¡Cantos y juegos! Y por supuesto mis hermanas y primas con sus risas. Y cuando llegó su tiempo, las amigas que, espléndidamente, llenaron de ilusión mis días. Finalmente en mi madurez, la presencia de mi mujer y de mi hija redondeando cada minuto de mi existencia.

¡La mujer en el camino, en el pensamiento, en el corazón, en el alma!

Qué dolor y qué impotencia la lectura en los diarios o la escucha por radio, no tan sólo de México, sino de cualquier país del mundo, agresiones, golpes, asesinatos o feminicidios. Actos deleznables de acoso. Niñas violentadas, jóvenes prostituidas, madres y abuelas esclavizadas.

Sociedad tras sociedad una absurda continuidad de la misma historia.

-¡La mujer a lo largo de la historia ha sido violentada! Y es por lo tanto un acto que raya en la normalidad. En muchas sociedades y religiones actuales la violencia física o verbal es un acto consumado y pasado por alto.

¿Hacia dónde va nuestra irracional civilización?

El tiempo de hoy es tiempo de levantar la voz al unísono con ellas.

– “Antes las mujeres se callaban, no hacía falta matarlas” Dacia Maraini

El cielo es azul: Hiromi Kawakami

El cielo es azul, la tierra blanca. Una historia de amor, de Hiromi Kawakami, nos cuenta que su protagonista (mujer, igual que la autora), Tsukiko tiene 38 años y lleva una vida solitaria.

Considera que no está dotada para el amor. Hasta que un día encuentra en una taberna a su viejo maestro de japonés. No intimaremos con los personajes en el sentido habitual, ya que apenas sabremos retazos de su vida, pero la autora nos coloca muy próximos a ellos, nos sitúa como voyeurs de una relación extraña para nosotros, y, una vez más, frecuente en oriente, y sin darnos cuenta estaremos inmersos en la vida del maestro y de Tsukiko, que se escribe con los caracteres de «niña» y «luna».

La poesía ocupa un lugar destacado a lo largo del libro. Los diálogos escuetos, las descripciones someras, nos adentran en la sociedad nipona, mostrándonos aspectos recurrentes en su literatura actual, como son el aislamiento dentro de una inmensidad de personas, la indiferencia hacia los otros, la relación con la familia, la nostalgia por una infancia que no volverá pero que se resisten a dejar en una batalla perdida contra el paso del tiempo, la oposición entre tradición y modernidad, el alcohol como vehículo de escape, la falta de amor y la negación de su importancia como justificación de la soledad, los convencionalismos, el papel de la mujer en una sociedad anclada en el pasado en muchos aspectos. El viaje de descubrimiento que los japoneses realizan cuando terminan sus estudios, y que les lleva al otro lado del mundo.

He recorrido un largo camino,
el frío penetra mi ropa gastada.
Esta tarde el cielo está despejado.
¡como me duele el corazón!

Nosotros recorremos también un largo camino, el que lleva a los protagonistas a mostrarnos una historia de amor, sutil y delicada como un haiku, una historia llena de sensibilidad, una historia que me hubiera gustado no terminar de leer.

FRAGMENTO
-Maestro- murmuré- Maestro, no sé volver a casa.
Pero el maestro no estaba allí. Al preguntarme dónde estaría aquella noche, me di cuenta de que nunca habíamos hablado por teléfono. Nos encontrábamos por casualidad, paseábamos juntos por casualidad y bebíamos sake por casualidad. Cuando le hacía una visita en su casa, me presentaba sin previo aviso. A veces estábamos un mes entero sin vernos. Antes, si mi novio y yo no nos llamábamos ni nos veíamos durante un mes, empezaba a preocuparme. ¿Y si hubiera desaparecido como por arte de magia? ¿Y si se hubiera convertido en un auténtico desconocido?
Pero el maestro y yo no éramos novios, así que no nos veíamos a menudo. Pero aunque no coincidiéramos, el maestro nunca estaba lejos de mí. Él nunca sería un desconocido, y estaba segura de que aquella noche se hallaba en algún lugar.
La soledad se adueñaba de mí por momentos, así que decidí cantar. Empecé cantando “Qué bonito es el río Sumida en primavera “, pero no era una canción muy adecuada a la época del año, así que la dejé a medias. Intenté recordar una canción invernal, pero no se me ocurrió ninguna. Al final me acordé de una canción para ir a esquiar titulada “Las montañas plateadas brillan bajo el sol de la mañana”. No reflejaba en absoluto mi estado de ánimo, pero era la única canción de invierno que se me ocurrió, así que empecé a cantarla.
– “No sé si es nieve o niebla lo que vuela, ¡oh! MI cuerpo también corre veloz”
Tenía la letra de la canción grabada en la memoria. Recordaba incluso la segunda estrofa. Hasta yo me quedé sorprendida al acordarme de una frase que decía “ iOh! Nos divertimos saltando con gran habilidad”. Un poco más animada, entoné la tercera estrofa, hasta que me quedé atascada en la última parte. Canté hasta “El cielo es azul, la tierra es blanca”, pero no conseguía recordar los últimos cuatro compases.
Me detuve bruscamente en la oscuridad y me puse a pensar. La gente que venía de la estación pasaba por mi lado, tratando de esquivarme. Cuando empecé a tararear la tercera estrofa en voz alta, los transeúntes que venían en dirección contraria daban un amplio rodeo cuando llegaban a mi altura.
Incapaz de recordar la letra, sentí ganas de llorar de nuevo. Mis piernas se movían solas y las lágrimas me rodeaban por las mejillas en contra de mi voluntad. Alguien pronunció mi nombre, pero no me volví. Pensé que había sido una alucinación auditiva. Era imposible que el maestro estuviera allí en ese preciso instante.
– ¡Tsukiko! – me llamó alguien por segunda vez.
Cuando giré la cabeza, ahí estaba el maestro. Llevaba una chaqueta ligera que parecía abrigar y su inseparable maletín en la mano. Estaba de pie, tieso como de costumbre.
– ¡Maestro! ¿Qué está haciendo aquí?
– He salido a dar un paseo. Hoy hace una noche espléndida.
Me pellizqué el dorso de la mano para asegurarme de que aquello no era un producto de mi imaginación, y me dolió. Por primera vez en mi vida, constaté que el truco de pellizcarse para comprobar que uno no estaba soñando funcionaba de verdad.
– ¡Maestro!- lo llamé en voz baja, todavía sin acercarme.
– ¡Tsukiko! Respondió él. Sólo pronunció mi nombre.
Nos quedamos de pie en la calle oscura, mirándonos. Temía que las lágrimas me traicionaran de nuevo, pero no tuve ganas de llorar. Me sentí más tranquila. ¿Qué habría pensado el maestro si me hubiera echado a llorar?
– Tsukiko, la última parte es: “iOh!, las colinas nos reciben”- dijo el maestro.
– ¿Cómo?
– La última frase de la canción. Antes iba a esquiar de vez en cuando.

hiromi

Mirando tus quehaceres

Aún escucho tu voz cotidiana platicando con el viento. Con el rabillo del ojo te observo con tus quehaceres. Miras a través de la ventana y mueves la cabeza, seguro viste los fantasmas que van y vienen. Atizas el fogón: las chispas brincan como grillos espantados. Pruebas de la cazuela, y le das el visto bueno a los huevos revueltos con ajo, cilantro y ají. Afuera está la tina con agua que recién llené. Es agua de pozo, fresca y dulce. Salgo al patio y quedo me acerco. ¡Ah la luna que acude a su cita de fotografía, es una quinceañera que nunca cumple años!

Despues de la media noche, los fantasmas, el hambre y la luna se han ido, sólo son recuerdo, mientras en mi oído esucho el alboroto de tus suspiros entrecortados.

cocina

Rui de paula oleo. Texto RGG