Decálogo de la microficción por Raul Brasca (Arg.)

Decálogo del buen microficcionista
Raúl Brasca
1) No te ajustes a definición alguna, la microficción no ha sido aun domesticada, pero lee mucho y bueno para vislumbrar de qué se trata.

2) Dispones sólo de dos materiales: las palabras y el silencio, y debes lograr que ambos sean igualmente significativos.

3) Esfuérzate por escribir con la menor cantidad de palabras y la mayor cantidad de silencio, pero asegúrate de que tu microficción contiene las claves imprescindibles para ser comprendida. Si has logrado eso, detente: considera al lector tan inteligente como tú.

4) Cuida la calidad de tus palabras, la arquitectura y la música de tu microficción. Mucho más que la novela y el cuento, y casi tanto como el poema, la microficción alcanza su potencia por medio de la forma.

5) Cuida la calidad de tu silencio, si es elemental y falto de sustancia, tu microficción será una pieza menor que decepcionará a los buenos lectores.

6) Si has cumplido con los puntos anteriores, despreocúpate del final pero preocúpate por la última línea. El final es el sentido y lo produce el lector, pero tú última línea debe habilitarlo para que lo haga.

7) Si tu microficción contiene una historia, cuídate del resumen. Ninguna buena microficción es el esquema de una historia, ni siquiera lo esencial de ella. Un detalle objetivamente trivial pero cargado de significado por el autor, dice más y mejor que la prolija enumeración de los hechos.

8) Si tu microficción es humorística, cuídate de la simpleza del chiste. El silencio del chiste es elemental: se agota en permitir el equívoco y tiene como única finalidad esconder un sentido de efecto risible. El silencio de la microficción humorística no tiene por qué ser menos sustancioso y complejo que el de las que no lo son.

9) Confía en tu impulso creador. Todas las microficciones hijas de un mismo impulso creador, por heterogéneas que parezcan, pertenecerán a una misma familia. No dejes que te las impugnen, porque en la variedad está su riqueza.

10) Desconfía de los sabihondos que escriben decálogos. En general, los decálogos sirven solamente para publicitar la poética de quienes los escribieron

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Degas

El Mudo

Voy a los lavaderos comunales y las señoras me saludan con afecto y emoción. Aunque tengo lengua, ellas saben que soy mudo.
-Tome agua de mango que traje.
– Hay enchiladas de mole con huevo.
-Ser mudo no es el infierno, sobre todo si sabes manejar una lengua larga.

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Rafael latorre

Picardía mexicana

Editado por primera vez en 1960 y bajo la autoría y cuidado de Armando Jiménez Farías (mejor conocido como El Gallito Inglés), Picardía mexicana se convirtió en breve tiempo en uno de los libros con mayores ventas de México. En esta ocasión, RM publica una edición facsimilar de ésta que, sin duda, es una de las obras literarias más emblemáticas de la cultura popular mexicana. Así lo percibió el escritor y poeta Alfonso Reyes, cuando mencionó que “Todos los mexicanos hemos soñado, en cierto momento, escribir un libro como éste, y aun dimos los primeros pasos hacia esa meta, pero tropezamos en el camino con obstáculos casi insalvables que impidieron su realización. Picardía mexicana tendrá gran importancia y su valor irá aumentando al través de los años”

para saber más

http://www.yaconic.com/reedicion-de-picardia-mexicana/

picardia

picaedia.

Depresión

Era sagaz; Llegando la lectura a mitad de la novela, abandonaba. Intuía con mucha probabilidad el final y se deprimía.

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El último wisqui

La plática en el club, se hizo privada, sólo quedamos él y yo. Un recién egresado, y un viejo lobo de los quirófanos. En ocasiones habíamos transitado por los corredores del hospital, no era su íntimo, pues mediaba una clase social, una buena pila de años. Tal vez por los whiskies ingeridos, la soledad, el deseo de ser escuchado. No lo sé, después de que cada galeno habló sobre sus pacientes, sus errores, virtudes diagnósticas, sólo quedamos no más de cinco. Dos de ellos hablaron de anécdotas picantes, en lo que no habían participado ellos, y él, de vez en cuando decía “Sí, me lo contó el primo de una amiga.” después de la media noche, dijo, “me acompaña con la caminera” asentí con la cabeza, alcé mi copa y le dije salud.
¡Ah mis colegas!, son unas blancas palomitas. Debajo de la piel de un médico se esconden secretos complicados.
—¡Usted tiene uno?
—Tengo muchos, cómo los que un día tú tendrás.
De joven trabajaba como médico en una institución que ofrecía servicios de seguridad social y nuestros pacientes provenían de una clase social elevada. Un día, casi para terminar la consulta tocaron a la puerta. Era una prima. Pensé en aquel momento que quizá al ver mi nombre sobre la puerta, se había detenido a saludarme, gran sorpresa, pues estrictamente hablando, ella llegó en calidad de paciente.
Una prima con la que no convivía, tenía una gemela. Me confundía con ellas.  La recibí con agrado. Era una mujer que demandaba atención. Así que inicié la entrevista. Ella tenía la piel y el color de una aceituna, un blanco moreno con grandes ojos y profundas y largas cejas. ¿Qué me contestaría?, ¿qué dijo? no recuerdo. Algo, algo mencionó… algo pasó, que hizo que detonase mi deseo. El rostro de ella olía a complicidad. Arreglamos una cita. Cuando contactamos, en vez de irnos a un café, convenimos con los ojos, que no era saludable un lugar público. Fuimos a un motel.
Ambos sabíamos, lo hicimos y nos comportamos como cualquier pareja, o mejor dicho como pocas parejas. Pues lo prohibido motivó a que el deseo se fuese a la cúspide. Ella poseía un cuerpo formado, duro, gatuno, cuando sus piernas estaban a un lado de mi torso, o bien cuando ella me aprisionaba, decía » no sabes cuantas noches soñé que me tenías así y ahora que lo hago, pienso que es un sueño.
Estaríamos como tres horas y el descanso sólo era breve, así que dejamos de hacerlo, cuando el roce de nuestros sexos despertaba más dolor que placer. Ella se fue por un lado y yo por el otro. No hubo una segunda vez.
—¿Supo usted quién de las dos fue?
—No. Y cuando en una ocasión conviví con ellas, al verlas, no me atreví a investigar y preferí defender el recuerdo del lunar morocho alunado en su nalga izquierda.

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