Archivo de categoría: FICCIÓN BREVE
En esta categoría ubico los textos que son de mi autoría. Ficción breve, miificción
Monólogo anónimo
Me revienta que no tenga libertad de hacer las cosas que deseo, simplemente porque a él no le parece bien. Pues soy una mujer que trabajo como mula, y por eso ¡ sólo por eso! Deberían dejarme hacer lo que me de la gana. Pero así es la vida de las casadas. Soy una mujer y mi tiempo libre lo tengo que utilizar en atender el marido y a los hijos. aunque estés de prisa y cansada tienes la obligación de hacer el amor, mantener la casa arreglada, la ropa limpia, y tener la comida lista. Después que has hecho todo, todavía te dicen, qué debes de hacer con el suspiro de tiempo que te queda.
Sólo una cosa me impide mandar todo al carajo: ¡y son mis hijos!
Instantánea
Se oye el ventilador de la computadora. Afuera gritan, -es el vendedor de periódico- Hay una calma que no lo es. En los dormitorios se oye una alarma, voy y solo silencio; por la ventana, el tordo azul negro me mira. Es un día nublado, los cotorros ocasionalmente chiflan a mujeres que no pasan. Van y vienen los carros, dejando su cuota de ruido. Muy a lo lejos, se abre un silencio prolongado y escucho el canto de la primavera. Me encimo en su silbido, mientras el humo del café revolotea.
Un puño en mi baño
Hoy en la mañana cuando me duchaba, escuché que abrían la puerta. Al darme vuelta, me encontré con mi esposo en una actitud de recuperar una noche perdida de sexo. Le hablé con sutileza, le dije que ya tendríamos tiempo, pero el agua que caía de mi pelo dejaba gotas que se prendían a la piel, tal vez eso lo excitó tanto como mis palmas al acariciar mis pechos cuando los enjabonaba. Hubiese querido sentir lo mismo, sin embargo, la prisa, la urgencia de citas contraídas me tenían sin deseos. Sólo pensaba en el maldito tiempo que nunca es suficiente. Sentía un coraje que no deseaba expresar. Logré decirle suplicante: por favor, déjame salir. En un titubeo me zafé de sus brazos.
Llegué a mis labores y atendí las citas contraídas, pero atrás dejé un puño que estalló en la puerta del baño.
La noche
Colabas café.
—Abre la nevera y saca lo que apetezcas —me dijiste.
—Te guardé un poco de comida por si te daba hambre a media noche. ¿Quieres música? Sabes que cuando vienes a mi casa, me deshago contigo. Quisiera ser tú para adivinarte el pensamiento. Subamos las cosas. Relájate. Miraremos la alborada sin tensiones. ¿Dime has soñado con darme un beso? ¡Ah sí supieras cuantos te he dado! Me ha dolido la boca de besarte tanto y de morderme cada vez que pronuncio hacia adentro tu nombre. Sube y acuéstate. Quiero que seas y que mis manos descubran tus oscuridades. Mis besos quieren ser caballos y recorrerte palmo a palmo. Acuéstate, que las sábanas no tendrán más olor que el tuyo y el mío. Cierra los ojos, que la noche será inmensa…
Monólogo
Por Asia llegamos a Europa montados en las ratas. Nuestro paso dejó huellas por el número de vidas que segamos. Qué grandes nos sentíamos al conducir a millones de roedores. La sangre de la rata era amarga y la del humano dulce. Por cada familia, sólo quedaba la mitad para contarlo. Si Atila fue el azote de Dios, nosotros lo fuimos de los hombres.
El presente
Mi deseo no se mueve. Este corazón sonríe y trota con el que no puede estar siempre conmigo. Obtengo momentos intensos compartiendo a tu lado; y cuando te vas, el vacío me consume. Todo desaparece cuando sonríes, y tu mano de letras tuerce la muñeca para escribir sobre mi pecho. Nunca sabré que es mejor: sí haberte conocido, o no, pero en este momento, mis días los llenas, y eso es enorme.
El ejecutor
El filo del machete reverberaba a la luz vieja del sol. Había diez en fila frente al ejecutor, brazos atrás y sujetados de las muñecas. A los primeros ocho, la cabeza seguía prendida al cuello, los ojos espantados y mirando el cielo. El noveno lo cercenó cuando imploraba, mas seguía implorando, hasta que tocó su frente y la testa rodó enrojeciendo el polvo del camino. El décimo lo dejó ir para que pregonase.
El monstruo
Hay tantas cosas que sopesar y nutrirse de ellas, que es un tormento ser capturado por la lengua de un monstruo. No lucharía contra él, tal vez lo escuchase con pena, invocando que aplaque sus instintos verbales. No puedo ni debo quitarle el teléfono, quizá en su momento le regale un pincel y la paleta de colores.
Mientras habla y yo hago que escucho, me instalo en la montaña que amplifica la respiración asmática del alpinista. Camino por la vieja ladera, colmada de árboles callosos, o me voy por el campo de flores que las mujeres del pueblo cuidan.
» Aun estás allí» -me dice- Y sigue relatando, las aventuras del portero, con la vecina del diez.
El viento frío me hiela y embellece.


Un día me invitaste a tu casa. Después del viaje, me instalé en tu hogar. Nos hicimos reales, caminamos por las calles, fuimos a fiestas. Por las noches, alargábamos el tiempo. En las mañanas, cuando ellos dormían, hacíamos el desayuno, como dos conocidos de años. Una noche, nos acostamos y la vida nos hizo vivir lo que nunca sucedió en los sueños.
Colecciono flores, y una de ellas, enorme, colecciona hombres. Ayer lo supe.
Todo mundo cree que tiene pacto con el diablo, porque se mira como la moza que fue hace cincuenta años. Hartos de tanta insolencia, la desnudaron y encontraron las cuarteaduras y aridez que se ve en las tierras que circundan al oasis.
En el cuadro había un hombre maduro, de cabeza altiva, con traje gris y corbata azul intenso. Sus ojos desprendían una luz que se diluía en las sombras. ¿Has visto esas carreteras rectas que parecen seguir a la nada? Así lo sentí.