La lluvia

Cuando se dio cuenta, un paraguas abierto la cubrió de la lluvia. Vio a la persona que amablemente la resguardó, y no pudo menos que sonreír y decirle:
-No se moleste.
—No es molestia- contestó.
Ella intentó salirse del paraguas, pero él volvió.
—Así me enseñaron. No desconfíe.
Ella de nuevo sonrió y aceptó contrariada. Le dio las gracias tímidamente.
—Me llamo Roberto, para servirle.
—Soy Estela. Estela Romero
— ¿Espera el transporte, al parque América?
—Sí.
—Está tardando mucho
—Sí.
— ¿Por allá trabaja?
—Sí.
—Seguro que me aceptará un café
—Y… ¿qué le hace pensar eso?
—Que a todo dice sí.
Ella intentó salirse del paraguas, a pesar de que la lluvia arreciaba.
—Por favor, es una broma, no se moleste, no quise…
Ella con seriedad respondió:
— ¡No me gustan mucho las bromas! Así que ahora… invíteme a ese café.

El vecino

Tengo un nuevo vecino que martillea sin parar la pared de su casa. Peina un copete y cuando intento verlo, se esconde. Estoy dispuesto a visitarlo y a hacerle comprender que tanto ruido es molesto. ¿Estará recién casado? Se ve joven, fuerte. A ella no la he visto. ¿Y si la hubiese robado y la oculta? ¡Pero, qué digo!

Escucho el golpeteo que hace con el martillo, nada raro sería que tuviera otros arreos. No tengo duda, es un carpintero. A mí me encantan los carpinteros, son gente paciente. Trabajan la madera con amor, la sopesan, la miran, vigilan su humedad, su peso y si está lista, sonríen; son creadores, hacedores de cosas útiles. Tendré que hablar frente a frente para decirle que no se pase. Quizá, sea tímido. No bien lo veo, se escabulle, no es capaz de sostenerme la mirada y salta tras el bulto de las hojas y los vericuetos del árbol de mango. Al rato, golpea de nuevo, como diciéndome: “No estoy para atenderte”

El naranjo

Y se vino el invierno, aún cuando es mayo. La lluvia perezosa y afilada cae sobre el naranjo, ¡qué olvidadizo!, no encuentra la gabardina. Esperaba un chubasco que le sacara el polvo cotidiano y nunca la migaja fría que lo estremece hasta las raíces.
El pájaro verde- limón brincotea entre sus ramas y canta como si el mundo estuviese sordo, siempre lo tolera, pero con este jodido frío, sus pisadas leves duelen. Llegó la pájara,  y viene de afilarse las uñas, bailan un tango, vuelan y se posan bajo los paraguas del papayo.
El naranjo se enrama sobre sí, tirita, cierra las hojas y, a lo lejos, escucha el parloteo de las aves.
casa

El agua no pide permiso

El cielo arde, y del río quedan mojones de agua. No hay nubes. Sueñan los sapos bajo tierra con la lluvia, sólo sol y un maíz cabizbajo, pero en un estornudo… el día abre encharcado.

Los sapos dejan de soñar, y el maíz baila huapango con el viento.En ausencia de los santos, en el silencio de las lenguas, el agua llegó despertando los tambores dormidos del tejado. Todos salieron a mojarse y a sentirse purificados.

La abuela

images (11)La tarde se hacía noche. Desde mi azotea atisbaba el cielo apelotonado de  gris humo. El árbol espléndido dejaba ver una baraja de mangos verde amarillentos, húmedos por una microscópica lluvia, el viento ágil los mecía. Bajo el gigante está la vivienda cubierta por las láminas de zinc. La vieja mujer, con la escoba, recogía la hojarasca y la fruta.
-Buena mujer -murmuran abajo. No tiene, pero siempre tiende la mano.

La vieja avienta la escoba a un lado, levanta la cabeza como si buscase algo en el ramaje y para la oreja. Sale con prisa hacia la calle y se suma a otros vecinos que miran un tornado que de la nada, se ha formado. Cae sobre el mango, lo envuelve con su remolino. Se oye el crujido de las ramas y la estridencia de las láminas de zinc.

Cuando se hace el silencio, el árbol está caído con su esqueleto quebrado. El tornado se disipó, sólo eso hizo, ningún vecino, fue afectado, sólo a la buena señora: Doña Elvira.

Elvira reía, los vecinos la miraban con extrañeza. Una vieja que le dijo comadre, le tomó de los hombros.
-¿Cómo puede reír si perdió la casa y por poco se muere?
– Río porque mis tres nietos tenían poco de haberse ido, y los destrozos son pocos comparados con la vida de lo que más amo.

La esfinge

Cuando camino por la arboleda percibo que una estatua me observa. Giro la cabeza con rapidez para sorprenderla; acepto que su mirada es más dura que la mía, desvío mis ojos y un sabor de hojas removidas me abraza.
Caminaba con mi novia por el malecón, enlazado de las manos y en un clic se desató. Un segundo después, la vi recostada en una banca imitando a una esfinge que era abanicada por el mar. Nunca supe de ella, y sólo caía en mi recuerdo al testerear mi pelo el viento húmedo del Pacífico.

Me llené de herrumbre por la carcoma de los años y cada vez que transitaba por la enramada, la estatua me veía insistente. Un día, cansado de la persistencia, la enfrenté cara a cara, ojo a ojo y reconocí, en su frente, la historia de mi fugacidad. Me quedé a su lado y, de lejos, vi cómo mi cuerpo se perdía entre el otoño de las hojas.

Doble caldo

medusa_2Oculto entre las coronas de flores veo a mis deudos, recorro los pasillos de la vetusta casa. De las paredes del sótano salen unas manos que me ahorcan. Trato de zafarme. Para romper el abrazo mis dedos rodean sus nudillos y reconozco la argolla que le regalé, la noche antes de que la sepultara con su amante.

El zoom

Desde la ventana divisé la cara de asombro de un niño que veía un pájaro verde limón. El ave se había posado sobre los hilos retorcidos que sirven de protección. ¿Qué habrá pensado el niño? Tomé la cámara, puse el zoom y casi pude ver en los ojos del niño, los ojos del alado que parecía tener una mirada suplicante, pero quizás veía lo que no era, pues en el reflejo del cristal, daba la impresión de ser dos amigos que charlaban del sol cotidiano y de los copos de nieve que se desprenden de la flor del limonero.

Clic

ElSueñodePicassoMurmura el sonido cuando un tallo frágil se quiebra por el peso de un ave. Nadie lo advierte, ni el mismo pájaro que por reflejo extiende sus alas. Es más, todos los días en la vida de cada quién, se tiene el breve clic. Una mirada fugaz e indiferente, el beso que se hizo rutina o una minúscula desatención que la justificamos por la prisa.

Confusión

hombre soloVeía como llegaban mujeres de otras vidas, doblando orillas de hombre y zurciendo esperanzas. En mis sueños: la inquietud te despertaba y en tus ojos había sombras que transitaban en sospechosa calma. Al despertarme percibía la fuga de tu perfil y el sabor agrio de tu axila. Estoy en esta esquina viendo pasar a las mujeres que vienen hilando su camino. Y no te veo. Quizá nada es cierto. Nada, sólo fantasmas que durmieron en mis ojos; pero sigo esperando a que cruces.

El sol

dbf1b-11Minutos antes de que abra la noche hay un catálogo de sepias. Las nubes obesas y lentas procuran inminencia. El sol aún hierve, tiembla y deja en el aire una respiración comatosa. A los lados del río hay un mantel de piedras. El perfil de los montes se oculta y es que el añil de la tierra se amontona cubriendo sus ramas.
El río corre dando golpes y revuelca remolinos. Bajo el chapoteo del agua, anima el canto intermitente de las ranas. La noche se da por instantes al silencio y al sopor le crecen olores de flores trituradas. Nada perturba, los gusanos dejan de roer y el sopor, el silencio y las sepias se tensan cuando el monte pare el silbido profundo de la serpiente. El sol ha muerto.

Sociedad

Rasgó el sobre y leyó el resultado: » El ochenta por ciento del personal a su cargo, ha tenido una o más prácticas de corrupción» .
-Haga lo que crea conveniente- le dijo el presidente.
Salieron pedacitos de papel, que al arrojarlos por la ventana, volaron como palomitas avergonzadas.

La media naranja

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Defensor del amor como complemento,  se casó con una mujer opuesta en todo a él. La vida dejó de ser una fiesta,  cuando sus hijas pasaron a formar parte de las filas maternas. Ahora, pena por la casa como un fantasma que arrastra su silencio. 

El invitado

Estoy entresoñando. Te mueves en la oscuridad con la destreza de un ciego en su casa. Dejé la puerta del dormitorio entreabierta y a través de la rendija tu sombra me estremece. Desapareces.
En la mañana que sorbo el café y muerdo el pan, siento la insistencia de tus ojos. Tienen fuerza. Levanto la cara y desvías la mirada. Tal vez piensas que me molestaría si me vieses comer. Para nada, pues seguiría haciéndolo y sonreiría.

Estoy en tu casa como un invitado extraordinario, pues sé que no introduces a nadie que no sea de tu familia y yo no lo soy. Soy tu invitado que llegó del norte. Es complicado definirme, pero diré que soy un amigo íntimo al que no conocías en persona. Los niños se han ido a la escuela, y pronto iras al laburo. El carro de la compañía ha llegado y alcanzo a escuchar el ronroneo del motor.

El tiempo se ha echado encima. El taconeo de tus botas en la duela del piso, es fiel reflejo de tu prisa. Miro a través de la ventana, las buganvilias ofrecen nuevos ramos y la perra retoza en la grama. Sé que observas mis espaldas. Tienes la mirada pesada y tersa como es el mercurio. Pero en este momento, en que la perra persigue a la libélula, le agregas el deseo de no ir al trabajo y quedarte conmigo a contemplar el jardín. Sé que sacudiste la cabeza e hincaste tu tacón en las vetas de la madera. No tanto para que me diera cuenta, sino para decirte que volar es peligroso.

El beso que me dejas en la mejilla tiene humedad, presión y, un grito contenido. Todo lo transformas. Sudo. Tengo caballos en el corazón y en el bajo vientre una caricia no concretada. Cierras la puerta, pero alcanzo a escuchar tu respiración entrecortada y, luego el ruido del motor que se aleja.

El baile de las lagartijas

Por la noche soñaron las lagartijas con un cinturón magenta, que haría resaltar el verde voluptuoso untado de las piernas hacia la cola. Por la mañana después de cargar sus pilas al sol, colgaron a su cuello argollas de buena suerte. Se fueron desierto arriba, hacía el desfiladero, sacando sus lenguas de chicote. Cruzaron la arena, los cactus, y esperaron en las partes bajas del río muerto, sin agua.

Los truenos distantes parecían tambores de guerra. Llegó el agua que corre ruidosa. La corriente hincha las ardientes rocas del desierto y las moscas zumban siguiendo las espumas del río. Son miríadas de dípteros que nacen en milésimas de segundo.
Las lagartijas bailan. Comen ante las asombradas dunas y las crestas rojizas de la cordillera. El río difunto ha resucitado. Bailan las lagartijas, que ayer en la noche soñaban con un cinturón magenta que ahora resalta el verde danzón de sus piernas.