images (11)La tarde se hacía noche. Desde mi azotea atisbaba el cielo apelotonado de  gris humo. El árbol espléndido dejaba ver una baraja de mangos verde amarillentos, húmedos por una microscópica lluvia, el viento ágil los mecía. Bajo el gigante está la vivienda cubierta por las láminas de zinc. La vieja mujer, con la escoba, recogía la hojarasca y la fruta.
-Buena mujer -murmuran abajo. No tiene, pero siempre tiende la mano.

La vieja avienta la escoba a un lado, levanta la cabeza como si buscase algo en el ramaje y para la oreja. Sale con prisa hacia la calle y se suma a otros vecinos que miran un tornado que de la nada, se ha formado. Cae sobre el mango, lo envuelve con su remolino. Se oye el crujido de las ramas y la estridencia de las láminas de zinc.

Cuando se hace el silencio, el árbol está caído con su esqueleto quebrado. El tornado se disipó, sólo eso hizo, ningún vecino, fue afectado, sólo a la buena señora: Doña Elvira.

Elvira reía, los vecinos la miraban con extrañeza. Una vieja que le dijo comadre, le tomó de los hombros.
-¿Cómo puede reír si perdió la casa y por poco se muere?
– Río porque mis tres nietos tenían poco de haberse ido, y los destrozos son pocos comparados con la vida de lo que más amo.