Hay tantas cosas que sopesar y nutrirse de ellas, que es un tormento ser capturado por la lengua de un monstruo. No lucharía contra él, tal vez lo escuchase con pena, invocando que aplaque sus instintos verbales. No puedo ni debo quitarle el teléfono, quizá en su momento le regale un pincel y la paleta de colores.

Mientras habla y yo hago que escucho, me instalo en la montaña que amplifica la respiración asmática del alpinista. Camino por la vieja ladera, colmada de árboles callosos, o me voy por el campo de flores que las mujeres del pueblo cuidan.

” Aun estás allí” -me dice- Y sigue relatando, las aventuras del portero, con la vecina del diez.

El viento frío me hiela y embellece.