El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
A las moscas les valió madre que no hubiese letreros en el arca dándoles la bienvenida. Se posaron sobre la mierda y empezaron a proliferar. Al mes, era tal su cantidad que su asedio se volvió intolerable.
Tomaré la ruta de oriente, y en el claroscuro detendré mis ojos en los pescadores que buscan en las aguas turbias al pez bobo. Las sombras se agazapan en los sembradíos de caña. Las flores mueven su cabeza. A lo lejos se divisa la serranía, y los botones blancos del caserío. En la ladera del cerro verde florecen los cafetos que rompen la monocromía del verde y tejen una macula almidonada.
En la madrugada me vieron en la playa. El cielo era un cultivo de dalias anaranjadas, y en la lejanía un barco silbaba. De rodillas y con las palmas sobre la arena, sentí sepia la curva sudorosa de mi talle, y mi popa parecía puerto.
Se mueve con la gracia de un felino, sus ojos son el día y la noche, su mirada es un reto. Todo el tiempo la contemplo y si ella me tocara, sentiría el galope de mi corazón de granito. A hurtadillas llegué a su palacio, le declaré mi amor. Pensó que me burlaba de ella y que mi propósito –como el de muchos de los marciales– era quitarle la vida. Sus pupilas encontraron las mías y quedé convertido en estatua.
En el camino solo hay yuyos decolorados. En aquella encrucijada vive la anciana. La recuerdo con su mechón de pelos en la mejilla. A la luz de la luna había un árbol y un pájaro que gritaba:¡Chipiripi! ¡Chipiripi!
Soñé con el mar y con una mujer que corría en contra de la brisa. El viento revolvía sus rizos castaños y la blusa se esponjaba, comiéndose a bocanadas el aire. La falda era un par de alas y veía su cuerpo de garza en vuelo. Rojo de trapos, canela de piel, me llevo tan lejos que solos quedamos y cuando mis manos rozaban su pelo de cobre, se perdió en el murmullo monótono de las olas. En el patio la perra ladraba.
Vivo en tu mirada. Te veo ordenando tu ropa, cepillando tu pelo. Qué gusto cuando me cuelo como letra en tus pensamientos y susurro: cómo no desear una noche contigo, si en instantes me conviertes en camino que talla los hombros de la montaña. Qué oscuridad cuando te vuelves fría, y soy aerolito en picada.
Despierto en un cuarto de ventanas. El murmullo de tus esquinas llega a la piel desde una ciudad. Flores prendidas que se multiplican ignorando orden. Selva húmeda y atorrante que juega con tus pechos.
Merodea entre los árboles del vecindario y la luz del sol lo obliga a regresar a su cueva. Él solamente vuela cuando cae el día. Algo le pasa, se distrae, siente que no es el mismo y eso le da rabia.
Llueve. La gente frota sus manos y, por encima, las nubes aleonadas gruñen. Llueve finito. Los carros tiritan de frío y en cada esquina las sombrillas platican con antiguas comadres. Entre los huecos de viejos edificios, las palomas aletean los vapores del clima. Finos piquetes, húmedos, brincan complacientes por mi cara, se reúnen en gotas y me recorren, resbalan por mi cuello, unas se dispersan sobre los vellos de mi pecho y otras saltan hacia mis escápulas. Silbo bajo la lluvia. Es un día diferente y abro mi camisa para que mi corazón hipertenso recuerde que fue niño.
Cuando se dio cuenta, un paraguas abierto la cubrió de la lluvia. Vio a la persona que amablemente la resguardó, y no pudo menos que sonreír y decirle: