medus.Se mueve con la gracia de un felino, sus ojos son el día y la noche, su mirada es un reto. Todo el tiempo la contemplo y si ella me tocara, sentiría el galope de mi corazón de granito. A hurtadillas llegué a su palacio,  le declaré mi amor. Pensó que me burlaba de ella y que mi propósito –como el de muchos de los marciales– era quitarle la vida. Sus pupilas encontraron las mías y quedé convertido en estatua.
Ayer vino Perseo. Uno más que será transformado en piedra, musité, Nunca imaginé que él le daría muerte.   El otoño llega lúgubre y gélido. Me envuelve el viento, pero  ni eso puede congelar la tibieza de su recuerdo.