El perfume

Después de creer que dicha botica no existía, al encontrarla sintió renacer las esperanzas. Cuando cruzó la puerta percibió el olor de un libro viejo y, al recargarse sobre el mostrador de cedro rojo, volvió con más intensidad la impresión. Deseaba un perfume. El anciano se le acercó. Lo escuchó como quien atiende a un hijo que recién llega de un largo viaje. Después se retiró como si los pies no tocaran tierra.
— Por favor aspire y me dice si es de su agrado.
Con el primero sólo sintió la soledad de su niñez; con el segundo, cerró sus ojos y le llegaron sensaciones vagas de una novia a la que jamás le dio un beso. En el tercero se vio de la mano con Martha. Una nueva aspirada y se encontró con dos años de coincidencias. Esas pláticas tan intensas donde el sueño se espanta; en el que las intimidades brincaban de la sábana al cielo. Al día siguiente ordenó un ramo de flores, sobresaliente en rojos y amarillos. —Rosas, de preferencia. — ¿Adónde se las envío? -preguntó el dependiente— olisqueando el aroma sin tiempo del arreglo. — Al cruce de la Divina Providencia y Santa Fátima de los Remedios. — ¿En qué colonia? —En ninguna: es en el cementerio municipal.

 

Una consulta en la madrugada

 

Eran las tres de la mañana y el frío del altiplano se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital. Un fino sudor brotaba de la nariz que hacía resaltar la oscuridad de sus ojeras. El cabello bruno y ensortijado tenía miles de gotas que anidaban en su pelo. La lividez de su cara se acentuaba cada vez que se intensificaba el dolor.

Las enfermeras iban y venían. Mi compañero de guardia, arropado con una manta, dormía profundamente. Los cubículos separados por cortinas de plástico le daban al espacio un aroma asfixiante: olores del yodo, de mercurio y tufo de sangre.

Nos reconocimos. Ella estudiaba para enfermera y hacía sus prácticas en la Cruz Roja. Un domingo paseamos por el parque y disfrutamos de un helado. De regreso en el autobús, recostó su mejilla. La abracé. Mi boca reconoció el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó de ahí. Nos dejamos no sé por qué.
— ¿Eres el único médico aquí?
—Sí.
— ¿No hay nadie más que tú?
—No a esta hora. ¿Por qué no te quieres atender conmigo?
—Me da vergüenza.
— ¿Vergüenza? ¿Por qué?
—Tú sabes… no puedo contártelo a ti, por lo que pasó entre nosotros.
—Por eso, deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención?

Poco a poco, se fue relajando y platicándome de su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó ayuda de una auxiliar quien la llevó al baño, la ayudó a despojarse de su ropa interior y regresó para recostarla en la mesa para que yo pudiera explorarla.

Mientras me quitaba el guante, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, pero los momentos eran tan opuestos ¡Qué lejos estaba la penumbra del camión! Su respiración resbalaba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que trasponía fronteras y nos llevó a recovecos de placer. No recuerdo qué nos detuvo, y nos despedimos en la terminal, donde cada quien abordó su transporte.

En cambio, en esta madrugada, mis manos sensibles se detuvieron en cada parte de su anatomía y buscaron los vidrios que habían roto la continuidad de sus tejidos. Debía llegar ahí y contener su hemorragia, me comuniqué con el médico jefe de la guardia quien estuvo de acuerdo con mi diagnóstico y se le intervino de urgencia.
Por un momento, quedamos solos, miró con ojos lejanos. Me dio un abrazo débil y un beso en la boca, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas resbalando por mí cuello.
—Por si no te vuelvo a ver —me dijo.

La llevaron a cirugía. Yo tenía más consulta; y afuera, arreciaba la lluvia y una sirena ululaba en la oscuridad.

La novia

Hace tres años fue mi novia. Pero en tres años suceden muchas cosas.
Lo supe aquella tarde. caminaba por el paseo y los tordos alborotados gritaban por la llegada de la noche. coincidimos. Nos fuimos despacio como si todo lo fuéramos contando. Cerca de su casa pensaba despedirme.
—¿Quieres conocer a mi niña? —Su pregunta hizo que me detuviese.
Subí hasta llegar a un breve departamento. Dos piezas, una cocina. La niña dormía.
De un libro sacó un poema que le hice y de un alhajero, unos aretes en forma de hoja que le regalé. Me conmovió.
Sin pensarlo la besé y con pasión correspondió. Mis manos llegaron a sus pechos generosos. Poco antes de introducirme se puso seria.
— ¡Es que hacemos mal!¡No lo hagas!
—¿No quieres? —contesté enérgico.

¡Cómo disfrutamos! Ella despejaba el cabello de su frente, mientras mis manos cargaban sus caderas. El recuerdo de nuestro amor abrió las veredas que alguna vez cerramos.Se levantó, se puso la bata y fue al baño que se encontraba en uno de los pasillos de la escalera. Llegó con un lavamanos repleto de agua limpia, se acercó y empezó a enjabonar mis genitales con delicadeza. Me quedé en un suspiro, en lucha contra la sensación y conmovido por su actitud.
Salí en silencio. Por el camino, recordé que esa limpieza me la habían hecho sólo una vez; fue cuando me metí en un burdel y la meretriz, cuando secaba mis testículos, me sonreía y preguntó: ¿Cuándo regresas?

En un hospital

En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores.

Con un trapeador el intendente limpiaba los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos.  los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares estaban de pie. Aunque lo más cercano sería, que con un ojo dormitaran y con el otro durmieran.

Sólo es un instante. Es como si la maquinaria se detuviese y diera lugar a un profundo silencio. Todos intentaban aprovecharlo. Un relax, un pestañeo, eran renovadores y daban el impulso para las siguientes horas, que suelen ser más intensas. Los que toman las decisiones críticas, se les despertaba, si fuese necesario.

En el piso –así llamamos al sector de hospitalización– las mujeres esperaban con temor el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer.  Las enfermeras, aunque quisieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, tomaban los signos vitales, dan las pastillas y se van.

El puente entre la paciente y la institución eran los internos de pregrado, que revisaban a las señoras y ordenaban llevarlas al servicio de atención obstétrica, cuando tuviesen cuatro centímetros de dilatación de la matriz. Algunas mujeres no esperaban, y el parto se atendía en la cama. Éste hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un interno de pregrado es no tener “Camachos”. 

En el momento exacto –a esa hora crucial– preparaban al jefe de internos: Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar. A las tres de la mañana lo caracterizaron para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero clavado en la vena.

Guiaban la camilla con la mayor rapidez a la sala de partos; trabajo que, normalmente, hacían los enfermeros. 
El jefe –en el silencio del entorno– daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio. 
–¡Camacho! ¡Camacho! –anunciaban alzando la voz.

El escándalo despertó a todo el mundo.

Los auxiliares y enfermeras se movían rápido, preparando todo para la atención del parto. Los internos de pediatría llegaron a la sala para recibir al nuevo ser, y los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud. 

Se pasó la «parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron 
sus extremidades, para que las apoyase en las pierneras y situarla en posición ginecológica. 

 Mientras tanto, los demás le daban consuelo.

–Ya, señora; todo va a salir bien.

El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. 

–¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! – exclamó.

Nadie contuvo las carcajadas.

El jefe Durazo escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital. 

Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

NEGRURA

Dañaste a reyes y aldeanos. La mayoría muertos, otros ciegos. En mi perversidad mezclaré tus ácidos para forjarte más letal. Me excita saber que un descuido puede ser mi mortaja. Un día, cuando nadie te nombre quitaré tus cadenas y te dejaré olvidada en algún aeropuerto. Quince días después brotaras en forma de vesículas hediondas de pus y fatalidad. En la hecatombe te preguntaré desde mi fosa: ¿Estás satisfecha?

La espera

el agua fría cayó sobre su espalda; no pudo evitar un resoplo de placer y dolor. Con el baño se fueron los hilachos del sueño. La mañana no se desperezaba. El resplandor de la luna daba trapecios de luz a la recámara de su madre. Le dejó un desayuno frugal, la intención de un beso y un recado.
Contempló el patio, con la mirada, perfiló la alborada. Se vio jugando con sus hermanos, mientras su madre daba de comer al cerdo.
Se fue. Sólo se llevó la esperanza. Habían pasado dos años y la madre seguía puntual con la manutención de la prole, pidiéndole a la virgen por el hijo ausente y llevándole, cada quince días, una veladora al templo.
Esgrimiendo el jabón, golpeaba tallando la ropa con furia, como si pudiera así fragmentar la tristeza, aunque sólo conseguía erizar el dolor; quería sacarlo del recuerdo mas no lo lograba y seguía lavando a pesar del desaliento, mojando de lloros la manga de su camisa. En la noche, rendida, lo soñaba.
Una mañana, al despertar, encontró sobre la rústica mesita –al lado del rosario, su taza con leche y una nota. Supo que él estaba ahí, que había vuelto cobijado por la oscuridad de la madrugada y fluyeron sus lágrimas, formando un regato por donde corría el dolor de dos años, ¡sus ruegos no habían sido en vano!
El cansancio lloviznó sobre su alma y la piel se le tornó luminosa. El sueño comenzó a abastecerla; tanto, que no pudo abrir los ojos, pero eso ya no le importó.

 

Las sepias

Minutos antes de que abra la noche, hay un catálogo de sepias. las nubes obesas avanzan lerdas. El sol muerto aún tiembla y deja en el aire una respiración comatosa. A la vera del río hay un mantel de piedras que se niegan a perder su destello. El perfil de los montes se oculta y es que el azul profundo de la tierra se amontona sobre sus ramas. El río pasa cerca. Corre dando golpes y construyendo remolinos. Abajo, el chapoteo del agua, anima el canto de las ranas. La noche se vuelve silencio, o las ranas callaron y lo que mis oídos perciben, es el silbido profundo de la serpiente.

El camino

Había caminado durante horas y cada vez que mi pie se arrastraba espantando chapulines salían capas de polvo que parecían nubes asustadas. La nopalera estaba seca, con algunas matas tasajeadas por los viajeros. Era la hora, en que el sol afilaba las puntas de los magueyes.
¡Falta poco! me decían las gentes que se cruzaban conmigo, pero sólo veía una lengua seca que parecía no tener final. De pronto, fueron apareciendo vestigios de que no tardaría en llegar: un envase de plástico, una hoja de periódico y casas en la lejanía de un cerro.
El sol era tan candente que tenía que restregar el sudor para disminuir el ardor de la piel. Me imaginaba -mientras subía- una jícara de agua recién sacada de un pozo, fresca con olor a tierra.
Llegué a la primera casa y pregunté si no me regalaban agua.
—Agua no tengo, si quiere le vendo pulque tierno.
Por supuesto, acepté. Ella entró a la casucha de barro y lo trajo en un pocillo en el que cabía medio litro. Lo observé con desconfianza, era de color blancuzco y ligeramente viscoso. El olfato no me dijo mucho. Le di el primer sorbo y medí el sabor. El ardor se nubló por la caricia fría; ansioso, lo empujé hasta el fondo. Tres veces más el líquido resbaló por mi garganta dándome una satisfacción que dejaba un aroma de tierra mojada. Me sentí inflado, pues al caminar, bamboleaba el líquido haciendo olas en el estómago; después, eructé no sé cuántas veces.
Empecé a sentirme diferente: una ola de fuego se desparramó por todo el cuerpo dando ligereza a mis pies cansados; tuve arreos en los ojos, pude ver el color amarillento del aire y una canción de la infancia salió de entre los rincones de aquel páramo de terrones y lagartijas. Ahora entiendo por qué algunos viajeros van por los caminos sin mirar la distancia.

popo jose maria velasco

Encuentros

El gris rueda y queda suspendido en el aire. La tomo del brazo y me cimbro al recordar, pero ella no recuerda. Debo actuar rápido: un tirón de reloj, un movimiento de pistola… Ojalá y no sepa quién soy, ¡aunque he cambiado tanto! Ya no soy el joven tímido y serio. Ella sigue siendo la misma, mi dulce niña, tiernos ojos y sonrisa de flor. ¿Recordará las mariposas que le regalé? Tiembla. Lo hacía de niña y respira ahora, como las veces que corría tras la pelota. ¡Pero nada! Esto es un trabajo más.

Me alejo y pregunto si me habrá reconocido.

Pedimento

 

Mi cama es blanda con sabanas de algodón guinda. Me gustan las veladoras que aluzan tímidamente y dejan escapar olores  de sándalo. Tengo una sobre el buró, para prender cuando el foco se apague. Como hace calor dormiremos sin frazada. no uso piyama, sólo calzo una camiseta larga que llega a las rodillas. Me quitaré la ropa. ¡no mires!, voltea a la pared. ¿Dime deseas que me ponga perfume o prefieres mi aroma después del baño? Anda  metete a la cama y descubre el lado donde me acostaré. Sabes, siempre tengo pies fríos, ¿te importa si los caliento entre tus piernas? Afuera están los tonos de la noche, aquí  la suavidad de una luz y el  perfume de la veladora.  Me recuesto sobre  tu pecho, tu mano  acaricia mis hombros. Quedo te digo: me encanta que estés en el lugar donde sueño y es la primera vez que un hombre se acuesta conmigo en este lecho, no me defraudes por favor.

 

Una cursi historia de amor

Al caminar pegado a la pared, evitaba la multitud que corría estrepitosa por la avenida buscando el cobijo de un café. Los carros fluorescentes tomaban el carril de acuerdo a la amplitud de onda y se desplazaban dejando un silbido melodioso en el ambiente.
Al llegar a una pared de nanocristales, los sensores  le dieron paso al interior del museo. De todas partes escuchó que le hablaban.
—No tenemos mucho tiempo. Créame,  arriesgo mi trabajo. Sólo disponemos de treinta minutos para que usted pueda acceder a ella. Es una de las pocas máquinas que aún funcionan en el mundo. Pero… ¿sabe utilizarla?

—Por supuesto que sí. Hace como cincuenta años, había miles.
—Confío en usted. Lo dejo. Voy al centro de vigilancia.
—Gracias. ¡Jamás podré agradecérselo!

Tomó el disco compacto que  había guardado. El brillo reflejó su rostro ajado,  movió la cabeza y  se humedeció la piel fláccida del párpado. Recordó que la vida había sido justa con él, pero no le dio la oportunidad de vivir a su lado. Prendió la máquina y la luz del monitor se desparramó sobre su calvicie. Insertó el disco en la unidad y esperó más tiempo de lo que él necesitó para recordarla.
Interrumpió sus pensamientos, al ver que el láser tardaba en darle lectura y pensó lo peor pero, poco a poco, aparecieron las letras como si hubieran sido escritas el día de ayer. Sintió calorcillo e imaginó el momento en que esas líneas fueron tecleadas por ella. Volvió a leer lo que había sido el principio del silencio. Tuvo que carraspear para aflojar el nudo de la garganta.

«Siempre tuve la impresión de que un acto de infidelidad me dejaría con una sensación de vergüenza, con el sabor de haber masticado lo amargo de unas hojas y con un sentimiento sucio pegado en mi alma. Pero contigo, las cosas tomaron un rumbo distinto; a tu lado sentí la suavidad de una pluma buscando las veredas de mi cuerpo,  tan frescas, y tan puras, que fueron  brisa. Mi nombre fue hermoso en tu boca y tuve una sonrisa diferente. Mi ser gritaba al poseer el ardor de tus letras. En noches frías, tú sabías encenderme y despertar en mí a la mujer. Nada más hermoso que recrear que vamos caminando por una banqueta del mundo y que tú cargas mis libros, y yo juego con tus labios en cada una de las esquinas en que nos detenemos y contemplamos la reunión de las cosas, pero… »
—Dispone sólo de tres minutos.
— ¿Hay alguna forma de pasarlo al nuevo formato?
—Tal vez, pero lo desconozco; para nosotros, es sólo chatarra tecnológica. Lo siento.
Vio las palabras una vez más, y apagó el monitor.

El recuerdo de la herida

Sale luz tenue de algún rincón. Me dijo el anestesista: sólo miraras puntitos de colores. Conté tres y después no supe de mí. A dos camillas, una niña se queja, la enfermera la protege. Empecé a toser y las nauseas me brincaban bajo la lengua.
Ya soy más viejo que mi padre y me duele. Dolor intimo, coagulado de lágrimas y azotes. Hubieses recogido el olor de la tierra si tuvieras mi edad, pero no fue así. En esta camilla, mientras la luz brota de alguna parte y una niña se queja a dos pasos, yo cargo piedras que ruedan lentamente por mi espalda herida. Dolor que se hace bolas en mi corriente, en mi flujo.

Las cartas del hambre

Una multitud observa cómo se reparte la última porción de alimento. Entre ellos hay un niño que sobresale: tiene una mirada amarga y cercana al rencor. Llegó al campamento con el deseo de mordisquear un pan y llevarle a su madre enferma otra porción. Se ha quedado sin nada; regresará sin hambre, pero con una fiera recién nacida en el alma.

La microleyenda

La sangre que se llevaron del laboratorio de toxicología pertenecía a un enfermo de diabetes que se suicidó con un pesticida. Murieron en su hormiguero.Sólo se salvó una que todo olisqueaba y que encarcelaron por tener una conducta aberrante. Los ladridos que fueron de advertencia, ahora son aullidos de dolor.Así nació la leyenda de la hormiga lobo.