El astrónomo R. tagore

-¡Oh, si pudiéramos coger la luna, al anochecer, cuando es completamente redonda y se engancha en las ramas del cadabo! -no dije más que eso.
Pero Dadá, mi hermano mayor, se burló de mí:
-No he conocido a nadie tan tonto como tú. La luna está muy lejos, ¿cómo podríamos cogerla?
Yo dije:
-¡El tonto eres tú, Dadá! Cuando, desde la ventana, Mamá mira cómo jugamos en el patio y nos sonríe, ¿te parece que está muy lejos?
Pero Dadá replicó:
-Pobre ignorante, ¿dónde encontraríamos una red bastante grande para coger la luna?
Yo dije:
-Podrías cogerla perfectamente con las manos.
Dadá se echó a reír y me dijo:
-¡Nunca vi un niño tan simple! ¡Si la luna se acercara, ya me dirías tú si es grande o no!
Yo dije:
-Dadá, ¡qué barbaridades te enseñan en la escuela! Cuando Mamá se inclina para besarnos, ¿te parece que su cara es muy grande?
Pero Dadá repite:
-Eres un pobre tonto.

 

RabindranathTagore

 

 

 

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Rudyard Kipling: La historia de Muhammad Din

¿Quién es el hombre feliz? El que ve en su propia
casa pequeños niños coronados de polvo,
saltando, cayendo y llorando.

Munichandra
      Era una pelota de polo vieja, surcada, astillada y abollada. Estaba sobre la repisa de la chimenea entre los tubos de las pipas que Imam Din, el khitmatgar[sirviente] limpiaba para mí.
—¿Quiere todavía esta pelota el Nacido del Cielo? —preguntó Imam Din con deferencia.
Al Nacido del Cielo le daba igual conservarla o no; ¿pero de qué podía servirle una pelota de polo a un khitmatgar?
—Le ruego a su Merced: tengo un pequeño hijo, ha visto esta pelota y la desea para jugar. No la quiero para mí.
Nadie por un instante hubiera acusado al viejo corpulento Imam Din de querer jugar con pelotas de polo. Así pues, llevó el vejestorio hasta la terraza y ahí se escuchó un huracán de alegres chirridos, un golpeteo de pequeños pies y el tac-tac-tac de la pelota rodando por el piso. Evidentemente el pequeño hijo había estado esperando afuera de la puerta para asegurar su tesoro. Pero ¿cómo se las había ingeniado para ver esa pelota de polo?
Al día siguiente, de regreso de la oficina media hora más temprano que de costumbre, llamó mi atención una pequeña figura en el comedor, una menuda y rolliza figura en una ridícula e inadecuada camisa que cubría hasta más o menos la mitad del vientre ligeramente abultado. Vagaba por la habitación con el pulgar en la boca, canturreando para sí mientras miraba las fotografías. Sin duda era el “pequeño hijo”.
Desde luego no tenía nada que hacer en mi cuarto, pero estaba tan absorto en sus descubrimientos que nunca notó mi presencia en la puerta. Entré a la habitación y se sobresaltó tanto que casi le da un ataque. Se sentó en el piso con la respiración entrecortada, sus ojos se abrieron y su boca también. Yo sabía lo que vendría así que huí, seguido por un aullido largo y seco que llegó a los cuartos de los sirvientes mucho más rápido que una orden mía lo hubiera hecho. En diez segundos Imam Din estaba en el comedor. Luego se oyeron desesperados sollozos y al regresar encontré a Imam Din amonestando al pequeño diablillo que usaba la mayor parte de su camisa como pañuelo.
—Este niño —dijo Imam Din juiciosamente— es un budmash [malvado], un gran budmash. Sin ninguna duda irá al jailkhana [prisión] por su comportamiento.
Renovados gritos se escucharon del penitente y una elaborada disculpa de Imam Din hacia mí.
—Dile al niño que el Sahib [señor]no está enojado y llévatelo —le dije.
Imam Din comunicó mi perdón al ofensor, que ahora se había recogido la camisa alrededor del cuello, como una cuerda, y su grito disminuyó a sollozo. Los dos se dirigieron a la puerta.
—Su nombre —dijo Imam Din, como si el nombre fuera parte del crimen— es Muhammad Din y es un budmash.
Libre del presente peligro, Muhammad Din se volvió en los brazos de su padre y dijo gravemente:
—Es cierto que mi nombre es Muhammad Din, Tahib, pero no soy un budmash, ¡soy un hombre!
De ese día data mi conocimiento de Muhammad Din. Nunca más entró a mi comedor, pero en la zona neutral que era el jardín, nos saludábamos con mucha ceremonia, aunque nuestra conversación se limitaba a “Talaam, Tahib”de su parte y “Salaam, Muhammad Din” de la mía. Diario a mi regreso de la oficina, la pequeña camisa blanca y el cuerpecito regordete solían salir de la sombra que producía la reja cubierta de enredadera donde se habían escondido y diario detenía mi caballo para que mi saludo sonara bien claro.
Muhammad Din nunca tuvo compañeros. Solía trotar por todas partes del jardín, dentro y fuera de los arbustos de ricino, en misteriosas misiones personales. Un día tropecé con una de sus artesanías al fondo del jardín. Había enterrado a medias la pelota de polo en el polvo y había dispuesto seis caléndulas marchitas en un círculo a su alrededor. Afuera del círculo había un cuadrado disparejo, trazado con pedacitos de ladrillo rojo alternados con fragmentos de porcelana y todo rodeado por un pequeño borde de polvo. El encargado del pozo de agua disculpó al pequeño arquitecto diciendo que sólo era el juego de un bebé y no desfiguraba mi jardín.
Dios sabe que no era mi intención tocar el trabajo del niño entonces ni después; pero esa tarde, un paseo por el jardín me llevó sin darme cuenta hacia el pequeño monumento; de manera que pisoteé, antes de saberlo, las cabezas de las caléndulas, el borde de tierra y los fragmentos de plato en una confusión tal que no había esperanza de remediarlo. A la mañana siguiente me encontré a Muhammad Din llorando quedo sobre la ruina que yo había dejado. Alguien, cruelmente, le había dicho que el Sahib estaba muy enojado con él por estropear el jardín y que, maldiciendo, había regado esa basura. Muhammad Din trabajó una hora para borrar todo rastro del borde de tierra y de los fragmentos de loza y con un rostro lloroso y lleno de excusas me dijo “Talaam, Tahib” cuando regresé de la oficina. Tras una rápida averiguación de mi parte, Imam Din informó a Muhammad Din que por un especial favor mío le estaba permitido jugar a su gusto, lo que el niño tomó en serio, y trazó el plan para un edificio que habría de eclipsar la creación de la pelota de polo y las caléndulas.
Por algunos meses la rechoncha pequeña excentricidad se revolvió en su humilde órbita entre los arbustos y el polvo; siempre formando magníficos palacios de flores viejas tiradas por el jardinero, guijarros lisos de riachuelo, pedacitos de vidrio roto y plumas arrancadas, imagino, a mis aves; siempre solo y siempre canturreando para sí.
Un día alguien tiró una vistosa concha moteada cerca de la última de sus pequeñas edificaciones; y me pareció que Muhammad Din, inspirado en ella, construiría algo más espléndido de lo ordinario. No fui decepcionado. Meditó por casi una hora y sus canturreos se convirtieron en una alegre canción. Después comenzó a trazar en el polvo; sin duda sería un maravilloso palacio, ya que era de dos pasos de largo y uno de ancho en el plano de la planta baja. Pero el palacio nunca fue terminado.
Al día siguiente no había ningún Muhammad Din al final de la entrada de coches, ni ningún “Talaam, Tahib” para recibirme. Estaba ya acostumbrado al saludo y su omisión me perturbó. Imam Din me dijo que el niño sufría ligeramente de fiebre y necesitaba quinina. Consiguió el medicamento y un doctor inglés.
—No tienen resistencia estos mocosos —dijo el doctor al salir de los cuartos de Imam Din.
Una semana más tarde, aunque me hubiera gustado mucho evitarlo, me topé en el camino al cementerio musulmán con Imam Din, acompañado por un amigo, cargando en sus brazos, envuelto en una tela blanca, lo que quedaba del pequeño Muhammad Din.

 

Niño de richard kipling

https://www.literatura.us/idiomas/rk_din.html

(Bombay, 1865 – Londres, 1936) Narrador y poeta inglés, controvertido por sus ideas imperialistas y considerado uno de los más grandes cuentistas de la lengua inglesa. Pertenecía a una familia de origen inglés (su padre, John Lockwood Kipling, era pintor y superintendente del Museo de Lahore), y pasó en la India los primeros tiempos de su infancia. A los seis años fue enviado a Inglaterra, donde estudió en el United Services College de Westward Ho, en Devonshire, ambiente que luego describió en la novela Stalky C.


Rudyard Kipling

Vuelto en 1882 a la India, se dedicó al periodismo en calidad de subdirector de The Lahore Civil and Military Gazette y después, entre 1887 y 1889, de The Pioneer. A los veintiún años publicó su primer libro, Departmental Ditties (1866), colección de versos de circunstancias, y a los veintidós el primer volumen de narraciones, Cuentos simples de las colinas (1887), al que siguieron, en 1888-89, otros seis: Tres soldadosBajo los cedros deodarasEl rickshaw fantasmaLa historia de los GadsbyEn blanco y negro y El pequeño Guillermo Winkie.

Tres regalos de Gibran Jalil

Cierta vez, en la ciudad de Becharre, vivía un amable príncipe, querido y honrado por todos sus súbditos.
Pero había un hombre, excesivamente pobre, que se mostraba amargo con el príncipe y movía continuamente su lengua, pestilente en sus censuras.
El príncipe lo sabía. Pero era paciente.
Por fin decidió considerar el caso. Y, una noche de invierno, un siervo del príncipe llamó a la puerta del hombre, cargando un saco de harina de trigo, un paquete de jabón y uno de azúcar.
-El príncipe te envía estos regalos como recuerdo -dijo el siervo.
Y el hombre se regocijó, pues creyó que las dádivas eran un homenaje del príncipe. Y, en su orgullo, fue en busca del obispo y le contó lo que el príncipe había hecho, agregando:
-¿No ve cómo el príncipe desea mi amistad?
-Pero el obispo respondió:
-¡Oh! Qué príncipe sabio y qué poco comprendes. Él habla por símbolos. La harina es para tu estómago vacío, el jabón para tu sucia piel y el azúcar para endulzar tu amarga lengua.
Desde aquel día en adelante, el hombre sintió vergüenza hasta de sí mismo, y su odio al príncipe se hizo mayor que nunca. Pero, a quien más odiaba era al obispo que interpretó la dádiva del príncipe.
Sin embargo, desde entonces guardó silencio.

libano

Tres regalos

 

Una aventura con Pito Pérez de Rubén Romero

Llegué a Urapa, y en este pueblo rabón, situado ya en tierra caliente, me ofrecí como mancebo de botica.
—¿Cómo te llamas, muchacho? —pregúntame el boticario.
—Jesús Pérez Gaona, para servir a usted… si es que nos
arreglamos.
—¿Qué sabes hacer?
—Píldoras —contesté sin faltar a la verdad, recordando la
frecuencia con que mis dedos exploraban mis fosas nasales.
—¿Y qué más? —inquirió el boticario, midiéndome con la
vista.
—Jarabes medicinales patentados en el extranjero.
—Pues voy a probarte unos días —resolvió el viejo— para
ver si me convienes.
Entré a servir en la botica, animado de los mejores propósitos. Era el boticario hombre de unos cincuenta años; llamábase José de Jesús Jiménez y pesaba ciento treinta kilos, después de haberse sometido a cuanto régimen le recomendaron para adelgazar. Cuando entraba en la botica apenas cabía dentro de ella, y a su paso, movíanse los frascos, los tarros y los botes, como agitados por un temblor de tierra. No dejaba su casa ni para asistir a los actos religiosos ni para concurrir a las juntas del Ayuntamiento, y era de una pereza tan peligrosa para su clientela, que hubiera sido capaz de sustituir en las recetas el jarabe de quina con la valeriana, con tal de no pararse de la silla de brazos en la que acomodaba su nalgatorio, igual que en un molde hecho a su justa medida. Como no podía tener vanidad de su cuerpo de barrica sin aros, o de su rostro, todo él convertido en papada, la tenía de haber cursado su carrera en una de las mejores escuelas del mundo, según pregonaba a toda hora, y a tal grado, que en el centro del rótulo de la botica, que se llamaba Farmacia de la Providencia, había un círculo con una alegoría que representaba los atributos de la medicina, y este
letrero dorado:
  1. de J. Jiménez.
Ex alumno de la Escuela
de Farmacia de
Guadalajara.
Ex Farmacéutico del Hospital
de San Juan de Dios.
Ex discípulo de don Próspero López.
Una mano anónima, ocultándose en las sombras de la noche, escribió debajo de tanto título, este otro:
Ex Cremento.
La mujer del boticario se llamaba Jovita Jaramillo, y por las iniciales de su nombre y las de su señor esposo, a la botica le decían en el pueblo El Cementerio de las Jotas.
Era doña Jovita una mujer como de cuarenta años, flaca y amarilla, pero de facciones correctas y con unos ojos verdes que contrastaban con el color de su piel y con el negro zaino de sus trenzas. En sus doce años de matrimonio no había tenido hijos, y esto seguramente influyó en que se agriara su carácter y en que fuera regañona hasta con su marido que, delante de ella, no alardeaba de cosa alguna.
Oí, cierta vez, que un amigo hizo alusión a la obesidad de mi amo, y él, bajando los ojos para contemplar aquella temblorosa montaña de manteca, suspiró tristemente, exclamando: ¡Hace diez años que no veo a mi Jesusito ni retratado en un espejo!
Comencé a granjearme la voluntad del matrimonio, trabajando afanosamente en cuanto me mandaban. Para proteger sus hábitos de pereza el boticario se sentaba en su silla, y abanicándose con un periódico, pasaba los días diciéndome el contenido de los frascos y la aplicación más usual de los medicamentos. No dejaba de recomendarme que en la preparación de las recetas empleara siempre las substancias similares más baratas, por ejemplo, bicarbonato de sosa en lugar de pricolita, azúcar a cambio de antipirina.
—Los médicos recetan cosas raras —decía—, sobre todo si no tienen un tanto por cierto en nuestras boticas, pero la farmacopea nos ayuda a defendernos de sus artimañas, acaso en beneficio de la humanidad puesto que, simplificando las medicinas, matamos menor número de personas. Aquí donde me ves, yo he ahorrado muchas vidas y algún dinerillo para mi regalo, haciendo pócimas de simple jarabe y píldoras de inofensivo almidón.  Aprende, Jesús, sigue honradamente mi ejemplo y gozarás de una conciencia tranquila y de una bolsa satisfecha.
Escuchando sus consejos comencé a preparar recetas caprichosas y a tomarle gusto al oficio, como el cocinero que pone un poco de fantasía al condimentar sus platos. En la farmacia, teniendo ciertas inclinaciones pictóricas, se pueden emplear sin peligro colorantes que alegren los ojos de los enfermos: el jarabe de rosas, el de grosella en las cucharadas del 1 y del 2, para los niños que padecen colerín. El verde vegetal convierte las píldoras en cabuchones de esmeralda, que las mujeres toman sin repugnancia, por su afición a los adornos y a las joyas. Pero lo que más satisfizo a nuestra clientela fue el uso del alcohol mezclado moderadamente en el agua hervida de las cucharadas, de los pozuelos y de los demás bebedizos.
A las primeras tomas los enfermos se animaban, cantaban, dormían bien, y algunos se escaparon de una muerte segura, con honra y fama para el médico que los asistía. Después, seguían surtiendo las recetas dizque para preservarse de todo género de dolencias. Como si me hubieran contagiado las enfermedades de todo el pueblo, yo daba el punto a tales medicinas, probándolas y saboreándolas lo mismo que los dulceros sus confituras.
En aquel empleo la cosa pintaba bien para mí: dormía en la rebotica, en un catre de tambor, con obligación de atender las llamadas nocturnas, para que don J. de J. no interrumpiera su apacible sueño; me alimentaban con la misma pitanza de los amos: en las comidas del mediodía un plato rebosante de caldo, otro de arroz, carne cocida y frijoles. Al amo le doblaban la ración, y el caldo lo tomaba sorbiéndolo estrepitosamente de una sopera, después de aderezarlo con quince cosas distintas: plátano, sal, limón, chile, granos de granada, orégano, elote, aguacate, pedazos de tortilla, un chorro de vino tinto, otro de aceite, migas de pan francés, rodajas de huevo duro, cebolla y papas cocidas. Él mismo, diariamente, preparaba tan variado mejunje, con un gesto supersticioso de sacerdote que celebra un extraño rito, ante los ojos indiferentes de doña Jovita que no paraba de quejarse de algún mal imaginario. De los platos de antojo quintuplicábanle la ración, y maravilla pensar cómo no se derramaba el pozo de las defecaciones de aquella casa con los frecuentes viajes que a él hacía el señor boticario.
Al alcance de mi mano tenía los frascos de los cordiales y el cajón del dinero que prudentemente soportaba mis acometidas. Por algo le llaman don Prudencio los dependientes de las tiendas.
Además, Urapa es un pueblo chico, de pocos habitantes, y hasta allí era difícil que llegaran las pesquisas de mi amantísima familia para conocer mi paradero. El pueblo, pues resultaba un paraíso, sin la molestia de convivir con los animales de la creación, cada uno encerrado en su casa. Pero no hay paraíso sin tentaciones. ¿Desperté yo, por imprudente, las adormecidas dentro de aquel hogar, al contarles a los amos que en mi pueblo me llamaban Pito Pérez? Quizá por asociación de ideas, una tarde doña Jovita gritó, desde el interior de su cuarto:
—Muchacho, tráeme un poco de linimento.
Con mi cara de santo mojarro llevé el pomo de linimento a la pieza de la patrona que, tendida en su cama, boca abajo, quejábase pesarosamente. Según ella, le dolía un costado, la espalda, el cuello, y no resistía ni el peso de una mosca.
—Es el reuma que me sube y me baja y me pone en un grito
—decía con voz de muchacho consentido—; pero mi esposo no se preocupa por mi salud, ni se acomide a darme una frieguita de algo. ¡Ay! ¡Aay! ¡Aaay! Por caridad úntame un poco de linimento en la espalda. Y doña Jovita se enderezó para aflojarse los broches del corpiño. Mi alma se encendió en una ardiente compasión para aquella infeliz mujer que tanto padecía, y con el pensamiento puesto en Dios, introduje mi mano por la abertura del vestido, comenzando a frotar suavemente la espalda desnuda.
—¡Así , así! —decían la enferma en tono suplicante.
Después, se volteó boca arriba, con los ojos cerrados, diciéndome dulcemente:
—También en la cintura y en el pecho para calmar este dolor que me mata.
Mi mano comenzó a frotar, y al subir tropezó con dos sólidas cúpulas cuyos pezones endureciéronse sensiblemente.
—Así, así —repetía la enferma. Y echándome los brazos al cuello, atrájome sobre su cuerpo dolorido…
Haciendo un juego de palabras, de las cúpulas pasamos a las cópulas. Los efectos de las medicinas fueron sorprendentes y, tarde a tarde, gritaba la enferma desde el fondo de su cuarto, en medio de quejidos lastimeros:
—Muchacho, trai el linimento.
Yo bajaba el frasco de su sitio y me aprestaba a cumplir devotamente con una obra de misericordia. Entretanto, don J. de J. quedaba al frente de la botica, inmóvil en su silla de brazos. Mas un día, uno de esos días aciagos que yo debiera relatar con una voz equivalente a letra bastardilla, coincidieron tres marchantes premiosos, y el farmacéutico, haciendo un esfuerzo sobrehumano, entró en mi busca hasta el interior de la casa. Empujó la puerta de la alcoba, y al mirar lo que miró, quedose de una pieza. El susto me hizo bajar de la cama, como un sonámbulo, mientras doña Jovita rompió a dar alaridos, igual que si le arrancaran las tiras del pellejo.
Salí del cuarto tropezando con los muebles, mientras el boticario despertaba de su asombro y con una elocuencia arrolladora llamaba a su mujer puta, malagradecida y sonsacadora de menores. Sin detenerme a recoger mis exiguos ahorros, abandoné la casa por la puerta del corral, con tanto miedo a las iras de aquel marido coronado, que resolví dejar inmediatamente el pueblo, y si me hubiera sido posible, el globo terráqueo, sin atentar contra la vida.
Aquella noche, caminando por un largo camino, cavilaba tristemente: ¡Cuán breves son las fiestas de este mundo y cómo nos dejamos engañar con un señuelo! Iba otra vez a la aventura, sin casa ni sostén, y todo por haber olvidado la historia de la mujer de Putifar.
El cansancio del sendero hacíame evocar la vida quieta y regalona de la casa del boticario: los platos sustanciosos, los tragos de la hemoglobina falsificada y los buenos pellizcos al cajón del dinero. ¡Todo perdido para siempre por causa de la insospechada temperatura de la señora doña Jovita!…
—¡Es usted más poeta que yo, Pito Pérez! Y, ¿a dónde fue
usted a parar, después de sus amores con la boticaria?
—Mañana se lo contaré; ahora es preciso que yo vaya a consolar, con unas copitas, las penas que hemos removido. Hablar del pasado es resucitar un muerto, y yo tengo valor de hablar con los muertos únicamente cuando estoy borracho.

José Rubén Romero

(Cotija de la Paz, 1890 – Ciudad de México, 1952) Escritor y político mexicano que inscribió una parte de su obra en la línea costumbrista y la otra en la llamada Novela de la Revolución. Durante su juventud participó en el movimiento revolucionario. Más tarde fue comerciante, desempeñó cargos oficiales y trabajó en el servicio exterior mexicano. Fue cónsul general en Barcelona, ministro plenipotenciario en Brasil y embajador de México en Cuba.

Su primer libro, Apuntes de un lugareño (1932), contiene recuerdos de infancia y juventud. Su debut en la novela fue Mi caballo, mi perro y mi rifle (1936), que muestra su desencanto por los resultados del conflicto armado. Su libro más famoso es La vida inútil de Pito Pérez (1938), obra inspirada en la picaresca española que mezcla humor y melodrama. En Rosenda (1946), su estilo sencillo y directo se llena de poesía para recrear el ambiente provinciano de su tierra natal.

Mi canto de Jaim N Bialik Israel

«Mi canto»
«¿Sabes tú de quién aprendí yo a cantar?…»
«…Aquel cantor fue el grillo, poeta de la miseria.
Se asemejaba el sábado a una jornada común;
la mesa sin «jalá» y el vino santificados,
y, en vez de los candelabros, empeñados,
la luz de magras velas pegadas en la arcilla
danzaba en las paredes. Siete niños hambrientos
rodeaban, somnolientos,
la mesa, y nuestra madre oía con angustia
los cánticos sagrados de añeja melodía.
Y, con el alma mustia,
y humillado, y vencido nuestro padre servía
pedazos de pan negro y de arenque salado
con un viejo cuchillo, de filo ya embotado.
Nosotros masticábamos el pan reseco y soso,
pan de la humillación, con lágrimas mojado
y tragado de prisa, con gesto vergonzoso.
Después, acompañábamos al padre en la canción
con muerto corazón y con vientre sonoro.
Mientras que nuestro grillo se unía a nuestro coro,
modulando su estrofa en su oscuro rincón».

jaim-najman-bialik-1873-1934-el-10-de-lirot-1968-billete-de-israel-poeta-judío

Traducción: Rebeca Mactas de Polak

https://www.delacole.com/cgi-perl/notas/vernota.cgi?nota=bialik

Ven… de JOUMANA HADDAD

Ven
Recógela a flote en tus ojos.

Su jardín, fortaleza que exhala la intriga y dulce muerte que huele la presa. El diablo se siente allí en su casa.

Las miradas no pueden capturarla, ni los cálices: mujer de brumas, de incertidumbres y de fantasías. Mujer de caídas también.
Sobre su piel una infinitud de continentes desconocidos se mueven. Cada guijarro es un falso juramento, liso como las esperas vistas de lejos, y cada mano, cada mañana, son viajes. ¡Pero cuántas trayectorias horizontales y cuán pocas escaladas!

Ven
Clava tus cimas en sus abismos.

Tan púdica que se refugia en las palabras obscenas, insolente hasta el punto de enrojecer gritando su fuego. Guerrera amadora, amazona de carrera, lanza como flechas sus palabras y sus flechas le retornan cargadas de presas.

Habla todas las lenguas de la noche pero escribe sobre todo con las uñas. Escribe en el cuerpo mismo. Malditos son los dedos que no pueden descifrar los timbres puntiagudos de su éxtasis. Del escote de sus gemidos se elevan músicas, cantos, rumores y murmullos. Violín en erupción, busca el carpintero de notas que sabrá hacer vibrar las cuerdas.

JOUMANA HADDAD

Una mujer camina dentro de mí

Nadie ha leído mi taza
sin que sepa que eres mi amada,
nadie ha estudiado las rayas de mi mano
sin que descubra las cuatro letras de tu nombre.
Todo se puede negar
salvo el olor de la mujer amada,
todo se puede disimular
salvo los pasos de la mujer que se mueve dentro de nosotros,
todo se puede discutir
salvo tu feminidad.
¿Dónde ocultarte, amor mío?
Si somos dos bosques que arden,
y todas las cámaras de televisión están fijas en nosotros.
¿Dónde esconderte, amor mío?
Si todos los periodistas quieren convertirte
en la estrella de las portadas,
y a mí en un héroe griego
y en un escándalo gráfico.
¿Dónde llevarte?
¿Dónde me llevarás?
Si todos los cafés conocen de memoria nuestra cara,
todos los hoteles conocen de memoria nuestro nombre
y todas las aceras conocen de memoria la música de nuestros pasos.
Estamos al descubierto como una terraza marina
y nos observan como a dos peces dorados
en una vasija de cristal.

Siéntate conmigo un momento
para acordar una forma de amar

en la que no seas mi esclava
ni yo una pequeña posesión
en la lista de tus colonias
que no cesa, desde el siglo diecisiete,
de reivindicar ante tus pechos la liberación.
Pero no escuchan,
no escuchan.
DATOS DEL AUTOR: Nizar Qabbani. Es un diplomático sirio, además de uno de los poetas árabes contemporáneos de más prestigio. Nació en Damasco en 1923. Aunque era hijo de un pastelero, tuvo una buena educación y acabó matriculado en la Facultad Científica Nacional.
RETUSCHERAD
RETUSCHERAD

Estampa antigua de Julio torri

No cantaré tus costados, pálidos y divinos que descubres con elegancia; ni ese seno que en los azares del amor se liberta de los velos tenues; ni los ojos, grises o zarcos, que entornas, púdicos; sino el enlazar tu brazo al mío, por la calle, cuando los astros en el barrio nos miran con picardía, a ti, linda ramera, y a mí, viejo libertino.

Julio Torri escritor mexicano, de los iniciadores de la minificción en México.

De mil amores. Antología de microrrelatos amorosos.

Julio Torri nació en Saltillo, Coahuila el 27 de junio 1889 y se murió en la Cuidad de México el 11 de mayo, 1970. El esta considerado uno de los mejores escritores de prosa en su generación. En actualidad, Torri También, el estaba admitido a la Academia Mexicana de la Lengua en 1952. Por fin, muchas personas piensan que Torri es uno do los primeros autores que usó la poesía prosa en sus obras.

 

Etgar Keret: cuento Yad Vashem

Entre la exhibición de los judíos europeos antes del ascenso del nazismo y la de la Kristallnacht había una barrera de cristal transparente. Esta partición tenía un significado simbólico directo: para los no iniciados, la Europa de antes y la de después de la noche de ese pogromo histórico podían parecer la misma, pero en realidad una y otra eran universos totalmente distintos. Eugene, que caminaba rápido, con su guía jadeante unos pasos detrás, no había notado ni la partición ni el significado simbólico. El choque fue perturbador y doloroso. Un hilo de sangre salía de sus narices. Rachel murmuró que no se veía bien y que tal vez sería bueno que regresaran al hotel, pero él sólo se metió un trozo de papel higiénico en cada fosa nasal y dijo que no era nada y que debían continuar.
— Si no te ponemos hielo se va a hinchar — intentó de nuevo Rachel —. Vamos. No tienes que… —entonces se detuvo a media frase, tomó aire y agregó — Es tu nariz. Si quieres que sigamos, seguiremos.
Eugene y Rachel alcanzaron al grupo en la esquina que explicaba las leyes raciales. Mientras escuchaba a la guía con su fuerte acento sudafricano, Eugene intentó figurarse qué era lo que Rachel había empezado a decir. «No tienes que convertir todo en un dramón, Eugene. Es muy aburrido». O: «No tienes que hacerlo por mí, corazón. De todos modos te amo». O tal vez simplemente: «No tienes que ponerle hielo, pero tal vez ayude». ¿Cuál de estas frases, si alguna, había empezado a decir?
Muchos pensamientos pasaron por la cabeza de Eugene la primera vez que se decidió a sorprender a Rachel con dos boletos a Israel. Él pensaba: Mediterráneo. Pensaba: Desierto. Pensaba: Rachel sonriendo otra vez. Pensaba: Hacer el amor en una suite del hotel mientras el sol empieza a ocultarse más allá de los muros de Jerusalén, tras ellos. Y en este océano de pensamientos no había habido ni el más mínimo sobre sangrados nasales ni sobre Rachel comenzando frases para no terminarlas de ese modo que a él siempre lo volvía loco. De estar en cualquier otro sitio del universo, probablemente habría comenzado a sentir compasión por sí mismo, pero aquí no.
La guía sudafricana les mostraba fotos de judíos desnudándose en la nieve a punta de pistola. La temperatura, decía la guía, era de quince grados bajo cero. Un momento después de tomada la foto, la gente —todos y cada uno de ellos, las mujeres, los viejos, los niños— fue obligada a meterse en una zanja excavada en el suelo y fue muerta a tiros. Cuando terminó la frase, lo miró por un momento con una mirada vacía y no dijo más. Eugene no pudo entender por qué lo miraba a él, de entre toda la gente. Lo primero que le pasó por la cabeza fue que era el único en el grupo que no era judío, pero incluso antes de que ese pensamiento terminara de formarse en su mente él se dio cuenta de que no tenía sentido.
— Tiene sangre en la camisa — dijo la guía con una voz que a Eugene le sonó un poco distante. Él miró la pequeña mancha en su camisa azul claro y luego dirigió la vista de vuelta a la imagen de una pareja de ancianos, desnudos. La mujer se cubría las partes pudendas con la mano derecha, intentando mantener un poco de dignidad. El marido apretaba la mano izquierda de ella con su gran palma. ¿Cómo reaccionarían él y Rachel si los sacaran de su agradable departamento del Upper West Side, los llevaran al parque cercano y les ordenaran desnudarse y meterse en una zanja? ¿También terminarían sus vidas tomados de la mano?
— La sangre, señor. — la guía interrumpió su línea de pensamiento — Sigue goteando… Eugene metió más adentro de sus fosas nasales el papel de baño y trató de mostrar una de esas sonrisas de «Todo está bajo control».
Comenzó junto a una foto muy grande de seis mujeres con las cabezas rapadas. A decir verdad, había comenzado cuatro semanas antes, cuando él había amenazado con demandar al ginecólogo de Rachel. Estaban sentados juntos en el consultorio del viejo doctor, y a la mitad de su monólogo medio amenazante ella le había dicho:
— Eugene, estás gritando.
La expresión en sus ojos era distante e indiferente. Era una mirada que no había visto antes. Realmente debía de haber estado hablando muy fuerte, porque la recepcionista entró en el consultorio sin llamar y preguntó al doctor si todo estaba bien. Había empezado entonces y las cosas empeoraron aún más mientras estaban ante la foto de las mujeres rapadas. La guía dijo que las mujeres que llegaban a Auschwitz embarazadas debían abortar antes de que comenzara a notarse, porque un embarazo en el campo de concentración significaba, siempre, la muerte. A media explicación, Rachel dio la espalda a la guía y se alejó del grupo. La guía la vio alejarse y entonces miró a Eugene, que balbuceó, casi instintivamente:
— Lo siento. Es que acabamos de perder un bebé.
Lo dijo lo bastante alto como para que la guía lo oyera y lo bastante bajo para que Rachel no. Rachel siguió alejándose del grupo, pero incluso desde lejos Eugene pudo detectar el temblor que corría por su espalda cuando él habló.
Yad Vashem Monumento niños
El sitio más conmovedor y poderoso del Yad Vashem era el Memorial de los Niños. El techo de esta caverna subterránea estaba repleto de incontables velas memoriales que intentaban —no con mucho éxito— disipar la oscuridad que parecía abrirse camino en todo. En el fondo estaba la banda sonora, recitando los nombres de niños que habían muerto en el Holocausto. La guía dijo que eran tantos que leer todos los nombres tomaba más de un año. El grupo empezó a salir, pero Rachel no se movió. Eugene se quedó de pie tras ella, congelado, escuchando los nombres que alguien leía, uno por uno, monótonamente. Dio una palmada en la espalda de ella, sobre su abrigo. Ella no reaccionó.
— Lo siento — dijo él —. No debí haberlo dicho como lo dije, enfrente de todo el mundo. Es algo privado. Algo sólo de nosotros.
— Eugene — dijo Rachel, y siguió mirando las débiles luces sobre ella —, no perdimos al bebé. Tuve un aborto. No es lo mismo.
— Fue un error terrible — dijo Eugene —. Estabas emocionalmente vulnerable y yo, en vez de tratar de ayudarte, me hundí en mi trabajo. Te abandoné.
Rachel miró a Eugene. Sus ojos se veían como los de alguien que hubiese llorado, pero no había lágrimas.
— Estaba emocionalmente bien — dijo —. Tuve el aborto porque no quería al niño.
La voz en el fondo estaba diciendo «Shoshana Kaufman». Muchos años antes, cuando Eugene estaba en la primaria, había conocido a una niña pequeña y gorda con ese nombre. Sabía que no era la misma, pero la imagen de ella, muerta en la nieve, de cualquier manera apareció ante sus ojos por un segundo.
— Ahora dices cosas que no quieres decir de veras — le dijo a Rachel —. Las dices porque estás pasando por un momento difícil, porque estás deprimida. Nuestra relación no está yendo bien ahora, es cierto, y tengo mucha de la culpa, pero…
— No estoy deprimida, Eugene — lo interrumpió Rachel —. Simplemente no me siento feliz contigo.
Eugene se quedó en silencio. Escucharon algunos nombres más de niños asesinados y entonces Rachel dijo que iba a salir a fumar. El lugar era tan oscuro que era difícil determinar quién estaba allí. Fuera de una mujer mayor, japonesa, de pie muy cerca de él, Eugene no podía ver a nadie. Supo que Rachel había estado embarazada sólo hasta enterarse de que había abortado. Se había puesto furioso. Furioso de que ella no le hubiera dado ni un minuto para imaginar juntos a su bebé. De que no le hubiera dado la oportunidad de poner la cabeza en su vientre suave y tratar de escuchar lo que sucedía adentro. La rabia había sido tan abrumadora, recordó, que le había dado miedo. Rachel le dijo que era la primera vez que lo veía llorar. Si se hubiera quedado unos minutos más, lo habría visto llorar una segunda vez. Sintió una mano tibia en su cuello y cuando alzó la vista vio a la japonesa de pie justo al lado de él. A pesar de la oscuridad y de sus gruesos lentes pudo ver que ella también estaba llorando.
— Es horrible —dijo a Eugene con un espeso acento extranjero—. Es horrible lo que las personas son capaces de hacerse unas a otras.»
Traducción de Alberto Chimal.

Etgar_Keret

 

«Yad Vashem» un cuento de Etgar Keret

Amos Oz «una historia de amor y oscuridad», frag

 «Una historia de amor y oscuridad».
«Y en donde por fin se revelan los secretos que han permanecido ocultos hasta este día, entre ellos el amor y otros sentimientos.
En la calle Zacarías, cerca de nosotros, vivía una niña llamada Esti. Por la mañana, sentado en la mesa de la cocina mientras desayunaba una rebanada de pan, susurraba para mis adentros: “Esti”.
A lo cual solía responder mi padre: “Anda, come y calla”.
Asimismo, de noche, decían de mí: “Este chiquillo está chiflado; ya ha vuelto a encerrarse en el cuarto de baño a jugar con el agua”.
Sólo que yo no estaba jugando con el agua, sino que, sencillamente, llenaba el lavabo y trazaba con el dedo su nombre sobre las ondas de la superficie. Algunas veces soñaba que Esti me señalaba por la calle y gritaba: “¡Al ladrón, al ladrón!”. Y yo me asustaba y echaba a correr, y ella me perseguía, todos me perseguían: BarKojba Sujovolsky y Goel Germansky y Aldo y Eli Weingarten, todos; la persecución se desarrollaba a través de solares vacíos y escombreras y patios traseros, por encima de verjas y de montones de chatarra oxidada, entre ruinas, por senderos, hasta que mis perseguidores empezaban a cansarse y poco a poco se quedaban rezagados, y al final sólo Esti y yo corríamos uno junto al otro, a punto de alcanzar los dos juntos algún lugar remoto, un alpendre quizá, o un lavadero, o el oscuro hueco de la escalera de una casa desconocida, y en ese punto el sueño se volvía a la vez dulce y terrible: me despertaba sobresaltado y lloraba, poco menos que de vergüenza. Escribí dos poemas de amor en el cuaderno negro que después perdí en la arboleda de Tel Arza. Seguramente es mejor que lo perdiera.
Estee
Pero, ¿qué sabía Esti?
Esti no sabía nada. O bien sabía algo y quería saber más. Por ejemplo, una vez levanté la mano en clase de geografía y dije con autoridad:
– El lago Jula es conocido también con el nombre de lago Sumji.
La clase entera, acto seguido, se echó a reír a mandíbula batiente y sin poder parar. Lo que dije era verdad. De hecho, era la verdad exacta; está en la enciclopedia. A pesar de lo cual, el profesor, el señor Shitrit, quedó un momento confuso y me pidió de mala manera, muy malhumorado:
– Sea usted tan amable de aducir los datos en que se basa su conclusión.
Pero la clase, ingobernable, gritaba a pleno pulmón:
– Si, Sumji, demuéstralo, Sumji.
Mientras, el señor Shitrit se hinchó igual que un sapo, se puso colorado y bramó, como siempre:
– ¡Cállense todos! ¡Cállense! ¡No quiero oír ni el vuelo de una mosca!
Cinco minutos después, la clase se había calmado. Pero hasta el final del octavo curso me siguieron llamando Sumji. No tengo mayores motivos para contar todo esto. Sencillamente, quiero subrayar un detalle muy significativo, una nota que me envió Esti al final de aquella clase, que decía:
“Estás como una cabra. ¿Por qué siempre tienes que decir cosas que sólo te traen problemas? ¡Para de una vez!”
Tras esto, había doblado una de las esquinas de abajo, y había escrito con letra muy pequeña: “Pero no importa. E.”
Así pues, ¿qué sabía Esti?
Esti no sabía nada o, tal vez, algo sabía y quería saber más. Lo que es a mí, bajo ningún concepto me habría dado por esconder una carta de amor en su mochila, tal como hizo Eli Weingarten en la de Nurit, ni enviarle un mensaje a través de Raanana, el celestino de la clase, como hizo Tarzán Bamberger, también con Nurit. Muy al contrario, lo que yo hacía era esto: a la primera de cambio le tiraba de las coletas o, en cuanto podía, le pegaba su bonito jersey blanco a la silla, con un chicle.
¿Que por qué lo hacía? Pues porque sí. ¿Por qué no habría de hacerlo? Para enseñarle, para que se enterase. Y a punto estuve de retorcerle a la espalda sus delgados brazos, casi con toda la fuerza que pude, hasta que empezó a insultarme y arañarme, pues nunca aceptó rendirse. Eso es lo que le solía hacer. Y cosas peores. Fui yo quien le puso el mote de Clementine (por la canción que cantaban los soldados ingleses de los barracones Schneller, que en aquellos días estaban por todo Jerusalén: “Oh my darling, oh my darling, oh my darling Clementine!”). Las chicas de nuestra clase, por sorprendente que pueda parecer, no se lo tomaron a mal, y durante Januká, seis meses después, cuando todo había acabado, seguían llamando Tina a Esti. Tina, por Clementina (de Clementine, claro).
¿Y Esti? Tenía una sola palabra para mí, y me la echaba en cara en cuanto me veía, sin darme siquiera tiempo de empezar a molestar: “Piojo”, o bien: “Apestas”.
Una o dos veces, en el recreo, estuve a punto de hacerla llorar. Por eso tuve que aguantar el castigo que me impuso Jemdá, nuestra maestra, y lo aguanté como un hombre, con los labios bien apretados y sin quejarme.
Y de esta manera floreció el amor, sin acontecimientos notorios, hasta el día que siguió a la fiesta de Shavuot. Esti lloró por mi culpa en el recreo y yo por la suya en la noche.»

 

Amos Oz (Jerusalén, 1939), Premio Israel de Literatura 1998, Premio Internacional Catalunya 2004, Premio Goethe 2005 y premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007, entre otros, vive en Arad, Israel. Es uno de los más prestigiosos escritores israelíes de nuestro tiempo y también un reconocido intelectual comprometido con el proceso de paz en Oriente Medio. Descendiente de una familia de emigrantes rusos y polacos. Hijo de Yehuda Arie Klausner, intelectual sionista de derecha, y de Fania Mussman (que se suicidó cuando él tenía 12 años). Sus padres huyeron en 1917 de Odesa a Vilna, y de allí al Mandato Británico de Palestina en 1933.
En 1954, Oz entró en el kibutz Julda. Desde entonces se le conoce por su nombre actual. Mientras estudiaba Literatura y Filosofía en la Universidad Hebrea de Jerusalén, entre 1960 y 1963, publicó sus primeros cuentos cortos. Estudió también en la Universidad de Oxford. Desde 1991 es miembro de la Academia del Idioma Hebreo. Participó en la Guerra de los Seis Días y en la Guerra de Yom Kipur y fundó en los 70, junto a otros, el movimiento pacifista Shalom Ajshav («Paz Ahora»).
Ha escrito novelas, poesía y cuentos en hebreo y alrededor de 450 artículos y ensayos. Sus obras han sido traducidas a más de treinta lenguas, entre ellas el español. La más elogiada por la crítica es su obra autobiográfica

amos

«Donde florece el amor». Un cuento de Amos Oz

El libro del amor fragmentos de Nizar Qabbani

Cuando me enamoro
el reino de Dios cambia:
el crepúsculo duerme en mi abrigo
y el sol despunta por el oeste.
¿Por qué? ¿Por qué desde que me amas
mi lámpara alumbra
y mis cuadernos han florecido?
Las cosas han cambiado desde que me amas:
me he convertido en un niño
que juega con el sol
y en un profeta
cuando sobre ti escribo.
Estás grabada en la palma de mi mano
cual letra cúfica en el muro de la mezquita.
Grabada en la madera de la silla, amor mío,
y en el brazo del asiento.
Y cada vez que intentas alejarte de mí
un solo momento
te veo en la palma de mi mano.
Cuando estoy enamorado
convierto al Shah de Persia
en uno de mis seguidores
y someto China a mi cetro,
muevo los mares de su sitio
y si lo deseo, detengo el tiempo.
Cuando estoy enamorado
el agua brota de mis dedos
y crece la hierba en mi lengua.
Cuando estoy enamorado
permanezco un tiempo fuera del tiempo.
Todo lo que dicen de mí es cierto.
Todo lo que dicen de mi reputación
en el amor y las mujeres es cierto.
Pero no saben que me desangro en tu amor
como el Mesías.
Cada vez que viajo en tus ojos
siento que monto en una alfombra mágica,
me eleva una nube rosa
luego otra violeta
y giro en tus ojos, amor mío,
giro… como la tierra.
RETUSCHERAD
María Luisa Prieto  Traductora
http://www.poesiaarabe.com/libro_del_amor_versión_española.htm

Invierno de Muhammad Al Magut

 Como lobos en una estación seca
Germinamos por todas partes
Amando la lluvia,
Adorando el otoño.
Un día incluso pensamos en mandar
Una carta de agradecimiento al cielo
Y en lugar de un sello
Pegarle
Una hoja de otoño.
Creíamos que las montañas se desvanecerían,
Los mares se desvanecerían,
Las civilizaciones se desvanecerían
Pero permanecería el amor.
De pronto nos separamos:
A ella le gustan los grandes sofás
Y a mí me gustan los grandes barcos,
A ella le gusta susurrar y suspirar en los cafés
Y a mí me gusta saltar y gritar en las calles.
A pesar de todo
Mis brazos se abren al universo
Esperándola.

traducción del árabe: María Luisa Prieto

muhammad-al-magut (2)

Del poemario: La alegría no es mi profesión (Al-farah laysa mihnati)

Nacido en Salamiya (Siria) en 1934, Muhammad Al Magut es uno de los más destacados poetas árabes contemporáneos y uno de los pioneros en la renovación de la poesía árabe.

            De origen humilde y autodidacta, a su llegada a Beirut a finales de los años cincuenta entró en el círculo de los poetas de vanguardia, siendo muy bien acogido y participando plenamente en la renovación junto a poetas como Adonis y Yusuf Al Jal.

            Su estilo se caracteriza por el uso de la prosa poética, un lenguaje fresco y espontáneo y unas imágenes complejas y originales para expresar sentimientos individuales y colectivos, como el problema de la libertad y la justicia en el mundo árabe.

Sus principales obras poéticas son:

    Tristeza a la luz de la luna (Huzn fi daw al qamar) (1959).
    Habitación con millones de paredes (Gurfa bi malayin al-yudrán) (1964).
    La alegría no es mi profesión (Al-farag laysa mihnati) (1970)

Además de sus obras poéticas, ha escrito varias novelas, obras teatrales y guiones cinematográficos, gracias a los cuales, películas como Las fronteras (Al-hudud) y El informe (Al-taqrir) se han convertido en clásicos del cine árabe.

            Su brillante trayectoria literaria ha sido reconocida con diversos premios, entre ellos:

 Premio del periódico Al Nahar de poesía (1950).
Premio Said Aql de teatro (1973).
Medalla de teatro experimental. El Cairo (2000).
Premio de poesía de la fundación Sultán Alwis (2005).

http://www.poesiaarabe.com/biografía_de_al_magut.htm

Omar Khayyam

Lenguaje misterioso

Este rubí precioso fue extraído
del fondo de una mina ignota y rara,
y esta perla purísima y sin copia
en seno oculto de la mar fue hallada…

Mas digo mal: ni mina ni océano
de otras minas u océanos se apartan:
Sólo el secreto del amor se expresa
en lengua de los hombres ignorada.

Soy así

¿Que yo del vino soy devoto ciego?
Y bien, lo soy.
¿Que soy infiel, idólatra del fuego?
Y bien, lo soy.

Cada uno de mí en su idea fía;
mas yo, dueño de mí, tengo la mía:
Soy lo que soy.

El vino del amor

Mi pobre corazón de angustia herido
y de locura, no podrá curarse
de esta embriaguez de amor, ni libertarse
de la prisión donde quedó sumido.

Pienso que el día de la creación
en que el vino de amor fue al hombre dado,
el que llenó mi copa fue esenciado
con sangre de mi propio corazón.

Reseña biográfica 

Nació en Nichapur, Persia, hacia el año 1040 de la era cristiana, y vivió cerca de ochenta años.
Libertino, sibarita, ácido, místico y profeta, estudió Matemáticas y Astronomía, reformó el calendario musulmán, cultivó el Derecho y las Ciencias Naturales, pero todo le resultó insuficiente a la hora de resolver el misterio del Universo, las pasiones humanas y la existencia misma.
Se destacó en el plano de las letras por sus famosas «Rubaiyat», que constituyen  una alabanza al brindis, una enorme plegaria fragmentada en estrofas que remiten a la celebración del vino y del goce del instante, frente a la finitud de la vida. ©

http://amediavoz.com/khayyam.htm

KHAYYAM2