Correr y correr

En África todas las mañanas el venado despierta sabiendo que debe llegar a correr más rápido que el león si quiere seguir vivo.
Todas las mañanas el león despierta sabiendo que debe correr más que el venado si no quiere morir de hambre.
Conclusión: no hace diferencia si Usted es venado o león; cuando el sol salga usted tiene que empezar a correr por sus sueños.

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Tomado del Fb

El cuervo y el conejo

Un cuervo está sentado en un árbol el día entero sin hacer nada. Un pequeño conejo ve al cuervo y le pregunta:
– ¿Puedo sentarme como tú y no hacer nada todo el día?
El cuervo responde:
– Claro, ¿por qué no?
El conejo se sienta en el suelo debajo del árbol y se relaja. De pronto una zorra aparece y come al conejo.
Conclusión: para estar sentado sin hacer nada, Usted debe estar en la cima.

 

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LECTURA SABATINA: La fábula del Cuervo y el conejo…

Las cinco vocales

Un señor llamado Blanco Sánchez que un día vio en televisión a una escritora diciendo que, «murciélago» es la única palabra en nuestro idioma que tiene las cinco vocales, escribió:
<<Acabo de ver en la televisión estatal a una escritora diciendo que, “murciélago” es la única palabra en nuestro idioma que tiene las cinco vocales.
Mi estimada señora, piense un poco y controle su “euforia”. Un “arquitecto” “escuálido”, llamado “Aurelio” o “Eulalio”, dice que lo más “auténtico” es tener un “abuelito” que lleve un traje “reticulado” y siga el “arquetipo” de aquel viejo “reumático” y “repudiado”, que “consiguiera” en su tiempo, ser “esquilado” por un “comunicante”, que cometió “adulterio” con una “encubridora” cerca del “estanquillo”, sin usar “estimulador”.
Señora escritora, si el “peliagudo” “enunciado” de la “ecuación” la deja “irresoluta”, olvide su “menstruación” y piense de modo “jerárquico”.
No se atragante con esta “perturbación”, que no va con su “milonguera” y “meticulosa” “educación”.
Y repita conmigo, como diría Cantinflas: ¡Lo que es la falta de “ignorancia»!>>

Tomado del Fb, -amantes de la ortografía-

https://www.facebook.com/groups/285758135492450/

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La primera cana de Gustavo Masso

Cuando la señora se descubrió la primera cana, quiso arrancársela de un tirón, pero como el odioso pelo blanco se prolongaba, tiró y tiró, mientras su cuerpo se destejía, hasta que sólo quedó una niña que lloraba asustada.

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Descuido de Gerardo Cornejo M.

El brahamán, espiritual y etéreo, caminaba por la selva cuidadosamente, casi flotando, para no atender contra ninguna forma de la vida. Inmerso en el mundo de lo minúsculo, cuidaba de no pisar las hormigas y los gusanos; de no rozar las alas de las mariposas con las faldas de su túnica anaranjada; de no triturar los insectos bajo sus sandalias.
Por eso, no se dio cuenta de que, sigilosamente, salía de la espesura el tigre que lo devoró.
Tomado de la revista «El cuento»
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Reconciliación de María José Barrios

– Deja pasar un par de días, no la llames, no le cojas el teléfono. Luego ve a hablar con ella, pero muéstrate frío, distante e incluso cruel en un momento dado. Como si nada de aquello fuera contigo. Utiliza palabras duras, no hagas la más mínima concesión. Dile que no sabes de qué te habla, que son todo imaginaciones suyas. Deja que te grite, que te golpee, que te arañe, que te muerda, que te amenace. Échale la culpa de todo, deja que se derrumbe. Humíllala, apriétale un poco más -solo lo justo-, y entonces empieza a mostrarte algo más comprensivo. Dile algo cariñoso, juguetea con su flequillo. Abrázala, deja que se sienta bien por unos minutos. Convéncela de que te necesita. Miéntele, dile que la quieres. Y solo al final, si lo consideras necesario, le dices que la perdonas.

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Recordando a Don Renato Leduc

https://www.eluniversal.com.mx/opinion/mochilazo-en-el-tiempo/renato-leduc-y-el-amor-por-su-cantina-la-jalisciense

 

 

http://elrincondelosfilosofos.blogspot.com/2011/04/y-todo-por-cogerse-unas-putas-de-toston.html

 

Y si algún lector tiene el texto o sabe donde encontrarlo,  manden la infor, no sean ojo.

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Elena Poniatowska

Renato Leduc, Prometeo sifilítico

El Prometeo sifilítico nació en contra del Prometeo liberado de José Vasconcelos. Renato Leduc había leído las tragedias de Sófocles y de Esquilo hasta sabérselas de memoria, y su fuerte era la literatura griega. Como las enfermedades venéreas abundaban en los años veinte y treinta, Renato se inspiró en ellas. En el Prometeo encadenado, de Esquilo, éste le roba el fuego a los dioses para dárselo a los hombres; en el Prometeo sifilítico de Luduc le roba a los dioses sus secretos eróticos:

 

Transido de dolor

Yo enseñé a los mortales industriosos

Cuarenta y seis maneras de joder.

Tal es, dulces deidades, mi delito:

tal es el crimen de que se me acusa;

por él se quiere convertirme el pito

en una inútil cafetera rusa.

París y el surrealismo

Renato siempre puso más énfasis a las parrandas y a la vida de bohemia que a la soledad y el rigor que impone la creación llamada literaria. El periodismo se lo tragó, y su periodismo es más circunstancial y menos rescatable que el de José Alvarado, por ejemplo. Uno puede preguntarse desencantado qué queda de Francisco Martínez de la Vega, de Rafael Carrillo, de Elvira Vargas, todos extraordinarios periodistas. Pero hay un aspecto de Renato desconocido: el del diplomático, el que se inclina con singular cortesía y savoir faire frente a jefes de Estado y miembros de la familia real.

Fue un gran representante de México que todos recordaban en París, porque hizo amigos buenos y duraderos. Narciso Bassols lo escribió según lo consigna José Ramón Garmabella en su Por siempre Leduc. »Es hombre de muy raros méritos. Bohemio -esto es lo único que saben de él los que con el trasnochan-, es el primero en estar en su oficina; y gracias a él los embajadores tenemos el sueldo en las manos el día preciso, y hombre desenfadado, nadie maneja cualquier situación política o diplomática con más tacto y con la exquisita educación mexicana cuando debe dejar su lenguaje militar».

Renato trató a los surrealistas: André Breton (»alto, corpulento y melenudo»), Yves Tanguy, Paul Eluard, Louis Aragon y Elsa Triolet, Pierre Mabille y Benjamín Péret, que hacía pareja con Remedios Varo. Conoció en un café de Montparnasse a Leonor Fini, que llegó una noche acompañada por una de las pintoras más decisivas en el arte del siglo XX (y XXI): Leonora Carrington. Testigo de la entrada de los alemanes en París, Renato asistió a las primeras presentaciones de Edith Piaf, quien pretendió enseñarle la vida en rosa. Picasso le preguntaba por su buen amigo Diego Rivera y por el muralismo mexicano.

Renato vivía en el hotel Saint Pierre, en el centro mismo del Quartier Latin y a un lado de la Escuela de Medicina, célebre por los originales desmanes de estudiantes en sus bailes de fin de año. En ese Barrio Latino, Renato recibió a mexicanos de la talla del astrónomo Luis Enrique Erro (»un hombre en verdad inteligente»), con quien compartió amiguitas y parrandas. Cuenta Renato que Erro era socio de una agrupación europea que se denominaba Amigos de las Estrellas Variables, y un día le preguntó:

-Oyeme, mano, Ƒy por qué eres amigo de las estrellas variables y no de las fijas?

Luis Enrique respondió:

-Porque un error cualquiera puede atribuirse a la naturaleza misma de las estrellas.

José Alvarado (otro personaje igualmente entrañable sobre quien todavía esperamos un libro) llamaría más tarde a Renato gran jefe pluma blanca. Renato se casó con Leonora Carrington, porque era la única manera de sacarla de España. Ambos estaban en Portugal; Lisboa era un nido de agentes de la Gestapo. Leonora esperaba una visa mexicana que tardaba en llegar. El matrimonio con Renato solucionó el problema. Ella se quedaría en Nueva York, pero una vez allá, después de un accidentado viaje en el Exeter, decidió seguirse a México con Renato y vivieron un año juntos en un barrio que Leonora siempre consideró peligroso. Por ello, Leonora pidió un perro guardián ya que Renato salía y la dejaba sola.

Comentarios sexistas

Amigo de Antonio Arias Bernal, El Brigadier; de Alejandro Gómez Arias, de Pepe Alvarado, de El Chango García Cabral, de José Pagés Llergo y de toda la vieja guardia del periodismo mexicano, Renato cuenta que una de sus novias se alarmó visiblemente cuando le dijo que salía a París y le rogó: »Por favor, no te vayas a París, pues con lo mujeriego y lo borracho que eres allá te vas a perder». Lo cierto es que Renato era mucho menos mujeriego que su leyenda; sabía apreciar un buen vino de Burdeos, pero jamás fue borracho. Utilizaba, eso sí, el lenguaje sexista de la época, porque cuando las calles de México se llamaban del Esclavo, de la Amargura y del Campo Florido, los hombres presumían mucho sus conquistas. Renato decía: »Las mujeres deben ser como un buen toro de lidia, ni muy reservadas (que no embistan) ni muy pregonadas (que embistan al primer capotazo), o sea, ni muy inteligentes ni muy pendejas». Sus comentarios son anteriores al Women’s Lib y a la defensa de los gays, y tienen mucho de grito a media canción ranchera, pero curiosamente nadie se lo toma a mal.

Pocos hombres pueden decir que se sienten satisfechos con su vida. Renato (novelista frustrado) alegaba que la mejor novela que había leído era Los bandidos de Río Frío, y escribió: »He llegado hasta donde podía llegar; he corrido cuanto podía correr; he atravesado esta llanura, a ratos plácida, tormentosa a ratos, cabalgando en el lomo tornadizo de lo transitorio y lanzando ligeras azagayas de displicencia sobre esto y sobre aquello.

»Estuve en un tris de ser héroe, porque como solía decirme Dolores, la de la cabellera impecable: ‘Con esas piernas tan largas que tú tienes, se llega a cualquier parte… Ƒno ves a Lindbergh?’ […]

»Corrí, corrí por la llanura, frenéticamente alegre, sin saber por qué; sólo de vez en vez recuerdo que reían los coyotes con tal desolación… sólo de cuando en cuando lloraba la luna en tal forma contenciosa, que una tristeza sub-lunar me llenaba el corazón y veíame precisado a sacudirla arrojando al haz del desierto este grito a todas luces estentóreo: šviva México, jijos de la chingada!»

Genio y figura hasta la sepultura. Renato Leduc se ganaba la vida con su verbo pero jamás se consideró poeta. Trató a su poesía sin benevolencia, en cuanta entrevista, en cuanta charla posible; la hizo menos. La palabra »prestigio» no existió para él.

Pedro Vargas, Marco Antonio Muñiz y José José cantaron su soneto sobre el tiempo que recorrió los salones de baile, los cabarets, las plazas, las calles de México musicalizado por Rubén Fuentes. Entonces los choferes de taxi, los taqueros y las meseras empezaron a pedirle a Renato su autógrafo, pero Renato trató a su propia obra poética como a una arrimada del periodismo que ejercía a diario.

Como dice Carlos Monsiváis: »Así, la autodenigración haya sido tan convincente que a su muerte los comentarios destacan sin cesar al personaje y sólo mencionan de paso al poeta que sí fue y es extraordinario:

[…]

 

Si usted me permitiera, yo le daría mi nombre

Soy un hombre de pluma y me llamo Renato,

Lo de la pluma es subsidiario en el hombre

Mas tengo un porvenir color permanganato».

 

Carlos Monsiváis, prologuista de la Obra completa de Leduc, afirma que al Renato que presenció la invasión nazi en París lo aguardaba en México, »gracias a la difusión oral de sus poemas y su leyenda, el destino temible: convertirse, gracias a su rechazo de la institucionalidad, en institución.»

Hoy la leyenda de Renato Leduc recorre no sólo la redacción de los periódicos y esas otras salas de redacción que son bares y cantinas y antesalas de secretarías de Estado, sino el canto grande de la poesía mexicana en el que Renato Leduc ocupa un lugar único. Es como lo dijo Salvador Novo en 1938 y lo consigna Edith Negrín, »maravilloso, genial, exquisito poeta».

Renato sigue siendo leyenda por donde quiera que se le mire, y la leyenda del personaje singular que le ganó al poeta es una poderosa razón para que Edith Negrín rescate su obra completa, Monsiváis la prologue y el Fondo de Cultura Económica la edite.

https://www.jornada.com.mx/2002/02/25/05aa1cul.php?printver=1

Acerca de romper

«Rotura» se emplea para realidades materiales y «ruptura» para inmateriales.
Ejemplo: rotura del hueso
ruptura del pacto.

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La X por Olga María Sain

Aprendimos que la X es un número desconocido en las matemáticas, pero hoy en día encontramos la X como algo desconocido en cualquier parte de nuestra cultura, “el precio X”, “el archivo X”, “el proyecto X”, etc.
Pero, ¿de dónde proviene exactamente el número incógnito representado por la X? El idioma árabe es un idioma de pensamiento lógico por supremacía. Escribir una oración en el idioma árabe es como escribir una ecuación porque cada elemento, palabra, o frase es extremadamente preciso y conlleva una gran cantidad de información.
Hoy en día, en el mundo occidental,
lo que nos viene a la mente cuando pensamos en las matemáticas, las ciencias y la ingeniería, es en realidad, lo que nació en las primeras centurias de la era moderna. Todo surgió con los estudios de las matemáticas, que fue desarrollada por los persas, los árabes y los turcos. Esto incluye el sistema llamado الجبر (alyábra), y “alyábra” sencillamente constituyó el sistema para reconciliar un par de miembros iguales en las matemáticas”.
Alyábra” finalmente pasó a las lenguas europeas como “Álgebra”.
Los textos árabes que contenían las sabidurías matemáticas finalmente llegaron a Europa a través de España.
Esto sucedió entre los siglos XI o XII de nuestra era y una vez que llegaron esos conocimientos, hubo un tremendo interés de traducir estas sabidurías matemáticas a las lenguas europeas.
Sin embargo, hubo un gran problema. Había algunos sonidos árabes que no existen en las lenguas europeas. También, hubo problemas ortográficos. En las lenguas europeas no existía ninguna letra del alfabeto romano que representara algunos de los sonidos árabes.
Uno de los culpables es el sonido de la letra árabe ش (shin) y esta es la primera letra de la palabra (شيء) que significa “algo”, en este caso “algo indefinido o desconocido”. En árabe el artículo definido “El” antecede a esa palabra para referirnos a “lo desconocido” (الشيء) y esta es una palabra muy frecuente que aparece en esos primeros textos matemáticos.
El problema con los traductores
medievales españoles con respecto a esta palabra era que la misma no podía ser traducida a los textos matemáticos en español. No existían las letras correspondientes en nuestro idioma para ese sonido. Así que tuvieron que adoptar de manera convencional el sonido de la letra griega K para representar la letra (ش) y la K griega era muy parecido a una X.
Más tarde, cuando este material fue traducido a las lenguas europeas, la letra latina K fue reemplazada por la X. Una vez que esto sucedió se creó la base del acertijo de la X matemática durante más de seiscientos años.
De esta manera, tenemos la respuesta del porqué la X es la representación de lo desconocido en las matemáticas.
El término X es lo desconocido porque simplemente el sonido árabe (ش) no pudo ser transcrito en los textos medievales españoles por los escolares matemáticos.
En otras palabras, ¿por qué la X representa lo desconocido, matemáticamente hablando?
La X es lo desconocido en las matemáticas porque no se puede decir el sonido (ش) en español. Y así de simple, surgió el término X en las matemáticas.
Tomado del Fb (amantes de la ortografía)
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¡Diles que no me maten! Rulfo

¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.
-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.
-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
-No.
Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.
Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:
Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:
-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
Y él contestó:
-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.
“Y me mató un novillo.
“Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
“Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
“Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:
“-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.
“Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida . No fue un año ni dos. Fue toda la vida.”
Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. “Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.
Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.
Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.
Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.
Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.
Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: “Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos”, iba a decirles, pero se quedaba callado. “Más adelantito se los diré”, pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.
Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.
Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.
Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.
Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
-Mi coronel, aquí está el hombre.
Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:
-¿Cuál hombre? -preguntaron.
-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.
-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.
-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.
Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:
-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.
“Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.
Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:
-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates…!
-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.
-…Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!.
Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
En seguida la voz de allá adentro dijo:
-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.
Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

Para comprender a J. Rulfo, dos libros bastaron para hacer historia

En las décadas de 1940 y 1950, México vivía una época de cambios, cuyo rasgo principal era el haber dejado atrás la Revolución mexicana. El país da­ba señales de desarrollo: su población y producción crecían. El Distrito Fede­ral se rulfo_juanconvertía en una ciudad moderna, y las universidades se multiplica­ban. Sin embargo, el campo se despoblaba, porque la reforma agraria se ha­bía detenido y aumentaba la marginación de los desposeídos.
Había concluido la época de las luchas encabezadas por caudillos, como Emiliano Zapata y Francisco Villa -que habían sido asesinados-, y se suce­dían presidentes que ya no eran militares revolucionarios, pero que pertene­cían al único partido con poder real, el Partido Revolucionario Institucional (PRI). La sociedad estaba despolitizada.
Los intelectuales mexicanos adoptaron dos posturas frente a esta situa­ción. Los que adherían al oficialismo consideraban que la revolución había producido los cambios que se buscaban, por lo tanto era una etapa conclui­da cuyos temas y estética ya no eran representativos. Influidos por el Exis­tencialismo, cuestionaban la existencia de un “ser mexicano” y proponían la necesidad de una expresión subjetiva y universal.
Otros creían que la revolución no había dejado resultados positivos, pues sus metas no se habían alcanzado o, peor aún, habían sido traicionadas. Con­cebían el arte como un camino para manifestar una posición crítica.
La narrativa de Juan Rulfo
En el medio de estas posturas, se ubicó la obra de Juan Rulfo. Si bien su narrativa se caracterizó por expresar la realidad del hombre mexicano, su drama existencial concreto y producto de su historia, no hizo un re­lato de los hechos de la Revolución, ni una literatura panfletaria. Plan­teó un conflicto subjetivo con raíces en la historia mexicana.
Situó sus cuentos indistintamente dentro de la Revolución o fuera de ella.
No narró “la Revolución” sino que mostró hombres, mexicanos concretamen­te, que eran el resultado de la historia de su país. Los hizo transitar escenarios realistas, pero que adquirían un carácter de símbolo de esa misma historia. Por ejemplo, el campo yermo representa los ideales que habían dejado de tener el sentido que los originó; los pueblos incendiados, la destrucción por la destruc­ción misma y la lucha de pobres contra pobres.
Por esta razón, el “aquí” y el “allá” se mezclan en un espacio indefinido, y el pasado y el presente parecen ser uno en su obra. El mecanismo para negar la espacialidad y la temporalidad es insistir en ellas. Mediante una continua referencia a lugares determinados y al tiempo cronológico, demuestra su intrascendencia o su paralización, pues nada cambia, por más que el tiempo pase y los lugares difieran. Por ejemplo, en “El Llano en llamas”, aparecen referencias constantes a lugares específicos y al paso del tiempo: “Hacía cosa de ocho meses que estábamos escondidos en el escondrijo del cañón del Tozín, allí donde el río Armería se encajona … “.
Sus personajes son campesinos, gente simple, que hablan como el mexica­no común con sus mexicanismos, vulgarismos y características propias de un registro coloquial; pero su sentir coincide con el del resto de los hombres de la época, que viven la angustia de ver destruido todo lo que creen verdadero. En esta síntesis entre lo local y lo universal, reside el valor de la obra de Rulfo.
Los cuentos de El Llano en llamas están uni­dos por coincidencias temáticas: la imposibilidad humana de escapar de un destino prefijado, la conciencia de culpa, el miedo a ser condenados, la guerra sin un sentido claro. Por esto, los perso­najes se someten a lo que les toca vivir sin queja al­guna. Son seres frágiles y mortales, que viven en ten­sión entre la desesperanza y la esperanza, a quienes, inevitablemente, toda ilusión se les frustra. Esta es, para Rulfo, la esencia del hombre americano.
Frente a una realidad que no puede cambiar y que le es adversa, este hombre se encierra en sí mis­mo, no se comunica con el otro, aunque este otro comparta su circunstancia. Si el acontecer histórico ha perdido el sentido, no queda otra posibilidad que resignarse; por lo tanto los personajes se paralizan, no reaccionan; por el contrario, adoptan una actitud contemplativa frente a lo inevitable: los comportamientos violentos no son reacciones, sino un modo de sometimiento a la fuerza de la costum­bre. No hay esperanza de cambio posible, sólo se vislumbra el fracaso.
Los protagonistas de estos cuentos no actúan, recuerdan. La inten­ción es mostrar la subjetividad del personaje, su propia existencia, y para ello el narrador en primera persona que monologa o habla con un inter­locutor silencioso es el modo de expresión más preciso. Frente a la nada del mundo exterior, su soliloquio es el camino para entenderse, para encontrarle algún sentido a la vida, aunque finalmente no lo logre. El recuerdo es la ma­nera de reconstruir su vida, pero tiene un carácter fragmentario y desorgani­zado. Por eso, el relato no sigue un orden cronológico, constituye una serie de imágenes desordenadas en las que el tiempo parece estar suspendido.
El espacio y el tiempo
Si no hay progresión temporal, no hay vida. Este tratamiento del tiempo es una forma de expresión de la falta de expectativas: no se diferencia el pa­sado del presente, ni hay alusiones al futuro, pues este no existe. El tiempo es circular: lo que ya ocurrió es igual a lo que está ocurriendo y a lo que ocurrirá. El hombre vive la situación en la que se encuentra y es inca­paz de alterarla, le viene impuesta por fuerzas exteriores que él no maneja.
También, el espacio generalmente se presenta difuso, ya que no importa dónde esté el personaje. No es el lugar el que lo determina, cualquier sitio es igual para mostrar su interioridad. De este modo, el espacio no es marco, es símbolo del acontecer monótono, reiterativo.
Más aún: el personaje mismo se presenta borroso en su apariencia exterior. No se lo describe, apenas se esbozan sus rasgos. Se trata, en reali­dad, de una ausencia del afuera tanto espacial como personal. Esta indeter­minación del tiempo, el espacio y la apariencia externa refuerzan la vi­sión de una realidad carente de sentido.
Esta visión se ve reforzada, además, por el tono monocorde y reiterativo que emplea el narrador-personaje.
EI Llano en llamas”: la identidad perdida
El “ser americano” se caracteriza por la presencia de la violencia y de la muerte ya desde la Conquista, considerada por el crítico ruso Tzve­tan Todorov como “el mayor genocidio de la historia”.
En México, la familiaridad del pueblo con la muerte se remonta aún más atrás: a los aztecas. Para ellos, morir sólo era pasar a otro estado de una mis­ma realidad, por ello eran frecuentes los sacrificios humanos en los que los sacerdotes extirpaban el corazón a las víctimas para ofrecérselo a los dioses. Esta relación de familiaridad con la muerte permanece hasta hoy en fiestas populares, como la del Día de los Muertos, y en los corridos, como el que inicia “El Llano en llamas”.
El enfrentamiento del blanco con el indio y, luego, del mestizo con el indio se evidencia en la lucha entre latifundistas y campesi­nos, en eterna disputa por la posesión de la tierra.
El mestizaje ra­cial y cultural es otra clave del ser americano. Hombres que se preguntan quiénes son y fluctúan entre el blanco y el indio, entre el dominador y el dominado, en una lucha que se libra en su interior (planteos de conciencia) y en el exterior (enfrentamiento de bandos).
La Revolución mexicana fue una muestra de esta realidad. En 1910, Francisco Madero lideró la oposición a la dictadura del conser­vador Porfirio Díaz. Lo secundaron los caudillos Orozco, Villa y Za­pata, quienes, por perseguir antiguos anhelos populares, gozaban de la adhesión de los campesinos. Se inició así la Revolución en procura de la distribución equitativa de la tierra y de la independencia políti­ca y económica. Sin embargo, estos ideales no se concretaron, y esto desembocó en constantes luchas internas entre los que los sostenían y los que los olvidaron. Estos enfrentamiento s singularizaron la Re­volución, cuyos objetivos comenzaron a alcanzar se recién veinte años después.
“El Llano en llamas” es uno de los pocos cuentos de Rulfo que se ubica en un contexto histórico determinado: la Revolución mexicana. La lucha entre los federales y los revolucionarios se da en tales circunstancias. Sin embargo, en “El Llano en llamas”, la Revolución no es tema sino que está entre­tejida en la vida de los personajes, quienes son su resultado.
No se plantea jamás el motivo de la lucha (” … no tenemos por ahorita ninguna bandera por qué pelear, debemos apuramos a amontonar dinero … “), que queda re­ducida al robo, las matanzas, los asesinatos y la destrucción gratuitos. Por ejemplo, el incendio de los maizales sólo se realiza por la fuerza de la costum­bre y hasta por placer: “Así que se veía muy bonito ver caminar el fuego en los po­treros; ver hecho una pura brasa casi todo el Llano en la quemazón aquella { .. }”.
El narrador protagonista, Pichón, es un revolucionario singular y, a la vez, el prototipo de los revolucionarios. Desde su recuerdo, se conoce su pro­pia vida y la de los que lo rodean. Es el reflejo del mexicano: un ser perdi­do que transita su vida mecánicamente, impulsado por la fatalidad, an­te la que se resigna. Es un títere manejado por otros. Representa a los insu­rrectos y a los mexicanos que buscan, como niños, un padre (Pedro Zamora) que se haga cargo de ellos, que los guíe y que tome decisiones en su lugar.
Pichón siente que todo da lo mismo, que la cir­cunstancia en la que se encuentra le es ajena: ” El subjuntivo (“hubiéramos”) enfatiza la conciencia de que existe otra posibilidad no realizada, porque todo se reduce a acatar lo establecido sin cuestionarlo.
De esta manera, Rulfo muestra al mexicano y, en él, al ser humano de su época, porque la re­volución o las dos guerras mundiales son situa­ciones similares: el presente es incierto, no hay expectativas de futuro y la vida propia ajena no tiene valor.
Aunque por momentos los personajes parecieran tener esperanzas, estas se pierden. La mujer de Pichón destaca que su hijo, que significativamente lleva el mismo nombre que su padre, no es ningún bandido ni ningún asesino”. Sin embargo esta diferencia, que posibilitaría una vida mejor, es negada por una afirmación anterior del propio Pichón: “Era igualito a mí y con algo de maldad en la mirada. Algo de eso tenía que haber sacado de su padre”.
En definitiva, los personajes repiten acciones sin sentido que los condenan, una y otra vez, al fracaso. Esta reiteración, esta sensación de estar en un círculo cerrado, se logra mediante el tratamiento del tiempo y del espacio.
Pi­chón recuerda desde un presente que se confunde con el pasado: el uso del ad­verbio “ahora” remite tanto a uno como a otro. “Aquí” y “allá” se usan indistintamente para referirse a espacios y a tiempos cercanos o lejanos con respec­to al presente del relato.
Por otra parte, las secuencias que conforman el cami­no hacia el fracaso del grupo de Pedro Zamora están ubicadas en un momento preciso del día: mañana, mediodía, noche. Pero el tiempo global es impreciso.
El uso indistinto de los adverbios y la imprecisión temporal convierten al pasado en un presente continuo, en el que Pichón intenta recuperar lo único que parece tener importancia en su vida: la Revolución.
Además, es significativo el uso frecuente del verbo “parecer”: nada “es”, todo lo que afirma después lo niega, lo contrarresta o atenúa con el nexo “pero”:
Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver. Ahora se veía a leguas que nos tenían miedo. Pero nosotros también les teníamos miedo… no nos dimos cuenta de la hora en que ellos aparecieron por allí. Cuando menos nos acordábamos aquí estaban ya,mero enfrente de nosotros, todos desguarnecidos. Parecían ir de paso, ajuareados para otros apuros y no para este de ahorita”.
La repetición de frases y palabras acentúa la idea de aislamiento, de ida que se ha quedado en suspenso. El personaje, volcado hacia su inte­rior, recuerda en un intento por volver a vivir. Las reiteraciones, a modo de le­ías, expresan el concepto de ausencia de evolución vital:
Más atrás venían Pedro Zamora y mucha gente a caballo. Mucha gente más que nunca. Nos dio gusto.
Daba gusto mirar aquella fila de hombres cruzando el Llano Grande otra vez, como en los buenos tiempos. Como al principio, cuando nos habíamos levantado de la tie­rra como huizapoles maduros aventados por el viento, para llenar de terror todos los rededores del Llano. Hubo un tiempo que así fue. Y ahora parecía volver”.
Mariana Blanes
https://www.academia.edu/18933404/CONTEXTO_HISTÓRICO

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Consejos de Juan Rulfo para convertirte en fantasma por Viviana Cohen

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Los fantasmas solo le contaron sus secretos a Rulfo

 

Era el año 1955, y un escritor de nombre Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno que había nacido en las profundidades de Jalisco (en un pueblo llamado Sayula para ser exactos) presentaba al mundo su primera novela Pedro PáramoUn relato poco convencional que desde el primer párrafo tuvo el don de hilvanar (con una maestría pocas veces vista) la realidad y la fantasía.

Desde aquella primera edición hasta nuestros días, seis décadas después, este libro es indescifrable. Sabemos que su sola existencia cambió todos los paradigmas de la literatura latinoamericana. Sabemos también que se escribió en tan sólo cinco meses. Juan Nepomuceno y José Arreola se sentaron una tarde, uno frente al otro, a ordenar 68 fragmentos inconexos que había escrito Rulfo en distintos momentos.

Lo que no sabemos, y nunca sabremos, es por qué Pedro Páramo fue la única obra de largo aliento que hiciera Juan Rulfo. Según lo confesó él mismo, su silencio se debió a que había muerto un tío que le contaba las historias. Muchos sospecharon que mentía, pero nadie nunca podría asegurarlo.

Rulfo Lo que tampoco sabemos es de qué lugar maravilloso nació el universo que el jalisciense inventó. Esos diálogos perfectos que por algún motivo se quedaron deambulando en el tiempo y parecen estar vivos; alguien en algún lugar los repite al infinito. Esos personajes llenos de súplicas y esperanzas iluminados por la luna, con sombras,  pasados dolorosos y redenciones y epifanías y las pupilas de los ojos enrojecidas por el campo o por el desierto.

Lo único que sí es una certeza es que si los fantasmas existieran, al único que le contaron sus secretos fue a Juan Rulfo. Basta leer sus delirios, sus poesías, sus ensueños para poder bajar al inframundo y codearnos de cerca con las ánimas atormentadas.

Dicho todo lo anterior,  hemos creado una lista con algunos pedazos de Pedro Páramo, útil para cualquiera que tenga la inquietud de con convertirse en un fantasma eventualmente.

 

Vete a buscar a ti mismo al mismo infierno

Mejor si se llama Comala…

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“Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. “

Sin saber por qué Juan Preciado sigue diligentemente el último deseo de su mamá y un día se va caminando al pueblo de su progenitor. Sólo al llegar entiende (sin saber por qué) que Comala no es como ningún lugar que ha conocido antes. Ahí sólo es escuchan susurros, y la gente va diciéndose a sí misma soliloquios. Ahí sólo hay el barullo de otra época; plazas vacías, casas abandonadas, un terreno baldío.

Comala es más bien un purgatorio; un sitio en el que los vivos no son admitidos y los muertos no pueden escapar. Una región invisible en la que todos son los hijos de Pedro Páramo.

 

Olvídate los rostros, acuérdate de los pesares

Lo único que quedará son tus emociones…

rulfo Más que un municipio devastado por el paso implacable de la Revolución, Comala es un purgatorio habitado por ánimas que han muerto en pecado. Como buenos espíritus van por ahí sin cara, sin cuerpo, pero con todos los recuerdos de lo que fue su existencia muy nítidos. Estos seres han dejado la vida material, y cuentan desde una tumba su infinita melancolía, sus malas decisiones. Todos son hijos de un cacique y todos recuerdan su propia historia, no tienen miedo recitarla, quizá el único poder que tienen los fantasmas reales.

 

Date cuenta que estás muerto

Eres tan sólo parte de un recuerdo …

Rulfo Los habitantes de Comala no se acuerdan que han fallecido y que sólo existen en los recuerdos de quién sabe quién. Quizá por eso, una multitud de almas andan por ahí recitando las tragedias de su vida, sin que nadie parezca escucharlas. Quizá por eso la vieja Eduviges le asegura a Juan que puede hablar con los muertos. Quizá por eso Abundio, ese viejo arriero que en un inicio le muestra el camino a Preciado, no sólo era sordo, sino que también estaba muerto. Quizá por eso los caballos andan por ahí deambulando en el campo sin jinete.

Colama es un gran cementerio de gente que no sabe que se ha convertido en un fantasma de su propia vida.

 

Siempre vuela cometas con tu amor imposible

Y nunca la olvides…

rulfo Todo ser eterio necesita un gran amor imposible. Pedro Páramo tiene el suyo; se llama Susana San Juan y según sus propias palabras “es la mujer más hermosa que se ha dado sobre la tierra”. A veces recuerda con ansiedad los años de la adolescencia que compartió con ella. Especialmente aquellos instantes en los que los dos se escapaban del pueblo para volar cometas.

“El aire nos hacía reír; juntaba la mirada de nuestros ojos, mientras el hilo corría entre nuestros dedos detrás del viento, hasta que se rompía con un breve crujido, como si hubiera sido destrozado por las alas de un pájaro”

https://mxcity.mx/2018/04/consejos-de-juan-rulfo-para-convertirte-en-fantasma/

CON EL DIABLO EN EL CUERPO — manologo

Le dijeron siempre, desde chiquito, que tenía al diablo en el cuerpo. Nunca se estaba quieto, lo rompía todo y un genio de mil demonios (como si no bastara con un solo cachudo) hacía que viviera en casi permanente estado de furia. Creció y fue para peor porque se hizo un ser imposible, al […]

a través de CON EL DIABLO EN EL CUERPO — manologo