Ayyy de Angélica Gorodischer

Ayyy
Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era su marido. .
-¡Ayyyy! -gritó ella- ¡pero si vos estás muerto!
Él sonrió, entró y cerró la puerta. Se la llevó al dormitorio mientras ella seguía gritando, la puso en la cama, le sacó la ropa e hicieron el amor. Una vez. Dos veces. Tres. Una semana entera, mañana, tarde y noche haciendo el amor divina, maravillosa, estupendamente.
Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era la vecina.
-¡Ayyyyy! -gritó la vecina-, ¡pero si vos estás muerta! -y se desmayó.
Ella se dio cuenta de que hacía una semana que no se levantaba de la cama para nada, ni para comer ni para ir al baño. Se dio vuelta y ahí estaba su marido, en la puerta del dormitorio:
-¿Vamos yendo, querida? -dijo y sonreía.

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Balthus pintura
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001

La feria de Rocío Orovengua León

El hombre luce una inquietante sonrisa. «¿Otra?» Noto la sorna en su voz. Todo empezó porque Luisa quiso que ganara para ella ese estúpido oso. He perdido la cuenta del tiempo y el dinero que llevo intentándolo. Apunto a la diana, sujeto la escopeta, disparo… y fallo otra vez. Luisa me suplica que lo deje. «¿Otra?» El hombre sigue sonriéndome con ironía. Ya no oigo la música de las atracciones ni el murmullo del gentío ni las súplicas de Luisa, sólo la burla en su voz. Sujeto la escopeta, apunto y un segundo antes de disparar, sé con infinita certeza que esta vez no erraré el tiro.
Camille Pizarro
Pizarro Camille

El viaje de Ednodio Quintero

Al fin, después de tantos años la pareja estuvo lista para iniciar el viaje. Todos los preparativos anteriores se habían frustrado ante un olvido de último momento. Esta vez habían tomado en cuenta el más mínimo detalle. Conservaban el propósito de partir sin que sus vecinos se enteraran. Sin embargo en la esquina se arremolinaba un montón de curiosos cuando pasó el coche fúnebre.

Biografía

Ednodio José Quintero Montilla nació en Las Mesitas, Trujillo, Venezuela el 11 de marzo de 1947. Se mudó a Mérida, en 1965, para estudiar Ingeniería Forestal. Ha sido profesor en la Escuela Nacional de Artes Audiovisuales de la Universidad de Los Andes, y fue promotor de diversos proyectos culturales en Mérida como la revista y editorial Solar, el taller literario TAL y la Bienal Nacional de Literatura «Mariano Picón Salas».

Publicó en 1974 su primer libro de cuentos, La Muerte Viaja a Caballo, le siguieron Volveré con mis Perros, de 1975 y El Agresor Cotidiano, de 1978. Tras una crisis personal, no volvió a publicar hasta 1988 los cuentos La Línea de la Vida, y su primera novela La danza del jaguar, de 1991. También ha escrito novelas cortas como La Bailarina de Kachgar, de 1991; El rey de las ratas, de 1994, y El cielo de Ixtab, de 1995 y los libros de cuentos Cabeza de cabra y otros relatos, de 1993, El combate, publicado en 1995, y El corazón ajeno, en 2000, y la novela Lección física, a la que siguieron Mariana y los Comanches, de 2004; Confesiones de un Perro Muerto, de 2006; El Hijo de Gengis Khan, de 2013 y El amor más frío que la muerte, de 2017.
Ha publicado también los ensayos: De narrativa y narradores (1996) y Visiones de un narrador (1997) y dos guiones cinematográficos: Rosa de los vientos (1975), Cubagua (1987).

Minificción: Nina Berbérova

25/05/2017

 

Rusia, 1901 – USA, 1993. Biógrafa, periodista, una de las narradoras rusas más importantes. Emigró a Francia en los años 20 y luego en los años 50 a Estados Unidos. Publicó muchos libros de narrativa y memorias. Los textos que aquí reproducimos pertenecen a “El cuaderno negro”, última parte de sus memorias 

Junio (1941)

G. y su mujer son nuestros vecinos (su hija sale con soldados alemanes). Al otro lado de nuestra cerca, ya en terreno de G., crece un joven ciruelo. Está completamente inclinado hacia nuestro lado y, por tanto, sus frutos, maduros y dulces, caen en casa. Debe de haber unas cien libras. A la casa vecina no cae ni uno. Encontré a la mujer de G. y le dije que viniera a casa a coger fruta cuando quisiera. Nosotros la recogemos a diario y hago compota para el invierno ya que es imposible hacer mermelada por falta de azúcar. Sin embargo, la vecina no vino y, un buen día, al salir al jardín, vi que G. había cortado el maravilloso arbolito. Allí yacía, al otro lado de la cerca, con sus frutos, destrozado y muerto. “Es pura maldad”, dijo Marie-Luise. No recogían las ciruelas y lo hicieron “por pura maldad”. El árbol quedó allí, en aquel estado, hasta que los pájaros se comieron todas las ciruelas y las ramas se desecaron. Cada día, contemplábamos durante un buen rato las hojas retorcidas, el tronco quebrado, delgado y duro. Por más que reflexionamos sobre lo sucedido no logramos dar con una explicación plausible que lo justificara y llegamos a la conclusión de que G. solo pudo haber actuado llevado por un odio feroz hacia nosotros.

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Abril (1942)

Relato de una madre y una hija, ambas francesas

En junio, huyeron de los alemanes. La madre es una aristócrata y la hija le es totalmente sumisa. Llegan a una granja abandonada y empiezan a ordeñar a las vacas que van hacia ellas mugiendo para que las ordeñen. En el sótano, encuentran a un senegalés herido, al que reaniman y curan. Una vez sano, el senegalés se convierte en su criado. Es un hombre maravilloso, servicial, semianalfabeto, tierno, en una palabra, una especie de príncipe Mishkin negro. Las dos mujeres, que ya no son jóvenes, recobran repentinamente el placer de vivir. Regresan los tres a París; pero, cuando llegan a la zona ocupada, un soldado alemán mata al Negro.

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Noviembre (1942)

Basta leer dos números del periódico ruso berlinés Palabra Nueva para comprender la nulidad, el servilismo, la bajeza y la venalidad del ruso cuando intenta obtener el favor de los poderosos.

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Julio (1943)

Un apicultor vino a revisar las colmenas. Marie-Louise me contó la siguiente historia respecto a él:

Tenía treinta años y su padre sesenta. Poseían un centenar de colmenas y contrataron a una mujer para que les ayudara. Por la noche, la mujer cenó con ellos y les preguntó dónde iba a acostarse. El padre le dijo que eligiera a quien quisiera, a él o a su hijo. La mujer eligió a este último y allí se quedó. El viejo murió. Ahora ambos tienen setenta años. Antes, la mujer había vivido en París donde ejercía la prostitución callejera, en el bulevar Montmartre. Alquilaba su sitio y, cuando se marchó al campo, lo vendió muy ventajosamente.

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Agosto (1943)

La señora Chaussade y su marido se han instalado en la casa vacía del guardabarreras (hace mucho tiempo que el ferrocarril quedó exento de sus funciones). Ha acogido en su casa a tres niñas judías, a las que esconde. El Comité judío les paga la pensión. Los padres de las niñas fueron deportados a Auschwitz hace tiempo.

A veces, la señora Chaussade viene a casa con ellas. Se trata de dos gemelas de quince años, y de Regina, que tiene once. Dado que no tienen cartilla de racionamiento, la señora Chaussade decidió cultivar un huerto e incluso compró algunas gallinas. Todo hubiera ido bien si el señor Chaussade no se hubiera comportado de una manera un tanto extraña. Se encaprichó de una de las gemelas y se la sentaba en las rodillas. La señora Chaussade temía por la pequeña y se pasaba las noches errando por la casa y vigilando a las niñas. Al final, se vieron obligadas a encerrarse. El señor Chaussade degolló a las gallinas, puso un candado al huerto, no les dio comida y amenazó con denunciarlas a la Gestapo.

Fui a París y me dirigí al Comité judío donde, entre otros, trabaja P.A. Berlin. Me prometieron trasladar a las niñas a otro lugar.

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Junio (1944)

Fuimos a bañarnos a un riachuelo bordeado de sauces llorones, a tres kilómetros de Longchêne. El agua solo nos cubría hasta las rodillas, pero bastó para refrescarnos. El agua era transparente y, en el fondo, se veían los cantos rodados. N.V.M. y Marie-Louise intentaban nadar y a M. y a mí nos dio un ataque de risa. De repente, durante el camino de regreso, oímos el zumbido de los aviones: eran dos cazas norteamericanos. Nos vieron, descendieron en picado y abrieron fuego sobre el saucedal. N.V.M., Marie-Louise y M. se arrojaron al suelo, entre los matorrales, y yo, completamente vestida, me metí en el agua. Cuando los aviones desaparecieron, seguimos tumbados boca abajo durante unos instantes (yo seguía en el agua); luego, regresamos a casa, sucios, deprimidos y amedrentados.

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Septiembre (1947)

El hombre con quien ahora vivo (pero no por mucho tiempo) no es alegre, ni bueno, ni amable. Nada le salió bien, ha olvidado cuanto sabía y no ama a nadie. Poco a poco, uno también deja de amarle.

Nota sobre la autora

Nina Berberova publicó los siguientes títulos: Los últimos y los primeros (1930); La soberana (1932) La acompañante (1935); El camarero y su amiga (1937); Crónicas de Billancourt (1930-1940); Tchaikovski (1936); Borodin (1938); Sin ocaso (1938); Alexandr Blok y su tiempo (1947); Destino mitigado (1949); El cabo de las tormentas (1950-1951); El hombre pensante (1958); La peste negra (1959), entre otros. Su libro de memorias El subrayado es mío (1969) es una joya literaria y también un doloroso testimonio de los años del zarismo, la revolución soviética y la Segunda Guerra Mundial. Agradecemos al escritor y profesor Arnaldo Valero que nos pusiera en la pista de estos textos brevísimos en El cuaderno negro, última parte de las memorias de Berberova.

http://atodomomento.com/entretenimiento/minificcion-los-jueves-nina-berberova/

Despertar a la mañana — Casiopea

Comienza a despertar el día, tiene sus propios ruidos y pensamientos. A repetir el ciclo, la historia y expectativas. Que aburrida la película cuando ya la conoces y el final no cambia. Nadie espera al final del puente. Sonríe, quisa sea el último despertar de la mañana, Karonte en algun lugar aún duerme.

a través de Despertar a la mañana — Casiopea

Érase un país donde todos eran ladrones de Italo Calvino

Por la noche, cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna para ir a saquear la casa de un vecino. Al regresar, al alba, cargado, encontraba su casa desvalijada.
Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.
Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre honrado. Por la noche, en lugar de salir con la bolsa y la linterna, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.
Llegaban los ladrones, veían la luz encendida y no subían.
Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa, era una familia que no comía al día siguiente.
Frente a esas razones el hombre honrado no podía oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a robar. Era honrado, no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua.
Volvía a casa y la encontraba saqueada.
En menos de una semana el hombre honrado se encontró sin un céntimo, sin tener qué comer, con la casa vacía. Pero hasta ahí no había nada que decir, porque la culpa era suya; lo malo era que de ese modo suyo de proceder nacía un gran desorden. Porque él se dejaba robar todo y entre tanto no robaba a nadie; de modo que había siempre alguien que al regresar al alba encontraba su casa intacta; la casa que él hubiera debido desvalijar. El hecho es que al cabo de un tiempo los que no eran robados llegaron a ser más ricos que los otros y no quisieron seguir robando. Y por otro lado, los que iban a robar a la casa del hombre honrado la encontraban siempre vacía; de modo que se volvían pobres.
Entre tanto los que se habían vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Esto aumentó la confusión, porque hubo muchos que se hicieron ricos y muchos otros que se volvieron pobres.
Pero los ricos vieron que yendo de noche al puente, al cabo de un tiempo se volverían pobres. Y pensaron: “Paguemos a los pobres para que vayan a robar por nuestra cuenta”. Se firmaron contratos, se establecieron los salarios, los porcentajes: naturalmente siempre eran ladrones y trataban de engañarse unos a otros. Pero como suele suceder, los ricos Se hacían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.
Había ricos tan ricos que ya no tenían necesidad de robar o de hacer robar para seguir siendo ricos. Pero si dejaban de robar se volvían pobres porque los pobres les robaban. Entonces pagaron a los más pobres de los pobres para defender de los otros pobres sus propias casas, y así fue como instituyeron la policía y construyeron las cárceles.
De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre honrado, ya no se hablaba de robar o de ser robados sino sólo de ricos o de pobres; y sin embargo, todos seguían siendo ladrones.
Honrado sólo había habido aquel fulano… y no tardó en morirse de hambre.

ladrones

Tomado del fb

Cuando el alumno corrige al maestro

En la Facultad de Medicina, el profesor pregunta: “¿Cuántos riñones tenemos?”

-¡Cuatro!”, responde el alumno.

-¿Cuatro?”, replica el profesor, arrogante y abusivo. Ordena a su ayudante:

-Traiga un fardo de pasto, pues tenemos un asno en la sala.

-¡Y para mí un cafecito! -replicó el alumno.

El profesor se enojó y expulsó al alumno de la sala.

Al salir, el alumno tuvo la audacia de corregir al maestro:

-Usted me preguntó cuántos riñones ‘tenemos’. -Tenemos, cuatro: dos míos y dos suyos.

 ‘tenemos’ es una expresión usada para el plural. Que tenga un buen provecho y disfrute del pasto.

Tomado del Fb

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El alumno era el humorista Aparicio Torelly, conocido como el Barón de Itararé (1895-1971)

APARICIO TORELLI
* periodista; miembro ANL.
 Aparício Torelli , también conocido por el seudónimo Barón de Itararé, nació en São Leopoldo (RS) en 1895. Su madre era uruguaya. Su padre, brasileño, luchó contra la Revolución Federalista, junto con los republicanos castellanos. El conflicto, que involucró a Rio Grande do Sul, Santa Catarina y Paraná desde febrero de 1893 hasta agosto de 1895, terminó con la victoria de los partidarios del presidente Gaucho, Julio de Castilhos, que contó con el apoyo del gobierno federal.
Torelli vivió en Uruguay en la granja de sus tías hasta 1902, cuando regresó a São Leopoldo para estudiar en el Colegio Nossa Senhora da Conceição. En esta escuela, dirigida por sacerdotes jesuitas, produjo su primer periódico clandestino, The Dry Grass, en el que satirizó a sus maestros. Más tarde estudió medicina en Porto Alegre y durante el curso, en 1916, publicó su primer libro de poemas, Colillas de cigarrillo, en varios versos. En 1919 abandonó la universidad, ya en su cuarto año, y pasó el siguiente período recorriendo las ciudades del interior de Rio Grande do Sul, dando conferencias improvisadas en teatros y cines. Usando los seudónimos Aporelli y AxL, colaboró ​​en ese momento con sonetos para periódicos y revistas, como Kodak, la revista modernista, A Mascara y O Maneco, y, aún en Rio Grande do Sul, fundó el humorístico periódico O Chico.
En 1925 se mudó a Río de Janeiro, luego al Distrito Federal, donde trabajó como periodista para O Globo y más tarde en A Manhã, por Mário Rodrigues. En mayo de 1926 fundó el periódico humorístico The Morning que buscaba imitar a The Morning en el diseño de la primera página y que fue subtitulado «ataque de órganos … de la risa». Sin periodicidad fija, The Morning fue escrita casi en su totalidad por Torelli y su objetivo principal fueron los políticos de la Antigua República, lo que lo llevó a formular frases como: «El misterio de hoy puede ser el ministerio de mañana». Durante la campaña de la Alianza Liberal en 1929 y 1930, The Morning se convirtió en un suplemento del Diario Nocturno en apoyo del movimiento. Con la victoria de la Revolución de 1930, en la que participó, Torelli adoptó el seudónimo Barón de Itararé, en honor a la batalla de Itararé entre las fuerzas legalistas y las revueltas, que no ocurrió. Transformó The Morning en un órgano independiente, «que no se vende, sino que solo se intercambia por quinientos reis». El periódico consistía, entonces, en profecías de fin de año, página literaria, noticias policiales y sección de deportes, siempre con políticos como personajes principales.
En 1933, al frente del equipo de Jornal do Povo, donde también trabajaba, Torelli anunció una serie de informes sobre la vida de João Cândido, quien dirigió el Levantamiento de Chibata, una rebelión de marineros que tuvo lugar en los barcos de la Armada en noviembre de 1910, en protesta contra el castigo corporal y reclamando una mejora salarial, que fue severamente reprimida. Salieron dos de los informes planificados, pero en el tercero, Torelli fue secuestrado por oficiales de la Armada Integral y llevado a Barra da Tijuca, donde fue golpeado y luego abandonado con la cabeza afeitada y en calzoncillos. Su ropa fue entregada a la sala de prensa de O Globo y exhibida.Como resultado de este episodio, tenía un letrero publicado en la puerta de la sala de redacción del periódico People’s Newspaper: «Entra sin llamar».
En octubre de 1934 se creó un grupo en el Distrito Federal que comenzó a estudiar la formación de un frente que defendía un programa nacionalista y antifascista, que luego se constituiría como la Alianza Liberadora Nacional (ANL). Este grupo, del que formaba parte Torelli, también estaba formado por Roberto Sisson, Francisco Mangabeira, Carlos Lacerda, Manuel Venancio Campos da Paz y Benjamim Soares Cabello. Más tarde, Herculino Cascardo, Carlos Amoreti Osorio, Moesia Rolim, Trifino Correia y otros también se unieron. Las reuniones se celebraron inicialmente en el departamento de Amoreti Osorio, en la oficina de Rolim o en The Morning Newsroom. En marzo de 1935, el ANL se lanzó públicamente con la participación de miembros del Partido Comunista Brasileño (PCB), el Partido Comunista de Brasil, el Partido Socialista Brasileño (PSB) y los diversos partidos sociales democráticos estatales, así como los sindicatos. Todavía en 1935, Torelli fue miembro fundador de la Liga de Defensa de la Cultura Popular, vinculada a la ANL. En julio, la ANL fue cerrada por el gobierno.
En noviembre de 1935, una parte de la ANL bajo el liderazgo del PCB inició en Natal, Recife y Río de Janeiro una insurrección armada, que pronto fue reprimida por las fuerzas gubernamentales. Esto fue seguido por una ola de represión de la alianza, y The Morning dejó de circular en 1936, con el arresto de Torelli, acusado de participar en la rebelión. Tras el establecimiento del Estado Novo (1937-1945) en noviembre de 1937, Torelli fue compañero de celda en la prisión de la calle Frei Caneca del escritor Graciliano Ramos, quien lo citó en su libro Memorias de la prisión. En ese momento, Torelli le dijo a Graciliano que inicialmente había adoptado el título de duque de Itararé, y luego se convirtió en el barón «como prueba de modestia». Después de su liberación, fue delegado del Distrito Federal al I Congreso Brasileño de Escritores, que se celebró en São Paulo, patrocinado por la Asociación Brasileña de Escritores, del 22 al 27 de enero de 1945. El congreso, que reunió a un número significativo de intelectuales de diversos tipos. Las tendencias políticas y emitió una declaración a favor de la democracia y las libertades públicas, constituyeron una posición contundente contra el Estado Novo. En el decreto de amnistía del 18 de abril de 1945, por el cual fue beneficiado, Aparicio Torelli declaró: «La amnistía es un acto por el cual los gobiernos resuelven perdonar generosamente las injusticias y crímenes que ellos mismos cometieron».
En agosto de 1945, se unió al comité interino de la Izquierda Democrática (DE), una organización formada por disidentes de la Unión Democrática Nacional (UDN), un partido que había surgido al agregar varias tendencias políticas para oponerse al Estado Novo, pero había comenzado a adoptar posiciones más conservadoras. El ED incluyó, entre otros, Hermes Lima, Herculino Cascardo, Juraci Magalhães, João Mangabeira, Domingos Velasco y José Lins do Rego. Todavía en 1945, Torelli era socio de Arnon de Melo en un proyecto para relanzar The Morning, pero rompió la sociedad al no estar de acuerdo con el apoyo de Arnon a la candidatura de Eduardo Gomes en las elecciones presidenciales de ese año. Recreó The Morning en 1946 y en esta nueva fase el periódico tuvo entre sus colaboradores a Rubem Braga, José Lins do Rego, Aurelio Buarque de Holanda, Carlos Lacerda, Raúl Lima y Pompeu de Sousa. Torelli fue elegido concejal por el Distrito Federal, en la leyenda del PCB, en las elecciones de enero de 1947. Con la cancelación del registro del partido en mayo de 1947 y la posterior anulación de los parlamentarios comunistas en enero de 1948, perdió su mandato. En ese momento, colaboró ​​en el periódico Para Todos, una cultura quincenal brasileña dirigida por Jorge Amado, y también lanzó Almanac. La mañana duró hasta 1957, cuando Torelli dejó el periodismo para dedicarse a viajes durante los cuales daba conferencias. En 1963 visitó la República Popular de China como profesor. Unos años más tarde, enfermo, vivía en su departamento en Río de Janeiro, donde rara vez se iba.
Murió en esa misma ciudad el 27 de noviembre de 1971.

LA VELACIÓN DE LOS ANGELITOS O la “kejtzítakua zapícheri” Por Julie Sopetrán

El blog de nuestra amiga Julie tiene una riqueza enorme. Bucear en su  blog es aprender, disfrutar de lo que cuenta con sus fotos y la claridad de su palabra. A los blogueros nos sucede que lo que se cuelga en el ahora es lo que hay que leer, y no, al menos con el contenido escrito que tiene nuestra compañera, los invito a su casa y saldrán con el deseo de volver. 
                                      Niños participando en la noche de muertos con los adultos.     Foto: Julie Sopetrán
Todos los años, el primero de Noviembre, los pueblos del Lago de Pátzcuaro, se preparan para la llegada de los que vienen del otro mundo, y los niños especialmente este día van al panteón, (en España el cementerio,) para celebrar la  “kejtzítakua zapícheri”, que quiere decir Velación de los Angelitos o muertos niños, chiquitos, esta velación se hace en la mañana muy temprano y la hacen los niños y las niñas en sus respectivos lugares.
                                  Velación de Angelitos  –   Foto: Julie Sopetrán
¿Qué hacen los niños? Van a las tumbas y rezan, colocan y encienden sus velas, ponen sus flores, llevan comida, ofrecen a sus muertitos el atole, el pan de muerto, esas figuritas de azúcar, incluso el juguete preferido es muy importante.  Los niños creen que los muertos vienen de un lugar llamado Cumiehchúcuaro, que en los pueblos antiguos era el reino de los muertos.
En forma de X, hacen con carrizo un arco, lo forran de cempasúchil, esa flor amarilla de la que ya he hablado y en purépecha se llama “tiringuini tzitziqui”, en estos arcos o estandartes se cuelgan muchas cosas: frutas, pan, flores, figuras de alfeñiques, calaveritas de azúcar, bebidas que preferían los muertos, detalles personales, etc… Y una vez terminado todo, se coloca en el lugar más alto de la ofrenda o como ellos la llaman la huarzácuri, este arco es el más visto y llamativo cuando se mira en la distancia.
                                     Niño en el cementerio. Foto: Julie Sopetrán

Las niñas van vestidas con rebozo y largas faldas, debajo del rebozo llevan blusas de seda, lucen vivos colores, y se destacan los zapatos muy brillantes.  Algunas niñas llevan el delantal bordado.  No en todos los lugares llevan el atuendo típico. En otros visten más normales. Los niños cargan las flores y su misión también es encender las velas y arreglar las tumbas. Saltan de un lado a otro, se ríen y parece que juegan, pero en realidad son observados por sus familiares mayores, que les inculcan las buenas costumbres de los antepasados, enseñándoles cómo deben respetar a los muertos sin tenerles miedo y lo esencial que es cumplir con los ritos y las creencias de su cultura. 

Niña con pétalos de flores para adornar la tumba.  Foto: Julie Sopetrán

A lo largo del cementerio, los niños conversan entre si, tocan a veces instrumentos musicales, participan entre ellos de un mismo sentir, cada niño conoce cada tumba de sus familiares y allí se sientan, contemplan, juegan a mirar, a sentir, a ver… A veces ríen, a veces en silencio expresan todo aquello que las personas mayores no saben expresar: su inocencia, su complicidad con lo infinito.
                            Velación de angelitos. Foto: Julie Sopetrán
Le pregunto a uno de los niños a quien está velando y me dice que a su abuelito, un hermano más pequeño y a su mamá.  No hay tristeza en sus ojos, a él le parece natural la muerte y está aprendiendo tradiciones. Sus familiares a un costado del cementerio lo observan, y como a él a otros muchos niños y niñas. Junto a las paredes del lugar sagrado, muchos padres forman corro y ellos, los niños son los protagonistas de esta velación emocionante. Algunas abuelas sentadas sobre los petates de paja, contemplan a los nietos y nietas en sus actos.
La misión fundamental de esta ceremonia es que los niños y las niñas aprendan y mantengan esa unidad familiar dando culto de amor y respeto a quien se ha ido y vuelve de visita en esta fecha.
La ceremonia suele durar unas tres horas, hace fresco, porque es a primera hora de la mañana, a eso de las diez ya ha terminado todo. Los niños regresan a sus casas y en el cementerio queda el color de la infancia impregnado en las flores, en los cirios encendidos, en la comida cubierta con un paño bordado a punto de cruz. Por la noche esos niños volverán con sus familiares a la velación de los adultos. Pero ellos ya han participado recreando su propia velación.
En el cementerio. Foto: Julie Sopetrán
Viviendo esta ceremonia recordé cuando yo era niña, el miedo que sentía a todo lo que estaba relacionado con la muerte. Incluso cuando mis compañeros del colegio iban a jugar cerca del cementerio, yo me iba al otro extremo del pueblo a contemplar las puestas de sol. No. No soportaba pensar que tenía que morir o que alguien de mi familia muriese. No estaba preparada como estos niños de México, para aceptar tan inmenso misterio. He tenido que crecer para contemplarlos a ellos,  y darme cuenta que la muerte tiene un encanto de color y esencia  por descubrir y  ahora, necesito volver a ser niña para verlo y sentirlo sin ningún miedo. Porque la inocencia es ancestral y ante ella lo incompresible se transfigura y lo esencial se hace más visible y concreto. Necesitamos encender una vela, como los niños, para ponernos en contacto con lo más sencillo, que es en suma lo que nos une.

Dormidos David Lagmanovich

Hay poca gente en este bar. Cuatro camareros, en grupos de dos, hacen tiempo -¿para qué?- apoyados en el mostrador. El nuevo parroquiano trata de llamar la atención de alguno, pero no tiene éxito y decide concentrarse en la lectura de una novela. El tiempo comienza a pasar y él quiere un café, quizá con una aspirina para atenuar su permanente jaqueca. La novela se torna cada vez más complicada. Uno de los personajes se dirige a él, al lector, usando su nombre propio y en tono admonitorio: «Juan Esteban, no te metas con mi hermana o terminarás m al». Él mira en dirección a los camareros y sólo percibe un desinterés absoluto ante lo que está ocurriendo. Cierra el libro violentamente y lo deja sobre la mesa. Siente que algo salta de las páginas y se encuentra con el personaje que le ha hablado, ahora de carne y hueso, sentado frente a él. Intenta por última vez más llamar a un camarero, pero los cuatro están dormidos. No le queda más remedio que despertar.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007
Tomado del Fb

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Costumbres raras de Daniel frini

— ¡Ahí viene otra vez! ¡Escóndanse! — dijo el sapo más viejo
— ¡Te llena la jeta de saliva! — acotó un sapito
— ¡Repugnante! —sentenció el sapo educado
La princesa, etérea y radiante, iniciaba su ronda habitual de besos.
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El hombre que amaba a los niños. Christina Stead. de José Luis añvarado

En los mejores cuentos infantiles no hay ni un gramo de amor familiar: los padres son seres viles que dejan a sus hijos a merced del mal sin ningún arrepentimiento. Y sin embargo, para la mayoría de los niños esos cuentos han sido la puerta de la literatura y, en parte, de la vida. La escritora australiana Christina Stead (1902-1983) escribió un terrible cuento para mayores de padres bondadosos y abominables, de hijos tan inocentes que parecen monstruos irracionales. El hombre que amaba a los niños (The Man Who Loved Children, 1940) es una gran novela que hay que leer para recordar que las mayores aberraciones pueden cometerse de puertas hacia dentro, en el acogedor y asfixiante seno familiar.
La historia se desarrolla en un momento también terrorífico: 1936. Pero hay una persona que es capaz de ver lo que los demás se niegan a comprender por la ceguera de sus pensamientos: él es Sam Pollit, hombre éticamente intachable, padre de seis hijos, marido paciente, amante de las libertades y el progreso, defensor de la eugenesia: solo en un mundo tan perfecto como el que él concibe tienen cabida las mentes más preclaras, los espíritus más progresistas, las conciencias tan perfectas como la suya. El resto de la población, el 90%, debería ser gaseado.
A su lado, habitando una cómoda casa de Washington, su mujer, Henny, mujer caprichosa descendiente de una familia adinerada, abocada ahora a la miseria que gana su marido, derrochadora nata, siempre enferma, siempre metida en su habitación por tal de no soportar los discursos interminables y optimistas de su marido, deseosa de una vez por todas de acabar con Sam y toda su prole con un cuchillo de cocina.
Y entre ellos, los niños: la mayor, Louie, una chiquilla de doce años, hijastra de Henny, que se hace cargo de las tareas del hogar, de mantener la convivencia en esa casa donde cinco niños más viven inocentes escenas en las que su madre y su padre discuten sin cesar, se reprochan cualquier cosa, no se aguantan pero tienen que aguantarse porque para Sam la familia es la base de su tierra prometida y para Henny no es más que la cueva donde poder lamerse las heridas a la espera de que su adinerado padre muera para poder disfrutar de su herencia.
Si en Walt Whitman el amor a la democracia y a la libertad es un canto expansivo lleno de alegría, en Sam Pollit es un medio para civilizar el mundo según su criterio, ajeno a los fanatismos religiosos, a las viejas costumbres caducas. En la naturaleza y en la tecnología se haya el futuro del mundo, pero parece que nadie quiere darse cuenta: por eso es el mayor profeta de su casa, el que se dedica incansablemente a sermonear a sus hijos pequeños acerca de las excelencias de su propio padre. Es, según su mujer Henny, el Gran Yo Soy, el iluminado, el mesiánico padre que tarda en comprender que, si bien Cristo nunca llegó a habitar la tierra, él puede ser ese Hombre Deseado que proclamará la Verdad algún día a través de las ondas radiofónicas, como hubiera hecho Jesús en estos tiempos.
Sam siempre tiene una palabra nueva que inventar para tratar de descubrir el mundo a sus hijos pequeños; siempre tiene un diminutivo para nombrar las cosas o las personas. Todos los siglos pasados únicamente han servido para que un solo hombre en Norteamérica comprenda la Verdad, y esa Verdad la posee él. Y mientras, sus hijos lo escuchan embelesados, creyendo en las profecías de su padre y en el cariño de su madre.
Uno se adentra desprevenido en la novela, y entre tanta palabrería, tarda en entender que aquello a lo que está asistiendo es a una monstruosa representación del egoísmo, una vomitiva escena que no cesa y en la que esos niños participan engañados por el calor familiar. También es verdad que en muchos momentos esa palabrería da paso a otras escenas menos idílicas, cuando sus padres se abofetean, cuando su madre llama a todos sus pequeños hijos con un gong para que asistan al infierno y se enteren bien de la monstruosidad en que puede convertirse un matrimonio.
Esta novela no tiene trampa: nada es tremendo ni repulsivo en sí. Vemos crecer a los hijos en la creencia de que sus padres son las mejores personas del mundo y vemos a los padres en la seguridad de que están dando la mejor educación a sus hijos. Pero todo lo que puede ir mal, terminará mal: el viejo padre de Henny muere dejando en herencia a sus hijos una gran deuda que tardarán años en saldar; Sam se queda sin trabajo, envidiado por su insoportable fervor por el futuro. La familia tiene que dejar Washington, la capital del mundo libre y civilizado según Sam, para tomar una casita medio derruida en un barrio marginal de Baltimore.
Sin trabajo, Sam se dedica cada vez más asfixiantemente a sus hijos, los adiestra en los misterios de la Verdad, se convierte en sus sombras, y los hijos van creciendo y la mayor va adentrándose en la adolescencia entre la pobreza y el idealismo que le ha metido su padre en la cabeza, en el que no cree y por el que se pone de parte de su madrastra. No hay un solo papel, un solo poema o un pensamiento escrito en su diario que su adorable padre no encuentre entre sus pertenencias y muestre en público al resto de los hermanos, para demostrar que su querida y pequeña Louie es una mente atontada que se ha ido alejando de sus maravillosas enseñanzas. Ya quedan pocas salidas para la adolescente Louie: o abandona su casa con apenas trece años, o envenena a sus padres. Solo tiene que hacer lo que le han enseñado a hacer en su monstruosa familia, como si fuera un instrumento del destino: el resultado final de tantos discursos vacíos y tantas peleas contempladas.
El hombre que amaba a los niños es una obra maestra del suspense: sabemos que en esa familia se esconde una bomba de relojería que tarde o temprano terminará por explotar, pero en cambio solo encontramos empalagosas palabras del padre e indolentes gestos de la madre, unos niños que no saben por qué hacen lo que hacen y una miseria de la que inexplicablemente van saliendo sin ningún dólar que entre por la puerta familiar.
Cuesta trabajo llegar al final de esta deslumbrante novela porque es de un meloso terror insoportable. Al final comprendemos que esos padres de los cuentos infantiles que abandonaban a sus hijos en el tenebroso bosque formaban una familia como ésta, irreprochablemente feliz, conmovedoramente unida, abominablemente corrupta.
El hombre que amaba a los niños. Christina Stead. Pre-Textos.

El hombre que amaba a los niños. Christina Stead: El Gran Yo Soy

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Zapatos viejos de Alejandra Díaz Ortiz

La descubrió en el metro. En la línea 10 para ser preciso, cuando iba camino de ningún lugar. Ella, sin saberlo, le indicó el destino.
Era la mujer más hermosa que había contemplado jamás. Su cuerpo aparecía delicado, etéreo; apenas delineado por el contorno de su piel. Pálida, casi transparente. Hasta su nariz le llegó el dulce aroma que despedía su alma.
La escena parecía calcada del cuadro que venía soñando desde hacía una eternidad de insomnios. Se estremeció.
Tuvo cuatro estaciones para desearla. A través de los audífonos de su mp3, el *Urlicht* de Mahler se reproducía como la mejor banda sonora para tan célica epifanía.
«Es imposible criatura tan bella. No puede existir tal perfección», musitó en voz baja.
Y no se equivocó. Con gran disgusto, al bajar la mirada, observó sus zapatos. Eran de confección barata, y con tres puntos de mal gusto. Para su disgusto, el par de manoletinas gastadas delataban unas extremidades gibosas e inversamente desproporcionadas con el resto de su excelsa figura.
Mientras la seguía por los pasillos hacia la salida del suburbano, decidió que los pies serían lo primero que le iba a cortar…

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Alejandra Díaz-Ortiz Datos biográficos
No hay tres sin dos.Trama Editorial 2014

Promotora cultural y escritora mexicana, reside en España desde hace más de una década. Dirije la librería La tres catorce, que inauguró en el año 2017 junto con otros dos socios. Ubicada en el centro de Madrid, se le reconoce como un rincón de la cultura mexicana.

En el ámbito del cine colaboró con Arturo Ripstein, Sergio Olhovich, Alfredo Gurrola y Julián Pastor. Su último trabajo en el cine mexicano fue la ya célebre película, Pedro Navaja. En el televisivo, trabajó con Sony entertainment y con el director español, Jaime Darmiñan. Durante más de diez años fue la representante de Joaquín Sabina y Luis Eduardo Aute en México. También produjo varios espectáculos y giras. Fue manager de Jaime López y manejó a Enrique Guzmán.

Autora de cuatro libros y coautora de uno. Ha publicado en Trama y Textura. Desde 2017, colabora habitualmente con la revista Costa Fleming.

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El sapo de Juan José Arreola

Salta de vez en cuando, solo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consiente de que ninguna metamorfosis se ha operado en el. Es as sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.
Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros  con una abrumadora cualidad de espejo.