Un cuento de navidad de Paul Uster

Sendero

«El cuento de Navidad de Auggie Wren», de Paul Auster

El relato de una de las plumas más reconocidas, publicado en el New York Times el 25 de diciembre de 1990. Un cuento poco común, para una Navidad poco común.

24/12/2021 | 19:00

FOTO: «El cuento de Navidad de Auggie Wren», de Paul Auster

Este cuento me lo contó Auggie Wren. Como Auggie no queda muy bien, o por lo menos no tan bien como él quisiera, me pidió que no usara su nombre verdadero. Más allá de eso, todo el asunto de la billetera extraviada y la mujer ciega y la cena de Navidad es tal cual él me lo contó.

Hace ya casi once años que Auggie y yo nos conocemos. Trabaja detrás del mostrador en una tabaquería de la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único negocio que tiene los puritos holandeses que me gusta fumar, a menudo paso por ahí. Durante mucho tiempo apenas si me fijé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que usaba un abrigo azul con capucha y me vendía cigarros y revistas; el personaje pícaro y ocurrente que siempre tenía algún comentario gracioso sobre el tiempo o los Mets o los políticos de Washington, y hasta ahí llegaba mi interés.

Mirá también

Recomendaciones

Los seis mejores libros para regalar(se) para esta Navidad

Pero un día, hace algunos años, él hojeaba una revista en el negocio cuando se topó con la reseña de uno de mis libros. Supo que era yo por la foto que acompañaba la reseña, y después de eso las cosas entre nosotros cambiaron. Dejé de ser un cliente más y me convertí en una persona distinguida. A la mayoría de la gente no le importa en lo más mínimo ni los libros ni los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Y ahora que había desentrañado el secreto de mi identidad, me aceptó como un aliado, un confidente, un igual. Para serles sincero, aquello se me hacía bastante embarazoso. Después, casi inevitablemente llegó el momento en que me preguntó si me gustaría ver sus fotos. Y dado el entusiasmo y su buena voluntad, no parecía haber forma de rechazarlo.

Sólo Dios sabe qué esperaba encontrarme. Pero sin duda no fue lo que Auggie me mostró al día siguiente 

Sólo Dios sabe qué esperaba encontrarme. Pero sin duda no fue lo que Auggie me mostró al día siguiente. En una habitación pequeña y sin ventanas al fondo del negocio, abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos, todos negros, idénticos. Era la obra de su vida, me dijo, y no le llevaba más de cinco minutos al día realizarla. Cada mañana de los últimos doce años, a las siete en punto, se había parado en la esquina de la avenida Atlantic y la calle Clinton y había sacado una sola foto a color, siempre de la misma vista. El proyecto abarcaba ahora más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente, y las fotos seguían un orden, desde el 1° de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas apuntadas con cuidado debajo de cada una.

Mientras pasaba las hojas de los álbumes y estudiaba la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de lo más extraño y desconcertante que jamás hubiera visto. Todas las fotografías eran iguales: un abrumador ataque de repetición, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un delirio sin fin de imágenes redundantes. No se me ocurría qué decirle a Auggie, así que seguí pasando las páginas, asintiendo con la cabeza en falsa señal de apreciación. Auggie parecía imperturbable mientras me observaba con una amplia sonrisa. De pronto, después de varios minutos, me interrumpió para decir:

–Vas demasiado rápido. Nunca lo podrás entender si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si uno no se toma el tiempo para mirar, nunca logrará ver nada. Elegí otro álbum y me obligué a ir más despacio. Presté mayor atención a los detalles, noté los cambios de clima, observé los variantes ángulos de la luz a medida que las estaciones avanzaban. Pude detectar finalmente las sutiles diferencias del tránsito, anticipar el ritmo de los distintos días (el tumulto de las mañanas laborales, la quietud relativa de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y así, poco a poco, fui reconociendo las caras de las personas en el fondo, los transeúntes en su camino al trabajo, la misma gente en el mismo lugar cada mañana, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Mirá también

FILBA

Paul Auster y cómo el fracaso puede servir para entenderse

Una vez que llegué a conocerlos, empecé a estudiar sus posturas, la forma en que se comportaban de mañana en mañana. Traté de descubrir, a través de esos indicios externos, sus estados de ánimo, como si pudiera imaginarles historias, como si pudiera penetrar en los dramas invisibles encerrados en sus cuerpos. Elegí otro álbum. Ya no me sentía aburrido ni perplejo como al principio. Comprendí que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en un espacio que había elegido para él mismo. Auggie sonreía de placer mientras me observaba examinar su trabajo. Luego, casi como si estuviera leyéndome los pensamientos, se puso a recitar una línea de Shakespeare.

–Mañana y mañana y mañana –susurró–. El tiempo se desliza con paso mezquino.

Entonces entendí que él sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Esto sucedió hace más de dos mil fotografías. Desde aquel, día Auggie y yo hemos hablado de su obra muchas veces, pero recién la semana pasada me enteré cómo consiguió la cámara y empezó a sacar fotos. Fue la historia que me contó y que todavía estoy tratando de entender.

A principios de esa misma semana, un hombre del New YorkTimes me llamó y me preguntó si estaría dispuesto a escribir un cuento para que se publicara en el periódico la mañana de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy amable e insistente, y hacia el final de la conversación le dije que iba a intentarlo. Pero apenas corté, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo de la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo (…)

Pasé los siguientes días en un estado de desesperación, batallando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu navideño. La sola frase «cuento de Navidad» me traía asociaciones desagradables, evocaba espantosas efusiones de sensiblería y sentimentalismo hipócrita. Incluso en sus mejores versiones, los cuentos de Navidad no eran más que sueños en los que los deseos se hacen realidad, cuentos de hadas para adultos, y yo nunca me hubiera permitido escribir ese tipo de cosas. Y sin embargo, ¿es posible que alguien se proponga escribir un cuento de Navidad insensible? Era una contradicción, una imposibilidad, una perfecta paradoja. Era lo mismo que imaginarse un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No avanzaba. El jueves salí a dar una larga caminata, con la esperanza de que el aire me aclarara las ideas. Justo después del mediodía me detuve en la tabaquería para abastecer mis provisiones y ahí estaba Auggie, parado como de costumbre detrás del mostrador. Me preguntó cómo andaba. Casi sin quererlo, me encontré quitándome el peso de mis problemas ante él.

–¿Un cuento de Navidad? –me dijo cuando terminé–. ¿Eso es todo? Si me invitas a almorzar, te contaré el mejor cuento de Navidad que jamás hayas escuchado. Y te garantizo que cada palabra es cierta.

Fuimos caminando hasta Jack’s, un bar ruidoso y atestado de gente, con buenos sándwiches de pastrami y fotos de antiguos equipos de los Dodgers colgadas en la pared. Encontramos una mesa en el fondo, pedimos la comida y Auggie se lanzó a contarme la historia.

–Fue en el verano del ’72 –me dijo–. Una mañana, un chico entró en el negocio y empezó a robar cosas. Tendría unos diecinueve o veinte años y creo que no he visto en mi vida a un ratero más patético. Estaba parado en la otra punta, junto al exhibidor de libros con los que se iba llenando los bolsillos del impermeable. Al principio no lo vi porque en ese momento había mucha gente cerca del mostrador. Pero una vez que me di cuenta, comencé a gritar. El chico salió corriendo como una liebre y cuando pude dar la vuelta al mostrador él huía a toda velocidad por la avenida Atlantic. Lo perseguí durante media cuadra y después me rendí. Se le había caído algo mientras escapaba; como yo no tenía ganas de seguir corriendo, me incliné para ver qué era.

Resultó que era su billetera. No encontré nada de dinero adentro, pero sí la licencia de conducir junto con tres o cuatro fotos. Supongo que pude haber llamado a la policía para que lo arrestaran. Tenía su nombre y dirección en la licencia, pero me dio un poco de pena. Era un pobre muchacho y cuando miré las fotos de la billetera, no pude enojarme con él. Robert Goodwin.

Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie abrazando a su madre o a su abuela. En otra, a los nueve o diez años, estaba vestido con un uniforme de béisbol y una gran sonrisa en la cara. No pude hacerlo. Pensé que quizás estaba drogado. Un pobre chico de Brooklyn, sin demasiadas oportunidades, y además ¿qué importaban unos pésimos libros de bolsillo?

Me quedé con la billetera. Cada tanto sentía el impulso de devolverla, pero fui demorándome y nunca me decidí.

Tal vez no quería desilusionarla. No sé. Eso fue lo que ocurrió. Y de pronto, la vieja me estaba abrazando en la puerta y yo también la abrazaba.

Finalmente llega la Navidad y me encuentro sin nada que hacer. El jefe suele invitarme a pasar el día en su casa, pero ese año estaba con su familia en Florida, en lo de unos parientes. Así que esa mañana estoy sentado en mi departamento, sintiendo lástima por mí mismo, y veo la billetera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Qué diablos, me digo, por qué no hacer algo bueno una vez en la vida. Y me pongo el abrigo y salgo a devolver la billetera.

La dirección quedaba en Boerum Hill, en algún monoblock de viviendas. Ese día helaba y recuerdo que me perdí tratando de encontrar el edificio. Allí todo se parece y recorres una y otra vez el mismo lugar creyendo que vas a otro. Por fin llego al departamento y toco el timbre. No pasa nada. Supongo que no hay nadie pero vuelvo a probar para asegurarme. Espero un poco más y justo cuando estoy a punto de irme, oigo que alguien se acerca a la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es y yo le respondo que busco a Robert Goodwin.

–¿Eres tú, Robert? –dice la vieja. Luego destraba unas quince cerraduras y abre la puerta.

Tendrá unos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

–Sabía que vendrías, Robert –me dice–. Sabía que no te ibas a olvidar de la abuelita Ethel en Navidad.

Y abre los brazos como si fuese a abrazarme.

No me pude detener a pensar, ¿entiendes? Tenía que decir algo rápido y, antes de saber lo que estaba pasando, las palabras se me escaparon de la boca.

–Así es, abuelita Ethel. Vine a verte en Navidad.

No me preguntes por qué lo hice. No tengo la menor idea. Tal vez no quería desilusionarla. No sé. Eso fue lo que ocurrió. Y de pronto, la vieja me estaba abrazando en la puerta y yo también la abrazaba.

No le dije que era su nieto. Por lo menos, no con esas palabras. Aunque eso era lo que se deducía, nunca traté de engañarla. Era una especie de juego que ambos decidimos jugar sin tener que ponernos de acuerdo en las reglas. Lo que quiero decir es que la mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Era vieja y chocheaba, pero no estaba tan loca como para no distinguir entre un extraño y alguien de su propia sangre. Sin embargo, fingir la hacía feliz, y yo que no tenía nada mejor que hacer me sentí feliz de seguirle la corriente.

Así que entramos en el departamento y pasamos el día juntos. Podría agregar que el lugar era una verdadera pocilga, pero ¿qué cabe esperar de un ama de casa que es ciega? Cada vez que me preguntaba cómo andaba, yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en una tabaquería. Le dije que estaba por casarme. Le conté miles de historias y ella hizo como si me las creyera una a una.

–¡Qué bueno, Robert! –asentía con la cabeza y sonreía–. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Después de un rato empecé a tener hambre. Al parecer, no había mucha comida en la casa así que fui hasta un negocio del barrio y compré una mezcolanza de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, una fuente de ensalada de papas, torta de chocolate y toda clase de comidas. Ethel sacó un par de botellas de vino que tenía escondidas en su dormitorio y así, entre los dos, logramos preparar una cena de Navidad bastante decente. Con el vino nos pusimos un poco alegres y recuerdo que cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el living, porque las sillas eran más cómodas. Tuve ganas de hacer pis. Le pedí permiso y fui al baño que quedaba en el pasillo. Y entonces las cosas dieron otra vuelta de tuerca. Ya era una tontería que me hiciese pasar por el nieto de Ethel, pero lo que hice a continuación fue una completa locura y nunca me lo he perdonado.

Entré al baño y vi, amontonadas en una pila contra la pared al lado de la ducha, seis o siete cámaras de fotos. Cámaras sin estrenar, aún en sus cajas, mercadería de primera calidad.

Deduje que eso era obra del verdadero Robert, un lugar para almacenar uno de sus más recientes botines. Nunca en mi vida había sacado una foto, y mucho menos robado algo, pero en cuanto vi esas cámaras en el baño decidí que tomaría una para mí. Así de rápido. Y sin siquiera detenerme a pensarlo me metí una de las cajas bajo el brazo y volví al living.

Ethel sacó un par de botellas de vino que tenía escondidas en su dormitorio y así, entre los dos, logramos preparar |una cena de Navidad bastante decente.

No pude haber tardado más de tres minutos, pero en ese tiempo la abuelita Ethel se había quedado dormida en su silla. Demasiado Chianti, supongo. Fui a la cocina a lavar los platos y, pese al ruido, ella siguió dormida, roncando como un bebé. Como no parecía haber motivo para molestarla, decidí marcharme. En vistas de que era ciega, ni siquiera pude escribirle una nota, así que simplemente me fui. Puse la billetera del nieto en la mesa, volví a tomar la cámara y salí del departamento. Y ése es el fin de la historia.

–¿Alguna vez regresaste a verla?–le pregunté.

–Una vez –me dijo–. Tres o cuatro meses más tarde.

Me sentía tan mal por haberle robado la cámara que todavía no había usado, que decidí devolvérsela. Pero Ethel ya no vivía más ahí. No sé qué habrá sido de ella. El hombre que se había mudado al departamento no me pudo decir dónde estaba.

–Es probable que haya muerto.

–Sí, es probable.

–Eso quiere decir que pasó contigo su última Navidad.

–Creo que sí. Nunca lo había pensado de esa forma.

–Fue una buena obra, Auggie. Hiciste por ella algo muy lindo.

–Le mentí y después le robé. No sé cómo puedes decir que fue una buena obra.

–La hiciste feliz. Y de todos modos la cámara era robada.

No es lo mismo que habérsela sacado al verdadero dueño.

–Todo por el arte, ¿eh, Paul?

–Yo no diría eso. Pero por lo menos le diste buen uso a la cámara.

–Y ahora ya tienes tu cuento de Navidad, ¿no es cierto?

–Sí –dije–. Creo que sí.

Me detuve por un momento y estudié a Auggie mientras una sonrisa maliciosa se extendía por su cara. No podría asegurarlo, pero en ese instante tenía una mirada tan misteriosa, tan llena de algún profundo regocijo, que de pronto se me ocurrió que había inventado todo. Estuve a punto de preguntarle si me había engañado, pero enseguida comprendí que nunca me lo diría. Yo le había creído y eso era lo único que importaba. Mientras haya una sola persona que se la crea, no hay historia que no sea cierta.

–Eres un genio, Auggie –dije–.Gracias por ayudarme.

–De nada –me respondió mirándome aún con ese brillo maníaco en los ojos–. Después de todo, si no puedes compartir los secretos, ¿qué clase de amigo eres?

–Creo que te debo una.

–No, claro que no. Sólo escríbelo tal como te lo conté y no me deberás nada.

–Salvo el almuerzo.

–Así es. Salvo el almuerzo.

Respondí a su sonrisa con otra sonrisa mía. Llamé al mozo y le pedí la cuenta.

Paul Auster.

Nacido en Newark, New Jersey, el 3 de febrero de 1947, Paul Auster comenzó a escribir a los 12 años. Estudió en la Columbia University y vivió en París en diversas épocas. Sus otras dos pasiones son el cine y el béisbol. La adaptación de este cuento a la pantalla grande fue realizada por el escritor

Traducción: Mariana Vera 

Monterroso, del movimiento perpetuo al eterno

https://www.ultimahora.com/monterroso-del-movimiento-perpetuo-al-eterno-n2978237.html

Augusto Monterroso, el dinosaurio más famoso de las letras – Qué Leer

https://www.que-leer.com/2021/12/21/augusto-monterroso-el-dinosaurio-mas-famoso-de-las-letras/

LA ÚLTIMA FILÓSOFA GRIEGA — Andando tras tu encuentro…

Hipatia, la científica de Alejandría. En el año 415 se apagó bruscamente la estrella de la matemática, astrónoma y filósofa pagana Hipatia de Alejandría, cuando una turba de cristianos exaltados la mató con extrema crueldad. Este trágico hecho marcó el ocaso de la cultura pagana en el mundo antiguo. Por favor profundiza esta entrada; cliqueando […]

LA ÚLTIMA FILÓSOFA GRIEGA — Andando tras tu encuentro…

Entrevista a Eugenio Mandrini poemas y minificiones

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

Eugenio Mandrini nació el 16 de diciembre de 1936 en Buenos Aires, donde reside, capital de la República Argentina. Ha sido fundador e integrante de la “Sociedad de los Poetas Vivos” y co-director de la revista “Buenos Aires Tango y lo Demás”. Es Académico Titular de la “Academia Nacional del Tango”. En distintos géneros literarios recibió distinciones: destacamos el Primer Premio Municipal de Poesía (2008/2009). Colaboró con las revistas “Fin de Siglo”, “Puro Cuento”, “Ñ” y “Crisis”, entre muchas otras. Fue incluido en las antologías “Antes que el viento se apague”“Testigos de tormenta”“Cuerpo de abismo”“Galería de hiperbreves”“Tiros libres”“Velas al viento”“La nave de los locos”, etc. Ha compilado y prologado la antología “Los poetas del tango” (2000). Es guionista de historietas. Publicó en 1987 el volumen “Criaturas de los bosques de papel”, poemas y cuentos; “Discépolo, la desesperación y Dios”, ensayo, 1998; “Las otras criaturas”, microficción, España, 2014; “La vida repentina” (selección de textos de “Criaturas de los bosques de papel”), 2015. Sus poemarios son “Campo de apariciones” (1993), “Párpados para el ojo que sale de mí” (1999), “Conejos en la nieve” (2009), “Con voz de perro lunar” (2014).

1 — En otras ocasiones has definido públicamente tus preferencias, improvisado instantáneas, pergeñado esbozos o estampas. Hoy, para nosotros, Eugenio, ¿qué retrato de vos nos ofrecerías?

          EM — Comencé a respirar formando parte de una familia constituida por cinco miembros: mi padre, mi madre, mi hermana, los libros y yo.

Ya de niño, mi padre fue mi mentor, mi guía en el oficio de lector, paseándome primero por los trágicos y épicos griegos, después por el siglo de oro español y, por último, por la gran literatura rusa y la no menos grande de la francesa, período que después completé con los contemporáneos. Eso fue suficiente para enamorarme de las palabras, y no solo de éstas, sino también de un punto aparte y de una coma. Llegué a soñar que la coma era una puerta donde la sorpresa me aguardaba con los brazos abiertos.

A quien me pregunte la edad, le diré que en diciembre cumplí 141 años, porque sigo la huella de diplodocus que dejó mi padre. De lo dicho surge también que soy de sagitario, pero aclaro que nosotros, los sagitarianos, no creemos en los horóscopos.

Supe de la poesía cuando siendo un pibe, el día en que al ir a la panadería y en vez de pedir medio kilo de pan, dije: pan, medio kilo. Es que había descubierto el hipérbaton, recurso retórico que consiste en practicarle al giro una súbita torsión, procedimiento que más tarde aprendería a exprimirlo hasta producir cadencia.

He elegido vivir en constante exaltación poética, y es por ello que cuando empezaron a llamarme loco, comprendí que estaba en el buen camino.

A su tiempo, escribí novela, cuentos, guiones de historieta y hoy, además de poesía, mantengo estrechos vínculos incestuosos con la microficción, a la que siento como mi madre, mi amante, mi hermana, mi hija.

Amo la opera porque es la casa de los héroes vocales, y al tango porque sus evocaciones y nostalgias nos devuelven el cielo que perdimos una vez.

Mi otro amor o especialidad es ser lector, es decir, desenterrar tesoros en medio de la noche.

¿Qué pienso del mundo? Que hay que vivirlo con un ojo perplejo y el otro insomne.

¿Qué busco al escribir? Que la palabra brille como un sol o, al menos, como la sombra de un tigre.

¿Mi color? El rojo, un tanto brumoso por la época.

¿Músicos? Beethoven, Verdi, Piazzolla.

¿Voces? Callas, Gardel, Serrat.

¿Qué pienso de Dios? Que existe, se llama Shakespeare y está en expansión.

¿Forma preferida de morir? Distraídamente.

¿Mi felicidad? La mujer, mi hijo, un amigo, la soledad, la multitud.

¿Un sueño? Despertar el día después de haberme helado.

¿Otro sueño? Que el cuervo de Poe continué diciendo “nunca mas” hasta que la miseria, la angustia y el olvido, sean nunca mas.

Si me preguntan qué es la poesía, digo que es un estado de ceguera desde el cual se ven otras luces, incluso otras sombras. Si me preguntan qué es la microficción, digo que es un rayo de luz en un sótano o más bien el escorpión que viene a morderme la camisa.

Creo que tanto el poema como la microficción son construcciones que trato de edificar mediante innumerables borradores, tantos que alfombran el piso.

Creo también, como Eluard, que hay otro mundo y está en éste.

Y creo asimismo en la piedad,  a la que llamo cada vez que, al escribir, transpongo la frontera de lo real.

No se si he sido claro.

“Discépolo, la desesperación y Dios”, ensayo, 1998

          2 — Seguramente nuestros lectores confirmarán que lo sos. Instalémonos por un instante en la (eventual) claridad de tu adolescencia, y la seguimos desde allí.

          EM — A los catorce años, mi primer trabajo: escribir guiones de historieta en revistas hoy desaparecidas. Más tarde, cuentos para revistas femeninas como “Maribel” y “Vosotras”; además, para las Selecciones Policiales y Gauchescas de Editorial Codex. Todo eso, sin dejar de intentar el poema, ganando premios en concursos de poesía tradicionalista: por ejemplo, sobre “Las mujeres gauchas” y sobre el Chacho Peñaloza. Ya en 1970, gané el primer premio de poesía que organizara la Biblioteca Popular “Cornelio Saavedra”, circunstancia que me permitió iniciar y sostener una larga amistad con el poeta Joaquín Gianuzzi. Y comencé a redactar guiones para las revistas de la Editorial Columba, creando un personaje gauchesco para el Álbum de “El Tony”, llamado “Rosendo, el toro”, que se mantuvo durante años, pasando luego a la Editorial Skorpio, donde escribí numerosos guiones unitarios, y además otro personaje, llamado “La maga”, el que se reprodujo en España e Italia, mientras que en nuestro país produje guiones para los renombrados dibujantes Domingo Mandrafina, Horacio Altuna, Gustavo Trigo, Carlos Casalla, Francisco Solano López, Carlos Roume, Leopoldo Durañona, y Alberto y Enrique Breccia. Pero ya hacía tiempo que venía en conflicto con la historieta, para sustituirla por la poesía y la narrativa. Al respecto, recibí una importante mención en el concurso de novela organizado por el Diario “La Opinión” y Editorial Sudamericana, también en 1970, con un jurado compuesto por Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos y Rodolfo Walsh. La novela se tituló “La bilis” y por enigmáticas razones no llegó a publicarse. Y siempre alrededor del setenta recibí una mención en un concurso organizado por Canal 13, sobre obras de teatro para TV, con duración de treinta minutos, que ganó Rodolfo Walsh con “La granada”, pero el canal nunca filmó las obras premiadas, pese a que ello constaba en las bases del concurso.

          3 — ¿Y ya en la década siguiente?

          EM — Se publica en el 87 el hoy inhallable “Criaturas de los bosques de papel”, a través de Editorial ECA, última editorial que tuvo el Estado, y dado que estaba compuesto por poemas y cuentos breves y brevísimos, me permitió entrar en el mundo de la microficción, a tal punto que en diciembre de 2014 se publicó en España “Las otras criaturas”, por Editorial Menoscuarto, íntegramente dedicada a la microficción. A su vez, al año siguiente, Editorial Macedonia, de Buenos Aires, publicó “La vida repentina”, selección de “Criaturas de los bosques de papel”.

          4 — El volumen “La Argentina en pedazos” de Ricardo Piglia (Ediciones de la Urraca, 1993), incluye tu adaptación a la historieta, ilustrada por Solano López, del cuento “Cabecita negra” de Germán Rozenmacher (1936-1971).

          EM — Éste resultó ser un trabajo interesante queen su momento fue estudiado en alguna Universidad. Sobre el mismo entendía que adaptar a la historieta un cuento de lenguaje macizo como el de Rozenmacher, solo se podía resolver eliminando la escritura del autor y respetando solo su espíritu y el contenido, vertidos ambos en el clásico diálogo del guión, que es la esencia de este tipo de literatura de imágenes, sostenido, a veces, por el silencio, vale decir, la primacía del dibujo con exclusión de la palabra.
5 — “Discépolo, la desesperación y Dios” es el título del ensayo con el que contribuiste al acervo de la Academia Nacional del Tango.

          EM — Se trató de una exigente experiencia. Me permití eliminar por completo los datos biográficos del autor, y someterme al ejercicio del “desplazamiento”, es decir, viajar de autor a autor, o sea, desde mi lugar hacia el de él, hacer allí la carnadura, y llegar a su interioridad, a su introspección. Quedó entonces el ensayo como escrito por “dentro” del mismo Discépolo, desde su desesperación y sus duros planteos y disputas sobre Dios.

          6 — ¿Develarías lo acontecido con “La bilis”, esa novela que nunca se publicó?  

          EM — La novela trataba la relación entre dos empleados de oficina, uno, peronista de la primera hora, y el otro, un teórico de izquierda, en medio del marco histórico de una crisis social y económica. En cuanto a lo enigmático, resultó ser que tanto en la Editorial Sudamericana (que auspició el concurso junto al diario “La Opinión”) como en Cedal (Centro Editor de América Latina), donde la presenté, fue rechazada por exceso de técnicas que hacían confusa la historia. Creo que sí, que era cierto eso, dado que entre la sucesión de ejercicios técnicos, me dediqué a dar, en cada una de las secuencias de la novela, que no eran pocas, cinco o seis versiones, motivo por el cual su lectura parecía destinada solo a lectores teóricos de la novela. De todos modos, también fue enigmático el hecho de que ambos directores de dichas Editoriales, o sea, tanto Enrique Pezzoni como Luis Gregorich, me “invitaron a aclarar la historia” con posibilidades de ser publicada. Desistí de ello por temor a que la novela quedara reducida a polvo entre los dedos, y decidí enterrarla en el olvido, al punto de terminar extraviándola. Aun así, la novela había sido mencionada por el Jurado.

          7 — Aunque mucho trasluce el título de la revista que llegaste a dirigir, ¿la evocamos?

EM — “Buenos Aires Tango y lo Demás”, que codirigí con el poeta Héctor Negro, fue una revista independiente que editó 60 números en 30 años, sostenida a pulmón y éxtasis por un grupo de amigos solidarios. Y es cierto lo que decís respecto al título que lo delata todo. Sin embargo, además del material informativo y ensayístico sobre la ciudad y el tango, no faltó el espacio destinado a lo creativo, mediante la incorporación permanente de poemas y cuentos, tanto de los integrantes de la revista como de autores conocidos. Al respecto, mis textos sobre dichos géneros, fueron recuperados en un reciente libro titulado “Con voz de perro lunar”.

          8 — Sos de la ópera “un entusiasta al borde de la locura”. ¿“Nabucco” de Giuseppe Verdi, “Carmen” de Georges Bizet, “Tristán e Isolda” de Richard Wagner, “Sansón y Dalila” de Camille Saint-Saëns, “Orfeo y Eurídice” de Christopf  Willibard Gluck o “Mefistófeles” de Arrigo Boito?

EM — En todas ellas y en las que falta citar, destellan grandes momentos orquestales, corales y de voces individuales que me exaltan. Esto me hace recordar lo que alguna vez escribió un desconocido lexicógrafo: “la música es la más arrebatadora de las artes”, bello concepto que comparto plenamente, aunque también la poesía derrama sus arrebatos, desde un sentido más secreto o íntimo, como es a través de las dos “S”, es decir, la Sugerencia y la Seducción.

9 — Se lee en “Yo el supremo” de Augusto Roa Bastos: “La obra maestra de ficción de todos los tiempos habría sido aquella en la que estuviesen unidas la magia armoniosa de la prosa de Cervantes y la prodigiosa capacidad de invención verbal de Quevedo.” ¿Qué otra unión fantaseás que hubiera brindado la obra maestra de ficción de todos los tiempos? 

          EM — En principio dicha frase, y que me perdone Roa Bastos a quien admiro, suena a glorificación de los muertos o a culto de la personalidad. Si la novela hablara, seguro que resistiría con sólidos argumentos engrosar el género con los restos de los próceres. El arte literario, estudiado históricamente, goza de una tríada que se mantiene en el tiempo felizmente inalterable: me refiero al entramado compuesto por Legado – Metamorfosis – Continuidad. Lo que surja de allí puede ser más significativo y poderoso que cualquier ensoñación. El pasado es la fuente a la que hemos de acudir hasta ahogarnos, y los muertos célebres son nuestros padres. ¿Qué más?

“Las otras criaturas”, microficción, España, 2014

        10 — ¿Con qué nos vamos a encontrar en tus futuros libros?…

EM — Nunca padecí la ansiedad por la publicación. Debe ser porque cada libro mío necesita una horneada mínima de 5 años. Pese a ello siempre espero que alguna bifurcación o atajo me permita presentir, brumosamente, la materia de un próximo libro. Hoy estoy trabajando poemas extensos de tipo enumerativo con contextos propios. No sé si todo eso se edificará a través de poemas unitarios o de una ligazón de textos donde el verdadero poema sea la totalidad del libro, vale decir, un libro trabajado con fragmentos o ruinas que, bien montadas, puedan hacer las veces de una construcción.

          11 — “Un homenaje al vértigo” es el subtítulo de tu poema “Los bailarines de tango”. Es un tanguero que no sabe bailarlo (yo), quien se imagina que sos un muy buen bailarín. ¿Me lo confirmás? Imagino también que habrás, muchas veces, “ido a la milonga”. 

EM — Lamento defraudarte, Rolando. No soy ni siquiera buen bailarín. Amo el tango, su poesía, su música y sus interpretes; incluso escribí un libro sobre los poetas del tango. Pero no soy tanguero, lo amo desde la poesía. Por otro lado, sí, visité milongas por razones de conocimiento directo, y supe que eran y son recintos Fellinescos. En cuanto a los bailarines, me resultan solemnes y machistas, lo cual es paradójico, pues el baile del tango es un arte admirable. ¿Cómo surgió el poema citado? Me di cuenta que los bailarines, cuando dibujan sus fantásticas figuras, no miran a los espectadores, en realidad los atraviesan. Es decir, su mirada va lejos, a otra latitud, como hipnotizados por algo invisible. Es que ellos están concentrados en su arte, como todo creador en medio de su incierta creación. Ese acto de llegar a la hondura desde el instinto y la audacia, merecen mi más alto respeto. Por eso el poema.

          12 — ¿Cuáles son los criterios (o algo así) a partir de los cuales corregís las sucesivas versiones de un poema o microficción?

          EM — Bueno, esto ya es un capítulo aparte. Primero debo decir que intento ser un perfeccionista, mas no para alcanzar la excelencia técnica, que tiene alma de estatua y pese a ello es imprescindible, sino para llegar a la sencilla fluidez. Ahora sí voy a la pregunta. Una vez “volcado” el poema, si noto algún desequilibrio o desarmonía tanto en el planteo, en el tratamiento, como en el lenguaje, rehago el mismo desde un nuevo enfoque y después otro y otro más, hasta que el poema esté mas o menos domeñado, obsesión que me lleva a alfombrar el piso de borradores. Recién entonces comienza el segundo tramo de la corrección, mejor dicho, la “corrigienda” como bien sabía decir Alfonso Reyes. Por un lado, penetro en la lectura solitaria, es decir, la del ojo, que nunca es abarcadora del todo. Corrección que luego completo con la audición, o sea, la lectura en voz alta, a fin de pasear por el territorio del sonido y, además, completar ciertos espacios que el ojo, por su condición circular, no ve del todo. Finalizada dicha travesía, me desplazo hacia el lector, intento convertirme en él y completo la corrección a la manera de un dentista al arrancar una muela:  impiadosamente. En fin, para mí resulta una delicia la “corrigienda”.

          13 — Transcribo de “Memoria histórica del más grande existencialista norteamericano”, artículo de Williams Burroughs: “Yo había perdido el interés como un niño en la escritura, quizá porque no estaba capacitado para enfrentar lo que todo escritor debe hacer frente: toda la mala escritura que tendrá que hacer antes de que escriba algo bueno.” ¿Llegaste, Eugenio, como Burroughs, a percibirte tan desanimado? ¿Cómo son tus desánimos, tus fastidios?

          EM — Mis desánimos. Otro capítulo singular. Los tengo en cantidad y son audibles. Los consorcistas del edificio donde habito dan fe de ello. Sucede que utilizo máquina de escribir (rechazo la computadora porque necesito tocar el papel, cuanto mas rugoso y menos satinado sea, tanto mejor, y sentir que late en los dedos; me atrae también el peso de algunas teclas cuando ensucian de tinta letras o palabras, hecho éste que le imprime otro volumen al texto; por último, su traqueteo de tren me hace viajar). Bien. Cuando ella, mi amada y estruendosa Remington, por razones mecánicas se atasca, la denuesto con lenguaje de tribuna y hasta llego a pensar, pobre santa, que, en ciertas circunstancias, todos podemos ser asesinos. Claro que más tarde, si rueda como una locomotora feliz hacia su meta final, la acaricio y la beso igual como lo hago con un poema, mío o de otro poeta, que despida luz. Otro desánimo proviene cada vez que la hoja en blanco se me resiste y no puedo  sembrar allí ni una sílaba o letra; profundo desconsuelo que me lleva a ir al Parque Lezama, a sentarme en un banco, y quedar blando o algodonoso, como si fuera yo el único culpable de las penas del mundo. Desde luego que, de pronto, resucito, mando todo al diablo, vuelvo a mi casa, introduzco una nueva hoja en la Remington y aguardo a que las Musas me sean propicias.

“Criaturas de los bosques de papel”

          14 — ¿Qué literatura te interesa porque te “descoloca”? 

          EM — En realidad me “descolocan” los grandes creadores, con sus giros, sus volares, sus fulgencias, esos que detienen el paso del tiempo o saben engañarlo. Por ejemplo Shakespeare, cuando le hace decir a uno de sus hijos teatrales, que “la historia es un cuento narrado por un idiota lleno de sonido y de furia”, y más aún cuando dicha frase continúa, más de trescientos años después, en William Faulkner, que se apodera de un fragmento de la misma para significar su novela titulada “El sonido y la furia”. O cuando Borges, en su cuento “El inmortal”, escribe: “Llovía con lentitud poderosa”. ¡Santo cielo azul o negro! ¿Qué es eso de una lluvia lenta? ¿Y que es aquello de la lentitud poderosa? Y completo con un agudo hipérbaton de Giosuè Carducci cuando escribe: “el silencio verde de los campos”. Otros, que no son ni serán grandes, habrían escrito “el silencio de los campos verdes”. Al fin y al cabo, la poesía es el género que crea lo fascinante imposible, y en este caso el silencio bien puede ser verde. Todo eso me “descoloca”, para “colocarme” mejor.

          15 — ¿Tenés algún tema o asunto que te ronde desde hace bastante tiempo y al que “no le hayas encontrado la vuelta” como para materializarlo en un texto artístico? 

EM — Sí, lo tengo. Y son dos: la Gracia y la Medida. ¿Qué es la Gracia? ¿Qué, la Medida? ¿Qué luz de relámpago hace que la Gracia se haga visible, sutilmente visible? ¿Y quién de cualquiera de nosotros llega al privilegio de la Medida cuya exactitud ni siquiera la tienen los relojes de precisión atómica? ¿Son ambas materias estables o huidizas? ¿Quién las convoca: algún ángel, algún fantasma, algún monstruo, algún espejismo, algún dios enajenado por la estética, algún mago tahúr de esos que todo lo muestran y todo lo esconden? ¿Cómo es posible que un poema haya alcanzado la excelencia y, sin embargo, la Gracia permanezca ausente? ¿O en qué momento quitar las manos de las teclas y saber (creer) que es esa y no otra la última línea de lo escrito? Me detengo aquí. He llegado a la conclusión de que tanto la Gracia como la Medida, son actos sobrenaturales.

          16 — ¿Algo del orden del aturdimiento, por ejemplo, habrás percibido, apenas supiste que un jurado compuesto por Antonio Gamoneda, Juan Gelman, Gonzalo Rojas —los tres, Premio Cervantes— y Jorge Boccanera, en Fallo Unánime te habían otorgado el Premio Único e Indivisible del Concurso de Poesía “Olga Orozco” 2008, por tu “Conejos en la nieve”?

          EM — Primero me invadió la sensación de levitar, ese estado de flotación fantasmal semejante al de los astronautas en la ingravidez de sus caminatas. Ya repuesto de ese cross a la mandíbula, volví a pensar sobre aquello que había descubierto hacía mucho: que la poesía es un gran émbolo movido por opuestos: por un lado, para algunos, es constrictora como una boa y, para otros, es abundante como los vientos jóvenes, como el desamor o como los buenos elefantes. Supe entonces, junto a la levitación, que “Conejos…” había sido escrita con la mezcla, acaso monstruosa, de esos opuestos.

*

Eugenio Mandrini selecciona tres poemas de “Conejos en la nieve” y tres microficciones de “Las otras criaturas” para acompañar esta entrevista:

EN EL OJO DE LOS CRÉDULOS

Soy el mago.

Soy lo imposible.

El trébol que detiene el salto del suicida.

Un fósforo del que brota un jardín por cada sombra rota.

Un ahogado que emerge del mar y danza triunfal sobre

el oleaje.

Una ventana por la que pasa una visión del paraíso cuyo

fulgor no cabe en el sueño.

Un espejo donde la sorpresa admira sus dilatados ojos.

Una luz, en fin, en el ceniciento hastío.

Soy el mago.

Puedo llegar a engañar el tacto de los ciegos

esconder la botella de pavor que sorbe la muerte

hacer parpadear un ojo de Dios o conmover su lejanía

inmutable.

Soy lo imposible, ya lo dije.

Como el viento que viene de las hendijas de la

antigüedad y cruza sin opacar el aire

o los deseos alcanzados y en una ráfaga perdidos

o el estallido de un hombre y una mujer entre

las herrumbres de la noche:

soy también el instante.

Soy el mago.

Fugaz como la felicidad de pronto desaparezco.

De pronto, también, si el ojo de los crédulos me llama

regreso

con resplandores de tigres de papel

y otras brevedades de la luz

donde empiezo a no saber quien soy.

*

AQUELLO

Estoy entre los que buscamos Aquello.

No somos muchos. Apenas unas almas ávidas

andando por los infiernos de esta tierra

que sin embargo va perdiendo la luz.

Estoy entre los que buscamos Aquello

que suele aparecer tras el torbellino de las visiones

o en los destellos de ciertos libros

de cólera y espuma: un lugar secreto imaginado

donde el tiempo aún no gastó sus primeros días.

Estoy entre los que buscamos Aquello.

No somos muchos y estamos locos (dicen)

porque sólo a los muertos les está dado entrar

a la dimensión de los grandes sueños,

tercamente locos (dicen) por querer saciar la sed

en la lengua de la verdad dado que ella es piedra muda.

Estoy entre los que buscamos Aquello.

A veces alguno lo augura y canta,

canta un himno todavía no escrito que habla

de hacer azul la sombra, olvido el llanto, sin trémolo

la jaula, inaudible la palabra vana,

hasta que una gota de penumbra apaga

el júbilo y los ojos.

Estoy entre los que buscamos Aquello,

que para algunos es la atracción del abismo,

para otros el único lugar bajo el sol

que ya no arde como entonces, y

para los que miran con un ojo ciego

y el otro desmesurado, la belleza que huye

y que no tiene fin.

Estoy entre los que buscamos Aquello.

*

LA ALMOHADA

En mi almohada hay un tigre.

Me lava la cabeza con su aliento de fósforo,

me cuenta la selva en el oído, el matorral

donde acechan las voces del terror o el susurro, el

arte del sigilo que apaga el gemir

de las hojas secas.

En mi almohada hay un tigre.

El resplandor donde los ciegos tambalean.

La sangre de la luz que envidia el fuego.

Si duerme —raras noches—

lo hace con la cola enroscada en mi cuello

como un látigo que espera.

Si está alerta —tantas noches—

me habla. Me dice: —Escribe,

con el asombro del color que soy

con el hambre de las entrañas que soy

con el brillo de oscuridad de la mirada que soy.

En mi almohada hay un tigre.

Todo tigre es un poema feroz.

*

RAÍCES

Con el último golpe del hacha, el árbol cae pesadamente al suelo. Sin embargo, los pájaros permanecen inmóviles donde antes estuvieron las ramas. Acaso porque sólo son la sombra de esos pájaros. Acaso porque esos pájaros miraban demasiado la distancia y la distancia los hipnotizó. O acaso porque la memoria del árbol muere después.

*

PARPADEOS

Sólo hay tres clases de ciegos, ¿o tres no es el número perfecto? Está ése al que no hay explosión ni asamblea de luciérnagas que lo saquen de la sombra profunda. Está el otro, el que aún ciego, conserva un esbozo de penumbra y al resplandor de un fósforo queda de pronto en éxtasis y bajo la luz furiosa del medio día cree que los ojos le vuelven. Y finalmente está aquél, el ciego que palpa afanoso los contornos y las grietas, los movimientos y temblores de los breves mundos. Ése, el tercero, es el amante.

*

NO TODO ES DESIERTO EN EL DESIERTO

En los tiempos en que gobernaban los poetas se castigaba duramente a quienes no lo eran, como el caso de ése que fue abandonado en el desierto donde, sin embargo, no murió de sol, ni de frío, ni de sed de hambre, ni de hambre de sed, ni de no saber nadar cuando el viento hacía oleajes de las dunas, ni de inmensidad, ni de ausencia de oasis o lluvia o manta en la noche de fiebre. Y ni siquiera murió de muerte.

Se hizo espejismo.

Sus camaradas de fulgor coinciden en reconocer que nunca hubo en el desierto un poeta como él en el viejo arte de crear visiones de la nada.

Rolando Revagliatti nació en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina, el 14 de abril de 1945. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en www.revagliatti.com. Ha sido incluido, entre otras, en las siguientes antologías: “Dramaturgia Latinoamericana: Argentina” (en República Dominicana, 2008); “Minificcionistas de ‘El Cuento’ Revista de Imaginación” (en México, 2014); “Poesía Argentina Año 2000” (Tomo 1, selección de Marcela Croce, 1999), “MeloPoeFant Internacional” (bilingüe castellano-alemán, coedición en Perú y Alemania, 2004), “Pequeña Antología de la Poesía Argentina” (selección de Jorge Santiago Perednik, 2004), “El Verso Toma la Palabra” (México, 2010), “Italiani D’Altrove” (bilingüe castellano-italiano, Italia, 2010), “El Cine y la Poesía Argentina” (selección de Héctor Freire, 2011), etc. Sus producciones en video se hallan en YouTube y en Vimeo

6546 Fragmento — jllopart

6546 Pedimos lo difícil de lograr,aquello que resulta inalcanzable,aquello que jamás es lo probable,y sin embargo iremos a buscar. 21/12/21 j.ll.folch 160223 Por detrás de las esencias Por detrás de las esencias por j.ll.folch se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

6546 Fragmento — jllopart

Drama y melodrama de Agustín Cadena

Sendero

Una amiga escritora me confió en estos días su preocupación con un problema técnico muy común en nuestro trabajo. Su pregunta era: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?En primer lugar, habría que preguntarse por qué los escritores de esta época le tenemos tanto miedo al melodrama. Después de todo, como dijo T.S. Eliot,: “No es posible definir drama y melodrama de modo que se excluyan uno al otro; los grandes dramas suelen tener algo de melodramático, y los mejores melodramas llegan a participar de la grandeza del drama”. Por su parte, Fanger y me parece que también algún otro historiador de la literatura definieron al melodrama como tragédie populaire. Cierto: aquí había que atender a las definiciones clásicas de lo trágico, que señalan terror y piedad como sus principales ingredientes, incompatibles con el elemento patético que en cambio es característico del melodrama y del sentimentalismo popular.Tal vez la repugnancia que sentimos los escritores hacia el melodrama sea precisamente temor a caer en lo patético, a querer representar un gran momento de la vida humana y hacer el ridículo en el intento. Entonces mejor no nos arriesgamos, dado el caso, mejor recurrimos a la elipsis o a la narración indirecta o de plano no nos acercamos a esos momentos. O también, como lo han hecho muchos de nuestros colegas siguiendo la moda imperante, optamos por una visión trivialista de la vida, un discurso deconstruccionista sobre el desmantelamiento de los mitos de la vida emocional, o algo así.Por otra parte se ha argüido que caer en lo melodramático le quita verosimilitud a la narración. Argumento bastante discutible, porque alguien que sabe hacerlo no tiene por qué padecer ese problema. Y una cosa más que hay que tener en cuenta es que la mayoría de los lectores prefieren una buena novela cursi que una mala novela artística. Después de todo, como Agustín Lara sentenció alguna vez: todo el que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi.En fin, todo esto viene a que creo que lo más importante ante esta cuestión es relajarse, no tomárselo tan en serio. Total, siempre hay oportunidad de revisar lo escrito y, viéndolo bien, es muy larga la lista de escritores notables a quienes el público lector ha perdonado un párrafo o varias páginas de melcocha, si en el balance general ésta alcanza a justificarse.En cualquier caso es útil examinar las artes con que algunos maestros han salido airosos del problema. Y de todos los ejemplos que conozco, el que me parece más interesante se encuentra en la obra que Virginia Woolf y muchos otros críticos han aplaudido como la mejor novela de toda la literatura: La guerra y la paz. Como hemos de recordar, una de sus principales líneas argumentales cuenta el romance entre Natasha Rostov y el príncipe Andrei Bolkonsky. Ellos se conocen porque tenían que conocerse (como suele suceder en las novelas y en la vida), se enamoran a primera vista y deciden casarse. Pero ante la oposición de su padre y la necesidad de recuperarse totalmente de una herida de guerra, Andrei le pide a Natasha que pospongan un año la boda. Muy de malas, ella acepta. El príncipe se va a Alemania y desde allá le escribe regularmente a su prometida. Ella le responde del mismo modo. Se extrañan con pasión, como enamorados. Pero ya cerca de que termine el plazo, Natasha se deja deslumbrar por el efébico Anatole Kuragin, desatándose así un conflicto maravilloso que le permitirá a Tolstoy explorar con máxima intensidad sus grandes temas. Ahora bien, poco después de que los enamorados se conocen, la familia Rostov organiza una partida de caza. Natasha insiste en unirse, a pesar del poco entusiasmo con que los patriarcas de la familia ven su espíritu amazónico. Tolstoy dedica a narrar la cacería dos capítulos admirables, llenos de tensión narrativa, de violencia épica, de poesía. Al final vemos una loba acorralada por los cazadores y los perros. La vemos luchar por su vida con esa ferocidad trágica del que sabe que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir. El momento de su muerte es muy poderoso: la imagen se queda en la mente del lector. Luego de este episodio hay un regreso a la vida cotidiana, se vuelve a las otras líneas argumentales y uno ya no piensa más en la loba ni en su mirada a punto de enfrentar a los perros. Pero cuando Natasha, finalmente, confiesa su traición y es interrogada por su familia, Tolstoy ya sólo necesita una pincelada para hacernos entrar en sus emociones: la infiel se queda mirando a sus parientes “como un animal herido mira a la jauría que la acorrala”. No se dice más. No es necesario. No hay lágrimas ni grandes palabras. La imagen de la loba aterrada en medio del bosque salta a la imaginación fundiéndose con la de Natasha y cargando la escena con un sentido ominoso. Es una formidable respuesta a la pregunta de mi amiga: ¿cómo desarrollar una situación de gran intensidad emocional, dentro de una historia de amor y error, sin caer en el melodrama?#AgustínCadena

Augusto Monterroso: Un descomunal narrador de las historias más infinitas – El Sol de México | Noticias, Deportes, Gossip, Columnas

https://www.elsoldemexico.com.mx/cultura/literatura/augusto-monterroso-un-descomunal-narrador-de-las-historias-mas-infinitas-7622799.html

El suicidio de Emilio Salgari — Liberoamérica

“La fantasía de Salgari no es totalmente gratuita, porque, si bien no surcó todos los mares, como afirmaba, nunca dejó de navegar entre libros y bibliotecas para fundamentar sus historias, costumbres y paisajes”Antonio Priante El escritor italiano Emilio Salgari, autor de vastas novelas de viajes y aventuras, puso fin a su vida el 25 de […]

El suicidio de Emilio Salgari — Liberoamérica

«Pedro Páramo», novela mexicana que retrata un México volcado entre la guerra, la pobreza de muchos y la ambición de otros pocos.

https://porrua.mx/blog/pedro-paramo-el-susurro-que-perdurara-en-las-letras-mexicanas.html

Eulalio González ‘Piporro’. El viejo del acordeón

https://www.milenio.com/opinion/carlos-diaz-barriga/milenio-retro/eulalio-gonzalez-piporro-el-viejo-del-acordeon