El presente artículo pretende analizar algunas minificciones de la escritora argentina Ana María Shua (Buenos Aires, 1951), a lo largo de cuatro de sus libros: La sueñera, Casa de geishas, Botánica del caos y Temporada de fantasmas, los cuales se encuentran recopilados en un volumen titulado Cazadores de letras: minificción reunida. Shua forma parte de la tradición fantástica de la literatura argentina; ella misma se considera heredera de la cuentística de escritores como Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Sus minificciones serán analizadas desde la lógica del microrrelato, de lo fantástico y lo neofantástico, ya que la riqueza de sus textos se alimenta de estos géneros para aumentar las posibilidades de lo real, e incluso para generar nuevas posibilidades de la realidad que conocemos
«Pinta tu aldea…» Orhan Pamuk, nacido en Turquía, recibió el Premio Nobel de Literatura en 2006. Para hablar de lo que ha transitado como hombre y como escritor, en su discurso reflexiona acerca de la relación con su padre y los significados que muchos hechos fueron adquiriendo o modificando a través del tiempo hasta el […]
Vivimos en un mundo que necesita de certezas para poder avanzar, porque si se ignora totalmente lo que viene, es necesario buscar los indicadores que nos brinden la dirección correcta. La seguridad que solo da la certeza. Esto que pueden parecer simples palabras es lo que sucede desde siempre y de muy antiguo, el ser […]
Cada amanecer sufro la pasión del arrebato de mi vida. Paseo por un rayo de sol con mi indiferente desnudo, en la cresta de una ola el sudor de mi pile queda, mientras suspiro al tiempo, y con las manos húmedas emborrono la luna… La entrada AMANECER se publicó primero en Pippo Bunorrotri.
La practicante, tras estudiar el parte de ausencias, redactó en la comodidad de su hogar la carta de despido de la trabajadora, sin atender a la justificación de las faltas. Después, como todos los días, encendió sus varillas de incienso para realizar su práctica zen y oró por la fraternidad humana.
El odio
Araceli Otamendi (Argentina)
Llevaba años con el odio oprimiéndole el corazón. Le guardaba rencor y quería escribir una nueva página en su historia, borrar lo anterior, que no quedara ningún rastro. Empuñó un revólver, se introdujo en la máquina del tiempo y lo buscó. Estaba ahí, como siempre, con esa sonrisa sarcástica. Ella le disparó tres tiros, se aseguró que estuviera bien muerto.
Enseguida volvió al presente, alguien tocó su hombro:
—Es tarde —dijo él con un hálito helado.
Una foto en el desván de una vieja casa
Rubén García García (México)
—¡Eyy..! ¡Eyyyy! Mírame. ¿Verdad que soy una niña sexi? Esta es la primera foto de tantas que me tomó. Las últimas ya no pude verlas… ¿Puedes imaginártelas? ¡Por favor…! Por favor, ayúdame.
El poeta y la ilusión
Iván Jesús Castro Aruzamen (Bolivia)
El Rey Ilusión, después de llenar de ilusiones el planeta de los humanos, pero ante la incesante amenaza de las realidades (mal) que siembran irremediable muerte de las ilusiones, para que nunca desaparezca la ilusión sobre la faz de la tierra, escogió de entre todos los homo sapiens a uno para que resguardase la ilusión con la palabra: el poeta. Y gracias a él, desde entonces, las ilusiones sobreviven al tiempo.
La culpa es de Cortázar
Marti Lelis (México)
¡Casa tomada! ¡Qué horror! Debido a la continuidad de los parques, la huida se le facilitó al asesino. Traumático: tan apacible el barrio, y ahora la noche boca arriba. Sospechosa, la señorita Cora. Después del crimen, la muy infame también extrajo el axolotl del acuario. A estas horas debe estar huyendo por la autopista del sur. Abominable, su historia para un bestiario, y sería el final del juego.
Marina Colasanti (Asmara, Eritrea –colonia italiana-, 1937). Artista plástica, traductora, periodista, ilustradora y escritora ítalo-brasileña, quien a lo largo de su carrera ha incursionado en la escritura de diversos géneros literarios como la poesía, el ensayo, la literatura infantil y juvenil y la narrativa, con numerosas publicaciones en portugués, algunas de las cuales han sido traducidas al español, como es el caso de Hablando de amor (cuentos, 1988), Una idea maravillosa (LIJ, 1991), La mano en la masa y otros cuentos (LIJ, 1995), La joven tejedora (LIJ, 2004) –libro al cual pertenece el cuento que aquí se publica- y El hombre que no paraba de crecer (LIJ, 2005), entre otras. Como reconocimiento a su obra literaria, ganó el primer premio del Concurso Latinoamericano de Cuentos para Niños convocado por UNICEF y Funcec con su relato “La muerte y el rey” (1994); y obtuvo el Jabuti, premio que otorga la Cámara Brasileña del Libro, en tres ocasiones (1993, 1994 y 1997). También recibió el Premio Norma Fundalectura en el año 1996, por su texto Lejos como mi querer.
LA TEJEDORA
Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar. Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte. Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca. Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla. Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza. De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás. No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado, poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa, esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche, dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer. Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola, y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido. No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta. Ni siquiera fue preciso que abriera. El joven puso la mano en el picaporte, se quitó el sombrero y fue entrando en su vida. Aquella noche, recostada sobre su hombro, pensó en los lindos hijos que tendría para que su felicidad fuera aún mayor. Y fue feliz por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en hijos, pronto lo olvidó. Una vez que descubrió el poder del telar, sólo pensó en todas las cosas que éste podía darle. -, -Necesitamos una casa mejor- le dijo a su mujer. Y a ella le pareció justo, porque ahora eran dos. Le exigió que escogiera las más bellas lanas color ladrillo, hilos verdes para las puertas y las ventanas, y prisa para que la casa estuviera lista lo antes posible. Pero una vez que la casa estuvo terminada, no le pareció suficiente. -¿Por qué tener una casa si podemos tener un palacio?- preguntó. Sin esperar respuesta, ordenó inmediatamente que fuera de piedra con terminaciones de plata. Días y días, semanas y meses trabajó la joven tejiendo techos y puertas, patios y escaleras y salones y pozos. Afuera caía la nieve, pero ella no tenía tiempo para llamar al sol. Cuando llegaba la noche, ella no tenía tiempo para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras los peines batían sin parar al ritmo de la lanzadera. Finalmente el palacio quedó listo. Y entre tantos ambientes, el marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto, en la torre más alta. -Es para que nadie sepa lo del tapiz -dijo. Y antes de poner llave a la puerta le advirtió: -Faltan los establos. ¡Y no olvides los caballos! La mujer tejía sin descanso los caprichos de su marido, llenando el palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados. Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer. Y tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció más grande que el palacio, con riquezas y todo. Y por primera vez pensó que sería bueno estar sola nuevamente. Sólo esperó a que llegara el anochecer. Se levantó mientras su marido dormía soñando con nuevas exigencias. Descalza, para no hacer ruido, subió la larga escalera de la torre y se sentó al telar. Esta vez no necesitó elegir ningún hilo. Tomó la lanzadera del revés y, pasando velozmente de un lado para otro, comenzó a destejer su tela. Destejió los caballos, los carruajes, los establos, los jardines. Luego destejió a los criados y al palacio con todas las maravillas que contenía. Y nuevamente se vio en su pequeña casa y sonrió mirando el jardín a través de la ventana. La noche estaba terminando, cuando el marido se despertó extrañado por la dureza de la cama. Espantado, miró a su alrededor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya había comenzado a deshacer el oscuro dibujo de sus zapatos y él vio desaparecer sus pies, esfumarse sus piernas. Rápidamente la nada subió por el cuerpo, tomó el pecho armonioso, el sombrero con plumas. Entonces, como si hubiese percibido la llegada del sol, la muchacha eligió una hebra clara. Y fue pasándola lentamente entre los hilos, como un delicado trazo de luz que la mañana repitió en la línea del horizonte.