Robot-masa Somos unos pocos los que conservamos nuestro aspecto humano. Los que somos de carne y hueso. Todos los demás se plegaron a la moda, todos son de metal. Todos son robots-humanos. Desde que el Rectorado aprobó la robotización, hace ya 300 años, todos se fueron operando y adoptaron el cuerpo de metal. De humanos […]
Imágenes de Pinterest capeadas con Gimp He aprendido a lamerme sola las heridas. He aprendido que de amor no se muere y que también se puede llorar de la risa. He aprendido que la vida está llena de últimas veces, por eso ya no me guardo los te quiero cuando se hacen un nudo en […]
Originalmente publicado en Transitando lenguajes: Trabajo de 4°3° y 4°4° Para los que no saben de dónde surgió esta actividad. Trabajando con mis dos cuartos años (Letras y Sociales), dimos con la lectura de «Cuento de horror» que, pese al título, resulta muy realista y luego «Cuento policial» que más parece relato fantástico. Mi propuesta…
Caminaba un loco a través del desierto y tuvo sed, pues había recorrido un largo trecho soportando el sol y el polvo del día. Y cuando anocheció, vio junto al camino un pozo y quiso beber. Así, pues, se detuvo con el propósito de sacar agua. Introdujo un balde de madera suspendido por una maroma y se asomó para ver si el cubo había llegado al fondo.
Y ocurrió entonces que la luna se despertó y se paseó por el cielo del desierto de tal manera que vino a reflejarse en el agua. Y dijo el loco: «He aquí a la luna que se ha desprendido del firmamento y ha quedado prisionera entre los muros del pozo». Y lloró porque a él le gustaba verla lucir junto a las estrellas y porque le agradaba tenerla por compañera en sus caminatas a través del desierto.
Y se dijo después de beber: «Yo la sacaré de su prisión y volveré a ponerla en el lugar que le corresponde». Y descolgó el cubo con el fin de sacarla de allí. Y así estuvo un largo rato, haciendo esfuerzos para lograr su propósito. Mas nunca conseguía librar de las aguas a la pobre encarcelada.
Y una de las veces tiró tan fuertemente de la cuerda que esta se rompió y el loco fue a caer de espaldas sobre la arena del desierto. Y sus ojos miraron al cielo y vieron a la luna que brillaba alumbrando el camino.
Y el loco se postró y lloró de alegría y dijo: «La luna ha vuelto a su morada y de nuevo luce en el firmamento gracias a mi esfuerzo, pues tiré tan fuertemente de ella que fue a parar junto a los astros».
Y reanudó su marcha dando gracias a Dios, con el corazón contento y el paso decidido.”
La pareja dispareja Era una pareja de varones homosexuales. Realmente era dispareja: Jorge, joven y guapo; Marcos, feo y viejo. Esa noche decidieron ir a una fiesta de disfraces. Ambos optaron ir como Dorian Gray: el primero era el personaje, el segundo su retrato. RENÉ AVILÉS FABILA-México 1940-2016 Laberinto apócrifo En la madrugada de ese […]
] Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto de lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él el acelerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán —no lo sabré nunca— sus intentos de reproducir la más bella música, según creo, del mundo. Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a oír que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo. Y a decir que lo son. Particularmente preferiría no encontrarme en tal caso. En lo íntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso. Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema. Pero soy su padre y sé mi deber y tengo que oírla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte. La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente. Mis amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una señal de que considera suficiente la ovación, seguirían aplaudiendo toda la noche por el temor que siente cada uno de ser el primero en dejar de hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme en iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí. Pero yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción. Yo no soy un artista. La música es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y me aburre. Mis amigos tampoco son artistas. Me gusta mortificarlos, pero no me preocupan. Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras filas y a cada instante anotan [109] algo en sus libretas. Reciben pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente. También los aborrezco. Son los periodistas, Claro que me temen y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que mi hija es una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias. Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy un artista y ella lo sabe bien. La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos puede ser el escondido factor de las escasas críticas negativas. No sería extraño que alguno de los que en este momento sonríen, y que dentro de unos instantes aplaudirán, propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella. Me pregunto cuál sería la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia que nunca debió tener pretensiones artísticas. Esto no nos ha traído sino incertidumbre e insomnio. Pero nadie iba ni siquiera a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde he llegado. Jamás podemos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridícula, en un hombre como yo, esa preocupación. Si no fuera porque es mi hija confesaría que la odio. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persistente rencor me hierve en el pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle permitido seguir un camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tenía derecho a hacerme eso. Mañana aparecerá su nombre en los periódicos y los aplausos se multiplicarán en letras de molde.
Ella se llenará de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los últimos, tal vez a aquellos en que el elogio es más admirativo y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose, y cómo su voz se apagará hasta convertirse en un débil rumor, y cómo, finalmente, terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito. Y yo me sentiré, como todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven estarían complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje. Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más.
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora. Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo. Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas. Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida. —Si me matáis —les dijo—puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura. Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén. Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
Caminaba un loco a través del desierto y tuvo sed, pues había recorrido un largo trecho soportando el sol y el polvo del día. Y cuando anocheció, vio junto al camino un pozo y quiso beber. Así, pues, se detuvo con el propósito de sacar agua. Introdujo un balde de madera […]