El hombre indiferente de Rubén García García

Sendero

Le había dado todo la vida, menos suerte con las mujeres. Siempre oyendo la radio, porque las féminas habían rehusado el «aventón» en su auto. Adquirió una muñeca igual a una adolescente rubia y la hizo su copiloto. Se dejaba ver por el centro, plazas de conveniencia, clubs de boliche. La muñeca acomodada de tal modo, que parecía una novia amorosa. Hizo lo mismo con otra muñeca, ahora morena con el pelo alborotado. Esta mucho mas atrevida, tanto que parecía ir besando su cuello.

Fue la comidilla de los círculos femeniles y más de alguna de ellas movía la cabeza, reprochándose. Otra se hizo la aparecida y le sugirió ir a cenar. Recibió invitaciones y decía que sí, pero después se excusaba por no asistir. «seguramente tu novia no te deja» y él sonreía socarrón. Tomaron como cierto el rumor de que se había casado y ahora las insinuaciones se hicieron atrevidas. En el circulo femenil se decía que un hombre con experiencia era mejor que cualquier mozalbete.

Amaba a sus muñecas, siempre fieles y calladas; tampoco eran celosas.

EMPEZAR A VIVIR — Escribir sobre la punta de la i

El pronunciamiento del juez fue claro: debía abandonar mi casa. Se la había donado a mis hijos para evitarles trámites burocráticos y decidieron venderla conmigo dentro. ¡A quién se le ocurre, doña Paca!, me dijo al terminar el juicio. Nos conocíamos del barrio. Yo regentaba un quiosco y le había fiado muchos chicles de fresa…

EMPEZAR A VIVIR — Escribir sobre la punta de la i

Cecilia Isabel Pipa de Alejandro Jodorowski

Tomado del Fb del muro de Norah Hernández Perales El maravilloso poder de las palabras. Leticia, piojos y cuentos. Adaptado por el profesor Veracruzano: Víctor Manuel Cruz Castañon.

Leticia fue mi alumna en la escuela ‘Justo Sierra», en plena Sierra. Tenía 11 años de edad. Once años conociendo las carencias y la mugre de la vida. Siempre con la misma ropa, heredada por una tradicional necesidad familiar. Once años batallando con los bichos de día y de noche. Con una nariz que como vela escurría todo el tiempo. Con el pelo largo y descolorido sirviendo de tobogán a los piojos. Aun así, era de las primeras en llegar a la escuela. Tal vez iba por los momentos necesarios para soñar que era lo que no; aunque enfrentara el rechazo y el asco de los demás.A la hora del trabajo en equipo nadie la quería. No dieron la oportunidad para demostrar qué tan inteligente era: el repudio fue lo que Leticia conoció. Me desconcertaba el hecho de ver que algunos varones con características semejantes a las de Leticia eran aceptados por el resto de las niñas y los niños, pero no ocurría lo mismo con Leticia y las niñas. A mí sólo se me ocurría hacer recomendaciones que nunca fueron atendidas. En ese tiempo me preguntaba: ¿de qué sirve leer cuentos a esos niños que no han comido?; ¿serviría de algo alimentarlos con fantasías? Yo creía que sí, pero no sabía hasta dónde. Constantemente les brindaba relatos, sobre todo en la mágica hora de lecturas, dos veces por semana. Un día conté «La Cenicienta» y cuando llegué a la parte en que el hada madrina transformó a la jovencita andrajosa en una bella señorita de vestido vaporoso y zapatillas de cristal, Leticia aplaudió frenéticamente el milagro realizado. Había una súplica en su rostro que provocó la burla de los que no tenían la misma capacidad ni la misma necesidad de soñar. Esta vez hubo recomendaciones y regaños.En otra ocasión, pregunté a mis alumnas y alumnos: ¿qué quieren¬ ser cuando sean grandes? Y el cofre de sus deseos se abrió ante mí: alguien quería ser astronauta, aunque al pueblo ni el autobús llegaba; otros querían ser maestros, artistas o soldados. Cuando le tocó el turno a Leticia, se levantó y con voz firme dijo: “¡Yo quiero ser doctora!» y una carcajada insolente se escuchó en el salón. Apenada, se deslizó en su banca invocando al hada madrina que no llegó.Mi labor en esa escuela terminó junto con el año escolar. La vida siguió su curso. Después de quince años, regresé por esos rumbos, ya con mi nombramiento de base. Hasta entonces encontré algunas respuestas y otras preguntas. Las buenas noticias me abordaron en autobús, antes de llegar al crucero donde trasbordan los pasajeros que van al otro poblado. Llegaron en la presencia de una señorita vestida de blanco.-¡Usted es el maestro Víctor Manuel!… , Usted fue mi maestro! –me dijo-sorprendida y sonriente. El que podía encantar serpientes con las historias que contaba.Halagado, contesté:-Ése mero soy yo.- ¿No me recuerda, maestro? -preguntó, y continuó diciendo con la misma voz firme de otro tiempo- yo soy Leticia … y soy doctora …Mis recuerdos se atropellaban para reconstruir la imagen de aquella chiquilla que en otro tiempo nadie quería tener cerca.Se bajó en el crucero dejando, como La Cenicienta, la huella de sus zapatillas en el estribo del autobús … Y a mi con mil preguntas. Todavía alcanzó a decirme: – Trabajo en Parral … búsqueme en la clínica tal… y se fue …Un día fui a la clínica que me dijo y no la encontré. No la conocían ni la enfermera ni el conserje. ¡Era demasiada belleza para ser verdad! «Los cuentos son bellos pero no dejan de ser cuentos», me lamentaba. Arrepentido de haber ido, y casi derrotado, encontré a la directora de la clínica y hablé con ella. Lo que me dijo, revivió mi fe en la gente y en la literatura:-La doctora Leticia trabajaba aquí -me contó-. Es muy humana y tiene mucho amor por los pacientes, sobre todo con los más necesitados.-Ésa es la persona que yo busco -casi grité.- Pero ya no está con nosotros-dijo la directora.-¿Se murió? -pregunté ansioso.-No. La doctora Leticia solicitó una beca para especializarse y la ganó … ahora está en Italia. Leticia sigue aprendiendo más y enseñando sus secretos para luchar. Yo sigo queriendo saber hasta dónde llega el poder de las palabras; ¿cuál es el sortilegio para encantar a las serpientes que jalan a los descobijados?; como profesor, ¿qué puedo hacer para equilibrar la balanza de la justicia social ante casos parecidos?; ¿cuándo empezó el despegue de los sueños de Leticia en cuanto al resto de sus compañeras y compañeros?; ¿dónde radica la fortaleza de las mujeres que superan cualquier expectativa?Ya no quiero ser el maestro de Leticia: Ahora quiero aprender. Quiero que me enseñe cómo evoluciona una oruga hasta convertirse en ángel y, sobre todo, quiero descubrir cuál fue la varita mágica que la convirtió en la Princesa del Cuento.

Cuento adaptado por el maestro, Víctor Manuel Cruz Castañon.

No es cierto pero sucede de Rubén García García

Josefina culpaba a todo mundo de que no tuviese ninguna relación de noviazgo duradera; en realidad los novios la abandonaban antes de conocerla.

Se la llevó Perseo

Sendero

Perseo se la llevó de Rubén García García

Aquella tarde, furtivo llegué a su palacio. Detrás de los guerreros de piedra le declaré mi amor. Ella supuso que me burlaba de ella. Para nada, mi deseo no era darle muerte, y como muchos quedé convertido en piedra.

Mañana vendrá Perseo.

Estoy entre cuerpos de roca y el otoño llega lúgubre y gélido. Me azota el viento frío del sur, pero ni eso puede congelar la tibieza de su recuerdo. Todo el tiempo la contemplo y si ella me tocara, sentiría el latido de mi corazón de laja.

Ella se fue con Perseo.

Chéjov, del estiércol al champán

https://www.elespanol.com/el-cultural/escenarios/teatro/20220430/chejov-estiercol-champan/666933697_0.html

Retrato de Chéjov pintado por Osip Braz (1898). Tetryakov Gallery

Retrato de Chéjov pintado por Osip Braz (1898). Tetryakov Gallery

Alberto Ojeda @alberojeda77

Chéjov saborea una copa de Moët en la habitación de un balneario de la Selva Negra. La botella la ha pedido el médico alemán que lo atiende y que sabe que en pocos instantes dejará de respirar definitivamente. La hemoptisis (el mismo desarreglo respiratorio que pasaportó a Molière) habrá completado así su trabajo en los pulmones del autor de El jardín de los cerezos, que lleva años angustiado por una tos sanguinolenta.

Olga, su mujer, actriz de la compañía de Teatro de Arte de Stanislavski, intenta aliviar los padecimientos poniendo hielo sobre su cuerpo. Chéjov le hace desistir. “No se pone hielo sobre un corazón vacío”. Es muy consciente del fin. En su pedestre alemán se lo confirma al doctor: “Ich Sterbe” [Me muero]. Pero antes quiere sorber hasta el fondo el último néctar de su corta existencia de 44 años. “Hacía mucho tiempo que no bebía champán”. Terminada la espumosa bebida, se recuesta hacia el lado izquierdo y su resuello se apaga. Ya para siempre. Estamos en el 15 de julio de 1905.

Es una escena que incluso su excelsa dramaturgia (La gaviotaTío VaniaTres hermanas…) no es capaz de superar. Un asidero para aferrarse a él en los días malos. ¿Qué mejor lección de autoayuda que Chéjov arreándose ese lingotazo postrero? Un gesto aristocrático que de alguna manera fue un desplante a todo el sufrimiento acumulado y del que da cuenta magistralmente Irène Némirovsky en La vida de Chéjov, recién publicada por Salamandra, tras un encontronazo por los derechos de autor con Gatopardo en 2020 (esta editorial tuvo que embridar en el almacén los ejemplares que ya había impreso). Némirovsky sigue el patrón cronológico clásico en su narración, armada con frases cortas, cuajada de detalles sugerentes y reveladores, y salpimentada con fragmentos de la jugosa correspondencia chejoviana.

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Nos traslada así, en primera instancia, a Taganrog, decadente ciudad del sur de Rusia, encajonada entre el mar de Azov y la estepa. Polvo ardiente en verano y barro el resto del año. No hay escapatoria para el pequeño Antón Pávlovich, sometido a la tiránica autoridad de su padre, un chupacirios redomado. Insultos y bofetones son el pan de cada día para un muchacho noble y risueño, que pronto toma conciencia de que el mundo no se acompasa a sus buenos sentimientos. Es obligado trabajar durante largas jornadas en el colmado familiar. Un negocio que al cabo del día deja apenas unos copecs en la caja. Aprende pues a convivir desde muy jovencito con la pobreza, una pertinaz compañera de la que solo se desembarazará por periodos puntuales. La tienda le quita horas de estudio y de sueño. Bosteza y su cabeza, a cada rato, se desploma sobre el mostrador.

Pero el encierro al menos le regala la contemplación del gran teatro del mundo. El paisanaje que la frecuenta le brinda un espectáculo cotidiano. “Los griegos, los judíos, los rusos, los popes y los comerciantes interpretaban una suerte de eterna comedia cuyo único espectador era él”, apunta Némirovsky, que nunca pudo ver publicada su biografía porque fue deportada en julio de 1942 desde Francia a Auschwitz , donde moriría un mes después.

Aquel bagaje le dio a Chéjov una ventaja respecto a los literatos de salón, que, por ejemplo, idealizaban a los campesinos sin haberse jamás codeado con ellos. Chéjov, por su extracción humilde, sabía que esas edulcoraciones de los mujiks delataban la ignorancia esnob de la casta intelectual. Siglos de sometimiento al feudalismo los habían convertido casi en bestias, que maltrataban a sus animales, a sus mujeres y a sus hijos… La labor posterior como médico en zonas rurales, adentrándose en casas que hedían a estiércol, apuntaló su conocimiento de la realidad podrida de Rusia. Chéjov ya escribía desde muy pequeño. Armó un periódico junto a sus hermanos, que, cuando marcharon a Moscú, rellenaba él solo. Luego se reuniría con ellos en la capital.

La alternativa literaria

Mientras Alexánder y Nikolai se despeñaban por culpa del alcohol y nefastos casamientos, él intentaba salir a flote ejerciendo la escritura en plan galeote. Era la única forma de reunir dinero suficiente para tirar de su poco productiva familia. La suerte quiso ponerle en el camino de Nikolái Alexándrovich Leikin, potente editor en busca de jóvenes talentos que le acogió en su revista Chispazos, un escaparate con muchos lectores. Ahí, en 1882, empieza a cimentar su carrera como narrador. Leikin le deja claro lo que quiere: “Cuentos cortos y divertidos”. Chéjov obedece y desparrama su talento en otras tantas publicaciones. Le cuesta conciliar su formación como médico con los plazos de entrega, pero es tenaz y cumplidor. Un crítico despiadado, convencido de que ese autor en ciernes no da mucho de sí, lanza una funesta profecía: “Morirá borracho en un pórtico”.

Él, sin embargo, iba haciendo su camino. Y cada vez se mostraba más ajeno a las maledicencias y a las expectativas. “Había en él una soberbia libertad interior, algo inasible, escurridizo, contradictorio y vivo que nadie consiguió someter jamás”, consigna Némirovsky, que nació dos años antes de que él muriese y lo tenía por maestro indiscutible. En 1887 quiso desmarcarse del corsé de la comicidad con su obra Ivánov, personaje inspirado en su hermano Alexánder pero que reflejaba algunos vicios de la sociedad rusa de su época, lo cual ofendió al respetable. ¿De qué vicios hablaba? Uno referido expresamente por Chéjov merece la pena destacarse a la luz de los acontecimientos actuales: “La combatividad rusa tiene una cualidad específica: se transforma en cansancio enseguida”, decía él y nosotros tomamos nota. En el estreno de La gaviota vivió otro momento de esos de ‘tierra trágame’. Ambas obras luego cosecharon grandes éxitos.

Vivencias que acaso consolidaron su descreimiento (rasgo que le alejaba del místico Tolstói) y su convicción de que la vida no tenía ningún sentido. A una de sus amantes que le preguntaba por este escurridizo sentido, le contestó, ya cansado de la cuestión: “¿Quieres saber qué es la vida? Es como si me preguntaras qué es una zanahoria. Una zanahoria es una zanahoria, y nada más”. Aun así, nos dejó su aleccionador trago al Moët y consejos como este: “Disfrutad. Sed felices. No penséis en enfermedades. Escribid a menudo a vuestros amigos. Cada hora es preciosa. Cuidaos y alegraos, y procurad no padecer de indigestión ni de mal humor”. De esto también tomamos nota, querido Antón.

El Narrador

Juego de palmas / Por: Alberto Calderón P. — Los escribas

Así se llamó en sus inicios aquel juego que los monjes empezaron a practicar en el siglo XIII como parte de los ejercicios para romper el aburrimiento y mejorar su condición física debido a su vida sedentaria, el tenis. Tomaron el cabello lo hicieron una bola y lo cosieron lo más apretado que pudieron, les […]

Juego de palmas / Por: Alberto Calderón P. — Los escribas

10 de mayo, día de la madre por Rubén García García

Tengo muchas amigas que son mamás. Debo a la mujer mi genética, mi nacimiento y desarrollo y de mi esposa 4 hijos. Me acuso que me enseñaron a leer y escribir. Escribir prosa, lo mucho o poco que sé también me lo enseñaron ellas ( y me siguen enseñando minificción)¿Cómo no amarlas? Felicidades a las que han dado vida, poniendo en riesgo la suya.

Las que día a día se la parten, Espero que este día diez de mayo crezca en el tiempo y que los años por venir todos los días sean: día de las madres.

Su amigo quien las respeta y admira. Rubén García García.

Paisaje de Rubén García García

Sendero

La tarde vieja con rayones naranjas y violetas. El viento desordenaba mi cabello. Del bosque de cedros venía el ruido de las chicharras. El graznido de los patos se hacían punta de flecha en el cielo. Reposo sobre una piedra fría, dura. Respiro profundo, y ella se dibuja. Bajo el cielo pasean las nubes distantes la una de la otra.

El relato del viernes: «El cartel» — Ana Centellas

Fuente: Pixabay El cartel Leyó el cartel y se quedó pensando. La había atraído demasiado como para no detenerse ante él, pero, aun así, a punto estuvo de continuar adelante sin detenerse siquiera. Una vez leído, un placentero hormigueo la recorrió el cuerpo entero, comenzando por los pies y terminando en la coronilla. Sintió cómo […]

El relato del viernes: «El cartel» — Ana Centellas

Minipoema Rubén garcía García

sendero

Va la mujer.

Sobre el acantilado,

un hombre sueña.

La ola mil lo despierta.

El mar, con la sirena.

Eureka: el enigmático poema de Edgar Allan Poe que anticipó teorías como el Big Bang y otras grandes ideas de la cosmología – BBC News Mundo

https://www.bbc.com/mundo/noticias-61298216.amp

Los superviejos de Rubén García García

Sendero


—Por favor háblame despacio, que no se escuche.
—Es tan bonito decirte que me gustas toda.
—Que me hables quedo, ¿no has escuchado que las paredes oyen?
—Es que es tan grande mi amor que quisiera gritarlo.
—Ni se te ocurra.
—Esta noche saltaremos en el colchón hasta oír que la madera de la cama cruja.
—No. ¿estás loco?
—¿Te preocupas porque las paredes pueden escuchar?
— Asi es. Me pone de “nervios” que la gente se entere.
— Qué te preocupas, ya nadie nos conoce, la mayor parte, si no es que todos ya están muertos. Y las paredes de esta casa ya no oyen, se han hecho sordas. Despreocúpate y deja escapar tus gemidos, que es miel para mis sentidos.