La fiesta de las babosas de Rubén García García

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La fiesta de las babosas de Rubén García García

Cansada del trabajo del día, apenas si pudo regar el jardín, le emocionaba mirar los botones de las rosas y la floración del durazno. Mientras ella duerme a pierna suelta, las hormigas en una fila interminable llevan el sustento a los hongos que cultivaban. Las babosas hicieron una ensalada de gloxíneas y violetas y se fueron con la panza llena…

La playa de Rubén García García

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Se miró en la playa en un cielo anaranjado. Estaba arrodillada con las manos sobre la arena. Los últimos rayos del sol aún pintaban de sepia la curva de mi talle; la popa era un puerto expuesto. A cada empuje de mi amante mis dedos se enterraban en la humedad. Los labios de él en mi nuca. Tienes — dijo—, un río hermoso en tu espalda. Desperté en mi dormitorio sudorosa, asombrada y pervertida con granos de arena en mis pezones.

Muerte programada de Rubén García García

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Esa mañana entraban y salían de la casa del anciano amigos y familiares. Escuché que deseaba despedirse de sus amigos porque mañana por la tarde moriría.

Lo encontré sonriendo, limpia la mirada y con su traje blanco. El olor de los enfermos terminales es evidente. La muerte se huele; yo no la olía. Estaba recostado sobre una almohada. Lo saludé a su usanza: tocando la punta de sus dedos con los míos. No sabía qué decirle y él fue quien rompió el silencio, nunca lo había tratado. Me miró sereno y en castellano, me dijo:

—Voy a morir. Lo tengo previsto. Mis hijos ya saben qué les va a tocar. Me iré limpio del corazón y de la conciencia, el padre ya me confesó.

—No te vas a morir — le respondí.

Lo veía tranquilo. No tenía signos atrevidos de enfermedad.

—Así está dispuesto. Ya sé en qué lugar quedaré. Escogí en lo alto de la loma, para que mire hacia mi casa.

El cementerio tenía una parte en la loma. Desde allí, su casa era visible.

—No te vas a morir, verás que mañana tomaremos café con tamales. —Y me despedí con respeto.

Nunca supe qué sucedió. El anciano habló de la muerte como si fuese parte de la vida, como decir mañana haré esto y lo otro. Cierto, murió en la madrugada, claro de conciencia, fibroso como una raíz y está enterrado en la loma, mirando hacia su casa a la que volverá cada año.

LOS ESPERO PARA TRABAJAR JUNTOS — Lapizázulix la galaxia del cuento

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Consejo de Rubén García García

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Ni se te ocurra salir un martes trece, porque nunca llegarás a un puerto y en algún mar se detendrá el barco. Salió en la fecha indeseable y para su fortuna llegó. Una reparación menor requería la nave, pero no pudo continuar el viaje. La tripulación incluyéndolo a él fue tirado a una fosa común, aún vivo, lleno de pústulas hediondas, recordó, antes de morir al abuelo, y sus proféticas palabras.

La rana

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Brinca sobre los juncos y trepa al macizo. Canta toda la noche. Algunas veces cambia el tono porque la víbora se ha comido a sus amigas. Solo queda ella y canta doliente. Cuando en el cielo se enciende una perla, su canto se hace íntimo.

La dilatada oscuridad la deprime y se queda el pantano en silencio.

La mandarina de Rubén García García

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Las mandarinas tienen la piel blanda y olorosa. Caen del árbol con el color del ocaso. Se construyen en gajos simétricos, protegidos por hilos acremados. Un gajo en la boca complace al paladar más exigente, morder y sentir que los flujos dulces te inundan es refrescante. Una mandarina para un sediento es un placer inefable.

¡Por supuesto que no!, la mandarina no es la esposa del mandarín.

Ella y el mar de Rubén García García

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Ella y el mar.

Frente al mar contempla la puesta del sol. La brisa contiene  perfumes de Sirena. El fresco hurga sus pechos. Entrecruza las piernas. Los brazos reposan sobre el abdomen. Dormita.

La imagen de la hermana mayor le punza.  Vio que ella estaba sentada sobre las piernas del novio.

Despeinada. Respira profundo, sus pechos empujan la blusa; germinan sus pezones. Entrelaza sus piernas una y otra vez.  Se inquieta. La rebalsa el bochorno, Hay un rosario de latidos en su vientre. Cierra los ojos y vuelve a recordar que su hermana que es besada en la nuca, las orejas y su cadera se mueve como trompo próximo a desfallecer. Está roja, y gime.

Los dedos de su mano derecha están bajo el short. La mano laboriosa y gatuna salta al monte de Venus y retoza.

El mar estalla.

EL CAMINO — Eltiempohabitado’s Weblog

Me gusta andar caminos entre arboledassaber que en la distancia sueño sin rumbo;pensar que en el latido que da el segundosiembro versos del alma por las veredas. Me gusta ver radiantes las rosaledassentir que el alma exhala su amor profundocuando percibo el llanto que aflige al mundodiviso en los caminos la polvareda. Me gusta ver […]

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