El blog no tiene propósitos comerciales-Minificción-cuento-poesía japonesa- grandes escritores-epitafios
Archivo del autor: Rubén Garcia García - Sendero
Médico recién jubilado.Nací en Álamo, Veracruz, en 1946, vivo en la ciudad de Poza Rica,. Egresado de la UNAM. Trabajé en la facultad de medicina de la Universidad Veracruzana.
Las historias:
La danza de las fuerzas libro de ficción breve cuya autoría es Rubén García García
He sido antologado en Cien fictiminimos,( Edit.Ficticia)
Alebrije de la palabra, (Universidad Autónoma de Puebla)
Minibichiario, (edit. Ficticia)
Lectura de locos,( edit. GH)
Cuentos pequeños grandes lectores. 2015
Eros y afrodita Edit. Ficticia 2017
O dispara usted o disparo yo
Textos en libros de primaria de la editorial Sm de Puerto Rico y en revistas tanto de papel como electrónicas.
Sueños, entresueños, (des)engaños “Dibujo” Con claridad soñó que el que lo creaba, moría. Al día siguiente no pudo despertar ninguno de los dos. MOPTY DE KIORCHEFF, ANA MARÍA (Argentina, 1948) El otro lado de la cama Luego de más de quince años de matrimonio, una noche ensayaron una novedad: intercambiar los lados de la cama […]
Me estremecí con tu olor de varón, tu piel cuchicheándome al oído. La tela plegada a mi pezón me encendía en un placer doloroso. No pude más y me quité la braga. Desde mi lugar veía solo dos mesas una en la que jugaban ajedrez y en la otra un tipo que escribía. Un saxofón. Mi vestido amplio, oscuro y la poca luz ocultaron lo que hacía. Cuando me atreví el mesero hizo una seña, como interrogando si deseaba algo y con un ademán le di a entender que no. Sentirme sobre ti y con mis dedos felinos al centro. ¡Nadie puede evitarlo! Muerdo la servilleta para no gemir… Es culpa, miedo y algo más que no defino. ¡Me insulto! Tal vez sólo trato de defenderme de lo que creía imposible hacer, tal vez sólo limpio o ensucio mi conciencia, Me maldigo porque quizá un día no me importen los veinte años de matrimonio ¡qué se vayan al desagüe! Temblorosa salí del bar con el libro bajo el brazo.
«Durante todo este tiempo he tenido la impresión de vivir mi pasión en clave de novela, pero ahora no sé en qué clave la estoy escribiendo,si en la del testimonio, o de la confidencia -como suele ser habitual en las revistas femeninas-, en la del manifiesto o del atestado, o incluso del comentario de texto.
No estoy relatando una relación, no estoy contando sólo una historia (que solo capto a medias) con una cronología precisa, <<vino el 11 de noviembre>>, o aproximada, <<transcurrieron unas semanas>>. Para mí no había cronología en esta relación,sólo conocía la presencia o la ausencia. Me limito a acumular las manifestaciones de una pasión y a oscilar incensantemente entre <<siempre>> y <<un día>>, como si este inventario fuera a permitirme alcanzar la realidad de esta pasión. Por supuesto, aquí, en la enumeración y descripción de los hechos, no hay ironía ni escarnio, que son…
El aroma del café salta de casa en casa. La neblina no se despereza y sigue en reposo. En el pueblo de Tlen repiquetean las campanas llamando a misa. La niña de ojos negros se entretiene haciendo dibujos en el vidrio de la ventana que da al patio. Mira que la niebla se arrastra bajo el manzano: «es una boa que repta». Algo más le ha llamado la atención. Es el gato de Juan, su amigo de la escuela, que brinca sobre la serpiente de humo y cae sobre el charco llenándose de barro. Romi explota en una carcajada, y recuerda que ayer, Juan se tropezó frente a su casa. El gato con lodo y su amigo también.
Salió al patio. Pasaban de las tres de la mañana y era el tercer día que no podía dormir. Había tomado de todo, desde remedios caseros hasta las grageas del homeópata. Cuando los bostezos llegaban, se tiraba a la cama y el sueño desaparecía. En la séptima madrugada sacó del cajón una pistola y se voló la tapa de los sesos. A través del cristal reconoció a la misma araña que se columpiaba indiferente al murmullo de los rezos
En el departamento del tío, la sala de estar con sus cojines de terciopelo que hacían juego con el color de los muebles. Un grupo de muñequitos vivía en las mesitas y esquineros. Dos veces al día eran meticulosamente limpiados. El reloj que cada hora daba la cuota exacta de campanadas, el espejo situado en lo alto de la pared era un ojo registrando cualquier movimiento. Las lámparas sobre los esquineros parecían dos torres.
En la noche, para ir a mear, iba sigiloso. Los botones del pijama los aseguraba. Cerrado el baño. Salía el chorro grueso y enérgico que caía golpeando el agua del retrete. Rompía la profundidad de aquel silencio. Sentía que meaba sobre sonajas y el éxtasis llegaba al bajar la palanca que hacía un ruido de hipos mayúsculo. Disfrutaba del ruido, que a él le parecía música. Acostado en línea recta sobre la impoluta sábana se abría paso una inesperada erección, a la cual cumplía con suspiros y chillidos de gato bebé.
En los momentos que escribo siento que camino sobre un hilo que cruza un abismo; y antes de llegar, caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error me azotaba. Cuando cometí el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: «¡Uno más que deja de ser escritor!». la miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí continuar. Noventa y nueve veces lo he intentado y las mismas que he rodado hasta la sima.
No la detesto.
La última vez que caminaba sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se rio. Aún escucho: «¡Cuándo aprenderás!» Lloré de impotencia. Me tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme y con las manos inflamadas volví a escalar.
Regresaba poco después de las diez de la noche, «¿recuerdas que te gustaba caminar por la zona rosa esperando alguna aventura? La tía y las primas dormían. Con cuidado metías la llave en la cerradura, el mismo que se necesita cuando es una primera vez y en silencio sonreías. No prendías la luz e ibas como gato ciego hasta llegar a tu recámara. «¡Claro que tenía que hacerlo! uno de arrimado es siempre arrimado. Me miro y allí estoy quitándome la ropa, acomodándola para que no se arrugue. «¡Chamacas no ensucien tanta ropa, que la señora que plancha no vendrá en un mes!” desde mi cuarto escuchaba a la tía».
A veces, la luz de la noche aluzaba la sábana blanca de lino que el tío había pasado de la frontera. Me tendía en la cama, recto, como muerto estirado y evitaba que se arrugara el lino. Pienso en Alicia, en aquella compañera de pechos abultados. «¿aquella que te mandó a la chingada?». La misma. La imagino a mi lado y mi amigo se inquieta. «Cómo madres ibas a saber que aquel ángel a quien le rendías honores con tu instrumento un día llegaría a tu lado en condiciones precarias. La vida es cabrona. Terminada la faena, vas al baño y orinas con un chorro grueso, caliente y bajas la palanca con fuerza y escuchas los hipos violentos del wc. Yo sonreía, pues el ruido del sanitario nadie lo puede evitar, con el agua se iban mis tensiones y regresaba enfundado en el pijama dispuesto a dormir con una sonrisa.