Archivo del autor: Rubén Garcia García - Sendero
En la cuesta vive un anono
La respiración se entorpece en la cuesta. El sol se filtra entre el ramaje, dándole al suelo de barro y hojas un crucigrama. Líneas de sol y sombra. Monedas doradas que uno pisa en cada metro que avanza. Hay olor a hongo que sobre la cascara del árbol de Chaca se ovillan, se aprietan y crecen. Cuerpos extraños para el tronco que no puede desprenderse de ellos. No los tendrá mucho tiempo. Manos -ansiosas de dinero- los desprenderán para llevarlos al mercado y venderlos en porciones. Gruesas y viejas enredaderas suben hacia los árboles, y en el trayecto dejan ver el azul quemado contrastado con el blanco, formando pequeños platos que se suspenden sobre el enramaje.
Mis manos no se dan abasto para quitarme el sudor que penetra en mis ojos, y me obliga a detenerme y seguir sin renunciar. Percibo el latido que se abre en mis sienes y el tum tum de mi corazón que me dice: tu puedes. El viento se rompe en mi cara, el grito de los tordos me roza los oídos; y a los lejos, el vuelo de las garzas sobre el rio.
Se ve tan pequeño el rio que podría contenerlo en el hueco de mis manos y tragarlo de un sorbo para matar la sed que clava mi garganta. Nunca he podido subir la cuesta, apenas si veo. Con el índice, me quito el sudor, intento contar mis pasos y me digo: me detendré cuando termine de contar cincuenta. Al terminar, vuelvo a decírmelo y empiezo: uno, dos… Sé que estoy cerca, ya siento el olor de los capulines. Diez metros más de cuesta, y llegaré al anono que decidió nacer allí para mirar mejor el paisaje. Al llegar, levanto mis manos y grito. Es un grito que sale del alma, nadie me ve. Mi corazón golpea el pecho, y mis brazos se amarran al árbol del anono y lo beso.
La sombra del cedro
La mañana es fría. La gente cuchichea mientras se sienta. De las casas, llega el olor a café. Empieza la sesión. Presido la mesa. En breve, las personas se animan a preguntar. Contesto, dialogo y respondo con pasión y convencimiento. Mis oyentes se hacen señas y muestran interés. Hay gente de pie, otras escuchan fuera del recinto. El sol se ha mostrado y entre la plática con la comunidad, se abren silencios.

Te recuerdo y te digo: “No puedo abrazarte, ni decirte lo bien que me he sentido. En la distancia contemplo fugazmente tus ojos, ¿Si pudieras leer mi pensamiento? ¿Si pudieras mirarme la cara?, verías la sombra del viejo cedro que golpea la ventana y se recuesta en mis labios”
Me preguntan, dialogo, discuto. Así son las mesas de trabajo. Mis ojos esperan -con paciencia- otro silencio. Otro disparo: “Tu y yo dándonos vueltas con los brazos abiertos para sentir la inmensidad del monte en nuestra piel”.
La gente mayor me invita a sus casas. Las mujeres, cuando se enteran que me gustan las plantas, desean enseñarme su jardín.
-Llévese un codito, seguramente con esto recordará nuestro pueblo,
Yo acepto. Otras cortan algunas rosas y me las dan:
-Para que se la lleve a su novia.
Nadie nota mi desesperación. Será un fin de semana largo.
Me urge montarme en un carro. Comer kilómetros de la lengua de asfalto, sentir que nos esperamos. Ansioso de su abrazo, y ella del mío
El ave
El árbol extiende su sombra, es una cobija refrescante para las rocas. ¡Hay tanta lejanía cuando el ave planea en el desfiladero! En un quiebre del silencio, se escuchan voces que pareciera que llegaran de un velorio que fue hace años, pero no, son las mujeres que cuchichean mientras sus manos tallan la ropa en el vientre de las losas. Cerca de ahí, los hombres platican mientras la espuma de la cerveza resbala saliendo de su boca.
Los niños grandes cuidan a los chicos, y las mujeres parece que rezan, pero no, es el río que murmura cuando pasa arrastrando los tejos. Los hombres ya salen, las mujeres en silencio cuidan la ropa. El ave se ha ido, dejando la soledad en la boca del desfiladero.
¡Ah la vida!
Fastidiado porque la tarde pasa sin pena ni gloria. La noche presiente una luna de bruja, entonces, se hinca y se santigua. Allá, va la beata camino a la iglesia, lleva bajo el vestido la acalorada discusión de los pezones y, sobre la espalda, el crespón de la Vía Láctea.
Todo es igual: el mismo rincón y la misma araña disecada. Tiene días que no llueve; y en la azotea está el tinaco que sueña que el agua lo rebalsa. ¡Qué fastidio! Un bostezo rompe la carcajada en mi boca. Le digo a mi otro: la vida no se mueve, pero sigue.
Me aplasta el ruido asmático de la hormiga que carga cien veces su peso, el chapoteo de las lavanderas que tienen, en sus manos, más pantalones que jeans tenga una boutique de Manhattan. Por allá, va un ciempiés que sueña con ser mariposa. Camina con sus juanetes y busca reposo en una adormidera.
¡Ah si la vida siguiera sin moverse! No sentir hambre, tristeza, dolor, sería un placer. Pero no, la vida sigue y es un fastidio: para las manos, para el seco tinaco, para la hormiga y para el ciempiés afrutado de juanetes que sueña con ser mariposa
La alharaca
Por allá, se ven las luces de Zicatlán. Aquí, en Amaxac, sólo piedra, adobe y candil. Hace un rato, pasaron haciendo alharaca una docena de hombres: unos se bañaron con el agua fría del pozo, otros en el río para masajear sus dolores y ver como se deslizan las luces en la corriente que baja de la montaña.
Ya regresan, descamisados y caminan pisando viejas pisadas. Platican de mujeres, y algunos se embroman tocándose las nalgas. Desde el fondo del camino, se oye, lejana, la risa cascada de los abuelos. Por instantes, contemplan el cielo trastornado de estrellas, dejan la charla y beben. Tras de ellos, el viento esparce el dulce sabor de la caña.
Mañana, el sol les barbechará la espalda y‚ a la misma hora, el patrón, en un confesionario de la iglesia, limpiará con abundante limosna sus pecados.
Mudez
Doy a mis días vacaciones: abro la puerta de mi pecho para que el alma sacuda su tiempo de prisionera y parta. Dejo de hablar y alerto a mi oído. Escribo poemas a la mudez y a las caracolas que sólo son espejo de aguas que no existen. Aplaudo al silencio, al olvido que son, desde ahora, compañeros. Ignoro los coletazos del rio de mi sangre, del chismerío que hacen las hojas cuando las atropella el viento, también, de los cantos de sirenas que se atreven a preguntar por mí. Ruedan los días, y sigo entregado a la ausencia. Días fértiles para la nada. Cuando vuelvo al quehacer, me encuentro que no ha pasado nada, las mismas cosas: atropellados, asesinados, decapitados y politicos corruptos que pasean al perro, mientras sus guardaespaldas abren camino ; y la pelota rebota y rebota como siempre.
Asalto
Hay días que pasan y sin que lo desees, vuelven a zarandearte.
Días periféricos que te saltan en el camino.
Turbado, intento pasar con indiferencia. Soy presa de ti, mas tus manos tienen alas en reversa. Mi boca memoriosa, autómata, repite su vejez joven:
…la hierba de tu cabello desfallecía en tu espalda; y cuando el sudor nos hacía peces, abrevaba mi furor en tu pozo, y éramos, en ese instante, gacela y felino.
El instante se fue. Sólo está el almizcle de tus manos cuando recorrieron mi nuca y el cinturón de la espalda.A tientas, sigo el camino y tus besos. Solamente son pajas de aroma y lejanía.
Corriendo por la mañana
Mi respiración se traba en la subida.
El sol se filtra entre las hojas y mis ojos recogen el esplendor derramado en el suelo.
Hay humedad y helecho. El silencio lo quiebra el aleteo repentino de los tordos.
Por encima de la cuesta, está el árbol de anono que se fecunda con el olor de los capulines.
Llego hasta éste, lo abrazo y recupero el aliento en la silla de sus ramas.
Mi sudor humedece sus hojas, llueve desde las arrugas de mi frente.
Algún día, regresaré para regodearme entre sus frutos.
Y quizá un niño, en alguna mañana, se coma mis pensamientos.
Ellos no saben si hay
Me levanto cuando aún se oye el aleteo de los murciélagos; hoy, la noche ha sido fría y húmeda. ¡Será difícil hacer fuego! Pongo en la olla granos de café nuevo que, mezclados, alcanzarán para que la familia tome medio pocillo. Despierto al marido y le doy un pedazo de pan para que se vaya con algo a trabajar en la milpa. Al rato, empezarán a levantarse los chiquillos y piden. No saben si hay, pero piden.
Por la mañana, corro hacia la parcela, que recién nos prestaron, a llevarle el almuerzo: tortillas untadas con frijoles y un poco de chile. Comemos. Le ayudo a limpiar la milpa. Él se queda trabajando. Regreso a casa a preparar un caldo de chayotes. Me llevaré a los niños a la cañada para que ayuden a cargar el agua que servirá para cocer los frijoles, limpiar los platos. ¡Hay que hacerla rendir! El doctorcito quiere que nos bañemos a diario. No es malo lo que dice, pero el agua sólo alcanza para tomar.
Hace mucho que no tengo un hato seco de leña, y los que la traen a vender casi no se arriman por aquí, con eso de que el dinero está escaso. Los chamacos piden. Ellos no saben si hay, pero piden.


Cuando la sacó del baúl, presentaba unas manchas que sacudió con varonil delicadeza. La observó con detenimiento a contraluz: la empañaba una sutil ictericia de longevidad. La tomó entonces entre sus dedos como si de un polvorón se tratase y sacó de sus casaca verde olivo el atomizador de permanganato de tiempo.
El albañil, un tipo regordete con ojitos de sapo, trabaja auxiliado por uno de sus hijos. Levanta paredes, luego, planea la toma de agua, la pileta, el baño. Lo veo sudado de los pies a la cabeza, ordenando a su hijo. Le gusta el silencio. Manos de cemento, pero hábiles para que el aplanado parezca la hoja de un cuaderno. El hijo, al igual que él, se mueve en silencio siguiendo indicaciones.

